Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.

jueves, 29 de diciembre de 2011

UN APLAUSO PARA LORENZO

Síntesis del post: Lorenzo. Un maestro de ceremonias. Un espectáculo. Instinto e historia. Etíopes. Hipnotismo. Fascinación. Aplausos.



‘Y ahora, con ustedes… ¡Loreeeeeeennnzooooooo!’

El caballero alza los brazos al cielo y cierra los ojos para recibir el aplauso del público. Para sentirlo en su corazón y en sus entrañas. Para ser uno con ese aplauso que es la razón de ser de esta maravillosa puesta en escena.

Antes de meternos de lleno en el desarrollo de este artículo corresponde aclarar que Lorenzo no es una persona sino un león. Un enorme macho de siete años en perfecto estado de salud, con su tupida melena, su torso musculoso y sus colmillos blanquísimos. Un magnífico ejemplar que sin duda merece la ovación que acaba de recibir.

Otro punto que convendría aclarar es que Lorenzo no está con nosotros. Concedo que en medio de su emoción el caballero soltó ese elocuente ‘con ustedes’ que en principio dejó poco espacio para la duda, pero lo cierto es que técnicamente no lo está. Más bien está con él. Los dos solos dentro de una bonita jaula. Nosotros (al público me refiero) estamos del otro lado de esos barrotes de cinco centímetros de diámetro, seguros y expectantes. En fin… detalles menores que no hacen al fondo del asunto.

‘Señoras y señores, lo que están a punto de presenciar es una verdadera demostración de amor, confianza y respeto entre un hombre y un animal salvaje. Una proeza que nace de una relación preexistente que costó muchísimos años construir. Toda una vida. Conocí a Lorenzo en el cráter de Ngorongoro, Tanzania, cuando solo tenía unos días de nacido. Cazadores furtivos acababan de asesinar a su madre, y habrían hecho lo mismo con él si mi grupo y yo no los hubiésemos descubierto a tiempo.’

Hace una pausa teatral para acariciar la melena del felino y luego continúa.

‘A partir de ese momento fuimos inseparables. Lo alimenté con leche de cabra en una mamadera cuya tetina replicaba la forma, tamaño y textura del pecho de una leona. Le mostré las virtudes de la vida social. Le enseñé a cazar. Lo hice conciente de su fuerza. Y finalmente logré los permisos y lo traje conmigo a esta maravillosa tierra.’

Inventa una nueva pausa a la espera de un aplauso que se hace rogar unos segundos, aunque luego aparece.

‘Señoras y señores: ahora Lorenzo saltará justo por el centro de ese aro en llamas, se parará sobre sus patas traseras y saludará a la tribuna. Lo normal en estos casos. Pero eso no es todo. No señoras y señores. Luego luchará con este humilde servidor. Sí, con este alfeñique. Sin embargo, a pesar de su evidente superioridad física, no habrá que lamentar heridas de consideración.’

Un grupo de etíopes (¿o serán tanzanos?) armado con palos, que a todas luces es el soporte técnico del acto, escucha la explicación con poco o ningún interés. Están –ellos también –al otro lado de los barrotes, y actúan (o dejan de hacerlo) con la suficiencia de aquel que ha presenciado la escena un millón de veces.

‘Allí pueden ver un balde, señoras y señores. Un balde repleto de sangre de cebra. Sangre fresca y aún tibia que derramaré sobre mi cuerpo en las narices de Lorenzo. El instinto de su especie, milenios de evolución informada en los genes, entrará en franca contradicción con su historia particular. Pero en vez de luchar comeremos, señoras y señores. Comeremos codo a codo de esa carne fresca que mis ayudantes acaban de colocar en el rincón de la jaula. Como pares, porque soy su manada, su padre, su amigo y compañero de aventuras.’

Dicho esto entrega el micrófono a uno de los etíopes (¿o serán tanzanos?) y de inmediato da comienzo a su rutina.

Lorenzo realiza de mala gana todas las proezas prometidas por su padre. Arengado por el chasquido del látigo en el suelo de tierra, sí, pero cumple. E incluso saluda al público agitando la pata delantera derecha. Los aplausos son tibios, pero una vez más aparecen. La gente espera el gran número.

Finalmente el caballero hace una nueva pausa, explica otra vez los pormenores del acto, alza los brazos buscando la renovación del aplauso y sin más prolegómenos se echa el baldazo de sangre encima.

Bien, debo decir que Lorenzo observa a su padre con un dejo de curiosidad. Ladea la cabeza y se queda inmóvil, como hacen los perros cuando están realmente desorientados.

‘¡Ahora cenemos, amigo mío!’, grita el amigo y compañero de aventuras mientras señala la carne fresca que los etíopes (¿o serán tanzanos?) tuvieron la precaución de colocar en el rincón más alejado de la jaula.

Yo no soy un experto en comportamiento animal. Tampoco rescaté a ningún felino de las garras de los cazadores furtivos, ni lo alimenté con leche de cabra, ni diseñé una tetina especial al solo efecto, ni le enseñé a cazar ni lo hice conciente de su fuerza. Sin embargo creo entrever que Lorenzo se encuentra a punto de pegarle a aquella bendita contradicción entre el instinto milenario y la historia particular una brutal desmentida. No percibo en su rostro adusto, sus ojos fríos y sus músculos tensos el más mínimo atisbo de duda. Más bien lo veo, hablando en pocas y honestas palabras, inclinado al parricidio. Y así las cosas ya se va mascando la tragedia, diría un amigo de mi hermano al que aprovecho para mandar un caluroso saludo.

Ahora el caballero también lo nota y palidece. Vuelve a señalar la carne fresca y le habla a su hijo ya no con gritos sino con voz temblorosa. Muy despacio extrae del bolsillo un manojo de llaves, se acerca a la puerta de la jaula e inicia una búsqueda frenética que no arroja buen resultado.

Entonces todo se tuerce definitivamente. Lorenzo se le echa encima de un salto, lo sacude, lo tumba y busca la yugular con sus colmillos blanquísimos. Entretanto los etíopes (¿o serán tanzanos?) lo golpean con sus palos de madera desde el exterior de la jaula hasta que logran distraer su atención. Enfurecido, el bicho pega un zarpazo a través de los barrotes y hace blanco en uno de los agresores dejando al descubierto algunos órganos internos del abdomen que solo debieran ser vistos por un cirujano en el quirófano.

El caos es casi total. El público, sin embargo, permanece en silencio, talvez confundido por aquella advertencia de que habría lucha, aunque a la postre no habría que lamentar heridas de consideración. Los etíopes (¿o serán tanzanos?) se desentienden por completo de la suerte de su empleador y auxilian a su propio compañero aplicando, quizás, la fría e incuestionable lógica de que siempre merecerá la pena salvar al rescatista caído en cumplimiento del deber antes que al idiota que se echó el baldazo de sangre encima y quiso cenar en compañía de un león macho de 280 kilos. El idiota del baldazo se arrastra en dirección a la puerta con uno de sus brazos apenas unido al torso por algo parecido a un tendón (supongo que eso podría calificar como herida de consideración). Y Lorenzo se apresta a finalizar su cena individual, satisfecho con el repliegue momentáneo (¿o definitivo?) de los etíopes (¿o serán tanzanos?).

La siguiente media hora transcurre en completa calma, aun con el cuadro de situación bastante claro. Lorenzo separa la carne del hueso y las vísceras y devora con avidez los restos de su malogrado padre adoptivo. Ejerce sobre el público una morbosa fascinación que roza el oscuro arte del hipnotismo. Nadie se mueve de su asiento. Nadie grita. Nadie llora. Incluso pueden verse, de tanto en tanto, las luces parpadeantes, los flashes de las cámaras fotográficas que le arrancan algún rugido de protesta. Ya hace mucho tiempo que los etíopes (¿o serían tanzanos?) abandonaron la carpa con el herido acostado en una improvisada camilla armada con una túnica y un tablón. Ahora es solo el felino africano y su público adorador. El indecente romance. La perfecta síntesis. Y nadie más. Nada más.

Al cabo de un rato Lorenzo acaba el banquete y se echa pesadamente sobre uno de sus lados. Poco a poco el público comienza a despertar de su obscena pasividad. Se miran –nos miramos –extrañados, talvez algo culposos. Sin embargo, en semejante marco, sin un maestro de ceremonias que de por concluido el espectáculo, me siento obligado a decir algo. A suplir su forzada ausencia. Y hablo nomás, porque a mí cuando las papas queman, cuando el horno no está para bollos, se me dan muy bien las palabras:

‘Señoras y señores, un aplauso para Lorenzo.’

Esto lo digo alzando los brazos al cielo y cerrando los ojos para ser uno con el batir de las palmas. Y por supuesto, las gradas estallan en un cerrado aplauso que supera incluso al de la presentación.

Lorenzo levanta la cabeza pero permanece echado. Escucha el aplauso hasta que el mismo se extingue y entonces sacude la pata derecha. Es un saludo, aunque esta vez es espontáneo, sin el chasquido del látigo en el suelo de tierra.

Luego, exhausto, huérfano e hinchado de comida, se duerme profundamente.


Tengan ustedes un muy feliz año nuevo.

PS: Gracias por la paciencia que me han tenido a lo largo de este mes. Hoy concluye formalmente mi licencia por paternidad, así que por la tarde reanudaré las visitas a los espacios virtuales amigos y afines.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

SÍ QUE EXISTE

Síntesis del post: Viene Papá Noel. Un parque. Una gran bolsa blanca. Una botella. Una señorita. Algunas burlas. Un regalito.



Viene Papá Noel. Es un Papá Noel clásico, bien clásico, como nos gusta a todos los niños. Rechoncho, bonachón, anteojitos redondos y pequeñitos, pelo blanco, barba blanca y bigote blanco. Todo lo demás rojo. Me refiero al traje, y talvez a los mofletes.

Viene Papá Noel, decía. Y se sienta al lado mío. Quizás, puede ser, se me hace, debí comenzar este artículo aclarando que estoy sentado. Estoy sentado en un banco. En un banco situado más o menos cerca del corazón de un parque. Pero bueno, es la falta de práctica. Hace muchos días que no escribo, y por lo tanto las ideas no fluyen con la debida prolijidad.

Vayamos entonces a lo nuestro, que no es cuestión de malgastar la poca lucidez que hay en plaza.

Papá Noel tiene una bolsa. Una gran bolsa blanca (no sé si les dije que es un Papá Noel clásico, bien clásico, como nos gusta a todos los niños) repleta –asumo – de los más variados y fantásticos regalos que pronto llenarán de felicidad a sus afortunados destinatarios.

Sin embargo asumo mal. Papá Noel revuelve el contenido de su gran bolsa blanca con los brazos metidos dentro hasta la altura del hombro. Busca algo. Es evidente que busca algo. Lo sé porque todos sus movimientos comunican una malsana ansiedad, y porque al mismo tiempo murmura un ‘dónde carajo estás, la puta que te parió’ apenas audible.

Finalmente extrae una botella de whisky. De litro. Una marca nacional que yo solo tomaría con un revólver magnum 3.57 apuntándome entre las cejas. Pero bueno, él la destapa y de un solo trago le aplica un castigo tan feroz que me arranca una mueca de sincero respeto. Un señor trago, vea. Un trago que denota costumbre. De otro modo no habría sido capaz de ingerir ni la cuarta parte sin que su organismo pasara inmediata factura.

Eructa Papá Noel. Eructa y me ofrece la botella al tiempo que suelta otras emanaciones más cuestionables. Por supuesto que yo rechazo la oferta con un gentil ademán, y sigo en lo mío. Lo mío es, para aquellos que no lo saben, el descanso y la contemplación.

En eso pasa caminando una señorita. Una señorita de esas que, con solo pasar caminando, le inflaman a uno el pecho y de inmediato se contagian a todas aquellas zonas que podrían tener asunto si los dioses estuvieran de buen humor. Una señorita de graciosas facciones, abundantes redondeces, provocativas fragancias y ultrajante mirada. Una señorita que, al fin y al cabo, logra con solo pasar caminando lo que minutos antes no pudo lograr el alcohol nacional. Nos hermana, por decirlo de alguna forma. Me refiero, por supuesto, a Papá Noel y a quien suscribe.

Decía entonces que la señorita nos hermana. Aunque sea por un instante, ya que pasado el primer impacto yo sigo en lo mío (no sé si les dije que lo mío es el descanso y la contemplación), y en cambio Papá Noel se despacha con algunas loas que sin duda pondrían colorado al líder del sindicato de la construcción. Hace no tanto tiempo (y en este mismo espacio lo relaté) caminaba yo por una callejuela de Buenos Aires en compañía de un laureado poeta que, puesto frente a una situación más o menos análoga, es decir, frente a una señorita de conmovedores atributos, echó mano a un repertorio de similares características, hecho que me lleva a pensar que aquella hermandad de la que recién hablaba se encuentra más asociada al género que a las condiciones personales de los involucrados.

Los minutos pasan y la botella sufre el tedio de Papá Noel. El castigo recrudece y de la mano trae una batería de espesas burlas que aprovechan defectos y virtudes de los ocasionales transeúntes. Una anciana, una joven pareja, un tullido… nadie se encuentra a salvo del agudo ingenio de este borrachín. Sin embargo eventualmente se cansa y se dispone –otra vez asumo –a echar una siesta.

‘Vos te salvaste’, me dice mientras dispone la gran bolsa blanca a modo de almohada y sube las patas al banco casi invitándome a partir con las suelas de las botas.

Supongo que no existe un gran mérito en ello. Es, quizás, la fortuna de no tener defectos físicos demasiado visibles o atributos dignos de elogio. De ser, en pocas y crudas palabras, un individuo común y silvestre. Un personaje olvidable. Agradezco con otro gentil ademán y sigo en lo mío (no sé si les dije que lo mío es el descanso y la contemplación).

‘No, no, en serio, vos te salvaste. Lo que yo buscaba adentro de la bolsa hace un rato era mi revólver, pero no lo encontré. Tenés cara de gil, de tierno. Te iba a chorear. Pero bueno, salió la botella che, y ahí tenés tu regalito. Eso es para que después no vayas por el mundo diciendo boludeces, que Papá Noel no existe, que no creés’.

Me pongo de pie y acepto la invitación. Sí, esa que hace instantes me hicieron las suelas de sus botas. Y por supuesto me retiro silbando bajito, esta vez sin agradecer.

Una cobarde huída dirá usted, y yo lo admitiré sin ponerme colorado. Aunque me voy a permitir hacer una salvedad. Es cierto que huí, sí, por qué negarlo; pero el motor no fue el miedo a ser despojado de mis pertenencias, que al fin y al cabo no son tantas ni tan valiosas, sino la sospecha de que con ese revólver, un magnum 3.57 cromado (otra vez asumo), podría haberme apuntado entre las cejas y obligado a tomar ese oprobioso whisky nacional.

Porque cuando a mí me apuntan entre las cejas con un revólver magnum 3.57 cromado tiendo a dejar de lado mis convicciones. Tengo gustos muy específicos, lo confieso, pero siempre estoy abierto al diálogo.


Tengan ustedes una muy feliz navidad.

PS: La semana que viene trataré de ponerme al día con los espacios amigos y afines.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

ME DIJO QUE SOLO ESTABA GORDA

Síntesis del post: Sospecha. Pequeña licencia.



Como soy un hombre sagaz, he comenzado a sospechar del relato. Pienso investigar hasta dar con la verdad.

Nos leemos en unos días. O no. No sé. Conmigo mucho no cuenten.


Tengan ustedes muy buenas noches.

sábado, 3 de diciembre de 2011

BOLETÍN URGENTE

Síntesis del post: Oprobiosa expulsión.



Resulta que en el día de la fecha, o a lo sumo la semana pasada (no sé, tampoco es que entrara demasiado), he sido removido de Feisbuc. Así, sin más.

Según entiendo mi cuenta fue deshabilitada ‘por infringir nuestra declaración de derechos y responsabilidades’. En otras palabras más crudas aunque no menos reales, por mentiroso descarado. Por usar máscara. Por denunciar un nombre de fantasía. Por promocionar un producto. Una marca (¿?). Por ser un peligro actual o potencial para la seguridad de los usuarios decentes y veraces. Etcétera.

Ahora bien, si deseo recuperar el sitio de privilegio que me fue arrebatado con toda justicia deberé rellenar una solicitud tan extensa y acabada que reduciría al Ministro Amado y a su inseparable secuaz Don Julio De Vido a la condición de aprendices sin esperanza de progreso.

De más está decir que eso echa por tierra cualquier posibilidad de negociación, así que solo me resta agregar (en un tono neutro y sin perder la sonrisa):

Al cabo que ni quería.

A esta altura de mi vida ya he aprendido, fijado y memorizado que lo único por lo que vale la pena mendigar son los favores de índole sexual. Y eso me sale perfecto.


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 29 de noviembre de 2011

YA NO TE QUIERO, APUESTO MARINERO.

Síntesis del post: Dos señoras. Charla. Disfraz. Carmelo. Alférez de navío. Dos amores. Elección. Fuga.



‘Ay Cuqui, no sabés qué desilusión fue para mí abrir la puerta de calle y encontrármelo hecho un ovillo sobre los muslos de ese señor tan fornido. Fue muy impresionante, empezó a balbucear como un nene al tiempo que se abotonaba la camisa y rastreaba de reojo la ubicación exacta de sus pantalones’.

La presente conversación (o monólogo, o confesión) entre estas dos coquetas señoras entradas en años y en carnes la escuché yo el día sábado por la tarde en el colorido jardín de una casa de fin de semana en un barrio privado al norte de la capital federal. O Ciudad Autónoma de Buenos Aires, como usted prefiera.

¿Cómo dice?

No, no tengo el placer de conocerlas.

¿Que entonces qué diablos hacía yo ahí y cómo logré escuchar la conversación?

Muy simple. Me disfracé de pino, con todo y piñas, y aporté una generosa provisión de sombra bajo la cual estas simpáticas damas tomaron té y abrieron sus corazones. Sepa que yo el trabajo de campo me lo tomo muy en serio. Tengo muchos recursos y una frondosa inventiva (en este caso podría agregar que el adjetivo es literal).

Ahora vayamos a lo nuestro sin más, que el tiempo es tirano y el calor aprieta.

‘Menos mal que el otro degenerado mantuvo la calma y tomó las riendas de la situación, que si no los mato a los dos ahí mismo, Cuqui.

Alférez de navío Raúl Ángel González, me dijo. Y me tendió la mano. Ay Cuqui, vieras qué impronta, qué vozarrón y que seguridad en sí mismo. No supe qué contestar, así que al final también me presenté, no fuera cosa de andar ofendiendo sin motivos válidos.

Rosa María Belmonte, le dije. La esposa de su amiguito. Sí, ese que está tratando de ponerse los pantalones.

Estaba tirado en el piso, todo enroscado, con los pantalones a media pierna y babeando como un chico, el muy infeliz. Decí que el alférez de navío Raúl Ángel González no me soltaba la mano, que si no le hubiera partido un florero por la cabeza’.

Llegado ese punto de la confesión debo consignar que me distraje un poco. Es que Carmelo, el rottweiler de Cuqui, ya albergaba justificadas sospechas sobre mi verdadera condición, y escarbaba justo en la base de mi disfraz emitiendo al mismo tiempo unos gruñidos que se me antojaron muy poco amistosos. Entonces apunté lo mejor que pude y le arrojé una de las piñas que colgaban de mi brazo derecho, que hacía las veces de rama. Por fortuna el proyectil dio en el blanco y el animal se enfureció de tal modo que obligó a su dueña a recluirlo dentro de la casa.

‘Señora, el gusto de conocerla. No era mi intención que el encuentro se diera en circunstancias tan aciagas, pero ya que el destino nos ha jugado a ambos esta mala pasada, aprovecho para confesarle que entre su marido y yo ocurren cosas hermosas. Cosas que, hablando ahora a título estrictamente personal, no he sabido, no he podido o no he querido reprimir.

Eso me dijo, Cuqui. El alférez de navío Raúl Ángel González. Con esa impronta, ese vozarrón y esa seguridad en sí mismo.

Te voy a arrancar la cabeza.

Eso le dije, Cuqui. No al alférez de navío Raúl Ángel González, que es un caballerazo de esos que ya no quedan, sino al otro impresentable. Sí, a ese que no quiero nombrar.

Andate si querés, andate ahora mismo con este señor tan bien plantado, con su grado militar, sus ojos negros y sus bigotazos peinados con cepillo. Y que seas muy feliz. Ahora veo por qué no me tocabas un pelo hace meses. Pero te advierto una cosa: si te vas, ni se te ocurra volver. Una persona decente se hace cargo de sus amores y los defiende hasta las últimas consecuencias. Así que elegí, sátrapa. Es el alférez de navío Raúl Ángel González o el ama de casa Rosa María Belmonte.

Todo eso le dije, Cuqui. Y siempre con esa cara de rabia que pongo cuando estoy enojadísima, aunque por dentro tenía unas ganas de largarme a llorar que ni te cuento.

Y se quedó callado, Cuqui. El muy cobarde. Ni siquiera fue capaz de alzar la vista mientras el alférez de navío Raúl Ángel González ganaba la calle y le decía, bichito, es hora de que yo regrese a mi corbeta, y si me querés seguir, adelante, que nos espera el mundo.

Bichito le dijo, Cuqui. Bichito. Pero bichito no lo siguió nada. Se quedó gimoteando en el sillón, cubriéndose el rostro con las palmas de las manos mientras me pedía perdón. Porque te digo una cosa Cuqui: un amor es un amor, pero otro amor es otro amor. Y yo no tendré una corbeta ni me estará esperando el mundo a la vuelta de la esquina, pero amaso unos ravioles que son para chuparse los dedos.

Ay Cuqui, pobre hombre. No bichito, sino el alférez de navío Raúl Ángel González. Debe tener el corazón destrozado. Y en cierta forma lo entiendo, porque un caballero como él no se merecía ese desaire, ese silencio, esa indecisión de parte de su bichito. Porque como te digo una cosa te digo la otra: yo entre un morochón que me ofrece el mundo y una cincuentona que amenaza con romperme la cabeza, me quedo con el morochón sin dudarlo. Pero bueno Cuqui, las decisiones son personales y la gente es muy rara. Uno nunca sabe qué les pasa por la cabeza a la hora de elegir sus prioridades.

Ay Cuqui, qué calor madre. Y es que esto de charlar a rayo de sol en pleno verano es medio insalubre.

Oíme Cuqui, no te quiero alarmar, pero juraría que ese pino tan bonito que nos mantuvo fresquitas todo este rato acaba de ganar la calle.

Sí, como el alférez de navío Raúl Ángel González. Pobre hombre, no me hagas acordar que se me caen las lagrimitas.’


Tengan ustedes muy buenas noches.

viernes, 25 de noviembre de 2011

POTENTE GEN

Síntesis del post: Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo a veces subo un Potente Gen.

Y se vino nomás. Se vino el último PG del año. Y si el viento sopla a favor será el octavo participante en la gran final que se llevará a cabo en algún momento del mes de diciembre.

Espero que sepan valorar el exhaustivo trabajo de investigación que realicé, una vez más, yo solito. Sin ayuda de nadie.

Vayamos a lo nuestro sin más:

Gen Cibrián

José Rafael 'Pepe' Cibrián. Padre.

Pepito. Hijo.

Otra vez el papá.

Otra vez el hijo.

Desde mi humilde punto de vista es un cierre de temporada a todo trapo. Indiscutible e insuperable. En todo caso el año que viene, si es que continuamos con las ganas y la fuerza para mantener vivo este espacio virtual, habrá que hacer muchos méritos si queremos estar a la altura de este broche de oro.

Los escucho.

Y ahora me voy contento, porque es viernes. Y los viernes yo almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.



Tengan ustedes un extendido fin de semana.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

DOCUMENTOS FÍLMICOS

Síntesis del post: Trabajo de campo documentado. Regreso presuroso. Llamada telefónica. Acción indescriptible. Acción exitosa.

Dice el saber popular: Si Mahoma no va al trabajo de campo, el trabajo de campo va a Mahoma. Y entonces Mahoma tendrá la oportunidad de documentar los hechos con la cámara de video de su teléfono móvil.

O algo por el estilo.

En fin, a lo nuestro sin más, que hoy llego a ustedes con dos videos probatorios de mis dichos.

Regresaba esta mañana, yo, presuroso a mi hogar. Lo hacía desde el consultorio de mi dentista, en cuya sala de espera, extrañamente, no sucedió ningún hecho digno de mención. Y la prisa se debía a la imperiosa necesidad de hacerme de algunos elementos indispensables para abrir la oficina en un horario más o menos decente.

Bueno, sí, me olvidé las llaves en casa. Pero no nos desviemos del asunto principal.

Justo en medio de mi desazón por no haber hallado material publicable en este humilde rincón virtual comenzó a sonar el teléfono móvil. Y como soy un buen ciudadano, obediente de las leyes y preocupado por la suerte que pueda correr el prójimo a causa de mis acciones, estacioné el vehículo antes de devolver la llamada (por cierto bastante irrelevante).

Y aquí comienza el cuerpo principal de este artículo.

Mientras departía amablemente con el sujeto en cuestión (el de la llamada irrelevante), una señorita comenzó a estacionar su vehículo justo delante del mío. En rigor de verdad, estacionar no es en modo alguno el verbo adecuado para la ocasión, pero sepa usted que este pequeño desajuste descriptivo no es responsabilidad del abajo firmante. Es que el idioma castellano no posee un vocablo apto para describir la acción que esta señorita llevó —o intentó llevar— a cabo frente a mis ojos. Así de sencillo.

Debo admitir que al principio la escena no logró captar mi atención. Al menos no por completo. Y entonces continué con la charla cuando en realidad debí haber hecho un corte abrupto para concentrarme en lo que a esa altura ya había dejado de ser un evento curioso para adquirir ribetes desopilantes.

Es que no me lo perdono, vea. Primero logró colocar, Dios sabe cómo, el vehículo en forma perpendicular a la vereda. Y yo no lo filmé. Luego se bajó. Sí, se bajó y estudió los ángulos con semblante de ingeniero. Y yo no lo filmé. Más tarde ejecutó una maniobra brutal que culminó con la goma trasera izquierda sobre el cordón. Y yo no lo filmé.

Hasta que por fin comprendí la situación y me decidí. Tarde pero lo hice. Filmé los instantes previos a una oprobiosa claudicación, fuera lo que fuese esa malograda acción. Algo es algo. Ignoren al hombre que de fondo (en la radio) analiza el pobre presente de la línea aérea de bandera, eso no viene al caso.






Sepan los alborotadores de siempre que no seré yo el que transforme este documento lapidario en un ataque sexista. Esto no es una cuestión de género, así que si tiene pensado arrojar algún cascote, hágalo por cuenta propia. Estoy dispuesto a tolerar un debate adulto, pero no admitiré expresiones despreciativas o discriminatorias que relacionen a las señoritas en general, o a una en particular, con el lavado de la vajilla y demás yerbas.

Y para aquellos que, ignorando mis advertencias, aún se relamen con un futuro comentario desestabilizador, dejo un segundo documento que echará por tierra sus fantasías.

Vean cómo estacionó (sí, estacionó) esta señora solo segundos después de la catástrofe precedente.






Tomá pavós.


Tengan ustedes muy buenas noches.

viernes, 11 de noviembre de 2011

QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA


Síntesis del post: Cuestión previa. Un amigo. Una confesión. O varias. Un sacerdote. Motivaciones. Nostalgias.

Cuestión previa: Ante todo pido disculpas por no haber logrado contestar en tiempo y forma los comentarios recibidos en el artículo anterior. Tuve mis motivos. No volverá a suceder. De paso aprovecho la oportunidad que se me brinda para anunciar la pronta reanudación de las visitas a los espacios virtuales amigos y afines.




‘El otro día fui a la iglesia y me confesé’. Eso me dice mi amigo, ateo en la teoría y en los hechos. Y habla una verdad, con esa cara de verdad solo perceptible para aquellos que lo conocen —lo conocemos— desde la época dorada en que solía escarbarse los mocos en el rincón más apartado de la salita azul, con el primer descuido de la señorita. La señorita Ana (sé su nombre porque yo me escarbaba los mocos en la misma salita, aunque en sitios más expuestos).

¿Cómo dice?

No, no afirmo que haya —hayamos— dejado de escarbarse —escarbarnos— los mocos. Pero ahora lo hace —hacemos—, pongamos por caso, mientras el semáforo prolonga en forma indefinida un colorado que invita a la práctica de esa noble actividad. Eso es lo más cerca que se puede llegar, con treinta y tantos años sobre el lomo, de la impunidad que se gozaba en aquella salita. Aquella salita azul.

A lo nuestro sin más, que para dar forma a este artículo necesito de todos los dedos.

‘Padre, he tenido pensamientos impuros que incluyeron varias señoritas de vida licenciosa y algún que otro animal doméstico. Y he pasado a la acción. No una sino varias veces. Varios sábados. Todos. Todos los sábados. Y una respetable cantidad de viernes. Casi todos. Los viernes. Y para ello he metido mano en el fondo de reserva de la familia. Mi familia. El dinero destinado a la educación de mis hijos.’

Con esa confesión arranca mi amigo, aunque solo obtiene de parte del cura una invitación. Una invitación a seguir vaciando su alma de pecado.

‘Estoy estafando a mi socio. No me pida una explicación acabada de la ingeniería de esa estafa. Lo importante es el dinero que desvío hacia mi cuenta bancaria. Mucho dinero. Tanto que me compré un departamento a estrenar en Puerto Madero 90210. Con buena vista, doble cochera, cuatro baños y una cocina que bien podría servir para asar un buey almizclero sin remover sus partes duras.’

Asiente el cura. Se aferra a su cruz y acerca un oído adiestrado a la ventanita que sirve de nexo entre su pureza y la barbarie.

‘He mentido. Les mentí a mis mujeres. A mis concubinas. A las dos. Estoy de novio con una piba de veinte y tengo pensado casarme dentro de seis meses. No con ella sino con la hermana, que es cinco años menor y mucho más osada en la cama. A lo mejor con las dos. No tenemos demasiado de qué hablar, por la diferencia generacional. Pero al fin y al cabo de eso se trata el matrimonio. De convivir con una completa extraña a la que se odia más de lo que se ama. O con dos.’

Guarda un tenso silencio el representante de Dios en la tierra. Pero no interrumpe el desahogo.

‘He matado a un hombre. Un vecino. Golpeó a mi puerta, le molestaba el volumen de la música. Entonces le disparé entre las cejas y lo enterré en el jardín. Ahora siento remordimiento. Quiero decir, ya había matado antes, aunque nunca con intención. No es lo mismo padre. Me refiero a atropellar a una persona y luego huir de la escena sin mirar atrás. Eso no es tan grave. Al no existir dolo el alma no se ensucia.’

Ni siquiera esa última falacia colma la paciencia del confesor, que parece dispuesto a escuchar todas las atrocidades del mundo. Sin embargo eso ha sido todo.

‘Y al final me absolvió de todos mis pecados’. Eso me dice mi amigo, ateo en la teoría y en los hechos. Lo reprendió severamente, es cierto. Lo instó a confesar sus homicidios en la fiscalía de turno, eso también. Expuso un acabado planteo moral rechazando la bigamia y lo advirtió sobre la figura del estupro en el código penal, pero luego habilitó el perdón divino respetando todos y cada uno de los ritos.

‘Pero todo es mentira. Vos no tenés hijos. Ni concubina ni concubinas. Ni socios. Ni mataste a nadie. No podría hablar con propiedad acerca de tus pensamientos impuros, pero estoy seguro de que no los llevaste a la práctica. Al menos no en la parte que respecta a los animales domésticos. Lo único más o menos cercano a la realidad es que estás de novio con una piba de veintiuno’. Eso le digo a mi amigo, yo, que no soy ateo ni en la teoría ni en los hechos. Y me quedo mirándolo, a la espera de una explicación satisfactoria.

‘Sí, ya sé, ya sé. Pero no me negarás que parece de dieciocho. Y además hay otra cosa que no es mentira. Con Pilar decidimos casarnos. El lunes pensamos irlo a ver. Al cura digo. Le vamos a pedir que presida la ceremonia. Es que si Dios ya me perdonó todos los pecados, no veo por qué razón no podría casarme en su casa.

Me quedo mirándolo de la misma forma que antes. Aún no tengo mi explicación satisfactoria. Conozco los hechos y las intenciones, pero me faltan los porqués.

‘No sé che. No hay un porqué. Quizás lo hice para reírme un poco. Para ver la cara que pone el lunes, cómo hace para mirarla a los ojos con mis secretos a cuestas. Como cuando me bajaba del colectivo y te dejaba saludos para tu novio, y todas las viejas retrógradas te estudiaban con odio. ¿Te acordás? No sé, era divertido… a veces me pongo un poco nostálgico, me dan muchas ganas de llorar.’

Nos despedimos y me retiro a mi hogar. A pie. Intento sacar alguna conclusión. Qué sé yo… cada cual combate sus penas como mejor sabe o puede. Cada uno con su librito. Sin embargo no puedo evitar pensar que, a la luz de los acontecimientos expuestos, mis nostalgias suelen ser bastante insulsas.



Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 1 de noviembre de 2011

UN OVEJERO ALEMÁN

Síntesis del post: Una pareja. Discusión. Desgracias ajenas. Un ovejero alemán. Estructura. Planteo. Desproporción. Una señora mayor. El Universo. Paralelo. Charla final.



Una pareja discute airadamente en plena vía pública. Para más datos, en un parque. Y uno, que no es de fierro, disfruta de esta oportuna desgracia ajena como lo haría con un buen vino de la ribera del duero, una película de Woody Allen o una porción de pizza con mucha muzzarella, generosa en orégano y aceite de oliva. Sin faina.

No, no digo que siempre disfrute de la desgracia ajena. De más está aclarar que no celebro la aparición de un tumor de intestino, el remate de una propiedad familiar o un injusto procesamiento por asociación ilícita. Estoy hablando de esas pequeñas desgracias cuya única consecuencia acaba siendo el obsequio de un momento embarazoso a los ocasionales testigos. Una anécdota para compartir con amigos en el marco de un asado. Quiero decir, para que los ocasionales testigos compartan con amigos en el marco de un asado. En fin… a eso me refiero, no me embarre la cancha.

A lo nuestro sin más, que hoy si Dios quiere y el viento viene de cola terminamos rapidito.

La estructura de la pareja es la siguiente: un joven de veinticinco años (eso calculo desde el sitio estratégico en el que estoy parapetado), poco agraciado y ampuloso en materia gestual, que de merecer a su lado una criatura magnífica no podría ser otra que un ovejero alemán. Y una señorita, por supuesto. Una criatura magnífica que sin embargo, en un primer análisis, no se parece en nada a un ovejero alemán. Primero porque debe andar por los veintitrés o veinticuatro años (los ovejeros alemanes no viven tanto), y luego porque arranca encendidos aplausos a su paso, y los ovejeros alemanes solo generan esa reacción cuando sus dueños los inscriben en esos torneos que premian cualquier cosa menos los atributos que aquí aplaudimos hasta que nuestras palmas adquieren una tonalidad que oscila entre el rojo furioso y el bordó.

Cuestiona nuestro Romeo. Cuestiona cuando debería agradecer cada segundo, aun en presencia de testigos ocasionales y en su hora más aciaga. Y la señorita se justifica. Se justifica aun cuando debería morderle el antebrazo con furia, como lo haría un ovejero alemán entrenado para obtener ese ansiado trofeo a la obediencia o la fiereza.

Llegamos a un punto en el que se fuerza una explicación que la naturaleza no dudaría en tildar de sobreabundante. Solo la juventud de un Romeo nublado por la desesperación, quizás por la inexperiencia, sería capaz de habilitar semejante escenario.

Confiesa nuestra Julieta. Confiesa eso que usted se imagina, y que nadie en su sano juicio se animaría a cuestionar, sobre todo si tiene las palmas al borde del sangrado de tanto aplaudir. Mate en dos, diría un ajedrecista, anunciando a modo de cortesía el inminente final de la partida.

‘Era clavado, no sé cómo una chica tan bonita podía estar con semejante pajarraco’, susurra una señora mayor que desde hace algunos minutos comparte el banco conmigo sin que me percatara de su presencia.

Asiento y sonrío, pero luego ambos permanecemos en silencio mientras Julieta vomita unas cuántas verdades más en pleno rostro del Romeo inexperto. Ya no en plan de justificación sino en franco ataque, como si de pronto hubiera comprendido el carácter absurdo de su elección de pareja y quisiera redimirse frente a los testigos ocasionales.

El discurso acaba muy rápido, más o menos en los plazos previstos por nuestro ajedrecista. Y punto final. O jaque mate. Cada cual sigue su camino. Romeo con el corazón hecho trizas, y Julieta con una mala ostia que para qué les cuento.

‘Vos sos muy jovencito todavía (muchas gracias señora, la quiero), pero tenés que saber que de vez en cuando el Universo se sacude las pulgas. Se rasca. Se corrige a sí mismo. Se lame sus propias imperfecciones. Las que tiene a mano, las que no son terminales. No puede hacer nada para que un nene etíope no se muera de hambre mientras el hijo de un jeque árabe juega con un avioncito de oro, pero estas cositas tarde o temprano las soluciona. Siempre es así’.

Una reflexión colosal. Yo creo que la figura que habíamos elegido para la ocasión, la del ovejero alemán, habría servido perfectamente para graficar el asunto del rascado de pulgas, pero no se le puede negar el mérito a la señora. Hay que valorar su claridad meridiana, porque no en vano es una señora mayor.

Nos quedamos charlando un rato, cambiando impresiones, a la espera —por cierto vana— de otro regalo del Universo. O de un ovejero alemán que se rasque las pulgas en algún potrero cercano. Al fin y al cabo acabamos de demostrar que una cosa y la otra son casi lo mismo.



Tengan ustedes muy buenas noches.

miércoles, 26 de octubre de 2011

MI SOCIEDAD SECRETA

Síntesis del post: Mi sociedad secreta. Introducción. Maniobra. Catástrofe. Asado número ciento veinticuatro.

Mi sociedad secreta: Corazón y cogote.





Aquellos insensatos que tienen por costumbre recorrer los pasillos de este humilde espacio virtual desde el año pasado o el anterior están al tanto de que formo parte de una sociedad secreta. Un ente clandestino que surgió con el firme propósito de dar vida a un sueño que me acompañó desde mi más tierna infancia: transformarme en un personaje envuelto por un halo de misterio irresistible para mi círculo de amigos, familiares y conocidos. En síntesis, algo parecido a un caballero templario, un illuminati o un masón.

El proyecto cobró vida gracias a la entusiasta participación de dos individuos que comparten conmigo esa misma voluntad de ocultación, y que conciben a la clandestinidad como un fin en sí mismo, desvinculada por completo de las actividades que pudieran llevarse a cabo a su amparo. El resultado, como podrán ustedes imaginar, ha sido una persona jurídica clandestina carente de objeto. Nos ocultamos, sí, aunque, ya sea por conveniencia, pereza o falta de imaginación, jamás fuimos capaces de establecer el porqué.

Sin embargo, gracias a la férrea disciplina innata en cada uno de sus miembros, la sociedad posee una vida institucional nutrida y saludable. Existe un presidente, un operador y un secretario de actas, aunque el primero solicitó cambiar la denominación de su cargo por otra que lo hiciera sentir un poco más representado. Entonces, decía, tenemos un chamán, un operador y un secretario de actas que se reparten las obligaciones estratégicas, operativas y registrales respectivamente. Y si bien la existencia de la agrupación fue descubierta por la mujer del operador durante la fallida ejecución de la primera maniobra (y ha sido celosamente vigilada desde entonces), la misma pudo subsistir gracias a la constante y metódica incineración de cualquier documentación comprometedora (actas, planos, fotos de modelos ligeras de ropas, etc) al calor de las llamas de —hasta la fecha— ciento veintitrés asados celebrados a ese solo efecto. Todo con el consiguiente aumento en los niveles de colesterol debido a la compartida afición a la molleja de cogote y el chinchulín de cordero.

En fin… a lo nuestro sin más, que hoy es cortito.

Se presenta el operador a altas horas de la noche en el domicilio particular del chamán, donde es ansiosamente aguardado por el mencionado individuo y este secretario de actas munido de su pluma y un papel en blanco en el que procederá a volcar con pelos y señales el resultado de la maniobra encomendada (papel que será debidamente incinerado en el asado número ciento veinticuatro).

¿Cómo dice?

No, de ninguna manera. No puedo. Tome en cuenta el carácter secreto de la encomienda, así como también el del ente plural que la lleva a cabo a través del mandatario. Sería irresponsable de mi parte. Y no se me acerque. Ni un paso más. He sido entrenado a conciencia para ingerir el documento en menos de cinco segundos, y casi sin consecuencias para el aparato digestivo.

Se cuadra el recién llegado, y luego de observar el protocolo de seguridad (verificar que no haya moros en la costa) refiere los hechos en apretada síntesis: ‘Salió como el culo’.

Habría preferido un más decoroso ‘fracasé miserablemente’, pero tampoco soy tan pacato. Comprendo y acepto el lenguaje que suele emplearse en el marco de las derrotas más estrepitosas.

Según se desprende de la declaración del malogrado comando, las instrucciones, los planos y buena parte del material provisto para la ejecución del plan han caído en manos del enemigo (otra vez su mujer) luego de una breve escaramuza, de cuya relación no surge a las claras el papel heroico que se atribuye a sí mismo.

Preguntado por las consecuencias que podría acarrear el hecho para la agrupación en tanto persona jurídica clandestina el individuo menea la cabeza de derecha a izquierda y rompe en un llanto profuso y uniforme.

Y punto final. Aquí llegaría el momento de transcribir el acta (confeccionada según el reglamento vigente) si no fuera tan patente la urgencia de celebrar el asado número ciento veinticuatro.

¿Cómo dice?

Sí, mollejas tengo. Pero de corazón. Mi carnicero no siempre está abierto en situaciones de emergencia. Un poco porque suele dormir a pata suelta a estas horas de la madrugada, y otro poco porque desconoce la existencia de este ente clandestino y misterioso, carente de objeto pero rebosante de problemas que son, en el fondo, los que impiden una penosa desaparición.

Hablemos sin eufemismos, señores. Frente a tamaña catástrofe, poco importa si el asado resulta ser de ternera o de novillo. Si la molleja es de cogote o de corazón. Si el chorizo es puro cerdo o mezcla con rata.

Lo único que importa es un fuego vigoroso. Y partir de ahí vamos viendo.


Tengan ustedes muy buenas noches.


PS: Aquellos que estén interesados —no imagino la razón— pueden leer más sobre esta simpática sociedad con solo pinchar la etiqueta 'Actividades clandestinas'. Aunque vale aclarar que el artículo se basta a sí mismo. Aquí no existe un requerimiento, sino una modesta sugerencia.

viernes, 21 de octubre de 2011

POTENTE GEN

Síntesis del post: Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo a veces subo un Potente Gen.

Hoy me gustaría comenzar mi exposición confesando que hace varios meses que buscaba un PG que tuviera una contundencia como la que verán a continuación. El trabajo ha sido arduo y, por qué no decirlo, penoso. Pero finalmente lo encontré. Yo solito lo encontré. Sin ayuda de nadie. Y es que soy muy diligente a la hora de cumplir con el público, que es a la vez jurado de esta tradicional sección.

A lo nuestro sin más, que hoy estoy ávido de generosas loas y calurosos aplausos.


Gen Arias

Mariana Arias. Mamá.

Mariana Arias y Paloma Cepeda. Madre e hija.

Paloma Cepeda. Hija.

Otra vez Mariana y Paloma.

En mi modesta opinión estamos en presencia del exponente que se alzará con el triunfo (por cierto demoledor) en la encuesta de fin de año. Pero bueno, tenemos un jurado que lleva más de tres años en funciones, y habrá que escucharlo con atención. Tanto ahora como en diciembre. Por mi parte solo la satisfacción de haber cumplido con mi deber. De haberme roto el lomo en la búsqueda.

Y ahora me voy contento, porque es viernes. Y los viernes yo almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.


Tengan ustedes un democrático fin de semana.

martes, 18 de octubre de 2011

HIENAS

Síntesis del post: Volver al subte. Decisiones. Lectura compleja. Hienas. Final trunco. Solución. Autobombo.

Hoy nos toca viajar en subte, así que les pido por favor que se aseguren de traer en la billetera, en el bolsillo o en donde sea que tengan por costumbre guardar el dinero, el peso con diez centavos que se necesita para atravesar los molinetes. Sepan que yo no mantengo vagos.

Justamente el otro día estaba pensando que hace bastante tiempo que no utilizamos este simpatiquísimo medio de transporte para hacer el trabajo de campo. Como un año y medio. O más. Pero bueno, lo cierto es que soy yo el que hace bastante tiempo que no utiliza este simpatiquísimo medio de transporte. Ni para el trabajo de campo ni para nada.

¿Cómo dice?

No. Por desgracia ello no se debe a un progreso personal. No hubo en este tiempo una evolución significativa en la escala social. Nada más lejos. Ocurre que he descubierto una serie de variantes, algunas ingeniosas y otras irresponsables, para gastar el poco dinero que poseo. Y entre las del segundo grupo se encuentra el uso del automóvil como herramienta para acceder diariamente a mi puesto de trabajo. Son decisiones que toma uno cuando se le da por pensar que es muy posible que por esta época esté promediando su triste paso por este frío cascote galáctico. Que tal vez este año, el año que viene, el mes pasado o incluso hace un lustro haya ingresado al club de los que caminaron más de lo que les queda por caminar, y entonces concluye que es hora de darse un gusto, de hacerse un mimo que opere como una compensación.

En fin… a lo nuestro sin más.

La suerte está de nuestro lado. Digo esto porque conseguimos asiento ni bien subimos al tren. Aquellos que suelen utilizar este simpatiquísimo medio de transporte —a mí ni me miren— sabrán que eso es una auténtica rareza, no importa de qué línea se trate. Es cierto que en vez de las ocho y media de la mañana son las doce del mediodía (admito que eso puede ser un factor importante), pero antes de que se alcen las primeras voces socarronas deseo aclarar que tengo un justificativo firmado por un médico para estar abriendo la persiana del boliche cuando el sol ya dibuja sus sombras más cortitas. En esto nada tienen que ver las ingeniosas o irresponsables variantes recientemente descubiertas. Y no, lo que me pasa no tiene nada que ver con el fondo de este artículo. Para usted es más que suficiente con saber que sufrí una ligera indisposición. No insista.

Estamos hojeando una revista que nos resulta francamente interesantísima, pero la maniobra se nos está complicando más de la cuenta. A las dificultades que ya de por sí plantea el tamaño de la letra se agregan las pronunciadas curvas propias del trazado y la frenética vibración del vagón. Y eso no es nada comparado con el hecho de que la mencionada revista no se encuentra en nuestro poder, sino en las temblorosas manos de una señora que lee al ritmo de un infante de segundo grado y encima no vacila en manifestar su mal humor al sentir nuestra pegajosa mirada posada sobre su hombro derecho. Por fortuna esa manifestación solo asume una forma gestual. No hay protesta franca, y entonces, con cada resoplido, con cada contorsión o revoleo de ojos, retrocedemos un paso, como las hienas cuando codician la presa de los leones, jadeando y babeando mientras aguardan que aquellos se sacien, o que se junte un número suficiente —de hienas— para perderles el miedo. A los leones.

Así las cosas la batalla se prolonga. Y por mí está bien, tengo todo el tiempo del mundo. Me bajo en la última estación. Diez renglones, resoplido, retroceso, veinte renglones, contorsión, retroceso, cinco renglones, revoleo de ojos, retroceso. No vamos a claudicar, los artículos son buenísimos y no pensamos dejar ni uno por la mitad por una simple cuestión de titularidad. Si quiere privacidad que se tome un taxi. O que nos confronte como es debido. No somos machos pero somos muchos. No se me borren ahora. Es solo una señora. Bien armada, potente, pero solo una señora.

De pronto se suma una circunstancia dramática. Más allá de la promesa de una confrontación épica, la señora cierra la revista y se apresta a descender de la formación. Tres estaciones antes del final del recorrido. La muy ladina. Y justo en la mitad del mejor artículo. Lo está disfrutando, se le nota en la cara.

‘Te vas a quedar con las ganas de leer el final, pavote. Vas a tener que comprar la revista, a menos de que seas vos el que escribió el artículo. Yo me lo voy a leer solita, cuando nadie me vea’. Eso me dice. Con la mirada, por supuesto. Ni en su hora más gloriosa se anima a una confrontación directa.

¿Cómo dice?

Ah, claro. Yo siempre tengo que llevar un as en la manga. Si fuera por usted este vaso de agua se transformaría en una pileta olímpica. Los leones nos correrían por toda la sabana. No sé ni para qué lo traigo, vea.

Ay ay ay… veamos qué se puede hacer por la causa. Pero solo esta vez. No se me acostumbre.

Obtuve el dato, así, de pura suerte, de que la revista no se vende. Se regala. En el subte. En la calle. En la propia redacción. Solo es cuestión de estar atentos. Y encima puede leerse por la internesss. Onlain.

Le juro sobre la tumba de mi perro que yo saldría corriendo a leer ese artículo que me quedó por la mitad por culpa de esa vieja agreta. No lo dudaría ni un segundo, pero da la casualidad de que ese artículo —brillante por cierto— sí que es de mi autoría. Así que me conozco el final, el principio y el jamón del medio. Tomá pa’ vos, vieja chota.

¿Y ahora qué le pasa?

Ah, sí. Perdón.

¿Ya leyó la revista Oblogo?

Pero qué picardía. Semejante publicación no se merece esa actitud prescindente. Sobre todo porque de vez en cuando publican a un pibe que se las trae. Uno que caminó menos de lo que queda por caminar. O eso espera (lo sé porque lo conozco como si conviviéramos desde hace treinta y siete años). Como tres o cuatro veces lo publicaron. Incluso me animaría a pedirles que lo votaran en el concurso Oblogo Banco Hipotecario, si no se hubiese vencido el plazo para votar. No lo hice en tiempo y forma, simplemente, porque genuinamente pienso que existen opciones mejores, y la honestidad entendida como un modo de vida presupone una generosa cuota de estupidez.

Vaya y lea. Si quiere. Y si no, no. Hoy la cosa no viene de pedido, sino de consejo.

También podemos esperar otro subte. Nadie nos corre.

Oblogo Nº 67


Tengan ustedes muy buenas noches.

viernes, 14 de octubre de 2011

POTENTE GEN Y GALARDÓN

Síntesis del post: Nuevo galardón. Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo a veces subo un Potente Gen.

Cuestión previa: La que vive al lado, recurriendo a una práctica que yo creía extinguida en esta plataforma virtual, ha decidido otorgarme un galardón. En rigor de verdad me ha pasado uno que a su vez alguien le otorgó a ella, pero el caso es que la estatuilla terminó acá, así que yo agradezco el gesto y de paso los insto a que visiten su blog, que es de lo más interesante.

Como es costumbre, me arrodillo con los puños apretados en el círculo central y repaso mentalmente la lista de mis enemigos para elegir alguien a quien enrostrárselo. Luego me apersono en su casa virtual, me apropio de la estatuilla y salgo corriendo a mi cueva antes de que se arrepienta, en la inteligencia de que un galardón exhibido implica, no solo una transacción terminada, sino también el derecho soberano a rechazar su devolución.






¡MUCHAS GRACIAS A LA QUE VIVE AL LADO!


Sin embargo, antes de pasar a otro asunto debo cumplir la contraprestación impuesta, que consiste, ni más ni menos, en la confesión lisa y llana de siete cosas que me gusten. También debería transferir el galardón a diez blogs amigos o afines, acción que pretendo omitir sin presentar justificativo alguno.

Entonces a lo nuestro sin más.

Siete cosas que me gustan:

1- Pasar un día entero en la playa. O muchos días enteros en la playa.

2- Comer un asado en familia o con amigos.

3- El fútbol. Me gusta mucho el fútbol. Más el de la B que el de la A.

4- Escribir de noche.

5- El whisky. Me gusta mucho eso.

6- Manejar en la ruta. No sé por qué, pero me tranquiliza bastante.

7- Un cuarto kilo de helado de banana.



Es todo.


Ahora…

POTENTE GEN

Hoy no hay introducción. Se presenta el exponente y que hable el jurado.

Gen Ledger

Heath. Actor. Papá. Difunto.

Matilda. Hija. Desocupada.

Heath y Matilda.

Otra vez padre e hija.

En lo personal el parecido me resulta asombroso, pero la última palabra es de ustedes.

Y ahora me voy contento, porque es viernes. Y los viernes yo almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.


Tengan ustedes un soleado fin de semana.

martes, 11 de octubre de 2011

UN SEÑOR QUE ESTÁ ENOJADÍSIMO

Síntesis del post: Un señor enojado. Enojadísimo. Un viernes distinto. Una señorita. Un destrato. Un héroe. El Universo y sus mecanismos.

Este buen señor está muy enojado. Enojadísimo. Lo sé porque estrella su puño derecho contra la mesa. Una, dos, tres veces. Y demanda la presencia del gerente, el dueño o cualquier autoridad en condiciones de satisfacer su demanda. Todo ello mientras destrata a una señorita que, por uno de esos extraños firuletes que tiene la vida, me cae muy simpática. Nos cae muy simpática.

¿Cómo dice?

Ah… ¿que no agoté la explicación? Pero qué descuido el mío. Imperdonable.

La escena tiene lugar en un restaurante. Es la una y media de la tarde, y lo que es más importante, es viernes. Y yo los viernes almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.

La señorita en cuestión es la moza que semana tras semana se ocupa de que el firmante al pie de esta página se dé todos los gustos (gastronómicos, claro está) arriba descriptos sin planteos de ninguna índole. Ella no posee la mala costumbre de sugerir —entre líneas— las bondades del reino vegetal en lo que a la alimentación se refiere, ni apunta un índice acusador hacia mi región abdominal en franca expansión, ni me niega segundas vueltas cada vez que entiendo que la situación lo amerita. Comprendo, sí, no soy un necio, que talvez su buena predisposición responda al hecho de que solo debe satisfacer mis gustos gastronómicos, no otros, pero eso de ningún modo es suficiente para evitar que me caiga simpática. Que nos caiga simpática.

Volvamos a lo nuestro entonces, que si no algunos lectores se me dispersan.

Señor Etienne, está buena. Pero ni sueñe que me va a arrancar una descripción cuando ya tengo el foco puesto en el fondo del asunto. Confío en su frondosa imaginación de poeta, no sin antes advertirle que puede que se quede corto.

Tenemos a este señor muy enojado. Enojadísimo. Este señor que estrella su puño derecho contra la mesa, una, dos y tres veces. Y que destrata a esta señorita que nos cae tan simpática.

Según entiendo le han ofrecido, sonrisa de por medio, algo que luego pretenden cobrarle. No sé, un queso, un pan de pizza, unas sardinas condimentadas. Da lo mismo. El caso es que el señor interpreta, con mucho tino, que una cortesía deja de serlo ni bien aparece en escena la exigencia de una contraprestación.

Hasta ahí es todo muy correcto. Lo que me hace ruido es el destrato. Lo que nos hace ruido es el destrato. Innecesario desde todo punto de vista. Resulta bastante claro que es el gerente, el dueño o la autoridad en condiciones de satisfacer la demanda la que sonríe a través de la señorita, que solo aporta a la maniobra unos dientes blanquísimos e inmaculados, unos ojos inquietos y unos… no Señor Etienne, no pienso claudicar. Le dije que no, y es no.

Sí, ya sé. De cualquier modo habría que considerar la posibilidad de una intervención. Sobre todo cuando una pieza clave de la maquinaria se encuentra comprometida.

¿Cómo dice?

No. No me parece. Ya hemos aportado lo nuestro en su debido momento, y ahora fluimos serenamente en un universo compensado. Ya circularon los Sarmientos, fueron y vinieron, así que no creo que la solución pase por ese lado. No pienso cargar a mi cuenta unas sardinas que no consumí. Me inclino más por asumir una actitud contemplativa, aun cuando a primera vista resulte chocante o pueda asimilarse a una pequeña traición. Ya habrá tiempo para el heroísmo si este buen señor decide cruzar la fina línea entre el destrato y el insulto.

Pasan los minutos y el gerente, el dueño o la autoridad en condiciones de satisfacer la demanda no aparecen por ninguna parte. Solo este muchacho de veintitantos años, flaquito y de aspecto abatido. El que está a cargo de la caja. El que le anota la milanesa napolitana a la mesa cuatro, los tallarines con pesto a la dos, el asado con fritas al que viene todos los viernes.

El señor, que está enojadísimo (no sé si les dije) se olvida por un instante de la señorita. La señorita que nos cae tan simpática. Y concentra el destrato sobre nuestro héroe.

Grueso error. Conste que digo esto antes de que los acontecimientos se precipiten. Y de paso tómese nota de que hablé de un héroe apenas habiendo echado un ojo indiscreto a la madera que lo constituye. Y es que ese solo instante me alcanza para comprender que él también está enojado. Enojadísimo.

Predigo una catarata de acidez en tono neutro. Lo intuyo en esa mirada ausente, esos brazos en jarra y esa postura resignada. Y no digo más porque los acontecimientos —en efecto— se precipitan.

‘A ver… pelotudo. Acá el problema son dos sardinas de mierda. Vos no querés pagar por eso. Por dos sardinas de mierda’.

Brillante apertura. Ese pelotudo dicho al pasar, casi susurrado, anula el griterío y allana el camino del alegato que, anticipo, será lapidario.

‘Ganaste. Las sardinas son gratis. Por cuenta de la casa. Por cuenta mía, que no soy la casa, pero voy a barrer el piso cuando vos te vayas. Y lo hago porque es lo justo. La piba no aclaró, y te distrajeron las tetas. A todos nos distraen esas tetas, no te pongas mal. Hacé de cuenta que estás en Mc Donalds. Calidad, servicio y limpieza. El cliente siempre tiene la razón. Aunque lo de la calidad es relativo, le compramos a un boliviano que llega al mercado central arrastrando una carretilla. Y el servicio es engañoso, vos podés dar fe. Y si me acompañás a la cocina charlamos un ratito lo de la limpieza. Pero sí, tenés razón. Toda la razón del mundo. Sin embargo, si pegás un grito más, o golpeás la mesa porque sí, te voy a cagar a trompadas delante de todos los clientes, que si no les gusta lo que ven se pueden ir a almorzar con la madre que los parió. Gratis y con mercadería de primera’.

Y punto final. Asumo que no hace falta que yo lo diga. Individuo que gusta de la agresión hacia los objetos inanimados no se le anima siquiera a un muchacho de veintitantos años, flaco y de aspecto abatido. Puede tomarlo, si lo desea, como uno más de los mecanismos compensatorios del Universo. Todo mientras nuestro héroe regresa a la caja.

‘¿Algo más?’, me pregunta la señorita. Esa señorita que me cae tan simpática. Que nos cae tan simpática.

Sí. Un cafecito chico, si dan.

Pero estoy dispuesto a pagar.

A mí sí que me distraen unos dientes blanquísimos e inmaculados, unos ojos inquietos y un buen par de tetas. Sí Señor Etienne, dije tetas. Pero solo porque antes lo dijo nuestro héroe. La descripción está, aunque no es de mi autoría.

Sin embargo aclaro que a esta altura de la soiree ya no me nublo con tan poca cosa.


Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 6 de octubre de 2011

HÁGAME LA CARIDAD

Síntesis del post: Vote por MIB, pedazo de zoquete.

Resulta que yo escribo en un blog. Un blog colectivo. Un blog humorístico. Men in Blog (de ahora en adelante MIB) se llama. El blog en cuestión. Descuento que casi todos los lectores habituales de este humilde espacio lo saben, aunque no sientan que el hecho esté cambiando demasiado la historia de sus vidas.

Bueno, a ver, en rigor de verdad escribo en muchísimos sitios. Es casi lo único que hago en mi tiempo libre. Y lo hago con identidades variadas que siempre cosechan un éxito que orilla entre lo moderado y la más absoluta de las nulidades. Sin embargo hoy me interesa hablar de MIB. Nos interesa hablar de MIB. Así que hablemos.

El caso es que esta auténtica gema del mundo virtual se encuentra compitiendo en el concurso Bitacoras.com, en la categoría ‘mejor blog de humor’. Y está recibiendo una paliza memorable.

A mí no me gusta recibir palizas memorables. De hecho, creo que a nadie le gusta. Pero esa es la realidad. Los lectores de Bitacoras.com deben votar por alguno de los muchísimos blogs que aspiran a alzarse con el trofeo en la mencionada categoría (humor), y los tres más votados acceden a una interesantísima final que tendrá a todo el mundo al borde del asiento a la espera de la decisión, que según entiendo, se encuentra en manos de un jurado de notables.

Ahora bien, en este preciso instante MIB se encuentra en el quinto lugar. Ni cuarto ni sexto. Quinto. Y lo cierto es que debería estar en uno de los primeros tres. De otro modo no habrá interesantísima final, ni borde del asiento, ni jurado de notables ni trofeo. Nada.

No hace falta ser una lumbrera para percibir que algo no anda bien. El blog es muy bueno. La química entre los integrantes (ocho) es excelente. El volumen de lectores es aceptable para la realidad actual de Blogger.

¿Entonces qué esta fallando?

Resulta obvio a los ojos de cualquiera que ese algo es usted. Sí, no mire para el costado. Le hablo a usted, que aún no ha tenido la delicadeza de ir corriendo a Bitacoras.com, registrarse (si no lo ha hecho el año pasado) y votar por MIB en la categoría ‘mejor blog de humor’. Una actitud que de no ser reparada a la brevedad pesará sobre su conciencia por los siglos de los siglos. Amén.

¿Cuántas veces le pido algo? Nunca. No mienta. En cambio doy y doy sin esperar una retribución. Lo llevo de paseo al consultorio de mi dentista, a visitar prostitutas de esquina, a atestiguar suicidios simulados, a ver gordos corriendo en el parque, etc.

Bien. Entonces considero que ha llegado la hora de gastar cinco mugrosos minutos en pagar la factura. Se me va de acá, se me registra en Bitacoras.com y vota a MIB como mejor blog de humor.

¿Que jamás en su vida ha leído un artículo en MIB? ¿Que solo viene a este espacio para retribuir un comentario en el suyo? ¿Que no sabe si MIB es en verdad mejor candidato que sus rivales?

A nadie le importa. No se haga.

A ver, mi querido quelonio. Lo que yo le estoy proponiendo, y no me diga que no lo tiento, es recurrir al fraude más alevoso en orden a la consecución de un objetivo. Nada que no le hayan propuesto antes. Vaya y vote. Así, sin más. Porque yo se lo estoy pidiendo. Sepa que sé recompensar a los buenos amigos. Tengo preparada una sorpresa para el momento en que entremos de nuevo entre los tres primeros. No se olvide. Esto es estrictamente cierto.

Pinche el logo de MIB en la barra lateral de este espacio, y una vez allí vaya al link de Bitacoras.com. Y vote. No se olvide de votar. Realmente lo necesitamos. No podríamos soportar una nueva sesión de azotes del Amado Líder.

¿Usted vio cómo me reprendió el otro día en los comentarios por andar escribiendo artículos personales en lugar de hacer campaña por MIB?

Lo que para usted es un simple chiste, para otros puede ser un aviso.

Confío en usted.


Tengan ustedes muy buenas noches.

lunes, 3 de octubre de 2011

LA DAMA Y EL VAGABUNDO. Y LA ROXANA.

Síntesis del post: Una historia sencilla. La dama. El vagabundo. La coincidencia espacial. Y temporal. La Roxana. Desenlace.

Hoy llego a ustedes con una historia sencilla. Bastante común. Trillada, podría decirse. Hablamos de algo en el estilo de la dama y el vagabundo, aunque con alguna que otra variante que al final del día servirá para dejarnos a salvo de un plagio de lo más repudiable.

A lo nuestro sin más, ya que hoy, a diferencia de otras veces, de todas las otras veces, tengo perfectamente definida en mi mente la dirección que tomará el artículo.

Ella se llama Ángeles, tiene veintidós años, está a punto de convertirse en arquitecta y vive con sus padres en la Avenida Ortiz de Ocampo (casi Figueroa Alcorta), en una casa que para qué les cuento, lindera con la embajada de uno de esos países extraños de Europa del este, cuyos nombres parecen salidos de una novela de Tolkien. Pongamos por caso, Moldavia. Eso es, Moldavia. Vive al lado de la embajada de Moldavia, aunque su casa tiene rejas más altas, bronces más delicados, jardines más coloridos, enredaderas mejor distribuidas y es infinitamente más grande.

Podría decirse que en su vida no le falta nada. De hecho, le sobra casi todo. Papá es un diplomático de carrera, aunque se encuentra retirado hace casi una década. Fue embajador en dos o tres países de los importantes, y estuvo a punto de convertirse en Canciller de la Nación en una época que no vamos a precisar porque este es un boliche familiar y no nos interesa cosechar comentarios de corte político. Lo importante es que su cuenta bancaria exhibe siete orgullosos ceros. No, no dije seis. Dije siete.

Y qué decir de mamá. Bueno… no mucho. Mamá se la rasca. Y sepa disculpar la crudeza de la sentencia, pero no he sabido, no he podido o no he querido hallar formas más adecuadas.

Angie (así la llaman amigos y familiares) es una piba sencilla. Una buena piba. Buenísima. Así que si usted ya había comenzado a odiarla secretamente, imaginando con toda injusticia una persona de mirada altiva y costumbres frívolas, refugiada en la conciencia de tener la vida resuelta y propensa a dilapidar su tiempo recorriendo junto a su indefendible progenitora todos los centros comerciales de la ciudad, puede ir ensayando un sentido pedido de disculpas.

Angie idolatra a papá. Lo ama profundamente. Y el hombre, un hombre enorme, sin duda lo merece. En cuanto a mamá, no es que la odie. No. Más bien la compadece. Representa todo lo que ella no desea para su vida, y en consecuencia es ese —y no otro— el motor de todos sus emprendimientos.

No mucho más diremos sobre ella. Talvez, sí, que además de sencilla es bonita. Modestamente bonita. Rubia, elegante, simpática dependiendo de la ocasión. Y flaca, eso sí. Muy flaca. Pero sin caer en la desproporción. Y tuvo un novio de nombre Bernardo, un año mayor que ella, rico y bien parecido, al que dejó con el pase en su poder hace unos seis meses por intuirlo carente de proyectos. Así, sin más.

Hablemos ahora de nuestro Romeo.

Axel Ricardo se llama. Tiene veinticuatro años, es huérfano desde los doce y ha trabajado aquí y allá prácticamente desde que dejó los pañales. Vive en una oscura localidad del conurbano bonaerense, se levanta todos los días a las cuatro y media de la mañana y se toma tres colectivos para llegar en horario al primero de los dos trabajos pueblan su agitada jornada. Es el mayor de ocho hermanos, varios de los cuales dependen enteramente de su encomiable fuerza de voluntad y su amor incondicional.

No mucho más diremos sobre él. Algunas descripciones, por más que hagan al fondo del artículo en curso, son más dolorosas que divertidas. Sí agregaremos que todos sus rasgos físicos confluyen en algún punto y desembocan en una exótica belleza indígena.

Ahora no nos queda más que juntar en el tiempo y en el espacio a los dos protagonistas de nuestra historia. Y para ello nos centraremos en el primero de los dos trabajos que pueblan la agitada jornada de Axel Ricardo. Una playa de estacionamiento en Palermo. Allí es donde Angie guarda su flamante camioneta importada, cuyo precio de mercado equivale a una pequeña fracción de los intereses que la cuenta bancaria de papá produce en un mes.

Angie opina que Axel Ricardo es un bombonazo. No son palabras mías, se lo dijo a su mejor amiga. Saldría con él sin pensarlo dos veces. No son palabras mías, yo no saldría con Axel Ricardo ni habiendo dispuesto de tres eternidades para pensarlo. Lo dijo ella, también a su mejor amiga.

Angie coquetea con Axel Ricardo. Y esta es una señorita que no coquetea con cualquier pelandrún que se cruce en su camino. Le abre una puerta a su mundo. A su mundo exclusivo. Sin condiciones. Sin prejuicios. Con toda la potencia de sus sencillez.

Axel Ricardo lo nota, pero no acusa recibo. La Roxana, una gordita que vive pared de por medio en esa oscura localidad del conurbano bonaerense, está mucho más buena. No son palabras mías, se lo dijo Axel Ricardo a su mejor amigo.

En fin… a esto quería llegar, estimados. Aquí reposa la esencia del artículo. Ambos protagonistas han hecho una elección y han jugado sus cartas sobre la mesa tomando en cuenta únicamente su ser interior. Fantástico. Lo maravilloso de la sencillez, tan rara en los tiempos que nos toca vivir, es, precisamente, esa nota genuina. Esa ausencia absoluta de especulación más allá de las penurias que pudiera acarrear el camino elegido. Estas sí son palabras mías.

No me gustan tan flacas, loco. Mil veces prefiero tener de dónde agarrarme. No son palabras mías. Se lo dijo —otra vez— Axel Ricardo a su mejor amigo. Sepa que ni en el más confuso de mis desvaríos me quedaría con la Roxana si una camioneta importada me abriera la puerta en forma tan desinteresada.

Ay, ignore eso último. Hablemos mejor de una señorita, muy bonita ella —modestamente bonita—, que pensara que soy un bombonazo.



Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 27 de septiembre de 2011

Y ZAPATOS DE GOMA

Síntesis del post: Una mañana soleada y un poquito calurosa. Un consultorio. Muchas tareas. El timbre. Un dilema. Una decisión. Varias fotos. Contrastes. Un número. Un final previsible.

La mañana, soleada y un poquito calurosa, nos encuentra en el consultorio de un psiquiatra. No, no dije mi psiquiatra. Dije un psiquiatra. Uno cualquiera. Y además sepa usted que yo no tengo psiquiatra, soy una persona perfectamente capaz de pilotear mis desbordes anímicos sin que ningún señor me ande dictando las maniobras.

En rigor de verdad este no es un psiquiatra cualquiera. No fui sincero en ese punto. Es un amigo mío. Un amigo que en este preciso instante se encuentra disfrutando de unas merecidas vacaciones en uno de esos sitios extraños. Al oriente del oriente. Y nosotros vinimos a su consultorio por expreso pedido suyo. Yo. Ustedes no. Ustedes vinieron porque hoy tocaba escribir un artículo, y un poco como que me dio lástima dejarlos ahí, en sus casas, con esa carita de cachorro abandonado que ponen cada vez que les digo que quiero hacer el trabajo de campo yo solito, como lo hacía antes, como lo hice siempre.

En fin… a lo nuestro sin más.

Tenemos mucho trabajo. Hay que regar las plantas, levantar los mensajes del contestador automático, revisar las facturas que el portero arroja por debajo de la puerta, confirmar si el gato sigue vivo, cambiarle las benditas piedritas y, si queda algo de tiempo, bajar hasta la cochera y desconectar la batería del auto para que no se muera.

Lo más sensato sería comenzar con los mensajes, pero nos topamos con un obstáculo insalvable. No, no es que seamos unos vagos. Por algo nos ofrecimos desinteresadamente, y por algo han confiado en nosotros. En decir, en mí. En ustedes no.

Ocurre que está sonando el timbre. Y no debería estar sonando el timbre. Es un acontecimiento altamente irregular. Estamos paralizados. Yo. Ustedes no. Ustedes me impulsan a que abra la puerta, aun cuando no debería. Y lo hacen —sospecho— porque saben que no está bien. Porque tienen bastante más claro que yo lo que se avecina. Entienden que allí, paradito en el palier, está ni más ni menos que el cuerpo, la materia del presente artículo. Y no quieren más dilaciones.

Soy un hombre pequeño. Sí. Aunque no lo crean, con el paso del tiempo les he tomado cierto aprecio. No me puedo negar frente a sus lamentos. No soporto esos pucheros que hacen cada vez que intento explicarles que los impulsos suelen correr por una cuerda bien distinta de lo correcto.

Bueno, vayan y escóndanse detrás de esa cortina. Y guarden silencio por una vez en la vida.

Ahí tienen. Les dije, pero ahora es tarde. Una señorita. En mis artículos casi siempre aparecen señoritas. Tanto o más bonitas que esta. Pero esta sí que se las trae. Qué barbaridad. Es realmente llamativo cómo se visten las señoritas ni bien despuntan las primeras mañanas soleadas y un poquito calurosas.

¿Somos o no somos el doctor Urdapilleta?

Los desaforados ademanes de Sir Lothar, el Señor Dany y el Mostro desde lo profundo de la cortina sugieren que sí.

Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Pongo cara de psiquiatra y todo.

Me acomodo en mi sillón, un sillón, enciendo mi pipa, una pipa, tomo mi libreta, una libreta, y me dispongo a escuchar una serie de problemas que soy del todo incapaz de resolver.

Tenemos un novio distante (el muy canalla), un pretendiente que presta el oído (el muy canalla), una madre invasiva, un padre millonario y exigente, un hermano menor drogadicto, un jefe acosador, una amiga leal, un perro —un caniche— en la recta final de su vida, un examen final postergado por enésima vez y una propuesta para conocer las ruinas de Machu Pichu. Del pretendiente (el muy canalla).

Escucho, sí. No se crean que no. Pero mientras lo hago no puedo evitar fijar la mirada en las fotos que mi amigo ha diseminado por todo el consultorio. Es un detalle que no tuve en cuenta. Él con su mujer. Él con su mujer y sus tres hijos. Él recibiendo ese título del cual nosotros —sí, nosotros— carecemos. Etcétera.

Las mismas —las fotos— parecen gritar a los cuatro vientos: ‘Sí, tengo una familia feliz, aunque a usted su novio la haya abandonado y esté revisando el libro de donantes de esperma desde hace tres meses. Sí, soy un profesional, aunque usted no tenga el coraje de afrontar el último examen final. Sí, me compré una casa de fin de semana con pileta y quincho, aunque usted viva en un mugroso monoambiente en Barracas’.

Parece que fuera a propósito. A los contrastes me refiero. Pero eso no es lo más preocupante.

¿Por qué diablos tenemos el consultorio repleto de fotos de un desconocido tan sonriente? Esa sería una pregunta válida y admisible. Debemos dispersar su atención si no queremos que acabe interviniendo la fiscalía de turno.

‘Es indispensable que usted elimine de su vida las relaciones tóxicas’.

Eso le digo, sin quitar la vista de las fotos y mientras aspiro una profunda bocanada de humo. De mi pipa. De una pipa. No se me ocurre otra cosa. Los psiquiatras siempre dicen eso. No me diga que no. Tengo un hermano psiquiatra, un cuñado psicólogo y varios amigos en el ramo. Es un montón de gente. De hecho la Señora Bigud entiende que serían sumamente útiles si fuera yo el que estuviera tendido en el diván. Tan graciosa y sugestivamente tendido en el diván.

Según parece, siempre tomando como norte su opinión, la de la Señora Bigud, necesito en forma urgente una terapia de grupo. Muchos psicólogos y yo.

Resulta que disiento de plano con esa apreciación. Lo que sí necesitaré, a partir del lunes que viene a las cinco de la tarde, serán muchos abogados y yo.

Pero no crean que pierdo de vista que todo esto fue culpa de ustedes. Yo advertí y me negué con bastante heroísmo. Jamás habría ejercido una profesión ilegalmente sin un número de teléfono como norte, o sin un trío de desaforados alentándome detrás de la cortina.


¿Cómo dice?

Sí, lo obtuve. Por supuesto que lo obtuve. Bueno, no el de ella, pero sí el del letrado que la patrocina.

Al fin y al cabo, una carta documento la recibe cualquiera, che. No hagan tanto espamento.



Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: Antes de que alguno me pregunte qué diablos tiene que ver el título con el desarrollo del artículo aclaro la situación. Nada. No tiene nada que ver. Ocurre que empecé a escribir con una idea en mente y la misma se fue transformando sobre la marcha. Luego, claro está, me olvidé de cambiarlo. El título, no el artículo. El artículo sí que lo cambié. Y cómo.

viernes, 23 de septiembre de 2011

POTENTE GEN

Síntesis del post: Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo a veces subo un Potente Gen.

A lo nuestro sin más.

Gen Bergman

Ingrid Bergman. Madre.

Isabella Rossellini. Hija.

Ingrid otra vez.

Isabella otra vez.

Madre e hija.

Como podrán ver, hoy decidí ir a lo seguro. Quiero terminar temprano.

Y ahora me voy contento, porque es viernes. Y los viernes yo almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.


Tengan ustedes un primaveral fin de semana.

jueves, 15 de septiembre de 2011

SALDO Y ESQUINA

Síntesis del post: Una prostituta de esquina. Vestimenta. Tres potenciales clientes. Una negociación. Un Sarmiento. Disculpa posdatada.



Tenemos —y disculpen ustedes que me meta tan de lleno en un tema escabroso— a esta prostituta. Una prostituta de esquina. Una prostituta de esquina que, como toda prostituta de esquina, exhibe orgullosa en la vía pública una cuota de desnudez inconcebible. Una desnudez que una señorita común y silvestre, de su casa diría mi abuelita, solo se animaría a exhibir una vez dentro del hotel alojamiento, cerrada con cuatro llaves la puerta del cuarto y a pocos pasos de la cama inmaculada.

Yésica (así, con ye), se llama. La prostituta. O se hace llamar. Y es que con estas damas, buena parte del encanto reside en la certeza de que comienzan a mentir en el preciso instante en que revelan su nombre, que en realidad no es su nombre sino una simple herramienta de trabajo. Como todas las demás, claro está.

Debe andar por los veinticuatro o veinticinco años. Ay señora, viera usted esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío. Cualquiera diría que ejerce la profesión por amor al arte; que en vez de alegrar el día —o la noche— de tantos hombres munidos de un solo billete de cien, bien podría elegir a uno, un hombre, que los tuviera todos, todos los billetes de cien. Sin embargo la vida es un sendero sinuoso, y uno no es quien para juzgar el modo en que otros deciden recorrerlo.

No soy ducho en el departamento ‘vestimenta’. Quiero decir que no domino el arte de la descripción en lo referido al atuendo, así que les voy a solicitar, sobre todo a las señoritas de su casa que en este momento leen estas humildes líneas, un poco de indulgencia.

Vayamos entonces de abajo hacia arriba. Zapatos de taco alto. Muy alto. Y finito. Creo que le llaman aguja, al taco. Y medias de red, por supuesto. Y luego una minifalda negra, de cuero, que a duras penas cubre las tres cuartas partes de las nalgas y permite adivinar la presencia de una tanga blanca (el color es producto de mi incontenible imaginación tropical) que llegado el caso interpondrá una defensa mentirosa.

¿Arriba? Arriba un top. Y acá se me complica. Es como una media. Transparente. Y entonces ya no tenemos que adivinar lo que hay debajo, porque la mercancía está a la vista, matizada —quizás— por una serie de rombos diminutos que le otorgan al torso una suerte de color sepia. Y nada más. El maquillaje, sí, pero eso no forma parte de la vestimenta. Solo la complementa, es un accesorio, si es que se puede hablar de accesorios cuando estos cubren mucha más superficie que la cosa principal.

Y suficiente hemos tenido de ella. Vayamos a lo nuestro sin más.

Tres jóvenes. Tres imberbes. Tres mocosos tres. Potenciales clientes de una hembra que ha conocido circunstancias más apremiantes. Un debutante. Dos polizones que irrumpieron en la escena oficiando de padrinos, aunque luego se vieron tentados por esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío. Ahora todos desean un papel en la tertulia, juntos si fuera posible, y en consecuencia llevan adelante una compleja negociación que a pesar de la buena voluntad de ambas partes aún se encuentra muy lejos de arribar a un final feliz. Literalmente hablando.

Dos flancos bien definidos en esta negociación. Compleja negociación, no sé si les dije. Uno, el capital requerido. Dos, la sede. Y ambos se encuentran íntima y dramáticamente relacionados.

De los bolsillos de los jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes, brotan billetes arrugados que uno de los padrinos, ahora devenido en contertulio, alisa con sumo esmero al tiempo que saca cuentas. Ocho por cinco cuarenta, te espero en la lechería.

No alcanza. Es decir, no alcanza si encima hay que pagar el hotel. Pero los jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes proponen como sede el departamento del debutante. O mejor dicho, de los progenitores del debutante, que están —imagino yo— de recorrida por el viejo continente.

Ahora bien, normalmente las prostitutas de esquina desconfían de las sedes que escapan a su control y conocimiento. Y es que el mundo se encuentra repleto de sátiros que tienen la mala costumbre de anudar corbatas (muy coloridas por cierto) alrededor del pescuezo de las prostitutas de esquina, entre otros ejemplares del género femenino. Pero, nobleza obliga, estos tres paparulos tienen demasiada cara de buenos. De tiernos. Es decir, no representan peligro alguno. Hasta yo me doy cuenta, que estoy —estamos— a pocos metros de distancia, esperando un colectivo que parece no tener pensado mostrarse en un futuro inmediato.

Hay acuerdo, pero no alcanza. Es decir, no alcanza ni siquiera evitando el pago del hotel. Falta un billete. Un Sarmiento. Un cincuenta, para los que no se han percatado de que el adusto rostro de Domingo Faustino adorna los billetes de esa denominación.

Por desgracia se arrima uno de los padrinos, devenido en contertulio, hasta mi posición. Y me explica más o menos en detalle la situación que acabo de relatarles.

Hará cosa de un mes me tocó alzarme con un Sarmiento gracias a un cobarde que proclamaba su amor en el alféizar de una ventana. Es obvio que el Universo, estimados, posee sus propios mecanismos compensatorios. Creo firmemente en este postulado. Y obro en consecuencia. Eso es una suerte para los tres jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes.

Al fin y al cabo hoy me sobran Sarmientos. Y en especial el que acabo de dejar ir, ganado a costa de un grupo de jóvenes no más jóvenes que estos.

Con él podría haberme pagado un taxi, sí. No hace falta que me lo diga. Pero bueno, en rigor de verdad no estaba esperando ningún colectivo. Y menos uno que tiene como destino final… el Puente La Noria. Yo vivo en Caballito, sepa usted.

¿Cómo dice?

Ah, sí. Solo quería admirar, por unos minutos más, esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío.




Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: En breve reanudaremos las recorridas por los espacios virtuales amigos y afines. Sepan disculpar.