Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.

martes, 27 de noviembre de 2012

UNA TRAGEDIA DOMÉSTICA


Síntesis del post: Una tragedia doméstica. Tarde de domingo. Repentina llovizna. Los habitantes de la pecera. Flor. El elixir salvador. Maniobras de reanimación. Conflicto en puerta. Despedida.


Hoy llego a ustedes con el firme propósito de relatar una tragedia. Una tragedia doméstica. De todos los escenarios en los que se puede situar una narración, entiendo yo que el de la tragedia es —sin duda— el que mayores alternativas ofrece al narrador. Y es que el sufrimiento, cuando es ajeno, se transforma en un material literario de extrema nobleza. Se deja trabajar con mansedumbre. El sinfín de ángulos que ofrece para su abordaje, la vulnerabilidad de los protagonistas y las insospechadas ramificaciones de los hechos que lo provocan conforman un auténtico caldo de cultivo para la más acabada explotación de los recursos de ese escritor que ha pasado uno, dos o tres meses a la caza de una idea o una situación propicia para esos menesteres.

Entonces en eso estamos, estimados, habiéndonos convertido en testigos involuntarios de una pequeña tragedia (una tragedia doméstica), habiendo transcurrido varios días a la caza de una idea y con serias intenciones de llevar a cabo una acabada explotación de esos recursos literarios que, pocos o muchos, son los que tenemos a la mano.

Ahora a lo nuestro sin más, que el tiempo apremia y no existe cuadro que se pinte solo.

La tarde del domingo nos encuentra en casa de amigos. Más precisamente en el jardín. Una familia tipo, como la nuestra. Matrimonio, dos hijos (niño y niña), un perro y el tedio que gana fuerza con el último bocado del almuerzo. Las mujeres toman mate al calor del sol, los niños juegan, gritan y se pelean, los hombres charlan de bueyes perdidos y el perro reposa en un rincón apartado. Todo transcurre dentro de la más absoluta normalidad, como es lógico, como suele ocurrir en cada instante de la vida cotidiana, incluso en aquellos que son previos a aquel otro, el otro instante, el fatídico, el que desencadena la tragedia sin la delicadeza de avisar con la debida antelación. Así es la vida, diría mi abuelita si aún estuviera entre nosotros. Pero como no está, lo digo yo, que para eso, quiero decir, para una situación como la que nos ocupa, he tomado la precaución de memorizar la célebre frase.

Una repentina llovizna nos obliga, a nosotros, a los hombres, a abandonar nuestras cómodas posiciones con el fin de colocar a resguardo del agua los objetos más permeables. Casi en un pestañeo la comida, los cigarrillos y los teléfonos móviles son reubicados sobre la mesa de la cocina, y la tertulia sigue su curso sin mayores inconvenientes.

Con la satisfacción del deber cumplido me dedico a observar la pecera que está sobre la mesada, al lado de la heladera. Un pez de vivos colores (por cierto muy bonito) nada en círculos a unos quince centímetros de profundidad. En el fondo, sobre las piedritas que suelen decorar estos simpáticos recipientes, dos ranas de color blanco permanecen inmóviles, como temiendo ser devoradas por su vecino, pero al mismo tiempo seguras de sí mismas. No mucho más.

Justo en el instante en que estoy por perder la mirada en algún otro sitio menos monótono percibo que la pecera posee un cuarto habitante. Es un pez bastante más grande y colorido que el anterior, aunque un tanto menos vivaz. O mucho menos vivaz. Sí, definitivamente, mucho menos vivaz. De hecho su manera de flotar, entre el vidrio y el tubo del respirador, de costado y a escasos milímetros de la superficie, unida a su respiración, que bien podría calificarse como esporádica aun sin ser un erudito en la materia, permiten inferir que sus asuntos, cualesquiera que sean, no marchan como debieran.

De inmediato paso el parte de la situación al hombre de la casa. Él —seguramente— sabrá lidiar con ella mucho mejor que yo.

El hombre pega la nariz contra el vidrio y desplaza el rostro a lo largo y a lo ancho. Es decir, observa el cuadro desde distintos ángulos; y lo hace en silencio, durante varios segundos. Finalmente, con el dedo índice empuja al pez hacia el fondo —creo yo— con la intención de reanimarlo. El animal desciende algunos centímetros pero casi de inmediato regresa a la superficie, así, flotando medio ladeado y respirando con una frecuencia que ya, sin temor alguno al error, definiremos como inquietante.

‘Mierda, este bicho está medio jodido’ concluye con un rictus de genuina preocupación.

Para ser franco, pienso que tanto el diagnóstico como la maniobra de reanimación estaban perfectamente al alcance de mis conocimientos en la materia, pero bueno, en esos primeros momentos cruciales uno siempre debe dejar actuar al legítimo propietario.

La siguiente decisión consiste en asomarse al jardín y comunicar el estado de cosas a la mujer de la casa.

‘Che, me parece que Flor no anda muy bien’ dice en un tono casi despreocupado.

En estos casos quitar dramatismo a la situación es algo que, por lo menos a mí, me parece fundamental. Ahora sabemos que el bicho en cuestión es en realidad una hembra, se llama Flor, y no está medio jodida, sino que no transita —por así decirlo— su momento más glorioso.

Y aquí es donde comienza nuestra pequeña tragedia doméstica, que no consiste en el hecho frío de la posible muerte de un pez, sino en las circunstancias (hasta ahora desconocidas por todos nosotros) que la rodean.

‘Te dije que no cambiaras el agua de la pecera sin haber comprado antes el anticloro que se acabó el otro día’ sentencia la mujer de la casa con un destello de furia en los ojos.

Esto definitivamente cambia las cosas. La atribución de responsabilidad produce ese efecto, y nunca es sencillo desbaratar los argumentos de quien la realiza.

El hombre ensaya una defensa, la mugre del agua era inconcebible, tenía que proceder aun sin el bendito neutralizador del cloro. Vuelve a pegar la nariz contra el vidrio, extiende el dedo índice y repite la inútil maniobra de reanimación, a mi juicio, ya con una nota de obstinación carente de justificativo, dado que Flor describe la misma parábola que antes, anoticiando (con su poco ortodoxa manera de flotar) de la gravedad del cuadro a la ya de por sí enfurecida señora.

Y cuando las cosas se tuercen, tienen la manía de hacerlo todas a la vez. Irrumpe el hijo mayor del matrimonio y, entre sollozos, declara a viva voz que él le advirtió a su padre, no una ni dos ni tres, sino varias veces más, que cambiando el agua sin agregar el mentado neutralizador de cloro se corrían riesgos inaceptables. Lo hace de buena fe, sin comprender que lo que aquí se discute es algo infinitamente más complejo. Un estilo de vida, una forma de proceder, una actitud hacia el mundo que va mucho más allá de la suerte que pueda correr un pez.

Ahora el barco del jefe de la familia, torpedeado por la ira de una esposa y un preadolescente que habían predicho un día antes el trágico desenlace, se hunde irremediablemente. Acorralado entre los insultos y la posibilidad de que el conflicto ingrese en una fase peligrosa para su físico accede a llamar al teléfono de urgencias del veterinario para conseguir cuanto antes el elixir salvador. Yo, de más está decirlo, ofrezco mi vehículo para completar el procedimiento con la mayor celeridad y eficacia. Es lo menos que puedo hacer en un marco tan delicado.

Diez minutos más tarde estamos de vuelta y sin perder tiempo vertemos la mitad del preciado líquido dentro de la pecera, separando a la infausta Flor en un balde con la otra mitad solo para ella. Durante nuestra ausencia, los mensajes de mi mujer en el celular daban cuenta de un estado crítico, e incluso deslizaban la sospecha de una posible muerte.

Acodados ambos sobre la mesada de la cocina y con la estabilidad del hogar pendiendo de un hilo (por cierto bastante fino), nos dedicamos a observar en silencio los efectos del tratamiento en curso. Sin embargo —justo es hablar con la verdad— la respuesta del paciente es prácticamente nula. Flota de lado con la misma apatía que en la pecera, solo que ahora ya no registra movimientos branquiales y una porción de la cabeza que incluye el ojo derecho se encuentra fuera del agua. Sombrío panorama, si se me permite la opinión.

Durante los siguientes minutos, dos o tres veces logra que refrenemos la comunicación del deceso mediante agónicos movimientos de la boca más asimilables a un espasmo postmortem que a una heroica resurrección. Nos miramos de reojo tratando de que el resto de las personas que están en la casa no perciban el hecho de que nos resulta muy complicado contener la risa, de que no noten que ya hemos aceptado el inevitable final, tan próximo y tan amenazador.

De pronto el hombre (entiendo que cansado o inquieto) intenta una nueva maniobra de resucitación que consiste en tomar a Flor como si fuera un barquito de papel volcado de lado, sacudirla suavemente y enderezarla para que reanude su marcha. Una acción desesperada que yo celebro más por compañerismo que por convicción, ya que ese barquito —continuemos con la metáfora— ha recibido demasiada agua en cubierta.

‘¿Cómo está Flor, papi?’ indaga la hija pequeña no muy al tanto del drama que se desarrolla en esa cocina.

Los ojos de la señora se clavan como puñales en el improvisado médico de cabecera. Flor ha sido declarada muerta hace algunos minutos, y en este preciso momento se están decidiendo los pasos a seguir.

‘Está difícil, pero los otros tres se van a salvar. Mirá las ranitas.’

Mirá las ranitas. Una sentencia lapidaria que solo puede ser recibida de buen grado por una niña de siete años, y es aquí donde mi mujer decide que ha llegado la hora de la retirada para que cada uno de los profesionales intervinientes rinda cuentas frente a la autoridad de turno.

‘Compramos uno chiquitito y que crezca’ me susurra el hombre de la casa tratando de que su sonrisa no delate despreocupación.

‘Sí, seguro’ respondo yo sabiendo que mis palabras son la única muestra de comprensión que recibirá de aquí al final de la jornada. Los niños y la mujer desean darle a Flor una cristiana sepultura en el jardín, pero yo mismo he presenciado el instante en que fue arrojada al inodoro (en el más estricto secreto y bajo severas medidas de seguridad) para evitar la prolongación del sufrimiento. Un último error profesional para colocar la cereza en el postre de una tarde que le será difícil olvidar. Le van a arrancar la pestañas una por una, no cabe la menor duda.

Mientras agito la mano por fuera de la ventanilla del auto en señal de despedida observo la escena por el espejo retrovisor. La mujer y los niños ingresan cabizbajos a la casa, el hombre permanece en la vereda. Agita su mano devolviendo el saludo. Uno chiquitito y que crezca, creo leer en sus labios. Pero ya estoy doblando la esquina.


Tengan ustedes muy buenas noches.

Nota: Escrito dedicado a la Señora Bigud, otra testigo presencial cuyo sentido del humor, morboso al igual que el del autor de estas líneas, se ha visto alimentado de sobra con los ribetes trágicos de esta historia.

jueves, 1 de noviembre de 2012

LO QUE CABE EN UN INSTANTE


Síntesis del post: Irrumpe un gordo. Lo que cabe en un instante. Estoy y no estamos. Procedimiento sugerido. Despojo. La vez que casi muero. Viejo poema. Desenlace.


De pronto irrumpe un gordo de aspecto patibulario, áspero en sus rasgos y maneras. Frota la palma de la mano izquierda en el pantalón, como apagando los sudores, y mira en todas direcciones sin detenerse en ninguna. Está nervioso. Visiblemente nervioso. Ni bien me percato de su presencia arrojo un par de billetes sobre la mesa y me dispongo a llevar a cabo una honrosa retirada. Sé lo que hago. Cuando uno tiene por costumbre la contemplación, la observación minuciosa del universo humano que lo rodea, intuye los problemas un tiempo antes de que se produzcan. Ahora bien, la mayoría de las veces ese tiempo es más que suficiente para evitarlos, pero otras, las menos, es una anticipación que llega en forma de instante, y como bien sabrán ustedes, son muy pocas las cosas que caben en un instante. La toma de una decisión, quizás el impulso de ponerla en práctica, no mucho más.

‘Volvé a tu asiento, morocho.’

Eso me dice el gordo, y yo obedezco sin interponer excepciones de ninguna especie. Lo que me convence de seguir el procedimiento sugerido no es tanto su monumental volumen (que ya sería un argumento más que atendible), sino la Magnum .357 que acaba de extraer de entre sus ropas.

Ah, sepan ustedes que el asunto ocurre en un bar. Lo digo ahora, en medio del relato, porque estoy seguro de no haberlo dicho antes. Supongo que es una desprolijidad motivada por la enorme confusión que suele generar la presencia de un arma de fuego, o por aquello de que en un instante caben muy pocas cosas, sentencia que —por supuesto— también se aplica a las palabras. En cualquier caso da lo mismo, considero que con esta pequeña aclaración la escena ha quedado debidamente planteada.

Ahora a lo nuestro sin más, que todo robo que se precie debe llevarse a cabo sin tantos prolegómenos.

Entonces regresemos al bar en el que estoy. Y digo ‘estoy’, y no ‘estamos’, porque a lo largo del tiempo, a fuerza de escribir tantos artículos, he aprendido que ustedes gustan de la forma plural solo cuando aparecen señoritas de graciosa figura y candorosa actitud. Si en el planteo se cuela un gordo sudoroso con un revólver, entre gallegos te veas y que Dios te coja confesado. Para eso sí que sirven los instantes. Para que huyan los cobardes.

Y hablando del gordo sudoroso, debo señalar que mientras yo les pasaba a ustedes esa modesta factura, él inició su gira recaudatoria por las mesas, por fortuna, justo en el extremo opuesto al que nos encontramos. Mejor dicho, al que yo me encuentro. Hatajo de canallas.

Una anciana extrae una billetera de forma y edad indeterminables y ensaya un heroico regateo. Que déjeme usted unas monedas para el colectivo, que las tarjetas no le sirven para nada, que esa es la foto de mi difunto marido, que la cadenita no vale ni veinte pesos. En fin, pequeñas miserias que afloran aun en las peores circunstancias. El gordo perdona uno o dos ítems, pero le arranca la cadena de un tirón y se traslada a la siguiente mesa. Una joven pareja se despoja de sus pertenencias con suma tranquilidad, celeridad y eficiencia. Entregan todo lo que sirve, conservan lo que por convención no es útil a un malviviente apremiado por el reloj, y a otra cosa sin mediar palabra. El señor trajeado que venía pidiendo la cuenta hacía más de diez minutos introduce en la bolsa su computadora portátil insultando entre dientes (no sé si al gordo o al mozo). Y así prosigue la recorrida, arrojando, por lo que podemos —puedo— observar, resultados bastante jugosos.

Por fin, como era previsible, nos toca el turno. Me toca el turno, ya sé. Siempre cantan el número que uno posee cuando el mismo ha sido otorgado con fines recaudatorios. Y es que —tomen esto como una enseñanza de vida— el sistema nunca se cae si el asunto de fondo consiste en un despojo.

Abro aquí un pequeño paréntesis para hacer un agregado que considero más o menos importante: Lo que también se me olvidó decir al principio de esta humilde pieza, tal vez a causa de alguna de las dos razones expresadas oportunamente, es que hoy vine a contarles sobre aquella vez que casi muero. A ese curioso instante ausente de concreciones (como casi todos los instantes) se dirige mi esfuerzo narrativo, y eso es lo que me dispongo a relatar para dar un cierre.

El gordo entrecierra los ojos y me observa con curiosidad mientras acaricia su barba de cuatro o cinco días. Quizás seis. Sin embargo no acerca la bolsa para que eche mis pertenencias.

‘Vos…’ dice por fin con una nota de fiereza en la voz y en el rostro.

Sí, yo. Yo soy yo, eso está más que claro. Lo que aún no logro determinar es quién es él. Percibo, sí, ese sentimiento tan alejado del afecto que se apodera de su ser. Y no me gusta ni un poquito.

‘Mirá dónde nos viene a juntar la vida, basura. Hijo de una gran puta. Vos tenés la culpa de todo, gil. Vos y todos esos mierdas. Si te habré soñado todo este tiempo. Poné tus cosas en la bolsa, pero desde ya te digo que ni por asomo terminamos acá.’

Todo eso me dice, y ahora sí acerca la bolsa casi repleta a mi posición. Por supuesto que otra vez obedezco el procedimiento sugerido, faltaba más.

‘¿No te acordás de mí, verdad? Igual ya no importa, de esta no te vas a escapar hablando.’

Una pena. Las palabras son la única herramienta que manejo con alguna pericia, no sé si lo dije alguna vez. Sin embargo, con el caño de un revólver apuntando entre mis cejas esa cualidad se torna bastante relativa.

‘Chau puto, todo en la vida se paga, y a vos hoy te tocó perder.’

Con los ojos cerrados y las manos extendidas delante de mi rostro oigo ese clic helado, el giro del tambor que dispone al arma para cumplir su función más primaria. Y en ese instante previo a la coronación de sus intenciones tose y resopla. Me refiero, claro está, al gordo. Tose y resopla de la misma manera que en aquella época, por cierto demasiado lejana.

Sabrán ustedes que en un instante —no sé si lo dije— caben muy pocas cosas. La toma de una decisión, quizás el impulso de ponerla en práctica, no mucho más.

Bien. En esta ocasión el instante es la tos. El resoplido. Mi decisión es un viejo poema. Y el impulso, la puesta en práctica, es recitarlo a viva voz.

A continuación procederé a una transcripción literal del poema, no sin antes pedir disculpas por su insoportable precariedad, por algunos de sus términos y —por qué no— por haber echado mano a un recurso tan bajo. Sepan que en aquella oscura etapa de mi vida yo era más un poeta popular que un purista del idioma.

La pampa tiene el ombú
¡qué concha tiene la lora!
miren todos al puto del tarta
llorando con la directora

Sabrá Dios si lo hago con la peregrina intención de salvar la ropa o por el simple gusto de revolver, en el último segundo, una herida que a todas luces sigue abierta. Pero el impacto de mis palabras —no sé si dije que son la única herramienta de que dispongo— es sencillamente tremendo.

‘Y… y…yo…yo…nnn…no no no…llo…llorab… lloraba pu pu pu puto. ¿pp po por por qué nnnn no no ve ve venían dddde a u u uno?’

A esto sigue la atrocidad del silencio previo a adquirir la certeza de que no será esta la última vuelta en la calesita.

Abro los ojos y me siento en mi silla con el corazón latiendo a un ritmo desaforado. Delante de mí, el tarta Mancionne llora desconsoladamente. Se tapa el rostro con las dos manos, pero emite unos sollozos que parecen ronquidos. En algún momento dejó caer al piso la bolsa y el revólver.

De pronto se da vuelta y corre a los brazos de la anciana de la cadenita, que lo abraza y le acaricia la cabeza con amorosa dedicación. Ya está, ya está, mi corazón, la vida está repleta de crueldades. Eso o algo parecido a eso alcanzo a escuchar mientras recupero el aliento.

El señor trajeado de la computadora portátil se acerca y levanta del piso la bolsa y el revólver. Me apunta.

‘Andate hijo de puta. Andate o te vuelo los sesos’.



Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 16 de octubre de 2012

AMORES MEZQUINOS


Síntesis del post: Dos señoritas. Encuentro fortuito. Amores y mezquindades. Acecho. Reencuentro. Conclusión.


Caminaba yo el otro día por una avenida céntrica de la ciudad de Buenos Aires, pensando, meditando, sumergido en mis asuntos personales o profesionales, cualesquiera que estos fueran, cuando de pronto me crucé con dos señoritas. En rigor de verdad no me crucé, me superaron a paso veloz por el flanco izquierdo, vociferando, gesticulando, sumergidas en sus asuntos personales o profesionales, cualesquiera que ellos fueran. Y ahora que lo pienso con más detenimiento, tampoco me superaron a paso tan veloz. Ocurre que mi desplazamiento en la vía pública suele ser tranquilo, pausado, casi cansino, hecho que provoca que el noventa por ciento de las personas que circulan en mi misma dirección me supere sin mayores inconvenientes, y por cualquiera de los dos flancos.

En cualquier caso el sentido o la velocidad de circulación de los personajes no son relevantes a los fines de este artículo, como tampoco lo es el flanco que eligieron las dos señoritas para llevar a cabo el mencionado adelantamiento, o los asuntos personales o profesionales que cada parte meditaba o exponía, cualesquiera que ellos fueran. En síntesis, nada de lo dicho hasta ahora contribuye demasiado al cuerpo principal del artículo, pero aquellos que me conocen o me leen hace tiempo saben de sobra que no soy muy propenso al abordaje expeditivo del asunto que traigo entre manos. Por lo tanto no veo por qué esta pequeña dilación (yo prefiero la palabra introducción, pero allá ustedes) debería generar sorpresa o acarrear quejas de alguna naturaleza.

En fin… a lo nuestro sin más, que hasta yo, amante confeso de las pausas y los firuletes, me agoto alguna que otra vez del paso cansino.

Tenemos a estas dos señoritas que me adelantan por el flanco izquierdo en la vía pública, y que son importantes no por esa maniobra o por su velocidad de ejecución, sino porque las conozco. O mejor dicho, alguna vez las conocí, o supe tratarlas cuando era joven y hermoso. La primera es una señorita que en aquella época, y por esas mezquindades que alberga el espíritu en las cuestiones sentimentales, yo decía amar y no amaba. La segunda es una señorita que por esas mismas mezquindades sí creía amar, aunque basado en algunas relaciones que se dieron en mi vida mucho después y en circunstancias muy diferentes, hoy puedo afirmar que tampoco amaba. Pero bueno, en ese tiempo no lo sabía. Quiero decir, no sabía que en realidad no amaba. O no sabía que en realidad no amaba en un caso, porque en el otro sí que sabía. Admito que el razonamiento se torna un poco retorcido, pero es que la explicación de cualquier mezquindad espiritual es siempre tortuosa, porque involucra apariencias y realidades entreveradas de manera solapada y con algo de mala fe.

Las dos señoritas son amigas, no sé si lo dije. Eran amigas en aquellos días, y por lo visto lo siguen siendo ahora. Y toca admitir en este punto del desarrollo, para salvar el buen nombre y honor de la segunda señorita, esa que yo creía amar y no amaba, que mis sentimientos hacia ella (cualesquiera que fueran) eran absolutamente secretos. Creía amar pero no decía amar, y entonces no existían entre ellas esas mezquindades espirituales de las que recién hablábamos. Al menos a mis ojos.

Apuro el paso y cambio mi itinerario en función de un acecho que trae consigo solo la voluntad de observar a una prudente distancia. No sé que esperaban ustedes de mí, pero es seguro que estaban equivocados. Los amores del pasado, hayan sido reales, anhelados o fingidos, deben permanecer en el sitio que las circunstancias de la vida les asignaron.

Debo admitir —nobleza obliga— que el paso del tiempo les ha sentado muy bien. Ya cercanas a los cuarenta años (los tres lo estamos), ambas se han convertido en señoritas muy amables. Amables en el sentido del amor que hemos venido tratando de plasmar en estas humildes líneas. No tengo ninguna intención de meterme en el terreno de las descripciones físicas, así que por esta vez van a tener que creer en mi palabra. Son señoritas que uno diría amar y amaría. Sin mezquindades. Son señoritas a las que uno creería amar si las cruzara por la calle, o si lo rebasaran por el flanco izquierdo. No me cabe la menor duda.

El problema en este caso vengo a ser yo, que en estos años he llevado una vida disipada, alejada de las dietas y los gimnasios, para acabar transformado en un señor que ninguna de ellas diría amar en público, aunque intuyo que podrían hacerlo, llegado el caso y siempre secretamente, si me dieran la oportunidad de embarrar la cancha con la única herramienta que me ha quedado en la mochila, que es la palabra. Y no, ahora tampoco pienso ingresar en el terreno de las descripciones físicas. No insistan.

De pronto soy descubierto. Así, sin atenuantes. Estas cosas pasan cuando uno cultiva el arte del acecho. A una de ellas se le cae algo, supongo que una moneda para el colectivo, frena, se da vuelta y al tiempo que se agacha a recogerla me clava la mirada, frunce el ceño, piensa unos instantes y esboza una sonrisa que no me deja escapatoria. Y la escena, por supuesto, termina en el bar de la esquina. Cuando no existen agravios pendientes del pasado, un café y un par de medialunas no acarrean mayores peligros.

Nos toma una media hora ponernos al corriente. Quizás cuarenta minutos. Qué sé yo, el tiempo que usualmente insume resumir una porción de vida. Un momento grato, incluso para un tipo hosco como yo.

Luego la primera señorita, la que en aquella época, allá lejos y hace tiempo, yo decía amar y no amaba, se levanta para ir al baño dejándome unos minutos solo con la segunda señorita, la que en aquella época, allá lejos y hace tiempo, yo creía amar y tampoco amaba.

La miro. Me mira. Le sonrío. Me sonríe. Se forma uno de esos vacíos que solo se llenan hablando del clima. O con alguna mezquindad del espíritu.

‘En realidad yo estaba enamorado de vos’, le digo mientras alzo la mano para que me traigan la cuenta. Las confesiones son mucho más sencillas cuando uno no busca un beneficio o una reparación.

Me mira. La miro. Me sonríe, ahora con más intensidad. Le devuelvo una mueca.

‘Pelotudo’, responde finalmente. Y luego se reanuda el vacío.

Se retiran las dos señoritas luego de saludarme con gran efusión y genuino afecto. Una a la que decía amar y no amaba. Otra a la que creía amar y tampoco amaba. Dos señoritas que hoy en día jamás dirían amarme en público. Aunque intuyo que podrían hacerlo, llegado el caso y siempre secretamente. Aunque intuyo —también— que alguna vez, allá lejos y hace tiempo, las dos lo hicieron.


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 2 de octubre de 2012

EL SECRETO DE SUS OJOS


Síntesis del post: Secretaria fría e impersonal. El señor Carignano no está. Ojos y boca. Poesía y ambigüedad. Espera. Entrevista. Final.


Tenemos a esta secretaria, una señorita fría e impersonal que nos recibe con una mirada desdeñosa. Sus ojos comunican un aburrimiento colosal, el aburrimiento del cual emana todo el aburrimiento del mundo sensible. En otras palabras, la idea platónica de aburrimiento. Son unos ojitos pequeños y estáticos que dicen sin decir que el señor Carignano no está, que el señor Carignano no tenía ninguna cita programada para esta hora tan inhóspita, y que de cualquier modo, siendo una persona importante como en efecto es, la vestimenta más adecuada para lograr una entrevista sería el clásico traje adornado con una sobria corbata al tono y zapatos bien lustrosos.

Es menester señalar que estamos en la oficina del señor Carignano. Una oficina fría e impersonal que combina perfectamente con la señorita que constituye la primera línea de defensa. Digo esto porque, si bien el párrafo anterior aporta suficientes pistas para arribar a esa conclusión, lo cierto es que al no existir una mención clara y concreta, el comienzo de mi exposición resulta un tanto desprolijo. Son los pequeños vicios que afloran cuando uno deja de lado la sana costumbre de escribir semanalmente, no sé si lo dije alguna vez.

En fin… a lo nuestro sin más, que la concentración es el bien más preciado cuando uno intenta retomar el ritmo de trabajo extraviado allá lejos y hace tiempo.

Decíamos entonces que el señor Carignano no está. O decía la secretaria. O los ojos de la secretaria. De cualquier modo el detalle pierde relevancia porque ahora es su boca la que denuncia esa ausencia:

‘El señor Carignano no está’, dice esa boca de un modo mucho menos ambiguo o poético que los ojos, pero con toda la precisión y contundencia que poseen las herramientas adecuadas para una determinada tarea. Es que la boca habla con más propiedad que los ojos, más allá del hecho —justo es decirlo— de que los ojos hablen mucho mejor de lo que la boca mira.

Ensayo un breve interrogatorio protocolar destinado a la averiguación de una serie de datos imprescindibles para tomar una decisión. Si regresa pronto me quedo a esperar, si no, me voy y paso más tarde. En todo caso mañana. No sé. Sin embargo la secretaria fría e impersonal responde con evasivas. Resulta obvio a los ojos de cualquiera (los ojos también son duchos a la hora de leer intenciones) que no desea informar el paradero de su jefe, y mucho menos sus horarios. Sus ojos, solventes en el arte de la palabra ambigua y poética, le revelan a los míos, solventes en el arte de la lectura gestual, que su ser alberga un oscuro e injusto prejuicio en lo profundo del pecho. Asume —lo sé o lo leo— que el señor Carignano, hombre probo, importante, prisionero de una apretada agenda diaria que a ella le toca dirigir, enfundado siempre en su impecable traje italiano y peinado a la gomina no puede necesitar nada de un individuo que se toma el trabajo de viajar hasta su oficina sin cita previa, con su barba desprolija y vestido apenas un poco mejor que un cadete.

‘A lo mejor viene rápido, en todo caso si no te resulta incómodo lo podés esperar’ dice esa boca con infinita crueldad. Y con ella hablan otra vez los ojos, tan burlones y transparentes, poéticos y ambiguos: En todo caso lo podés esperar en ese silloncito. Sí, ese, el chiquitito que está contra la pared. Pueden ser quince minutos o dos horas y media, pero seguramente no tenés nada mejor que hacer. Si te molesta tener que mirar al techo mientras yo trabajo hay dos o tres revistas de hace cuatro años esperándote en la mesita. No es mucho, ya sé, pero es lo que hay. Y disculpame que te tutee, somos casi de la misma edad, qué sé yo. Asumo que no te vas a ofender. Lindas zapatillas.

Todo eso asumen esos ojos pequeños y estáticos. Y asumen mal. Ocurre que el señor Carignano, hombre probo e importante, sí me citó en su oficina a esta inhóspita hora, sí está siendo víctima de un retraso (que no me incomoda en lo absoluto) y sí va a regresar más temprano que tarde porque —y aquí se agrega una alternativa clave que nos obliga a una pausa dramática— sí necesita algo de mí. Algo que no puede esperar a mañana. No importa qué, no hace a los fines de este artículo.

Otro detalle que han pasado por alto esos ojitos, tan solventes en el arte de la palabra ambigua y poética, pero tan endebles para la lectura gestual, es que su dueña se encuentra frente a un oponente que podría catalogarse como complicado cuando lo que se pone a prueba es la resistencia a los silencios prolongados en un medio hostil.

Me siento en mi silloncito (sí, ese chiquito que está contra la pared) pero no me escondo detrás de ninguna revista. En lugar de ello me dedico a observar, no el techo, los cuadros o el paisaje de Buenos Aires que me regala el ventanal a mi izquierda (estamos en un piso veinte) sino a ella. Sin demasiada ostentación, pero sin pausa. Y lo hago porque, primero, más allá de su mala predisposición, es condenadamente bonita. Y segundo porque a esta altura de los acontecimientos ya tengo la absoluta certeza de que será la materia principal del presente artículo, la persona que interrumpirá ese idílico autoexilio virtual que tanto disfruté mientras pude.

Sus ojos, pequeños y estáticos (no sé si lo dije), se posan en los míos por una fracción de segundo, pero al instante buscan refugio en la pantalla de su monitor. Tipea con frenetismo, como si la urgencia de sus asuntos le impidiera sentirse observada. Pero esos ojos hablan. Otra vez. Vos deberías estar leyendo tu revista. O irte. Eso estaría muy bien. El señor Carignano no va a venir, y si viene lo más probable es que te despache con alguna excusa. No quiero que me mires. No me gusta que me mires.

La miro porque merece ser mirada, y porque la tengo que memorizar para describirla más tarde. Mañana. Quizás la semana que viene. Me gusta la forma que eligió para recoger su pelo, con una colita no en el centro de la nuca sino más bien tirada a la derecha. Y me gusta el color, castaño muy claro o rubio medio ceniza. Ojos verdes. Pequeños y estáticos (no sé si lo dije). Labios finos y sin pintar (en rigor de verdad no lleva maquillaje en ninguna zona del rostro). Orejas que no destacan salvo por unos aros tan diminutos que solo se adivinan por el reflejo que producen las lámparas. Y un físico que se insinúa perfecto a pesar de encontrarse bastante defendido por el escritorio.

Sus ojos vuelven a encontrarse con los míos y huyen. Ensaya una sonrisa que devuelvo apenas con una mueca. Repite la maniobra dos o tres veces más, pero sin la sonrisa. Está incómoda. Visiblemente incómoda.

Suena mi teléfono. Atiendo. Estoy esperando en la oficina de un tipo que pidió verme. Necesita que lo ponga en contacto con Alejandro hoy sin falta, pero todavía no vino. Sí, lo espero quince minutos más y me voy. Eso es todo lo que digo. Mentira, no me voy. Pero ella no lo sabe y está aun más incómoda. Podría solucionar las cosas con solo llamarlo al celular, pero ya no puede, no quedaría bien. No lo hizo antes y no lo va a hacer ahora.

Hablan sus ojos: no te vayas. En cinco o diez minutos va a llegar. Sí, podría haber hecho algo más, ya sé. ¿Por qué carajo viniste así vestido? Parecés un estudiante de filosofía y letras. Lindas zapatillas.

Justo cuando me dispongo a provocarle un ataque de nervios parándome para preguntar (solo unos segundos después) dónde está el baño, se abre la puerta e irrumpe el señor Carignano deshaciéndose en disculpas. Me ofrece un café que acepto solo porque sé que no lo va a preparar él y me invita a pasar a su despacho. La reunión insume unos quince minutos y produce un par de resultados muy destacables: se soluciona su problema, y la señorita nos confirma la perfección de su físico cuando ingresa a servir los cafés con su radiante sonrisa.

‘Por suerte pudimos resolver esto’, me dice el señor Carignano mientras pasamos por delante de su secretaria fría e impersonal rumbo a la puerta.

‘Sí, fue una suerte, ella no sabía si usted volvía y estuve a punto de irme’, respondo mientras la miro señalando con mi dedo índice de estudiante de filosofía y letras.

Sus ojos, pequeños y estáticos (no sé si lo dije), se posan en los míos por última vez, pero ahora no huyen.

Hijo de puta.

Eso me dicen —lo sé o lo leo—, con un destello como de fuego. Pero ya no hay tiempo para más.

Al final —todos podemos equivocarnos al momento de evaluar unos ojos— no eran tan ambiguos ni tan poéticos.


Tengan ustedes muy buenas noches.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

EL IMPERIO CONTRAATACA


Síntesis del post: Inminente retorno.



Es inminente el regreso del Sith. Espero que pronto nos estemos leyendo.

Eso es todo.


Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 26 de julio de 2012

NO ES COMO TU TRISTEZA

Síntesis del post: Bares antiguos. Descripción. Un caballero. Tristeza y amargura. Diferencias esenciales. El acto que vinimos a observar.


Me gustan mucho los bares antiguos. Esos bares que hoy en día solo subsisten al sur de la ciudad, atendidos por sus dueños, dos gallegos setentones de camisa celeste gastada por los años que ojean el periódico detrás de la barra mientras vigilan el correcto funcionamiento de la máquina de café. Me gustan esas mesas de patas desparejas, esas sillas de alma crujiente, esos servilleteros de metal con su corazón de resorte encargado de mantener el contenido en una perfecta inmovilidad. Me gustan esas campanas de plástico transparente (generalmente rajado) que albergan tres o cuatro simples de jamón y queso, dos de crudo y tomate y un pebete de milanesa. Esas cajas registradoras y esas botellas terrosas que adornan la vitrina espejada. Me gustan también, o mejor dicho me gustaban, esos ceniceros triangulares de color azul, medio abollados y con una descolorida propaganda de cinzano. Y por supuesto, admiro a los mozos. Cómo no. Esos mozos de carrera que atienden con una servilleta doblada en el antebrazo y toman el pedido con la mirada perdida en el ventanal que da a la avenida Caseros. Tipos que escuchan impasibles el indeciso ir y venir a la carta de los ocho integrantes de una mesa cualquiera y acto seguido realizan una perfecta síntesis sin haber anotado una sola letra: ‘Tóns tenemos dos cafés con leche, tres cortados mitá y mitá, uno con leche fría, dos americanos livianos, cinco medialunas de manteca, dos de grasa, dos tostados mixtos, uno sin mayonesa, un jugo de naranja, un té, doble ración de tostadas, cuatro porciones de manteca, una de crema, dos mermeladas, una pesi y una mineral sin gas.’ Y uno no puede menos que confirmar y confiar, sabiendo que deja el asunto en las manos de un auténtico profesional y no de una señorita de rubia cabellera y nalgas apretadas que masca chicle, anota hasta los buenos días y a todo contesta con un ‘dale’.

Hecha esta pequeña aclaración que describe a la vez un gusto personal y el marco en que se desarrolla el presente artículo, entiendo que es hora de que vayamos a lo nuestro sin más trámite.

Tenemos a este caballero tomando un café en una mesa ubicada sobre el ventanal que da a la avenida Caseros (sí, el mismo que utiliza el mozo para extraviar la mirada). Tiene unos sesenta años, abundante cabellera dominada casi por completo por las canas, ojos claros y barba de cuatro o cinco días. Lleva una campera de cuero negro que no se ha quitado y que, a falta de palabras adecuadas para describir, definiremos como extenuada, unos jeans holgados y zapatillas de marca ignota.

El hombre alza la taza y bebe de a pequeños sorbos mientras observa la cotidianeidad de la avenida como abstraído en sus pensamientos. Su mirada —a diferencia de la del mozo— no se pierde en un punto indeterminado, sino que aborda las diferentes escenas que se producen al aire libre. Está viva más allá del desinterés o la abstracción.

Admito que el cuadro compuesto por el bar antiguo, sus cosas de bar antiguo, este señor y sus cosas de señor agobiado es un poco lúgubre, pero es precisamente eso lo que intenta transmitir esta humilde pieza. Eso es, ni más ni menos, lo que vine a decir. Tenemos un rostro surcado por la amargura, un rostro ilegible si no se tienen los elementos adecuados.

No, la tristeza es otra cosa. No mezclemos los tantos. A ver cómo te lo explico (sí, hoy te voy a tutear) para que me entiendas…

No, no es como tu tristeza. Nada que ver. Definitivamente. No se parece en nada. Tu tristeza es distinta. Es pasajera. Coyuntural. Incluso puede ser metafísica o tener un motivo difícil de determinar. Tu tristeza tiene que ver con el modo en que vos te sentís respecto de tu vida, es tu estado de ánimo en relación a ella o a un hecho concreto que te tocó protagonizar, y por sobre todas las cosas tiene remedio, es subsanable. En cambio la amargura no. La amargura es el modo que tiene la vida para relacionarse con alguien. Es el sabor objetivo de esa porción de vida que te puede tocar en suerte. Amargo, más allá de tu opinión o la mía. Es esa fuerza invisible que te trabaja la frente con martillo y cincel, esas garras que se posan a diario en el borde externo de tus ojos, las mejillas y las comisuras de los labios, tomándose años en el diseño de los surcos. La amargura es la máscara que te pone la vida sin reparar en tu sentir más íntimo, que puede ser, cómo no, esa tristecita de la que me hablabas.

¿Entendés ahora?

La amargura es la muerte, la soledad, el abandono, la miseria. Todo esculpido de un modo genérico en lo profundo del espíritu. Es irremediable, definitiva. Se devora sin masticar al hecho de que el Rolo te haya dejado por tu mejor amiga, o que sientas angustia por no saber si vas a estar a la altura de tu nuevo trabajo. Le importan una mierda tus emociones, así que mejor no me cuentes más nada. La amargura se te instala para siempre y transforma de un modo dramático el significado de cada acto —por más simple que sea— de tu vida cotidiana.

Es por todo lo expuesto que el caballero del ventanal resulta tan relevante para nosotros. Porque expresa en imágenes lo que te acabo de explicar con palabras.

El hombre posa los ojos en el televisor empotrado en la pared del bar. Un bar antiguo, no sé si lo dije. Pasan uno de esos programas de bromas preparadas. Qué sé yo, dos tipos que se disfrazan de policías, esconden el parquímetro que ellos mismos habían colocado y le hacen una multa a un automovilista desprevenido que había depositado su moneda momentos antes. No sé, cosas por el estilo. De pronto se llega al clímax del asunto. El automovilista se desespera, los tipos lo abrazan y finalmente señalan a la cámara al tiempo que aplauden y lo palmean.

Nuestro hombre esboza una leve sonrisa mientras bebe el último sorbo de café. Y eso es todo. Es ese acto y su poderoso contenido poético lo que hemos venido a observar en esta ocasión. Una pequeña joya, si se me permite opinar.

Y no, no es como tu sonrisa. Tiene un significado distinto. No jodas más.



Tengan ustedes muy buenas noches.

miércoles, 18 de julio de 2012

Y ENTONCES AMARTE


Síntesis del post: Motivos de esta larga ausencia. Teoría. Extenso trabajo de campo. Romeo y Julieta. Descripciones. Poesía moderna. Intervención. Estrategia exitosa.


Asumo, así, en tren de imaginar, que en este mismo instante estarán ustedes preguntándose por los motivos que me han mantenido alejado de este humilde rincón virtual. Y en rigor de verdad no se trata solo de asumir: más vale que así sea, que de veras la intriga los mantenga al borde del asiento comiéndose la uñas y releyendo viejos artículos en busca de una pista sobre mi paradero, porque la introducción del presente artículo (cuando no el artículo completo) se encuentra destinada a brindar acabados fundamentos de esa misteriosa, sorpresiva e injusta desaparición. Y como si eso fuera poco, pienso explayarme a gusto y placer. Así que ya lo saben, no son bienvenidas las quejas referidas a la extensión del relato. A llorar al campito.

Ahora aguardamos unos segundos silbando alguna melodía que nos llene el alma para que aquellos que no estén interesados en los motivos de mi ausencia puedan retirarse del recinto.

¿Cómo dice?

No sé, ponga un poco de imaginación, caramba. Puede ser alguna cazonetta napolitana, un aullido de los Wachiturros o un tema de Guns n Roses. Lo mismo da. La cuestión es llenar el tiempo mientras se retiran los aludidos en el párrafo precedente. Y dicho sea de paso, recuerden que no se pone ausente y que en el examen final se toma solo lo que aquí queda escrito.

Bien, ya puede parar de silbar.

Que pare le digo. Basta.

Un amigo me dijo, hace un par de meses y entre copas, que cuando uno presencia el nacimiento de un amor genuino e indestructible mejora ostensiblemente la marcha de sus negocios. En pocas palabras, que le entra más dinero en el bolsillo. Una teoría no exenta de esoterismo, algo de magia y una pizca de superstición, aunque dadas mis circunstancias actuales, el tema se transformó velozmente en una obsesión que me sumergió en una búsqueda ajena a todo parámetro lógico. Confieso que abandoné todos mis asuntos literarios a favor de un trabajo de campo que bien podría no haber acabado jamás. Sin embargo, gracias a mi perseverancia y a una imaginación de características tropicales logré cumplir con mi cometido en un tiempo más o menos aceptable. Dos meses no es poco, pero ciertamente no es una vida. En fin… hoy por hoy puedo afirmar sin temor al error que haberme convertido en testigo presencial de un amor en pañales fue el desafío más complejo que me tocó afrontar a la hora de sentar las bases de un futuro artículo, pero ello encuentra una justa compensación en el resultado obtenido, de por sí extraordinario.

Ahora a lo nuestro sin más, que el camino es largo y el tiempo apremia.

Corren los primeros días del mes de junio y nuestro Romeo es uno de los varios candidatos que tenemos en estudio, aunque la intuición nos indica que bien podría transformarse en la materia principal de ese relato cuyos primeros trazos —un poco a ciegas— ya hemos comenzado a garabatear. Cada mañana lo seguimos (siempre a una prudente distancia) mientras se dirige presuroso a los brazos de su Julieta, que aguarda paciente asomada a un balcón ubicado en el primer piso de un modesto edificio de la calle Guayaquil.

Bueno, para ser franco, su destino final no son justamente esos brazos. En realidad no los conoce más que de vista. Pero sí es cierto que el mencionado balcón le queda de camino hacia la parada del colectivo, y que siempre le dedica algunas loas a la dama.

Es un joven de unos veinte años, mediana estatura, flaco, algo desgarbado y con unos pies insólitamente grandes. No es muy agraciado, es cierto, pero la disposición enmarañada de su cabellera sumada a algunos adornos de los que se cuelgan en las partes blandas y otros que se pintan sobre la piel ayuda a disimular esa desventaja. En síntesis, se puede decir que está en posesión de algún que otro recurso apto para la conquista, aunque no le sobre nada.

En lo referido a Julieta, estimados, el ejercicio descriptivo se torna un poco más áspero, así que daremos comienzo con sus puntos flacos para acabar salvando la ropa con las virtudes más destacables. La niña —porque es una niña— también ronda los veinte años. Sin embargo un macabro conjunto de azares genéticos se ha dado cita en su rostro arrojando un resultado bastante pavoroso. Sin duda heredó los más desafortunados rasgos, las peores características de vaya a saber cuál o cuáles ancestros. Frente cóncava de amplia superficie y una única ceja superpoblada que la atraviesa de parietal a parietal. Los párpados se pliegan sobre los ojos propiamente dichos en la parte exterior, presionando cada globo hasta generar una sensación de estrabismo que en el fondo es solo ilusoria. Sí, parece bizca pero no es. Sigue un desmesurado y ganchudo aparato olfativo, y por último una dentadura equina enmarcada en unos labios finísimos que, lejos de contenerla o atenuarla, la desnudan en toda su dimensión. Todo ello coronado por una cabellera negra, lacia y con flequillo, al mejor estilo Cleopatra.

¿Cómo dice?

Ah, sí, horrorosa. Pero al sur del cogote, estimado, sepa que el asunto cambia en forma bastante radical. Tenemos una figura de celestiales proporciones. Pechos redondos y firmes, de tamaño muy satisfactorio. Caderas moldeadas. Ombligo decorado con alguna clase de brillante, siempre al desnudo. Nalgas demandantes y piernas esculpidas de ingle a tobillo a base de largas horas de gimnasio. Una gema de esas que no requieren de un ojo entrenado para ser apreciadas.

Entonces, decía, nuestro Romeo concurre presuroso (en realidad pasa rumbo a la parada) y esgrime su poesía al pie del balcón. Una poesía moderna, discutible desde la ortodoxia, pero al fin y al cabo efectiva en términos generales. Frases tales como ‘bajá conchuda, y vas a ver’, ‘desde acá abajo te veo las tetas’ o ‘qué bien venimos de ancas’ producen un efecto hipnótico en la aludida dama, y uno no es quién para andar discutiendo la táctica si al final de la jugada la pelota acaba en la red.

Sin embargo pasan los días sin que se produzcan los avances deseados. Deseados por mi bolsillo fatigado. La poesía de nuestro Romeo arranca radiantes sonrisas (¡esa dentadura, por Dios!), pero no va mucho más allá. Julieta no corre escaleras abajo para arrojarse a sus brazos. No hay la más mínima expectativa de un beso. Y por lo tanto no se concreta ese amor que todos (los tres) alentamos en lo profundo del pecho (¡esos pechos, por Dios!).

Corren los últimos días del mes de junio y nuestro Romeo es ya el único candidato en pie. El único elemento con la posibilidad de un amor. Un poco estancada, lo admito, pero viva. Y estos casi treinta días de reflexión detrás de los vidrios polarizados de mi vehículo me han hecho caer en la cuenta de su error, por cierto garrafal. Un error de principiante que se produce, quizás, porque de hecho es un principiante. Y debido a ello es que decido abandonar mi condición de tercero imparcial, de observador foráneo, de espía prescindente. La idea es orientarlo hacia la obtención del resultado para habilitar al mismo tiempo esa milagrosa recuperación patrimonial pronosticada por mi amigo, así, entre copas.

Nuestro Romeo fracasa porque concentra sus elogios en las fortalezas de Julieta, y no en sus carencias. Así de simple. Así de trágico. Si hay algo que ella no necesita son versos dedicados al poder de fuego de sus pechos o aplausos rabiosos a la redondez de sus nalgas. Sabe que los tiene. Sabe que las tiene. Se lo dicen todos los días. Las utiliza a diario para obtener los más variados beneficios en todos los campos. Es ese rostro, ese macabro conjunto de azares genéticos el que requiere apuntalamiento. Y así se lo hago saber.

¿Cómo dice?

No. No pienso contar en este artículo la táctica que utilicé para abordar a mi candidato. Solo le diré que cuando tengo en juego un interés concreto, cuando la situación exige una acción directa, me sé hacer escuchar.

Corren los primeros días del mes de julio y nuestra pequeña historia encuentra un final adecuado a las necesidades de cada parte. Como no podía ser de otra manera, la estrategia puesta en práctica rinde sus frutos. Detrás de los vidrios polarizados de mi vehículo presencio el instante exacto del nacimiento de un amor genuino y —Dios así lo quiera— definitivo. Nuestro Romeo despliega su nueva poesía y Julieta corre a sus brazos escaleras abajo, poniendo fin al tortuoso trabajo de campo desarrollado por este humilde servidor.

Y hasta aquí lo referido a los tórtolos.

Es menester señalar, para aquellos lectores no demasiado afectos al esoterismo, la magia o la superstición, que en los últimos días he llevado a cabo una serie de maniobras laborales y financieras que, increíblemente y gracias a algunas coincidencias bastante llamativas, poseen altísimas probabilidades de encaminar mis asuntos en forma permanente.

Y ahora que alguien se anime a cuestionarme los métodos o los fundamentos.

Salgo con mi amigo (sí, el mismo), y así, entre copas, le describo sucintamente los magníficos resultados que obtuve gracias a su teoría, al tiempo que le expreso un sincero agradecimiento.

Mi amigo me observa y sonríe extrañado. No recuerda haber dicho jamás una cosa por el estilo. Alza la mano y pide otro whisky —esta vez doble y sin hielo— mientras expone una batería de conclusiones que asumo basadas en alguna lectura reciente.

‘Por lo tanto, la energía que emanan algunos minerales que solo se encuentran en la península itálica contribuye a incrementar el atractivo sexual de los hombres solteros’, me dice sin parar de revolver su quinto whisky con el dedo índice.


Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 24 de mayo de 2012

EL HOMBRE IMPERCEPTIBLE


Síntesis del post: Una historia para contar. El hombre imperceptible. Descripción. Olvidos. Lectura. Directiva perentoria. Una historia para contar. Cansancio.


Hoy llego a ustedes con una historia para contar. Pero antes de que alguien apunte —no sin razón— que cuando llego, sin mencionar el hecho de que llego cada vez menos, lo hago en las condiciones que acabo de describir, me apuraré a decir que este relato posee una particularidad que lo diferencia de todos los demás.

‘¿Y cuál es esa particularidad?’ preguntará el caballero al que dejé con las ganas de apuntar algo.

Déjeme continuar, caramba, que después algunos se quejan de que me alargo en los prolegómenos.

Hoy vengo a contarles, pero también a contarme. Esa es la particularidad de la que hablaba recién. En esta ocasión soy un destinatario más del relato, y lo leeré con la misma avidez que cualquier otro lector, un poco por querer enterarme de qué va el asunto (le juro que no lo sé, o que en pocos instantes ya no lo sabré), y otro poco porque este autor escribe exactamente como a mí me gusta.

Ahora a lo nuestro sin más, que tengo la sensación de que alguien se queja de mis prolegómenos. Pero con una razón valedera, no como ustedes, tan propensos al apuro por el apuro mismo.

Estoy en un bar situado en Parque Patricios. Un hombre que no reconozco y que sin embargo comparte la mesa conmigo asegura que acaba de pagarme $300 para que detalle por escrito los pormenores de nuestra entrevista. Reviso mi billetera y confirmo que es cierto, o por lo menos que he salido con más dinero del que pensaba.

El hombre me solicita que haga una descripción física. No dentro de un rato. No mañana. Ahora. En tiempo presente. O ya no podré hacerla jamás.

No puedo explicar el porqué, pero tiene razón. No me cabe la menor duda. Hay algo extraño en su rostro, en su humanidad en general. Hallar las palabras adecuadas para retratarlo resulta un asunto demasiado complejo. Todo en él presenta una curiosa disposición al olvido.

Resulta imposible decir si tiene veinte años o cincuenta. No es muy alto ni muy bajo, ni muy gordo ni muy flaco. No es negro, mestizo ni caucásico. No puede afirmarse que tenga demasiado cabello —es castaño—, pero tampoco que sea calvo. La opacidad de sus ojos ensucia el color, lo torna vago, impreciso hasta el límite de lo tolerable. La nariz, intrascendente, demanda más de una mirada para admitir su existencia y poder describir, tiempo que no poseo en las actuales circunstancias. Finalmente se infiere la vulgaridad de una boca y la síntesis de un mentón. Y eso es todo lo que puedo incluir en esta breve exposición.

'Mi problema —dice una voz que podría ser la de mi hermano, mi suegra o mi contador— es que me deslizo fuera de la mente de las personas con una rapidez esplendorosa. No hay cerebro capaz de aprehender mi entidad, no hay memoria que aprecie la continuidad de mi ser sin volver a foja cero en cuestión de minutos, no hay charla que me permita una pausa para ir al baño.'

‘¿Y usted quién es, por qué me interrumpe mientras escribo?’ le pregunto a un caballero que no reconozco y que sin embargo comparte mi mesa.

El hombre responde que no tiene caso revelar su nombre, pero me pide que anote la pregunta que acabo de hacerle y a continuación relea el texto que tengo frente a mis ojos.

‘Usted es el hombre imperceptible’ afirmo con estupor al acabar la lectura.

El hombre imperceptible sonríe. O tal vez llora. En cualquier caso sus expresiones son tan indescifrables como sus rasgos.

‘El hombre imperceptible, cómo no. Me gusta eso. No me equivoqué con usted. No me arrepiento de haberlo elegido entre tantos otros. Es la primera persona que ha logrado sintetizar mi condición dotándome al mismo tiempo de algo parecido a un nombre.’

El mozo interrumpe la charla y pregunta qué se va a servir ese caballero que no reconozco y que sin embargo comparte mi mesa. Un café con leche y un tostado mixto, responde él mientras me indica que relea el texto que tengo frente a mis ojos.

‘El hombre imperceptible’ murmullo al concluir, intentando disfrazar mi confusión con una torpe sonrisa.

‘Imagine, pues, lo que es mi vida. Ser invisible sin serlo. Pasear eternamente entre desconocidos, repitiendo presentaciones, entablando relaciones circunstanciales, abandonando conquistas en mitad de la noche, justificando inexplicables presencias, anhelando las intimidades más básicas.’

Una bella señorita aborda a un caballero que no reconozco, y que sin embargo comparte mi mesa. Le sonríe, se presta a un breve intercambio de susurros, de labios y oídos, y al cabo de unos minutos escribe una combinación de números en una servilleta. El hombre la despide con ojos amorosos y me indica que relea el texto que tengo frente a mis ojos.

‘El hombre imperceptible’ me digo a mí mismo invadido por una infinita compasión.

‘¿Le gusta la dama? Es mi esposa. Vino conmigo hace menos de dos horas, pero no lo recuerda. Casi siempre nos conocemos de esta manera. Siente por mí esa atracción irrefrenable que usted acaba de atestiguar. Le provoco un impulso, una pulsión que no se modifica en ningún contexto. Nos casamos hace quince años en Las Vegas, y lo curioso es que desde que salimos de mi departamento hacia el aeropuerto hasta que dimos el sí en aquella pequeña capilla en medio del desierto nos conocimos catorce veces. En el taxi, en la cola de migraciones, en el avión, en el casino, en un ascensor, en una esquina, etc.’

De pronto comprendo su tragedia. No puedo hacer demasiado por él. Nadie puede. Siento un impulso, la semilla de un intento que se me escapa. Tomo una servilleta y garabateo algo que pretendo utilizar en algún momento. Algo que ya no significa nada. Algo que no recuerdo.

El mozo interrumpe la charla y pregunta qué se va a servir ese caballero que no reconozco y que sin embargo comparte mi mesa. Nada, responde él con marcada tristeza. Yo ya me iba. Mientras se levanta me indica que relea el texto que tengo frente a mis ojos.

‘Lo único que yo pretendo es dejar alguna constancia de mi paso por este mundo. Una pequeña redención que considero justa. Confío en que usted sabrá presentarme de un modo creíble’ me dice ya caminando en dirección a la puerta.

‘El hombre imperceptible’ repito en medio de la lectura, pero ya me encuentro solo.

Alzo la mano y pido la cuenta. Mientras aguardo juego con una servilleta y descubro que tiene algo escrito. Reconozco mi letra. Es un mensaje que no recuerdo haber escrito. Contiene una directiva. Una directiva perentoria que debo acatar sin cuestionamientos ni dilaciones. Lleva mi firma al pie, y una pequeña marca que solo estampo en los asuntos de vital importancia.

Suelto un billete de cien pesos sobre la mesa y corro a la calle en busca de mi objetivo. Escruto a la gente. Un señor mayor con aspecto de militar retirado, una anciana, un joven de ojos saltones, dos estudiantes, un policía. Nadie que encaje dentro de los curiosos parámetros que me describí.

En la esquina un caballero que podría ser un abogado, un albañil o mi corredor de bolsa se apresta a cruzar la calle de la mano de una bella señorita. Cuando la mente se te ponga en blanco, me digo a mí mismo en la nota.

‘¡Hombre imperceptible!’ le grito a la distancia. Porque es lo que debo hacer. En eso consiste el primer paso de mi directiva perentoria.

El hombre se vuelve y me observa con genuina sorpresa. Petrificado.

Me acerco a paso lento a ese caballero que no reconozco y que sin embargo es el objeto indiscutido de la maniobra que me obligué a ejecutar.

Cuando llego hasta su posición lo abrazo sin mediar palabra. Lo abrazo con el mayor sentimiento del que es capaz un tipo frío como yo. Porque es lo que debo hacer. En eso consiste el segundo paso de mi directiva perentoria.

‘Yo te conozco’ le digo al oído antes de liberarlo. Porque es lo que debo hacer. En eso consiste el paso final de mi directiva perentoria.

El hombre imperceptible sonríe. O tal vez llora. En cualquier caso sus emociones son tan naturales como las de cualquier otra persona.

‘Muchas gracias’ me dice mientras se aleja de la mano de esa bella señorita que ocupaba una mesa cercana a la mía en el bar.

Un caballero que no reconozco y que sin embargo observo con mucha concentración me saluda desde la esquina, al otro lado de la calle. Alzo la mano por educación, no tiene ningún sentido hacerle notar su equívoco.

Ahora a lo nuestro sin más, que hoy llego a ustedes con una historia para contar, y por alguna razón que se me escapa ya me siento cansadísimo.


Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 10 de mayo de 2012

LOS ACTOS DE LOS HOMBRES


Síntesis del post: Los actos. Fundamentos y justificaciones. Desayuno. Señorita inoportuna. Caso práctico. Silencios.

Cuestión previa: A partir de hoy, y debido a los múltiples reclamos recibidos a lo largo de estos años, haremos una serie de ensayos con letra blanca. Si la repercusión es buena, quedará. Si no, no.


Los actos de los hombres se explican por sí mismos, me dijo mi amigo mientras repasaba su barba entrecana con el dedo pulgar. Cuando se torna necesario fundamentar, cuando se incurre en el complejo arte de la justificación, aparece la deshonestidad intelectual en altísimas dosis. Ya desde el instante en que comienzan a describir un hecho, un acto, y aun con la mejor de las intenciones, las palabras traicionan una buena porción de la verdad. ¿Qué se puede esperar entonces cuando son utilizadas para exponer sus motivaciones?

La señorita —inoportuna desde el comienzo de la velada— interrumpe la reflexión con su sonrisa cansada y su bandeja color plata. Café negro y tostadas para él, café con leche y tres medialunas para mí. Dos pequeños vasos con un jugo artificial (asumo que de naranja), una jarra de agua, manteca, mermelada y tres masitas secas que deben tener una semana yendo y viniendo sin mayores distinciones entre la clientela asidua o circunstancial.

Uno —prosigue con los ojos entrecerrados a causa del humo del café— no anda por la vida ensayando una explicación para cada cosa que hace. Si tiene hambre come, si tiene sed bebe, si le gustan esos zapatos los compra, si aquella piba le parece bonita (alza las cejas y mira en dirección a la señorita en conflicto con el sentido de la oportunidad) le propone una revolcada. Y así con todo. O con casi todo. Porque algunas veces la gente pretende que uno exponga los pormenores más íntimos de los mecanismos que lo gobiernan, y eso como condición necesaria para que el acto en cuestión le cierre. Quiero decir, para que resulte aceptable de acuerdo a sus propios parámetros y concepciones.

La señorita, muy bonita ella (no sé si lo dije) aunque un tanto inoportuna (estoy seguro de haberlo dicho), interrumpe la reflexión, esta vez amparada en el protocolo. Sí, está todo bien. No, no queremos nada más. Sí, cualquier cosa te chiflamos. No, el aire acondicionado no nos molesta.

Fundamentar —retoma con la mirada aún perdida en las nalgas de la señorita en retirada— es una forma elegante de mentir. La justificación es un patético intento por suavizar la verdadera naturaleza del acto. Esa deshonestidad intelectual de la que te hablaba hace dos interrupciones. Te amo demasiado. Tanto que no te quiero ver sufrir. Estos ravioles están buenísimos, pero vengo de almorzar en la casa de mi tía. No, no, trae el otro álbum, solo cerré los ojos treinta segundos para descansar.

La señorita, que se revela un poco más bonita con cada nueva intervención, interrumpe por el hecho mismo de interrumpir. Sí, una medialuna más, pero de manteca. No, café todavía tengo. Gracias.

Un acto habla a través de sus consecuencias. El porqué es ni más ni menos que el estado de cosas que se deriva de su producción. Las palabras lo deforman, o en el mejor de los casos lo adornan, pero siempre modificando su esencia. Con ellas se intenta profanar su naturaleza salvaje, dotarlo de un sentido que no siempre está allí para ser expuesto.

La señorita ya no interrumpe, se hace extrañar mientras dialoga con el joven a cargo de la caja registradora. Mantiene la bandeja apretada entre las rodillas y los codos sobre el mostrador, ajena a todo lo que ocurre a sus espaldas. En el fondo es mejor así.

Ensayo una mueca que intenta reflejar mi completa adhesión a sus dichos, aun sabiendo que este pequeño alegato filosófico no agota ni por asomo el desarrollo. Sin embargo permanezco en silencio. Un silencio que invita a la presentación del caso práctico, si es que existiera la necesidad, si es que yo tuviera asunto en algún punto de la trama.

Tengo un pequeño problema doméstico… ¿puedo dormir en tu sofá por unos días? Es hasta que me organice.

Asiento con la cabeza mientras devoro el último trozo de la última medialuna; pero no rompo el silencio. Un silencio que ya no invita, sino que concede. Un silencio infundado, ausente de justificaciones. Un silencio honesto.

En la pantalla del televisor transcurre un compilado de goles de Lionel Messi que todos, empleados y clientes, observamos con sincera admiración. Una anciana aprovecha para hacer defecar a su perro en plena vereda y huye sin limpiar. La señorita nos regala una última interrupción.

Pago la cuenta sin atender la tibia oposición de mi amigo. Y también me hago cargo de la propina, porque esas nalgas merecen un reconocimiento que deseo asegurar.

Suena la alarma de un auto. A lo lejos. Muy a lo lejos.


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 1 de mayo de 2012

FRONTERAS MATEMÁTICAS

Síntesis del post: Hecho verídico. Sábado helado y lluvioso. Caminata. Panadería. Dos con cincuenta. Enigmas matemáticos. Conclusión final.


El hecho que procederé a relatar a continuación, ni bien acabe de explicar que el hecho que procederé a relatar a continuación es absolutamente verídico, es absolutamente verídico. Ocurrió en la mañana del sábado. Ese sábado helado y lluvioso que abrió la puerta de este larguísimo fin de semana regalado por la Divina Providencia.

Decía entonces que salí a caminar. O no, en realidad aún no decía. Pensaba en decir, aquí, donde suelo decir la mayoría de las cosas a las que asigno alguna relevancia, cuando me fuera posible. Pensaba en decir mientras hacía, mientras caminaba, mientras fabricaba mis excusas para decir, mientras paría mi presupuesto necesario, mi justificativo último.

Decía entonces que salí a caminar. Y esta vez sí decía, porque uno, cuando dice, dice lo que ya se ha dicho a sí mismo, lo que ha pensado en decir aun cuando no supiera el cómo, el cuándo o el por qué. Uno evoca aquello que ha poblado sus horas muertas con una modesta cuota de fidelidad, ya que ese pensamiento, ese pensar en decir, produce una transformación que deforma, tergiversa o incluso omite la verdad de los hechos. Y eso es lo maravilloso del dicho. Su enorme ventaja y su esencia.

Bien, a lo nuestro sin más, que de tanto pensar en decir aún no hemos dicho nada.

Decía entonces que salí a caminar. O no. Cuando uno sale a caminar, quiero decir, cuando pone como norte la acción pura y simple de caminar, sale sin rumbo fijo. A la buena de Dios. A la que te criaste, diría mi abuelita. Y yo sí que tenía un rumbo fijo. Yo iba a la panadería. A comprar facturas. El sábado por la mañana, no sé si lo dije.

Decía entonces que salí a la panadería. Y ahora digo que salí en compañía de mi pequeñísima Yoni, cuyos madrugones —al igual que los míos— la hacen víctima —al igual que a mí— del repudio unánime de las otras mujeres de la familia. Del resto de la familia, vamos, hablemos claro. Y también digo que llegué a destino sin experimentar mayores contratiempos en el camino, lo cual no está exento de mérito. Y no digo nada más.

A partir de este momento procederé a relatar en tiempo presente, porque pienso, justo es decirlo, que ese tiempo enriquece más que cualquier otro los relatos. O mejor dicho, mis relatos, que a los efectos prácticos son los únicos que importan en este humilde rincón virtual.

Ingreso a la panadería y me atiende mi señorita preferida. A ver, no piense mal, esta señorita no es de las que usted imagina, esas que presentan atributos sobrecogedores (la elección de la palabra no es azarosa) y son amadas secretamente por buena parte de la clientela. No. Soy muy estricto en estos asuntos. Soy de los que opinan que un peluquero no puede ser calvo, un cirujano no puede usar anteojos y una empleada de panadería no puede ser escuálida. Esta señorita es más bien regordeta, hecho que habla a las claras de la calidad del producto ofrecido al público.

Decía entonces que me atiende mi señorita preferida. Y le pido media docena de facturas por las que habré de de desembolsar catorce pesos exactos. Sin embargo a último momento, tentado por la fiesta visual desplegada sobre el mostrador, me arrepiento y agrego una medialuna de grasa.

Se produce aquí el primer desencuentro. Mi señorita preferida toma la calculadora y multiplica por siete el precio de la unidad, hecho que me produce una profunda conmoción, no por la operación en sí, que es correctísima, sino por el empleo de la mencionada maquinita para obtener el resultado.

‘Son diecisiete con cincuenta’, me dice con esos hoyuelos que se le forman en los mofletes cada vez que sonríe.

De inmediato noto que algo no anda bien y me niego en forma rotunda a realizar semejante desembolso, borrándole la sonrisa de un plumazo y sumiéndola en un tenso desconcierto.

Me mira. La miro. Frunce el ceño. Alzo las cejas. Y finalmente expongo mi argumento sin rodeos.

‘Si la media docena se cobra catorce pesos quiere decir que la medialuna que acabo de agregar vale tres con cincuenta. Si esto es así no me la llevo.’

Me mira. La miro. Frunce el ceño. Alzo las cejas. Y finalmente indago.

‘¿A cuánto está la unidad?’

‘A dos con cincuenta’, responde.

Me mira. La miro. Frunce el ceño. Alzo las cejas. Y se agrega aquí una circunstancia que no logra sino profundizar aun más mi conmoción inicial. Mi señorita preferida toma de nuevo la máquina y digita una operación de máxima complejidad: 14 + 2,5

‘Dieciséis con cincuenta’ corrige satisfecha, sin prestar atención a mi semblante desencajado.

Sin embargo luego decide, casi como un juego, o tal vez una corroboración, multiplicar de nuevo el precio de la unidad por siete. En la calculadora, por supuesto.

Al observar el resultado que arroja la bendita máquina cae víctima del más feroz abatimiento. Diecisiete con cincuenta. Otra vez ese maldito número echando por tierra todo su desarrollo. Otra vez esa diferencia devorando los cimientos de nuestros cálculos previos.

De más está decir que a esta altura de los acontecimientos yo, que no soy ninguna lumbrera pero reconozco que la frontera de la matemática convencional, allí donde el sistema comienza a presentar los enigmas que ocupan a los más prestigiosos técnicos está mucho más allá de las dos primeras decenas, ya he identificado la causa del conflicto, aunque haciendo gala de la bellaquería más despreciable haya decidido callar.

¿Cómo dice?

Ay ay ay… ¿no ve que usted también es un adoquín? La unidad vale 2,50 en tanto y en cuanto uno lleve menos de media docena, o más, pero menos de doce (siempre teniendo en cuenta que hasta la sexta los catorce pesos son inamovibles). Si no vale 2,33. Por eso le conviene llevar seis y no cinco. O doce y no once. Ese es el oscuro artilugio de las panaderías que subsisten con lo justo.

En fin… sigamos con lo nuestro.

Una segunda señorita concurre al rescate. Los hechos se precipitan. Mi señorita preferida repite la última operación en tres oportunidades. Siempre, por supuesto, con el mismo oprobioso resultado. Diecisiete con cincuenta. Y es aquí donde surge la más fantástica de las conclusiones. Esa conclusión que yo no imaginaba ni en la más delirante de mis conjeturas.

‘¿Ves? La calculadora anda mal, hay que comprar otra’ sentencia ella mientras la rescatista —lo juro sobre el libro que se me indique— convalida revoleando los ojos, como si estuviera harta de la rebelión de las máquinas.

‘Son dieciséis con cincuenta’ me dicen a coro, una con esos hoyuelos que se le forman en los mofletes cada vez que sonríe, y la otra con una sonrisa lisa, sin hoyuelos.

Mi pequeñísima Yoni sonríe por mí. A ella también se le forman hoyuelos.

En cuanto a mi sonrisa y mis hoyuelos, admito que existen, aunque solo internamente. Siete facturas por dieciséis con cincuenta. Y el artículo viene gratis.

Más no puedo pedir.


Tengan ustedes muy buenas noches.

miércoles, 11 de abril de 2012

YO ESCRIBO

Síntesis del post: Artículo completo según el compromiso asumido oportunamente.

Toda persona, física o jurídica, todo ente, toda agrupación, todo emprendimiento o empresa posee siempre una actividad que la define. Es decir, una actividad que contribuye de un modo decisivo a delinear el ser esencial, esa singularidad tan necesaria para no fundirse en un mundo de homogeneidad.

Jesús te ama. Perón cumple. Evita dignifica. Néstor vive. Clarín miente. Rodríguez la reta. La corrupción mata. Carlos Sacán garantiza. Todos pueden —podemos— ser resumidos a través de una actividad. Con justicia o sin ella, ese es otro tema.

Pues bien, yo escribo. Esa es la actividad que me define de cara al mundo que me rodea. Combino palabras en orden a la representación de una idea. O a veces solo las combino así, sin otro objetivo más que la estética pura, que en sí misma también puede atraer al lector si está bien trabajada. Sin embargo esas palabras, mis palabras, son siempre simples. No importa si persigo la representación de una idea igualmente simple, una idea compleja o un desarrollo estético e insustancial. El asunto pasa por evitarle al público la molestia de tener que recurrir a los subtítulos, pero sin resignar los modestos recursos que uno posee.

En fin… a lo nuestro sin más.

El otro día estaba yo escribiendo en un bar. Combinando palabras a desgano. Disfrazando la nada con algunas fórmulas que de tanto repetir ya utilizo de memoria. Y de pronto se me acercó una señorita.

‘Se te fueron las letras, escritor. Lo noto en tu carita triste, en tu mirada perdida, en tus dedos pintados de duda. Se te fueron las letras, escritor. De otro modo me habrías descrito mientras me acercaba. Habrías hablado de mis ojos verdes sin apelar a las esmeraldas. Habrías dibujado mis curvas con finos trazos. Habrías revelado tu inflamación sin ninguna cita vulgar. Se te fueron las letras, escritor.’

Todo eso me dijo. Y ni siquiera se presentó.

‘¿Quién eres?’ pregunté yo con aire teatral, empleando —como puede verse— un castellano más puro que el habitual.

‘Eso no es importante. Se te fueron las letras, escritor. Lo noto en tus estudiados ritos, en tu súbita perplejidad. De otro modo me habrías dado un nombre. Habrías inventado mis lunares a tu gusto. Habrías decorado esta escena con los muebles adecuados. Se te fueron las letras, escritor. De otro modo habrías intuido un desenlace. Te habrías enamorado. Me habrías enamorado.’

‘El amor —respondí con sequedad— no es más que un rebenque insidioso en la grupa de la curiosidad, una costumbre con pretensiones, una pulsión ultrajada por la poesía.’

En ningún momento ella intentó disimular su sorpresa, aunque impuso un pequeño silencio —asumo— para recomponer el discurso.

‘¿Cómo podrías conmover con un texto sin creer en el amor, escritor?’ preguntó al fin.

‘Ocurre que yo creo en el amor, mujer. Solo le puse un marco. Hice una descripción, y el hecho de que a usted no la satisfaga no la convierte en negación. ¿Cómo podría conmover con un texto si no soy capaz de hacerme entender, aun en la simpleza de mis palabras?’

En este punto acusó el golpe y decidió un contraataque, tal vez espoleada por mi desmesura.

‘Es que tus letras de hoy son ásperas, escritor. Y forman palabras duras. ¿Es que no te gusto? ¿Es que soy tanto menos que las otras señoritas que pululan en tus relatos? ¿Es que acaso no merezco —yo también— un halago, una caricia o un suspiro?’

Arrancar esa queja, ese lamento tan sincero, no me hizo sentir orgulloso. No me pareció justo ni prudente insistir en el desaire.

‘Quizás me traicionó el mal humor, mujer. Le ofrezco una sincera disculpa. No estoy acostumbrado a interactuar con las señoritas de mis relatos. Más bien las observo en silencio, las deseo secretamente. Usted trajo a la mesa una verdad incontrastable, y yo no la supe manejar. Se me fueron las letras, es cierto. Y convivo con la incómoda sospecha de que ya no tengo más nada que decir, que mi obra está completa.’

‘Tu obra, escritor, todavía no comenzó.’

Dijo esto apoyando su mano blanquísima sobre la mía. Y de pronto fue consuelo y fue revelación. Fue mujer y fue musa. Fue inspiración y fue letra.

‘Ahora, escritor, dado que el amor en los términos que yo lo concibo es imposible entre nosotros, quiero que me inventes un novio. Uno que me ame a mi manera. Ya te di todo lo que podía darte, y quiero que me dejes ir.’

Entonces comprendí que le debía eso y mucho más. Coloqué la palma de mi mano libre debajo de su mentón y acaricié su mejilla con el pulgar, rozando delicadamente un pequeño lunar ubicado a milímetros de la nariz, perdiéndome un rato dentro de esos ojos que por capricho jamás describí.

En ese instante apareció un caballero. Un inmenso caballero que, tomándome de las solapas, reveló su vínculo con la señorita y me explicó la inconveniencia de mi inocente gesto.

Acorralado por la situación y molesto por los insultos ensayé una defensa. Discutimos, forcejeamos, proferimos horrendas amenazas. Finalmente conecté un puño. Y luego un segundo. Y un tercero. Y siguieron más. Todos certeros. Todos en pleno rostro. Hasta que huyó. Observé inmóvil su desenfrenada carrera, su juramento de venganza y su sangrado profuso. Luego regresé a mi asiento.

‘¿Te das cuenta, escritor? Ya me inventaste un lunar a tu gusto y un novio sin futuro. Ahora solo falta que me des un nombre.’

‘Esmeralda, tu nombre es Esmeralda’ bauticé con ironía.

‘Te volvieron las letras, escritor. Lo noto en tus ojitos picantes, en tu urgencia serena, en tus celos de enamorado. Sí que te volvieron las letras, escritor. Y ahora toca que escribas.’

Dicho esto alzó su mano (blanquísima, no sé si lo dije), pidió un café con leche y volvió la mirada hacia la ventana, dejándose contemplar.

Mientras tanto yo escribo.


Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: En breve reanudaré mis visitas por los espacios virtuales amigos y afines.

viernes, 30 de marzo de 2012

ELIGE TU PROPIA AVENTURA

Síntesis del post: Elige tu propia aventura. Dos artículos incompletos. Una elección. Una promesa.

Cuestión previa: Estoy intentando responder los últimos comentarios sobre el PG, pero el señor Blogger no me lo permite. De cualquier modo el mismo ha sido aprobado con mayoría suficiente, aunque no abrumadora.

Hoy llego a ustedes con una propuesta. Un pequeño ejercicio que les proporcionará algo de entretenimiento y al mismo tiempo ayudará a mantener activo este humilde rincón virtual.

Bien, el asunto es bastante sencillo. En estos días escribí dos artículos. O mejor dicho, dos introducciones que no he sabido (podido o querido) resolver y ningún artículo. Una de estas introducciones verá la luz al final del túnel en el corto plazo, la otra será descartada sin remedio. La idea, por supuesto, es que sean ustedes los que tomen esa difícil decisión. Solo tienen que expresar su voto en el comentario. Yo prometo terminar lo que empecé.

Muchas gracias.

Ahora a lo nuestro sin más.

Introducción 1:

POR AHORA SIN TÍTULO

Hoy, estimados —sepan que de vez en cuando esto ocurre—, nos toca ponernos serios. Llego a ustedes con tanto para decir que no sé por dónde comenzar. O sí, sé. Quiero comenzar con una confesión: no tengo tanto para decir. En rigor de verdad no tengo nada. Nada de nada. Y no me resulta demasiado claro si esta particular circunstancia amerita que nos pongamos serios, que soltemos una batería de carcajadas melodramáticas o que saquemos de algún bolsillo una baraja española y armemos un partido de truco. Ojo, yo al truco soy casi imbatible. Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Y no se me nota en la cara.

Decía entonces que nos toca ponernos serios, pero lo hice solo para captar la atención de los incautos. En esta penosa ocasión me han caído en las manos un cuatro, un cinco y un seis. Todos de distinto palo. Así que no queda más que apelar al viejo y conocido arte de la improvisación. Aparentar que uno trae a la mesa un asunto de la mayor importancia en orden a lograr un tenso silencio, esa coyuntura necesaria para sumar renglones y acabar construyendo un artículo más cercano a la estafa que a la obra de arte.

Envido.

No, perdón. Me entusiasmé.

A lo nuestro sin más, eso quería decir.

Una vez, al filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido, inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia, cabeceando, casi dormido, oyose de súbito un leve golpe, como si suavemente tocaran, tocaran a la puerta de mi cuarto. ‘Es —dije musitando— un visitante tocando quedo a la puerta de mi cuarto. Eso es todo, y nada más.’

Sin embargo estaba equivocado.



Introducción 2:

YO ESCRIBO

Toda persona, física o jurídica, todo ente, toda agrupación, todo emprendimiento o empresa posee siempre una actividad que la define. Es decir, una actividad que contribuye de un modo decisivo a delinear el ser esencial, esa singularidad tan necesaria para no fundirse en un mundo de homogeneidad.

Jesús te ama. Perón cumple. Evita dignifica. Néstor vive. Clarín miente. Rodríguez la reta. La corrupción mata. Carlos Sacán garantiza. Todos pueden —podemos— ser resumidos a través de una actividad. Con justicia o sin ella, ese es otro tema.

Pues bien, yo escribo. Esa es la actividad que me define de cara al mundo que me rodea. Combino palabras en orden a la representación de una idea. O a veces solo las combino así, sin otro objetivo más que la estética pura, que en sí misma también puede atraer al lector si está bien trabajada. Sin embargo esas palabras, mis palabras, son siempre simples. No importa si persigo la representación de una idea igualmente simple, una idea compleja o un desarrollo estético e insustancial. El asunto pasa por evitarle al público la molestia de tener que recurrir a los subtítulos, pero sin resignar los modestos recursos que uno posee.

En fin… a lo nuestro sin más.

El otro día estaba yo escribiendo en un bar. Combinando palabras a desgano. Disfrazando la nada con algunas fórmulas que de tanto repetir ya utilizo de memoria. Y de pronto se me acercó una señorita.

‘Se te fueron las letras, escritor. Lo noto en tu carita triste, en tu mirada perdida, en tus dedos pintados de duda. Se te fueron las letras, escritor. De otro modo me habrías descrito mientras me acercaba. Habrías hablado de mis ojos verdes sin apelar a las esmeraldas. Habrías dibujado mis curvas con finos trazos. Habrías revelado tu inflamación sin ninguna cita vulgar. Se te fueron las letras, escritor.’

Todo eso me dijo.


Hasta aquí el fruto de mi trabajo. Los escucho.

Y ahora me voy contento, porque es viernes. Y los viernes yo almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.


Tengan ustedes un extensísimo fin de semana.

viernes, 23 de marzo de 2012

POTENTE GEN 2012 Y GALARDÓN


Síntesis del post: Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo a veces subo un Potente Gen. Cuestión previa. Galardón y cuestionario final.

Cuestión previa: Eleanor Rigby (cuyo blog los insto a visitar), nublado el juicio por el alcohol, las drogas o la ingesta de alimentos en mal estado, me ha otorgado un galardón que acepto gustoso y agradezco con efusión. El mismo incluye un simpático cuestionario que me ocuparé de responder al final del presente artículo, para que puedan ustedes fijar su atención (bastante dispersa por cierto), no en mis usos y costumbres, que no son nada del otro mundo, sino en la apertura de la temporada 2012 de Potente Gen, sección estrella de este humilde rincón virtual.

‘Pero si aún no hemos elegido al campeón de la temporada 2011’, exclamará usted, que no es amigo de embarcarse en nuevas aventuras sin haber cerrado las viejas.

‘Es cierto, estoy en deuda, pero uno de estos viernes me pondré al día’, responderé yo. Y le echaré una mirada furibunda.

Y ahora a lo nuestro sin más:



¡MUCHAS GRACIAS ELEANOR RIGBY!


POTENTE GEN 2012

Procederé a inaugurar la presente temporada con un exponente que pide a gritos la polémica. Una pareja de hermanos daneses, futbolistas ellos.

Confío en el ojo entrenado de mis incondicionales para superar esta difícil prueba. Al mismo tiempo repudio de antemano a mis históricos detractores e insto a sumarse a mis filas a los abstencionistas consuetudinarios. Será necesario el esfuerzo de todos.


Gen Laudrup

Brian, hermano menor (izq). Michael, hermano mayor (der).

Michael adelante, Brian de fondo.

Lo sé, son pocas fotos, pero creo que está muy bien para arrancar el año.

Los escucho.

Pueden tomarse algunos minutos para emitir su veredicto, no hay ningún apuro. Mientras tanto yo responderé el cuestionario que vino junto con el galardón.



Hábitos extraños:

No tengo hábitos extraños. Todos ellos me resultan de lo más familiares. Tal vez, quizás, podría ser, una manía digo, eso de poner en el vaso un número par de hielos. De esas tengo media centena, aunque no pienso enumerar.

Test:

Serie más reciente a la que te has enganchado: The Big Bang Theory.

Un capricho cumplido: Desayunar asado del día anterior con nesquik. Una porquería.

Un objeto de deseo: Muchos. No sé, una Ferrari por ejemplo.

Un sabor: Vino Rioja.

Una fruta: Banana.

Un lugar para visitar: España. Toda.

Una ciudad: Montevideo.

Un lugar para enamorarse: Ninguno.

Una isla: La aeroisla.

Un plan para un domingo de otoño: Comer bien y tomar bien. Como todos los demás días de todas las demás estaciones.

Una cadena de TV: Ninguna.

Lo mejor de la TV: Supongo que los deportes.

La última canción que se instaló en tu cabeza: No lo recuerdo.

Una actriz: China Zorrilla.

Un actor: Ricardo Darín.

Una revista: No sé. Condorito.

Un sueño: Llegar con vida a la próxima media hora.

Último vicio: El whisky. Siempre el whisky.

Mi postre favorito: Sambayón con nueces.

Lo que me molesta: El ruido. La tertulia innecesaria.

Mayor fobia: Las cucarachas.

Actitud de todos los días: La de siempre. Soy pesimista, un poco por instinto y otro poco por elección.

Color favorito: Negro.

Animal favorito: Tigre de Tasmania.

Número favorito: 5

Perfume que estoy usando: Yoni.

Día de la semana favorito: Supongo que viernes.

Mi pasión: Escribir.



Aquí llega el momento en que debo pasar el galardón a otros, pero no lo haré. Y tampoco daré explicaciones.

Ahora me voy contento, porque es viernes. Y los viernes yo almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.



Tengan ustedes un otoñal fin de semana.

martes, 13 de marzo de 2012

ABORDAJES

Síntesis del post: La cola del pollo. Un abordaje. Un anciano. Tiempos pasados. Reflexiones. Una señorita. Refutaciones. Un vínculo sanguíneo. Condimentos.



Me aborda un anciano. En la cola del pollo me aborda. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados. Por ejemplo, milanesas. Comunes o provenzal, aunque yo las prefiero provenzal, así que casi nunca elijo las otras. De cualquier modo no creo que a usted le interese demasiado este dato, así que a lo nuestro sin más, que yo tampoco lo quiero hurgando en mis costumbres gastronómicas.

Decía entonces que me aborda un anciano. Para charlar. Para pasar un rato sin tener que escuchar esas voces internas que en su caso, el de los ancianos digo, deben dar vueltas siempre alrededor del mismo tema, el asunto ese de la muerte, del fin de la vida y sus posibles implicancias. La inminencia de lo inminente, que a raíz de esa doble condición logrará —infiero— sumir cualquier otra idea en una opacidad irremediable. Supongo que es esa, y no otra, la razón que los impulsa a llevar a cabo esos abordajes tan frontales, tan veloces, tan ajenos al protocolo que debería regir entre dos completos desconocidos. La noción de que no hay tiempo que perder, la obediencia a ese mandato de transmisión que en el marco de esa misma urgencia sabotea el diálogo a la vez que promueve un monólogo cerrado e inatacable.

La charla —o la exposición— transcurre por los carriles habituales para esta clase de situaciones. Según entiendo, en otro tiempo, en otra época u otra era, las personas eran más amables, los vendedores más solícitos, los políticos más honestos, las mujeres más bellas, los niños más educados, los estudiantes más cultos, los muebles más duraderos, los veranos más frescos, las calles más seguras, las frutas más jugosas, los edificios más sólidos y los pollos más gordos.

Todo tiempo pasado fue mejor, expresa el saber popular; y sin embargo resulta imposible discernir si lidiamos aquí con una malsana nostalgia carente de fundamento, o con una triste y lapidaria verdad. Se me ocurre a mí, siempre en tren de imaginar, que bien podría existir una tercera variante superadora de esta suerte de antinomia. Quiero decir, a lo mejor la gente, a medida que envejece, comienza a percibir el mundo que nos rodea como realmente es, y no como lo idealiza en sus años de juventud. Es probable que las personas de hoy en día no sean igualmente amables que las de antaño, sino igualmente horrendas. Y los vendedores igualmente desabridos. Y los políticos igualmente corruptos. Y así con todos los ejemplos que antes me ocupé de enumerar. Entonces, a la luz de esta idea, el tiempo pasado no solo no habría sido mejor, sino que ni siquiera habría sido aceptable. Carecería de redención, al igual que el presente.

En fin… aparece una señorita. En la cola del pollo aparece. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados. Pero no me aborda, por desgracia. Ni para charlar ni para cualquier otra cosa. Más bien se queda así, parada, con toda su potencia expuesta, agrediendo los pocos ojos masculinos que pueblan la mencionada hilera. Es una señorita de esas que uno jamás imagina haciendo las compras hasta que las ve, y entonces les asigna —a regañadientes— el carácter terrenal que en realidad poseen. Es una señorita atemporal, capaz de poner fin al monólogo del anciano con una sola mirada. Con atributos suficientes para barrer de la mesa de discusión aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, o igualmente horrendo, e incluso vaciar de contenido a esa palabra. Me refiero a la palabra ‘horrendo’. Es, en síntesis, la refutación viva de todo lo dicho, pensado o reflexionado en la cola del pollo. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados.

El anciano balbucea incoherencias. Se nota que perdió el hilo de su discurso, imagino yo, un poco a causa de la señorita atemporal y otro poco por los achaques propios de la edad. Ni siquiera sus voces internas estarán dando vueltas alrededor del asunto ese de la muerte, del fin de la vida y sus posibles implicancias, de la inminencia de lo inminente ahora sumida —ella misma— en una opacidad irremediable.

La señorita evalúa la extensión de la hilera. Resulta bastante obvio que está analizando si quedarse a esperar o seguir su camino y regresar más tarde.

‘Disculpame, ¿ustedes están juntos?’, me pregunta de pronto.

Lo repentino de la indagación me deja mudo un par de segundos. Suficiente tiempo para que el anciano se recomponga y responda en mi nombre, asaltado, creo yo, por una suerte de frenesí amoroso o sexual bastante novedoso.

‘Sí, estamos juntos, y solo vamos a comprar un par de cositas’, contesta. Viejo bucanero. Cualquier cosa con tal de que se quede un rato más.

La señorita recuenta la hilera y decide esperar. En silencio, ya que el único asunto que tenía con nosotros desapareció ni bien satisfizo su duda. Sin embargo el viejo redobla la apuesta. Muchas veces, frente a semejante pedazo de mujer, lo que cuesta es articular la primera frase, pero una vez logrado ese objetivo el temor se evapora.

‘Mi nieto siente que usted es la criatura más bella que ha visto en su vida, pero no se anima a pedirle el teléfono, ¿no es cierto Juan?’

Una corriente helada me recorre la espalda. Según parece este corsario de la tercera edad, cuando no está acorralado, es bastante bueno mintiendo. Y no se le nota en la cara. Incluso le acertó a mi nombre. Porque yo me llamo Juan, no sé si lo dije alguna vez en este humilde rincón virtual. En fin, da lo mismo. Sin duda se trató de una pequeña epifanía producto de su frenesí sexual o amoroso.

La señorita sonríe, me observa de arriba abajo pero tarda en responder. Una boa constrictora me aprieta el pescuezo mientras los sucesos transcurren ajenos a mi voluntad.

‘Bueno, si no se anima no se anima, abuelo. Por ahora le podemos pedir que me cuide el lugar mientras voy a la carnicería, si usted lo deja, claro.’

Ni bien se retira las cosas regresan a la normalidad. Lentamente, pero regresan. La boa constrictora se desliza al suelo en busca de otra víctima, el vínculo sanguíneo se extingue y el frenesí del anciano se aplaca. En general no necesito la ayuda de nadie para quedar como un estúpido frente a una señorita, así que le lanzo una mirada inquisitoria. O más bien furiosa. Pero el anciano hace caso omiso y retoma su agrio monólogo orientado hacia la nostalgia de un tiempo remoto.

Según entiendo, en otro tiempo, en otra época u otra era, los jóvenes eran más despiertos, más lanzados y sabían jugar en equipo. No eran unos tartamudos inútiles que se ruborizan con la primera teta que ven (sic).

Finalmente llega su turno, compra un cuarto trasero sin piel, un arrollado y se marcha raudo, sin saludar a su nieto.

Permanezco un rato al costado del mostrador, con mi paquete de milanesas, oteando el horizonte por si aparece de nuevo la señorita atemporal. No sé qué pretendo. A lo mejor disculparme por no haber guardado su sitio. Quizás aclarar el malentendido, confesar que el anciano no era mi abuelo, que jamás en mi vida lo había visto. Tal vez declamar que no soy tan estúpido como me revelé, o dejar sentado que tengo una mujer y dos hijas. En realidad no lo sé.

¿Cómo dice? ¿Pedirle el teléfono?

No lo creo posible. Si algo tengo claro en esta vida, además de que los ancianos de hoy ya no vienen como los de antes, es que mi único condimento está bien oculto dentro de las milanesas que acabo de comprar.


Tengan ustedes muy buenas noches.