Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.
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martes, 1 de noviembre de 2011

UN OVEJERO ALEMÁN

Síntesis del post: Una pareja. Discusión. Desgracias ajenas. Un ovejero alemán. Estructura. Planteo. Desproporción. Una señora mayor. El Universo. Paralelo. Charla final.



Una pareja discute airadamente en plena vía pública. Para más datos, en un parque. Y uno, que no es de fierro, disfruta de esta oportuna desgracia ajena como lo haría con un buen vino de la ribera del duero, una película de Woody Allen o una porción de pizza con mucha muzzarella, generosa en orégano y aceite de oliva. Sin faina.

No, no digo que siempre disfrute de la desgracia ajena. De más está aclarar que no celebro la aparición de un tumor de intestino, el remate de una propiedad familiar o un injusto procesamiento por asociación ilícita. Estoy hablando de esas pequeñas desgracias cuya única consecuencia acaba siendo el obsequio de un momento embarazoso a los ocasionales testigos. Una anécdota para compartir con amigos en el marco de un asado. Quiero decir, para que los ocasionales testigos compartan con amigos en el marco de un asado. En fin… a eso me refiero, no me embarre la cancha.

A lo nuestro sin más, que hoy si Dios quiere y el viento viene de cola terminamos rapidito.

La estructura de la pareja es la siguiente: un joven de veinticinco años (eso calculo desde el sitio estratégico en el que estoy parapetado), poco agraciado y ampuloso en materia gestual, que de merecer a su lado una criatura magnífica no podría ser otra que un ovejero alemán. Y una señorita, por supuesto. Una criatura magnífica que sin embargo, en un primer análisis, no se parece en nada a un ovejero alemán. Primero porque debe andar por los veintitrés o veinticuatro años (los ovejeros alemanes no viven tanto), y luego porque arranca encendidos aplausos a su paso, y los ovejeros alemanes solo generan esa reacción cuando sus dueños los inscriben en esos torneos que premian cualquier cosa menos los atributos que aquí aplaudimos hasta que nuestras palmas adquieren una tonalidad que oscila entre el rojo furioso y el bordó.

Cuestiona nuestro Romeo. Cuestiona cuando debería agradecer cada segundo, aun en presencia de testigos ocasionales y en su hora más aciaga. Y la señorita se justifica. Se justifica aun cuando debería morderle el antebrazo con furia, como lo haría un ovejero alemán entrenado para obtener ese ansiado trofeo a la obediencia o la fiereza.

Llegamos a un punto en el que se fuerza una explicación que la naturaleza no dudaría en tildar de sobreabundante. Solo la juventud de un Romeo nublado por la desesperación, quizás por la inexperiencia, sería capaz de habilitar semejante escenario.

Confiesa nuestra Julieta. Confiesa eso que usted se imagina, y que nadie en su sano juicio se animaría a cuestionar, sobre todo si tiene las palmas al borde del sangrado de tanto aplaudir. Mate en dos, diría un ajedrecista, anunciando a modo de cortesía el inminente final de la partida.

‘Era clavado, no sé cómo una chica tan bonita podía estar con semejante pajarraco’, susurra una señora mayor que desde hace algunos minutos comparte el banco conmigo sin que me percatara de su presencia.

Asiento y sonrío, pero luego ambos permanecemos en silencio mientras Julieta vomita unas cuántas verdades más en pleno rostro del Romeo inexperto. Ya no en plan de justificación sino en franco ataque, como si de pronto hubiera comprendido el carácter absurdo de su elección de pareja y quisiera redimirse frente a los testigos ocasionales.

El discurso acaba muy rápido, más o menos en los plazos previstos por nuestro ajedrecista. Y punto final. O jaque mate. Cada cual sigue su camino. Romeo con el corazón hecho trizas, y Julieta con una mala ostia que para qué les cuento.

‘Vos sos muy jovencito todavía (muchas gracias señora, la quiero), pero tenés que saber que de vez en cuando el Universo se sacude las pulgas. Se rasca. Se corrige a sí mismo. Se lame sus propias imperfecciones. Las que tiene a mano, las que no son terminales. No puede hacer nada para que un nene etíope no se muera de hambre mientras el hijo de un jeque árabe juega con un avioncito de oro, pero estas cositas tarde o temprano las soluciona. Siempre es así’.

Una reflexión colosal. Yo creo que la figura que habíamos elegido para la ocasión, la del ovejero alemán, habría servido perfectamente para graficar el asunto del rascado de pulgas, pero no se le puede negar el mérito a la señora. Hay que valorar su claridad meridiana, porque no en vano es una señora mayor.

Nos quedamos charlando un rato, cambiando impresiones, a la espera —por cierto vana— de otro regalo del Universo. O de un ovejero alemán que se rasque las pulgas en algún potrero cercano. Al fin y al cabo acabamos de demostrar que una cosa y la otra son casi lo mismo.



Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 5 de julio de 2011

OVEJA MARRÓN VERDOSA

Síntesis del post: Discusión entre madre e hija. El Rulo. Oveja marrón verdosa. Movida de ajedrez. Conclusión.

Tenemos esta encendida discusión en la cola de ‘envíos a domicilio’ de un prestigioso supermercado. Protagonizan el triste espectáculo una madre y su hija adolescente. Observa sin discreción alguna una señora regordeta que ocupa el sitio inmediato posterior en la mencionada hilera. Y justo detrás, a una distancia más prudente aunque con la misma ausencia de escrúpulos, yo. O sea, nosotros, dado que en estos últimos tiempos hemos estado yendo a todos lados juntos.

La cosa es más o menos así: La hija quiere realizar un viaje de ochocientos kilómetros junto a su novio al solo efecto de verlo tocar la guitarra el día sábado en un boliche de Villa Carlos Paz, y la madre, obviamente, está en desacuerdo con el plan. Pero no un poco en desacuerdo. Muy en desacuerdo. Del todo en desacuerdo. Con el método, con la oportunidad, con la distancia y –asumo- con la relación en sí misma, que al final del día es la causa inmediata, mediata o remota (eso se puede discutir) del bendito plan que le amarga el rato.

Resulta que el Rulo, o el peludo inútil ese (así lo individualiza su suegra sin pedir permisos ni perdones), toca la guitarra en una banda. Oveja marrón verdosa se hacen llamar, los muchachos. Y no solo toca la guitarra, sino que además canta. De hecho es el alma máter de la agrupación. Y está llamado a ser uno de los grandes íconos de la música nacional de la década en curso. Bueno, está bien, esto último lo agrego yo, pero sería muy útil que la señorita pusiera un poco de énfasis en resaltar las cualidades positivas de su media naranja en vez de seguir embarrando el proyecto con argumentos de dudosa calidad y procedencia. De nada nos sirve saber que no va sola, que Silvana va con ella, ya que a juzgar por el semblante abatido de su madre ni bien escucha la buena nueva, el hecho se parece mucho más a un agravante que a un aval o una garantía.

De cualquier modo debo confesar que a mí ‘Oveja marrón verdosa’ me parece un nombre fantástico. Un derroche de creatividad que insinúa un costado genial del Rulo, aunque la suegra ingrata se niegue a reconocerlo. Un peludo inútil no se descuelga con ese ‘Oveja marrón verdosa’ para bautizar a su banda. Directamente le pone ‘Los prepucios inflamables’, o ‘Rulo y los coconautas’. Sin embargo este muchacho es distinto. Tiene pasta.

La discusión recrudece, un poco gracias a la inflexibilidad de la madre y otro poco a que la adolescente, a todas luces desprovista de un asesoramiento técnico adecuado, continúa agregando apellidos ilustres a su oprobiosa nómina de acompañantes. Definitivamente el Caracol, el Garoto, la Gallega y el Muerto no gozan del prestigio requerido para mantener a buen resguardo la honra de la familia, sino que más bien parecen certificar, con su sola presencia, el destino trágico de la empresa. El hecho resulta más que evidente para la señora regordeta, que alza los ojos y se muerde el labio inferior como implorando al cielo que esta chica pare de echarse tierra encima. Y, de más está la aclaración, también resulta evidente para mí. Para nosotros. Pero no se nos mueve un músculo de la cara. De ningún modo vamos a hacer nada que provoque que se sientan observadas, ya que ello podría frustrar la escalada de violencia tan necesaria a los efectos de este humilde artículo.

‘¡Bueno basta! ¡Ni oveja marrón verdosa ni carnero verde azulado! ¡Mientras vivas en mi casa y con mi plata vas a hacer lo que yo te diga!’

Bien jugado. En ajedrez eso se llama movida obligada. Es cierto que es una maniobra arriesgada porque la nena ya es grandecita, tiene lo suyo y parece caminar por esa delgada cornisa que separa el mamá puedo del portazo definitivo; pero lo dicho, dicho está, y no hay vuelta atrás.

El silencio de la hija parece jugar en contra de aquellos que clamábamos por una lucha en el barro, pero fundamentalmente en contra de los intereses del Rulo, y de Oveja marrón verdosa. No aparece la réplica. No hay un argumento de última hora, un manotazo salvador que la deposite en la ruta.

Y eso es todo. La nena no está madura, damas y caballeros. Le gusta el Rulo, sí, pero no tanto como para cortar el cordón umbilical. No tanto como para provocar un enfrentamiento épico. Tal vez una escaramuza como la que acabamos de presenciar, pero no mucho más. Se sella en este acto no solo el futuro del viaje, sino el de la relación toda. Pasará el Rulo, en un mes o en un año, a lo sumo. Y quedará, quizás, algún disco de Oveja marrón verdosa oculto en un terroso arcón, justo debajo de un conejo de peluche, una rosa seca o un diario íntimo.

Al cabo de unos minutos llegamos por fin a la caja y pagamos. O pago, porque a la hora de sacar la billetera resulta que nadie vino, que soy yo el que imagina personas y cosas.

En fin… peor para ustedes. El sábado pensaba llevarlos a Córdoba para ver el recital de Oveja marrón verdosa, pero ahora se van a tener que conformar con Carnero verde azulado. Mientras sigan viniendo a mi casa y haciéndome pagar las cuentas van a hacer lo que yo les diga.



Tengan ustedes muy buenas noches.

miércoles, 20 de octubre de 2010

UNA PINTURITA

Síntesis del post: Una prima. Un novio. Un artista. Un cuestionario. Una simpatía. Una evasión.



Como es habitual en el devenir de este humilde espacio, hoy me presento ante ustedes resuelto a desarrollar un asunto de la más cruda actualidad. En mi opinión, si uno no aborda los temas que dominan el centro de la escena en un momento dado, si no transita con habilidad los vericuetos de la coyuntura, todo aquello que tenga para decir o para contar acaba perdiendo entidad en la mente del vulgo. Y yo no puedo darme ese lujo.

A lo nuestro entonces.

Resulta que tengo una prima. Bueno, una sola no. En rigor de verdad tengo varias primas, pero la que me importa en esta ocasión es ella. No, tampoco es que las demás no me importen, no tergiverse mis dichos. Lo que quiero expresar –parece que sin demasiado éxito- es que no todas mis primas son relevantes a los fines de este artículo. Más aun, solo una lo es. Por eso comencé el párrafo diciendo que tengo una prima, aunque en rigor de verdad tengo varias. Pero si usted desea creer que tengo una sola, adelante, hágalo. Me viene como anillo al dedo. Porque no sé si le dije que solo una de ellas es relevante a los fines de este artículo. Sin embargo, lo que sí es de vital importancia para el normal desarrollo de estas líneas es que si decide asumir que tengo una sola prima, esa prima sea la que –en efecto- es relevante a los fines de este artículo, y no una de las tantas que no lo son. Aunque ahora que lo pienso, usted no conoce a mis primas. Tendría que ser un individuo condenadamente retorcido para inventarme una prima distinta de la que pretendo transformar, ni bien logre poner fin a esta modesta introducción, en la materia principal de mi análisis.

Medite muy bien lo que va a hacer. Confío en usted.

Ahora sí, a lo nuestro.

Resulta que tengo una prima. Dieciocho años tiene, ella. Y también tiene un novio. Un novio nuevo. El hombre, el imberbe –veinte años tiene-, es pintor. Pero no un pintor de brocha gorda. No. Es un artista. O eso pretende. Y por el simple hecho de serlo, o pretender serlo, es mirado con desconfianza por la plana mayor de su familia política. O sea, mi familia de sangre.

Qué injusticia.

Deseo dejar a salvo mi buen nombre y honor de cualquier cuestionamiento que pueda estar gestándose en la cabeza medieval de alguno de mis lectores. Yo lo miro con buenos ojos. El hombre, el imberbe –veinte años tiene-, es un artista. O pretende serlo. Y yo comparto esa pretensión, aunque en una rama más modesta del arte. Dicen los que saben que combinar palabras es más sencillo que combinar colores, aunque ninguna de estas dos actividades pueda compararse con el arte de combinar notas musicales.

En fin… son puntos de vista. La cuestión es que el imberbe cuenta con mi beneplácito. Debe ser por eso que busca refugio en mi compañía en cada reunión familiar.


- ¿Ya la pintaste desnuda?

- ¿A quién?

- A mi prima. Si no la pintaste desnuda, quiere decir que nunca la viste. O la viste y no la miraste. Y si la miraste y no la pintaste, quiere decir que no sos un artista. Pero sobre todo, que solo te interesa el sexo. Porque no creo que solo hayas mirado. Así que decime, ¿la pintaste o no la pintaste?

- …

- Sí o no.

- No.

- Pero sos un artista.

- Sí.

- Entonces tenés pensado pintarla.

- …

- Sí o no.

- Sí.

- Cuando eso pase, quiero que nunca en tu vida reveles la existencia de ese cuadro. A menos que ya lo hayas pintado y no me lo estés diciendo, cosa que me pondría muy pero muy contento, porque querría decir que entendiste mi punto. En serio… ¿ya lo pintaste?

- …

La cuestión –les decía- es que el imberbe cuenta con mi beneplácito. Lo que no termino de comprender es por qué ahora huye de mí en todas las reuniones familiares.


Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: En breve reanudaré mis visitas por los espacios virtuales amigos y afines. Gracias por la paciencia.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

EL RÚBEN, SUS AMANTES, EL TESTIGO Y EL GOLEADOR

Síntesis del post: Agresión. El Rúben. Título barrial de peso completo. Testigo imparcial. Inoportuna intervención. Futbolista. Conclusión.



La escena que nos ocupa en el día de la fecha transcurre en la vía pública, a las once y media de la noche y delante de dos testigos que no dan crédito a lo que ven. Uno de esos testigos es, como no podía ser de otra manera, este simpático profesional con una marcada tendencia a poner por escrito un significativo porcentaje de los asuntos que le toca presenciar.

Así las cosas, resta aclarar que en virtud de la naturaleza del hecho, sus múltiples aristas y derivaciones, habría sido una picardía retenerlo en la memoria solo para ser presentado en forma de anécdota verbal en alguna tertulia futura. Un desperdicio imperdonable.

A lo nuestro sin más, que tengo miedo de que el entusiasmo me conduzca a extenderme más de la cuenta en el planteo.

Una mujer de unos cuarenta años, rubia y algo pasada de peso aguarda parada en la esquina a que el semáforo la habilite a cruzar la calle. De pronto otra mujer de similar edad, rubia también y algo –bastante- más pasada de peso que ella se arrima a la carrera y la ataca por la retaguardia de la forma más artera. Primero le aplica un sonoro castañazo en la nuca y luego, antes de que alcance a darse vuelta, le sacude el parietal derecho con un certero revoleo de cartera.

“¡La próxima vez que te le acerques al Rúben te pego cuatro tiros en las piernas!”, ruge la agresora mientras su víctima intenta decodificar el cuadro de situación sin perder la vertical.

Ahora tenemos a las dos involucradas cara a cara. Una bufa como un toro con la banderilla clavada en el cerviguillo, y la otra se apresta a devolver gentilezas. Es claro que aquí no hay inocentes. El motivo del ataque ha sido identificado y aceptado como válido, ya que el brillo en los ojos de la agredida parece gritar a los cuatro vientos que a ella el único que la cachetea es el Rúben.

Escena de pugilato en puerta. En la vida existen asuntos cuya delicadeza demanda que sean dirimidos a golpes. No hay palabra capaz de calmar el hervor del espíritu. ¿Quién es uno para mancillar con una intervención inoportuna e injusta su propia condición de testigo imparcial?

Bueno, sí, me quedé mirando cómo las dos gorditas se daban de patadas en la vía pública. Tampoco es para tanto.

Debe ser –al Rúben me refiero- un hombre de excepción, porque sus dos amantes se pegan, se patean, se arañan y se insultan con un fervor digno de elogio. Si alguien hubiera osado cobrarme una entrada para ver este espectáculo, la habría pagado con gusto.

Y a modo de frutilla para este postre delicioso, sorpresas nos da la vida. La que en un principio revestía el carácter de víctima, a pesar de tener el tonelaje y el factor sorpresa manifiestamente en contra, prevalece ahora a base de echarle huevos al asunto, si se me permite la expresión. Madura amigos, madura el knock out, diría el genial Osvaldo Príncipi. Su rival se tambalea con la respiración entrecortada y arrojando manotazos sin destino preciso a la espera del golpe que defina la contienda.

De pronto interviene un señor y domina, no con poco esfuerzo, a nuestra aspirante al título barrial de los pesos completos. El muy canalla. Todo el mundo sabe que un boxeador parado es un boxeador que quiere seguir boxeando, y que un testigo imparcial es aquel que se abstiene de modificar el estado de cosas durante su desarrollo.

Quebrada la magia decido intervenir haciéndome cargo de la derrotada. El Rúben tendrá que esperar unos días para desatar la lujuria, o bien desquitarse con nuestra campeona, que bien se lo ha ganado en el cuadrilátero.

Reconozco al hombre. Es un ex futbolista que jugó en varios clubes nacionales allá por la década del ochenta. Hizo varios goles. Erró un penal en una semifinal de copa. No mucho más. Nuestra acción conjunta restablece la paz en cuestión de minutos, y las mujeres parten en direcciones opuestas profiriendo amenazas no muy atendibles.

El delantero me pregunta por qué peleaban.

“Por la posesión del Rúben”, respondo yo mientras decido si insultarlo o pedirle un autógrafo.

Finalmente lo dejo ir sin hacer lo uno ni lo otro. Su firma no vale gran cosa, y ya lo han insultado demasiado a lo largo de su vida.

Además el precio de la entrada me ha sido devuelto con creces. Boxeo, fútbol y un artículo gratis. Sería imprudente de mi parte pedir algo más.



Tengan ustedes muy buenas noches.

lunes, 10 de mayo de 2010

VICTORIAS DOMINGUERAS

Síntesis del post: Domingo de reposo. Timbre. Extraño pedido. Negativa. Insistencia. Dos victorias.



Creo que más de una vez he mencionado en este espacio que vivo en una planta baja a la calle. Sin embargo en esta ocasión, la diferencia radica en que el dato es imprescindible para el desarrollo del artículo, así que vuelvo a mencionarlo sin temor a ser tildado de anciano desmemoriado.

Decía entonces que vivo en una planta baja a la calle, y el hecho, de más está señalarlo, posee algunas desventajas bastante notorias.

Bien, a lo nuestro entonces.

Es domingo, son las diecinueve horas y quince minutos y alguien me toca el timbre. No es un timbrazo sobrio, acotado en su duración o respetuoso del merecido descanso que suelen disfrutar cualquier domingo aquellos mortales que no se encuentran sometidos a un régimen de esclavitud laboral. Es más bien un sonido alargado e insistente, desprovisto de toda inhibición o vergüenza.

Pienso en la señora Bigud como primera opción. Debe haber olvidado sus llaves. Entonces me acerco hasta el portero eléctrico y pregunto, de muy mala gana, quién es el del dedo pesado.

Para mi sorpresa recibo la siguiente contestación:


“Disculpe señor, soy la vecina del tercero, me olvidé las llaves en la casa de mi mamá… ¿podría abrirme la puerta?”

Vale aclarar que para abrirle debo salir de mi departamento y acercarme –literalmente- hasta la puerta munido de la correspondiente llave, operación que no me seduce para nada, y que además no estoy dispuesto a realizar. Yo no soy el guardián de la garita.

“Disculpe señora, pero en este momento no puedo”, contesto con una fingida amabilidad.

Pero la muy artera pregunta por qué. No conforme con haberse quedado pegada al timbre por más de cinco segundos, pretende que justifique mi decisión sin tomar en cuenta que, a lo mejor, no sería decoroso que entrara en detalles.

“Porque en este preciso instante me encuentro fornicando salvajemente, hecho por el cual mi esbelta figura se pasea desprovista de ropas que la suavicen, y en una predisposición no muy fácil de disfrazar”.

Esto lo pienso pero no lo digo. Primero porque tengo mis pudores. Segundo porque no es cierto. Y tercero porque existe más de una señorita que, basada en la memoria de mis épocas de soltería, podría ironizar un largo rato sobre mi definición de salvajismo. Pongamos por caso, una media hora. Tranquilamente.

Pero sí es cierto me encuentro tendido en la cama en paños menores, viendo cómo cae derrotado –una vez más- el Club Atlético Boca Juniors. Por lo tanto me parece muy injusto que se requiera de mi persona semejante demostración de heroísmo, y encima se tenga la pretensión someter a análisis los motivos de mi negativa.


“Porque acabo de salir de la ducha”.

Esto sí lo digo, y acto seguido interrumpo la comunicación.


Es domingo, son las diecinueve horas y veinte minutos y alguien golpea mi ventana. La del comedor diario. La que da a la calle.


“Disculpe señor… ¿no me pasaría sus llaves para que pueda entrar sin molestarlo?”

Curiosa es la noción que esta simpática señora tiene acerca del momento en el cual una persona comienza a molestar a la otra.

Lo cierto es que no la tengo muy vista. Ni siquiera estoy seguro de que sea vecina mía, y me pone en un compromiso que no quiero asumir.


“No señora, perdóneme pero yo las llaves no se las doy a nadie”, sentencio sin siquiera abrir la persiana. Y otra vez interrumpo la comunicación.

Es domingo, son las diecinueve horas y veinticinco minutos y alguien me toca el timbre. No el de la puerta de calle, sino el de mi departamento. Pongo el ojo en la mirilla y distingo a la inefable señora del tercero.

Comprendo de inmediato que al haber logrado ya su objetivo principal, nada bonito puede surgir de nuestro tercer intercambio en menos de diez minutos. Así que me alejo de la puerta tratando de hacer el menor ruido posible y me refugio en mi dormitorio, donde el Club Atlético Boca Juniors se apresta a poner la frutilla del postre a un fin de semana –para mí- perfecto desde el punto de vista deportivo.

Cuando uno se encuentra en la tranquilidad del hogar, algunas personas son como las inundaciones. Uno nunca quiere que aparezcan, pero cuando lo hacen son absolutamente imposibles de detener. Poco a poco nos van cerrando el cerco, hasta que al final no queda un sitio en el cual refugiarse. Entonces ingresan, se quedan mucho más tiempo de lo deseado, y cuando se retiran no nos dejan absolutamente nada.

La señora insiste un rato. Un rato largo. Y se da por vencida justo en el instante en que el árbitro del partido sentencia la suerte de los muchachos de la ribera.

Dos victorias en un mismo segundo. Teniendo en cuenta que no siempre somos capaces de evitar que nos tape el agua, no es poco el mérito que me asiste.


Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: Arderán en el infierno, sus nucas serán alcanzadas por el filo de la espada flamígera y sus ojos serán extirpados por cuervos de pico corvo. Ese destino aguarda por aquellos ingratos que hoy no concurran a MIB para dar testimonio de su devoción hacia este humilde servidor.

PS2: Quedan ustedes debidamente notificados.

lunes, 3 de mayo de 2010

LAS PALABRAS JUSTAS

Síntesis del post: Domingo de asado. Cálculos fallidos. Intercambios gestuales. Discusiones chinas. Revoleo de artículos. Las palabras justas. Reflexión final.



Domingo por la mañana. El día es soleado y tibio, hecho que deja en evidencia –una vez más- la monumental ineficacia de los muchachos del servicio meteorológico. Entonces aprovecho la circunstancia de haberme levantado temprano y gano la calle decidido a adquirir dos bolsas de carbón en el supermercado chino que está a la vuelta. Flor de asado me voy a mandar. Con todos los chiches. Chorizo, morcilla, chinchulín de cordero, molleja, riñón, asado de tira, vacío y colita de cuadril. Sí señor, somos varios y el precio resulta moderado luego del correspondiente prorrateo.

Cerca de la esquina una señorita realiza denodados esfuerzos para estacionar su vehículo en un sitio que, a todas luces, es más pequeño de lo aconsejable. Mucho más pequeño. Tanto, que la situación adquiere ribetes de comedia.

La miro. Me mira. Le sonrío. Me sonríe. Ensayo un tibio gesto de desaprobación, una leve amonestación gestual. Cortés, es cierto, aunque no exenta de firmeza.

Se aferra al volante y acomoda el espejo retrovisor. Su semblante revela que no está dispuesta a admitir un error en sus cálculos sin antes causar severos daños a la propiedad de otros individuos; por lo tanto sigo mi camino mientras el motor ruge preparándose para lo que está por ocurrir.

Una señora discute con la cajera del supermercado. Pretende pagar dos pesos con cincuenta por un artículo que vale el doble. No sé qué artículo, las bolsas me pesan y deseo que el contrapunto acabe lo más pronto posible. La cajera pasa el código de barras por el lector, y la máquina sentencia que la asiste la razón. La señora no se da por vencida. Muchos chinos se apersonan. La señora los enfrenta. Los chinos mueven las cabezas de lado a lado en plan de refutación. La señora les grita y agita el artículo en cuestión. Los chinos abren los cinco dedos de una mano como invitándola a contarlos. La señora revolea la bolsa (porque ahora veo que es una bolsa) hacia el sector de las góndolas. Los chinos se dispersan. La señora paga por los artículos que no revoleó y el incidente termina. Por fin.

Mi trámite es mucho más veloz, y por cierto más pacífico. No hay contrapunto, así que abono y gano la calle con mis bolsas de carbón a cuestas.

Cerca de la esquina, el as del volante ha descendido del vehículo y lleva a cabo lo que en un primer análisis percibo como un estudio más responsable de las referencias espaciales. Sin embargo, cuando me acerco a su posición comprendo que dicho estudio se encuentra más relacionado con los daños ocasionados durante la osada maniobra. Hay vidrios en el pavimento, y no son de su auto.

La miro. Me mira. Alzo las cejas en señal de resignación. Me dedica una mirada culposa, una suerte de admisión de responsabilidad.

En ese instante pasa la señora que enfrentó a los chinos. Se ve que había ingresado en algún otro negocio ubicado de camino hacia la esquina, de otro modo tendría que haber pasado antes que yo.

“¡¿No ves que ahí no entrás repelotuda?!”, le grita sin abandonar la prisa que trae.

Ahora me siento un poco tonto después de mi inútil jueguito gestual. Ineficaz, como los muchachos del servicio meteorológico.

Hay que ver lo obstinadas que pueden llegar a ser a veces las mujeres. Pero suelen ser mucho más directas que nosotros. De eso no cabe duda.



Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 27 de abril de 2010

PARALELO ARGUMENTAL

Síntesis del post: Elecciones en el CPACF. Campaña opositora. Campaña amorosa. Paralelo argumental.



En el Colegio Público de Abogados de la Capital Federal está todo mal. Muy mal. Al menos eso es lo que me dicen Atilio Alterini, Guillermo Borda y Alberto Spota en las decenas de cartas que mandan a mi correo electrónico en el marco de la campaña para hacerse con el control del mismo. Y yo, oscuro abogaducho no practicante, me siento halagado con semejantes muestras de amistad. Y me tomo el trabajo de leer. Por supuesto. Yo siempre me tomo el trabajo de leer.

Según parece estamos profundamente disconformes con el descalabro institucional reinante en el país, y en el colegio mismo. Echamos chispas. Queremos que esta benemérita entidad que nos agrupa se involucre con las necesidades de la comunidad y apuntale al Estado de Derecho con ojo crítico sobre los poderes públicos y colaboración activa con el quehacer legislativo. No alcanza con proveer masivamente de servicios a los abogados, como hacen hoy en día nuestras autoridades.

Lo que saco en limpio luego de varias semanas dedicado a la lectura de estos correos, es que los mencionados objetivos solo podrán alcanzarse consagrando al Doctor Alterini como presidente del Consejo Directivo, a Nelly Minyersky como vocal titular en el Tribunal de Disciplina y al Doctor Alberto Spota en la Asamblea de Delegados. De otro modo continuaremos sumergidos en este lodo pringoso que nos asfixia sin cesar.

Ay caro Doctor… a cuántos les habrá dicho lo mismo, pienso algo sonrojado en el sillón de mi oficina. Esta misma línea argumental fue la que utilicé yo –en el plano amoroso- para obtener los favores de mi primera novia, y luego me comporté de un modo no muy distinto al de mi antecesor. Más servicios que apuntalamiento y colaboración.

Las elecciones son el veinte de abril. Mejor dicho, fueron el veinte de abril. Y no fui a votar. No porque no tenga respeto por los colegas que me instaron a hacerlo, sino porque, al dejar de lado el ejercicio, no estoy muy empapado de las corrientes internas de la entidad. Pero entretanto me divertí mucho, y eso es algo que debo agradecer a todos los postulantes.

El caso es que la lista oficialista se alzó con el triunfo. Los muchachos del lodo continuarán en el poder, y yo, indirectamente, contribuí para que ello ocurra.

Lo lamento por el Doctor Alterini, a quien valoro como un gran profesional, y que sinceramente no me cae mal. Pero no puedo evitar pensar que este comportamiento, el que yo asumí digo, es el que debió asumir la que luego fue mi primera novia cuando me acerqué a ella por primera vez. Escuchar con atención al principio, divertirse en el mientras tanto y abstenerse al final.



Tengan ustedes muy buenas noches.

lunes, 12 de abril de 2010

BOOK ME

Síntesis del post: Tecnología. Incapacidad manifiesta. Dominio. Arenga.

No es un secreto –porque lo he declarado más de una vez en este espacio- que formo parte de ese selecto grupo que pierde terreno frente a la tecnología con una frecuencia diaria. Los avances que se producen en ese campo me empujan sin remedio hacia una nueva forma de analfabetismo, tanto o más peligrosa que la clásica incapacidad de leer y escribir.

Si bien el tema no me obsesiona, debo admitir que ocupa un sitio más o menos importante en mi cerebro de troglodita, y eso me impulsa a luchar encarnizadamente contra un destino que a priori parece sellado. A veces obtengo pequeñas victorias. A veces sufro derrotas catastróficas. Pero siempre regreso al centro del cuadrilátero, porque como dice un sabio amigo mío, un boxeador parado es un boxeador que quiere seguir boxeando.

El motivo de esta pequeña introducción no es otro que el de anunciar al mundo que he logrado dominar el último avance de la tecnología. Yo solito. Sin ayuda de nadie. Deseo llevar un mensaje de esperanza a los miles de cavernícolas que, como yo, forman parte de un mundo que tiene un pronto destino de museo.

Estimados compañeros de caverna, anímense. Si yo pude, ustedes también pueden.





Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 9 de marzo de 2010

CEBOLLAS EN MI HOUSE

Síntesis del post: Verdulería. Amigo verdulero. Cebollas dudosas. Dr House. Gusano constructor. Derechos violados. Subdivisiones.



Parto raudo hacia la verdulería. En mi casa, el encargado de adquirir los vegetales soy yo. No me pregunten la razón, soy un animal cien por ciento carnívoro, y solo ingiero alimentos de color verde a punta de pistola. Pero las cosas están dadas de esa manera, y no es cuestión de comenzar a indagar sobre los pormenores de una distribución familiar que no hace al fondo de nuestro asunto.

Medio kilo de tomates perita, cuatro hinojos más bien grandes y una lechuga mantecosa. Ese es el pedido habitual, aunque hoy vamos a agregarle medio kilo de cebollas que irán a parar, por partes iguales, a una salsa para los fideos y a la heladera.

Me toca el turno y el muchacho que me atiende casi siempre, que dicho sea de paso es el dueño de la verdulería, completa el pedido casi de memoria. Misión cumplida.

Entro a mi casa, deposito la bolsa sobre la mesada y me dejo caer en el sillón para terminar de ver el capítulo en curso de Dr. House. Porque no sé si están ustedes al tanto de que todos los días veo esa serie. A la misma hora, y por el mismo canal. No veo por qué deberían estarlo, pero lo cierto es que esa es la pura verdad.

De pronto irrumpe mi mujer en el comedor. Porque no sé si están ustedes al tanto de que tengo la tele en el comedor. No veo por qué deberían estarlo, pero lo cierto es que esa es la pura verdad.

“Escuchame salame… ¿no viste que te dieron la mitad de las cebollas podridas? ¿te fijaste mientras las metían en la bolsa? ¿quién te atendió esta vez?”, me dice agitando una de las mencionadas hortalizas, presuntamente en mal estado.

El horror. La verdad es que no me fijé, pero es porque mantengo con el verdulero una relación de mutuo conocimiento que, según mi parecer, me exime de esos menesteres. El hombre me saluda sabiendo muy bien quién soy. Me ve todos los santos días. Siempre me dice “qué hacés pá”. Pá, me dice. Eso no se le dice a cualquiera. Y como si estos fueran pocos pergaminos, una vez me lo encontré en la puerta del colegio de pequeña Yoni y me saludó con efusión, siempre con el correspondiente “Pá” que denota mi rango de cliente y amigo de la casa. Resulta que es el proveedor de vegetales del comedor. Sus productos alimentan a mi hija en doble turno. ¿Qué más se puede pedir en orden al fortalecimiento de la relación?

“Sí, me fijé”, contesto con la vista clavada en la tele.

“Entonces sos un…”

Parece que soy muchas cosas. Ninguna de ellas buena, o al menos rescatable.

Se me coloca frente a la opción de ser yo quien regrese al establecimiento al efecto de la reclamación de derechos, o soportar el oprobio de que otro –otra- los defienda en mi nombre.

Medito un instante que se hace eterno. Son las nueve menos diez, y Dr. House pone su clásica cara de haber resuelto el misterio planteado hace tres cuartos de hora. Me encanta cuando pone esa cara. En rigor de verdad, casi diría que veo la serie por eso. Resulta que el problema no era una infección menor en el intestino delgado. Era cáncer de cerebelo, y es a todas luces incurable. Aplausos para Dr. House.

“Andá vos si querés”, digo con la vista clavada –esta vez- en un gusano que estudia la ley de propiedad horizontal para subdividir la cebolla con los otros gusanos que la habitan.

Escucho el portazo, pero sin prestar demasiada atención.

Mi mujer regresa cuando ya no estoy viendo la tele. Exhibe una bolsa nueva, repleta de cebollas sin subdividir. Al parecer le ha cantado las cuarenta a mi amigo del alma, y lo ha tratado de mentiroso cuando, astutamente, él intentó deslindar la responsabilidad.

“¿Y? ¿qué me decís?”, pregunta a modo de afirmación.

“Era cáncer de cerebelo”, contesto. Porque era cáncer de cerebelo. Y era incurable.


Parto raudo hacia la verdulería. En mi casa, el encargado de adquirir los vegetales soy yo. No me pregunten la razón, soy un animal cien por ciento carnívoro, y solo ingiero alimentos de color verde a punta de pistola. Pero las cosas están dadas de esa manera, y no es cuestión de comenzar a indagar sobre los pormenores de una distribución familiar que no hace al fondo de nuestro asunto.

Medio kilo de tomates perita, cuatro hinojos más bien grandes y una lechuga mantecosa. El pedido habitual.

“¿Vos sos el de la cebolla?”, me dice mi amigo mientras selecciona su mejor material.

“No, yo soy el del cáncer de cerebelo. La de la cebolla es mi mujer”, contesto.

Siempre es mejor tener bien divididos los roles. Y subdividida la propiedad.


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 24 de noviembre de 2009

LA CONSPIRACIÓN DEL COLOR PÚRPURA

Síntesis del post: Pensamiento dual que debía versar sobre la conspiración del color púrpura pero terminó en cualquier cosa, todo ello en una tarde cualquiera de noviembre, lluviosa pero no tanto.




Hablemos un poco sobre este mundo púrpura, mezcla de rojo y de azul, de pasión y sospecha. La idea es comenzar con una frase que sirva de apoyo para nuestras elucubraciones. Por ejemplo:

“En este mundo púrpura…”

A lo nuestro entonces.

“En este mundo, púrpura y fucsia son más o menos la misma cosa. Todo lo que nos rodea son nombres y calificativos de exactitud rigurosa al momento de la enunciación, pero que en la práctica se despojan de esa cualidad con un desparpajo escandaloso.” Esto lo diré yo a modo de introducción.

“Disculpe señor, no quiero arruinarle el desarrollo, pero me siento obligado a señalar que le está sobrando una coma. La consigna que acaba de establecer es “En este mundo púrpura…”, y no “En este mundo, púrpura…”. La verdad es que se lo dejaría pasar, pero como la última vez tampoco respetó su propio plan, me parece que las suyas han dejado de ser simpáticas observaciones para convertirse en solapadas transgresiones. Además, si no se enoja, le hago otra observación (esta vez de mi autoría): El desparpajo no puede ser otra cosa que escandaloso; esa es una de sus condiciones esenciales. Sin escándalo, no hay desparpajo, o como venía usted diciendo, sin el calificativo no podemos emplear el nombre.” Todo esto dirá usted solo para demostrar su inquebrantable voluntad de incordiar.

“A ver amigo, seamos razonables. No podemos voltear el escrito entero por una coma insignificante. Estoy intentando establecer que en este cascote solitario que nos toca habitar, objetos y sucesos se encuentran sometidos sin remedio a las leyes del relativismo. El mundo no es púrpura, sino del color que le asigna aquel que se ocupa de su descripción.” Esto lo diré yo en un intento vano de poner paños fríos.

“¡Mentira! Aquí mismo tengo su declaración del otro día. Usted odia el color púrpura, y por eso le niega el título de color oficial del mundo. Además, basado en vaya a saber qué trauma de su juventud, sospecha del azul y le asigna al rojo un carácter ‘demasiado sexual’. Fíjese que, incluso, en este último caso acaba pidiendo perdón por el simple hecho de pronunciar la palabra. Ni siquiera es capaz de mencionar el sexo sin que la vergüenza le tome por asalto esos mofletes sobrealimentados.” Esto lo dirá usted tratando de ponerme en ridículo en mi propia casa.

“Un momentito, que yo estoy en mi peso ideal. Y en cuanto a lo del sexo, solo hablé de ese modo porque me parece que para colocar determinados temas sobre el tapete, siempre es preferible esgrimir primero una delicada disculpa. Es un tema de educación señor; acá hay señoras y señoritas que no tienen por qué soportar sin previo aviso elucubraciones de ese tenor. Ahora, si me permite, quisiera continuar con lo que estaba diciendo. Desde el principio esto aspiraba a ser un ensayo individual sobre algunas particularidades del color púrpura, pero usted ha logrado desvirtuarlo.” Esto responderé yo buscando excluirlo a usted de este asunto.

“¿No era que iba a hacer referencia a una supuesta conspiración de este colorcito? Si no es así, su ‘Síntesis del post’ no tiene ningún sentido. Además, ahora que lo leo con atención, se habla de un pensamiento dual; o sea, de a dos. Usted y yo. Mi presencia es imprescindible.” Esto objetará usted en un intento desesperado por continuar molestando.

“Bueno, no me había percatado de eso. Entonces solo tengo que idear un título que incluya el color púrpura y lo excluya a usted.” Esto lo diré yo mirándolo fijo.

Y usted hará silencio.

Y algún día yo le contaré algunas cosas acerca de la conspiración del color púrpura.

Pero solo cuando usted madure.


Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: La Candorosa nos ha otorgado un premio que ya pusimos en la vitrina, pero que presentaremos y agradeceremos como corresponde el día viernes.

lunes, 9 de noviembre de 2009

EL COLOR PÚRPURA

Síntesis del post: Pensamiento dual acerca de la conspiración del color púrpura en una noche lluviosa de noviembre.




Creo que odio el color púrpura.

“¿Por qué?”, indagará usted, que si se trata de atacar un juicio ajeno figura siempre en el primer lugar de la fila.

No lo sé, no puedo precisarlo. Si me viera obligado a estudiar su naturaleza con objetividad periodística, diría que lo odio porque es una mezcla de rojo y azul. Y es lógico. El rojo es demasiado pasional, demasiado sexual –con perdón de la palabra-; y el azul me resulta sospechoso.

“¿Pero qué está diciendo insolente? ¿Cómo se atreve a sospechar del color azul?”, reclamará usted con repentinas ínfulas de activista cromático.

Disculpe señor. Yo sospecho de lo que me viene en gana. Y si digo que el azul no es de fiar, usted no es quién para contradecirme.

¿Qué podemos esperar de un color que se atribuye méritos que no le corresponden? El cielo no es azul, y la bandera tampoco. Que el celeste no sea un color primario, no autoriza el atropello. ¿O acaso el mulato es menos persona que el negro? ¿O el mestizo que el indio? ¿O el decorador que el arquitecto?

“Pero hombre… por favor. Trate de analizarlo sin la interferencia de la pasión. Su odio hacia el color azul es un odio derivado. Un aborrecer detrás del ocio. De eso no cabe duda. Su verdadero problema es con el color púrpura. ¿O no lo dijo al principio de este cuento?”. Todo eso dirá usted.

¡No es un cuento, estúpido! Es un ensayo. Una enumeración poético-filosófica de las falencias del color púrpura, que nos mues…

“A ver, a ver. El costado filosófico se lo acepto. ¿Pero qué diablos tiene esto de poético? Acabo de leer todo de nuevo y no me topé con un solo verso”. Esto lo agregará usted abusando con descaro de las libertades que se le otorgan en este espacio.

¡Animal! La poesía no son solo los versos. También está el buen gusto, la delicadeza, la sensibilidad en prosa.

“¡Andá a lavarte las patas! Si no hay rima consonante, o al menos asonante, no hay poema. Preguntale a Alfonsina, a ver qué te dice”, desafiará usted en el colmo de la desfachatez. Y encima tuteándome.

¿Y qué me va a decir? Que el azul del océano la consume… la absorbe.

“¡Ordinario! ¡Tenga un poco de respeto! Está hablando de una poetisa superlativa”, amonestará usted, que jamás tuvo sentido del humor, pero al menos me dejó de tutear.

“Calma señores. Es hora de arrojar un manto de piedad sobre esta discusión”, dirá alguien que no conocemos ni usted ni yo, porque este –no sé si lo sabe- es un blog muy concurrido.

“¿Y usted quién demonios es?”, preguntaré yo, haciéndome cargo de la titularidad de este espacio.

“¿Cómo que quién soy? La sensibilidad del mundo, por supuesto”, responderá el intruso.

“Disculpe, pero usted lo dice como si fuera algo genial. El mundo es una mezcla de rojos y azules, y de eso no puede resultar nada bueno”, diré yo inflando el pecho.

“Estoy con el señor. El mundo es un menjunje de sexo y mentiras. Si arriba de eso nos ponemos sensibles…”, apuntalará usted, que nunca ha sido amigo de sus propias convicciones.

“Si arriba de eso nos ponemos sensibles, no pasa nada. No exagere. Que para eso tenemos un mundo de color púrpura”, corregiré yo, pasándole factura por este contrapunto estúpido.

Cualquier cosa antes que darle la razón a usted en mi propia casa.

Sepaló.


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 28 de julio de 2009

CUARENTA Y OCHO

Síntesis del post: Anciana abusadora. Encendida defensa de derechos propios y ajenos. Anuncio de solución del enigma planteado el jueves último.




Una anciana ingresa a una conocida fiambrería de Caballito justo en el instante en que uno de los empleados canta mi número a viva voz.

Cuarenta y ocho.

El local está repleto de gente que libra una disputa rabiosa por un espacio ínfimo junto al mostrador, suplicando entre dientes que el individuo de turno no se alce –por puro capricho- con la última cucharada de paté casero, la última pieza de salame de Tandil o el último trozo de parmesano. Todos se miran de reojo, ocultando el jadeo de sus respiraciones e intentando burdas y vanas maniobras para tapar con el cuerpo el objeto de su deseo.

Agito mi papelito por encima de varias cabezas torturadas por la envidia y me dispongo a realizar el pedido.

“Disculpe señor, yo tengo el veintidós.”

La sentencia de la anciana nos sume a todos en un silencio contemplativo.

Una señorita –muy bonita ella- la examina con el rostro transfigurado mientras una pareja de mediana edad se entrega a una queja íntima, inaudible para el resto de los presentes. Otro señor resopla y de inmediato comienza a farfullar. Al gordo que está a mi derecha se le escapa una risita nerviosa, y la señora que acaba de pedir se escabulle hacia la caja con un gesto de incredulidad, feliz de que el incidente en puerta ya no podrá tenerla como protagonista.

En menos de diez segundos aflora un amplísimo catálogo de reacciones que sin embargo no se traducen al acto. En cambio todos, absolutamente todos, me miran a mí, que parezco ser el principal afectado por la solapada tentativa de la anciana.

“Mire señora, yo estoy haciendo la cola desde hace veinte minutos, y en ese lapso solo cantaron cinco números… ¿dónde estaba usted?”, le digo en tono respetuoso aunque no ausente de firmeza.

En un arrebato de coraje los demás asienten, pero siempre amparados por lo colectivo del murmullo.

“Ay querido, lo que pasa es que como había mucha gente me fui a la verdulería a comprar la lechuga”, responde la vieja en plan de lamentación.

Y me lo dice justo a mí, que la comida de color verde me produce fobia. A mí, que no como nada que no tenga madre. A mí, que cuando se acerca la hora de la cena caigo presa de furtivas alucinaciones.

“Señora, se tendría que haber quedado a esperar, esto es una falta de respeto a todos los que estamos acá. Encima su número es de color rojo, y la serie que está ahora es de color azul. Ese papelito lo sacó hace más de dos horas.”

Los otros repiten mis palabras en masa, e incluso alcanzan a oírse dos o tres argumentos de corte individual.

La vieja le echa una mirada llorosa al empleado con la artera intención de erigirlo en juez del asunto, pero yo, ni lerdo ni perezoso, le clavo dos ojos furiosos que lo hacen temer por su integridad física.

“Está el muchacho”, concluye acorralado.

La vieja simula indignación, pero ya es víctima del repudio general.

“Señora, yo voy a hacer mi pedido porque creo que usted se quiso pasar de viva, y si alguno de los que viene atrás le quiere ceder su lugar, será una cosa entre ustedes dos.”

Frente a mi repentina declaración de independencia, una auténtica lluvia de semblantes amenazadores cae sobre el gordo que está a mi derecha, que tiene el número cuarenta y nueve. Entonces la anciana se da cuenta de que ha sido derrotada y abandona el establecimiento con la cabeza gacha.

“Así estamos”, desliza la muy caradura.

Sí, así estamos. Con hambre, y cansados de las viejas abusadoras.

Hoy me comí una picadita con varias clases de fiambres, parmesano, gruyere, pan de campo y vino tinto. Y me supo a victoria. Una victoria monumental.



En otro orden de cosas, apenas me ponga de acuerdo con los dos individuos que han participado del delito plural del día jueves (PEQUEÑO DETALLE) voy a revelar la solución. Eso será en el transcurso del día de hoy, y lo haré como una actualización de este artículo, porque si no me la paso metiendo entradas nuevas.

Actualización inmediata: El Señor Bugman acaba de hacer lo que yo no me animé porque me sentía culpable de haberlo hecho responsable por el jueguito ese de mandarlos en un tour obligado por los tres blogs. E hizo muy bien. Me ganó de mano.

La solución es la siguiente: El Señor Bugman hasta la frase "Si no hubiera sido por un pequeño detalle". Luego el que suscribe hasta la frase "... y echó mano a su catalejo". De allí hasta el final, el Señor Briks.

Como verán les ha ido muy bien con sus apuestas. Fueron todas balas que picaron cerca, excepto por la del Señor Pablo, que dio en el blanco con precisión quirúrgica. Creo que hay alguno más, pero en este instante no tengo ganas de revisar.


Tengan ustedes muy buenas noches.