Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.
Mostrando entradas con la etiqueta Abominaciones nocturnas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Abominaciones nocturnas. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de septiembre de 2014

UN HOMBRE ARAÑA


Síntesis del post: El hombre araña. Un rincón. Una cama de algarrobo. Inmovilidad. Contacto visual. Silencio. Final. Diálogo. Conclusión.


Tenemos al hombre araña. Está escondido en el rincón más oscuro de una habitación que en instantes procederé a describir con la mayor precisión de la que sea capaz. Permanece inmóvil, la respiración contenida, los músculos en tensión y la mirada fija en un punto que en instantes procederé a describir con la mayor precisión de la que sea capaz; un punto ubicado dentro de la habitación que en instantes procederé a describir con la mayor precisión de la que sea capaz.

Antes de ingresar en el terreno de las descripciones cuya precisión se encuentra relacionada en forma directa a las capacidades de este humilde servidor, es menester aclarar que no nos referimos aquí al hombre araña en tanto superhéroe, sino más bien al individuo amigo de la cosa ajena que se descuelga desde la terraza de algún edificio aferrado a una soga de considerable grosor con la intención de colarse al interior de uno o más departamentos para sustraer cuantos objetos de valor quepan en el saco, mochila o bolso que lleve consigo. A ese hombre araña nos referimos. No al otro, que si bien suele descolgarse desde las terrazas de los edificios, sus motivaciones se encuentran más vinculadas a la acrobacia circense que al delito penal.

Ahora a lo nuestro sin más, que estamos frente a una situación delicada que puede acabar en una auténtica tragedia.

Entonces, decía, tenemos al hombre araña oculto en el rincón más oscuro de una habitación. Está al pie de la ventana, disimulado entre las cortinas, inmóvil, con la respiración contenida y la mirada fija en una inmensa cama de dos plazas hecha de algarrobo, sobre la cual una pareja de mediana edad (treinta y cinco años diría yo) lleva a cabo verdaderas proezas de índole sexual.

De lo dicho se desprende que la habitación en cuestión es un dormitorio, y que nuestro hombre, el hombre araña, ha sido sorprendido en plena faena y apenas ha tenido tiempo para ocultarse en un rincón olvidado por la desteñida lucecita que proyecta un velador ubicado (por fortuna para todos) al otro lado de la cama, el lado que da al placard.

La ventana está abierta de par en par y las cortinas bailan con la brisa que llega del exterior. Si así lo quisiera podría escabullirse al balcón y alcanzar la soga sin que la pareja (demasiado concentrada en el asunto que trae entre manos, piernas y demás zonas corporales) lo note. Y sin embargo no lo hace. Permanece en su sitio, expectante y silencioso.

¿Cómo dice?

¿Cómo que por qué no se escapa? ¿Qué relato viene leyendo usted?

Hay una pareja teniendo sexo. Delante de sus ojos. Llevando a cabo verdaderas proezas de índole sexual, para respetar las palabras que acabo de emplear más arriba. Esto no es como estar en la tranquilidad de su hogar navegando dentro de esas páginas de dudosa moralidad que algunos juran que existen en Internet. No es como poner en práctica determinadas maniobras más mecánicas que imaginativas debajo de la ducha pensando en una exnovia, una amiga, una amante, una vecina o una desconocida. Ni siquiera es como hacerlo uno mismo con la mujer que se lo permite de buena gana, lo concede de mala gana o lo consiente por falta de candidatos. No señor. Esto es porno en vivo y en directo. Está ocurriendo en su presencia. Es mucho más que cualquiera de las variantes convencionales para lograr la ansiada satisfacción. Esto es invadir la sagrada intimidad de dos personas que, ajenas a la profanación de que son víctimas, ofrecen el espectáculo sin reservas de ninguna especie. Esto es la vida misma tomada por sorpresa en su desarrollo por un simple mortal. Es invertir los roles por una vez. Una sola vez. Una oportunidad única e irrepetible, de más está decir.

Decíamos entonces que el hombre araña no se escabulle a pesar de tener la oportunidad. El asunto ha dejado de ser un simple robo para mutar en otra clase de profanación. Una más divertida aunque menos redituable. El riesgo continúa siendo el mismo, pero la satisfacción es más psicológica que material.

De pronto los acontecimientos se precipitan. En medio de uno de los giros y contorsiones que se llevan a cabo sobre la cama de algarrobo, la mujer establece contacto visual con el intruso y ambas miradas se petrifican. Por ahora el silencio gobierna el fortuito encuentro, pero si no ocurre un milagro, solo lo hará por tres o cuatro segundos más. Luego aparecerán los gritos, el pánico (de ambas partes) y la fuga o su intento.

El hombre araña sostiene la mirada, hecho bastante destacable tomando en cuenta el estado de cosas. No porta armas de ningún tipo, lo suyo es el guante blanco, la sutileza y el sigilo, pero aun así mantiene la calma y ensaya una defensa. Alza el dedo índice, lo coloca en posición vertical y lo apoya sobre su boca, de canto, con la tercera falange a la altura de la nariz.

¿Cómo dice?

Sí, como la enfermera de la foto. La de la cofia con la cruz roja. Esa que demanda silencio con un rostro que expresa a un tiempo autoridad y dulzura.

Y la dama acata la orden. O concede el pedido. O consiente la profanación. Lo que ustedes prefieran. La cuestión es que ahoga su grito antes de que estalle. Lo reprime. Y en su lugar devuelve una tenue sonrisa que insinúa un desafío para el intruso. Entonces el marco que contiene ambas reacciones, el dedo y la sonrisa, alcanza un delicado equilibrio bajo la forma de un acuerdo tácito. Existe una amenaza, desde ya, pero también una ofrenda que la mantiene a raya.

La relación de la pareja continúa con la misma intensidad que traía antes del incidente, pero ahora ella se las arregla para mantener a buen resguardo su pequeño secreto. Atrae a su compañero hacia el lado opuesto de la cama, asume generosas posiciones que concentran todo su interés e interpone su propio cuerpo cuando existe el mínimo riesgo de un contacto visual. Y en la ejecución de cada maniobra exhibe una pericia digna de los mayores elogios.

El hombre araña observa la escena desbordado pero con el rostro adusto. Necesita mantener la amenaza gestual aunque haya abandonado hace rato sus primitivas intenciones. No es que las nuevas sean mucho más sanas, en rigor de verdad, lejos de exonerarlo solo habilitarían un cambio de carátula en el expediente, pero él sabe que no es lúcido ni prudente bajar la guardia cuando una mujer apela al sexo para obtener de un caballero un comportamiento adecuado a sus intereses.

Al cabo de un rato llega el final. Sí, todo tiene un final, y este ocurre con una espectacularidad que no viene al caso describir aquí porque no hace al fondo de la cuestión que nos ocupa. El caso es que ella, aprovechando que su compañero descansa boca arriba mientras juega a formar pequeños aros con el humo del cigarrillo, le dedica a su hombre (araña) algunos gestos y miradas rebalsadas de obscenidad. El superhéroe, abandonada ya toda inmovilidad y cautela, le exhibe lo suyo desde la penumbra de su rincón. Él también ha llegado a su propio final. Más silencioso, es cierto. Más contenido y menos espectacular, pero final al fin, si se me permite la redundancia.

— La próxima vez podríamos traer a alguien para que nos mire— sugiere la dama en voz bien audible mientras se vuelve hacia su compañero desentendiéndose por completo del intruso y la amenaza que representa.

— Estás loca, imaginate si después nos roba— responde él luego de apagar el velador.

— No creo que nadie nos robe— concluye ella en la oscuridad, en un tono desdibujado por un bostezo.

Tenemos al hombre araña. Está escalando la pared exterior de un edificio que no procederé a describir con precisión por ser idéntica a la pared exterior de cualquier otro edificio. El bolso que cuelga en su espalda está vacío, el cuerpo húmedo y la ropa negra manchada en diversas zonas. Su noche ha concluido. En instantes alcanzará la terraza, guardará la soga y desaparecerá por los techos para no regresar jamás.

‘Igual yo también creo que deberíamos ver a otras personas’, piensa. Quizás un poco despechado. Tal vez bastante literal.


Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 29 de mayo de 2014

PEQUEÑECES



Síntesis del post: Televisión de madrugada. Una pequeña reflexión. No mucho más. 




Son las 3 am. Prendo la tele.

Un hombre ingresa a esta casa de empeño en Las Vegas. Trae un contrato. Un contrato firmado por Elvis Presley en la década del sesenta. Es para tocar en un estadio, en un bar o en un estudio de televisión, la verdad es que no lo sé. Lo cierto es que este caballero lo considera un verdadero tesoro y, según explica a las cámaras antes de iniciar las tratativas, espera venderlo en unos quince mil dólares.

El calvo dueño de la tienda lo recibe con su amplia sonrisa y escucha el planteo al tiempo que demuestra un genuino interés. Si la pieza es auténtica puede valer muchísimo dinero, explica una vez que el potencial vendedor acaba su exposición. Existen muchos coleccionistas que estarían más que interesados en adquirir semejante rareza. Sin embargo hay un pero. Siempre hay un pero. Antes de fijar un precio habrá que llamar a un experto en estos temas para certifique la autenticidad de la firma de Elvis. El mercado se encuentra saturado de falsificaciones y no es cuestión de andar corriendo riesgos innecesarios.

Ambos hombres llegan a un acuerdo y un par de horas más tarde se hace presente el experto, que sin demasiados prolegómenos se coloca un monóculo en el ojo derecho e inicia inspección del documento.

Según parece la firma está muy bien hecha pero no es auténtica. Hay un problema con el punto de la ‘i’, y también con la ‘P’. El punto está mal ubicado y la panza de la otra letra es demasiado pequeña, está como desnutrida. Si la firma fuese auténtica el documento podría valer entre quince y veinte mil dólares, pero al ser una falsificación no posee valor alguno.

El calvo extiende la mano y le da las gracias al frustrado vendedor por haber pensado en su tienda. El hombre se retira cabizbajo mientras el experto le palmea la espalda y se deshace en vanos pedidos de disculpas. Lo que valía quince, ahora no vale nada. Y no queda más que resignarse.

Cambio el canal.

Con los ojos redondos y acuosos fijos en la cámara, un economista no muy renombrado nos explica que en esta coyuntura inflacionaria es preferible planificar con cuidado y pensar tan bien los gustos que uno desea darse como los que debe suprimir. Habla de tasas, consumo, emisión. Cosas aburridísimas. Lo sustancial es que uno debe recortar gastos, dejar de hacer cosas que hasta ayer por la tarde podía hacer.

Cambio el canal. Otra vez.

Un reconocido delantero de la selección colombiana de fútbol confiesa que no está del todo recuperado de su grave lesión en la rodilla, y a esta altura ya es muy difícil que llegue en plenitud física al campeonato mundial. En pocas palabras, se baja, tira la toalla, le deja su lugar a quien desee o merezca ocuparlo. Se le cae alguna lágrima, quizá.

Otro cambio.

En un río perdido de China, un obstinado pescador lucha para sacar del agua a un pez monstruoso. La pelea se extiende por varias horas, el hombre enrolla y deja ir la línea para terminar de cansar al animal. Cree que es inmenso, justo el tamaño y el peso que se ha propuesto hallar. Es su última oportunidad para lograrlo.

Cuando finalmente lo vence no resulta ser lo que él había imaginado. Estaba enganchado de una aleta, y por eso la feroz resistencia. De haber mordido el anzuelo de lleno lo habría derrotado en menos de media hora.

Ya no hay suficiente luz para un nuevo intento y encima es su último día en el país. Debe dar por terminada la expedición. Talvez el próximo año. La frustración se derrama por todo su rostro.

Son las 3.45 am. Apago.

En fin… considerando lo visto esta noche, no puedo evitar pensar que la vida es una sucesión de pequeñas claudicaciones. El hombre está preparado para afrontar las grandes tragedias tantas veces como fuera necesario, pero a la postre es la repetición constante y uniforme de esos hechos nimios a lo largo de los años lo que acaba derrotando su espíritu. Lo que lo acerca a la muerte sin que se percate, con los pies bien afirmados en los estribos e incluso con una mueca muy similar a una sonrisa.  

Uno muere todos los días un poco, hasta que deja de hacerlo y se consume. Estoy casi seguro de haber expresado esta misma idea en este espacio virtual, alguna vez, allá lejos y hace tiempo. Pero bueno, es la reflexión que traje para esta noche. No tengo otra.

Son las 4 am y no me sale dormir. No tengo sueño. Tampoco cigarrillos, y mucho menos, fuerzas para salir a comprar. Es evidente que me tengo que ir a acostar por más que no me guste, y esa es —asumo— mi pequeña claudicación del día. O mi pequeña muerte, cumplida en tiempo y forma antes de que cante el gallo. En cualquier caso (muerte o claudicación), me gusta hacer esta clase de deberes temprano y en ayunas. No sé, para descomprimir, pasar el resto del día tranquilo. Digo, debe ser eso.


Tengan ustedes muy buenas noches.

viernes, 6 de septiembre de 2013

COLOQUIO SOBRE LOS FANTASMAS Y ALGO DE TETAS


Síntesis del post: Fantasmas de verdad. Teoría. Gente grisecita. La sombra. Comprobaciones. Vasos agitados. Las tetas. Reflexiones sobre el alma.


Porque según lo que yo pude saber, los fantasmas de verdad no son entes incorpóreos que aparecen y desaparecen en la cocina, el dormitorio o algún pasillo oscuro según su propio capricho, sino que se encuentran al alcance de nuestra percepción en forma permanente. Están por todas partes, pero ocurre que hay que saber mirar. Y eso no es para cualquiera. Primero hay que entender que no existe en ellos la voluntad de comunicar nada, no hay asuntos familiares pendientes o intrincados sueños de venganza. Ni siquiera está la intención pura y simple de asustar al primero que pase delante. La cuestión es muchísimo más compleja, no sé si me explico.

Todo esto lo dice mi amigo con profunda convicción y un aire profesoral bastante reñido con el vaso de whisky que sostiene en su mano derecha. Mientras tanto yo lo escucho, compongo mi célebre rostro de prestar atención y lo refuerzo acariciándome la barbilla como suelen hacer los psiquiatras cuando quieren ocultar su monumental desinterés. Sin embargo debo aclarar que la mía no es una postura falaz, la teoría me resulta atrapante a muchos niveles y me genera un sinfín de interrogantes que pienso plantear ni bien se me permita introducir un bocadillo. Muy cierto es que ello puede deberse al hecho de que yo también sostengo un vaso de whisky en mi mano derecha, pero no me parece justo ni oportuno comenzar con esa clase de acusaciones en esta etapa tan prematura del relato. Seamos indulgentes y veamos hacia dónde nos lleva esta simpática charla, que interrumpir no es de gente educada y para desacreditar siempre sobra el tiempo.

Ahora a lo nuestro sin más, que hoy hemos elegido la modalidad del diálogo y —creo yo— la lectura se hará un poco más amena para todos esos vagos que suelen espiar la extensión del texto antes de abordarlo de mala gana.

— ¿Pero entonces los fantasmas son de carne y hueso, se pueden tocar? —indago apenas se produce el primer silencio.

— No, no —se defiende él—. Los fantasmas sí tienen esa esencia holográfica que se puede apreciar en cualquier película de terror. Lo que pasa es que no andan apareciendo y desapareciendo todo el tiempo.

— ¿Y cómo se los distingue?

— Hay varias maneras, pero lo fundamental es que son como más grisecitos que la gente común.

— Nosotros también somos gente grisecita —replico luego de beber otro sorbo de whisky—. Somos dos ignotos con familias convencionales, trabajos poco estimulantes y problemas triviales tomando unos tragos en un bar de mala muerte.

— Sí, sí, pero yo me refiero al color —corrige—. Tienen un aspecto terroso como el de aquellas botellas —agrega señalando unos licores colocados en hilera sobre una repisa espejada.

— ¿Y además del color, qué?

— Bueno, te puedo decir que por lo general pululan en lugares muy concurridos —dictamina mientras alza su vaso vacío, agitándolo para que la chica que nos atiende haga contacto visual y proceda en consecuencia—, pero la gente no repara en su presencia. Pasan desapercibidos, como un mueble, una mosca o una botella.

— ¿Eso es todo?

— Creo que sí. Ah, no… y además no tienen sombra, lógicamente.


En este punto lo miro con extrañeza. Lo que me desconcierta un poco es el orden que ha elegido en su exposición. Quiero decir, a mí lo de la sombra no me parece un detalle menor, algo para agregar al paso luego de hacer un esfuerzo de memoria. Aspecto terroso tenemos todos, según quién nos mire y cómo lo haga. También pululamos en sitios muy concurridos sin que nadie repare en nuestra presencia. O al menos nadie que nos importe. Pero la sombra es la sombra, viejo. Viene de fábrica. Es presupuesto necesario de la calidad de persona, caramba.

— Por ejemplo, ahora mismo tenemos un fantasma entre los presentes —prosigue misterioso al tiempo que ojea solapadamente los pechos de la señorita que llena los dos vasos—. Con los parámetros que te acabo de dar ya estás en condiciones de adivinar quién es.

— ¿Acá en el bar? —pregunto algo inquieto.

— Sí. Vamos a ver si aprendiste a mirar —desafía con una media sonrisa.

— La chica que nos atiende no es —sentencio como apertura de mi investigación—. Esas tetas no tienen aspecto terroso ni pasan desapercibidas, y además proyectan una buena sombra.

— No, no es —confirma alzando su vaso en una suerte de brindis imaginario—. Las tetas, no esas tetas sino las tetas en general, no tienen aptitud fantasmal.

— ¿Entonces una señorita con buenas tetas no puede morirse y volver como fantasma? —pregunto yo con algo de pena.

— Si son genuinas, no. Pero si tiene prótesis las pueden remover y mandarla de vuelta como una tabla —explica haciendo gala de una sabiduría bastante discutible.


Apuro mi whisky y comienzo un minucioso examen de la concurrencia. Una parejita joven que discute tomada de la mano, una señora con aspecto de estar buscando a su hija rebelde, tres chicas no demasiado agraciadas, un grupo de amigos abordando en la barra a una señorita cuyos atributos carecen de la más absoluta aptitud fantasmal, un calvo que bebe un chupito tras otro. No mucho más. Gente no muy grisecita en el sentido estricto de mi búsqueda.

— No hay caso, no lo veo —confieso desalentado.

— Hay que observar con calma —contesta él mientras reclama otra ronda agitando el vaso.


De pronto reparo en un caballero parado en el extremo más alejado de la barra. Debe tener unos sesenta o sesenta y cinco años. Es un mozo que otea cada rincón del establecimiento aguardando paciente que alguien lo llame a su mesa. Pero algo no encaja en la situación. Es un mozo de restaurante, vestido con un pantalón negro muy gastado y una camisa celeste de mangas cortas. Y tiene una bandeja redonda y plateada aferrada debajo de la axila.

Ahora bien, esto es un bar. Un bar nocturno. Y por lo que he notado en el largo rato que llevo sentado, para atender en este sitio hay que ser mujer, joven, bien bonita y con muy buenas tetas. Cero actitud y aptitud fantasmal.

— El mozo —susurro como queriendo evitar que me escuche.

— Sin duda —asiente él con una satisfacción casi paternal.

— ¿Vos decís que si me paro y me acerco no va a tener sombra? —indago dejando entrever que el de la sombra es el único detalle al que asigno un carácter confirmatorio.

— No tiene —asevera—. Pero si te vas a arrimar que sea sin que lo note.

— ¿Por qué?

— Porque se va a escapar para la cocina y ya no lo vamos a ver más. Y yo quiero estudiarlo un rato.


Comprendo el argumento pero aun así necesito una comprobación, por lo tanto me pongo de pie y me acerco dando algunos rodeos para despistar. Sin embargo cuando estoy todavía a unos cinco o seis metros de distancia se da media vuelta y se escabulle por una puerta que, supongo, conduce a la cocina.

— Te dije que se iba a escapar —me amonesta apenas regreso a mi asiento con el semblante abatido.

— Ya va a salir, vas a ver —me defiendo con la mirada fija en la puerta.

— No. Lo perdimos.

No le presto atención. En cambio reflexiono unos segundos acerca de esa posición de frontera que asume el alma cuando pierde el albergue del cuerpo y no acaba de fundirse en el éter. Ese estado al que asignamos una individualidad y dotamos de un nombre. Un fantasma, decimos con total naturalidad. Y no importa si luego nos enrolamos en la teoría de la aparición o pensamos que está allí todo el tiempo, por fuera de nuestra percepción.

Sin embargo el tema finalmente se agota y la velada se desvía hacia asuntos más mundanos. Las horas transcurren y la noche comienza a esfumarse entre vasos agitados y amenos contrapuntos.

— Me parece que no te creo —confieso en un rapto de sinceridad.

— ¿Qué cosa, Juan?

Mi amigo me dice Juan porque yo, en efecto, me llamo Juan. No sé si lo dije alguna vez.

— Lo del fantasma.

— Ah… eso. Allá vos.


La señorita sin aptitud fantasmal responde una vez más al llamado del vaso. Sirve de muy buen modo, aunque sugiere amablemente un punto final. Una botella y tanto le parece suficiente para una sola noche.

— ¿Te puedo hacer una pregunta? —le dice mi amigo con una mirada desinhibida.

— Por supuesto —concede ella.

— ¿Acá trabaja algún mozo hombre?

— No, somos todas chicas.

En el rostro se le dibuja la satisfacción del triunfo, pero no parece querer regodearse.

— ¿Y las tetas te vinieron de fábrica o las pagaste? —se despacha casi de inmediato.

Ella lo observa mientras enrosca la tapa de la botella. No está ofendida, lo hace sin dejar de sonreír. Sin embargo se percibe que evalúa la estructura de su respuesta.

— Ni lo uno ni lo otro —responde por fin—. Pero la pregunta estuvo de más. Hiciste dos.

Mi amigo sonríe con la vista perdida en el posavasos.

— Es fija que vuelve como una tabla — murmura una vez que ella se retira.

Me lo dice a mí, y sin embargo yo no le presto atención. En cambio reflexiono unos segundos acerca de esa posición de frontera que asumen las tetas cuando no son del todo propias ni del todo ajenas.

— Al fin y al cabo que vuelva como le de la gana. Pero que vuelva —sentencio luego de interminables minutos de meditación.

Y que el fantasma se quede en la cocina. Esto lo agrego ahora, mucho más lúcido y menos propenso a las actitudes y aptitudes fantasmales.


Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 15 de septiembre de 2011

SALDO Y ESQUINA

Síntesis del post: Una prostituta de esquina. Vestimenta. Tres potenciales clientes. Una negociación. Un Sarmiento. Disculpa posdatada.



Tenemos —y disculpen ustedes que me meta tan de lleno en un tema escabroso— a esta prostituta. Una prostituta de esquina. Una prostituta de esquina que, como toda prostituta de esquina, exhibe orgullosa en la vía pública una cuota de desnudez inconcebible. Una desnudez que una señorita común y silvestre, de su casa diría mi abuelita, solo se animaría a exhibir una vez dentro del hotel alojamiento, cerrada con cuatro llaves la puerta del cuarto y a pocos pasos de la cama inmaculada.

Yésica (así, con ye), se llama. La prostituta. O se hace llamar. Y es que con estas damas, buena parte del encanto reside en la certeza de que comienzan a mentir en el preciso instante en que revelan su nombre, que en realidad no es su nombre sino una simple herramienta de trabajo. Como todas las demás, claro está.

Debe andar por los veinticuatro o veinticinco años. Ay señora, viera usted esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío. Cualquiera diría que ejerce la profesión por amor al arte; que en vez de alegrar el día —o la noche— de tantos hombres munidos de un solo billete de cien, bien podría elegir a uno, un hombre, que los tuviera todos, todos los billetes de cien. Sin embargo la vida es un sendero sinuoso, y uno no es quien para juzgar el modo en que otros deciden recorrerlo.

No soy ducho en el departamento ‘vestimenta’. Quiero decir que no domino el arte de la descripción en lo referido al atuendo, así que les voy a solicitar, sobre todo a las señoritas de su casa que en este momento leen estas humildes líneas, un poco de indulgencia.

Vayamos entonces de abajo hacia arriba. Zapatos de taco alto. Muy alto. Y finito. Creo que le llaman aguja, al taco. Y medias de red, por supuesto. Y luego una minifalda negra, de cuero, que a duras penas cubre las tres cuartas partes de las nalgas y permite adivinar la presencia de una tanga blanca (el color es producto de mi incontenible imaginación tropical) que llegado el caso interpondrá una defensa mentirosa.

¿Arriba? Arriba un top. Y acá se me complica. Es como una media. Transparente. Y entonces ya no tenemos que adivinar lo que hay debajo, porque la mercancía está a la vista, matizada —quizás— por una serie de rombos diminutos que le otorgan al torso una suerte de color sepia. Y nada más. El maquillaje, sí, pero eso no forma parte de la vestimenta. Solo la complementa, es un accesorio, si es que se puede hablar de accesorios cuando estos cubren mucha más superficie que la cosa principal.

Y suficiente hemos tenido de ella. Vayamos a lo nuestro sin más.

Tres jóvenes. Tres imberbes. Tres mocosos tres. Potenciales clientes de una hembra que ha conocido circunstancias más apremiantes. Un debutante. Dos polizones que irrumpieron en la escena oficiando de padrinos, aunque luego se vieron tentados por esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío. Ahora todos desean un papel en la tertulia, juntos si fuera posible, y en consecuencia llevan adelante una compleja negociación que a pesar de la buena voluntad de ambas partes aún se encuentra muy lejos de arribar a un final feliz. Literalmente hablando.

Dos flancos bien definidos en esta negociación. Compleja negociación, no sé si les dije. Uno, el capital requerido. Dos, la sede. Y ambos se encuentran íntima y dramáticamente relacionados.

De los bolsillos de los jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes, brotan billetes arrugados que uno de los padrinos, ahora devenido en contertulio, alisa con sumo esmero al tiempo que saca cuentas. Ocho por cinco cuarenta, te espero en la lechería.

No alcanza. Es decir, no alcanza si encima hay que pagar el hotel. Pero los jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes proponen como sede el departamento del debutante. O mejor dicho, de los progenitores del debutante, que están —imagino yo— de recorrida por el viejo continente.

Ahora bien, normalmente las prostitutas de esquina desconfían de las sedes que escapan a su control y conocimiento. Y es que el mundo se encuentra repleto de sátiros que tienen la mala costumbre de anudar corbatas (muy coloridas por cierto) alrededor del pescuezo de las prostitutas de esquina, entre otros ejemplares del género femenino. Pero, nobleza obliga, estos tres paparulos tienen demasiada cara de buenos. De tiernos. Es decir, no representan peligro alguno. Hasta yo me doy cuenta, que estoy —estamos— a pocos metros de distancia, esperando un colectivo que parece no tener pensado mostrarse en un futuro inmediato.

Hay acuerdo, pero no alcanza. Es decir, no alcanza ni siquiera evitando el pago del hotel. Falta un billete. Un Sarmiento. Un cincuenta, para los que no se han percatado de que el adusto rostro de Domingo Faustino adorna los billetes de esa denominación.

Por desgracia se arrima uno de los padrinos, devenido en contertulio, hasta mi posición. Y me explica más o menos en detalle la situación que acabo de relatarles.

Hará cosa de un mes me tocó alzarme con un Sarmiento gracias a un cobarde que proclamaba su amor en el alféizar de una ventana. Es obvio que el Universo, estimados, posee sus propios mecanismos compensatorios. Creo firmemente en este postulado. Y obro en consecuencia. Eso es una suerte para los tres jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes.

Al fin y al cabo hoy me sobran Sarmientos. Y en especial el que acabo de dejar ir, ganado a costa de un grupo de jóvenes no más jóvenes que estos.

Con él podría haberme pagado un taxi, sí. No hace falta que me lo diga. Pero bueno, en rigor de verdad no estaba esperando ningún colectivo. Y menos uno que tiene como destino final… el Puente La Noria. Yo vivo en Caballito, sepa usted.

¿Cómo dice?

Ah, sí. Solo quería admirar, por unos minutos más, esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío.




Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: En breve reanudaremos las recorridas por los espacios virtuales amigos y afines. Sepan disculpar.

jueves, 27 de enero de 2011

UNA PERSONA CHIQUITA CON CARA MEDIO EXTRAÑA

Síntesis del post: Nuevo galardón. Agradecimiento. Un duende. Un mensaje. Discusión. Conclusión. Despedida hasta marzo.

Cuestión previa: Mr. Verbal Kint, que es un hombre ducho en cuestiones de pluma y tinta, ha tomado la inexplicable decisión de otorgarme un nuevo galardón. Sin embargo, yo no pienso cuestionar sus motivaciones. Simplemente agradezco la atención, insto a la concurrencia a que lo visite en su casa y me dispongo a exhibir el trofeo debajo de estas breves líneas.

Como es costumbre, me arrodillo con los puños apretados en el círculo central y repaso mentalmente la lista de mis enemigos para elegir alguien a quien enrostrárselo. Luego me apersono en su casa virtual, me apropio de la estatuilla y salgo corriendo a mi cueva antes de que se arrepienta, en la inteligencia de que un galardón exhibido implica, no solo una transacción terminada, sino también el derecho soberano a rechazar su devolución.





¡MUCHAS GRACIAS MR. VERBAL KINT!

Ahora a lo nuestro.

Anoche, justo cuando me iba a dormir se me apareció un duende. En rigor de verdad no sé si era un duende. Tenía la clásica cara de viejito maligno, ojos claros y tristes, dientes afilados, nariz aguileña, uñas largas y todos los demás estereotipos de cualquier duende que se precie. Pero le faltaban las orejas puntiagudas, y todos sabemos muy bien que sin orejas puntiagudas no hay duende. Así que supongo que más bien calificaba como ‘persona chiquita con cara medio extraña’.

Ahora bien, esta persona chiquita con cara medio extraña tenía la cara medio extraña pintada de azul y blanco. O mejor dicho, de azul con una raya blanca horizontal y otra vertical. Y tenía el pelo largo y revuelto. Y vestía con una pollerita escocesa muy varonil y una suerte de casaca gastada. Y portaba una espadita que mantenía bien en alto con su mano derecha. Y gruñía. Y montaba un caballito negro que no era un pony. Era un caballito chiquito, con forma de caballo grande, pero chiquito. Robusto, musculoso y de largas crines. Pero chiquito.

Y esta persona chiquita con cara medio extraña se paseaba de lado a lado de la habitación, montada sobre su caballito negro que no era un pony, con forma de caballo grande pero chiquito, con su pollerita y su casaca gastada, con su espadita en alto y con sus gruñidos.


CATACLAP CATAPLAC CATAPLAC CATAPLAC…

‘¡I am William Wallace!’, exclamó de repente.

Quedé estupefacto. Quería decir algo, pero las palabras se me atragantaban; así que tomé aire y me dispuse a ordenar mentalmente el aluvión de preguntas que se agolpaban en mi pecho. Sin embargo, cuando por fin estuve listo, esta persona chiquita con cara medio extraña me interrumpió.

‘¡They may take our lives, but they’ll never take our… FREEEEEEEEEED…

¡PUM!

Ahí nomás le revoleé un zapatazo que lo bajó del caballito negro que no era un pony, con forma de caballo grande pero chiquito. Es que pensé que con esos alaridos iba a despertar a la señora Bigud y a pequeña Yoni.

—¡La puta que te parió! —soltó en buen cristiano.

Me sentí un poco culpable, pero se me pasó rapidísimo.

—Esto es una casa de familia, no se puede andar pegando esos alaridos —le dije.

—Pero traigo un mensaje del mundo onírico —replicó.

—Ya me lo imaginaba —contesté mientras me sentaba en la cama.

Lo cierto es que yo no soy bueno para interpretar los mensajes del mundo onírico, y así se lo hice saber. La mitad de las veces no entiendo nada de lo que me quieren transmitir, y la otra mitad pienso que entiendo y obro con catastróficos resultados.

De más está decir que se puso de un pésimo humor, y para colmo uno de sus ojitos claros y tristes comenzó a inflamarse a causa del zapatazo. Me rogó, me suplicó, imploró que analizara el contenido del mensaje, pero no hubo caso. Ni mi vida corre peligro, ni siento la falta de libertad. Nada. Entonces le expliqué que en estos tiempos me acosan las visitas oníricas y que a todas las corro a patadas, pero no se asustó.

Discutimos por más de una hora, hasta que por fin se dio por vencido. Se retiró caminando por el pasillo con la cabeza gacha, con su carita medio extraña pintada de azul y blanco, con su ojito claro y triste en compota, arrastrando de la rienda a su caballito negro que no era un pony, con forma de caballo grande pero chiquito, con su pollerita y su casaca gastada, con su espadita apuntando al piso y haciendo un ruidito molesto con el filo en las baldosas, con sus pelos largos y con sus gruñidos.

Y eso es todo.

Últimamente vengo teniendo sueños de lo más extraños. Me despierto a medianoche y me pasan estas cosas. Debe ser porque estoy a dieta, aunque en ese caso debería soñar con comida. Qué sé yo… chanchos que hablan, vacas que vuelan, patos paracaidistas… no sé. Y sin embargo no hay rastros de nada comestible. Solo personajes irritantes y gritones.

En fin… es altamente probable que esté necesitando vacaciones.

Me voy. Nos leemos un día de estos.




Tengan ustedes un esplendoroso mes de febrero.

martes, 4 de enero de 2011

LA PERSONA ADECUADA

Síntesis del post: Confesiones de año nuevo. Tratamientos de belleza. Opinión. Monstruos. La persona adecuada. Brindis.



La señora, envalentonada quizás por el clima festivo, por el alcohol, por esa sensación de seguridad que se agiganta cuando se es un simple elemento dentro de una multitud, por ese frenesí confesional que se apodera de algunas almas durante la segunda o tercera hora de cada nuevo año o por razones que escapan a mi comprensión, o mejor dicho, a mi voluntad de comprender, se entrega a una explicación minuciosa de los distintos tratamientos a los que recurrió con el fin de realzar su belleza.

Muchos son los procedimientos que se han llevado a cabo en ese rostro. En ese físico en general. Cirugías convencionales. Avanzadas técnicas que solo se encuentran al alcance de los bolsillos más abultados. Productos con nombres extraños, difíciles o imposibles de pronunciar en la lengua de Cervantes. Prolongados tratamientos a base de fluidos corporales de bestias salvajes en peligro de extinción. Siliconas de última generación, con una vida útil de 2500 años y resistencia a temperaturas extremas. Tanza para pesca capaz de soportar la fuerza de dos tiburones blancos australianos sin cortarse, aplicada metódicamente entre la espina dorsal y el músculo de los glúteos, todo con el fin de mantenerlos erguidos y turgentes. Y algunas otras maravillas que en este momento escapan a mi memoria.

En fin… artillería pesada para combatir el paso del tiempo. Nada que no se haya visto antes.

Sin embargo la señora, sea esto tenido en cuenta por los opinólogos de turno, está feliz con su apariencia. Sí señor. Cómo no. Y sus amigas celebran los resultados mientras importan en las agendas de sus teléfonos móviles los datos de los profesionales responsables de semejantes proezas.

Desde mi humilde punto de vista la señora es un monstruo. Decididamente. Pero uno de esos monstruos que no rompen el espejo por la mañana. Y eso es lo único que en realidad importa.

La fiesta del nuevo año sigue su curso, y yo busco una mesa tranquila. Alejada de los reflectores. Una que tenga un vino en el centro. Algo de comida. Nada más.

A mi lado un viejito con cara de buena persona. Pelado, cejas abundantes, barba de tres días, ojos entrecerrados, dientes amarillos y espaciados, manos titubeantes y velludas en las falanges. Eso es todo lo que puedo decir de él.

Me sirvo un vaso de vino y le ofrezco con un leve gesto, así, sin cruzar palabra. Él me regresa un ademán afirmativo.

Noto que mira. Mira, estoy seguro, hacia la mesa de la señora monstruosa. A ella en particular. Y lo hace con aversión, dejando traslucir un sentimiento que solo puede haber germinado a través de los años. Con la convivencia. Con las tostadas de la mañana. Con las películas de Clark Gable. Quiero decir, hace mucho pero mucho tiempo.

Le sonrío, no sé con qué fin. Él me devuelve una mueca agria. Una sonrisa. Su sonrisa. La mejor que tiene en estos primeros minutos del año.

Levanto mi copa y brindamos. Me gusta pensar que ambos estamos, en este instante, en compañía de la persona adecuada.


Feliz 2011, le digo.

No quiero vivir más, me dice.

Y brindamos de nuevo; cada uno, creo yo, con la esperanza, la íntima pretensión de ahuyentar sus propios monstruos, sean ellos internos o externos.


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 29 de junio de 2010

CUCURUCHO NO HAY...

Síntesis del post: Nocturnidad. Paseo televisivo. Ganas de molestar. Remate.





Pasear por la grilla televisiva a altas horas de la noche es un arte de difícil ejecución. No cualquiera es capaz de hallar la combinación adecuada para mantener los sentidos en alerta y la mente despejada, y prueba de ello son los miles de cuerpos inertes que cada noche acaban derrumbados sobre un sofá, doblados sobre sí mismos, luciendo llamativos colgajos de baba, ladeados parcialmente o con todo el peso concentrado sobre pequeños huesos que no fueron diseñados para soportarlo. Eludir a Morfeo requiere instinto, velocidad y buena predisposición, además de un dedo pulgar inquieto y a la vez juicioso. No señor, no es para cualquiera.

Una habitación a media luz. Una señorita se abalanza sobre un joven exhibiendo una actitud que calificaremos como fogosa. Lo acaricia, lo besa. Y él permite. Todo viento en popa.

Dedo pulgar quieto, pero en posición.

De pronto la situación da un vuelco inesperado. Al menos para mí. El joven la aparta con cara de circunstancia, cierra el puño y se inflinge sonoros golpecitos en la frente, como si quisiera embadurnarla con un cucurucho de helado, pero sin helado. Interpone excepciones. Habla de un pasado común calamitoso y la abraza con más amor que lujuria.

Me pierden. Dedo pulgar operativo.

Los goles de Brasil frente al combinado chileno, pero analizados desde la perspectiva de un desencajado Marcelo Bielsa.

El hombre camina de un lado a otro entre miradas furtivas y vivísimos alaridos. Le va a dar un infarto en cualquier momento. Se sienta. Se para. Instruye a su colaborador más cercano para que amoneste, advierta o amenace a uno o varios de sus jugadores. Insulta sin un destinatario definido. No puede con su alma. Y encima pierde tres a cero.

Me da lástima. Dedo pulgar al ruedo.

Según entiendo, el Universo está compuesto en su mayoría por materia oscura. Jamás hemos visto siquiera una partícula de esta clase de materia. Y cuando hablamos de partícula, nos referimos a un despojo no más grande que la millonésima parte de un átomo. El concepto es complejo, aunque inquietante. Me quedaría mirando si no fuera porque en lugar de esos gráficos computarizados tan interesantes que suelen mostrar en estos programas, hay un científico chino (o norcoreano) que me cuenta lo que yo quiero ver. Y todo con la misma cara.

Me frustro. Dedo pulgar al rescate.

Homero Simpson en acción. Me gustaban más los capítulos viejos. Wimbledon, el partido más largo de la historia. Nadie en su sano juicio lo resistiría a estas horas de la noche. Un cocinero italiano prepara una salsa. No quiero terminar asaltando la heladera. El joven del cucurucho ensaya un parlamento inverosímil delante de otra señorita. O talvez la misma. No lo sé. Sus palabras garantizan una noche en soledad.

Finalmente la oscuridad. Párpados a media asta. Un profesional interpreta el mensaje. No quiero traer a escena el espectáculo de la baba. Es hora de marchar a la habitación.

Por casualidad me cruzo con la señora Bigud en el baño. Ella duerme hace más de tres horas, pero alguna necesidad de tipo fisiológico la sacó de la cama justo en este momento.

Repito maquinalmente el parlamento del joven, más para molestar que para lograr un permiso. No soy creíble, y me gano un insulto de última hora.

Es una verdadera pena, me dejó con el remate en la punta de la lengua.

Cucurucho no hay…


Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: Arderán en el infierno aquellos ingratos que no pasen por MIB con el objeto de celebrar las pavadas que escribo. Ya lo saben.

lunes, 15 de febrero de 2010

SOPAPOS A LA MADRUGADA

Síntesis del post: Delirio onírico. Anciana golpeadora. El Ser. Reflexión sobre los deseos.



Una brisa templada me arrebata de pronto de las honduras oníricas. Estoy empapado en sudor, y mi propia irritación me impide ver –al menos en un primer instante- a la anciana que aguarda sentada al pie de mi cama.

- ¿Quién es usted?- me pregunta como si fuera yo el invasor.

- Yo soy Yoni.

La vieja se arrima hasta mi posición y me aplica un soberano sopapo que me deja latiendo la mejilla derecha.

- Haga un esfuerzo intelectual- me insta mientras sacude la mano ejecutora-. ¿Quién es usted?

- Soy una antología de materiales grotescos y un par de zapatos- respondo algo molesto, pensando que es lo que desea oír.

Otra vez me golpea. Y otra vez exige otro tipo de esfuerzo.

- ¿Quién es usted?- indaga paciente.

- Soy la suma de mis sueños menos las grietas de mi voluntad.

Un nuevo cachetazo me arranca definitivamente del sopor.

- ¿Quién es usted?

- Soy una pérdida tiempo, un soneto y un albañil.

El golpe me enfurece, pero no hago nada para evitarlo.

- ¿Quién es usted?

- Soy un todo complejo, una locura veraniega o un bárbaro fabulador.

Esta vez no me pega. En cambio sale de la habitación mientras el rumor de su voz se arrima a mis oídos como una víbora ponzoñosa.

- Si desea saber quién es usted, levántese, vístase y venga a la cocina a prepararme un té.

Medito un instante. Luego apago la luz y sigo durmiendo. No tengo el más mínimo interés en saber quién soy.

Hay que ver lo erradas que pueden estar algunas personas –o algunos espectros- acerca de los deseos ajenos.


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 24 de noviembre de 2009

LA CONSPIRACIÓN DEL COLOR PÚRPURA

Síntesis del post: Pensamiento dual que debía versar sobre la conspiración del color púrpura pero terminó en cualquier cosa, todo ello en una tarde cualquiera de noviembre, lluviosa pero no tanto.




Hablemos un poco sobre este mundo púrpura, mezcla de rojo y de azul, de pasión y sospecha. La idea es comenzar con una frase que sirva de apoyo para nuestras elucubraciones. Por ejemplo:

“En este mundo púrpura…”

A lo nuestro entonces.

“En este mundo, púrpura y fucsia son más o menos la misma cosa. Todo lo que nos rodea son nombres y calificativos de exactitud rigurosa al momento de la enunciación, pero que en la práctica se despojan de esa cualidad con un desparpajo escandaloso.” Esto lo diré yo a modo de introducción.

“Disculpe señor, no quiero arruinarle el desarrollo, pero me siento obligado a señalar que le está sobrando una coma. La consigna que acaba de establecer es “En este mundo púrpura…”, y no “En este mundo, púrpura…”. La verdad es que se lo dejaría pasar, pero como la última vez tampoco respetó su propio plan, me parece que las suyas han dejado de ser simpáticas observaciones para convertirse en solapadas transgresiones. Además, si no se enoja, le hago otra observación (esta vez de mi autoría): El desparpajo no puede ser otra cosa que escandaloso; esa es una de sus condiciones esenciales. Sin escándalo, no hay desparpajo, o como venía usted diciendo, sin el calificativo no podemos emplear el nombre.” Todo esto dirá usted solo para demostrar su inquebrantable voluntad de incordiar.

“A ver amigo, seamos razonables. No podemos voltear el escrito entero por una coma insignificante. Estoy intentando establecer que en este cascote solitario que nos toca habitar, objetos y sucesos se encuentran sometidos sin remedio a las leyes del relativismo. El mundo no es púrpura, sino del color que le asigna aquel que se ocupa de su descripción.” Esto lo diré yo en un intento vano de poner paños fríos.

“¡Mentira! Aquí mismo tengo su declaración del otro día. Usted odia el color púrpura, y por eso le niega el título de color oficial del mundo. Además, basado en vaya a saber qué trauma de su juventud, sospecha del azul y le asigna al rojo un carácter ‘demasiado sexual’. Fíjese que, incluso, en este último caso acaba pidiendo perdón por el simple hecho de pronunciar la palabra. Ni siquiera es capaz de mencionar el sexo sin que la vergüenza le tome por asalto esos mofletes sobrealimentados.” Esto lo dirá usted tratando de ponerme en ridículo en mi propia casa.

“Un momentito, que yo estoy en mi peso ideal. Y en cuanto a lo del sexo, solo hablé de ese modo porque me parece que para colocar determinados temas sobre el tapete, siempre es preferible esgrimir primero una delicada disculpa. Es un tema de educación señor; acá hay señoras y señoritas que no tienen por qué soportar sin previo aviso elucubraciones de ese tenor. Ahora, si me permite, quisiera continuar con lo que estaba diciendo. Desde el principio esto aspiraba a ser un ensayo individual sobre algunas particularidades del color púrpura, pero usted ha logrado desvirtuarlo.” Esto responderé yo buscando excluirlo a usted de este asunto.

“¿No era que iba a hacer referencia a una supuesta conspiración de este colorcito? Si no es así, su ‘Síntesis del post’ no tiene ningún sentido. Además, ahora que lo leo con atención, se habla de un pensamiento dual; o sea, de a dos. Usted y yo. Mi presencia es imprescindible.” Esto objetará usted en un intento desesperado por continuar molestando.

“Bueno, no me había percatado de eso. Entonces solo tengo que idear un título que incluya el color púrpura y lo excluya a usted.” Esto lo diré yo mirándolo fijo.

Y usted hará silencio.

Y algún día yo le contaré algunas cosas acerca de la conspiración del color púrpura.

Pero solo cuando usted madure.


Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: La Candorosa nos ha otorgado un premio que ya pusimos en la vitrina, pero que presentaremos y agradeceremos como corresponde el día viernes.

lunes, 9 de noviembre de 2009

EL COLOR PÚRPURA

Síntesis del post: Pensamiento dual acerca de la conspiración del color púrpura en una noche lluviosa de noviembre.




Creo que odio el color púrpura.

“¿Por qué?”, indagará usted, que si se trata de atacar un juicio ajeno figura siempre en el primer lugar de la fila.

No lo sé, no puedo precisarlo. Si me viera obligado a estudiar su naturaleza con objetividad periodística, diría que lo odio porque es una mezcla de rojo y azul. Y es lógico. El rojo es demasiado pasional, demasiado sexual –con perdón de la palabra-; y el azul me resulta sospechoso.

“¿Pero qué está diciendo insolente? ¿Cómo se atreve a sospechar del color azul?”, reclamará usted con repentinas ínfulas de activista cromático.

Disculpe señor. Yo sospecho de lo que me viene en gana. Y si digo que el azul no es de fiar, usted no es quién para contradecirme.

¿Qué podemos esperar de un color que se atribuye méritos que no le corresponden? El cielo no es azul, y la bandera tampoco. Que el celeste no sea un color primario, no autoriza el atropello. ¿O acaso el mulato es menos persona que el negro? ¿O el mestizo que el indio? ¿O el decorador que el arquitecto?

“Pero hombre… por favor. Trate de analizarlo sin la interferencia de la pasión. Su odio hacia el color azul es un odio derivado. Un aborrecer detrás del ocio. De eso no cabe duda. Su verdadero problema es con el color púrpura. ¿O no lo dijo al principio de este cuento?”. Todo eso dirá usted.

¡No es un cuento, estúpido! Es un ensayo. Una enumeración poético-filosófica de las falencias del color púrpura, que nos mues…

“A ver, a ver. El costado filosófico se lo acepto. ¿Pero qué diablos tiene esto de poético? Acabo de leer todo de nuevo y no me topé con un solo verso”. Esto lo agregará usted abusando con descaro de las libertades que se le otorgan en este espacio.

¡Animal! La poesía no son solo los versos. También está el buen gusto, la delicadeza, la sensibilidad en prosa.

“¡Andá a lavarte las patas! Si no hay rima consonante, o al menos asonante, no hay poema. Preguntale a Alfonsina, a ver qué te dice”, desafiará usted en el colmo de la desfachatez. Y encima tuteándome.

¿Y qué me va a decir? Que el azul del océano la consume… la absorbe.

“¡Ordinario! ¡Tenga un poco de respeto! Está hablando de una poetisa superlativa”, amonestará usted, que jamás tuvo sentido del humor, pero al menos me dejó de tutear.

“Calma señores. Es hora de arrojar un manto de piedad sobre esta discusión”, dirá alguien que no conocemos ni usted ni yo, porque este –no sé si lo sabe- es un blog muy concurrido.

“¿Y usted quién demonios es?”, preguntaré yo, haciéndome cargo de la titularidad de este espacio.

“¿Cómo que quién soy? La sensibilidad del mundo, por supuesto”, responderá el intruso.

“Disculpe, pero usted lo dice como si fuera algo genial. El mundo es una mezcla de rojos y azules, y de eso no puede resultar nada bueno”, diré yo inflando el pecho.

“Estoy con el señor. El mundo es un menjunje de sexo y mentiras. Si arriba de eso nos ponemos sensibles…”, apuntalará usted, que nunca ha sido amigo de sus propias convicciones.

“Si arriba de eso nos ponemos sensibles, no pasa nada. No exagere. Que para eso tenemos un mundo de color púrpura”, corregiré yo, pasándole factura por este contrapunto estúpido.

Cualquier cosa antes que darle la razón a usted en mi propia casa.

Sepaló.


Tengan ustedes muy buenas noches.

viernes, 31 de julio de 2009

ABOMINACIONES NOCTURNAS / POTENTE GEN

Síntesis del post: Abominaciones nocturnas. Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo siempre subo un Potente Gen.

Hay un mono y me mira. Mejor dicho me observa. Y me observa con ojos de pájaro, con aires de inquisidor. Y yo me repliego sobre mí mismo y me digo que la casa está desierta. Desierta como la calle y como la noche.

Se hunde en su butaca e infla el pecho, como si fuera a pronunciar un severo discurso. Pero elige el silencio. Elige recortar su silueta en la oscuridad de la habitación. Elige insinuar la conciencia de mis excesos.

Y alza los brazos y se despereza. Y me siente pensar. Me invade en mis culpas.

Entonces le revoleo un zapatillazo reivindicatorio, pero él se disuelve como un cubo de azúcar en el agua justo antes de ser alcanzado.

Me tapo hasta la nariz y me quedo mirando el techo, enojado con mi vigilia y con la mancha de suela que hice en la pared.

Aunque pudo haber sido un sueño.



Ahora a lo nuestro…

POTENTE GEN

Gen Adams

Victoria, esposa de David.

Louise, hermana de Victoria.

Victoria, hermana de Louise.

Victoria y Louise, no se metan con ellas.

Estas hermanitas tienen cara de malas. Mucha cara de malas. Es un gen maligno, sin duda. Pero es otro de los indiscutibles.

Yo que el amigo David tendría un poquito de miedo. Pero ese soy yo.


Y ahora me voy contento, porque es viernes. El último viernes que no se parece a los demás días de la semana. Y entonces vuelve a ser refugio. Y es el día que almuerzo solo. Y como lo que me da la gana. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y un postre. Y un café. Y la cuenta por favor.


Tengan ustedes un familiero fin de semana.