Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.

martes, 27 de septiembre de 2011

Y ZAPATOS DE GOMA

Síntesis del post: Una mañana soleada y un poquito calurosa. Un consultorio. Muchas tareas. El timbre. Un dilema. Una decisión. Varias fotos. Contrastes. Un número. Un final previsible.

La mañana, soleada y un poquito calurosa, nos encuentra en el consultorio de un psiquiatra. No, no dije mi psiquiatra. Dije un psiquiatra. Uno cualquiera. Y además sepa usted que yo no tengo psiquiatra, soy una persona perfectamente capaz de pilotear mis desbordes anímicos sin que ningún señor me ande dictando las maniobras.

En rigor de verdad este no es un psiquiatra cualquiera. No fui sincero en ese punto. Es un amigo mío. Un amigo que en este preciso instante se encuentra disfrutando de unas merecidas vacaciones en uno de esos sitios extraños. Al oriente del oriente. Y nosotros vinimos a su consultorio por expreso pedido suyo. Yo. Ustedes no. Ustedes vinieron porque hoy tocaba escribir un artículo, y un poco como que me dio lástima dejarlos ahí, en sus casas, con esa carita de cachorro abandonado que ponen cada vez que les digo que quiero hacer el trabajo de campo yo solito, como lo hacía antes, como lo hice siempre.

En fin… a lo nuestro sin más.

Tenemos mucho trabajo. Hay que regar las plantas, levantar los mensajes del contestador automático, revisar las facturas que el portero arroja por debajo de la puerta, confirmar si el gato sigue vivo, cambiarle las benditas piedritas y, si queda algo de tiempo, bajar hasta la cochera y desconectar la batería del auto para que no se muera.

Lo más sensato sería comenzar con los mensajes, pero nos topamos con un obstáculo insalvable. No, no es que seamos unos vagos. Por algo nos ofrecimos desinteresadamente, y por algo han confiado en nosotros. En decir, en mí. En ustedes no.

Ocurre que está sonando el timbre. Y no debería estar sonando el timbre. Es un acontecimiento altamente irregular. Estamos paralizados. Yo. Ustedes no. Ustedes me impulsan a que abra la puerta, aun cuando no debería. Y lo hacen —sospecho— porque saben que no está bien. Porque tienen bastante más claro que yo lo que se avecina. Entienden que allí, paradito en el palier, está ni más ni menos que el cuerpo, la materia del presente artículo. Y no quieren más dilaciones.

Soy un hombre pequeño. Sí. Aunque no lo crean, con el paso del tiempo les he tomado cierto aprecio. No me puedo negar frente a sus lamentos. No soporto esos pucheros que hacen cada vez que intento explicarles que los impulsos suelen correr por una cuerda bien distinta de lo correcto.

Bueno, vayan y escóndanse detrás de esa cortina. Y guarden silencio por una vez en la vida.

Ahí tienen. Les dije, pero ahora es tarde. Una señorita. En mis artículos casi siempre aparecen señoritas. Tanto o más bonitas que esta. Pero esta sí que se las trae. Qué barbaridad. Es realmente llamativo cómo se visten las señoritas ni bien despuntan las primeras mañanas soleadas y un poquito calurosas.

¿Somos o no somos el doctor Urdapilleta?

Los desaforados ademanes de Sir Lothar, el Señor Dany y el Mostro desde lo profundo de la cortina sugieren que sí.

Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Pongo cara de psiquiatra y todo.

Me acomodo en mi sillón, un sillón, enciendo mi pipa, una pipa, tomo mi libreta, una libreta, y me dispongo a escuchar una serie de problemas que soy del todo incapaz de resolver.

Tenemos un novio distante (el muy canalla), un pretendiente que presta el oído (el muy canalla), una madre invasiva, un padre millonario y exigente, un hermano menor drogadicto, un jefe acosador, una amiga leal, un perro —un caniche— en la recta final de su vida, un examen final postergado por enésima vez y una propuesta para conocer las ruinas de Machu Pichu. Del pretendiente (el muy canalla).

Escucho, sí. No se crean que no. Pero mientras lo hago no puedo evitar fijar la mirada en las fotos que mi amigo ha diseminado por todo el consultorio. Es un detalle que no tuve en cuenta. Él con su mujer. Él con su mujer y sus tres hijos. Él recibiendo ese título del cual nosotros —sí, nosotros— carecemos. Etcétera.

Las mismas —las fotos— parecen gritar a los cuatro vientos: ‘Sí, tengo una familia feliz, aunque a usted su novio la haya abandonado y esté revisando el libro de donantes de esperma desde hace tres meses. Sí, soy un profesional, aunque usted no tenga el coraje de afrontar el último examen final. Sí, me compré una casa de fin de semana con pileta y quincho, aunque usted viva en un mugroso monoambiente en Barracas’.

Parece que fuera a propósito. A los contrastes me refiero. Pero eso no es lo más preocupante.

¿Por qué diablos tenemos el consultorio repleto de fotos de un desconocido tan sonriente? Esa sería una pregunta válida y admisible. Debemos dispersar su atención si no queremos que acabe interviniendo la fiscalía de turno.

‘Es indispensable que usted elimine de su vida las relaciones tóxicas’.

Eso le digo, sin quitar la vista de las fotos y mientras aspiro una profunda bocanada de humo. De mi pipa. De una pipa. No se me ocurre otra cosa. Los psiquiatras siempre dicen eso. No me diga que no. Tengo un hermano psiquiatra, un cuñado psicólogo y varios amigos en el ramo. Es un montón de gente. De hecho la Señora Bigud entiende que serían sumamente útiles si fuera yo el que estuviera tendido en el diván. Tan graciosa y sugestivamente tendido en el diván.

Según parece, siempre tomando como norte su opinión, la de la Señora Bigud, necesito en forma urgente una terapia de grupo. Muchos psicólogos y yo.

Resulta que disiento de plano con esa apreciación. Lo que sí necesitaré, a partir del lunes que viene a las cinco de la tarde, serán muchos abogados y yo.

Pero no crean que pierdo de vista que todo esto fue culpa de ustedes. Yo advertí y me negué con bastante heroísmo. Jamás habría ejercido una profesión ilegalmente sin un número de teléfono como norte, o sin un trío de desaforados alentándome detrás de la cortina.


¿Cómo dice?

Sí, lo obtuve. Por supuesto que lo obtuve. Bueno, no el de ella, pero sí el del letrado que la patrocina.

Al fin y al cabo, una carta documento la recibe cualquiera, che. No hagan tanto espamento.



Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: Antes de que alguno me pregunte qué diablos tiene que ver el título con el desarrollo del artículo aclaro la situación. Nada. No tiene nada que ver. Ocurre que empecé a escribir con una idea en mente y la misma se fue transformando sobre la marcha. Luego, claro está, me olvidé de cambiarlo. El título, no el artículo. El artículo sí que lo cambié. Y cómo.

viernes, 23 de septiembre de 2011

POTENTE GEN

Síntesis del post: Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo a veces subo un Potente Gen.

A lo nuestro sin más.

Gen Bergman

Ingrid Bergman. Madre.

Isabella Rossellini. Hija.

Ingrid otra vez.

Isabella otra vez.

Madre e hija.

Como podrán ver, hoy decidí ir a lo seguro. Quiero terminar temprano.

Y ahora me voy contento, porque es viernes. Y los viernes yo almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.


Tengan ustedes un primaveral fin de semana.

jueves, 15 de septiembre de 2011

SALDO Y ESQUINA

Síntesis del post: Una prostituta de esquina. Vestimenta. Tres potenciales clientes. Una negociación. Un Sarmiento. Disculpa posdatada.



Tenemos —y disculpen ustedes que me meta tan de lleno en un tema escabroso— a esta prostituta. Una prostituta de esquina. Una prostituta de esquina que, como toda prostituta de esquina, exhibe orgullosa en la vía pública una cuota de desnudez inconcebible. Una desnudez que una señorita común y silvestre, de su casa diría mi abuelita, solo se animaría a exhibir una vez dentro del hotel alojamiento, cerrada con cuatro llaves la puerta del cuarto y a pocos pasos de la cama inmaculada.

Yésica (así, con ye), se llama. La prostituta. O se hace llamar. Y es que con estas damas, buena parte del encanto reside en la certeza de que comienzan a mentir en el preciso instante en que revelan su nombre, que en realidad no es su nombre sino una simple herramienta de trabajo. Como todas las demás, claro está.

Debe andar por los veinticuatro o veinticinco años. Ay señora, viera usted esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío. Cualquiera diría que ejerce la profesión por amor al arte; que en vez de alegrar el día —o la noche— de tantos hombres munidos de un solo billete de cien, bien podría elegir a uno, un hombre, que los tuviera todos, todos los billetes de cien. Sin embargo la vida es un sendero sinuoso, y uno no es quien para juzgar el modo en que otros deciden recorrerlo.

No soy ducho en el departamento ‘vestimenta’. Quiero decir que no domino el arte de la descripción en lo referido al atuendo, así que les voy a solicitar, sobre todo a las señoritas de su casa que en este momento leen estas humildes líneas, un poco de indulgencia.

Vayamos entonces de abajo hacia arriba. Zapatos de taco alto. Muy alto. Y finito. Creo que le llaman aguja, al taco. Y medias de red, por supuesto. Y luego una minifalda negra, de cuero, que a duras penas cubre las tres cuartas partes de las nalgas y permite adivinar la presencia de una tanga blanca (el color es producto de mi incontenible imaginación tropical) que llegado el caso interpondrá una defensa mentirosa.

¿Arriba? Arriba un top. Y acá se me complica. Es como una media. Transparente. Y entonces ya no tenemos que adivinar lo que hay debajo, porque la mercancía está a la vista, matizada —quizás— por una serie de rombos diminutos que le otorgan al torso una suerte de color sepia. Y nada más. El maquillaje, sí, pero eso no forma parte de la vestimenta. Solo la complementa, es un accesorio, si es que se puede hablar de accesorios cuando estos cubren mucha más superficie que la cosa principal.

Y suficiente hemos tenido de ella. Vayamos a lo nuestro sin más.

Tres jóvenes. Tres imberbes. Tres mocosos tres. Potenciales clientes de una hembra que ha conocido circunstancias más apremiantes. Un debutante. Dos polizones que irrumpieron en la escena oficiando de padrinos, aunque luego se vieron tentados por esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío. Ahora todos desean un papel en la tertulia, juntos si fuera posible, y en consecuencia llevan adelante una compleja negociación que a pesar de la buena voluntad de ambas partes aún se encuentra muy lejos de arribar a un final feliz. Literalmente hablando.

Dos flancos bien definidos en esta negociación. Compleja negociación, no sé si les dije. Uno, el capital requerido. Dos, la sede. Y ambos se encuentran íntima y dramáticamente relacionados.

De los bolsillos de los jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes, brotan billetes arrugados que uno de los padrinos, ahora devenido en contertulio, alisa con sumo esmero al tiempo que saca cuentas. Ocho por cinco cuarenta, te espero en la lechería.

No alcanza. Es decir, no alcanza si encima hay que pagar el hotel. Pero los jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes proponen como sede el departamento del debutante. O mejor dicho, de los progenitores del debutante, que están —imagino yo— de recorrida por el viejo continente.

Ahora bien, normalmente las prostitutas de esquina desconfían de las sedes que escapan a su control y conocimiento. Y es que el mundo se encuentra repleto de sátiros que tienen la mala costumbre de anudar corbatas (muy coloridas por cierto) alrededor del pescuezo de las prostitutas de esquina, entre otros ejemplares del género femenino. Pero, nobleza obliga, estos tres paparulos tienen demasiada cara de buenos. De tiernos. Es decir, no representan peligro alguno. Hasta yo me doy cuenta, que estoy —estamos— a pocos metros de distancia, esperando un colectivo que parece no tener pensado mostrarse en un futuro inmediato.

Hay acuerdo, pero no alcanza. Es decir, no alcanza ni siquiera evitando el pago del hotel. Falta un billete. Un Sarmiento. Un cincuenta, para los que no se han percatado de que el adusto rostro de Domingo Faustino adorna los billetes de esa denominación.

Por desgracia se arrima uno de los padrinos, devenido en contertulio, hasta mi posición. Y me explica más o menos en detalle la situación que acabo de relatarles.

Hará cosa de un mes me tocó alzarme con un Sarmiento gracias a un cobarde que proclamaba su amor en el alféizar de una ventana. Es obvio que el Universo, estimados, posee sus propios mecanismos compensatorios. Creo firmemente en este postulado. Y obro en consecuencia. Eso es una suerte para los tres jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes.

Al fin y al cabo hoy me sobran Sarmientos. Y en especial el que acabo de dejar ir, ganado a costa de un grupo de jóvenes no más jóvenes que estos.

Con él podría haberme pagado un taxi, sí. No hace falta que me lo diga. Pero bueno, en rigor de verdad no estaba esperando ningún colectivo. Y menos uno que tiene como destino final… el Puente La Noria. Yo vivo en Caballito, sepa usted.

¿Cómo dice?

Ah, sí. Solo quería admirar, por unos minutos más, esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío.




Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: En breve reanudaremos las recorridas por los espacios virtuales amigos y afines. Sepan disculpar.

martes, 6 de septiembre de 2011

UN POETA Y UN FRANCOTIRADOR

Síntesis del post: Un poeta. Una callejuela de Buenos Aires. Una caminata. La ráfaga de inspiración. El francotirador. La contemplación. La diferencia.



Tenemos a este poeta. Un hombre que vive de lo suyo, hecho más que respetable en esta época aciaga que reserva los galardones para la vulgaridad e ignora las virtudes del espíritu refinado. Uno de esos individuos capaces de captar la belleza presente en cada situación de la vida cotidiana para luego definir con quirúrgica precisión sus contornos, echando mano a uno o varios versos ordenados a extraer los suspiros de las almas más sensibles. Pueblan sus poemas palabras tales como beso, amor y corazón, que constituyen la médula espinal de esta compleja rama de la literatura, aunque, nobleza obliga, siempre aparecen finamente combinadas con otras más personales que a la postre aportan su sello distintivo, su firma al pie de la página.

Lucero, fragancia, pletórico, requiebro, añoranza, placeres, magnolia, follaje, inflama, dolores, orillas, embebido. Son solo algunas de esas palabras especiales y secretas. Al menos las que yo recuerdo en este momento.

En fin… a lo nuestro sin más.

Camina nuestro ilustre poeta por una callejuela de Buenos Aires. Y lo hace en compañía de este humilde servidor, que no cultiva el arte la versificación pero sí es un modesto escritor.

El poeta –dice- contempla. Eso hace la mayor parte del tiempo. Y de pronto, un día, recibe la inspiración en ráfagas aisladas aunque poderosas, durante las cuales procesa una visión del mundo que luego se encarga de comunicar en forma de verso para que el resto de los mortales tenga una mínima posibilidad de apreciar su esencia. Esa es su misión en el mundo. La obligación que le impone su naturaleza. Es, en síntesis, un deber, una necesidad, un gusto y una vocación.

Lo escucho con estudiosa admiración. Solo la gente que conoce los oscuros secretos de sus mecanismos internos logra aprovechar en forma íntegra sus capacidades.

‘¿Y cuál es su campo dentro de la literatura?’, pregunta con gesto paternal mientras me palmea los hombros.

No tengo la más pálida idea, la pregunta me toma por sorpresa. Esto, por supuesto, lo pienso pero no lo digo. Ciertamente no es la poesía, que me queda demasiado lejos de la yema de los dedos, pero tampoco podría identificar otro género.

El hombre camina a mi lado con las manos entrelazadas detrás de la espalda y la mirada fija en algún punto difuso de la callejuela. De su silencio erudito se intuye una espera. No dirá más hasta escuchar mi respuesta.

‘Soy un francotirador’, afirmo. Porque estoy convencido. Por eso afirmo. De otro modo no afirmaría. Más bien esbozaría un tembloroso balbuceo, a medio camino entre la duda y la pregunta franca.

Distrae la mirada el poeta. Y prolonga el silencio. Eso me otorga valiosos segundos para elaborar el fundamento de mi insólita sentencia. El francotirador –pienso- también contempla. Luego elige un objetivo y dispara una bala certera. Y eso es todo. El asunto acaba tan rápido como comenzó, y entonces regresa a la contemplación, que es, en el fondo, su estado natural.

Sin embargo no llego a decir nada. En la esquina aparece una señorita con mucho de sí para dar. En mis artículos muchas veces aparecen señoritas con mucho de sí para dar, pero debo señalar en mi defensa que casi siempre salen indemnes. La bala, certera y veloz, suele buscar el pecho de objetivos menos agraciados.

Ahora el poeta camina a mi lado con las manos entrelazadas detrás de la espalda y la mirada fija en un punto bien definido de la callejuela. Sin ser un experto en el tema entiendo que se encuentra captando la belleza presente en esta situación concreta para definir con precisión quirúrgica sus contornos y luego echar mano a uno o varios versos ordenados a extraer los suspiros –supongo- de su materia de análisis.

Finalmente procede. Pueblan sus versos palabras tales como camión, tetitas y culito, que constituyen, asumo, la médula espinal de esta compleja rama de la poesía. Aunque, nobleza obliga, aparecen finamente combinadas con otras más personales que a la postre aportan su sello distintivo, su firma al pie de la página.

Emperno, burro, cachas, yegua, dedito, mamasa, tronco, matraca, muñeco, nuca, almohada. Son solo algunas de esas palabras especiales y secretas. Al menos las que yo recuerdo en este momento.

Camina nuestro ilustre poeta por una callejuela de Buenos Aires. Y lo hace en compañía de este humilde servidor, que no cultiva el arte del verso callejero pero sí ha sido el blanco compartido del insulto cosechado.

El poeta –dice- contempla. Al igual que el francotirador. En eso somos muy parecidos. La diferencia radica en el arma elegida al momento de plasmar la obra.

Sí, mientras algunos utilizamos el rifle de alta precisión y discriminamos entre hombres, mujeres y niños, otros prefieren la ametralladora Uzi con cerrojo telescópico y sin silenciador, y barren con todo lo que se encuentre a menos de veinte metros. Esto, por supuesto, lo pienso pero no lo digo.

Usted ha sido –continúa- un testigo privilegiado de una ráfaga de inspiración (aislada aunque poderosa). Y escuchó de primera mano la semilla del verso que pronto permitirá al resto de los mortales apreciar la esencia de mi visión.

Fue un verdadero honor. Está claro que la idea está ahí, latente. Ahora habría que pulirla un poco. Suavizarla. Esto lo pienso y además lo digo.

El hombre asiente con la mirada fija –otra vez- en un punto difuso de la callejuela. Y yo lo observo con estudiosa admiración. Solo la gente que conoce los oscuros secretos de sus mecanismos internos logra aprovechar en forma íntegra sus capacidades.

Es evidente que para poder vivir de lo nuestro aún nos queda mucho por aprender. A mí y a mi riflecito de morondanga.



Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 30 de agosto de 2011

FARGO


Síntesis del post: Imaginen un bar. No un hospital. Un bar irlandés. Incomodidad. Gustos. Gordo bufón. Contador de anteojitos. Apuesta. Artistas y políticos.

Imaginen un bar. Es indispensable que imaginen un bar, porque la escena de hoy transcurre en un bar. Y si la escena de hoy transcurre en un bar, mal comienzo sería que ustedes imaginaran, pongamos por caso, un hospital. No existen puntos de contacto entre los bares y los hospitales, así que en orden a una completa sincronía entre el relato y su comprensión cabal, sugiero que imaginen un bar y no un hospital.

¿Cómo dice?

Bueno, sí, eso es cierto. La exploración de los poderes curativos del alcohol bien podría ser un punto de contacto aceptable, pero sepa usted que una cosa son las heridas físicas superficiales, y otra muy distinta las heridas espirituales y profundas. No creo que sea lo mismo.

Suficiente. Basta. Imagine un bar y deje de interponer argumentos dilatorios. Ya todos sus compañeros lo están haciendo. Mírelos, ahí, con los ojitos cerrados y esas caritas de fuerza. Si no empiezo rápido van a perder la concentración.

A lo nuestro sin más.

Son las diez de la noche. Estamos en un bar de esos que proliferan en esta época tan impersonal. Un bar tipo irlandés. Si usted había imaginado otra clase de bar intente adaptarlo a lo que a partir de ahora vaya leyendo. Ya es tarde para lamentos.

No me gustan estos bares. Les falta la mística de los bares de antaño, y eso es algo imperdonable. Sin embargo estoy con un amigo. Fue él quien se encargó de fijar el sitio, y lo hizo en función de su propia comodidad. Trabaja a dos cuadras, y el asunto que nos convoca puede liquidarse sin prestar atención al marco.

No soy amigo del ‘after office’, el ‘happy hour’ y demás yerbas que se han inventado últimamente. No me gusta ese clima festivo tan artificial. No me gusta esa música. No me gusta esa barra reluciente, repleta de botellas importadas que nadie toma. No me gusta que el whisky me lo sirva una señorita de curvas proporcionadas y mirada ausente, enfundada en una remera negra con la inscripción ‘Guiness’ entre los pechos. Me gusta, sí, la señorita, pero ese es otro tema. No me gusta ese gordo de traje, el de la mesa de al lado, gerente del sector ventas de alguna empresa nacional, medio pelado, con la corbata asomando del bolsillo derecho del saco, tratando de sobresalir en un grupo de diez personas a fuerza de chistes básicos y un histrionismo que da vergüenza ajena, para ver si al final de la velada le puede echar –por ventura- un polvo redentor a la nueva abogada del sector auditorías. Me gusta, sí, la nueva abogada del sector auditorías, pero ese es otro tema. Mil veces prefiero beber en silencio, con un anciano de gorra de lana y barba de tres días como fondo. Aferrado a su ginebra barata. Con un gallego septuagenario observando detrás de un mostrador terroso, sirviendo sus elixires con oficio. Y rodeado de gente atravesada por hondas penas o genuinas sonrisas, que se echa los polvos como es debido, sin tanta puesta en escena.

Con mi amigo liquidamos nuestro asunto en menos de quince minutos. Pero luego nos distrae el gordo bufón, y ahora estamos, como quien dice, un poco atontados por los poderes curativos del alcohol.

Según mi amigo, la nueva abogada del sector auditorías le echó el ojo al contador de los anteojitos. El joven tímido que tiene al lado, y que se parece a aquel artista norteamericano que ahora se metió en política.

No sé de qué artista me habla, y además el tema no me interesa. Me quiero ir. Solo me quedaría, quizás, para ver cómo impacta este desaire en el ánimo festivo del gordo, pero lo cierto es que la música del lugar me acobarda.

Finalmente decido retirarme y lo dejo a él a cargo de la verificación del resultado de la apuesta. Sí, nosotros siempre apostamos, y más cuando tenemos la sospecha de que una nueva abogada del sector auditorías no va a dormir sola. Yo le puse cincuenta mangos a otro de los paparulos que engalanan la tertulia. Uno que no es ni el gordo gerente ni el contador joven. Es que no me gustan los bufones, y mucho menos los artistas devenidos en políticos, como es el caso –por ejemplo- de Arnold Schuaresnaider, Palito Ortega, Ronald Reagan, Alberto Fernández o Miguel del Sel.

¿Cómo dice?

¿Cómo que no?

Sí que era artista. Actor, para más datos. Y qué actor. O me va a decir ahora que el papel que hizo en Fargo no era para el Oscar…


En su época de artista. Más joven.

Como Jefe de Gabinete. Más viejo.

Steve Buscemi era el nombre artístico.

Creo.


Tengan ustedes muy buenas noches.

viernes, 26 de agosto de 2011

POTENTE GEN

Síntesis del post: Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo a veces subo un Potente Gen.

Estimados:

Resulta que se nos viene encima el final del año y me percato de que estamos algo escasos de participantes para la gran encuesta que debemos llevar a cabo hacia mediados del mes de diciembre en orden a elegir al PG ganador de 2011. No es ético proclamar un campeón si el mismo surge de un triste cuadrangular, habiendo dispuesto de casi diez meses para generar un evento como Dios manda.

A lo nuestro sin más.

Llego a ustedes con un exponente que convoca a la tan ansiada unanimidad a través de su potencia y su inusitada claridad. Unanimidad que, por otra parte, es más que necesaria en este momento de crisis. No podemos darnos el lujo de boicotear candidatos.


Gen Jolie

James Haven y Angelina Jolie. Hermanos.

James (el de la expresión lunática) y Angelina (su hermana).

Agelina (la de los anteojitos) y James (el hermano con cara rara).

Contundente como pocas veces. Los escucho.

Por otra parte, imagino que en este momento su inquieta mente se estará preguntando por qué lo denominé Gen Jolie y no Gen Haven. Y yo responderé a su inquietud con otra pregunta:

¿Usted le pediría un autógrafo a Lalo Maradona?

Yo no. A Diego tampoco, pero ese es otro tema. No se haga el tonto, creo que el punto ha quedado bien claro.

Y ahora me voy contento, porque es viernes. Y los viernes yo almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.


Tengan ustedes un resplandeciente fin de semana.

martes, 23 de agosto de 2011

LOS SIMULADORES

Síntesis del post: Acompaño a un amigo. Karate. Cerveza. Una discusión. Una rubia. Mi tía la que vino de Entre Ríos.



Acompaño a un amigo que tiene que hacer una compra, aunque no es muy ducho en la materia. Quiero decir que no es experto en el rubro en el que piensa incursionar, no que no domine el milenario arte de adquirir bienes a cambio de dinero. Lo hago porque soy un buen amigo, pero más que nada, porque él es un buen amigo. Y como soy, es, somos buenos amigos, no pregunto absolutamente nada. No sé si vamos en busca de una caña de pescar, un juego de ollas y cacerolas o unas botas de alpinismo. Da lo mismo. La idea es estar ahí para lo que haga falta, tomar una cerveza bien helada, quizás un poco de conversación.

Caminamos por la calle Esmeralda. Una, dos, tres cuadras pasando Corrientes, hasta que de pronto nos detenemos frente a una vidriera atestada de fotos de orientales. No me refiero a los vecinos que viven al oriente del río Uruguay, que dicho sea de paso, serían irreconocibles a menos que tuvieran puesta la camiseta de su selección de fútbol. Aquí tomamos al mundo como punto de referencia, y hablamos de chinos, japoneses o coreanos. En síntesis, gente de ojos rasgados.

Resulta que estamos buscando un uniforme de karate, y para ello hemos venido al emporio de las artes marciales. Por eso hay tantas fotos de orientales pegando saltos y llevando a cabo las más variadas contorsiones. Debo admitir que el asunto me toma por sorpresa. Mi amigo (lo sé porque somos buenos amigos) jamás ha sido un fanático de la actividad física, y mucho menos si la misma trae aparejada alguna forma de violencia, o siquiera un contacto físico menor.

‘¿Así que ahora vas a hacer karate?’, pregunto como al pasar. Porque en realidad, si él es feliz haciendo karate es suficiente para mí. A lo sumo presenciaré alguno de los torneos en que lo muelan a golpes y lo arrastraré hasta la casa con genuina compasión y afecto.

‘En la puta vida se me ocurriría’, responde. Y esa frase también es suficiente para mí, que como soy, es, somos buenos amigos, no profundizo en la indagatoria.

Finalmente compramos un hermoso uniforme. Primera marca, excelente calidad, homologado para competiciones internacionales. Y también un cinturón. Negro. Desde mi punto de vista el conjunto es un poco caro para alguien que no piensa desarrollar la actividad, pero qué va, con solo ponerse esa magnífica pieza uno ya sería capaz de arrancarle la cabeza de una patada al más feroz de los oponentes.

Antes de emprender el regreso nos detenemos en otro negocio. Una última compra. El hombre, un artesano, realiza grabados en platería. Fabrica también imponentes copas y finas medallas. Allí adquirimos un enorme trofeo de bronce que, apoyado en el piso, nos llega hasta la cintura. Y tiene un muñequito. Una figura humana que lleva a cabo una de las variadas contorsiones que podían verse en la vidriera del emporio de las artes marciales. Está, quizás, pegando una elegante patada, apenas unido al extremo superior del trofeo por la punta del dedo gordo del pie derecho.

Al llegar a su casa pasamos primero por el supermercado chino que está en la esquina y compramos dos cervezas bien heladas. De litro. Invito yo, porque soy, es, somos buenos amigos. Y a mí gusta agasajar a los buenos amigos. Pago con un poco de desconfianza, casi cubriéndome el tabique nasal con el antebrazo, porque a lo largo de esta jornada he ido formando el convencimiento de que los chinos son sujetos peligrosísimos. Flaquitos, sí. Esmirriados. Pero capaces de las más variadas contorsiones.

Mi amigo vive en el sexto piso. Y sin embargo sube al ascensor y aprieta el número cinco.

‘Nos queda una tarea más’, me dice con los ojos muy fijos mientras se coloca el uniforme y se anuda el cinturón. Y esa sentencia es suficiente para mí, que como soy, es, somos buenos amigos, no reniego de las labores que se me imponen y pregunto poco y nada.

Nos quedamos sentados en la escalera. A medio camino entre el quinto y el sexto piso. Casi a oscuras. Tomando nuestras cervezas mientras aún siguen frías y conversando entre susurros. A la espera de un acontecimiento que yo, con el pico ocupado y el alma contenta, prefiero no anticipar. Comprendo, claro está, que debo susurrar en orden a no delatar mi, su, nuestra presencia, y eso es suficiente para mí.

De pronto una discusión. Una tremenda pelea. Gritos desgarradores descienden desde el sexto piso. Una voz masculina. Una voz femenina. Insultos y llantos.

Mi amigo se pone de pie con su elegante uniforme y su trofeo en la mano derecha. Y yo lo secundo. Resulta evidente que ha llegado nuestro momento. La justificación de esta mañana algo extraña, entretenida y absurda.

Es un solo piso. En rigor de verdad, medio. Pero utilizamos el ascensor. Desde el quinto piso, y directo al sexto.

‘¡¿Qué carajo está pasando acá?!’, grita mi amigo al tiempo que abre la puerta del ascensor.

El hombre acorrala a su vecina (la vecina de mi amigo) contra la puerta del departamento, y está enfurecido. Nos da la espalda.

‘A vos, pelotudo, te dije que la próxima vez que te metieras en lo que no te imp…’

Comienza la frase, sí, pero se corta en seco ni bien se vuelve hacia nosotros. Es un sujeto inmenso, y con pinta de ser muy pero muy malo. Malísimo.

‘¿La próxima vez qué?’, pregunta mi amigo con una sangre de pato que, en lo personal, me indigna bastante. Si este sujeto no logra reducir la adrenalina hasta el cero absoluto y pensar con la cabeza en vez de los puños, no nos salvan ni todos los chinos del supermercado juntos.

Mi amigo apoya el trofeo en el piso. No sé si les dije que nos llega hasta la cintura. Y se saca las zapatillas, el muy caradura. La primera con la punta de la otra, sin agacharse. Y la segunda, la otra, con la punta del pie descalzo. También sin agacharse. El objetivo de máxima, interpreto, sería matarlo con el olor a pata, pero el tipo, increíblemente, recula. Re-cu-la, señoras y señores. Busca una salida elegante, por supuesto, pero es obvio que no desea medir fuerzas contra un súper campeón de karate y su amigo gordo y grandote.

Y entonces, el amigo gordo y grandote se agranda más todavía, y lo invita a retirarse con una mentira descomunal. Cuando no está acorralado, no sé si les dije, es bastante bueno mintiendo. Pone cara de violento y todo.

Hace dos semanas que no veo a mi amigo. Pero mi tía, la que vino de visita desde Entre Ríos, sí que lo vio. Está parando en su casa. En su departamento. En el sexto piso. Él me había dicho que podía parar ahí, sin ningún problema. Para no andar gastando en hoteles. Que lo acompañara a hacer un par de compras, así arreglábamos los detalles de la estadía. Para que mi tía estuviera cómoda. Y mi tía sí que lo vio. Un par de veces lo vio. Pasó a buscar una muda de ropa. Limpia. Y después se llevó un par de discos de los Rolling Stones que ahora se escuchan todas las tardes en el balcón de la vecinita. La rubia. La del culito parado.

Es que mi tía es muy observadora. Pero un poco mal hablada.



Tengan ustedes muy buenas noches.



jueves, 18 de agosto de 2011

¡NO SI YO PUEDO EVITARLO!

Síntesis del post: Trabajo de campo. Timidez. Ejercicio meditado. Desenlace.







El día de hoy nos toca trabajo de campo. Por desgracia hace frío, el cielo está cubierto de nubes y el servicio meteorológico afirma que es bastante probable que nos sorprenda alguna lluvia errante en medio del asunto; así que se me abrigan bien, buscan sus paraguas y nos encontramos aquí mismo en quince minutos.

Sí, ya sé, yo tampoco confío en los pronósticos del servicio meteorológico. Es lo más parecido que he visto a la Armada Brancaleone. Sin embargo prefiero ser precavido antes que verme en la penosa obligación de devolverlos a sus respectivas madres con cuarenta grados de temperatura y los mocos colgando. Basta de discusiones, por favor, que el tiempo apremia.

A lo nuestro sin más.

Nos convoca un experimento callejero. Un ejercicio orientado al combate de esa timidez patológica que padecemos desde que éramos así de pequeñitos. Por lo tanto afrontaremos el desafío con la seriedad que demandan esta clase de asuntos, tan sensibles y caros a nuestros intereses.

‘Espere un minuto, ¿a qué se refiere con la palabra desafío?’, preguntará usted, que vino convencido de que a lo sumo saldríamos a recolectar margaritas en algún parque municipal.

Hoy vamos a pasar un poco de vergüenza, caballero. Pero no se alarme, tenemos una vasta experiencia en la materia. No es la primera vez que lo hacemos, y si algo podemos certificar es que al final del día regresaremos a casa con la certeza de que si fuimos capaces de hacer lo que estamos por hacer, también podremos enfrentar las situaciones más sencillas de la vida cotidiana sin complejos o inhibiciones. Por ejemplo, no nos abandonará el valor a la hora de confrontar con una anciana que se nos adelante en la cola de la verdulería.

‘Oiga, yo enfrento las situaciones más sencillas de la vida cotidiana sin complejos o inhibiciones, y soy una máquina de insultar ancianas. ¿Por qué tengo que salir a pasar vergüenza?’, afirmará y preguntará usted en la misma oración, seguro de que nada productivo puede emerger de la gesta que se avecina.

Lo felicito. Yo no. Para lograr un desenvolvimiento social adecuado (o al menos aceptable) yo debo conservar estos pequeños mojones empíricos bien frescos en la mente. Mire, hagamos una cosa. Si quiere no venga. Al fin y al cabo yo voy a proceder según el cronograma que he diseñado con tanta meticulosidad. Con o sin usted sentado en la tribuna.

Le explico el ejercicio:

La idea es seleccionar a un completo desconocido en la vía pública y lograr pronunciar la siguiente frase en un marco más o menos verosímil:

‘¡NO SI YO PUEDO EVITARLO!’

Y si fuera posible, hacerlo sacando pecho, endureciendo pectorales, con los brazos en jarra, los puños cerrados sobre las caderas y una expresión sanmartiniana en el rostro.

Lo sé, para usted resulta una tarea más que simple, pero para mí implica lo mismo que escalar el monte Everest sin guías nepaleses ni tubos de oxígeno. Sepa comprender.

‘¡Mire a la vieja esa haciendo cagar al perro en la vereda!’, exclamará usted, que ya se ha entusiasmado con el experimento y además desea guardar lo antes posible en su retina mi momento más indecoroso.

No. La frase encaja, concedo eso. Pero con calzador. Estoy buscando un desafío mayor. Un instante crítico que demande a los gritos el remate del artículo.

Ahí está, mire. Justito. La señora desea cruzar la calle empujando el carrito de su bebé, pero la lluvia ha transformado el cordón de la vereda en un río caudaloso e indomable.

‘¡Pero qué barbaridad! Si trato de cruzar voy a terminar empapada!’, exclama la abnegada madre.

‘¡Vamos! ¿Qué espera?’, rugirá y preguntará usted en la misma oración, conciente de que ya no habrá una ocasión más propicia.

Ay Dios mío... bueno, en rigor de verdad a esto hemos venido.


¡No si yo puedo evitarlo!

Listo. ¿Ahora está conforme?

La madre observa la escena entre atónita y risueña. Interpone su físico entre el bebé y mi persona. Y demanda un plan con la mirada.

¿Cómo dice?

No, ni loco. De ningún modo pienso endurecer los pectorales. Y mucho menos asumir una expresión sanmartiniana sin tener decidido el curso de acción. Lo dije bien clarito. Si fuera posible. Y en este caso no lo es.

O sí, lo es. Pero ocurre que ya me encuentro en posesión del correspondiente mojón empírico que habilitará un desenvolvimiento social incuestionable en un futuro no muy lejano. Y además me puse los zapatos nuevos. No pensé que de veras iba a llover.

Ahora me retiro. Lo dejo en compañía de la señora (que continúa demandando un plan con la mirada) y su simpatiquísimo bebé. Descuento que luego de un instante de meditación, usted sabrá mejor que nadie cómo tender ese puente sobre el río.

Después de todo no estamos hablando del río Kwai, che. No entiendo por qué me insulta de esa forma.

Y todavía me queda soportar las quejas de su madre cuando lo vea llegar todo mojado y con esos mocos…



Tengan ustedes muy buenas noches.




lunes, 8 de agosto de 2011

EL ALFÉIZAR DE UNA VENTANA

Síntesis del post: Un muchacho más bien. El alféizar de una ventana. Una amenaza. Un amor. Una apuesta.



Un caballero, un muchacho más bien, está sentado en el alféizar de una ventana. El hecho en sí no sería digno de mención si para describir sus pormenores no fuera necesario entrecerrar los ojos colocando el canto de la mano izquierda a la altura de las cejas para bloquear la luz solar. Sí, también podría ser la mano derecha, pero yo soy zurdo, y más importante aun, soy quien se encuentra a punto de describir los pormenores del hecho.

El asunto es que un caballero, un muchacho más bien, está sentado en el alféizar de una ventana. En el décimo piso de un coqueto edificio del barrio de caballito. Se trata, sin duda, de una tentativa de suicidio. Abajo, en la vereda, un escuadrón de bomberos voluntarios, la mamá del caballero, del muchacho más bien, un grupo de adolescentes que debieran estar en el colegio pero no están, un móvil de Crónica TV, dos o tres ancianas, el consejo de administración del edificio en pleno y un observador casual que infiere la posibilidad de una futura descripción. Nadie más.

‘¡Me voy a matar y a nadie le importa!’, grita el muchacho desde su improvisada plataforma. El mensaje desciende un tanto difuso, pero se interpreta sin mayores esfuerzos. Se va a matar, y para que esa noble maniobra adquiera un sentido acabado y sin fisuras es menester que aquellos que ostentamos el título de testigos oculares hagamos gala de un histrionismo que nos coloque a la altura de semejante espectáculo.

Ordenando los trozos de información que circulan a la altura de la vereda el rompecabezas adquiere una forma más o menos definida. Según parece el caballero, el muchacho más bien, ama secretamente a una señorita que, a su vez, ama públicamente a otro caballero. A otro muchacho más bien. Una tragedia que, analizada con la debida objetividad, insinúa un carácter menor, insuficiente para motivar por sí sola un desenlace tan drástico.

Hablemos sin eufemismos señores. Solo en el plano amoroso (ya de por sí inhábil para provocar un desborde anímico de esas características en un individuo más o menos centrado) existen panoramas más desoladores. Por ejemplo, mucho peor sería amar públicamente a una señorita que, a su vez, amara secretamente a otro caballero. A otro muchacho más bien. Y en última instancia, antes de ejecutar el triple salto mortal con doble tirabuzón, se me ocurren dos o tres recursos que, perdido por perdido, debieran ser pasos previos, lógicos y obligatorios.

Mire, si quiere piense que estoy loco de remate, pero si usted me viniera con la novedad de que se encuentra perdidamente enamorado de una señorita casada, comprometida o soltera, yo le aconsejaría que antes de volarse la tapa de los sesos con una pistola calibre treinta y ocho, le preguntara a la susodicha si vería con muy malos ojos que usted le arrancara las prendas íntimas a mordiscones en el hotel alojamiento más cercano. Sí, ya sé, entiendo que lo suyo es amor genuino, pero aunque sea déjeme trazar los lineamientos básicos de la estrategia. Lo del noviazgo y el casamiento lo iríamos viendo con el tiempo, no se me impaciente. Admita que hasta hace cinco minutos barajaba opciones un tanto más delirantes.

En fin, volvamos a lo nuestro, y para ello les pido que nos centremos en el grupo de adolescentes que debieran estar en el colegio pero no están. Dejemos de lado a todos los demás, que no son relevantes a los fines de este artículo.

Estos simpáticos prófugos, demostrando una sensibilidad que reduciría al mismísimo Pablo Neruda a la condición de barrabrava del Deportivo Cambaceres, han celebrado una apuesta sobre la suerte que correrá nuestro Romeo invertido. No invertido sexualmente, claro está. Me refiero a la ironía de haber colocado al balcón en el papel de plataforma de despegue, y no como destino final de la aventura.

Tres participantes aseveran que más tarde o más temprano concretará su amenaza. El restante duda y concluye, cito en forma textual, que ‘no tiene las pelotas’.

Y no las tiene, damas y caballeros. No las tiene. De hecho esta patética puesta en escena ni siquiera puede calificarse como una tentativa de suicidio. Es, en esencia, algo mucho más dramático. Mucho más oscuro.

¿Y qué es?, me preguntará usted, que suele perder la paciencia con mucha rapidez.

Es una declaración de amor. Una confesión lisa y llana, aunque en ausencia de parte interesada. Un acto de cobardía. La más bellaca de las cobardías.

Será informada la señorita (la intuyo bella, simpática y comprensiva), eventualmente, de que alguien, nuestro Romeo, intentó suicidarse poniéndola como excusa. Y será una noticia inexacta. Engañosa. Injustamente benévola con el sujeto en cuestión.

Nadie intentó suicidarse. Si ello hubiera ocurrido tendríamos cuatro o cinco baldosas quebradas, una mancha de color rojo, una terapia intensiva y una madre con el alma en un hilo.

Tendríamos, en pocas palabras, a un observador casual ensayando una descripción sentida, quizás con alguna que otra lágrima surcando la mejilla, buscando las palabras adecuadas para plasmar en un mismo texto una tragedia y un homenaje.

Y tendríamos cincuenta pesos menos.

Sí, ¿qué me mira?

Vacío de una tragedia para relatar era imposible que un sujeto como yo no hallara la manera de hacerse invitar a esa improvisada casa de apuestas.



Tengan ustedes muy buenas noches.

viernes, 29 de julio de 2011

POTENTE GEN

Síntesis del post: Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo a veces –muy de vez en cuando- subo un Potente Gen.

En el día de la fecha salgo a la cancha (nunca más apropiada la fórmula) con un exponente futbolístico. Al principio tenía pensado quedarme en el plano nacional, pero a último momento me decanté por estos hermanos italianos que se ajustan infinitamente mejor a los parámetros requeridos por la sección.

A lo nuestro sin más, y que la historia me juzgue:


Gen Inzaghi

Filippo, hermano mayor. Goleador.

Simone, hermano menor. Goleador hasta ahí.

Hermano mayor y hermano menor.

Y otra vez.

Se me ocurre que no existen demasiados argumentos para discutir, pero de todos modos hay que realizar la correspondiente encuesta.

Y ahora, mientras la lluvia de loas se hace cada vez más copiosa, me voy contento. Porque es viernes. Y los viernes yo almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.



Tengan ustedes un democrático fin de semana.