jueves, 29 de mayo de 2014
PEQUEÑECES
miércoles, 11 de enero de 2012
SECRETOS (OSCUROS) Y MENTIRAS (PIADOSAS)
‘¿Qué me pasó?’, me pregunta mi amigo con un hilo de voz mientras observa la madeja de cables que unen su brazo derecho a la máquina que le suministra las diferentes drogas destinadas a mantener la estabilidad de su organismo.
‘Tu mujer te cosió a puñaladas, Charly. ¿Te acordás de algo?’
‘Creo que no’, dice luego de pensar algunos segundos. Habla con el ceño fruncido, como si le costara ordenar los acontecimientos o desconfiara de su memoria.
‘Bueno, algo la puso furiosa. Ahora está detenida en la alcaldía de Tribunales. Ayer la llevaron al juzgado, pero se negó a declarar. ¿Tenés alguna idea de qué le pudo haber pasado?’
‘No, te juro. Nosotros estamos muy bien. Tenemos algunos problemas, pero nada que salga de lo normal.’ Parece muy convencido de lo que afirma, así que decido no insistir y dejarlo descansar un poco.
Un instante después se queda profundamente dormido, por lo tanto tomo el libro que traje y me pongo a leer. Todavía faltan un par de horas para que su madre y su hermana vengan a relevarme. Necesitaban descansar, distraer la mente luego de tantos días de hospital, tanta tensión; así que me ofrecí para cubrir el turno tarde. Me alegra poder darles una mano en estos momentos tan difíciles.
De pronto alguien golpea la puerta de la habitación. Son golpes suaves, delicados, podría incluso inferirse una nota de timidez.
‘Adelante’, digo, porque eso es lo que suele decirse para otorgar un permiso, y yo soy amigo de las convenciones, las fórmulas y las tradiciones.
Frente a mis ojos una señorita. Una señorita de esas que nublan el pensamiento, alborotan las ideas y provocan repeticiones involuntarias de sílabas. Tez morena, cabello castaño oscuro, ojos verdes escondidos por unas pestañas larguísimas y exageradamente curvadas, nariz pequeña pero sin rastros de haber sufrido bajo el filo del bisturí, labios carnosos y un lunar muy sugestivo entre la mejilla derecha y la parte superior del mentón. El calor agobiante nos regala un vestido corto, bien suelto, que revela unos generosos pechos y permite admirar un físico exuberante aunque exento del pecado de la desproporción.
‘¿Cómo está?’, me pregunta sin mostrar el mínimo interés por mi identidad, parentesco o propósito en la habitación.
‘Parece que mejor’, respondo. Porque eso es lo que parece, no porque pretenda consolarla con mentiras piadosas.
Finalmente emite dos o tres sollozos, me entrega una carta para Charly y se retira cabizbaja, obligándome a un súbito replanteo de mi voluntad de consolación.
Me sumerjo de nuevo en la lectura. Nada mejor que un buen libro para borrar de la mente los pensamientos impuros.
De pronto alguien golpea la puerta de la habitación. Son golpes decididos, sobrios, podría incluso inferirse una nota de impertinencia.
‘Adelante’, digo, porque eso es lo que suele decirse para otorgar un permiso, y yo soy amigo de las convenciones, las fórmulas y las tradiciones.’
Frente a mis ojos una señorita. Una señorita de esas que le arrancan a uno emociones inexploradas. Tez blanca, como de porcelana, cabellos rubios y lacios, largos hasta la mitad de la espalda, ojos celestes, nariz respingada (no diminuta), boca pequeña y labios finos y pálidos. El calor agobiante nos regala otro vestido, también amplio, floreado, generoso a la hora de revelar, aunque dentro de los límites de la elegancia.
‘¿Vos quién sos?’, me pregunta como desconfiando de mi propósito en la habitación, y al mismo tiempo interesándose por mi identidad o grado de parentesco con la víctima.
‘Un amigo, ¿y vos?’, repregunto con sorprendente lucidez para alguien que experimenta emociones inexploradas.
‘Otra amiga’, contesta ya sin mirarme. ‘¿Cómo está?’, agrega con genuina preocupación.
‘Parece que mejor’, respondo. Porque eso es lo que parece, no porque pretenda consolarla con mentiras piadosas.
Finalmente rompe en llanto, me entrega un paquete envuelto en papel de regalo y se retira presurosa, dejándome –—una vez más— solo con mis elucubraciones acerca de la consolación.
Me sumerjo de nuevo en la lectura, aunque ya sin el mismo nivel de concentración que alcancé justo antes de que irrumpiera la primera señorita.
De pronto alguien golpea la puerta de la habitación. Son golpes apagados, tristes, podría incluso inferirse una nota de desolación.
‘Adelante’, digo, porque eso es lo que suele decirse para otorgar un permiso, y yo soy amigo de las convenciones, las fórmulas y las tradiciones.
Frente a mis ojos una señorita. Una señorita de esas que bien podrían valer una decena de puñaladas en el lomo. Tez aceitunada, cabellos negros y lacios, ojos oscuros que denuncian la presencia de algún gen asiático en la familia, nariz ancha y algo achatada, boca pequeña y labios finos y rojos. Rojísimos. El calor agobiante nos regala un último vestido. Corto. Ceñido a un cuerpo de proporciones celestiales que es exhibido sin complejos.
‘¿Sos el hermano?’, me pregunta adivinando mi grado de parentesco, interesándose por mi identidad y al mismo tiempo asumiendo un propósito noble para mi presencia en la habitación.
‘Un amigo’, corrijo tratando de fijar la mirada en algún punto de su anatomía que no implique una transgresión a la moral y las buenas costumbres.
‘¿Cómo está?’, vuelve a preguntar sin atender a mi explicación.
‘Parece que mejor’, respondo. Porque eso es lo que parece, no porque pretenda consolarla con mentiras piadosas.
Finalmente una lágrima rueda por su mejilla izquierda, me entrega un ramo de flores (jazmines) y se retira murmurando un rezo, dejándome —maldita sea mi suerte— solo con mi tratado inacabado de consolaciones.
Ya no me sumerjo de nuevo en la lectura. No es muy difícil darse cuenta cuando no es el día para leer. En lugar de ello enciendo el televisor y busco una película que me ayude a matar las horas.
‘Sos un amor querido, no sabés cuánto te lo agradezco’, me dice la madre de Charly rodeándome las mejillas con sus manos regordetas luego de mi reporte. El hecho de que su hijo haya despertado unos minutos la tiene exultante.
‘¿Vino alguien mientras no estábamos?’, pregunta como al pasar.
Respondo negativamente. Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Y no se me nota en la cara.
A ver… indagado en profundidad debería admitir la ausencia de motivos para el embuste, pero bueno, no sé explicarlo, a veces hay que saber interpretar al olfato, anticipar los problemas que uno podría causar. Por otra parte no me consta que esas tres señoritas tengan alguna relación —aunque más no fuera remota— con los hechos acaecidos. O con la víctima. Mi amigo. Y la amistad, estimados, es enemiga de las sospechas, y si cuadrara, también de la verdad, de la justicia y de la memoria. Lo digo sin ponerme colorado, y firmo al pie. Aunque me lluevan los cascotes.
‘Pobrecito, cómo te habrás aburrido’, agrega la señora sin soltar mis mejillas. ‘¿Al menos enganchaste alguna película entretenida?’
‘Sí, por suerte sí: Los ángeles de Charlie’, respondo. Porque eso es lo que estuve viendo (ya lo creo que sí), no porque pretenda consolarla con mentiras piadosas.
Además, para mentira piadosa y consuelo ya están los jazmines que supuestamente compré para hacerles más placentera la estadía.
Es que yo estoy en todos los detalles.
Tengan ustedes muy buenas noches.
martes, 19 de julio de 2011
UN SEÑOR INDECIBLEMENTE CHIQUITO
Nos toca volver al consultorio de mi dentista, más precisamente a la sala de espera del consultorio de mi dentista. Ello implica que la historia de hoy repite el decorado que se utilizó aquella aciaga tarde en que tuve la mala idea de pedirles que me acompañaran. Sí, a ustedes, ahora no me digan que no recuerdan a la señora Osorio y su pequeño arranque lujurioso.
En fin… tendamos un manto de piedad sobre el asunto. En cualquier caso, lo bueno de regresar a un escenario por todos conocido es que me evita la ardua tarea de la descripción, hecho que también trae aparejado un beneficio para ustedes, ya que el artículo acabará siendo algo más corto de lo habitual.
A lo nuestro sin más, o de otro modo vamos a desperdiciar esta pequeña ventaja que nos fue obsequiada por el azar.
Estamos sentados frente a un señor muy chiquito. Un señor indeciblemente chiquito. Tanto, que inspira ternura. Calvo excepto a la altura de la nuca, blanco de tez y más bien regordete. Usa unos anteojitos redondos, de gruesos cristales y un armazón que parece como de alambre, y que por algún motivo, no me pregunten cuál, hacen juego con el bigotito. Y tiene un sombrerito aprisionado contra la panza por sus manitos rechonchas y nerviosas. Ay señora… mírelo ahí sentadito, parece un muñequito.
En contrapartida tenemos también a su esposa, que parece estar aquí para brindar apoyo moral. O para impedir una cobarde huída. Da lo mismo. Es una señora voluminosa. Una señora indeciblemente voluminosa. Tanto, que inspira temor. En este sano tren de evitarnos las descripciones voy a pedirles que imaginen algo diametralmente opuesto a nuestro héroe del día, salvo, tal vez, por el asunto del bigotito. En eso sí se parecen.
El diminuto señor tiene como unos temblorcitos. Y zapatea. Asumo yo que por los nervios que le ocasiona un inminente tratamiento de conducto; acaso una extracción. Primero el pie derecho, luego el izquierdo y otra vez el derecho. Zapatea con toda la suela, y produce un ruidito bastante intenso que genera una visible tensión en el rostro de su mujer. Sin embargo ella no reacciona en forma agresiva. Se mantiene en una suerte de trance, con la vista al frente y las manos entrelazadas.
¡Bigud!
Ese fue mi dentista. No sé si les dije que tiene la mala costumbre de asomar la cabeza desde la profundidad del consultorio y gritar a viva voz el apellido del paciente a maltratar.
Al salir notamos, no sin cierta cuota de regocijo, que en la sala de espera se encuentra solo la señora indeciblemente voluminosa. Parece que después de todo el pequeño condenado logró perpetrar la huída. O está en el baño. O simplemente no era el apellido a maltratar. Sabrá Dios cuál es la respuesta, aunque habiéndonos caído tan simpático como nos cayó no podemos menos que desearle la mejor de las suertes.
Punto final para esta etapa del artículo, por lo tanto ahora saltamos en forma abrupta al living de mi casa. Vamos a insistir en esta modalidad de evitarnos las descripciones, así que imaginen un sillón como cualquier otro y un televisor como cualquier otro. Porque eso es precisamente lo que estamos haciendo. Viendo un interesantísimo documental sobre las tarántulas panza arriba en el sillón, con la mitad de la boca dormida y un ruidito como de abeja en el oído izquierdo.
Resulta, señora, y no se me espante, que a la tarántula macho le va la vida cada vez que tiene la peregrina idea de aparearse. Sí, así como lo oye. Siendo considerablemente más pequeño que la hembra se ve forzado a observar todos y cada uno de los pasos de un complejo ritual de cortejo para no ser devorado antes, durante o incluso después de lograr su desfachatado cometido.
Le explico de qué va el asunto:
Al detectar las feromonas de la hembra, el macho comienza a cortejarla con rápidos movimientos de los pedipalpos y las patas delanteras (como si temblara) dando pequeños golpes en el suelo para anunciar su presencia. Esto es muy importante, dado que las arañas no tienen buena vista, y dependen de estas vibraciones para decodificar el mensaje.
La hembra abre los colmillos y levanta las patas delanteras como si fuera a atacar, pero el aventurero paraliza los colmillos con sus ganchos tibiales mientras le acaricia el abdomen para calmarla. Luego, con la ayuda de los bulbos introduce el semen en la espermateca de su compañera y finalmente huye para no convertirse en el almuerzo.
Y eso es todo. ¿Vio que no era para tanto? ¿Vio cómo no era tan terr…
¡UN MOMENTO!
Ay dios mío…
Tranquilos, todo el mundo quieto. En cualquier caso es mejor que esta vez hayamos pasado primero. Digo, eso no se debe haber parecido nada a lo de Cárdenas y la señora Osorio.
Y también puede ser que estuviera en el baño, che. No sean tan fatalistas.
Tengan ustedes muy buenas noches.
lunes, 27 de junio de 2011
ANCHO DE BASTOS

Un comercial de televisión. Dos amas de casa, dos madres, dos perfectas desconocidas, dos mujeres como usted y como yo. Bueno… como yo no, pero como usted sí. El caso es que tenemos a dos damas pertenecientes a la cada vez menos vasta clase media argentina (es que uno de los grandes méritos del proyecto nacional y popular, a las pruebas me remito, es haber logrado el surgimiento de una única gran casta de magnates plenos de felicidad) que celebran la normalización definitiva de su ritmo intestinal y atribuyen el hecho a la ingesta constante y uniforme de un producto lanzado al mercado por una afamada marca de lácteos.
Ay señora, viera usted lo felices que están. Y lo cuentan. Sí, lo cuentan con lujo de detalle ante la atenta mirada de una reconocida actriz, modelo y conductora del medio local que se muestra interesadísima en la frecuencia de sus deposiciones sólidas. Ah… y mejor no hablemos de las repercusiones que la ingesta del producto en cuestión tiene sobre la vida cotidiana de estas mujeres. O sí, hablemos, que al fin y al cabo de eso se trata el asunto. Según parece ambas han dejado de sentirse pesadas, incómodas y de mal humor con gente que a todas luces no lo merecía. Mejoraron el rendimiento en el trabajo, la relación con sus hijos e incluso aumentaron en forma considerable la frecuencia de sus encuentros íntimos. No entre ellas, claro está, sino con sus maridos. Sin duda una experiencia fantástica, una decisión de la cual nadie podría arrepentirse.
¿Y cuál es su punto?, preguntará usted, intuyendo que si no tuviera nada que acotar este artículo carecería de objeto.
Mi punto, estimado lector, es que el comercial no me convence en lo absoluto. La escena me lleva a pensar que para que este bendito producto funcione no solo es necesaria la ingesta constante y uniforme, sino también la tertulia posterior. Esta suerte de relato pormenorizado en presencia de una figura mediática que de no existir transformaría el paso de estas damas por el inodoro en una empresa inútil y carente de incentivos.
Y además opino que se encuentran pésimamente elegidas las protagonistas. ¿Por qué apelar al universo femenino para describir tan noble actividad? Es como un atentado.
¿Y entonces qué propone?, preguntará usted (de nuevo), que no es de los que se conforman con la destrucción de un argumento sin el debido aporte de ideas.
Yo hubiera utilizado un camionero, qué quiere que le diga. Un gordo barbudo de pelo largo, cuarentón, con una remera gastada de Motorhead y unos borceguíes militares que dijera lo siguiente: “Desde que consumo este producto de esta afamada marca de lácteos, dejé de hacer esas pelotitas redondas y negras parecidas a la caca de oveja. Ahora me mando unos regios anchos de bastos. Y todos los días a la misma hora”.
Y ahí nomás le damos paso a la charla con la reconocida actriz, modelo y conductora del medio local que, presa de una estupefacción muchísimo más genuina, celebrará la regularidad y el caudal de esas deposiciones mostrando a la cámara el correspondiente naipe de la baraja española. El ancho de bastos.
¿Y? ¿Qué le parece?
De otro modo uno siempre se queda con esa sensación de que el producto promocionado solo sirve para solucionar un limitado número de insípidos problemas que aquejan a gente irreal.
Y si no me cree échele un ojo a las propagandas de pañales y toallitas femeninas (con alas o sin ellas) que nos presentan maravillosos avances destinados a impedir que las pérdidas líquidas del cuerpo humano entren en contacto con la piel o con la ropa, siempre y cuando sean ellas de color azul.
A propósito… tengo en carpeta un par de ideas finísimas para mejorar la comunicación visual de esos dos productos con el público en general.
¿Quiere que se las cuente?
Tengan ustedes muy buenas noches.
jueves, 4 de noviembre de 2010
LARGA DISTANCIA

Tenemos a un corredor de largas distancias. Larguísimas diría yo. El hombre, según entiendo, se especializa en una disciplina tan exigente como novedosa. El Ultramaratón, que consiste en correr muchísimos más kilómetros de los que el cuerpo y el alma pueden soportar, pero sin sufrir una muerte horrenda en el intento.
Lo que atrajo nuestra atención hacia este curioso personaje es el hecho de que intenta batir un récord. Desea entrar en el libro Guiness, y para lograrlo correrá sobre una cinta durante veinticuatro horas seguidas. La idea es cubrir en ese lapso más de doscientos cincuenta y siete kilómetros, porque si no, no hay récord. Es decir que no basta con evitar esa horrible muerte de la que hablábamos; además hay que hacerlo bastante rápido.
Y en eso está nuestro héroe -en el asunto de batir el récord- el día jueves a las ocho de la mañana, cuando un cronista del noticiero del canal veintiséis (del que Mona Loca y quien les habla son fervientes seguidores) se acerca a la Plaza de Mayo con el fin de interiorizar a la audiencia sobre los pormenores de la epopeya. Porque la misma, no sé si les dije, tiene lugar en la Plaza de Mayo.
Como en este instante ya han transcurrido trece largas horas de sufrimiento, el que sale al cruce del recién llegado es el médico que tiene a cargo la supervisión del participante. O dicho de otra forma, el profesional que procura evitar que el insensato sufra una muerte horrenda.
Se produce el siguiente intercambio:
- ¿Y maestro? ¿Cómo está Rodolfo?
- Y… acá estamos, tratando de reanimarlo. Queremos hidratarlo, estabilizarlo para que pueda continuar corriendo el mayor tiempo posible.
- ¿Y de ánimo?
- Y… en eso también estamos trabajando, está un poquito caído por todo lo que le pasó.
Ninguna maniobra que involucre tareas de reanimación puede indicar que la cosa marcha según lo planeado. Usted lo sabe; yo lo sé; y el médico también lo sabe. Sin embargo, las respuestas recibidas no calan demasiado hondo en el optimismo del cronista. A esta altura, incomprensible optimismo.
Haciendo caso omiso de las precisiones médicas que presagian el trágico final de este gambito, todavía le quedan ganas de preguntar por el récord. Porque dentro de su mente, la marca vigente tiene fecha de vencimiento. La caída es un hecho que no será desvirtuado por ningún pesimista de pacotilla.
Se acerca al mismísimo Rodolfo, que en este instante camina sobre la cinta con el rostro desencajado, y entonces se produce el segundo intercambio:
- ¿Cómo vamos Rodolfo?
- Y… por desgracia tuvimos muchos inconvenientes, es una carrera difícil. Hasta las diez horas venía todo bien, pero ahí empezaron los mareos. Después me dieron vómitos, tuve hipotermia y me cagué encima, con perdón de la palabra.
- Pero seguís acá, y faltan diez horas para el récord.
Fascinante. Del sano entusiasmo a la desestimación de la opinión profesional, de allí a la negación y finalmente a la obcecación. Sin escalas.
A ver, pedazo de infradotado… llegó la parte en que hay que usar la cabeza. Un poquito aunque sea. Apenas acaba de pasar la mitad de la prueba y el hombre ya largó al pavimento toda la comida de la semana, se puso azul por el frío, perdió el control de esfínteres y se arrastra por la cinta con la mirada perdida en el cabildo. Solo le faltó pedir a viva voz que alguien lo matara…
Por fortuna para él, la respuesta de Rodolfo es bastante más cortés que la mía. Le informa que ya no habrá récord, pero que cada kilómetro que logre recorrer significa dinero para las asociaciones benéficas con las que él y su equipo intentan colaborar.
De pronto interviene el conductor del noticiero, un señor que allá por la década del noventa lucía un frondoso bigote y conducía un show al estilo Lía Salgado, y que ahora no luce ningún frondoso bigote y conduce –justamente- un noticiero matutino por el cable.
El hombre no es ninguna lumbrera, pero conoce el oficio y sabe intuir el ridículo.
Rodolfo no batirá ningún récord. Eso es un hecho. A duras penas logrará evadir una muerte horrenda, siempre y cuando el médico encargado de la supervisión acierte el momento exacto de tirar la toalla. Y su enviado especial… bueno… continuará preguntando por el bendito récord hasta que él decida sacarlo del aire, o el médico le aseste un golpe definitivo con el estetoscopio.
Decide sacarlo del aire, por supuesto. Y lo hace con elegancia. Le habla del récord que ya no será, lo instruye para que no siga incordiando a Rodolfo y le solicita que permanezca atento a cualquier indicio del inminente desenlace.
Y el cronista accede, claro que sí. Y pronuncia la palabra ‘récord’ cuatro veces en la última oración. Y sale del aire mansamente. Y yo agradezco por una nueva joyita de la televisión matutina.
Salud Rodolfo. Espero de corazón que la aventura culmine sin tener que lamentar víctimas ni daños materiales.
Cómo me gusta ser un ferviente seguidor de este noticiero.
Tengan ustedes un maratónico fin de semana.
PS: Esto debió publicarse el viernes a las cero horas, pero como soy un pavote apreté 'publicar' antes de programarlo.
martes, 2 de noviembre de 2010
TRÁNSITO LENTO

Nos situamos hoy en el corazón de un noticiero matutino muy popular. Estoy hablando de la televisión. De la televisión matutina, por supuesto.
El programa es conducido por dos personas que, gracias a una mezcla de pericia y costumbre, lo llevan adelante sin mayores sobresaltos. Un hombre y una mujer. Una pareja cuyo estricto marco es el plano profesional, dentro del cual han alcanzado una sincronía envidiable. A los efectos de este artículo los llamaremos Daniel y Silvia. O Silvia y Daniel. Vaya entonces nuestra más sincera felicitación para ellos. Para Daniel y Silvia, o para Silvia y Daniel, aun cuando esos no sean sus verdaderos nombres.
Ahora bien, como todo producto que se precie, este programa cuenta también con algunos colaboradores que se encargan de las distintas secciones que suelen componer un noticiero. Un noticiero matutino. Un noticiero matutino muy popular. Así tenemos al experto en deportes, al pronosticador del clima, al cronista de policiales, al economista, al politólogo, etcétera.
Como es habitual en el devenir de este humilde espacio, nuestros ojos se posarán sobre un individuo que –juzgamos- se encuentra en el centro de la escena.
En pocas palabras, centraremos la atención en el etcétera.
A lo nuestro entonces:
Hablaremos hoy del individuo encargado de brindar las precisiones sobre el estado del tránsito en la ciudad. Y como es necesario ponerle un nombre (no veo por qué, si lo hicimos con Daniel y Silvia, o Silvia y Daniel, no debemos hacerlo también con él), lo llamaremos Raúl, siempre a los efectos de este artículo.
Raúl –decía- se encarga de brindar las precisiones sobre el estado del tránsito en la ciudad. Pero eso no es lo único que hace. También es el encargado de destrozar esa armonía, ese clima de café con leche y medialunas de grasa que suele reinar en este noticiero. En este noticiero matutino. En este noticiero matutino tan popular.
‘Vamos con Raúl y el estado del tránsito en la ciudad’, dice Silvia sin mucha convicción. Porque sabe lo que se aproxima. Lo conoce. Lo vive todos los días. Todas las mañanas.
Y Raúl irrumpe. O mejor dicho, la voz de Raúl. La voz entrecortada de Raúl. Su respiración agitada. Su afán de prevenir al futuro automovilista.
Parece que estuviera transmitiendo desde Bagdad. Pero no la Bagdad de hoy. No. Desde Bagdad en el mes de abril del año 2003. En medio de los bombardeos. En medio del caos, el sufrimiento y la sangre. Está, creo yo, en un helicóptero que literalmente sobrevuela la materia de su análisis. Está en su salsa, y es dueño de un entusiasmo digno de aplauso.
¡Gracias Silvia! Todos los accesos a la capital con jjjjjjjjjjjjjcha lenta jjjjjjjjjjjjjjbo un choque en jjjjjjjjjjjjjjjnamericana que provoca unjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjres kilómetros y medio. Puente Pueyrredón cortjjjjjjjjjjdo por manifestantes que reclaman porjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjlanes trabajar. Avenida Madero jjjjjjjjjjjjjlentjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjamionesjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjlicíajjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj…
Daniel y Silvia, o Silvia y Daniel, escuchan impertérritos las precisiones parciales de Raúl. Un oscuro productor que, o bien los odia profundamente o está distraído, los conserva en un ignominioso primer plano en vez de sustituirlos por una foto cualquiera del Google Earth. Y ellos se miran. Se miran de reojo. Con el resto de la cara apuntando hacia la cámara que los mantiene cautivos. Conteniendo la risa y el sudor frío.
‘Raúl… Raúl… ¿me escuchás?’, interviene Daniel -también- sin demasiada convicción.
Se agrega aquí una circunstancia dramática. Raúl no escucha. Bien por el ruido que lo rodea o a causa de su entusiasmo, no escucha absolutamente nada. Y en su afán de prevenir las palabras no cesan. Se agolpan en la punta de su lengua y saltan al vacío desde ese helicóptero que literalmente sobrevuela la materia de su análisis.
Recomendamos a los jjjjjjjjjjjjvilistas que circuljjjjjjjjjjjjjona nortjjjjjjjjjjjjjjjjviarse por colecjjjjjjjjjjjj tener paciencjjjjjjjjjjjjjjjjjj en el peaje dejjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj por la autopjjjjjjjjjjjjjjjjjjjturo Illiajjjjjjjjjjjjjj Nueve de Juljjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjbelisco.
Raúl ha ido demasiado lejos. Una vez más. Sin intención, por supuesto, pero lo ha hecho. Está fuera de control. Ni siquiera ese dañino productor que guarda bajo su pecho un odio visceral hacia Daniel y Silvia, o Silvia y Daniel, encuentra divertida la escena. Solo nosotros, los televidentes que ya nos hemos lavado la cara, disfrutamos imaginando el abrupto final que se avecina para la sección ‘estado del tránsito en la ciudad’.
La avenida Corrienjjjjjjjjjjjjjjjjsta el bajo. Pero cuidjjjjjjjjjjjj…
Plop.
Chau Raúl.
Interviene el experto en deportes. O mejor dicho, es obligado a intervenir el experto en deportes. Por sorpresa, porque ese dañino productor no solo odia a Daniel y Silvia, o Silvia y Daniel. También lo odia a él.
Entonces se acomoda las crenchas como buenamente puede, ordena sus papeles y comienza a balbucear.
‘Muchas gracias Raúl…’, expresa con un rictus piadoso.
Luego se sumerge en lo suyo.
Parece que River y Boca jugarán el día martes a las cuatro de la tarde. Y que Juan Román Riquelme reaparece el domingo que viene.
‘A nadie le importaría si no fuera por el profesionalismo que demostró Raúl’, pienso yo, que siempre poso los ojos sobre aquel que se encuentra en el centro de la escena.
Otro profesional incomprendido por esta sociedad cegada por la inmadurez.
Tengan ustjjjjjjjjjjjjjjjjjjas noches.
jueves, 19 de agosto de 2010
PROHIBIDO PISAR EL CÉSPED

Jueves 19 de agosto, 7.45 horas, un noticiero cualquiera:
“Este señor es como Atila. Es el Atila del siglo XXI, en el cual después que pasaba por un lugar no se permitía más que creciera el pasto. Esto es lo mismo, donde pasa él no se permite que crezca la educación pública”.
La autoría de esta auténtica gema de la claridad conceptual, la analogía y la pureza idiomática a la hora de la construcción de oraciones no pertenece al número cuatro del Club Atlético Chacarita Juniors sino a la ex rectora del colegio Nacional Buenos Aires, Virginia González Gass.
La aguda acusación de la mencionada docente está dirigida al actual rector del colegio, cuyo apellido no recuerdo en este momento.
Una vez superado el primer impacto, identificada la idea principal y revisados los enlaces entre las distintas secciones de cada oración, procedo a ensayar una interpretación libre de la originalísima comparación que extrajo de la manga esta simpática profesional:
Resulta obvio a los ojos de cualquiera que el rey de los Hunos poseía una suerte de guardia pretoriana munida de tijeras y machetes para impedir el crecimiento del césped en todos los sitios donde a él se le ocurriera poner un pie.
Sin embargo, profundizando un poco en la leyenda original nos encontramos con el hecho de que la misma no se refiere a Atila sino a Othar, su caballo, del cual se decía que por donde pisaba no volvía a crecer la hierba. Esta buena nueva coloca a la comparación de la señora González Gass de cara a una serie de inconvenientes bastante severos, si es que su talento para la construcción de las frases no constituía ya un obstáculo suficiente.
A la luz de la reciente revelación debemos admitir que siendo el equino el autor de las pisadas mágicas, nos hemos quedado sin jinete, y en consecuencia, sin un objeto para nuestra comparación. O lo que es peor, sin una guardia pretoriana ducha en el arte de la jardinería para imponer al césped los efectos de la prohibición. Porque hablábamos de una prohibición, y no de un resultado producido por una condición –mágica o no- del sujeto.
Llegado este punto la situación adquiere ribetes de tragedia. Una tragedia mayúscula. No tenemos nada. Nada de nada.
Supongo que en tren de acudir en auxilio de la licenciada podemos forzar la siguiente conclusión, que si bien no es apta para recomponer el paralelo que quisimos trazar, al menos nos salva la ropa:
Aquel que desde la función docente pisotea la educación pública impidiendo su normal desarrollo es un caballo.
Pero claro, de este modo no surgiría patente la relación con el actual rector del colegio. Ni con el rey de los Hunos. Ni con Othar, su caballo. Sí, por supuesto, con un caballo cualquiera.
Y con ella, para qué engañarnos.
No me cabe la menor duda de que su exposición, unida a la ausencia de un responsable que se transformara en objeto definido de la comparación, arrastraría todas las miradas hacia su persona, obligándonos a forzar nuevas e ingeniosas interpretaciones.
Quién puede saber qué construcción sintáctica y/o gramatical elegiría para la ocasión. Después de todo es solo una simple docente, no tiene por qué armar las frases como el número cuatro del Club Atlético Chacarita Juniors.
Tengan ustedes un educativo fin de semana.
martes, 29 de junio de 2010
CUCURUCHO NO HAY...

Pasear por la grilla televisiva a altas horas de la noche es un arte de difícil ejecución. No cualquiera es capaz de hallar la combinación adecuada para mantener los sentidos en alerta y la mente despejada, y prueba de ello son los miles de cuerpos inertes que cada noche acaban derrumbados sobre un sofá, doblados sobre sí mismos, luciendo llamativos colgajos de baba, ladeados parcialmente o con todo el peso concentrado sobre pequeños huesos que no fueron diseñados para soportarlo. Eludir a Morfeo requiere instinto, velocidad y buena predisposición, además de un dedo pulgar inquieto y a la vez juicioso. No señor, no es para cualquiera.
Una habitación a media luz. Una señorita se abalanza sobre un joven exhibiendo una actitud que calificaremos como fogosa. Lo acaricia, lo besa. Y él permite. Todo viento en popa.
Dedo pulgar quieto, pero en posición.
De pronto la situación da un vuelco inesperado. Al menos para mí. El joven la aparta con cara de circunstancia, cierra el puño y se inflinge sonoros golpecitos en la frente, como si quisiera embadurnarla con un cucurucho de helado, pero sin helado. Interpone excepciones. Habla de un pasado común calamitoso y la abraza con más amor que lujuria.
Me pierden. Dedo pulgar operativo.
Los goles de Brasil frente al combinado chileno, pero analizados desde la perspectiva de un desencajado Marcelo Bielsa.
El hombre camina de un lado a otro entre miradas furtivas y vivísimos alaridos. Le va a dar un infarto en cualquier momento. Se sienta. Se para. Instruye a su colaborador más cercano para que amoneste, advierta o amenace a uno o varios de sus jugadores. Insulta sin un destinatario definido. No puede con su alma. Y encima pierde tres a cero.
Me da lástima. Dedo pulgar al ruedo.
Según entiendo, el Universo está compuesto en su mayoría por materia oscura. Jamás hemos visto siquiera una partícula de esta clase de materia. Y cuando hablamos de partícula, nos referimos a un despojo no más grande que la millonésima parte de un átomo. El concepto es complejo, aunque inquietante. Me quedaría mirando si no fuera porque en lugar de esos gráficos computarizados tan interesantes que suelen mostrar en estos programas, hay un científico chino (o norcoreano) que me cuenta lo que yo quiero ver. Y todo con la misma cara.
Me frustro. Dedo pulgar al rescate.
Homero Simpson en acción. Me gustaban más los capítulos viejos. Wimbledon, el partido más largo de la historia. Nadie en su sano juicio lo resistiría a estas horas de la noche. Un cocinero italiano prepara una salsa. No quiero terminar asaltando la heladera. El joven del cucurucho ensaya un parlamento inverosímil delante de otra señorita. O talvez la misma. No lo sé. Sus palabras garantizan una noche en soledad.
Finalmente la oscuridad. Párpados a media asta. Un profesional interpreta el mensaje. No quiero traer a escena el espectáculo de la baba. Es hora de marchar a la habitación.
Por casualidad me cruzo con la señora Bigud en el baño. Ella duerme hace más de tres horas, pero alguna necesidad de tipo fisiológico la sacó de la cama justo en este momento.
Repito maquinalmente el parlamento del joven, más para molestar que para lograr un permiso. No soy creíble, y me gano un insulto de última hora.
Es una verdadera pena, me dejó con el remate en la punta de la lengua.
Cucurucho no hay…
Tengan ustedes muy buenas noches.
PS: Arderán en el infierno aquellos ingratos que no pasen por MIB con el objeto de celebrar las pavadas que escribo. Ya lo saben.
martes, 9 de marzo de 2010
CEBOLLAS EN MI HOUSE

Parto raudo hacia la verdulería. En mi casa, el encargado de adquirir los vegetales soy yo. No me pregunten la razón, soy un animal cien por ciento carnívoro, y solo ingiero alimentos de color verde a punta de pistola. Pero las cosas están dadas de esa manera, y no es cuestión de comenzar a indagar sobre los pormenores de una distribución familiar que no hace al fondo de nuestro asunto.
Medio kilo de tomates perita, cuatro hinojos más bien grandes y una lechuga mantecosa. Ese es el pedido habitual, aunque hoy vamos a agregarle medio kilo de cebollas que irán a parar, por partes iguales, a una salsa para los fideos y a la heladera.
Me toca el turno y el muchacho que me atiende casi siempre, que dicho sea de paso es el dueño de la verdulería, completa el pedido casi de memoria. Misión cumplida.
Entro a mi casa, deposito la bolsa sobre la mesada y me dejo caer en el sillón para terminar de ver el capítulo en curso de Dr. House. Porque no sé si están ustedes al tanto de que todos los días veo esa serie. A la misma hora, y por el mismo canal. No veo por qué deberían estarlo, pero lo cierto es que esa es la pura verdad.
De pronto irrumpe mi mujer en el comedor. Porque no sé si están ustedes al tanto de que tengo la tele en el comedor. No veo por qué deberían estarlo, pero lo cierto es que esa es la pura verdad.
“Escuchame salame… ¿no viste que te dieron la mitad de las cebollas podridas? ¿te fijaste mientras las metían en la bolsa? ¿quién te atendió esta vez?”, me dice agitando una de las mencionadas hortalizas, presuntamente en mal estado.
El horror. La verdad es que no me fijé, pero es porque mantengo con el verdulero una relación de mutuo conocimiento que, según mi parecer, me exime de esos menesteres. El hombre me saluda sabiendo muy bien quién soy. Me ve todos los santos días. Siempre me dice “qué hacés pá”. Pá, me dice. Eso no se le dice a cualquiera. Y como si estos fueran pocos pergaminos, una vez me lo encontré en la puerta del colegio de pequeña Yoni y me saludó con efusión, siempre con el correspondiente “Pá” que denota mi rango de cliente y amigo de la casa. Resulta que es el proveedor de vegetales del comedor. Sus productos alimentan a mi hija en doble turno. ¿Qué más se puede pedir en orden al fortalecimiento de la relación?
“Sí, me fijé”, contesto con la vista clavada en la tele.
“Entonces sos un…”
Parece que soy muchas cosas. Ninguna de ellas buena, o al menos rescatable.
Se me coloca frente a la opción de ser yo quien regrese al establecimiento al efecto de la reclamación de derechos, o soportar el oprobio de que otro –otra- los defienda en mi nombre.
Medito un instante que se hace eterno. Son las nueve menos diez, y Dr. House pone su clásica cara de haber resuelto el misterio planteado hace tres cuartos de hora. Me encanta cuando pone esa cara. En rigor de verdad, casi diría que veo la serie por eso. Resulta que el problema no era una infección menor en el intestino delgado. Era cáncer de cerebelo, y es a todas luces incurable. Aplausos para Dr. House.
“Andá vos si querés”, digo con la vista clavada –esta vez- en un gusano que estudia la ley de propiedad horizontal para subdividir la cebolla con los otros gusanos que la habitan.
Escucho el portazo, pero sin prestar demasiada atención.
Mi mujer regresa cuando ya no estoy viendo la tele. Exhibe una bolsa nueva, repleta de cebollas sin subdividir. Al parecer le ha cantado las cuarenta a mi amigo del alma, y lo ha tratado de mentiroso cuando, astutamente, él intentó deslindar la responsabilidad.
“¿Y? ¿qué me decís?”, pregunta a modo de afirmación.
“Era cáncer de cerebelo”, contesto. Porque era cáncer de cerebelo. Y era incurable.
Parto raudo hacia la verdulería. En mi casa, el encargado de adquirir los vegetales soy yo. No me pregunten la razón, soy un animal cien por ciento carnívoro, y solo ingiero alimentos de color verde a punta de pistola. Pero las cosas están dadas de esa manera, y no es cuestión de comenzar a indagar sobre los pormenores de una distribución familiar que no hace al fondo de nuestro asunto.
Medio kilo de tomates perita, cuatro hinojos más bien grandes y una lechuga mantecosa. El pedido habitual.
“¿Vos sos el de la cebolla?”, me dice mi amigo mientras selecciona su mejor material.
“No, yo soy el del cáncer de cerebelo. La de la cebolla es mi mujer”, contesto.
Siempre es mejor tener bien divididos los roles. Y subdividida la propiedad.
Tengan ustedes muy buenas noches.
martes, 21 de julio de 2009
SERPIENTES

SERPIENTES SUELTAS AL SUR DE ESTADOS UNIDOS. ORDENAN LA CASA.
Este fantástico titular (riquísimo cualquiera sea el punto de vista desde el que uno decida abordarlo) apareció hoy por la mañana en el canal veintiséis, en un programa conducido por un señor que hace unos años tenía un frondoso bigote y un show al estilo Lía Salgado, y ahora, sin ese bigote que sin duda servía como obstáculo para la difusión plena de su cara de bobo, tiene –justamente- cara de bobo.
En rigor de verdad, hoy no estaba conduciendo este señor con cara de bobo, porque se pegó el faltazo aduciendo problemas familiares de índole desconocida. Yo más bien me lo imagino hecho bolita en la cama, escuchando el rebote de las gotas contra la chapa del aire acondicionado y gritando con todas sus fuerzas para que una oreja amorosa lo escuche desde la cocina: “¡Mamáaaaaaaaaaaa! ¿Puedo faltar?”
Pero ese malpensado soy yo. Y ojo, que a mí tampoco me gustan los días de lluvia. También me cuesta mucho salir de la cama, y lejos de la gente que se la tira de mística y nos cuenta lo maravilloso que es observar el color gris del cielo y las gotas rebotando en los charcos que ellas mismas formaron, me pongo de un pésimo humor, y en el acto comienzo a sufrir porque se me van a arruinar los zapatos.
Me gusta el sol. Me pone de buen humor. Y los que prefieren la lluvia son unos soquetes.
Pero lo nuestro es el titular sobre las serpientes, no el alegato contra la lluvia; así que tratemos de regresar al sendero antes de que esto termine por diluirse. Como siempre.
Lo que olvidaron poner en pantalla estos muchachos del canal veintiséis es el formulario que se debe completar para que le envíen a uno un puñado de aquellas serpientes tan pulcras.
Mi hogar está bien limpito, pero necesitaría que alguien me ayude con el asunto ese de regresar las cosas a su sitio. El orden es otro de mis puntos débiles.
Amontonada sobre la mesa del comedor tengo un montón de ropa planchada por la señora que viene los viernes, que dicho sea de paso, ahora me enteré de que también viene los lunes a la mañanita, así como ella se enteró de que yo en mi casa circulo desnudo (un incidente que ambos dejaremos en las sabias manos de la memoria selectiva). En el escurridor está la vajilla que se lavó hace días. En el cuartito del fondo está la bolsa con los cartones. En la habitación de la niña hay una fiesta organizada por los peluches que sobrevivieron a la limpieza. Y el señor de la tintorería me deja mensajes amenazantes en el contestador para que vaya a retirar las cortinas que dejé la semana pasada.
¿Quién más que yo puede estar necesitando unas serpientes que le ordenen la casa?
Nadie, por supuesto. Pero las soluciones del primer mundo se quedan en el primer mundo, y al hemisferio sur –en particular a nuestro país- llegan tarde, adulteradas y en poca cantidad.
Acá, en vez de utilizar a las inofensivas culebras locales, nos vamos a poner a entrenar a las venenosas. Van a ver.
Tengan ustedes muy buenas tardes.
