martes, 2 de abril de 2013
MEDIO COMO QUE SÍ
Síntesis del post: Me llama una amiga. Carajo. Urgencia. Un caballero. Rastros de lucidez. Cuatrocientos años. Plan A. Conclusiones.
Me llama una amiga y me dice que tiene un pequeño problema, que tengo que ir corriendo a su casa, así, sin vueltas ni preguntas. Que es una urgencia, carajo. Carajo no lo digo yo, lo dice ella. Yo rara vez digo carajo para agregar énfasis a mis palabras, y cuando lo hago, casi siempre es porque estoy reproduciendo una frase que escuché en boca de otra persona; en este caso, mi amiga, la que tiene una urgencia. Carajo.
Son las dos y media de la mañana. Por lo general, las urgencias que se presentan a una hora tan inconveniente poseen una carga de dramatismo mucho mayor que aquellas que eligen el turno vespertino. Y es que la noche —creo yo— provoca en el individuo urgido una sensación de desamparo nada sencilla de combatir, ya que la soledad y el silencio se adueñan de la escena hasta que los ruidos de la propia mente se devoran los escasos rastros de lucidez que podrían prestar algún auxilio.
Enciendo un cigarrillo y gano la calle mientras me pregunto, con una honestidad intelectual que pocas veces esgrimo al escrutar mis sentimientos más íntimos, si voy a estar a la altura de las circunstancias, cualesquiera que sean. Si hay algo que sé de sobra es que las convocatorias de esta naturaleza, digo, de naturaleza urgente, se rigen por parámetros mucho más relacionados a la amistad que a la idoneidad. Lo primero que se busca en una situación de apremio es algo de compañía, comprensión o complicidad. Lo de las soluciones lo podemos ir viendo sobre la marcha.
Apenas se abre la puerta, mi amiga me abraza y rompe en un llanto profundo y uniforme. En realidad no me abraza, sino que se me cuelga del cuello y me presiona la nuca con una fuerza impropia de sus cuarenta y ocho kilos. Lo del llanto profundo y uniforme es, sí, una descripción fiel.
Ingreso al departamento y cuando me dispongo a exigir que se me ponga en autos de la situación imperante tropiezo con un caballero hecho un ovillo sobre la alfombra del living.
—¿Qué pasó acá? —le pregunto a mi amiga, dado que el caballero en cuestión presenta claros síntomas de haber asumido un estado de inmovilidad definitiva.
—No sé, te lo juro por mi vieja. Estábamos que sí, que no, que va y que viene, y de pronto medio como que le dio un infarto —responde ella mientras se toma el cabello con sus manitos pequeñas y huesudas.
El caballero es calvo a excepción de la nuca, tiene las cejas tupidas, nariz aguileña (como doblada por el paso del tiempo) y una incipiente barba de color blanco, pero muy opaca. El vello no solo domina las cejas, sino que brota desprolijo desde lo más profundo de cada orificio del rostro, y su piel es grisácea e insoportablemente arrugada. Debe tener unos cuatrocientos cincuenta años.
—Medio como que sí —sentencio en cuclillas a pocos centímetros del sujeto —, y medio como que está un poco muertito.
Digo esto no con la voluntad de aportar mi cuota de pesimismo a un cuadro que ya de por sí es bastante lúgubre, sino basado en la frialdad de sus globos oculares y la extrañísima disposición de sus manos, que han asumido la misma forma que las garras de un águila que estuviera a punto de alcanzar a una liebre en alguna remota pradera americana.
Por supuesto que, como el caballero que soy, evito cualquier tipo de indagación acerca de las circunstancias que posibilitaron que un anciano de unos cuatrocientos cincuenta años pierda la vida en el departamento de una señorita de treinta y ocho, rubia, de proporciones alquímicas, rostro angelical y mirada malévola. A las dos de la mañana. Y con los pantalones a la altura de las rodillas.
—Hay que llamar a la policía —digo intentando transmitir algo de tranquilidad mientras me dispongo a tomar el teléfono.
Se interpone en mi camino y mueve la cabeza a los lados en claro gesto de negativa. Según parece el occiso es el señor Filomeni, empresario textil, miembro honorario de la liga de empresarios católicos, presidente del consejo de administración del consorcio y felizmente casado con la señora Carmela Martínez Agostegui de Filomeni, que en este preciso instante duerme plácidamente en su pomposa habitación matrimonial al otro lado del pasillo, a unos veinte o treinta metros de nuestra posición.
—¿Y qué podemos hacer? —pregunto ya con algún recelo.
—No sé… otra cosa, por eso te llamé, para que me digas.
A veces la gente, justamente a causa de aquellos rastros de lucidez de los que hablábamos al principio, que no acuden a prestar el auxilio cuando la urgencia todo lo nubla, necesita que alguien con más frialdad o decisión le devuelva su centro, a todas luces extraviado.
—Bueno, entonces habría que buscar la forma de hacerlo desaparecer —expongo mientras me acaricio la barba a la altura del mentón —. Lo terminamos de desnudar, lo metemos en la bañadera y lo descuartizamos. Tienen que ser pedazos bien chiquitos porque después va a haber que descartarlos en las alcantarillas, de a poco, en barrios bien alejados para desviar la atención. Yo te ayudo con la parte del serrucho, pero te adelanto que lo otro lo vas a tener que hacer vos sola. Mañana trabajo todo el día, y si esperamos mucho tiempo nos va a delatar el olor.
Ni bien acabo de detallar lo que bien podríamos denominar como ‘Plan A’, no obtengo ninguna clase de devolución por parte de mi amiga de treinta y ocho años, proporciones alquímicas, rostro angelical y mirada malévola. En lugar de ello, su actitud es más bien pétrea, muy similar a la del empresario católico y casado, pero con mucho menos fundamento. Al menos desde mi óptica.
—La otra es que le revisemos los bolsillos —reanudo —. Estoy seguro de que tiene las llaves de la casa. Entonces lo ponemos presentable, lo alzamos entre los dos, entramos sin hacer ruido, se lo tiramos a la vieja en algún sillón del living y nos volvemos. Si ella también tiene como cuatrocientos años no va a escuchar nada y la cosa va a quedar como que se murió ahí mientras miraba la tele.
Presa de la más absoluta estupefacción, mi amiga de treinta y ocho años, proporciones alquímicas, rostro angelical y mirada malévola ensaya una respuesta que se ahoga en un indescifrable tartamudeo. Le permito tomar aire, procesar las opciones cuyos pormenores operativos seguramente desfilan por su mente mientras me observa y camina de un lado a otro de la habitación tirándose del cabello con sus manos pequeñas y huesudas.
Enciendo un cigarrillo y la apuro con la mirada. El tiempo es oro en una situación tan delicada.
—No sé, no sé… creo que mejor deberíamos llamar a la policía y que sea lo que Dios quiera; después de todo nosotros no tuvimos nada que ver —concluye finalmente con semblante aterrorizado.
—Entonces supongo que ahora sí me vas a dejar llegar al teléfono —sugiero señalando el aparato.
—Hijo de puta —murmura con una sonrisa que a la vez es nervio y es alivio.
Explico brevemente la situación y cuelgo el auricular. Solo resta esperar.
—¿Y ahora qué hacemos? — pregunta desorientada mi amiga de treinta y ocho años, proporciones alquímicas, rostro angelical y mirada malévola.
—Qué sé yo… servite un par de whiskys, charlemos un poco en la cocina, de lo que vos quieras. Cualquier otra cosa sería una obscenidad. ¿Eso que está en esa fuente es una milanesa?
Tengan ustedes muy buenas noches.
jueves, 5 de agosto de 2010
MI SOCIEDAD SECRETA
Cuestión previa: Esta semana no comenzará el segundo semestre de Potente Gen. Todavía nos vamos a tomar alguna que otra semanita más.
MI SOCIEDAD SECRETA
Cuando uno forma parte de una agrupación secreta no es conveniente desentenderse de la marcha de la misma. Ni siquiera por quince mugrosos días. Y mucho menos cuando se ostenta el pomposo cargo de secretario de actas. Pero es a base de golpes que el hombre aprende, porque la experiencia se nutre de una dolorosa cadena de comprobaciones empíricas, y el éxito no es otra cosa que la enmienda minuciosa del error pasado.
Según debería constar en el acta número ciento seis de la sociedad, durante la semana pasada el chamán y el operador celebraron una reunión en ausencia de este secretario de actas. Y como no podía ser de otra manera, la misma desembocó en una tragedia de mayúsculas proporciones.
Al parecer el operador, haciéndose cargo de su condición de brazo ejecutivo, desempolvó sus contactos y se hizo de un cigarrillo de dudosas propiedades, dotando por fin de un propósito a aquella desnuda voluntad de ocultación que motorizó la fundación del mencionado ente colectivo. Una barbaridad que, de haberse hallado presente, este secretario de actas no habría tolerado, más allá de admitir ahora, con el diario del lunes, que la misma vino a solucionar, aunque sea en forma transitoria, esa carencia de objeto que tanto nos preocupaba.
La reunión se llevó a cabo a altas horas de la noche en el domicilio particular del operador, y una vez ejecutada la maniobra que le dio motivo, la célula actuante sufrió una dramática merma en su capacidad operativa que a la postre provocó una falla esencial en el protocolo de seguridad. Un desenlace previsible cuando las cosas no se planean con la suficiente antelación y responsabilidad.
La mujer del operador (aquella que descubrió la existencia misma de la agrupación luego de sorprender a su marido infraganti y someterlo a una compulsiva declaración indagatoria que arrojó resultados catastróficos) regresó a la casa más temprano luego de cambiar el turno de su guardia con otra enfermera, hallando a la célula en tal estado de indefensión que le provocó, según sus declaraciones posteriores, una mezcla de ternura, lástima y risa.
Desde mi humilde punto de vista, una sociedad secreta, un ente clandestino y misterioso, una verdadera logia diría, no puede despertar ternura en aquellos individuos que no forman parte. Y mucho menos lástima o risa. Es una vergüenza. Solo por eso ya me dan ganas de disolverla.
En fin… Identificado el olor de la sustancia y preguntados por la naturaleza de su actividad, los involucrados comenzaron a negar todas y cada una de las imputaciones a pesar de las abrumadoras evidencias en su contra. Pero luego de algunos minutos su concentración perdió intensidad. De pronto el operador halló más interesante el viaje de una hormiga que se desplazaba a través de la pared de la cocina que las preguntas de su mujer. Y mientras tanto el chamán abrió la heladera, tomó un recipiente con ravioles de ricota sobrantes de alguna cena pasada, los untó con dulce de leche y comenzó a devorar como un etíope.
‘Qué lindo… para ella llegar hasta el techo del living debe ser como ir de acá a Mar del Plata’, declaró el operador luego de haber permanecido más de tres minutos en absoluto silencio.
‘Nooo… Mar del Plata vendría a estar como por la pared de tu dormitorio’, corrigió el chamán empujando el último raviol con el dedo índice mientras demandaba con la mirada la convalidación de su argumento por parte de la dama.
Llegado ese punto la mujer no consideró necesario ni conducente continuar con el interrogatorio, y entonces se retiró a Mar del Plata. O a su dormitorio, como ustedes prefieran.
A continuación no se transcribe ningún acta porque la célula actuante se quedó dormida antes de redactarla, o siquiera haber nombrado un secretario suplente a tal efecto.
Esta aventura no está resultando como yo la había planeado. Siento más vergüenza que orgullo.
Tengan ustedes un alocado fin de semana.
martes, 15 de diciembre de 2009
HORA LIBRE

Como sabrán los lectores habituales de este espacio, los días martes yo tengo la costumbre de publicar un artículo. Sin embargo les sorprenderá saber que rara vez lo escribo en el día, sino que –hombre previsor- lo tengo preparado desde la noche anterior. Pero lo que más les sorprenderá saber es que en este caso particular no tuve tiempo de hacer nada.
“A mí de usted ya no me sorprende nada. Pregona la filosofía de la hormiga, pero luego se comporta como la cigarra”, dirá aquella voz que suele hostigarme oculta entre la multitud desde el fondo del salón.
Sepa usted, quienquiera que sea, que a mí no me asustan los calificativos anónimos. Podría realizar aquí mismo, con un piso que no estaría por debajo de los cincuenta renglones, una encarnizada defensa de la cigarra –bicho noble si los hay- gracias a la cual muchos de sus compañeros se retirarían presurosos del recinto, dispuestos a pisotear hormigas por ahí. No me provoque.
Además usted no sabe por qué razón se produjo este pequeño embrollo organizativo. No tiene la más pálida idea, pero amigo como es de la zancadilla y el golpe bajo, decide exponerme al vulgo con su voz meliflua.
No tuve tiempo de preparar nada porque invertí todo mi esfuerzo en escribir el artículo que saldrá publicado en Men in Blog esta misma noche a las cero horas. Y si usted fuera un lector habitual de este espacio, sabría de sobra que cuando publico en MIB tengo la costumbre de saltear el escrito del día martes.
Ahí tiene.
Si ahora se siente culpable no es un problema mío.
“No me siento culpable”, retrucará la ponzoñosa voz.
Eso tampoco es un problema mío.
Lo que venía a decirles antes de ser interrumpido, es que hoy tienen hora libre. No griten mucho, no hagan avioncitos de papel y no fumen cosas raras.
Arderán en el infierno aquellos que se quejen aquí y luego no concurran a MIB a leer y comentar mi exposición de la semana. Y también los que no se quejen y luego tampoco concurran. En síntesis, los que no concurran.
Tengan ustedes muy buenas tardes.
PS1: No olviden seguir votando en la encuesta Potente Gen 2009. Todavía no está nada dicho.
PS2: Se vienen los Yoni Awards 2009. No se queden sin el suyo.
lunes, 7 de septiembre de 2009
MEN IN BLOG
A las 0.30 aparece el primer artículo, que dicho sea de paso, es mío.
Confío en ustedes.
Muchas gracias por su atención.
Tengan ustedes muy buenas noches.
domingo, 6 de septiembre de 2009
MIB

¿QUÉ DIABLOS ES MIB?
Bueno... el lunes a las cero horas lo van a saber.
Pero si no pueden aguantar un día, vayan a lo del Señor Briks, que tampoco puede.
Tengan ustedes muy buenos días.
martes, 28 de julio de 2009
CUARENTA Y OCHO

Una anciana ingresa a una conocida fiambrería de Caballito justo en el instante en que uno de los empleados canta mi número a viva voz.
Cuarenta y ocho.
El local está repleto de gente que libra una disputa rabiosa por un espacio ínfimo junto al mostrador, suplicando entre dientes que el individuo de turno no se alce –por puro capricho- con la última cucharada de paté casero, la última pieza de salame de Tandil o el último trozo de parmesano. Todos se miran de reojo, ocultando el jadeo de sus respiraciones e intentando burdas y vanas maniobras para tapar con el cuerpo el objeto de su deseo.
Agito mi papelito por encima de varias cabezas torturadas por la envidia y me dispongo a realizar el pedido.
“Disculpe señor, yo tengo el veintidós.”
La sentencia de la anciana nos sume a todos en un silencio contemplativo.
Una señorita –muy bonita ella- la examina con el rostro transfigurado mientras una pareja de mediana edad se entrega a una queja íntima, inaudible para el resto de los presentes. Otro señor resopla y de inmediato comienza a farfullar. Al gordo que está a mi derecha se le escapa una risita nerviosa, y la señora que acaba de pedir se escabulle hacia la caja con un gesto de incredulidad, feliz de que el incidente en puerta ya no podrá tenerla como protagonista.
En menos de diez segundos aflora un amplísimo catálogo de reacciones que sin embargo no se traducen al acto. En cambio todos, absolutamente todos, me miran a mí, que parezco ser el principal afectado por la solapada tentativa de la anciana.
“Mire señora, yo estoy haciendo la cola desde hace veinte minutos, y en ese lapso solo cantaron cinco números… ¿dónde estaba usted?”, le digo en tono respetuoso aunque no ausente de firmeza.
En un arrebato de coraje los demás asienten, pero siempre amparados por lo colectivo del murmullo.
“Ay querido, lo que pasa es que como había mucha gente me fui a la verdulería a comprar la lechuga”, responde la vieja en plan de lamentación.
Y me lo dice justo a mí, que la comida de color verde me produce fobia. A mí, que no como nada que no tenga madre. A mí, que cuando se acerca la hora de la cena caigo presa de furtivas alucinaciones.
“Señora, se tendría que haber quedado a esperar, esto es una falta de respeto a todos los que estamos acá. Encima su número es de color rojo, y la serie que está ahora es de color azul. Ese papelito lo sacó hace más de dos horas.”
Los otros repiten mis palabras en masa, e incluso alcanzan a oírse dos o tres argumentos de corte individual.
La vieja le echa una mirada llorosa al empleado con la artera intención de erigirlo en juez del asunto, pero yo, ni lerdo ni perezoso, le clavo dos ojos furiosos que lo hacen temer por su integridad física.
“Está el muchacho”, concluye acorralado.
La vieja simula indignación, pero ya es víctima del repudio general.
“Señora, yo voy a hacer mi pedido porque creo que usted se quiso pasar de viva, y si alguno de los que viene atrás le quiere ceder su lugar, será una cosa entre ustedes dos.”
Frente a mi repentina declaración de independencia, una auténtica lluvia de semblantes amenazadores cae sobre el gordo que está a mi derecha, que tiene el número cuarenta y nueve. Entonces la anciana se da cuenta de que ha sido derrotada y abandona el establecimiento con la cabeza gacha.
“Así estamos”, desliza la muy caradura.
Sí, así estamos. Con hambre, y cansados de las viejas abusadoras.
Hoy me comí una picadita con varias clases de fiambres, parmesano, gruyere, pan de campo y vino tinto. Y me supo a victoria. Una victoria monumental.
En otro orden de cosas, apenas me ponga de acuerdo con los dos individuos que han participado del delito plural del día jueves (PEQUEÑO DETALLE) voy a revelar la solución. Eso será en el transcurso del día de hoy, y lo haré como una actualización de este artículo, porque si no me la paso metiendo entradas nuevas.
Actualización inmediata: El Señor Bugman acaba de hacer lo que yo no me animé porque me sentía culpable de haberlo hecho responsable por el jueguito ese de mandarlos en un tour obligado por los tres blogs. E hizo muy bien. Me ganó de mano.
La solución es la siguiente: El Señor Bugman hasta la frase "Si no hubiera sido por un pequeño detalle". Luego el que suscribe hasta la frase "... y echó mano a su catalejo". De allí hasta el final, el Señor Briks.
Como verán les ha ido muy bien con sus apuestas. Fueron todas balas que picaron cerca, excepto por la del Señor Pablo, que dio en el blanco con precisión quirúrgica. Creo que hay alguno más, pero en este instante no tengo ganas de revisar.
Tengan ustedes muy buenas noches.
sábado, 25 de julio de 2009
SOLUCIÓN DEL ENIGMA SOBRE EL CADÁVER

Buenos días:
Para los que no anduvieron por estos lares durante la semana (durante la semana o nunca), me estoy refiriendo a la solución del enigma planteado en el artículo del día jueves: PEQUEÑO DETALLE.
Decía entonces...
LA SOLUCIÓN ESTÁ EN LO DEL SEÑOR BRIKS...
Tengan ustedes un muy buen sábado.
jueves, 23 de julio de 2009
PEQUEÑO DETALLE

Síntesis del post: No hay.
Buenos días:
Ante todo quiero señalar que acepto sin condicionamiento alguno la responsabilidad que pueda caberme por el artículo que se encuentran ustedes a punto de leer. Sí señor. Por el artículo completo. Aunque me toque cabecear cascotes del tamaño de un balón de fútbol. Aunque me lluevan los cuestionamientos. Aunque solo sea el autor de una tercera parte del mismo.
Sí. Como oyeron. ¿Qué pasa?
El siguiente artículo se titula “Pequeño detalle”, ha sido escrito en colaboración con otros dos individuos que en este preciso instante lo están publicando en sus respectivos espacios, y la metodología de trabajo fue la siguiente:
Un primer señor escribió la introducción, un segundo señor escribió el nudo, y un tercer señor el desenlace.
Lo interesante de todo esto es que cuando el primer señor escribió la introducción, el segundo y el tercer señor no tenían la más pálida idea de lo que iba a llegar a sus manos. Luego, cuando el segundo señor escribió el nudo, el tercer señor se quedó solo, aguardando por un material a medio terminar. Y finalmente, ese tercer señor escribió el remate, condicionado por los elementos provistos por los otros dos señores.
Lo que yo voy a hacer aquí es presentar el artículo completo, sin mencionar qué señor escribió qué segmento, y sin aclarar dónde están las fronteras entre dichos segmentos. Esa es una tarea que les hemos reservado a ustedes (nótese que dije “hemos”, así que ni piensen que se van a ahorrar los deberes con salir corriendo a las otras casas).
En pocas palabras, estimados, lo que les toca averiguar es qué segmento escribió el Señor Bugman, qué segmento escribió el Señor Briks y qué segmento escribió el Señor Bigud. Y dónde está la frontera entre cada segmento. Y tengo que dejar de decir la palabra segmento.
Luego pensaré si le doy un premio a los que acierten.
A lo nuestro, y que la historia nos juzgue:
“PEQUEÑO DETALLE”
Cuando reflexionamos sobre los acontecimientos capaces de partir una vida en dos, de producir el artificio de “antes y después”, por lo general pensamos en grandes cambios, en sucesos cargados de enormes cantidades de felicidad o drama. El ser humano puede reaccionar con mayor o menor pericia ante semejantes golpes, asimilándolos, repeliéndolos o dejándose avasallar. Son eventos macroscópicos, visibles, detectables y con efectos reconocibles.
Los pequeños detalles, en cambio, son insidiosos. Su tamaño minúsculo les permite pasar desapercibidos hasta que es demasiado tarde. Penetran los poros, se introducen por las grietas, están en el aire hasta que son inhalados como un virus. Y pueden provocar desastres mayúsculos.
No había lugar para estas consideraciones en la mente de Pablo Kowansky, empleado bancario, ocupada como estaba en su totalidad con la solución de problemas relacionados con la satisfacción de urgencias fisiológicas básicas. Mientras introducía la llave en la puerta de su departamento de soltero, Kowansky sólo pensaba en dos cosas: tenía hambre, y muchas ganas de orinar. No necesariamente en ese orden.
Era un día más en una vida que transcurría en un territorio donde la tranquilidad limitaba a desgano con el aburrimiento, un día que había sido como una copia imperfecta de muchos otros, un día del cual no deberíamos estar hablando a no ser que estuviéramos en los zapatos de Pablo Kowanski y esta historia estuviera relatada en primera persona. Y ni aún así. Un día olvidable, diremos, por si aún no había quedado claro.
Si no hubiera sido por un pequeño detalle.
Bajó la cremallera y un chorro iracundo se abrió camino quemándole la piel, cascada sublime que halló su coronación en una espuma blanca y olorosa, generando en su mente un extraño efecto narcótico. Un éxtasis. Todo el éxtasis que puede permitirse un empleado bancario que ha transcurrido su día, su mes y su año manoseando fortunas ajenas.
Una buena meada, se dijo. Y sacudió a conciencia para salpicar la tabla y algo de suelo con las gotitas, pensando en que varias acabarían pegoteadas en el culo gordo y las plantas de los pies de su madre que algunas mañanas se daba una vuelta para invadir su intimidad, y de paso limpiar la casa. Porque un hombre debe dar gusto a su niño interior, se dijo otra vez.
La luz del velador apenas insinuaba algunas sombras en el comedor, impedida como se hallaba por una pantalla mugrienta, de un color amarillo oscurísimo, bastante similar al de su gloriosa cascada.
Percibió un sobre en el piso, cerca de la puerta, la lucecita parpadeante del contestador -mensaje no escuchado-, una tela de araña reconstruida en su ausencia y un olor rancio que provenía de la habitación contigua. Pequeñas investigaciones pendientes que le daban un motivo para regresar cada noche, así como la magnificencia de un cheque diferido lo echaba a la calle cada mañana.
Y entonces vio a la vecinita a través de la ventana. Y otra vez la necesidad fisiológica.
De pronto el hambre ya no se le antojó tan urgente, y echó mano a su catalejo.
Dominique, su nueva vecina, era una morocha impactante, de tez morena, trasero sólido y pechos inmensos. Poseía la capacidad de enmudecer a Pablo con sólo mirarlo. Apenas se habían cruzado un par de veces en el almacén de Doña Clota pero a él, eso sólo, le había bastado.
Acostumbrado a una vida social nula, Pablo era incapaz de cualquier acercamiento. Se limitaba a observarla de lejos y a soñar con ella casi a diario. Casi a diario, también, se había masturbado evocando a Dominique.
En su mundo de fantasía, Pablo Kowanski dejaba de ser el hombrecito gris y pusilánime que todos los días era objeto de las burlas más crueles en el trabajo; por el contrario, en su quimera, los hombres lo envidiaban y las jóvenes lo deseaban. La verdad es que para las mujeres él era inexistente, cuando no, repulsivo. Un día todo eso acabaría. Quizá, el mismo día que se atreviera a confesarle a Dominique todo lo que sentía por ella.
Sumido en una especie de fascinación, no dejaba de observarla a través del catalejo mientras imaginaba infinitos diálogos en los que ella le correspondía su amor con las palabras más dulces. Preso de sus pensamientos no pudo reprimir una exclamación de asombro al advertir que Dominique se desvestía lentamente…
Primero fue el sweater y Pablo se imaginó a su lado, riendo feliz. Luego, de espaldas a la ventana, ella desabrochó su camisa blanca, la que deslizó con morbosa sensualidad por la espalda descubierta. Pablo sintió reseca la garganta mientras observaba el pelo oscuro reposar sobre los hombros de Dominique e imaginaba sus pechos desnudos que no alcanzaba a ver, aún.
Cuando ella dejó caer su pollera, exhibiendo una minúscula bombacha negra, Pablo se sintió arder. Su virilidad henchida reveló mucho más que sólo un deseo sexual. Pablo comprendió que únicamente siendo un verdadero HOMBRE podría escapar a su patética realidad.
Supo al instante que debía tomar el toro por las astas, ejercer el control de su vida como un verdadero varón. Un animal. El macho alfa!!
LO HARÍA DE INMEDIATO, pero antes se premiaría con un último vistazo a Dominique.
Ella, ya se había desnudado por completo y pronta a salir de la habitación, tornó su cuerpo de manera tal que a Pablo le resultó inevitable ver que entre sus piernas colgaba flor de garompa!!
Al otro día, en el escritorio de siempre, revisando las mismas cuentas de siempre, Pablo pensó:
“Si no hubiera sido por ese pequeño detalle”.
Men in B.
Si usted tiene alguna queja, diríjase al blog de Stella, que fue la de la idea.
Tengan ustedes muy buenos días.

