
Una pareja discute airadamente en plena vía pública. Para más datos, en un parque. Y uno, que no es de fierro, disfruta de esta oportuna desgracia ajena como lo haría con un buen vino de la ribera del duero, una película de Woody Allen o una porción de pizza con mucha muzzarella, generosa en orégano y aceite de oliva. Sin faina.
No, no digo que siempre disfrute de la desgracia ajena. De más está aclarar que no celebro la aparición de un tumor de intestino, el remate de una propiedad familiar o un injusto procesamiento por asociación ilícita. Estoy hablando de esas pequeñas desgracias cuya única consecuencia acaba siendo el obsequio de un momento embarazoso a los ocasionales testigos. Una anécdota para compartir con amigos en el marco de un asado. Quiero decir, para que los ocasionales testigos compartan con amigos en el marco de un asado. En fin… a eso me refiero, no me embarre la cancha.
A lo nuestro sin más, que hoy si Dios quiere y el viento viene de cola terminamos rapidito.
La estructura de la pareja es la siguiente: un joven de veinticinco años (eso calculo desde el sitio estratégico en el que estoy parapetado), poco agraciado y ampuloso en materia gestual, que de merecer a su lado una criatura magnífica no podría ser otra que un ovejero alemán. Y una señorita, por supuesto. Una criatura magnífica que sin embargo, en un primer análisis, no se parece en nada a un ovejero alemán. Primero porque debe andar por los veintitrés o veinticuatro años (los ovejeros alemanes no viven tanto), y luego porque arranca encendidos aplausos a su paso, y los ovejeros alemanes solo generan esa reacción cuando sus dueños los inscriben en esos torneos que premian cualquier cosa menos los atributos que aquí aplaudimos hasta que nuestras palmas adquieren una tonalidad que oscila entre el rojo furioso y el bordó.
Cuestiona nuestro Romeo. Cuestiona cuando debería agradecer cada segundo, aun en presencia de testigos ocasionales y en su hora más aciaga. Y la señorita se justifica. Se justifica aun cuando debería morderle el antebrazo con furia, como lo haría un ovejero alemán entrenado para obtener ese ansiado trofeo a la obediencia o la fiereza.
Llegamos a un punto en el que se fuerza una explicación que la naturaleza no dudaría en tildar de sobreabundante. Solo la juventud de un Romeo nublado por la desesperación, quizás por la inexperiencia, sería capaz de habilitar semejante escenario.
Confiesa nuestra Julieta. Confiesa eso que usted se imagina, y que nadie en su sano juicio se animaría a cuestionar, sobre todo si tiene las palmas al borde del sangrado de tanto aplaudir. Mate en dos, diría un ajedrecista, anunciando a modo de cortesía el inminente final de la partida.
‘Era clavado, no sé cómo una chica tan bonita podía estar con semejante pajarraco’, susurra una señora mayor que desde hace algunos minutos comparte el banco conmigo sin que me percatara de su presencia.
Asiento y sonrío, pero luego ambos permanecemos en silencio mientras Julieta vomita unas cuántas verdades más en pleno rostro del Romeo inexperto. Ya no en plan de justificación sino en franco ataque, como si de pronto hubiera comprendido el carácter absurdo de su elección de pareja y quisiera redimirse frente a los testigos ocasionales.
El discurso acaba muy rápido, más o menos en los plazos previstos por nuestro ajedrecista. Y punto final. O jaque mate. Cada cual sigue su camino. Romeo con el corazón hecho trizas, y Julieta con una mala ostia que para qué les cuento.
‘Vos sos muy jovencito todavía (muchas gracias señora, la quiero), pero tenés que saber que de vez en cuando el Universo se sacude las pulgas. Se rasca. Se corrige a sí mismo. Se lame sus propias imperfecciones. Las que tiene a mano, las que no son terminales. No puede hacer nada para que un nene etíope no se muera de hambre mientras el hijo de un jeque árabe juega con un avioncito de oro, pero estas cositas tarde o temprano las soluciona. Siempre es así’.
Una reflexión colosal. Yo creo que la figura que habíamos elegido para la ocasión, la del ovejero alemán, habría servido perfectamente para graficar el asunto del rascado de pulgas, pero no se le puede negar el mérito a la señora. Hay que valorar su claridad meridiana, porque no en vano es una señora mayor.
Nos quedamos charlando un rato, cambiando impresiones, a la espera —por cierto vana— de otro regalo del Universo. O de un ovejero alemán que se rasque las pulgas en algún potrero cercano. Al fin y al cabo acabamos de demostrar que una cosa y la otra son casi lo mismo.
Tengan ustedes muy buenas noches.








