Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.
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jueves, 27 de enero de 2011

UNA PERSONA CHIQUITA CON CARA MEDIO EXTRAÑA

Síntesis del post: Nuevo galardón. Agradecimiento. Un duende. Un mensaje. Discusión. Conclusión. Despedida hasta marzo.

Cuestión previa: Mr. Verbal Kint, que es un hombre ducho en cuestiones de pluma y tinta, ha tomado la inexplicable decisión de otorgarme un nuevo galardón. Sin embargo, yo no pienso cuestionar sus motivaciones. Simplemente agradezco la atención, insto a la concurrencia a que lo visite en su casa y me dispongo a exhibir el trofeo debajo de estas breves líneas.

Como es costumbre, me arrodillo con los puños apretados en el círculo central y repaso mentalmente la lista de mis enemigos para elegir alguien a quien enrostrárselo. Luego me apersono en su casa virtual, me apropio de la estatuilla y salgo corriendo a mi cueva antes de que se arrepienta, en la inteligencia de que un galardón exhibido implica, no solo una transacción terminada, sino también el derecho soberano a rechazar su devolución.





¡MUCHAS GRACIAS MR. VERBAL KINT!

Ahora a lo nuestro.

Anoche, justo cuando me iba a dormir se me apareció un duende. En rigor de verdad no sé si era un duende. Tenía la clásica cara de viejito maligno, ojos claros y tristes, dientes afilados, nariz aguileña, uñas largas y todos los demás estereotipos de cualquier duende que se precie. Pero le faltaban las orejas puntiagudas, y todos sabemos muy bien que sin orejas puntiagudas no hay duende. Así que supongo que más bien calificaba como ‘persona chiquita con cara medio extraña’.

Ahora bien, esta persona chiquita con cara medio extraña tenía la cara medio extraña pintada de azul y blanco. O mejor dicho, de azul con una raya blanca horizontal y otra vertical. Y tenía el pelo largo y revuelto. Y vestía con una pollerita escocesa muy varonil y una suerte de casaca gastada. Y portaba una espadita que mantenía bien en alto con su mano derecha. Y gruñía. Y montaba un caballito negro que no era un pony. Era un caballito chiquito, con forma de caballo grande, pero chiquito. Robusto, musculoso y de largas crines. Pero chiquito.

Y esta persona chiquita con cara medio extraña se paseaba de lado a lado de la habitación, montada sobre su caballito negro que no era un pony, con forma de caballo grande pero chiquito, con su pollerita y su casaca gastada, con su espadita en alto y con sus gruñidos.


CATACLAP CATAPLAC CATAPLAC CATAPLAC…

‘¡I am William Wallace!’, exclamó de repente.

Quedé estupefacto. Quería decir algo, pero las palabras se me atragantaban; así que tomé aire y me dispuse a ordenar mentalmente el aluvión de preguntas que se agolpaban en mi pecho. Sin embargo, cuando por fin estuve listo, esta persona chiquita con cara medio extraña me interrumpió.

‘¡They may take our lives, but they’ll never take our… FREEEEEEEEEED…

¡PUM!

Ahí nomás le revoleé un zapatazo que lo bajó del caballito negro que no era un pony, con forma de caballo grande pero chiquito. Es que pensé que con esos alaridos iba a despertar a la señora Bigud y a pequeña Yoni.

—¡La puta que te parió! —soltó en buen cristiano.

Me sentí un poco culpable, pero se me pasó rapidísimo.

—Esto es una casa de familia, no se puede andar pegando esos alaridos —le dije.

—Pero traigo un mensaje del mundo onírico —replicó.

—Ya me lo imaginaba —contesté mientras me sentaba en la cama.

Lo cierto es que yo no soy bueno para interpretar los mensajes del mundo onírico, y así se lo hice saber. La mitad de las veces no entiendo nada de lo que me quieren transmitir, y la otra mitad pienso que entiendo y obro con catastróficos resultados.

De más está decir que se puso de un pésimo humor, y para colmo uno de sus ojitos claros y tristes comenzó a inflamarse a causa del zapatazo. Me rogó, me suplicó, imploró que analizara el contenido del mensaje, pero no hubo caso. Ni mi vida corre peligro, ni siento la falta de libertad. Nada. Entonces le expliqué que en estos tiempos me acosan las visitas oníricas y que a todas las corro a patadas, pero no se asustó.

Discutimos por más de una hora, hasta que por fin se dio por vencido. Se retiró caminando por el pasillo con la cabeza gacha, con su carita medio extraña pintada de azul y blanco, con su ojito claro y triste en compota, arrastrando de la rienda a su caballito negro que no era un pony, con forma de caballo grande pero chiquito, con su pollerita y su casaca gastada, con su espadita apuntando al piso y haciendo un ruidito molesto con el filo en las baldosas, con sus pelos largos y con sus gruñidos.

Y eso es todo.

Últimamente vengo teniendo sueños de lo más extraños. Me despierto a medianoche y me pasan estas cosas. Debe ser porque estoy a dieta, aunque en ese caso debería soñar con comida. Qué sé yo… chanchos que hablan, vacas que vuelan, patos paracaidistas… no sé. Y sin embargo no hay rastros de nada comestible. Solo personajes irritantes y gritones.

En fin… es altamente probable que esté necesitando vacaciones.

Me voy. Nos leemos un día de estos.




Tengan ustedes un esplendoroso mes de febrero.

martes, 5 de octubre de 2010

CARLITOS QUEDATE QUIETITO

Síntesis del post: Carlitos. Mal comportamiento. Descontento general. Delirio onírico. Justicia. Reflexión.



Carlitos, quedate quietito, haceme el bendito favor. Eso le dice la mamá. A Carlitos, por supuesto.

Pero Carlitos es uno de esos niños que no se tutean con las advertencias maternas. Sus actos cotidianos suelen transformarse en osadas exaltaciones de la libertad; inauditos desafíos; pequeñas reivindicaciones de lo prohibido.

La gente –a la clientela me refiero- observa escandalizada mientras el odioso infante toquetea las latas de arvejas, olfatea los frascos de aceitunas y pasa la lengua por el vidrio del mostrador de los quesos. Sin embargo, lo que en realidad indigna, si se me permite la inferencia, no es su vasto repertorio de ilícitos sino la tibia moción de orden impulsada por la dama encargada de su educación.

Lo que Carlitos necesita no es andar concediendo favores benditos en un almacén de barrio. Es más bien un baño de autoridad. Un baño frío. Muy frío. Helado. Repentino. Un oportuno castañazo de revés que lo deje sintiendo los latidos de la mejilla por un período de doce a veinticuatro horas. Un sopapo justiciero. Público. Ejemplar. Un mojón recordatorio de su expedición a la frontera última de la paciencia. Eso necesita.

Carlitos, quedate quietito. Es un minuto nomás, ya pago y nos vamos. Eso le dice la mamá. A Carlitos, por supuesto.

Pero Carlitos no se digna a recibir el mensaje, por lo tanto la escena inicial se repite a pesar del descontento del público presente.

En rigor de verdad, yo tampoco logro reprimir el sentimiento negativo que me produce el mocoso. Si alguien me observara con detenimiento, seguramente percibiría sin problemas la mueca de odio que debe estarme frunciendo el rostro, sobre todo en la zona de la frente y los pómulos.

Me dejo llevar por un fugaz delirio onírico gracias al cual logro el objetivo de abstraerme del Carlitos real. Del Carlitos sustancial. Mientras tanto el Carlitos imaginario –imaginado sería un término más apropiado- sufre toda clase de torturas entre alaridos y llantos. Mendiga la presencia de su madre y promete revisar todas y cada una de sus irritantes conductas en un futuro inmediato. El más inmediato.

Y de pronto el llanto de Carlitos. Del Carlitos real. Del Carlitos sustancial.

Lleva el rostro cubierto de aceite y huele como a anchoa, a sardina o a boquerón. Es evidente que de alguna forma se las arregló para introducirlo dentro de uno de los recipientes que contienen a estos simpáticos representantes de la fauna marina, y que se encuentran expuestos sobre el mostrador del fondo. Talvez se patinó. O quizás fue adrede. En este momento da lo mismo. Lo importante es que la gente –a la clientela me refiero- celebra el incidente. Es un festejo sobrio, de más está decirlo. Son apenas muecas. Alguna que otra risita sigilosa. Pero nada más que eso.

¿Qué pasó Carlitos? ¿Qué hiciste? Eso le pregunta la mamá. A Carlitos, por supuesto.

Pero Carlitos produce una respuesta ininteligible, ahogada en sus propios sollozos. Y justo en el instante en que logra la calma necesaria para dar el parte, aparece en escena un gordo que clava dos ojos furibundos sobre su diminuta humanidad. Viene desde el mostrador del fondo, así que, por lo menos para mí, el hecho ha quedado completamente esclarecido.

Carlitos vacila entre la denuncia y el silencio, y finalmente opta por esto último. Baja la mirada y repite una y otra vez la palabra ‘nada’ hasta que su madre se rinde.

Carlitos, quedate quietito mientras pago. Eso le dice la mamá. A Carlitos, por supuesto.

Y Carlitos obedece. Y sigue oliendo a anchoa, a sardina o a boquerón. Y la gente –a la clientela me refiero- celebra con sobriedad. Apenas muecas y alguna risita. Y los ojos furibundos del gordo no dejan de mirarlo. Y yo me abandono a un delirio onírico más pacífico. Más placentero. Porque sé que a veces, solo a veces, si uno lo desea mucho, un simple sueño puede convertirse en realidad.



Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: El miércoles a las cero horas publico mi artículo en MIB. Arderán en el infierno quienes… bueno… ya lo saben.

martes, 2 de marzo de 2010

LA INOCENCIA DE LAS MARIPOSAS

Síntesis del post: Diálogo con un anciano. Las mariposas. El amor y la primavera.



Cuestión previa: Fragmento de un diálogo en el marco del segundo de una serie de encuentros casuales con un anciano. La escena transcurre en un parque, bajo un ombú; no estoy seguro si dentro o fuera de mi cabeza. Probablemente dentro.

Lo hallé sentado en el mismo banco que la tarde anterior, refugiado bajo la sombra del viejo ombú. Al principio no advirtió mi presencia, pero apenas lo hizo actuó con absoluta naturalidad, como si aquel segundo encuentro hubiera surgido de una suerte de pacto preexistente.

- Me he quedado pensando acerca de lo que dijimos ayer sobre las mariposas- contestó con la mirada clavada en el piso.

- Vamos a ver- inquirí algo molesto-, ¿qué tiene usted que reprocharles a esas magníficas criaturas?

El anciano echó unas migajas al suelo y buscó de reojo alguna sonrisa cómplice, pero en el parque no había nadie además de nosotros.

- Es que son frágiles, breves y coloridas-, aclaró con una mueca de tristeza-. No por nada son incluidas en casi todas las metáforas que aluden al amor.

- No me parece que sea el caso- protesté-. Yo las asocio más bien con la primavera.

- Eso es porque usted es un ser carente de imaginación.

Luego de esa sentencia guardó un instante de silencio que sirvió para disolver mis prisas.

- Las mariposas tienen con la primavera una relación real y concreta- explicó con benevolencia-. Ellas existen en primavera; florecen; bailan; adquieren intensidad. Usted no ha descubierto nada. En cambio, en el campo del amor estamos obligados a imaginarlas. Se sienten. Se sueñan. Pero muy a su pesar, no se ven. Ahí radica su desventaja.

- ¿Me está diciendo que soy un insensible?

- No lo conozco tanto como para afirmar esa atrocidad, pero aun así poseo el derecho a la sospecha.

- Me duele que luego de tantas horas de coloquio piense eso de mí. Sobre todo cuando fue usted quien eligió difamar a las mariposas.

- Yo no las difamo- objetó-. Solo las ubico en un sitio acorde con sus merecimientos.

- ¡Mentira! Usted las utiliza para ocultar las cenizas de algún amor.

- Las cenizas son solo cenizas- reflexionó-. No tienen nada que ver con las mariposas.

No había dicho aún la última palabra cuando me levanté de mi asiento.

- Será mejor para los dos que continuemos con esto en otro momento-, sugerí.

- Como a usted le parezca.

Emprendí el camino de regreso albergando una seria sospecha sobre las intenciones de las mariposas.

¿Serán capaces de ofrecernos una apariencia tan distinta de la verdad?

Talvez sea ese su único punto de contacto con el amor.


Tengan ustedes muy buenas noches.

lunes, 15 de febrero de 2010

SOPAPOS A LA MADRUGADA

Síntesis del post: Delirio onírico. Anciana golpeadora. El Ser. Reflexión sobre los deseos.



Una brisa templada me arrebata de pronto de las honduras oníricas. Estoy empapado en sudor, y mi propia irritación me impide ver –al menos en un primer instante- a la anciana que aguarda sentada al pie de mi cama.

- ¿Quién es usted?- me pregunta como si fuera yo el invasor.

- Yo soy Yoni.

La vieja se arrima hasta mi posición y me aplica un soberano sopapo que me deja latiendo la mejilla derecha.

- Haga un esfuerzo intelectual- me insta mientras sacude la mano ejecutora-. ¿Quién es usted?

- Soy una antología de materiales grotescos y un par de zapatos- respondo algo molesto, pensando que es lo que desea oír.

Otra vez me golpea. Y otra vez exige otro tipo de esfuerzo.

- ¿Quién es usted?- indaga paciente.

- Soy la suma de mis sueños menos las grietas de mi voluntad.

Un nuevo cachetazo me arranca definitivamente del sopor.

- ¿Quién es usted?

- Soy una pérdida tiempo, un soneto y un albañil.

El golpe me enfurece, pero no hago nada para evitarlo.

- ¿Quién es usted?

- Soy un todo complejo, una locura veraniega o un bárbaro fabulador.

Esta vez no me pega. En cambio sale de la habitación mientras el rumor de su voz se arrima a mis oídos como una víbora ponzoñosa.

- Si desea saber quién es usted, levántese, vístase y venga a la cocina a prepararme un té.

Medito un instante. Luego apago la luz y sigo durmiendo. No tengo el más mínimo interés en saber quién soy.

Hay que ver lo erradas que pueden estar algunas personas –o algunos espectros- acerca de los deseos ajenos.


Tengan ustedes muy buenas noches.