Nos toca volver al consultorio de mi dentista, más precisamente a la sala de espera del consultorio de mi dentista. Ello implica que la historia de hoy repite el decorado que se utilizó aquella aciaga tarde en que tuve la mala idea de pedirles que me acompañaran. Sí, a ustedes, ahora no me digan que no recuerdan a la señora Osorio y su pequeño arranque lujurioso.
En fin… tendamos un manto de piedad sobre el asunto. En cualquier caso, lo bueno de regresar a un escenario por todos conocido es que me evita la ardua tarea de la descripción, hecho que también trae aparejado un beneficio para ustedes, ya que el artículo acabará siendo algo más corto de lo habitual.
A lo nuestro sin más, o de otro modo vamos a desperdiciar esta pequeña ventaja que nos fue obsequiada por el azar.
Estamos sentados frente a un señor muy chiquito. Un señor indeciblemente chiquito. Tanto, que inspira ternura. Calvo excepto a la altura de la nuca, blanco de tez y más bien regordete. Usa unos anteojitos redondos, de gruesos cristales y un armazón que parece como de alambre, y que por algún motivo, no me pregunten cuál, hacen juego con el bigotito. Y tiene un sombrerito aprisionado contra la panza por sus manitos rechonchas y nerviosas. Ay señora… mírelo ahí sentadito, parece un muñequito.
En contrapartida tenemos también a su esposa, que parece estar aquí para brindar apoyo moral. O para impedir una cobarde huída. Da lo mismo. Es una señora voluminosa. Una señora indeciblemente voluminosa. Tanto, que inspira temor. En este sano tren de evitarnos las descripciones voy a pedirles que imaginen algo diametralmente opuesto a nuestro héroe del día, salvo, tal vez, por el asunto del bigotito. En eso sí se parecen.
El diminuto señor tiene como unos temblorcitos. Y zapatea. Asumo yo que por los nervios que le ocasiona un inminente tratamiento de conducto; acaso una extracción. Primero el pie derecho, luego el izquierdo y otra vez el derecho. Zapatea con toda la suela, y produce un ruidito bastante intenso que genera una visible tensión en el rostro de su mujer. Sin embargo ella no reacciona en forma agresiva. Se mantiene en una suerte de trance, con la vista al frente y las manos entrelazadas.
¡Bigud!
Ese fue mi dentista. No sé si les dije que tiene la mala costumbre de asomar la cabeza desde la profundidad del consultorio y gritar a viva voz el apellido del paciente a maltratar.
Al salir notamos, no sin cierta cuota de regocijo, que en la sala de espera se encuentra solo la señora indeciblemente voluminosa. Parece que después de todo el pequeño condenado logró perpetrar la huída. O está en el baño. O simplemente no era el apellido a maltratar. Sabrá Dios cuál es la respuesta, aunque habiéndonos caído tan simpático como nos cayó no podemos menos que desearle la mejor de las suertes.
Punto final para esta etapa del artículo, por lo tanto ahora saltamos en forma abrupta al living de mi casa. Vamos a insistir en esta modalidad de evitarnos las descripciones, así que imaginen un sillón como cualquier otro y un televisor como cualquier otro. Porque eso es precisamente lo que estamos haciendo. Viendo un interesantísimo documental sobre las tarántulas panza arriba en el sillón, con la mitad de la boca dormida y un ruidito como de abeja en el oído izquierdo.
Resulta, señora, y no se me espante, que a la tarántula macho le va la vida cada vez que tiene la peregrina idea de aparearse. Sí, así como lo oye. Siendo considerablemente más pequeño que la hembra se ve forzado a observar todos y cada uno de los pasos de un complejo ritual de cortejo para no ser devorado antes, durante o incluso después de lograr su desfachatado cometido.
Le explico de qué va el asunto:
Al detectar las feromonas de la hembra, el macho comienza a cortejarla con rápidos movimientos de los pedipalpos y las patas delanteras (como si temblara) dando pequeños golpes en el suelo para anunciar su presencia. Esto es muy importante, dado que las arañas no tienen buena vista, y dependen de estas vibraciones para decodificar el mensaje.
La hembra abre los colmillos y levanta las patas delanteras como si fuera a atacar, pero el aventurero paraliza los colmillos con sus ganchos tibiales mientras le acaricia el abdomen para calmarla. Luego, con la ayuda de los bulbos introduce el semen en la espermateca de su compañera y finalmente huye para no convertirse en el almuerzo.
Y eso es todo. ¿Vio que no era para tanto? ¿Vio cómo no era tan terr…
¡UN MOMENTO!
Ay dios mío…
Tranquilos, todo el mundo quieto. En cualquier caso es mejor que esta vez hayamos pasado primero. Digo, eso no se debe haber parecido nada a lo de Cárdenas y la señora Osorio.
Y también puede ser que estuviera en el baño, che. No sean tan fatalistas.
Tengan ustedes muy buenas noches.




