Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.
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martes, 19 de julio de 2011

UN SEÑOR INDECIBLEMENTE CHIQUITO

Síntesis del post: Consultorio conocido. Ausencia descriptiva. Un señor indeciblemente chiquito. Zapateo. Documental sobre las tarántulas. Sospecha justificada.



Nos toca volver al consultorio de mi dentista, más precisamente a la sala de espera del consultorio de mi dentista. Ello implica que la historia de hoy repite el decorado que se utilizó aquella aciaga tarde en que tuve la mala idea de pedirles que me acompañaran. Sí, a ustedes, ahora no me digan que no recuerdan a la señora Osorio y su pequeño arranque lujurioso.

En fin… tendamos un manto de piedad sobre el asunto. En cualquier caso, lo bueno de regresar a un escenario por todos conocido es que me evita la ardua tarea de la descripción, hecho que también trae aparejado un beneficio para ustedes, ya que el artículo acabará siendo algo más corto de lo habitual.

A lo nuestro sin más, o de otro modo vamos a desperdiciar esta pequeña ventaja que nos fue obsequiada por el azar.

Estamos sentados frente a un señor muy chiquito. Un señor indeciblemente chiquito. Tanto, que inspira ternura. Calvo excepto a la altura de la nuca, blanco de tez y más bien regordete. Usa unos anteojitos redondos, de gruesos cristales y un armazón que parece como de alambre, y que por algún motivo, no me pregunten cuál, hacen juego con el bigotito. Y tiene un sombrerito aprisionado contra la panza por sus manitos rechonchas y nerviosas. Ay señora… mírelo ahí sentadito, parece un muñequito.

En contrapartida tenemos también a su esposa, que parece estar aquí para brindar apoyo moral. O para impedir una cobarde huída. Da lo mismo. Es una señora voluminosa. Una señora indeciblemente voluminosa. Tanto, que inspira temor. En este sano tren de evitarnos las descripciones voy a pedirles que imaginen algo diametralmente opuesto a nuestro héroe del día, salvo, tal vez, por el asunto del bigotito. En eso sí se parecen.

El diminuto señor tiene como unos temblorcitos. Y zapatea. Asumo yo que por los nervios que le ocasiona un inminente tratamiento de conducto; acaso una extracción. Primero el pie derecho, luego el izquierdo y otra vez el derecho. Zapatea con toda la suela, y produce un ruidito bastante intenso que genera una visible tensión en el rostro de su mujer. Sin embargo ella no reacciona en forma agresiva. Se mantiene en una suerte de trance, con la vista al frente y las manos entrelazadas.

¡Bigud!

Ese fue mi dentista. No sé si les dije que tiene la mala costumbre de asomar la cabeza desde la profundidad del consultorio y gritar a viva voz el apellido del paciente a maltratar.

Al salir notamos, no sin cierta cuota de regocijo, que en la sala de espera se encuentra solo la señora indeciblemente voluminosa. Parece que después de todo el pequeño condenado logró perpetrar la huída. O está en el baño. O simplemente no era el apellido a maltratar. Sabrá Dios cuál es la respuesta, aunque habiéndonos caído tan simpático como nos cayó no podemos menos que desearle la mejor de las suertes.

Punto final para esta etapa del artículo, por lo tanto ahora saltamos en forma abrupta al living de mi casa. Vamos a insistir en esta modalidad de evitarnos las descripciones, así que imaginen un sillón como cualquier otro y un televisor como cualquier otro. Porque eso es precisamente lo que estamos haciendo. Viendo un interesantísimo documental sobre las tarántulas panza arriba en el sillón, con la mitad de la boca dormida y un ruidito como de abeja en el oído izquierdo.

Resulta, señora, y no se me espante, que a la tarántula macho le va la vida cada vez que tiene la peregrina idea de aparearse. Sí, así como lo oye. Siendo considerablemente más pequeño que la hembra se ve forzado a observar todos y cada uno de los pasos de un complejo ritual de cortejo para no ser devorado antes, durante o incluso después de lograr su desfachatado cometido.

Le explico de qué va el asunto:

Al detectar las feromonas de la hembra, el macho comienza a cortejarla con rápidos movimientos de los pedipalpos y las patas delanteras (como si temblara) dando pequeños golpes en el suelo para anunciar su presencia. Esto es muy importante, dado que las arañas no tienen buena vista, y dependen de estas vibraciones para decodificar el mensaje.

La hembra abre los colmillos y levanta las patas delanteras como si fuera a atacar, pero el aventurero paraliza los colmillos con sus ganchos tibiales mientras le acaricia el abdomen para calmarla. Luego, con la ayuda de los bulbos introduce el semen en la espermateca de su compañera y finalmente huye para no convertirse en el almuerzo.

Y eso es todo. ¿Vio que no era para tanto? ¿Vio cómo no era tan terr…


¡UN MOMENTO!

Ay dios mío…

Tranquilos, todo el mundo quieto. En cualquier caso es mejor que esta vez hayamos pasado primero. Digo, eso no se debe haber parecido nada a lo de Cárdenas y la señora Osorio.

Y también puede ser que estuviera en el baño, che. No sean tan fatalistas.


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 12 de julio de 2011

TENGO UNA PREGUNTA

Síntesis del post: Una pregunta. Una duda administrativa. Teléfono. El Palacio. Departamentos. Solución sugerida.

Tengo una pregunta. Una duda administrativa. Y para resolverla cuento solo con un triste papel, una factura o una boleta, que una empresa postal se ha encargado de hacer llegar a mi domicilio. Figura un teléfono, por supuesto. Veinticuatro horas al servicio del dudoso desesperado, proclama. Se ufana. Sin embargo por más que uno insista no atiende nadie. Nuestros operadores se encuentran ocupados con otros dudosos desesperados, por favor aguarde en línea hasta que alguno se rinda. Eso es lo que informa mecánicamente la voz de una señorita mientras, de fondo, Patricia Sosa apela a lo peor de su repertorio para provocar el desistimiento prematuro de aquellos que aún no hemos tenido la posibilidad de salir a la cancha. Esta noche no me pidas nada, solo endúlzame los oídos, dice la muy canalla. Esta noche olvidemos todo, agrega por fin. Esta gente tiene todo muy bien planeado. Lo único que yo traigo a la mesa de discusión son pedidos y quejas amargas que no puedo quitar de mi mente, así que resulta bastante claro que no vamos a llegar a buen puerto.

La alternativa que me queda es presentarme en la dependencia en cuestión, cuyo domicilio figura al dorso del papel, justo debajo del teléfono. Por lo tanto hacia allí me dirijo. El Palacio del Burócrata, Fragata Piperine 1446, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Cualquier cosa antes de seguir escuchando ese tono impostado de la inefable Patricia Sosa.

En el mostrador de información me recibe una señorita que refleja en su rostro un cansancio estructural. No es el día, no es el clima, no somos los dudosos desesperados. Es la vida en sí misma, y no parece existir una solución.

Tengo una pregunta. Una duda administrativa. Cuento solo con este trist… Departamento ‘Dudas menores’, tercer piso por la escalera caracol, segunda puerta a la derecha. Pregunte por el señor Gutiérrez. Me lo dice sin quitar la vista de un oscuro monitor donde una pelotita plateada rebota contra los lados a la espera de que alguien –alguna vez- presione una tecla y dé por terminado su viaje.

Tengo una pregunta. Una duda administrativa. Cuento solo con este triste papel para resolverla.

El señor Gutiérrez estudia el documento con ojo minucioso, sin emitir un sonido por casi cinco minutos. En ese lapso no hay gestos, actitudes ni movimientos que permitan inferir su conclusión. El hombre es impenetrable, y eso me genera cierto nerviosismo.

Departamento ‘Dudas más o menos justificadas’, cuarto piso por la escalera caracol, primera puerta a la izquierda. Pregunte por el señor Rosales. Y me devuelve el papel sellado e inicializado.

Tengo una pregunta. Una duda administrativa. Cuento solo con este triste papel para resolverla.

El señor Rosales no es el señor Gutiérrez. Sí, ya sé que eso es obvio, que es un señor distinto, probablemente más capacitado y con un traje más caro; pero me refiero a que es mucho más permeable que su compañero. También estudia el documento con ojo minucioso, pero se rasca la barba entrecana, menea la cabeza en clara señal de que está frente a un asunto intrincado, que todo está muy mal y que amerita acciones inmediatas y definitivas. Eso, aunque parezca contradictorio, me tranquiliza un poco.

Departamento ‘Dudas insoportablemente complejas’, quinto piso por la escalera caracol, tercera puerta a la derecha. Pregunte por el señor Barovero. Y me devuelve el papel inicializado, pero sin sello.

Tengo una pregunta. Una duda administrativa. Cuento solo con este triste papel para resolverla.

El señor Barovero observa el documento preso del más absoluto desconcierto. Abre los ojos como dos huevos duros y cada tanto se cubre el rostro con las palmas de las manos y menea la cabeza negativamente igual que el señor Rosales, así, con el papel entremedio, como si lo estuviera olfateando o lamiendo, provocando de paso ese ruidito tan característico que hacen los papeles cuando alguien los arruga o los estruja. Luego rompe en un llanto uniforme y profundo mientras confiesa, entre sollozo y sollozo, que todo le resulta insoportable (lo cual no parece algo tan descabellado tomando en cuenta el departamento que dirige).

Departamento ‘Dudas irresolubles’, sexto piso por la escalera caracol, tercera puerta a la izquierda. Pregunte por el señor Vilallonga. Y me devuelve el papel sin iniciales o sellos.

Tengo una pregunta. Una duda administrativa. Cuento solo con este triste papel para resolverla.

El señor Vilallonga me recibe con una enorme sonrisa, un abrazo y un café con crema. Coloca el documento en uno de los vértices del escritorio y me ofrece un sobrecito de azúcar mientras se queja de lo mal que juega la selección. Lo escucho un rato largo, pero cuando me resulta evidente que no tiene pensado abordar el asunto que nos convoca lo interrumpo. Le pregunto si tiene pensado hacer algo con mi problema.

Absolutamente nada, me responde. ¿Acaso no vio el cartel de la puerta? Dudas irresolubles, dice. Irresolubles. Eso significa que no tienen solución. Que no se puede hacer nada. ¿Usted quiere que yo simule que estoy haciendo algo? ¿que estoy preocupado por su situación? Y de inmediato se despacha con un compendio de gestos ampulosos mientras hace como que habla por teléfono con la señora presidente sobre mi duda administrativa.

Finalmente decido interrumpir la dramatización. Entendí el punto, no soy estúpido. Pero me gustaría que me diera un consejo para poder retirarme sin esta sensación de haber perdido la mañana.

Le recomiendo que haga como si este asunto no existiera, que espere que todo se resuelva por la providencia divina. En síntesis, asuma una actitud marmórea.

Me quedo mirándolo –infiero- con una expresión muy similar a la del señor Barovero.

Marmórea. Como de estatua, agrega inmóvil, imitando la postura de alguno de los próceres inmortalizados en cada plaza de la ciudad.

Dicho esto abre la puerta de la oficina, me estrecha la mano, rompe el documento en muchos pedacitos que revolea por el aire y me regala un pequeño calendario 2011 con la siguiente leyenda:

‘No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague’

Y ese es el fin de mis peripecias.

Tengo una pregunta. Una duda administrativa. No cuento con papel alguno para resolverla, pero quisiera saber si puedo mover la mano para rascar mi marmórea mejilla derecha sin que me caiga encima una intimación.



Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: En breve reanudaremos las visitas por los espacios amigos y afines.

lunes, 28 de marzo de 2011

EL UNIVERSO CIRCUNDANTE

Síntesis del post: Comprensión. Objeto de la comprensión. Razonamiento conjunto. El universo circundante. Procedimiento.


Según la pequeña Yoni, no entiendo nada. Según mi señora madre, entiendo pero me hago el zorro. Según la señora Bigud, entiendo, sí, pero deformo las cosas de acuerdo a mi conveniencia.

Presento en esta ocasión, como habrán ustedes podido observar, tres visiones diferentes. Tres visiones de tres generaciones. Tres visiones de tres mujeres emparentadas conmigo por sangre, por ley o por elección. Tres visiones tres. En cualquier caso el asunto parece hallar un centro en la comprensión de los hechos, a todas luces evidentes. Una compresión que yo ignoro, oculto o manipulo en orden a la obtención de un beneficio que, hábilmente, sustraigo de la vista del enemigo.

Ahora bien, ¿qué es lo que debo comprender? No lo sabemos. No tenemos la más pálida idea. Ni siquiera podemos echar mano a esa infaltable ‘punta del ovillo’ que suele hacer las delicias de los más famosos detectives de ficción. De hecho el ovillo es, en este caso, una figura caótica e indescifrable, sin puntas, vértices ni aristas. Y por lo tanto el asunto se torna difuso, apareciendo de inmediato esa injusta presunción de mala voluntad ante el evidente contraste entre la expectativa y la acción.

Resulta obvio a los ojos de cualquiera que para que haya comprensión debe existir, como mínimo, un objeto comprendido. Un hecho de la naturaleza, un acto o un estado de cosas. En síntesis, algo sobre lo cual ejercer la acción de comprender. Por lo tanto será cuestión de redoblar el esfuerzo para dar una respuesta más o menos lógica al problema que nos ocupa.

‘¿Y entonces?’, preguntará usted, que en este preciso instante debe responderle a su mujer si estaban ricas las milanesas de soja con puré de calabaza.

'Entonces tómese un minuto’, responderé yo. Aquí estamos en pleno desarrollo de un argumento, y todo el mundo sabe que no se pueden apurar los mecanismos del pensamiento sin deformar en forma irremediable la conclusión.

Tratemos de razonar.

Sí, ya sé. No se me asuste. Le veo la carita de pánico y deduzco que caerá sobre mis hombros la responsabilidad de arrojar a la mesa una primera idea.

Decía entonces, tratemos de razonar. Al no poder brindar una respuesta convencional a la pregunta acerca de la materia sobre la cual debemos comprender, será menester recurrir al ingenio y la improvisación.

¡Saque esa cara de pánico de una vez, caramba! Ya le dije que seré yo el que aporte el ingenio y la improvisación. Usted solo debe guardar silencio y escuchar.

Como no surge a las claras un hecho de la naturaleza, un acto o un estado de cosas, se me ocurre que estamos frente a un modo de interpretar el universo circundante. Eso es lo que debemos comprender: Un modo de interpretar el universo circundante. Un modo paranoico, prejuicioso y parcial de interpretar el universo circundante.

Ahora permanezca sentado y trate de mantener la calma. Le tengo una mala noticia: Ese universo circundante tiene nombre y apellido. Ese objeto de interpretación, por cierto bastante detallada y exigente, no es ni más ni menos que usted. Y por lo tanto su obligación pasa por comprender esa interpretación sobre su persona y proceder en consecuencia, evitando (en lo posible) que acaben apuntándolo uno o varios índices acusadores.

¿Cómo dice?

No, no se puede rechazar la condición de universo circundante sin dejar de ser un ente –precisamente- circundante. Tiene que lidiar con eso o cambiar de galaxia.

¿Qué?

No, mire, hasta acá llega lo mío. No puedo recomendarle un procedimiento cien por cien efectivo. Cada universo circundante es único e irrepetible, y tiene sus propios problemas. En todo caso le sugiero manejarse como se indica en la página uno del manual: Monosílabo. Y no agregue nada a menos de que sea absolutamente imprescindible.

No, por favor, faltaba más. De nada. Ahora vaya, lo llama su mujer. Elógiele esas milanesas de soja.


¿Qué pasó?

¡¿QUÉ LE DIJO?!

¡¿POCA SAL?!

Usted es un universo circundante de lo más inútil. Bien merecida tiene la interpretación que le tocó.


Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: Estoy sin internessss en casa. Supongo que esta noche recuperaré la conexión, y Dios mediante podré comenzar a visitar y responder. Hasta entonces, muchas gracias por la paciencia.

martes, 23 de noviembre de 2010

USTEDES Y YO

Síntesis del post: Desayuno al aire libre. Simpatiquísima señorita. Entrevista a una vieja gloria. Operación de espionaje. Derrota final.



En este momento son las nueve de la mañana y nos encontramos en la terraza de una confitería. Ustedes y yo. Como fondo tenemos el mar, una playa semidesierta y algunos perros que corren de aquí para allá con un propósito que se nos antoja secreto y misterioso.

Queremos tomar un café con leche acompañado por tres medialunas de grasa, y entonces le formulamos el pedido a una simpatiquísima señorita que responde a todo lo que le decimos con la palabra ‘dale’. Dale vos, pensamos. Ustedes y yo. Pero no lo decimos, porque esta mañana juramos frente al espejo que no íbamos a incomodar con nuestros comentarios al personal que nos atendiera.

Entonces, mientras esperamos el desayuno, les propongo que vayamos a lo nuestro. Ustedes y yo. Porque no es nuestra voluntad extendernos más de la cuenta en detalles que no hacen al fondo de la cuestión.

A escasos dos metros de nuestra posición hay una mesa ocupada por una señora más bien mayor y dos muchachos de nuestra edad. Un poco más jóvenes quizás. Aunque no tanto. El caso es que por algún motivo (tal vez porque son los únicos además de nosotros que soportan el sol de la mañana en la terraza) los personajes atraen nuestra atención, y al cabo de un rato de observación minuciosa comprendemos, ustedes y yo, que lo que allí se desarrolla es una entrevista periodística.

Poniendo en orden las pocas frases sueltas que pudimos escuchar identificamos a la señora mayor como una vieja gloria de la televisión o la radio. O quizás del cine. No tenemos demasiado claro ese punto. Ustedes y yo.

En cuanto a los dos jóvenes, resulta obvio a los ojos de cualquiera que son periodistas. O mejor dicho, uno es periodista y el otro fotógrafo. Lo sabemos porque el de pelo largo y barba de cinco días acaba de alejarse seis o siete pasos de la mesa, y puesto en cuclillas retrata la charla con una cámara bastante impresionante. Y nosotros, ustedes y yo, nos acomodamos las crenchas con aire casual, ya que el ángulo elegido por nuestro peludo amigo podría conducirnos directamente a la página cuarenta y dos de la revista en cuestión (porque arbitrariamente hemos decidido que trabajan para una conocida revista), cuando no a la portada. De fondo, claro está. Como parte del decorado. Pero como bien diría el filósofo contemporáneo Carlos Salvador Bilardo, todos los goles valen uno.


La señorita que nos atiende, simpatiquísima por cierto (creo que ya lo señalé oportunamente), nos trajo el café con leche y tres medialunas de manteca. Y nosotros no queremos medialunas de manteca. Queremos de grasa. Entonces se lo hacemos saber, y aprovechando que va a tener que ir y volver con su bandeja le pedimos también un vaso de agua mineral. O soda. Y recibimos como respuesta el consabido ‘dale’. Dale vos, pensamos. Ustedes y yo. Pero no lo decimos. Hicimos un juramento y no queremos incomodar.

Ahora la señora mayor, con su mejor sonrisa, posa contra la baranda de la terraza. Coloca las manos detrás de la nuca y alza la cabellera platinada dejando que se desparramen graciosos mechones entre sus dedos. Al mismo tiempo levanta la pierna derecha y cruza el muslo por delante del otro, como si acabara de patear un tiro libre. Según nos revela sin dejar de sonreír, los productores de hoy ya no la convocan porque anteponen la cosa burda a la clásica delicadeza. Entendemos, ustedes y yo, que la clásica delicadeza estaría encarnada por ella, aunque no logremos ver en sus poses, su figura o sus declaraciones, nada clásico o delicado. De hecho hemos caído en la cuenta de que, a pesar de haber examinado su rostro a conciencia y hecho memoria con los ojos entrecerrados, no tenemos la más pálida idea de quién es, circunstancia que agrega una generosa cuota de patetismo al cuadro de situación.

A esta altura de los acontecimientos ya sabemos, ustedes y yo, que no abandonaremos esta terraza sin averiguar quién diablos es esta buena señora, portento de voluptuosidad y delicadeza. Entonces, echando mano a nuestro natural encanto logramos convencer a la simpatiquísima moza de que se arrime a la mesa y le pida un autógrafo. ‘Dale’, nos dice. Dale vos, pensamos nosotros. Pero no lo decimos. Hicimos un juramento, y encima nos está haciendo un favor. O más o menos. Ella tampoco sabe quién es, y a raíz de nuestro excéntrico pedido le ha picado el bichito de la curiosidad.

Al cabo de unos segundos nuestra heroína regresa con una servilleta en la mano derecha. En el centro de la misma, un garabato ilegible sin aclaraciones de ninguna especie.

La miro. Me mira. Alzo las cejas. Se pone colorada.

‘Pensé que iba a poner el nombre’, me dice. ‘Yo no se lo podía preguntar. Se supone que la adoro. O eso fue lo que le dije antes de que se emocionara’.

La misión ha fracasado trágicamente. Nuestra presa se retira no sin antes tirarle un beso aéreo a nuestra simpatiquísima espía, que lo retribuye con fingida efusión.

Y nosotros, ustedes y yo, nos quedamos con la mirada clavada en el horizonte marítimo, como un capitán que acabara de perder la mitad de su flota en un combate decisivo y mortal.

Pedimos la cuenta con un hilo de voz. Y obtenemos el inefable ‘Dale’ de boca de la espía. Dale vos, pensamos. Ustedes y yo. Aunque esta vez lo decimos.

Es cierto que habíamos hecho un juramento, pero ocurre que no somos de los que encajan las derrotas con buen semblante. Mucho menos las que tienen su causa en la incompetencia de la tropa.


Tengan ustedes muy buenas noches.

lunes, 13 de septiembre de 2010

EL PLANETA DE LOS SIMIOS

Síntesis del post: Experimento. Científicos locos. Grandes palizas. Viajecitos frecuentes. Hallazgo. Asociación de ideas. Reflexión.



Tenemos este experimento. Un experimento del que, sin duda, varios de ustedes habrán oído hablar en alguna oportunidad, pero que yo no puedo dejar de relatar sucintamente en orden a dotar de sentido al presente artículo.

Resulta que un grupo de científicos locos encerraron a quince monos en una jaula. Luego, en el centro de dicha jaula colocaron una escalera, y sobre ella una banana.

El caso es que cuando un mono subía la escalera con la peregrina idea de hacerse con la banana, el resto de sus compañeros recibía una tremenda descarga eléctrica. Como resultado de ello, al cabo de un tiempo, si a alguno se le daba por encarar hacia la escalera, los otros le propinaban una paliza de esas que delimitan eras.

La consecuencia lógica del asunto fue que, pasado algún tiempo más, a ningún mono se le ocurría siquiera acercarse al centro de la jaula, y fue entonces cuando este inquieto grupo de científicos decidió reemplazar a uno de los animales por otro nuevo.

Supongo que el instinto de los amables lectores me eximirá de relatar cuál fue la primera idea que atravesó la cabeza del recién llegado, y cuál fue la reacción que obtuvo de sus compañeros.

Sí, lo molieron a palos.

Más tarde los científicos reemplazaron a otro individuo, sufriendo el novato el mismo triste destino que el anterior, y así continuó el asunto hasta que el último de los quince integrantes originales también fue reemplazado.

Bien. La cosa es que los monos que quedaron en la jaula continuaron ajusticiando a todo aquel que pretendía alcanzar el premio ubicado al tope de la escalera, pero sin tener la más pálida idea de la razón. Ninguno de ellos había recibido jamás una descarga eléctrica.

Según entiendo, este original experimento sirve como prueba a un sinfín de teorías relacionadas con la estupidez, el comportamiento de imitación, la costumbre y la tradición. Pero lo que en realidad nos importa a nosotros es que sirve de base a este humilde artículo. Y nada más.

A lo nuestro entonces, no sin antes aclarar que será de ustedes la tarea de asociar ideas. Yo ya hice mi trabajo, y estoy más que conforme con él.

Resulta que de vez en cuando, pongamos por caso una vez por mes, me pego un viajecito. No, no esa clase de viajecito. No sea malpensado. Lo que yo hago es agarrar mis petates y lanzarme al ciberespacio bloggeril sin rumbo fijo. Me alejo del vecindario que suelo frecuentar y exploro galaxias que desconozco por completo. Al cabo de un rato ya me son ajenos los blogs, los autores y los comentaristas, y yo les soy ajeno a ellos, puesto que la principal característica del recorrido suele ser la asepsia. Es decir que no existe interacción alguna, solo pura observación de mi parte.

“¿Y qué tiene que ver esto con el asunto de los monitos electrificados?”, preguntará usted agotado de tanto prólogo y tan poca novela.

No lo sé. Le acabo de explicar que la asociación libre de ideas correrá por su cuenta, así que ahora no empiece a cuestionar mis métodos.

Lo que sí puedo contarle es que en mi último viaje me topé, por casualidad, como quien no quiere la cosa (y es que de veras no quería la cosa), con un blog en el que el autor, sus seguidores, los comentaristas frecuentes, los visitantes ocasionales y los anónimos se sacaban los ojos por adueñarse de los comentarios catorce y dieciocho. Y cuando alguno lo lograba, colocaba el número con puntos suspensivos. Incluso he llegado a ver más de un pedido de disculpas.

Lo curioso es que por más que revolví en las profundidades del archivo en busca de uno o más nexos con mi persona, no los encontré. Ninguno de ellos tiene la más remota sospecha de mi existencia, y mucho menos de este costado esotérico que tanta atención me demanda, y tantos insultos me ha hecho ganar.

No sé. Me pareció interesante.

Es todo.

“Oiga… ¿Me está comparando con un mono de laboratorio?”, preguntará usted, que no gusta de que se le escapen mientras asocia ideas.

No por favor. No me malinterprete.

¿Usted cree que me voy a colocar en el papel del científico?

Entonces no me conoce.

De ninguna manera. El primer mono soy yo. Soy el primate que escapa con un motivo válido. Y usted conoce ese motivo. Me conoce a mí.

En cambio esta gente no pelea por escapar del trece, sino por adueñarse del catorce. Lo que la mueve no es la superstición. Es el afán de poseer. De tener lo que otros también desean por el simple hecho de llegar primero. Y para ello recurre a una sencilla formulita cuyo rigor respeta a rajatablas, aun desconociendo por completo el origen.

Creo que las diferencias son elocuentes.

¿Ahora me entendió?

Buen chico…

¿Quiere una banana?



Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 2 de marzo de 2010

LA INOCENCIA DE LAS MARIPOSAS

Síntesis del post: Diálogo con un anciano. Las mariposas. El amor y la primavera.



Cuestión previa: Fragmento de un diálogo en el marco del segundo de una serie de encuentros casuales con un anciano. La escena transcurre en un parque, bajo un ombú; no estoy seguro si dentro o fuera de mi cabeza. Probablemente dentro.

Lo hallé sentado en el mismo banco que la tarde anterior, refugiado bajo la sombra del viejo ombú. Al principio no advirtió mi presencia, pero apenas lo hizo actuó con absoluta naturalidad, como si aquel segundo encuentro hubiera surgido de una suerte de pacto preexistente.

- Me he quedado pensando acerca de lo que dijimos ayer sobre las mariposas- contestó con la mirada clavada en el piso.

- Vamos a ver- inquirí algo molesto-, ¿qué tiene usted que reprocharles a esas magníficas criaturas?

El anciano echó unas migajas al suelo y buscó de reojo alguna sonrisa cómplice, pero en el parque no había nadie además de nosotros.

- Es que son frágiles, breves y coloridas-, aclaró con una mueca de tristeza-. No por nada son incluidas en casi todas las metáforas que aluden al amor.

- No me parece que sea el caso- protesté-. Yo las asocio más bien con la primavera.

- Eso es porque usted es un ser carente de imaginación.

Luego de esa sentencia guardó un instante de silencio que sirvió para disolver mis prisas.

- Las mariposas tienen con la primavera una relación real y concreta- explicó con benevolencia-. Ellas existen en primavera; florecen; bailan; adquieren intensidad. Usted no ha descubierto nada. En cambio, en el campo del amor estamos obligados a imaginarlas. Se sienten. Se sueñan. Pero muy a su pesar, no se ven. Ahí radica su desventaja.

- ¿Me está diciendo que soy un insensible?

- No lo conozco tanto como para afirmar esa atrocidad, pero aun así poseo el derecho a la sospecha.

- Me duele que luego de tantas horas de coloquio piense eso de mí. Sobre todo cuando fue usted quien eligió difamar a las mariposas.

- Yo no las difamo- objetó-. Solo las ubico en un sitio acorde con sus merecimientos.

- ¡Mentira! Usted las utiliza para ocultar las cenizas de algún amor.

- Las cenizas son solo cenizas- reflexionó-. No tienen nada que ver con las mariposas.

No había dicho aún la última palabra cuando me levanté de mi asiento.

- Será mejor para los dos que continuemos con esto en otro momento-, sugerí.

- Como a usted le parezca.

Emprendí el camino de regreso albergando una seria sospecha sobre las intenciones de las mariposas.

¿Serán capaces de ofrecernos una apariencia tan distinta de la verdad?

Talvez sea ese su único punto de contacto con el amor.


Tengan ustedes muy buenas noches.

miércoles, 24 de febrero de 2010

DUDAS ACTUALES

Síntesis del post: Asuntos de máxima actualidad. Dudas que todos tenemos. El Universo y la singularidad.



Aquellos que frecuentan este humilde espacio (o sea ustedes) saben de sobra que hallarán en el dueño de casa (o sea yo) esa obstinada preocupación por exponer en cada nuevo artículo un tema de la más cruda actualidad. Y es que el mismo (o sea, de nuevo yo) entiende que carece de sentido y, por qué no, de dignidad, el hecho de soltar ante las narices del público (o sea, de nuevo ustedes) un asunto que no guarde estrecha relación con el devenir de los acontecimientos cotidianos.

A lo nuestro:

En esta ocasión deseo platear un interrogante. Más bien una cuestión repleta de interrogantes que sin duda reflejarán con fidelidad una serie de dudas sumamente actuales que deben hallarse en carne viva dentro de vuestras almas:

¿En qué momento deja uno de ser un bienamado difunto para transformarse en un simple antepasado de una familia que lo desconoce por completo?

¿Cuándo nos convertimos en ancestros?

¿Cuál es la diferencia –si es que existe alguna- entre ancestro y antepasado?


El asunto, como podrán ustedes ver, es de la máxima importancia, porque marca el instante preciso en que el Universo deja definitivamente atrás nuestra singularidad.

¿Qué cosa puede ser más urgente?



Tengan ustedes muy buenas noches.