‘¿Qué me pasó?’, me pregunta mi amigo con un hilo de voz mientras observa la madeja de cables que unen su brazo derecho a la máquina que le suministra las diferentes drogas destinadas a mantener la estabilidad de su organismo.
‘Tu mujer te cosió a puñaladas, Charly. ¿Te acordás de algo?’
‘Creo que no’, dice luego de pensar algunos segundos. Habla con el ceño fruncido, como si le costara ordenar los acontecimientos o desconfiara de su memoria.
‘Bueno, algo la puso furiosa. Ahora está detenida en la alcaldía de Tribunales. Ayer la llevaron al juzgado, pero se negó a declarar. ¿Tenés alguna idea de qué le pudo haber pasado?’
‘No, te juro. Nosotros estamos muy bien. Tenemos algunos problemas, pero nada que salga de lo normal.’ Parece muy convencido de lo que afirma, así que decido no insistir y dejarlo descansar un poco.
Un instante después se queda profundamente dormido, por lo tanto tomo el libro que traje y me pongo a leer. Todavía faltan un par de horas para que su madre y su hermana vengan a relevarme. Necesitaban descansar, distraer la mente luego de tantos días de hospital, tanta tensión; así que me ofrecí para cubrir el turno tarde. Me alegra poder darles una mano en estos momentos tan difíciles.
De pronto alguien golpea la puerta de la habitación. Son golpes suaves, delicados, podría incluso inferirse una nota de timidez.
‘Adelante’, digo, porque eso es lo que suele decirse para otorgar un permiso, y yo soy amigo de las convenciones, las fórmulas y las tradiciones.
Frente a mis ojos una señorita. Una señorita de esas que nublan el pensamiento, alborotan las ideas y provocan repeticiones involuntarias de sílabas. Tez morena, cabello castaño oscuro, ojos verdes escondidos por unas pestañas larguísimas y exageradamente curvadas, nariz pequeña pero sin rastros de haber sufrido bajo el filo del bisturí, labios carnosos y un lunar muy sugestivo entre la mejilla derecha y la parte superior del mentón. El calor agobiante nos regala un vestido corto, bien suelto, que revela unos generosos pechos y permite admirar un físico exuberante aunque exento del pecado de la desproporción.
‘¿Cómo está?’, me pregunta sin mostrar el mínimo interés por mi identidad, parentesco o propósito en la habitación.
‘Parece que mejor’, respondo. Porque eso es lo que parece, no porque pretenda consolarla con mentiras piadosas.
Finalmente emite dos o tres sollozos, me entrega una carta para Charly y se retira cabizbaja, obligándome a un súbito replanteo de mi voluntad de consolación.
Me sumerjo de nuevo en la lectura. Nada mejor que un buen libro para borrar de la mente los pensamientos impuros.
De pronto alguien golpea la puerta de la habitación. Son golpes decididos, sobrios, podría incluso inferirse una nota de impertinencia.
‘Adelante’, digo, porque eso es lo que suele decirse para otorgar un permiso, y yo soy amigo de las convenciones, las fórmulas y las tradiciones.’
Frente a mis ojos una señorita. Una señorita de esas que le arrancan a uno emociones inexploradas. Tez blanca, como de porcelana, cabellos rubios y lacios, largos hasta la mitad de la espalda, ojos celestes, nariz respingada (no diminuta), boca pequeña y labios finos y pálidos. El calor agobiante nos regala otro vestido, también amplio, floreado, generoso a la hora de revelar, aunque dentro de los límites de la elegancia.
‘¿Vos quién sos?’, me pregunta como desconfiando de mi propósito en la habitación, y al mismo tiempo interesándose por mi identidad o grado de parentesco con la víctima.
‘Un amigo, ¿y vos?’, repregunto con sorprendente lucidez para alguien que experimenta emociones inexploradas.
‘Otra amiga’, contesta ya sin mirarme. ‘¿Cómo está?’, agrega con genuina preocupación.
‘Parece que mejor’, respondo. Porque eso es lo que parece, no porque pretenda consolarla con mentiras piadosas.
Finalmente rompe en llanto, me entrega un paquete envuelto en papel de regalo y se retira presurosa, dejándome –—una vez más— solo con mis elucubraciones acerca de la consolación.
Me sumerjo de nuevo en la lectura, aunque ya sin el mismo nivel de concentración que alcancé justo antes de que irrumpiera la primera señorita.
De pronto alguien golpea la puerta de la habitación. Son golpes apagados, tristes, podría incluso inferirse una nota de desolación.
‘Adelante’, digo, porque eso es lo que suele decirse para otorgar un permiso, y yo soy amigo de las convenciones, las fórmulas y las tradiciones.
Frente a mis ojos una señorita. Una señorita de esas que bien podrían valer una decena de puñaladas en el lomo. Tez aceitunada, cabellos negros y lacios, ojos oscuros que denuncian la presencia de algún gen asiático en la familia, nariz ancha y algo achatada, boca pequeña y labios finos y rojos. Rojísimos. El calor agobiante nos regala un último vestido. Corto. Ceñido a un cuerpo de proporciones celestiales que es exhibido sin complejos.
‘¿Sos el hermano?’, me pregunta adivinando mi grado de parentesco, interesándose por mi identidad y al mismo tiempo asumiendo un propósito noble para mi presencia en la habitación.
‘Un amigo’, corrijo tratando de fijar la mirada en algún punto de su anatomía que no implique una transgresión a la moral y las buenas costumbres.
‘¿Cómo está?’, vuelve a preguntar sin atender a mi explicación.
‘Parece que mejor’, respondo. Porque eso es lo que parece, no porque pretenda consolarla con mentiras piadosas.
Finalmente una lágrima rueda por su mejilla izquierda, me entrega un ramo de flores (jazmines) y se retira murmurando un rezo, dejándome —maldita sea mi suerte— solo con mi tratado inacabado de consolaciones.
Ya no me sumerjo de nuevo en la lectura. No es muy difícil darse cuenta cuando no es el día para leer. En lugar de ello enciendo el televisor y busco una película que me ayude a matar las horas.
‘Sos un amor querido, no sabés cuánto te lo agradezco’, me dice la madre de Charly rodeándome las mejillas con sus manos regordetas luego de mi reporte. El hecho de que su hijo haya despertado unos minutos la tiene exultante.
‘¿Vino alguien mientras no estábamos?’, pregunta como al pasar.
Respondo negativamente. Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Y no se me nota en la cara.
A ver… indagado en profundidad debería admitir la ausencia de motivos para el embuste, pero bueno, no sé explicarlo, a veces hay que saber interpretar al olfato, anticipar los problemas que uno podría causar. Por otra parte no me consta que esas tres señoritas tengan alguna relación —aunque más no fuera remota— con los hechos acaecidos. O con la víctima. Mi amigo. Y la amistad, estimados, es enemiga de las sospechas, y si cuadrara, también de la verdad, de la justicia y de la memoria. Lo digo sin ponerme colorado, y firmo al pie. Aunque me lluevan los cascotes.
‘Pobrecito, cómo te habrás aburrido’, agrega la señora sin soltar mis mejillas. ‘¿Al menos enganchaste alguna película entretenida?’
‘Sí, por suerte sí: Los ángeles de Charlie’, respondo. Porque eso es lo que estuve viendo (ya lo creo que sí), no porque pretenda consolarla con mentiras piadosas.
Además, para mentira piadosa y consuelo ya están los jazmines que supuestamente compré para hacerles más placentera la estadía.
Es que yo estoy en todos los detalles.
Tengan ustedes muy buenas noches.









