Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.
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viernes, 10 de febrero de 2012

SANADOR

Síntesis del post: Una salida. Un amigo. Una cerveza. Una vida en derrumbe. Un jefe. Sabrina. Un nigeriano. Un búlgaro. O húngaro. O polaco. Un cuadro. La fórmula de la felicidad.



El mes pasado salí con un amigo. Fuimos a un bar, no era una salida especial, no buscábamos diversión. Resulta que su vida, la vida de mi amigo, se derrumba irremediablemente, así que la idea era apuntalarle un poco el ánimo, ayudarlo a superar el mal momento, o al menos transitarlo con entereza.

Nos tomamos una cerveza. O quince, no podría precisar, y tampoco es lo más importante. Con los amigos el tiempo suele volar, y la situación no estaba para reparar en detalles superfluos.

‘Usted el lunes no venga, Mancuso. A partir del lunes ya no lo voy a necesitar, así que siga sin venir los días subsiguientes. Ella es Sabrina. Sabrina va a ser su reemplazo. Sabrina se va a ocupar de todo lo que usted se ocupaba hasta ahora. Ya firmó el contrato.’

Todo eso le dijo su jefe, con los ojos clavados en los imponentes pechos de Sabrina. Parece ser que Sabrina está más buena que mirar el chavo en calzones comiendo zucaritas. Me lo dijo mi amigo, con una objetividad conmovedora teniendo en cuenta la relación causa-efecto entre Sabrina y su flamante condición de desocupado.

Con los ahorros que le quedaron compró un regalo para su mujer. Un cuadro pintado por un búlgaro. O húngaro. O polaco. En fin, un autor de Europa del este con apellido rebuscado que a ella le fascina y a él no tanto. Una obra extraña. Repleta de simbolismos, según le informaron en la galería.

Quería sorprenderla, así que apareció por su casa en mitad de la tarde. Abrió la puerta de la habitación y lo primero que vio fueron las nalgas apretadas de un enorme sujeto de origen africano impulsando embestidas feroces que cosechaban sentidos gemidos. Desde los hombros, y desparramadas sobre los omóplatos lustrosos por el sudor colgaban las blanquísimas pantorrillas de su mujer. Una escena no exenta de dramatismo que no ameritó ni siquiera un ensayo de justificación por parte de los involucrados.

El enorme sujeto de origen africano resultó llamarse Ngutu Okereke, un estudiante nigeriano de treinta años que compartía —y comparte— un curso acelerado de inglés con la dama de las pantorrillas colgantes. Parece ser que Ngutu porta entre sus piernas un monstruoso equipo diseñado para llevar a cabo con éxito las más osadas perforaciones. Una magnífica herramienta que torna ridículo cualquier atisbo de comparación o intento de competencia. Me lo dijo mi amigo, con una objetividad conmovedora teniendo en cuenta la relación causa-efecto entre el mencionado aparato reproductor y su flamante condición de separado de hecho.

Luego del desafortunado episodio intentó vender el cuadro, conseguir algo de dinero para pagar aunque más no fuera los dos primeros meses del alquiler. Porque se mudó, no sé si lo dije antes. Pero resulta que el ojo de su mujer para el arte no es tan preciso como a la hora de elegir potenciales herramientas de perforación. Parece ser que el cuadro es una basura, una porquería carente de profundidad y muy pobre en la combinación de colores. Solo un idiota pagaría algo por adquirirlo. Me lo dijo mi amigo, con una objetividad conmovedora teniendo en cuenta la relación causa-efecto entre la mencionada pintura y su flamante condición de indigente.

Y también le ocurrieron algunas catástrofes más que no pienso enumerar, ya que con las arriba expuestas entiendo que el derrumbe de su vida quedó suficientemente ilustrado.

Hoy vuelvo a salir con mi amigo, y vamos al mismo bar. Quiero saber cómo anda, si resolvió alguna de las situaciones que tanto lo amargaban el mes pasado.

‘Hice al pie de la letra todo lo que me dijiste que hiciera. No salteé ningún paso, y todo se enderezó por completo. Te debo la vida.’ Todo eso me dice. Con una expresión de genuino agradecimiento. Sin embargo yo no sé qué contestar. La verdad es que no tengo la más pálida idea de lo que le dije que hiciera. Ni una pista. Supongo que después de todo no fue una. Fueron quince. De otro modo me acordaría.

Parece ser que le di la mismísima fórmula de la felicidad. A lo mejor le sugerí algún ritual pagano. O alguna astucia o maquinación destinada a vengar su nombre frente a todos los ofensores. O una receta de cocina. Comer es muy bueno. Comer también cura. En fin… no sé lo que hice, y me da vergüenza preguntar. Me siento bien con mi papel de héroe, no quiero dejar de serlo.

El caso es que luego de nuestro último encuentro siguió mis instrucciones y vio la luz al final del túnel. Lo tomaron de nuevo en la empresa. Despidieron a su jefe y le ofrecieron el puesto vacante. Tres veces su antiguo sueldo, oficina propia, secretaria privada y chofer. Su ex mujer rompió con el nigeriano e imploró su perdón de rodillas. Pero claro, él no la perdonó. Las nalgas apretadas de Ngutu impulsando las embestidas aún se encuentran grabadas a fuego en su memoria. Y además está saliendo con Sabrina, que ahora es su secretaria privada y está más buena que mirar el chavo en calzones comiendo zucaritas.

Ah, y se murió el búlgaro. O húngaro. O polaco. Un ataque al corazón mientras dormía. Y de pronto todo el mundo aprecia su arte. Es aclamado en todos los foros y sus obras son el máximo anhelo de las más prestigiosas galerías. Entonces por fin pudo vender el bendito cuadro. Una subasta en Nueva York. Novecientos mil dólares limpios, descontados los impuestos. Volvió al país recién ayer. Con ticket de primera clase. Y su chofer fue a buscarlo al aeropuerto, por supuesto. Ngutu Okereke se llama, su chofer.

Así que ya sabe… sí, a usted le hablo, la historia de mi amigo ya terminó. No hay nada más que agregar. Si lo agobian los problemas, si su mundo tal y como lo conocía ha dejado de existir, si el insomnio se ha transformado en un compañero inseparable y desea retornar a la senda del triunfo, no dude un instante en pedirme ayuda.

Según parece conozco y transmito de buena gana la fórmula de la felicidad, aunque no lo recuerde al día siguiente. Soy un sanador nato. Solo tiene que invitarme a tomar una cerveza.

O quince, no podría precisar.


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 6 de septiembre de 2011

UN POETA Y UN FRANCOTIRADOR

Síntesis del post: Un poeta. Una callejuela de Buenos Aires. Una caminata. La ráfaga de inspiración. El francotirador. La contemplación. La diferencia.



Tenemos a este poeta. Un hombre que vive de lo suyo, hecho más que respetable en esta época aciaga que reserva los galardones para la vulgaridad e ignora las virtudes del espíritu refinado. Uno de esos individuos capaces de captar la belleza presente en cada situación de la vida cotidiana para luego definir con quirúrgica precisión sus contornos, echando mano a uno o varios versos ordenados a extraer los suspiros de las almas más sensibles. Pueblan sus poemas palabras tales como beso, amor y corazón, que constituyen la médula espinal de esta compleja rama de la literatura, aunque, nobleza obliga, siempre aparecen finamente combinadas con otras más personales que a la postre aportan su sello distintivo, su firma al pie de la página.

Lucero, fragancia, pletórico, requiebro, añoranza, placeres, magnolia, follaje, inflama, dolores, orillas, embebido. Son solo algunas de esas palabras especiales y secretas. Al menos las que yo recuerdo en este momento.

En fin… a lo nuestro sin más.

Camina nuestro ilustre poeta por una callejuela de Buenos Aires. Y lo hace en compañía de este humilde servidor, que no cultiva el arte la versificación pero sí es un modesto escritor.

El poeta –dice- contempla. Eso hace la mayor parte del tiempo. Y de pronto, un día, recibe la inspiración en ráfagas aisladas aunque poderosas, durante las cuales procesa una visión del mundo que luego se encarga de comunicar en forma de verso para que el resto de los mortales tenga una mínima posibilidad de apreciar su esencia. Esa es su misión en el mundo. La obligación que le impone su naturaleza. Es, en síntesis, un deber, una necesidad, un gusto y una vocación.

Lo escucho con estudiosa admiración. Solo la gente que conoce los oscuros secretos de sus mecanismos internos logra aprovechar en forma íntegra sus capacidades.

‘¿Y cuál es su campo dentro de la literatura?’, pregunta con gesto paternal mientras me palmea los hombros.

No tengo la más pálida idea, la pregunta me toma por sorpresa. Esto, por supuesto, lo pienso pero no lo digo. Ciertamente no es la poesía, que me queda demasiado lejos de la yema de los dedos, pero tampoco podría identificar otro género.

El hombre camina a mi lado con las manos entrelazadas detrás de la espalda y la mirada fija en algún punto difuso de la callejuela. De su silencio erudito se intuye una espera. No dirá más hasta escuchar mi respuesta.

‘Soy un francotirador’, afirmo. Porque estoy convencido. Por eso afirmo. De otro modo no afirmaría. Más bien esbozaría un tembloroso balbuceo, a medio camino entre la duda y la pregunta franca.

Distrae la mirada el poeta. Y prolonga el silencio. Eso me otorga valiosos segundos para elaborar el fundamento de mi insólita sentencia. El francotirador –pienso- también contempla. Luego elige un objetivo y dispara una bala certera. Y eso es todo. El asunto acaba tan rápido como comenzó, y entonces regresa a la contemplación, que es, en el fondo, su estado natural.

Sin embargo no llego a decir nada. En la esquina aparece una señorita con mucho de sí para dar. En mis artículos muchas veces aparecen señoritas con mucho de sí para dar, pero debo señalar en mi defensa que casi siempre salen indemnes. La bala, certera y veloz, suele buscar el pecho de objetivos menos agraciados.

Ahora el poeta camina a mi lado con las manos entrelazadas detrás de la espalda y la mirada fija en un punto bien definido de la callejuela. Sin ser un experto en el tema entiendo que se encuentra captando la belleza presente en esta situación concreta para definir con precisión quirúrgica sus contornos y luego echar mano a uno o varios versos ordenados a extraer los suspiros –supongo- de su materia de análisis.

Finalmente procede. Pueblan sus versos palabras tales como camión, tetitas y culito, que constituyen, asumo, la médula espinal de esta compleja rama de la poesía. Aunque, nobleza obliga, aparecen finamente combinadas con otras más personales que a la postre aportan su sello distintivo, su firma al pie de la página.

Emperno, burro, cachas, yegua, dedito, mamasa, tronco, matraca, muñeco, nuca, almohada. Son solo algunas de esas palabras especiales y secretas. Al menos las que yo recuerdo en este momento.

Camina nuestro ilustre poeta por una callejuela de Buenos Aires. Y lo hace en compañía de este humilde servidor, que no cultiva el arte del verso callejero pero sí ha sido el blanco compartido del insulto cosechado.

El poeta –dice- contempla. Al igual que el francotirador. En eso somos muy parecidos. La diferencia radica en el arma elegida al momento de plasmar la obra.

Sí, mientras algunos utilizamos el rifle de alta precisión y discriminamos entre hombres, mujeres y niños, otros prefieren la ametralladora Uzi con cerrojo telescópico y sin silenciador, y barren con todo lo que se encuentre a menos de veinte metros. Esto, por supuesto, lo pienso pero no lo digo.

Usted ha sido –continúa- un testigo privilegiado de una ráfaga de inspiración (aislada aunque poderosa). Y escuchó de primera mano la semilla del verso que pronto permitirá al resto de los mortales apreciar la esencia de mi visión.

Fue un verdadero honor. Está claro que la idea está ahí, latente. Ahora habría que pulirla un poco. Suavizarla. Esto lo pienso y además lo digo.

El hombre asiente con la mirada fija –otra vez- en un punto difuso de la callejuela. Y yo lo observo con estudiosa admiración. Solo la gente que conoce los oscuros secretos de sus mecanismos internos logra aprovechar en forma íntegra sus capacidades.

Es evidente que para poder vivir de lo nuestro aún nos queda mucho por aprender. A mí y a mi riflecito de morondanga.



Tengan ustedes muy buenas noches.

miércoles, 20 de octubre de 2010

UNA PINTURITA

Síntesis del post: Una prima. Un novio. Un artista. Un cuestionario. Una simpatía. Una evasión.



Como es habitual en el devenir de este humilde espacio, hoy me presento ante ustedes resuelto a desarrollar un asunto de la más cruda actualidad. En mi opinión, si uno no aborda los temas que dominan el centro de la escena en un momento dado, si no transita con habilidad los vericuetos de la coyuntura, todo aquello que tenga para decir o para contar acaba perdiendo entidad en la mente del vulgo. Y yo no puedo darme ese lujo.

A lo nuestro entonces.

Resulta que tengo una prima. Bueno, una sola no. En rigor de verdad tengo varias primas, pero la que me importa en esta ocasión es ella. No, tampoco es que las demás no me importen, no tergiverse mis dichos. Lo que quiero expresar –parece que sin demasiado éxito- es que no todas mis primas son relevantes a los fines de este artículo. Más aun, solo una lo es. Por eso comencé el párrafo diciendo que tengo una prima, aunque en rigor de verdad tengo varias. Pero si usted desea creer que tengo una sola, adelante, hágalo. Me viene como anillo al dedo. Porque no sé si le dije que solo una de ellas es relevante a los fines de este artículo. Sin embargo, lo que sí es de vital importancia para el normal desarrollo de estas líneas es que si decide asumir que tengo una sola prima, esa prima sea la que –en efecto- es relevante a los fines de este artículo, y no una de las tantas que no lo son. Aunque ahora que lo pienso, usted no conoce a mis primas. Tendría que ser un individuo condenadamente retorcido para inventarme una prima distinta de la que pretendo transformar, ni bien logre poner fin a esta modesta introducción, en la materia principal de mi análisis.

Medite muy bien lo que va a hacer. Confío en usted.

Ahora sí, a lo nuestro.

Resulta que tengo una prima. Dieciocho años tiene, ella. Y también tiene un novio. Un novio nuevo. El hombre, el imberbe –veinte años tiene-, es pintor. Pero no un pintor de brocha gorda. No. Es un artista. O eso pretende. Y por el simple hecho de serlo, o pretender serlo, es mirado con desconfianza por la plana mayor de su familia política. O sea, mi familia de sangre.

Qué injusticia.

Deseo dejar a salvo mi buen nombre y honor de cualquier cuestionamiento que pueda estar gestándose en la cabeza medieval de alguno de mis lectores. Yo lo miro con buenos ojos. El hombre, el imberbe –veinte años tiene-, es un artista. O pretende serlo. Y yo comparto esa pretensión, aunque en una rama más modesta del arte. Dicen los que saben que combinar palabras es más sencillo que combinar colores, aunque ninguna de estas dos actividades pueda compararse con el arte de combinar notas musicales.

En fin… son puntos de vista. La cuestión es que el imberbe cuenta con mi beneplácito. Debe ser por eso que busca refugio en mi compañía en cada reunión familiar.


- ¿Ya la pintaste desnuda?

- ¿A quién?

- A mi prima. Si no la pintaste desnuda, quiere decir que nunca la viste. O la viste y no la miraste. Y si la miraste y no la pintaste, quiere decir que no sos un artista. Pero sobre todo, que solo te interesa el sexo. Porque no creo que solo hayas mirado. Así que decime, ¿la pintaste o no la pintaste?

- …

- Sí o no.

- No.

- Pero sos un artista.

- Sí.

- Entonces tenés pensado pintarla.

- …

- Sí o no.

- Sí.

- Cuando eso pase, quiero que nunca en tu vida reveles la existencia de ese cuadro. A menos que ya lo hayas pintado y no me lo estés diciendo, cosa que me pondría muy pero muy contento, porque querría decir que entendiste mi punto. En serio… ¿ya lo pintaste?

- …

La cuestión –les decía- es que el imberbe cuenta con mi beneplácito. Lo que no termino de comprender es por qué ahora huye de mí en todas las reuniones familiares.


Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: En breve reanudaré mis visitas por los espacios virtuales amigos y afines. Gracias por la paciencia.

martes, 25 de agosto de 2009

ARTÍCULO INCOMPLETO Y FIRULETE DE NARANJA

Síntesis del post: Introducción al arte conceptual. Obra de arte propia. Pequeña justificación final en forma de ataque.

Buenos días:

Según Wilkipedia, el arte conceptual, también conocido como idea art, es un movimiento artístico en el que las ideas dentro de una obra son un elemento más importante que el objeto o el sentido por el que la obra se creó.

En síntesis, uno puede hacer lo que le venga en gana, como si fuera Marta Minujín, Andy Warhol o Diego Maradona.


¿Y por qué no aplicar estos conceptos a la palabra escrita?

¿Qué impedimento existe?

Ciertamente ninguno.

En consecuencia, y como hoy estoy en uno de esos días en los que me importa poco el qué dirán, tengo el orgullo de presentarles una obra que revolucionará el mundo de las letras:

¡ARTE ARTE ARTE!

Con ustedes...


ARTÍCULO INCOMPLETO Y FIRULETE DE NARANJA

La tarde del domingo se presenta soleada y no tan fresca como debiera tomando en cuenta la estación reinante, por lo tanto este humilde servidor se apersona en un conocido Shopping de la ciudad de Buenos Aires. Concurre en contra de su voluntad, dado que él hubiera preferido permanecer en su casa para poder -en el marco del proyecto nacional y popular- ver el fútbol en vivo y en directo. Pero no todo es posible en esta vida, y algunas causas no merecen el sacrificio de una sublevación.

Me entrego mansamente a un minucioso recorrido por los pasillos del monstruo comercial dispuesto a contribuir con la máxima de estimulación del consumo, tan importante durante una época de crisis como la que nos aqueja. Lo que busco, concretamente, es un pantalón que me




Quedará en sus mugrosas conciencias si piensan que no tuve tiempo de terminar el artículo.

Tengan ustedes muy buenos días.