Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.
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jueves, 1 de noviembre de 2012

LO QUE CABE EN UN INSTANTE


Síntesis del post: Irrumpe un gordo. Lo que cabe en un instante. Estoy y no estamos. Procedimiento sugerido. Despojo. La vez que casi muero. Viejo poema. Desenlace.


De pronto irrumpe un gordo de aspecto patibulario, áspero en sus rasgos y maneras. Frota la palma de la mano izquierda en el pantalón, como apagando los sudores, y mira en todas direcciones sin detenerse en ninguna. Está nervioso. Visiblemente nervioso. Ni bien me percato de su presencia arrojo un par de billetes sobre la mesa y me dispongo a llevar a cabo una honrosa retirada. Sé lo que hago. Cuando uno tiene por costumbre la contemplación, la observación minuciosa del universo humano que lo rodea, intuye los problemas un tiempo antes de que se produzcan. Ahora bien, la mayoría de las veces ese tiempo es más que suficiente para evitarlos, pero otras, las menos, es una anticipación que llega en forma de instante, y como bien sabrán ustedes, son muy pocas las cosas que caben en un instante. La toma de una decisión, quizás el impulso de ponerla en práctica, no mucho más.

‘Volvé a tu asiento, morocho.’

Eso me dice el gordo, y yo obedezco sin interponer excepciones de ninguna especie. Lo que me convence de seguir el procedimiento sugerido no es tanto su monumental volumen (que ya sería un argumento más que atendible), sino la Magnum .357 que acaba de extraer de entre sus ropas.

Ah, sepan ustedes que el asunto ocurre en un bar. Lo digo ahora, en medio del relato, porque estoy seguro de no haberlo dicho antes. Supongo que es una desprolijidad motivada por la enorme confusión que suele generar la presencia de un arma de fuego, o por aquello de que en un instante caben muy pocas cosas, sentencia que —por supuesto— también se aplica a las palabras. En cualquier caso da lo mismo, considero que con esta pequeña aclaración la escena ha quedado debidamente planteada.

Ahora a lo nuestro sin más, que todo robo que se precie debe llevarse a cabo sin tantos prolegómenos.

Entonces regresemos al bar en el que estoy. Y digo ‘estoy’, y no ‘estamos’, porque a lo largo del tiempo, a fuerza de escribir tantos artículos, he aprendido que ustedes gustan de la forma plural solo cuando aparecen señoritas de graciosa figura y candorosa actitud. Si en el planteo se cuela un gordo sudoroso con un revólver, entre gallegos te veas y que Dios te coja confesado. Para eso sí que sirven los instantes. Para que huyan los cobardes.

Y hablando del gordo sudoroso, debo señalar que mientras yo les pasaba a ustedes esa modesta factura, él inició su gira recaudatoria por las mesas, por fortuna, justo en el extremo opuesto al que nos encontramos. Mejor dicho, al que yo me encuentro. Hatajo de canallas.

Una anciana extrae una billetera de forma y edad indeterminables y ensaya un heroico regateo. Que déjeme usted unas monedas para el colectivo, que las tarjetas no le sirven para nada, que esa es la foto de mi difunto marido, que la cadenita no vale ni veinte pesos. En fin, pequeñas miserias que afloran aun en las peores circunstancias. El gordo perdona uno o dos ítems, pero le arranca la cadena de un tirón y se traslada a la siguiente mesa. Una joven pareja se despoja de sus pertenencias con suma tranquilidad, celeridad y eficiencia. Entregan todo lo que sirve, conservan lo que por convención no es útil a un malviviente apremiado por el reloj, y a otra cosa sin mediar palabra. El señor trajeado que venía pidiendo la cuenta hacía más de diez minutos introduce en la bolsa su computadora portátil insultando entre dientes (no sé si al gordo o al mozo). Y así prosigue la recorrida, arrojando, por lo que podemos —puedo— observar, resultados bastante jugosos.

Por fin, como era previsible, nos toca el turno. Me toca el turno, ya sé. Siempre cantan el número que uno posee cuando el mismo ha sido otorgado con fines recaudatorios. Y es que —tomen esto como una enseñanza de vida— el sistema nunca se cae si el asunto de fondo consiste en un despojo.

Abro aquí un pequeño paréntesis para hacer un agregado que considero más o menos importante: Lo que también se me olvidó decir al principio de esta humilde pieza, tal vez a causa de alguna de las dos razones expresadas oportunamente, es que hoy vine a contarles sobre aquella vez que casi muero. A ese curioso instante ausente de concreciones (como casi todos los instantes) se dirige mi esfuerzo narrativo, y eso es lo que me dispongo a relatar para dar un cierre.

El gordo entrecierra los ojos y me observa con curiosidad mientras acaricia su barba de cuatro o cinco días. Quizás seis. Sin embargo no acerca la bolsa para que eche mis pertenencias.

‘Vos…’ dice por fin con una nota de fiereza en la voz y en el rostro.

Sí, yo. Yo soy yo, eso está más que claro. Lo que aún no logro determinar es quién es él. Percibo, sí, ese sentimiento tan alejado del afecto que se apodera de su ser. Y no me gusta ni un poquito.

‘Mirá dónde nos viene a juntar la vida, basura. Hijo de una gran puta. Vos tenés la culpa de todo, gil. Vos y todos esos mierdas. Si te habré soñado todo este tiempo. Poné tus cosas en la bolsa, pero desde ya te digo que ni por asomo terminamos acá.’

Todo eso me dice, y ahora sí acerca la bolsa casi repleta a mi posición. Por supuesto que otra vez obedezco el procedimiento sugerido, faltaba más.

‘¿No te acordás de mí, verdad? Igual ya no importa, de esta no te vas a escapar hablando.’

Una pena. Las palabras son la única herramienta que manejo con alguna pericia, no sé si lo dije alguna vez. Sin embargo, con el caño de un revólver apuntando entre mis cejas esa cualidad se torna bastante relativa.

‘Chau puto, todo en la vida se paga, y a vos hoy te tocó perder.’

Con los ojos cerrados y las manos extendidas delante de mi rostro oigo ese clic helado, el giro del tambor que dispone al arma para cumplir su función más primaria. Y en ese instante previo a la coronación de sus intenciones tose y resopla. Me refiero, claro está, al gordo. Tose y resopla de la misma manera que en aquella época, por cierto demasiado lejana.

Sabrán ustedes que en un instante —no sé si lo dije— caben muy pocas cosas. La toma de una decisión, quizás el impulso de ponerla en práctica, no mucho más.

Bien. En esta ocasión el instante es la tos. El resoplido. Mi decisión es un viejo poema. Y el impulso, la puesta en práctica, es recitarlo a viva voz.

A continuación procederé a una transcripción literal del poema, no sin antes pedir disculpas por su insoportable precariedad, por algunos de sus términos y —por qué no— por haber echado mano a un recurso tan bajo. Sepan que en aquella oscura etapa de mi vida yo era más un poeta popular que un purista del idioma.

La pampa tiene el ombú
¡qué concha tiene la lora!
miren todos al puto del tarta
llorando con la directora

Sabrá Dios si lo hago con la peregrina intención de salvar la ropa o por el simple gusto de revolver, en el último segundo, una herida que a todas luces sigue abierta. Pero el impacto de mis palabras —no sé si dije que son la única herramienta de que dispongo— es sencillamente tremendo.

‘Y… y…yo…yo…nnn…no no no…llo…llorab… lloraba pu pu pu puto. ¿pp po por por qué nnnn no no ve ve venían dddde a u u uno?’

A esto sigue la atrocidad del silencio previo a adquirir la certeza de que no será esta la última vuelta en la calesita.

Abro los ojos y me siento en mi silla con el corazón latiendo a un ritmo desaforado. Delante de mí, el tarta Mancionne llora desconsoladamente. Se tapa el rostro con las dos manos, pero emite unos sollozos que parecen ronquidos. En algún momento dejó caer al piso la bolsa y el revólver.

De pronto se da vuelta y corre a los brazos de la anciana de la cadenita, que lo abraza y le acaricia la cabeza con amorosa dedicación. Ya está, ya está, mi corazón, la vida está repleta de crueldades. Eso o algo parecido a eso alcanzo a escuchar mientras recupero el aliento.

El señor trajeado de la computadora portátil se acerca y levanta del piso la bolsa y el revólver. Me apunta.

‘Andate hijo de puta. Andate o te vuelo los sesos’.



Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 2 de octubre de 2012

EL SECRETO DE SUS OJOS


Síntesis del post: Secretaria fría e impersonal. El señor Carignano no está. Ojos y boca. Poesía y ambigüedad. Espera. Entrevista. Final.


Tenemos a esta secretaria, una señorita fría e impersonal que nos recibe con una mirada desdeñosa. Sus ojos comunican un aburrimiento colosal, el aburrimiento del cual emana todo el aburrimiento del mundo sensible. En otras palabras, la idea platónica de aburrimiento. Son unos ojitos pequeños y estáticos que dicen sin decir que el señor Carignano no está, que el señor Carignano no tenía ninguna cita programada para esta hora tan inhóspita, y que de cualquier modo, siendo una persona importante como en efecto es, la vestimenta más adecuada para lograr una entrevista sería el clásico traje adornado con una sobria corbata al tono y zapatos bien lustrosos.

Es menester señalar que estamos en la oficina del señor Carignano. Una oficina fría e impersonal que combina perfectamente con la señorita que constituye la primera línea de defensa. Digo esto porque, si bien el párrafo anterior aporta suficientes pistas para arribar a esa conclusión, lo cierto es que al no existir una mención clara y concreta, el comienzo de mi exposición resulta un tanto desprolijo. Son los pequeños vicios que afloran cuando uno deja de lado la sana costumbre de escribir semanalmente, no sé si lo dije alguna vez.

En fin… a lo nuestro sin más, que la concentración es el bien más preciado cuando uno intenta retomar el ritmo de trabajo extraviado allá lejos y hace tiempo.

Decíamos entonces que el señor Carignano no está. O decía la secretaria. O los ojos de la secretaria. De cualquier modo el detalle pierde relevancia porque ahora es su boca la que denuncia esa ausencia:

‘El señor Carignano no está’, dice esa boca de un modo mucho menos ambiguo o poético que los ojos, pero con toda la precisión y contundencia que poseen las herramientas adecuadas para una determinada tarea. Es que la boca habla con más propiedad que los ojos, más allá del hecho —justo es decirlo— de que los ojos hablen mucho mejor de lo que la boca mira.

Ensayo un breve interrogatorio protocolar destinado a la averiguación de una serie de datos imprescindibles para tomar una decisión. Si regresa pronto me quedo a esperar, si no, me voy y paso más tarde. En todo caso mañana. No sé. Sin embargo la secretaria fría e impersonal responde con evasivas. Resulta obvio a los ojos de cualquiera (los ojos también son duchos a la hora de leer intenciones) que no desea informar el paradero de su jefe, y mucho menos sus horarios. Sus ojos, solventes en el arte de la palabra ambigua y poética, le revelan a los míos, solventes en el arte de la lectura gestual, que su ser alberga un oscuro e injusto prejuicio en lo profundo del pecho. Asume —lo sé o lo leo— que el señor Carignano, hombre probo, importante, prisionero de una apretada agenda diaria que a ella le toca dirigir, enfundado siempre en su impecable traje italiano y peinado a la gomina no puede necesitar nada de un individuo que se toma el trabajo de viajar hasta su oficina sin cita previa, con su barba desprolija y vestido apenas un poco mejor que un cadete.

‘A lo mejor viene rápido, en todo caso si no te resulta incómodo lo podés esperar’ dice esa boca con infinita crueldad. Y con ella hablan otra vez los ojos, tan burlones y transparentes, poéticos y ambiguos: En todo caso lo podés esperar en ese silloncito. Sí, ese, el chiquitito que está contra la pared. Pueden ser quince minutos o dos horas y media, pero seguramente no tenés nada mejor que hacer. Si te molesta tener que mirar al techo mientras yo trabajo hay dos o tres revistas de hace cuatro años esperándote en la mesita. No es mucho, ya sé, pero es lo que hay. Y disculpame que te tutee, somos casi de la misma edad, qué sé yo. Asumo que no te vas a ofender. Lindas zapatillas.

Todo eso asumen esos ojos pequeños y estáticos. Y asumen mal. Ocurre que el señor Carignano, hombre probo e importante, sí me citó en su oficina a esta inhóspita hora, sí está siendo víctima de un retraso (que no me incomoda en lo absoluto) y sí va a regresar más temprano que tarde porque —y aquí se agrega una alternativa clave que nos obliga a una pausa dramática— sí necesita algo de mí. Algo que no puede esperar a mañana. No importa qué, no hace a los fines de este artículo.

Otro detalle que han pasado por alto esos ojitos, tan solventes en el arte de la palabra ambigua y poética, pero tan endebles para la lectura gestual, es que su dueña se encuentra frente a un oponente que podría catalogarse como complicado cuando lo que se pone a prueba es la resistencia a los silencios prolongados en un medio hostil.

Me siento en mi silloncito (sí, ese chiquito que está contra la pared) pero no me escondo detrás de ninguna revista. En lugar de ello me dedico a observar, no el techo, los cuadros o el paisaje de Buenos Aires que me regala el ventanal a mi izquierda (estamos en un piso veinte) sino a ella. Sin demasiada ostentación, pero sin pausa. Y lo hago porque, primero, más allá de su mala predisposición, es condenadamente bonita. Y segundo porque a esta altura de los acontecimientos ya tengo la absoluta certeza de que será la materia principal del presente artículo, la persona que interrumpirá ese idílico autoexilio virtual que tanto disfruté mientras pude.

Sus ojos, pequeños y estáticos (no sé si lo dije), se posan en los míos por una fracción de segundo, pero al instante buscan refugio en la pantalla de su monitor. Tipea con frenetismo, como si la urgencia de sus asuntos le impidiera sentirse observada. Pero esos ojos hablan. Otra vez. Vos deberías estar leyendo tu revista. O irte. Eso estaría muy bien. El señor Carignano no va a venir, y si viene lo más probable es que te despache con alguna excusa. No quiero que me mires. No me gusta que me mires.

La miro porque merece ser mirada, y porque la tengo que memorizar para describirla más tarde. Mañana. Quizás la semana que viene. Me gusta la forma que eligió para recoger su pelo, con una colita no en el centro de la nuca sino más bien tirada a la derecha. Y me gusta el color, castaño muy claro o rubio medio ceniza. Ojos verdes. Pequeños y estáticos (no sé si lo dije). Labios finos y sin pintar (en rigor de verdad no lleva maquillaje en ninguna zona del rostro). Orejas que no destacan salvo por unos aros tan diminutos que solo se adivinan por el reflejo que producen las lámparas. Y un físico que se insinúa perfecto a pesar de encontrarse bastante defendido por el escritorio.

Sus ojos vuelven a encontrarse con los míos y huyen. Ensaya una sonrisa que devuelvo apenas con una mueca. Repite la maniobra dos o tres veces más, pero sin la sonrisa. Está incómoda. Visiblemente incómoda.

Suena mi teléfono. Atiendo. Estoy esperando en la oficina de un tipo que pidió verme. Necesita que lo ponga en contacto con Alejandro hoy sin falta, pero todavía no vino. Sí, lo espero quince minutos más y me voy. Eso es todo lo que digo. Mentira, no me voy. Pero ella no lo sabe y está aun más incómoda. Podría solucionar las cosas con solo llamarlo al celular, pero ya no puede, no quedaría bien. No lo hizo antes y no lo va a hacer ahora.

Hablan sus ojos: no te vayas. En cinco o diez minutos va a llegar. Sí, podría haber hecho algo más, ya sé. ¿Por qué carajo viniste así vestido? Parecés un estudiante de filosofía y letras. Lindas zapatillas.

Justo cuando me dispongo a provocarle un ataque de nervios parándome para preguntar (solo unos segundos después) dónde está el baño, se abre la puerta e irrumpe el señor Carignano deshaciéndose en disculpas. Me ofrece un café que acepto solo porque sé que no lo va a preparar él y me invita a pasar a su despacho. La reunión insume unos quince minutos y produce un par de resultados muy destacables: se soluciona su problema, y la señorita nos confirma la perfección de su físico cuando ingresa a servir los cafés con su radiante sonrisa.

‘Por suerte pudimos resolver esto’, me dice el señor Carignano mientras pasamos por delante de su secretaria fría e impersonal rumbo a la puerta.

‘Sí, fue una suerte, ella no sabía si usted volvía y estuve a punto de irme’, respondo mientras la miro señalando con mi dedo índice de estudiante de filosofía y letras.

Sus ojos, pequeños y estáticos (no sé si lo dije), se posan en los míos por última vez, pero ahora no huyen.

Hijo de puta.

Eso me dicen —lo sé o lo leo—, con un destello como de fuego. Pero ya no hay tiempo para más.

Al final —todos podemos equivocarnos al momento de evaluar unos ojos— no eran tan ambiguos ni tan poéticos.


Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 2 de febrero de 2012

ODIO A ESTE CALVO

Síntesis del post: Un calvo. Una caja de seguridad. Un anciano. Una escalera con rueditas. Varios ascensos. Varios descensos. Un bolso negro. Conclusión final.



Tenemos a este calvo. Un calvo ignominioso que tiene a cargo el sector ‘cajas de seguridad’ en la casa central de un conocido banco. Y cuando digo a cargo no me refiero a las tareas administrativas que requieren alguna mínima capacitación, sino al más puro y simple trabajo de campo. Es decir, abre y cierra la caja cuando uno ingresa al sector en donde están —precisamente— las cajas. Una suerte de portero, vamos; pero con todas las mañas del gremio, para desgracia de la concurrencia.

Odio a este calvo. Lo odio secretamente, aunque con bastante intensidad. Odio esos anteojitos redondos que agrandan sus ojos y acentúan su mirada perversa. Odio su nariz respingada. Odio su bigote tupido. Odio esos pocos pelos finos y débiles que dibujan un sendero que nace en la patilla, bordea la parte superior de cada oreja y desciende hasta la base de la nuca. Odio, en síntesis, casi todos sus rasgos físicos, y sin embargo, lo que más escozor me produce es ese aspecto de haber sido siempre lo que es. De no tener un pasado. Vea, en general desconfío de aquellos individuos que no puedo imaginar como niños. Rostros que sepultan con duras aristas, agrias facciones o simplemente con el semblante, cualquier rastro de tiempos más alegres.

Bien, este calvo es un claro ejemplo, y encima refrenda mi desconfianza a través de sus acciones. Por más que uno lo salude amablemente solo devuelve una mueca ilegible. Jamás recuerda el camino a la caja, a pesar de tener que abrirla más de una vez a la semana. Las administrativas que ingresan los datos en la computadora y otorgan el pase al sector recuerdan incluso el número de la caja sin tener que preguntar, pero con él es como si fuera siempre el primer contacto. Recibe el papel, mira con extrañeza y aguarda a que uno lo guíe.

Sin embargo lo más irritante es lo que hace luego de colocar la llave. Mi caja (como tantas otras) se encuentra a unos dos metros y medio de altura, y para alcanzarla es necesario arrimar una escalera con rueditas y barandas, idéntica a esas que se utilizan para abordar un avión, pero más pequeña. El tipo lo hace, sube y abre, pero no baja el contenido porque las normas del banco le impiden tocarlo. A él solo, ya que cuando falta o se enferma, las otras empleadas no parecen estar al tanto de esta simpática política.

En fin, llego al banco, logro el pase y me dirijo a sus dominios. Saludo, recibo una mueca ilegible, entrego el papel, recibo una mirada extrañada y me pongo al frente de la expedición. Con nosotros ingresa también un anciano bastante decrépito que tiene su caja a pocos pasos de la mía, y al que le cedo el turno. El calvo arrastra la escalera, sube, abre, baja y lo invita a procurarse el contenido por sus propios medios. Ante la sorpresa del viejo y mi cara de odio ya no tan secreto pero igualmente intenso se escuda tras la bendita norma que solo a él se le aplica. Y alza las manos con las palmas bien extendidas, como un defensor central que acabara de pegar una patada para tarjeta roja.

El anciano se rinde rápido e inicia el ascenso. Primero un pie y luego el otro, siempre utilizando el mismo para acceder al siguiente escalón, y todo lentísimo, acorde con sus limitaciones físicas, que no son pocas. Finalmente hace cumbre, suelta la baranda y casi flameando toma un sobre lacrado de la caja. Al ser la escalera sumamente angosta no le permite girar, así que desciende marcha atrás a un ritmo considerablemente más lento, pero logra llegar a tierra firme sano y salvo.

El calvo celebra el éxito de la empresa y lo palmea en la espalda, pero el anciano se retira farfullando. Creo haber oído algún que otro insulto en italiano, bien merecido por cierto.

Otra vez el procedimiento de rigor. Arrastra la escalera, sube, abre, baja y me invita a procurarme el contenido por mis propios medios.

‘No puedo, me acaban de sacar un riñón y tengo prohibido cualquier esfuerzo físico’ apunto con mi mejor tono de enfermo en recuperación. Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Y no se me nota en la cara.

El calvo desconfía, interpone la norma, pero ante mi demanda por la presencia de alguna autoridad capaz de zanjar la cuestión opta por hacer una excepción y sube a buscar el bolsito de color negro que le solicito. Sin embargo, apenas se encumbra y lo saca, tomo la escalera y me lo llevo a pasear por los pasillos del recinto a una velocidad considerable (casi corriendo diría), sacudiendo las barandas para sumar algo de incertidumbre a su equilibrio ya de por sí precario.

‘¡¿Qué hace?!’ me grita indignado mientras se aferra de donde puede para no caer al piso. Pero no obtiene respuesta. En lugar de ello acelero, y en cada curva le pongo la escalera en dos ruedas (las dos que quedan del lado externo) para exigirlo al máximo en su rol.

Al cabo de un rato devuelvo el vehículo a la posición original y permito el descenso del incrédulo pasajero.

‘¡¿Qué le pasa, está loco?!’ ruge tomándome de las solapas.

‘¿Qué? ¿no te divertiste?’ pregunto con su misma mirada extrañada. ‘Perdoname, es que te tenía que imaginar como un nene. Quería divertirte, regalarte un pasado. Era eso o cagarte a trompadas.’

Entonces me suelta, me entrega el bolso y se aleja pensativo, con una expresión indefinible en el rostro.

Me meto en un box, arreglo mis cosas y regreso para devolver el bolso a la caja, aunque esta vez me encuentro con una pequeña variación en el procedimiento. El calvo arrastra la escalera, me arrebata el bolso, sube y abre.

‘Ahora estoy por meter el bolso’ dice desde la cumbre con la mano izquierda extendida hacia la caja, pero sin terminar de soltarlo. Y yo lo observo con una mirada —esta vez sí— genuinamente extrañada.

‘Ya casi, eh. Ya casi.’ Y se queda así, petrificado esperando no sé qué cosa. O sí, sé, lo que ocurre es que no doy crédito a lo que veo.

Ay ay ay… las cosas que uno tiene que hacer para vencer al odio.

Tomo la escalera y emprendo una carrera frenética por el pasillo mientras ese maldito calvo infantil abre los brazos en cruz como en la película Titanic. Asumo, para sentir el vientito en su tupido bigote.

Admito que pude haberme equivocado en la evaluación previa, no hace falta que me lo diga usted.

Qué sé yo, en cualquier caso siempre podremos afirmar que hay gente que nunca crece. Pero a mí esos no me producen ninguna desconfianza. Todo lo contrario.



Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 29 de diciembre de 2011

UN APLAUSO PARA LORENZO

Síntesis del post: Lorenzo. Un maestro de ceremonias. Un espectáculo. Instinto e historia. Etíopes. Hipnotismo. Fascinación. Aplausos.



‘Y ahora, con ustedes… ¡Loreeeeeeennnzooooooo!’

El caballero alza los brazos al cielo y cierra los ojos para recibir el aplauso del público. Para sentirlo en su corazón y en sus entrañas. Para ser uno con ese aplauso que es la razón de ser de esta maravillosa puesta en escena.

Antes de meternos de lleno en el desarrollo de este artículo corresponde aclarar que Lorenzo no es una persona sino un león. Un enorme macho de siete años en perfecto estado de salud, con su tupida melena, su torso musculoso y sus colmillos blanquísimos. Un magnífico ejemplar que sin duda merece la ovación que acaba de recibir.

Otro punto que convendría aclarar es que Lorenzo no está con nosotros. Concedo que en medio de su emoción el caballero soltó ese elocuente ‘con ustedes’ que en principio dejó poco espacio para la duda, pero lo cierto es que técnicamente no lo está. Más bien está con él. Los dos solos dentro de una bonita jaula. Nosotros (al público me refiero) estamos del otro lado de esos barrotes de cinco centímetros de diámetro, seguros y expectantes. En fin… detalles menores que no hacen al fondo del asunto.

‘Señoras y señores, lo que están a punto de presenciar es una verdadera demostración de amor, confianza y respeto entre un hombre y un animal salvaje. Una proeza que nace de una relación preexistente que costó muchísimos años construir. Toda una vida. Conocí a Lorenzo en el cráter de Ngorongoro, Tanzania, cuando solo tenía unos días de nacido. Cazadores furtivos acababan de asesinar a su madre, y habrían hecho lo mismo con él si mi grupo y yo no los hubiésemos descubierto a tiempo.’

Hace una pausa teatral para acariciar la melena del felino y luego continúa.

‘A partir de ese momento fuimos inseparables. Lo alimenté con leche de cabra en una mamadera cuya tetina replicaba la forma, tamaño y textura del pecho de una leona. Le mostré las virtudes de la vida social. Le enseñé a cazar. Lo hice conciente de su fuerza. Y finalmente logré los permisos y lo traje conmigo a esta maravillosa tierra.’

Inventa una nueva pausa a la espera de un aplauso que se hace rogar unos segundos, aunque luego aparece.

‘Señoras y señores: ahora Lorenzo saltará justo por el centro de ese aro en llamas, se parará sobre sus patas traseras y saludará a la tribuna. Lo normal en estos casos. Pero eso no es todo. No señoras y señores. Luego luchará con este humilde servidor. Sí, con este alfeñique. Sin embargo, a pesar de su evidente superioridad física, no habrá que lamentar heridas de consideración.’

Un grupo de etíopes (¿o serán tanzanos?) armado con palos, que a todas luces es el soporte técnico del acto, escucha la explicación con poco o ningún interés. Están –ellos también –al otro lado de los barrotes, y actúan (o dejan de hacerlo) con la suficiencia de aquel que ha presenciado la escena un millón de veces.

‘Allí pueden ver un balde, señoras y señores. Un balde repleto de sangre de cebra. Sangre fresca y aún tibia que derramaré sobre mi cuerpo en las narices de Lorenzo. El instinto de su especie, milenios de evolución informada en los genes, entrará en franca contradicción con su historia particular. Pero en vez de luchar comeremos, señoras y señores. Comeremos codo a codo de esa carne fresca que mis ayudantes acaban de colocar en el rincón de la jaula. Como pares, porque soy su manada, su padre, su amigo y compañero de aventuras.’

Dicho esto entrega el micrófono a uno de los etíopes (¿o serán tanzanos?) y de inmediato da comienzo a su rutina.

Lorenzo realiza de mala gana todas las proezas prometidas por su padre. Arengado por el chasquido del látigo en el suelo de tierra, sí, pero cumple. E incluso saluda al público agitando la pata delantera derecha. Los aplausos son tibios, pero una vez más aparecen. La gente espera el gran número.

Finalmente el caballero hace una nueva pausa, explica otra vez los pormenores del acto, alza los brazos buscando la renovación del aplauso y sin más prolegómenos se echa el baldazo de sangre encima.

Bien, debo decir que Lorenzo observa a su padre con un dejo de curiosidad. Ladea la cabeza y se queda inmóvil, como hacen los perros cuando están realmente desorientados.

‘¡Ahora cenemos, amigo mío!’, grita el amigo y compañero de aventuras mientras señala la carne fresca que los etíopes (¿o serán tanzanos?) tuvieron la precaución de colocar en el rincón más alejado de la jaula.

Yo no soy un experto en comportamiento animal. Tampoco rescaté a ningún felino de las garras de los cazadores furtivos, ni lo alimenté con leche de cabra, ni diseñé una tetina especial al solo efecto, ni le enseñé a cazar ni lo hice conciente de su fuerza. Sin embargo creo entrever que Lorenzo se encuentra a punto de pegarle a aquella bendita contradicción entre el instinto milenario y la historia particular una brutal desmentida. No percibo en su rostro adusto, sus ojos fríos y sus músculos tensos el más mínimo atisbo de duda. Más bien lo veo, hablando en pocas y honestas palabras, inclinado al parricidio. Y así las cosas ya se va mascando la tragedia, diría un amigo de mi hermano al que aprovecho para mandar un caluroso saludo.

Ahora el caballero también lo nota y palidece. Vuelve a señalar la carne fresca y le habla a su hijo ya no con gritos sino con voz temblorosa. Muy despacio extrae del bolsillo un manojo de llaves, se acerca a la puerta de la jaula e inicia una búsqueda frenética que no arroja buen resultado.

Entonces todo se tuerce definitivamente. Lorenzo se le echa encima de un salto, lo sacude, lo tumba y busca la yugular con sus colmillos blanquísimos. Entretanto los etíopes (¿o serán tanzanos?) lo golpean con sus palos de madera desde el exterior de la jaula hasta que logran distraer su atención. Enfurecido, el bicho pega un zarpazo a través de los barrotes y hace blanco en uno de los agresores dejando al descubierto algunos órganos internos del abdomen que solo debieran ser vistos por un cirujano en el quirófano.

El caos es casi total. El público, sin embargo, permanece en silencio, talvez confundido por aquella advertencia de que habría lucha, aunque a la postre no habría que lamentar heridas de consideración. Los etíopes (¿o serán tanzanos?) se desentienden por completo de la suerte de su empleador y auxilian a su propio compañero aplicando, quizás, la fría e incuestionable lógica de que siempre merecerá la pena salvar al rescatista caído en cumplimiento del deber antes que al idiota que se echó el baldazo de sangre encima y quiso cenar en compañía de un león macho de 280 kilos. El idiota del baldazo se arrastra en dirección a la puerta con uno de sus brazos apenas unido al torso por algo parecido a un tendón (supongo que eso podría calificar como herida de consideración). Y Lorenzo se apresta a finalizar su cena individual, satisfecho con el repliegue momentáneo (¿o definitivo?) de los etíopes (¿o serán tanzanos?).

La siguiente media hora transcurre en completa calma, aun con el cuadro de situación bastante claro. Lorenzo separa la carne del hueso y las vísceras y devora con avidez los restos de su malogrado padre adoptivo. Ejerce sobre el público una morbosa fascinación que roza el oscuro arte del hipnotismo. Nadie se mueve de su asiento. Nadie grita. Nadie llora. Incluso pueden verse, de tanto en tanto, las luces parpadeantes, los flashes de las cámaras fotográficas que le arrancan algún rugido de protesta. Ya hace mucho tiempo que los etíopes (¿o serían tanzanos?) abandonaron la carpa con el herido acostado en una improvisada camilla armada con una túnica y un tablón. Ahora es solo el felino africano y su público adorador. El indecente romance. La perfecta síntesis. Y nadie más. Nada más.

Al cabo de un rato Lorenzo acaba el banquete y se echa pesadamente sobre uno de sus lados. Poco a poco el público comienza a despertar de su obscena pasividad. Se miran –nos miramos –extrañados, talvez algo culposos. Sin embargo, en semejante marco, sin un maestro de ceremonias que de por concluido el espectáculo, me siento obligado a decir algo. A suplir su forzada ausencia. Y hablo nomás, porque a mí cuando las papas queman, cuando el horno no está para bollos, se me dan muy bien las palabras:

‘Señoras y señores, un aplauso para Lorenzo.’

Esto lo digo alzando los brazos al cielo y cerrando los ojos para ser uno con el batir de las palmas. Y por supuesto, las gradas estallan en un cerrado aplauso que supera incluso al de la presentación.

Lorenzo levanta la cabeza pero permanece echado. Escucha el aplauso hasta que el mismo se extingue y entonces sacude la pata derecha. Es un saludo, aunque esta vez es espontáneo, sin el chasquido del látigo en el suelo de tierra.

Luego, exhausto, huérfano e hinchado de comida, se duerme profundamente.


Tengan ustedes un muy feliz año nuevo.

PS: Gracias por la paciencia que me han tenido a lo largo de este mes. Hoy concluye formalmente mi licencia por paternidad, así que por la tarde reanudaré las visitas a los espacios virtuales amigos y afines.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

DOCUMENTOS FÍLMICOS

Síntesis del post: Trabajo de campo documentado. Regreso presuroso. Llamada telefónica. Acción indescriptible. Acción exitosa.

Dice el saber popular: Si Mahoma no va al trabajo de campo, el trabajo de campo va a Mahoma. Y entonces Mahoma tendrá la oportunidad de documentar los hechos con la cámara de video de su teléfono móvil.

O algo por el estilo.

En fin, a lo nuestro sin más, que hoy llego a ustedes con dos videos probatorios de mis dichos.

Regresaba esta mañana, yo, presuroso a mi hogar. Lo hacía desde el consultorio de mi dentista, en cuya sala de espera, extrañamente, no sucedió ningún hecho digno de mención. Y la prisa se debía a la imperiosa necesidad de hacerme de algunos elementos indispensables para abrir la oficina en un horario más o menos decente.

Bueno, sí, me olvidé las llaves en casa. Pero no nos desviemos del asunto principal.

Justo en medio de mi desazón por no haber hallado material publicable en este humilde rincón virtual comenzó a sonar el teléfono móvil. Y como soy un buen ciudadano, obediente de las leyes y preocupado por la suerte que pueda correr el prójimo a causa de mis acciones, estacioné el vehículo antes de devolver la llamada (por cierto bastante irrelevante).

Y aquí comienza el cuerpo principal de este artículo.

Mientras departía amablemente con el sujeto en cuestión (el de la llamada irrelevante), una señorita comenzó a estacionar su vehículo justo delante del mío. En rigor de verdad, estacionar no es en modo alguno el verbo adecuado para la ocasión, pero sepa usted que este pequeño desajuste descriptivo no es responsabilidad del abajo firmante. Es que el idioma castellano no posee un vocablo apto para describir la acción que esta señorita llevó —o intentó llevar— a cabo frente a mis ojos. Así de sencillo.

Debo admitir que al principio la escena no logró captar mi atención. Al menos no por completo. Y entonces continué con la charla cuando en realidad debí haber hecho un corte abrupto para concentrarme en lo que a esa altura ya había dejado de ser un evento curioso para adquirir ribetes desopilantes.

Es que no me lo perdono, vea. Primero logró colocar, Dios sabe cómo, el vehículo en forma perpendicular a la vereda. Y yo no lo filmé. Luego se bajó. Sí, se bajó y estudió los ángulos con semblante de ingeniero. Y yo no lo filmé. Más tarde ejecutó una maniobra brutal que culminó con la goma trasera izquierda sobre el cordón. Y yo no lo filmé.

Hasta que por fin comprendí la situación y me decidí. Tarde pero lo hice. Filmé los instantes previos a una oprobiosa claudicación, fuera lo que fuese esa malograda acción. Algo es algo. Ignoren al hombre que de fondo (en la radio) analiza el pobre presente de la línea aérea de bandera, eso no viene al caso.






Sepan los alborotadores de siempre que no seré yo el que transforme este documento lapidario en un ataque sexista. Esto no es una cuestión de género, así que si tiene pensado arrojar algún cascote, hágalo por cuenta propia. Estoy dispuesto a tolerar un debate adulto, pero no admitiré expresiones despreciativas o discriminatorias que relacionen a las señoritas en general, o a una en particular, con el lavado de la vajilla y demás yerbas.

Y para aquellos que, ignorando mis advertencias, aún se relamen con un futuro comentario desestabilizador, dejo un segundo documento que echará por tierra sus fantasías.

Vean cómo estacionó (sí, estacionó) esta señora solo segundos después de la catástrofe precedente.






Tomá pavós.


Tengan ustedes muy buenas noches.

viernes, 11 de noviembre de 2011

QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA


Síntesis del post: Cuestión previa. Un amigo. Una confesión. O varias. Un sacerdote. Motivaciones. Nostalgias.

Cuestión previa: Ante todo pido disculpas por no haber logrado contestar en tiempo y forma los comentarios recibidos en el artículo anterior. Tuve mis motivos. No volverá a suceder. De paso aprovecho la oportunidad que se me brinda para anunciar la pronta reanudación de las visitas a los espacios virtuales amigos y afines.




‘El otro día fui a la iglesia y me confesé’. Eso me dice mi amigo, ateo en la teoría y en los hechos. Y habla una verdad, con esa cara de verdad solo perceptible para aquellos que lo conocen —lo conocemos— desde la época dorada en que solía escarbarse los mocos en el rincón más apartado de la salita azul, con el primer descuido de la señorita. La señorita Ana (sé su nombre porque yo me escarbaba los mocos en la misma salita, aunque en sitios más expuestos).

¿Cómo dice?

No, no afirmo que haya —hayamos— dejado de escarbarse —escarbarnos— los mocos. Pero ahora lo hace —hacemos—, pongamos por caso, mientras el semáforo prolonga en forma indefinida un colorado que invita a la práctica de esa noble actividad. Eso es lo más cerca que se puede llegar, con treinta y tantos años sobre el lomo, de la impunidad que se gozaba en aquella salita. Aquella salita azul.

A lo nuestro sin más, que para dar forma a este artículo necesito de todos los dedos.

‘Padre, he tenido pensamientos impuros que incluyeron varias señoritas de vida licenciosa y algún que otro animal doméstico. Y he pasado a la acción. No una sino varias veces. Varios sábados. Todos. Todos los sábados. Y una respetable cantidad de viernes. Casi todos. Los viernes. Y para ello he metido mano en el fondo de reserva de la familia. Mi familia. El dinero destinado a la educación de mis hijos.’

Con esa confesión arranca mi amigo, aunque solo obtiene de parte del cura una invitación. Una invitación a seguir vaciando su alma de pecado.

‘Estoy estafando a mi socio. No me pida una explicación acabada de la ingeniería de esa estafa. Lo importante es el dinero que desvío hacia mi cuenta bancaria. Mucho dinero. Tanto que me compré un departamento a estrenar en Puerto Madero 90210. Con buena vista, doble cochera, cuatro baños y una cocina que bien podría servir para asar un buey almizclero sin remover sus partes duras.’

Asiente el cura. Se aferra a su cruz y acerca un oído adiestrado a la ventanita que sirve de nexo entre su pureza y la barbarie.

‘He mentido. Les mentí a mis mujeres. A mis concubinas. A las dos. Estoy de novio con una piba de veinte y tengo pensado casarme dentro de seis meses. No con ella sino con la hermana, que es cinco años menor y mucho más osada en la cama. A lo mejor con las dos. No tenemos demasiado de qué hablar, por la diferencia generacional. Pero al fin y al cabo de eso se trata el matrimonio. De convivir con una completa extraña a la que se odia más de lo que se ama. O con dos.’

Guarda un tenso silencio el representante de Dios en la tierra. Pero no interrumpe el desahogo.

‘He matado a un hombre. Un vecino. Golpeó a mi puerta, le molestaba el volumen de la música. Entonces le disparé entre las cejas y lo enterré en el jardín. Ahora siento remordimiento. Quiero decir, ya había matado antes, aunque nunca con intención. No es lo mismo padre. Me refiero a atropellar a una persona y luego huir de la escena sin mirar atrás. Eso no es tan grave. Al no existir dolo el alma no se ensucia.’

Ni siquiera esa última falacia colma la paciencia del confesor, que parece dispuesto a escuchar todas las atrocidades del mundo. Sin embargo eso ha sido todo.

‘Y al final me absolvió de todos mis pecados’. Eso me dice mi amigo, ateo en la teoría y en los hechos. Lo reprendió severamente, es cierto. Lo instó a confesar sus homicidios en la fiscalía de turno, eso también. Expuso un acabado planteo moral rechazando la bigamia y lo advirtió sobre la figura del estupro en el código penal, pero luego habilitó el perdón divino respetando todos y cada uno de los ritos.

‘Pero todo es mentira. Vos no tenés hijos. Ni concubina ni concubinas. Ni socios. Ni mataste a nadie. No podría hablar con propiedad acerca de tus pensamientos impuros, pero estoy seguro de que no los llevaste a la práctica. Al menos no en la parte que respecta a los animales domésticos. Lo único más o menos cercano a la realidad es que estás de novio con una piba de veintiuno’. Eso le digo a mi amigo, yo, que no soy ateo ni en la teoría ni en los hechos. Y me quedo mirándolo, a la espera de una explicación satisfactoria.

‘Sí, ya sé, ya sé. Pero no me negarás que parece de dieciocho. Y además hay otra cosa que no es mentira. Con Pilar decidimos casarnos. El lunes pensamos irlo a ver. Al cura digo. Le vamos a pedir que presida la ceremonia. Es que si Dios ya me perdonó todos los pecados, no veo por qué razón no podría casarme en su casa.

Me quedo mirándolo de la misma forma que antes. Aún no tengo mi explicación satisfactoria. Conozco los hechos y las intenciones, pero me faltan los porqués.

‘No sé che. No hay un porqué. Quizás lo hice para reírme un poco. Para ver la cara que pone el lunes, cómo hace para mirarla a los ojos con mis secretos a cuestas. Como cuando me bajaba del colectivo y te dejaba saludos para tu novio, y todas las viejas retrógradas te estudiaban con odio. ¿Te acordás? No sé, era divertido… a veces me pongo un poco nostálgico, me dan muchas ganas de llorar.’

Nos despedimos y me retiro a mi hogar. A pie. Intento sacar alguna conclusión. Qué sé yo… cada cual combate sus penas como mejor sabe o puede. Cada uno con su librito. Sin embargo no puedo evitar pensar que, a la luz de los acontecimientos expuestos, mis nostalgias suelen ser bastante insulsas.



Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 11 de octubre de 2011

UN SEÑOR QUE ESTÁ ENOJADÍSIMO

Síntesis del post: Un señor enojado. Enojadísimo. Un viernes distinto. Una señorita. Un destrato. Un héroe. El Universo y sus mecanismos.

Este buen señor está muy enojado. Enojadísimo. Lo sé porque estrella su puño derecho contra la mesa. Una, dos, tres veces. Y demanda la presencia del gerente, el dueño o cualquier autoridad en condiciones de satisfacer su demanda. Todo ello mientras destrata a una señorita que, por uno de esos extraños firuletes que tiene la vida, me cae muy simpática. Nos cae muy simpática.

¿Cómo dice?

Ah… ¿que no agoté la explicación? Pero qué descuido el mío. Imperdonable.

La escena tiene lugar en un restaurante. Es la una y media de la tarde, y lo que es más importante, es viernes. Y yo los viernes almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.

La señorita en cuestión es la moza que semana tras semana se ocupa de que el firmante al pie de esta página se dé todos los gustos (gastronómicos, claro está) arriba descriptos sin planteos de ninguna índole. Ella no posee la mala costumbre de sugerir —entre líneas— las bondades del reino vegetal en lo que a la alimentación se refiere, ni apunta un índice acusador hacia mi región abdominal en franca expansión, ni me niega segundas vueltas cada vez que entiendo que la situación lo amerita. Comprendo, sí, no soy un necio, que talvez su buena predisposición responda al hecho de que solo debe satisfacer mis gustos gastronómicos, no otros, pero eso de ningún modo es suficiente para evitar que me caiga simpática. Que nos caiga simpática.

Volvamos a lo nuestro entonces, que si no algunos lectores se me dispersan.

Señor Etienne, está buena. Pero ni sueñe que me va a arrancar una descripción cuando ya tengo el foco puesto en el fondo del asunto. Confío en su frondosa imaginación de poeta, no sin antes advertirle que puede que se quede corto.

Tenemos a este señor muy enojado. Enojadísimo. Este señor que estrella su puño derecho contra la mesa, una, dos y tres veces. Y que destrata a esta señorita que nos cae tan simpática.

Según entiendo le han ofrecido, sonrisa de por medio, algo que luego pretenden cobrarle. No sé, un queso, un pan de pizza, unas sardinas condimentadas. Da lo mismo. El caso es que el señor interpreta, con mucho tino, que una cortesía deja de serlo ni bien aparece en escena la exigencia de una contraprestación.

Hasta ahí es todo muy correcto. Lo que me hace ruido es el destrato. Lo que nos hace ruido es el destrato. Innecesario desde todo punto de vista. Resulta bastante claro que es el gerente, el dueño o la autoridad en condiciones de satisfacer la demanda la que sonríe a través de la señorita, que solo aporta a la maniobra unos dientes blanquísimos e inmaculados, unos ojos inquietos y unos… no Señor Etienne, no pienso claudicar. Le dije que no, y es no.

Sí, ya sé. De cualquier modo habría que considerar la posibilidad de una intervención. Sobre todo cuando una pieza clave de la maquinaria se encuentra comprometida.

¿Cómo dice?

No. No me parece. Ya hemos aportado lo nuestro en su debido momento, y ahora fluimos serenamente en un universo compensado. Ya circularon los Sarmientos, fueron y vinieron, así que no creo que la solución pase por ese lado. No pienso cargar a mi cuenta unas sardinas que no consumí. Me inclino más por asumir una actitud contemplativa, aun cuando a primera vista resulte chocante o pueda asimilarse a una pequeña traición. Ya habrá tiempo para el heroísmo si este buen señor decide cruzar la fina línea entre el destrato y el insulto.

Pasan los minutos y el gerente, el dueño o la autoridad en condiciones de satisfacer la demanda no aparecen por ninguna parte. Solo este muchacho de veintitantos años, flaquito y de aspecto abatido. El que está a cargo de la caja. El que le anota la milanesa napolitana a la mesa cuatro, los tallarines con pesto a la dos, el asado con fritas al que viene todos los viernes.

El señor, que está enojadísimo (no sé si les dije) se olvida por un instante de la señorita. La señorita que nos cae tan simpática. Y concentra el destrato sobre nuestro héroe.

Grueso error. Conste que digo esto antes de que los acontecimientos se precipiten. Y de paso tómese nota de que hablé de un héroe apenas habiendo echado un ojo indiscreto a la madera que lo constituye. Y es que ese solo instante me alcanza para comprender que él también está enojado. Enojadísimo.

Predigo una catarata de acidez en tono neutro. Lo intuyo en esa mirada ausente, esos brazos en jarra y esa postura resignada. Y no digo más porque los acontecimientos —en efecto— se precipitan.

‘A ver… pelotudo. Acá el problema son dos sardinas de mierda. Vos no querés pagar por eso. Por dos sardinas de mierda’.

Brillante apertura. Ese pelotudo dicho al pasar, casi susurrado, anula el griterío y allana el camino del alegato que, anticipo, será lapidario.

‘Ganaste. Las sardinas son gratis. Por cuenta de la casa. Por cuenta mía, que no soy la casa, pero voy a barrer el piso cuando vos te vayas. Y lo hago porque es lo justo. La piba no aclaró, y te distrajeron las tetas. A todos nos distraen esas tetas, no te pongas mal. Hacé de cuenta que estás en Mc Donalds. Calidad, servicio y limpieza. El cliente siempre tiene la razón. Aunque lo de la calidad es relativo, le compramos a un boliviano que llega al mercado central arrastrando una carretilla. Y el servicio es engañoso, vos podés dar fe. Y si me acompañás a la cocina charlamos un ratito lo de la limpieza. Pero sí, tenés razón. Toda la razón del mundo. Sin embargo, si pegás un grito más, o golpeás la mesa porque sí, te voy a cagar a trompadas delante de todos los clientes, que si no les gusta lo que ven se pueden ir a almorzar con la madre que los parió. Gratis y con mercadería de primera’.

Y punto final. Asumo que no hace falta que yo lo diga. Individuo que gusta de la agresión hacia los objetos inanimados no se le anima siquiera a un muchacho de veintitantos años, flaco y de aspecto abatido. Puede tomarlo, si lo desea, como uno más de los mecanismos compensatorios del Universo. Todo mientras nuestro héroe regresa a la caja.

‘¿Algo más?’, me pregunta la señorita. Esa señorita que me cae tan simpática. Que nos cae tan simpática.

Sí. Un cafecito chico, si dan.

Pero estoy dispuesto a pagar.

A mí sí que me distraen unos dientes blanquísimos e inmaculados, unos ojos inquietos y un buen par de tetas. Sí Señor Etienne, dije tetas. Pero solo porque antes lo dijo nuestro héroe. La descripción está, aunque no es de mi autoría.

Sin embargo aclaro que a esta altura de la soiree ya no me nublo con tan poca cosa.


Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 6 de octubre de 2011

HÁGAME LA CARIDAD

Síntesis del post: Vote por MIB, pedazo de zoquete.

Resulta que yo escribo en un blog. Un blog colectivo. Un blog humorístico. Men in Blog (de ahora en adelante MIB) se llama. El blog en cuestión. Descuento que casi todos los lectores habituales de este humilde espacio lo saben, aunque no sientan que el hecho esté cambiando demasiado la historia de sus vidas.

Bueno, a ver, en rigor de verdad escribo en muchísimos sitios. Es casi lo único que hago en mi tiempo libre. Y lo hago con identidades variadas que siempre cosechan un éxito que orilla entre lo moderado y la más absoluta de las nulidades. Sin embargo hoy me interesa hablar de MIB. Nos interesa hablar de MIB. Así que hablemos.

El caso es que esta auténtica gema del mundo virtual se encuentra compitiendo en el concurso Bitacoras.com, en la categoría ‘mejor blog de humor’. Y está recibiendo una paliza memorable.

A mí no me gusta recibir palizas memorables. De hecho, creo que a nadie le gusta. Pero esa es la realidad. Los lectores de Bitacoras.com deben votar por alguno de los muchísimos blogs que aspiran a alzarse con el trofeo en la mencionada categoría (humor), y los tres más votados acceden a una interesantísima final que tendrá a todo el mundo al borde del asiento a la espera de la decisión, que según entiendo, se encuentra en manos de un jurado de notables.

Ahora bien, en este preciso instante MIB se encuentra en el quinto lugar. Ni cuarto ni sexto. Quinto. Y lo cierto es que debería estar en uno de los primeros tres. De otro modo no habrá interesantísima final, ni borde del asiento, ni jurado de notables ni trofeo. Nada.

No hace falta ser una lumbrera para percibir que algo no anda bien. El blog es muy bueno. La química entre los integrantes (ocho) es excelente. El volumen de lectores es aceptable para la realidad actual de Blogger.

¿Entonces qué esta fallando?

Resulta obvio a los ojos de cualquiera que ese algo es usted. Sí, no mire para el costado. Le hablo a usted, que aún no ha tenido la delicadeza de ir corriendo a Bitacoras.com, registrarse (si no lo ha hecho el año pasado) y votar por MIB en la categoría ‘mejor blog de humor’. Una actitud que de no ser reparada a la brevedad pesará sobre su conciencia por los siglos de los siglos. Amén.

¿Cuántas veces le pido algo? Nunca. No mienta. En cambio doy y doy sin esperar una retribución. Lo llevo de paseo al consultorio de mi dentista, a visitar prostitutas de esquina, a atestiguar suicidios simulados, a ver gordos corriendo en el parque, etc.

Bien. Entonces considero que ha llegado la hora de gastar cinco mugrosos minutos en pagar la factura. Se me va de acá, se me registra en Bitacoras.com y vota a MIB como mejor blog de humor.

¿Que jamás en su vida ha leído un artículo en MIB? ¿Que solo viene a este espacio para retribuir un comentario en el suyo? ¿Que no sabe si MIB es en verdad mejor candidato que sus rivales?

A nadie le importa. No se haga.

A ver, mi querido quelonio. Lo que yo le estoy proponiendo, y no me diga que no lo tiento, es recurrir al fraude más alevoso en orden a la consecución de un objetivo. Nada que no le hayan propuesto antes. Vaya y vote. Así, sin más. Porque yo se lo estoy pidiendo. Sepa que sé recompensar a los buenos amigos. Tengo preparada una sorpresa para el momento en que entremos de nuevo entre los tres primeros. No se olvide. Esto es estrictamente cierto.

Pinche el logo de MIB en la barra lateral de este espacio, y una vez allí vaya al link de Bitacoras.com. Y vote. No se olvide de votar. Realmente lo necesitamos. No podríamos soportar una nueva sesión de azotes del Amado Líder.

¿Usted vio cómo me reprendió el otro día en los comentarios por andar escribiendo artículos personales en lugar de hacer campaña por MIB?

Lo que para usted es un simple chiste, para otros puede ser un aviso.

Confío en usted.


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 23 de agosto de 2011

LOS SIMULADORES

Síntesis del post: Acompaño a un amigo. Karate. Cerveza. Una discusión. Una rubia. Mi tía la que vino de Entre Ríos.



Acompaño a un amigo que tiene que hacer una compra, aunque no es muy ducho en la materia. Quiero decir que no es experto en el rubro en el que piensa incursionar, no que no domine el milenario arte de adquirir bienes a cambio de dinero. Lo hago porque soy un buen amigo, pero más que nada, porque él es un buen amigo. Y como soy, es, somos buenos amigos, no pregunto absolutamente nada. No sé si vamos en busca de una caña de pescar, un juego de ollas y cacerolas o unas botas de alpinismo. Da lo mismo. La idea es estar ahí para lo que haga falta, tomar una cerveza bien helada, quizás un poco de conversación.

Caminamos por la calle Esmeralda. Una, dos, tres cuadras pasando Corrientes, hasta que de pronto nos detenemos frente a una vidriera atestada de fotos de orientales. No me refiero a los vecinos que viven al oriente del río Uruguay, que dicho sea de paso, serían irreconocibles a menos que tuvieran puesta la camiseta de su selección de fútbol. Aquí tomamos al mundo como punto de referencia, y hablamos de chinos, japoneses o coreanos. En síntesis, gente de ojos rasgados.

Resulta que estamos buscando un uniforme de karate, y para ello hemos venido al emporio de las artes marciales. Por eso hay tantas fotos de orientales pegando saltos y llevando a cabo las más variadas contorsiones. Debo admitir que el asunto me toma por sorpresa. Mi amigo (lo sé porque somos buenos amigos) jamás ha sido un fanático de la actividad física, y mucho menos si la misma trae aparejada alguna forma de violencia, o siquiera un contacto físico menor.

‘¿Así que ahora vas a hacer karate?’, pregunto como al pasar. Porque en realidad, si él es feliz haciendo karate es suficiente para mí. A lo sumo presenciaré alguno de los torneos en que lo muelan a golpes y lo arrastraré hasta la casa con genuina compasión y afecto.

‘En la puta vida se me ocurriría’, responde. Y esa frase también es suficiente para mí, que como soy, es, somos buenos amigos, no profundizo en la indagatoria.

Finalmente compramos un hermoso uniforme. Primera marca, excelente calidad, homologado para competiciones internacionales. Y también un cinturón. Negro. Desde mi punto de vista el conjunto es un poco caro para alguien que no piensa desarrollar la actividad, pero qué va, con solo ponerse esa magnífica pieza uno ya sería capaz de arrancarle la cabeza de una patada al más feroz de los oponentes.

Antes de emprender el regreso nos detenemos en otro negocio. Una última compra. El hombre, un artesano, realiza grabados en platería. Fabrica también imponentes copas y finas medallas. Allí adquirimos un enorme trofeo de bronce que, apoyado en el piso, nos llega hasta la cintura. Y tiene un muñequito. Una figura humana que lleva a cabo una de las variadas contorsiones que podían verse en la vidriera del emporio de las artes marciales. Está, quizás, pegando una elegante patada, apenas unido al extremo superior del trofeo por la punta del dedo gordo del pie derecho.

Al llegar a su casa pasamos primero por el supermercado chino que está en la esquina y compramos dos cervezas bien heladas. De litro. Invito yo, porque soy, es, somos buenos amigos. Y a mí gusta agasajar a los buenos amigos. Pago con un poco de desconfianza, casi cubriéndome el tabique nasal con el antebrazo, porque a lo largo de esta jornada he ido formando el convencimiento de que los chinos son sujetos peligrosísimos. Flaquitos, sí. Esmirriados. Pero capaces de las más variadas contorsiones.

Mi amigo vive en el sexto piso. Y sin embargo sube al ascensor y aprieta el número cinco.

‘Nos queda una tarea más’, me dice con los ojos muy fijos mientras se coloca el uniforme y se anuda el cinturón. Y esa sentencia es suficiente para mí, que como soy, es, somos buenos amigos, no reniego de las labores que se me imponen y pregunto poco y nada.

Nos quedamos sentados en la escalera. A medio camino entre el quinto y el sexto piso. Casi a oscuras. Tomando nuestras cervezas mientras aún siguen frías y conversando entre susurros. A la espera de un acontecimiento que yo, con el pico ocupado y el alma contenta, prefiero no anticipar. Comprendo, claro está, que debo susurrar en orden a no delatar mi, su, nuestra presencia, y eso es suficiente para mí.

De pronto una discusión. Una tremenda pelea. Gritos desgarradores descienden desde el sexto piso. Una voz masculina. Una voz femenina. Insultos y llantos.

Mi amigo se pone de pie con su elegante uniforme y su trofeo en la mano derecha. Y yo lo secundo. Resulta evidente que ha llegado nuestro momento. La justificación de esta mañana algo extraña, entretenida y absurda.

Es un solo piso. En rigor de verdad, medio. Pero utilizamos el ascensor. Desde el quinto piso, y directo al sexto.

‘¡¿Qué carajo está pasando acá?!’, grita mi amigo al tiempo que abre la puerta del ascensor.

El hombre acorrala a su vecina (la vecina de mi amigo) contra la puerta del departamento, y está enfurecido. Nos da la espalda.

‘A vos, pelotudo, te dije que la próxima vez que te metieras en lo que no te imp…’

Comienza la frase, sí, pero se corta en seco ni bien se vuelve hacia nosotros. Es un sujeto inmenso, y con pinta de ser muy pero muy malo. Malísimo.

‘¿La próxima vez qué?’, pregunta mi amigo con una sangre de pato que, en lo personal, me indigna bastante. Si este sujeto no logra reducir la adrenalina hasta el cero absoluto y pensar con la cabeza en vez de los puños, no nos salvan ni todos los chinos del supermercado juntos.

Mi amigo apoya el trofeo en el piso. No sé si les dije que nos llega hasta la cintura. Y se saca las zapatillas, el muy caradura. La primera con la punta de la otra, sin agacharse. Y la segunda, la otra, con la punta del pie descalzo. También sin agacharse. El objetivo de máxima, interpreto, sería matarlo con el olor a pata, pero el tipo, increíblemente, recula. Re-cu-la, señoras y señores. Busca una salida elegante, por supuesto, pero es obvio que no desea medir fuerzas contra un súper campeón de karate y su amigo gordo y grandote.

Y entonces, el amigo gordo y grandote se agranda más todavía, y lo invita a retirarse con una mentira descomunal. Cuando no está acorralado, no sé si les dije, es bastante bueno mintiendo. Pone cara de violento y todo.

Hace dos semanas que no veo a mi amigo. Pero mi tía, la que vino de visita desde Entre Ríos, sí que lo vio. Está parando en su casa. En su departamento. En el sexto piso. Él me había dicho que podía parar ahí, sin ningún problema. Para no andar gastando en hoteles. Que lo acompañara a hacer un par de compras, así arreglábamos los detalles de la estadía. Para que mi tía estuviera cómoda. Y mi tía sí que lo vio. Un par de veces lo vio. Pasó a buscar una muda de ropa. Limpia. Y después se llevó un par de discos de los Rolling Stones que ahora se escuchan todas las tardes en el balcón de la vecinita. La rubia. La del culito parado.

Es que mi tía es muy observadora. Pero un poco mal hablada.



Tengan ustedes muy buenas noches.



martes, 3 de mayo de 2011

FRUTILLITAS Y EMBUTIDOS

Síntesis del post: Albañil. Odio. Frutillitas y embutidos. El reino de la impunidad. Línea directa. Arreglo. Compromiso olvidado. Consecuencia.



Creo que el albañil que se encarga de los trabajos de reparación en mi edificio odia a la Señora Bigud.

Ustedes sabrán disculpar que comience el artículo de la semana de un modo tan crudo, tan espontáneo y directo, pero por más vueltas que le di al asunto no fui capaz de hallar las palabras adecuadas para suavizar esta afirmación. Suficiente esfuerzo me demandó tolerar en la apertura ese ‘Creo’ timorato en desmedro del infinitamente más gráfico ‘Tengo la plena seguridad de’. No soy de fierro damas y caballeros; nadie podía pretender que suprimiera también el pasaje referido al odio.

Ocurre que cada vez que este pobre cristiano es enviado a nuestro reducto con el objeto de subsanar alguna catástrofe que cae bajo la órbita de responsabilidad del consorcio, la Señora Bigud le exige una alquímica combinación entre celeridad y eficacia, demanda que a la postre acaba siendo de imposible cumplimiento por ser él amigo íntimo de la primera y enemigo acérrimo de la segunda. Es más, si a alguno de los amables lectores le interesara conocer mi humilde opinión, no dudaría un solo instante en confirmar una sospecha que le haría correr un severo escalofrío a lo largo de la espina dorsal: Creo, qué digo creo, tengo la plena seguridad de que entre los dos (me refiero al albañil y a su amiga la celeridad) han asesinado brutalmente a la eficacia y escondieron su cadáver en un oscuro sótano de González Catán. Porque imagino (no sé por qué) que este hombre, este asesino despiadado, vive en González Catán. Yo no necesito ningún cadáver que haga las veces de elemento probatorio (hoy que está tan en boga); me baso en mi instinto.

Ahora bien, usualmente cualquier albañil que se precie se cae y se levanta encima del reclamo de una señora que llama frutillita a la cerecita (o ceresita) y embutido al enduido, pero da la casualidad de que la señora en cuestión, más allá de su precario dominio de la terminología del ramo, es la abogada del consorcio, y por ende, aliada estratégica fundamental del administrador en cualquier asunto que se desmadre. Y todos sabemos que un administrador feliz es un administrador que vuelve a llamar a su equipo de confianza, mientras que uno infeliz, agarra la guía y se entonga con otro caballero que en lugar de asesinar a la eficacia, solo la secuestre y le pegue algunos sopapos. En el fondo, siempre será menos engorroso cambiar de albañil que de abogado.

Decía entonces que el albañil que se encarga de los trabajos de reparación en mi edificio odia a la Señora Bigud. La detesta. Y eso ocurre, infiero, porque dentro de las cuatro paredes de su –mi- departamento, el pequeño reino de impunidad que este criminal ha sabido edificar a lo largo de los años no posee ningún tipo de influencia. No existe tratado alguno de extradición. Lo que aquí se ejecuta, aquí se juzga. La línea directa que la señora en cuestión mantiene con su empleador produce una serie de consecuencias a las que no está nada acostumbrado. Si la mancha de humedad regresa a los quince días, él también. Si la mano de pintura colocada hace globos, se debe pintar de nuevo. Si los ladrillos no son suficientes, hay que conseguir más en el día, no una semana más tarde. En pocas palabras, el horror.

Esta tarde tendremos que vernos las caras, así que con una oportuna llamada a mi teléfono móvil, el hombre se aseguró de que sea yo el que lo reciba y supervise durante su breve estadía. Y tiene su lógica. Confieso que soy un ser mucho más afable y llevadero que la representante legal del consorcio. No me paro de brazos cruzados detrás de él mientras pica la pared, no hago preguntas, no doy indicaciones ni suspiro cuando el polvo comienza a volar. Mi único defecto es, talvez, que me olvido de ofrecerle algo de beber cuando la transpiración lo acosa. Pero supongo que es un detalle menor.

Sin embargo creo que a mí también me odia. Tengo la plena seguridad. No es un odio visceral, y tampoco tiene base en la forma en que interactúo con él. Más bien es un odio derivado, de segunda mano, producto de la tortuosa relación con su némesis femenino. Pero es odio al fin.

En cualquier caso, hoy pienso aportarle un pretexto a ese oscuro sentimiento que esconde en lo profundo del alma. Porque hoy es martes. Y los martes yo almuerzo solo. Y como lo que se me da... No, no, perdón, es la costumbre. Los martes llevo a la Pequeña Yoni a un taller de dibujo. De tarde. Después del colegio. Los martes no estoy. Nunca estoy. No lo tenía en mente cuando le di luz verde para venir.

En fin, tendrá que lidiar con mi reemplazo natural. Pagaría por verle la cara cuando esa puerta se abra. A él y a sus dos secuaces. Porque viene con dos secuaces. Dos tipos que, asumo, son los que lo ayudaron a bajar el cadáver de la eficacia hasta ese helado sótano. En González Catán, no sé si les dije.

Y llegaré a mi casa pasadas las ocho de la noche. Y saludaré con mi sonrisa plácida. Y él me clavará una mirada de fuego, así, con la Señora Bigud parada detrás, de brazos cruzados. Y esta vez, solo esta vez, con el único afán de sellar un tácito acuerdo de paz que sirva para aplacar su odio derivado, su odio de segunda mano, le ofreceré algo para comer.

Frutillitas y embutidos.

Quizás un vaso de agua.




Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 19 de abril de 2011

SUCINTAMENTE

Síntesis del post: Entredicho. Admisión de responsabilidad. Pedido de disculpas. Aclaración –muy necesaria- al foro.


El otro día tuve un pequeño entredicho con una señorita. De lo más amable ella, pero fue un entredicho al fin. Un entredicho virtual entre desconocidos que, por supuesto, jamás habían cruzado palabra, y probablemente jamás lo hagan de nuevo. Un ida y vuelta a través del correo electrónico que a la postre arrojó una suerte de distanciamiento –asumo- evitable si por las noches no fuera yo tan afecto a las bebidas espirituosas y a posar la yema de los dedos sobre esos cubos negros repletos de letras y signos de puntuación.


En fin… las cosas son como son, y no como uno desea que sean. Ni la dulzura de sus sentencias ni mi semblante neutro fueron capaces de contener el desborde que se difundió con cada golpe en la tecla ‘Intro’. Sin duda un hecho lamentable que ahora me dispongo a reparar con esta humilde y sincera admisión de responsabilidad. Así, sucintamente, como le gusta a esta amable señorita.


Soy malo. Una persona horrible, como me gusta decir a veces en este espacio. Invento historias que no son ciertas, celebro las pequeñas desgracias propias y ajenas, me burlo de los defectos físicos, prometo cosas que luego incumplo con malsano regocijo, discuto nimiedades con el único afán de molestar al prójimo, saco la basura antes de las ocho de la noche o después de las nueve, escupo en la vía pública, insulto durante los partidos de fútbol, elijo primero las mejores piezas del asado, nunca atiendo el teléfono, apago las luces cuando suena el timbre, me robo los jabones de los hoteles y a veces, incluso, leo Clarín.


Podría continuar enumerando mis defectos hasta la semana que viene, pero no voy a hacerlo. Hoy no. Hoy me prometí a mí mismo un límite de mil palabras. Contar mi asunto sin firuletes. Sin las fórmulas de las que soy tan amigo. Sin repeticiones. Así, sucintamente, como le gusta a esta amable señorita.


A lo nuestro entonces, que aún no hemos dicho nada y ya vamos a agotar la primera carilla en el word.


Me toca pedir disculpas y dar por terminado el incidente. No agregar más. No echar mano a los adornos. Quisiera describir el cuadro, la escena que me condujo a esa última y fatídica respuesta pasadas las dos de la mañana de un día como cualquier otro. Pero no puedo. Para ello tendría que aportar demasiadas precisiones, y no soy bueno a la hora de recortar detalles superfluos. Quiero decir, fallo en podar el árbol cuando lo veo completo. No encuentro la forma adecuada de cortarle el pelo al artículo.


Sí, sí, ya voy. Perdón. Sin firuletes, por supuesto. Así, sucintamente, como le gusta a esta amable señorita.


Le pido disculpas por esos inocentes dardos que, con muy mala fortuna, acertaron en el corazón de su sensibilidad. Usted no lo merecía.


Listo, ya está. Esto lo hice sin que usted me lo pidiera expresamente.


Procedo ahora con la aclaración pactada, no sin antes recordarle que sospecho, tengo la intuición, casi le diría que asumo que no hace ninguna falta. Maldita la gana que tengo yo de exponerla a usted aquí, de local, ante un pequeño foro que se constituye por propia voluntad, hecho que me lleva a fantasear con una inmerecida absolución. Usted tampoco merece eso, pero esta vez es su decisión.


Aclaración al foro: La mayoría de las historias que ven la luz en este humilde rincón de la blogósfera son inventadas, y bajo ningún concepto representan o reflejan los verdaderos sentimientos del autor, que en el fondo no es más que un alma pura y limpia, incapaz de desear el mal en sí mismo a ninguna persona, animal o mineral sobre la tierra. No sé si lo dije alguna vez, así que aprovecho la ocasión para hacerlo.


Sé que muchos de ustedes estaban escandalizados con varias de mis exposiciones, así que ahora que he develado un misterio que tenía a todos al borde del asiento, ahora que por fin he limpiado mi buen nombre y honor, doy por concluido mi asunto y me retiro.


Sí, ya sé, no lo hice así, sucintamente, como le gusta a esta amable señorita. De veras lamento no haber sido capaz de respetar esa promesa, ese límite autoimpuesto de las mil palabras.


Ahora ya lo saben; además de inventar historias que no son ciertas, prometo cosas que luego incumplo con malsano regocijo.


Y soy amigo de las fórmulas y las repeticiones. No sé si les dije.




Tengan ustedes muy buenas noches.


PS: Parafraseando a una buena amiga de la casa… ¡Harto me tienen!


martes, 16 de noviembre de 2010

HO HO HO...

Síntesis del post: Sin derecho a réplica.



Pueden continuar con sus amables comentarios, pero en el artículo de abajo.


Tengan ustedes muy buenas noches.

miércoles, 20 de octubre de 2010

UNA PINTURITA

Síntesis del post: Una prima. Un novio. Un artista. Un cuestionario. Una simpatía. Una evasión.



Como es habitual en el devenir de este humilde espacio, hoy me presento ante ustedes resuelto a desarrollar un asunto de la más cruda actualidad. En mi opinión, si uno no aborda los temas que dominan el centro de la escena en un momento dado, si no transita con habilidad los vericuetos de la coyuntura, todo aquello que tenga para decir o para contar acaba perdiendo entidad en la mente del vulgo. Y yo no puedo darme ese lujo.

A lo nuestro entonces.

Resulta que tengo una prima. Bueno, una sola no. En rigor de verdad tengo varias primas, pero la que me importa en esta ocasión es ella. No, tampoco es que las demás no me importen, no tergiverse mis dichos. Lo que quiero expresar –parece que sin demasiado éxito- es que no todas mis primas son relevantes a los fines de este artículo. Más aun, solo una lo es. Por eso comencé el párrafo diciendo que tengo una prima, aunque en rigor de verdad tengo varias. Pero si usted desea creer que tengo una sola, adelante, hágalo. Me viene como anillo al dedo. Porque no sé si le dije que solo una de ellas es relevante a los fines de este artículo. Sin embargo, lo que sí es de vital importancia para el normal desarrollo de estas líneas es que si decide asumir que tengo una sola prima, esa prima sea la que –en efecto- es relevante a los fines de este artículo, y no una de las tantas que no lo son. Aunque ahora que lo pienso, usted no conoce a mis primas. Tendría que ser un individuo condenadamente retorcido para inventarme una prima distinta de la que pretendo transformar, ni bien logre poner fin a esta modesta introducción, en la materia principal de mi análisis.

Medite muy bien lo que va a hacer. Confío en usted.

Ahora sí, a lo nuestro.

Resulta que tengo una prima. Dieciocho años tiene, ella. Y también tiene un novio. Un novio nuevo. El hombre, el imberbe –veinte años tiene-, es pintor. Pero no un pintor de brocha gorda. No. Es un artista. O eso pretende. Y por el simple hecho de serlo, o pretender serlo, es mirado con desconfianza por la plana mayor de su familia política. O sea, mi familia de sangre.

Qué injusticia.

Deseo dejar a salvo mi buen nombre y honor de cualquier cuestionamiento que pueda estar gestándose en la cabeza medieval de alguno de mis lectores. Yo lo miro con buenos ojos. El hombre, el imberbe –veinte años tiene-, es un artista. O pretende serlo. Y yo comparto esa pretensión, aunque en una rama más modesta del arte. Dicen los que saben que combinar palabras es más sencillo que combinar colores, aunque ninguna de estas dos actividades pueda compararse con el arte de combinar notas musicales.

En fin… son puntos de vista. La cuestión es que el imberbe cuenta con mi beneplácito. Debe ser por eso que busca refugio en mi compañía en cada reunión familiar.


- ¿Ya la pintaste desnuda?

- ¿A quién?

- A mi prima. Si no la pintaste desnuda, quiere decir que nunca la viste. O la viste y no la miraste. Y si la miraste y no la pintaste, quiere decir que no sos un artista. Pero sobre todo, que solo te interesa el sexo. Porque no creo que solo hayas mirado. Así que decime, ¿la pintaste o no la pintaste?

- …

- Sí o no.

- No.

- Pero sos un artista.

- Sí.

- Entonces tenés pensado pintarla.

- …

- Sí o no.

- Sí.

- Cuando eso pase, quiero que nunca en tu vida reveles la existencia de ese cuadro. A menos que ya lo hayas pintado y no me lo estés diciendo, cosa que me pondría muy pero muy contento, porque querría decir que entendiste mi punto. En serio… ¿ya lo pintaste?

- …

La cuestión –les decía- es que el imberbe cuenta con mi beneplácito. Lo que no termino de comprender es por qué ahora huye de mí en todas las reuniones familiares.


Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: En breve reanudaré mis visitas por los espacios virtuales amigos y afines. Gracias por la paciencia.

martes, 28 de septiembre de 2010

ALGO DAÑINO

Síntesis del post: Fin de la niñez. Mal día. Resentimiento. Algo dañino.



Aceptémoslo; usted ha dejado de ser un niño. Su señora madre decidió suprimir la compra mensual de su pasta de dientes favorita. Esa con gustito a frutilla. También se resiste con inusitada firmeza a lavarle los calzones y, lo que es peor, a depositarle la paga semanal sobre su mesa de noche. El mundo tal y como lo conoció hasta el día de hoy se desmorona sobre su cabeza, exigiéndole un replanteo que supera con creces la cantidad de improvisación presupuestada para el año en curso.

Su condición actual es expuesta con crudeza, trazándose una injusta analogía con la fábula de la hormiga y la cigarra. De nada sirve ahora esa briosa exaltación de las virtudes de la cigarra que ensaya con el afán de ablandar el corazón de su progenitora. Ella desea que se busque un empleo. Y en lo posible uno honesto; de esos que retribuyen un esfuerzo físico o intelectual con una cantidad de moneda de curso legal determinada de antemano. Un verdadero escándalo. Una pretensión inadmisible.

Para colmo de males, su padre –siempre tan didáctico- le explica que el vello que ha echado en algunas zonas más o menos privadas de su anatomía no solo le otorga derecho a demostrar su condición de macho alfa entre las sábanas de alguna señorita (algo de lo que está orgulloso), sino que también le impone la obligación de abonar los gastos que ello demande con fondos propios.

No, ni siquiera lo piense. Usted sabe mejor que nadie que si en cuatro años de carrera ha rendido con éxito solo siete exámenes finales, las posibilidades de que se reciba de algo son insignificantes. La excepción que pretende interponer prosperaría si se hallara a unos pocos metros de la bandera a cuadros, y para las distancias que usted maneja sería mucho más apropiado utilizar el año luz.

“Oiga… ¿por qué me dice estas cosas horribles?”, preguntará usted, que si bien no se reconoce en el ejemplo que traigo a la mesa, deja escapar alguna que otra lágrima rememorando un pasado no del todo cicatrizado.

La verdad es que no lo sé. No puedo dormir. Tuve un mal día en el trabajo. Cometí errores infantiles. Ignoré detalles notorios. Comprometí recursos insustituibles.

Qué sé yo… me gusta pensar que con estas líneas le estoy amargando el día a alguien más. Que estoy poniendo de manifiesto –sin anestesia- lo irreparable de sus conductas. Que estoy hiriendo de muerte alguna adolescencia extemporánea.

No sé… algo. Algo dañino.



Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 29 de junio de 2010

CUCURUCHO NO HAY...

Síntesis del post: Nocturnidad. Paseo televisivo. Ganas de molestar. Remate.





Pasear por la grilla televisiva a altas horas de la noche es un arte de difícil ejecución. No cualquiera es capaz de hallar la combinación adecuada para mantener los sentidos en alerta y la mente despejada, y prueba de ello son los miles de cuerpos inertes que cada noche acaban derrumbados sobre un sofá, doblados sobre sí mismos, luciendo llamativos colgajos de baba, ladeados parcialmente o con todo el peso concentrado sobre pequeños huesos que no fueron diseñados para soportarlo. Eludir a Morfeo requiere instinto, velocidad y buena predisposición, además de un dedo pulgar inquieto y a la vez juicioso. No señor, no es para cualquiera.

Una habitación a media luz. Una señorita se abalanza sobre un joven exhibiendo una actitud que calificaremos como fogosa. Lo acaricia, lo besa. Y él permite. Todo viento en popa.

Dedo pulgar quieto, pero en posición.

De pronto la situación da un vuelco inesperado. Al menos para mí. El joven la aparta con cara de circunstancia, cierra el puño y se inflinge sonoros golpecitos en la frente, como si quisiera embadurnarla con un cucurucho de helado, pero sin helado. Interpone excepciones. Habla de un pasado común calamitoso y la abraza con más amor que lujuria.

Me pierden. Dedo pulgar operativo.

Los goles de Brasil frente al combinado chileno, pero analizados desde la perspectiva de un desencajado Marcelo Bielsa.

El hombre camina de un lado a otro entre miradas furtivas y vivísimos alaridos. Le va a dar un infarto en cualquier momento. Se sienta. Se para. Instruye a su colaborador más cercano para que amoneste, advierta o amenace a uno o varios de sus jugadores. Insulta sin un destinatario definido. No puede con su alma. Y encima pierde tres a cero.

Me da lástima. Dedo pulgar al ruedo.

Según entiendo, el Universo está compuesto en su mayoría por materia oscura. Jamás hemos visto siquiera una partícula de esta clase de materia. Y cuando hablamos de partícula, nos referimos a un despojo no más grande que la millonésima parte de un átomo. El concepto es complejo, aunque inquietante. Me quedaría mirando si no fuera porque en lugar de esos gráficos computarizados tan interesantes que suelen mostrar en estos programas, hay un científico chino (o norcoreano) que me cuenta lo que yo quiero ver. Y todo con la misma cara.

Me frustro. Dedo pulgar al rescate.

Homero Simpson en acción. Me gustaban más los capítulos viejos. Wimbledon, el partido más largo de la historia. Nadie en su sano juicio lo resistiría a estas horas de la noche. Un cocinero italiano prepara una salsa. No quiero terminar asaltando la heladera. El joven del cucurucho ensaya un parlamento inverosímil delante de otra señorita. O talvez la misma. No lo sé. Sus palabras garantizan una noche en soledad.

Finalmente la oscuridad. Párpados a media asta. Un profesional interpreta el mensaje. No quiero traer a escena el espectáculo de la baba. Es hora de marchar a la habitación.

Por casualidad me cruzo con la señora Bigud en el baño. Ella duerme hace más de tres horas, pero alguna necesidad de tipo fisiológico la sacó de la cama justo en este momento.

Repito maquinalmente el parlamento del joven, más para molestar que para lograr un permiso. No soy creíble, y me gano un insulto de última hora.

Es una verdadera pena, me dejó con el remate en la punta de la lengua.

Cucurucho no hay…


Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: Arderán en el infierno aquellos ingratos que no pasen por MIB con el objeto de celebrar las pavadas que escribo. Ya lo saben.

viernes, 21 de mayo de 2010

POTENTE GEN

Síntesis del post: Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo siempre subo un Potente Gen.

Con los oprobiosos resultados de la última semana aún en carne viva, esta vez he tomado la decisión de buscar refugio en lo seguro. Aportaré una dosis de contundencia tal, que la banda de facinerosos que últimamente se dedica a interponer toda clase de argumentos falaces en orden a voltear los PG, se verá privada de ejercer esa artera práctica por miedo a ser sometida a un justiciero escarnio público.

Sí, como lo oyen. No miren para otro lado. Yoni aún posee su pequeño ejército de leales. La legión de la objetividad. La armada de la honestidad genética. Así que a mirar muy bien las baldosas donde se pisa.

Yo no soy rencoroso, por lo tanto solo recuerdo muy por encima los nombres de aquellos sediciosos que la última semana lograron voltear al Gen Law (Así, a vuelo de pájaro y, quizás, en orden de aparición, serían estos: Condesa sangrienta, Laura, A.R.N., Winter, Señor Carugo, Belugar, Gaucho, Gabriela, Any, Mona, Alelí, eMe, Samain, Fabiana, Mostro, Guada, Estrella, Señor Pablo, Ouchurus, Marina, Minombresabeahierba, Julieta, Marina mamá, María Luján, Passion, Señor F, Elvis y Rebeca). Pero bueno… no se preocupen. En realidad sería incapaz de poner un ojo minucioso sobre su proceder en esta y las próximas entregas.

Ahora a lo nuestro:

POTENTE GEN

Como bien acabo de decir, en esta ocasión pienso refugiarme en lo seguro. Sepan ustedes que, a pesar del apodo que han sabido conseguir en los medios audiovisuales y de sus simétricas carencias intelectuales, las elegidas de hoy no son mellizas. Son –simplemente- hermanas. Se llevan un año de diferencia.

Gen Xipolitakis

Victoria. Me suena que esta es la mayor, pero no pondría las manos en el fuego.

Stefanía. Me suena que esta es la menor, pero no pondría las manos en el fuego.

Stefanía y Victoria, en ese orden. De izquierda a derecha digo.

Stefanía y Victoria. No sé decir cuál es cuál.

Stefanía y Victoria. Me suena que la que muestra el traste es Victoria, pero no pondría las manos en... bueno... no sé.

Así es, mis queridos sediciosos. Las mellizas Xipolitakis son, en realidad, las hermanas Xipolitakis.

Creo, entiendo, intuyo, sospecho, que no necesito agregar una sola palabra más.

Los escucho.



Tengan ustedes un patriótico fin de semana.