Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.

lunes, 22 de agosto de 2016

Y PERDISTE


Síntesis del post: Un almuerzo en un patio de comidas. Cruce de miradas. Paréntesis. La derrota. Un regalo. Un pantalón. Un hombre y una escopeta. Situación límite. Un muchacho tatuado y heroico. Reflexión.


Estoy almorzando en el patio de comidas de un centro comercial. Son unos ravioles que parecen de la semana anterior, recalentados, rellenos de una ricota ácida que se alcanza a percibir aun disfrazada por una salsa bolognesa que a fuerza de abundancia busca rescatar un plato condenado a la mediocridad. Suelo equivocarme a la hora de elegir el almuerzo cuando la oferta es excesiva. Estaba este local de pastas que me pareció más o menos decente, el de sándwiches de lomito, el de las milanesas en todas sus variantes, uno de sushi, otro de pescados servidos de un modo más occidental y cristiano, una parrilla concentrada sobre todo en achuras e incluso una heladería de las más conocidas del país. En fin… tendría que haber ido por una hamburguesa en McDonald’s, que suele ser siempre una elección segura y contundente. Pero ya está, las cosas son como son, y aun cuando el paladar se queje, el estómago en su infinita nobleza suele convalidar de buena gana aciertos y errores, en tanto y en cuanto la cantidad sea adecuada para calmar sus gritos.

El hombre me mira. O más bien diría que es un cruce de miradas. Involuntario, casual, no más de un instante. Está sentado a unos cinco metros devorando con efusión una hamburguesa (esa misma que yo me negué en forma inexplicable) mientras intercala fatigados monosílabos en la charla con su mujer. Tendrán, ambos, unos cincuenta o cincuenta y cinco años. Él, morrudo y canoso; ella, indeciblemente voluminosa y dueña de una voz chillona difícil de digerir aun a la distancia. Una pareja que encuadra a la perfección dentro de los parámetros básicos de normalidad.

Aquí es donde yo quisiera abrir un paréntesis y ejecutar un brevísimo análisis de esa mirada, no solo por lo que en ella creo haber percibido, sino porque tengo el pleno convencimiento de que el mismo otorgará sobrada justificación a los hechos que estoy a punto de relatar en este humilde artículo.

Los ojos son capaces de transmitir cualquier emoción, cualquier estado de ánimo. Eso, por supuesto, si se los sabe leer. Alegría, tristeza, furia, melancolía, amor, odio, miedo, deseo. Lo reflejan todo. A veces con mucha potencia, otras veladamente. Pero siempre hablan. Nada puede escapar a su descomunal poder de comunicación. Y dentro de ese cúmulo de emociones que se expresan incluso en contra de la voluntad del individuo existe una que no admite maquillajes de ninguna especie. Ni siquiera se puede disimular, lo que convierte en un virtual imposible su comunicación velada. Es, diría yo en tren de hacer un aporte a la precisión del concepto, más bien un hecho frío y trágico que una emoción o un estado de ánimo. Estoy hablando de la derrota. La derrota te marca. Es indeleble. La derrota es pasada. Ya ocurrió en toda su dimensión. Se agotó. Se configuró con la muerte de la esperanza, de la expectativa, y no hay disfraz que le quepa. No estás esperando una oportunidad para el amor. No estás buscando el momento adecuado para vengar una afrenta, para plasmar tu odio. No tenés esa adrenalina ante la inminencia de un desafío, de una batalla. No existe el menor atisbo de temor. No hay nada. Ya está. Ya jugaste. Y perdiste. No jodas más. Eso es la derrota.

La mirada de este hombre (al fin y al cabo a ella apuntaba esta breve reflexión) habla de una derrota. Una de las grandes, de las que calaron bien hondo e hicieron metástasis en el espíritu. Acaso tenga algo que ver con esa voluminosa mujer de voz chillona que no ha parado de hablar en todo el almuerzo, acaso con otra cosa. No lo sé, y en este punto del desarrollo ya no es algo que me importe demasiado. Cierro paréntesis.


Tengo que comprar un regalo. Por eso estoy en el centro comercial, no para comer ravioles anhelando hamburguesas o analizar miradas ajenas. Deambulo dubitativo por los pasillos, ingreso en diversos locales sin demasiada convicción y me transporto montado en esas frías escaleras mecánicas que suben por un extremo y bajan por el opuesto para que uno se vea obligado a explorar la gama completa de ofertas en cada planta antes de pasar a la siguiente. Por fin me decido por un libro. Siempre me decido por un libro. A fuer de ser sincero no sé por qué diablos jamás me dirijo a la librería antes de recorrer un sinfín de negocios de ropa entablando diálogos inútiles con aburridas encargadas que a todo me responden con la palabra ‘dale’. En el fondo supongo que cada uno tiene sus propias taras, que al final del día acaban siendo tan ridículas como insuperables.

Tengo que comprar un pantalón. Para mí. En rigor de verdad no tengo que comprar un pantalón. Ni para mí ni para nadie más. Solo se me ocurrió comprar un pantalón, ya que estoy acá, lidiando con taras propias y regalos ajenos.

Ingreso en un gigantesco local de esos que venden ropa para hombres, mujeres, niños, perros y demás criaturas del Señor. Me atiende un muchacho de unos veinticinco años, bastante despierto y extrovertido, con un brazo tatuado hasta la altura de la muñeca. Al principio desconfío de su capacidad y/o voluntad de llevar mi asunto a buen puerto, pero rápidamente se revela solvente y entusiasta, resolviendo mis dudas con celeridad y eficacia. Ahora solo resta probarme el pantalón, aunque estoy del todo seguro de haber hecho, esta vez sí, una excelente elección.

Los probadores se encuentran cruzando una pequeña puerta ubicada en un rincón al fondo del local, fuera de la vista del resto de la gente. Son cinco cubículos muy bien iluminados y espaciosos, cubiertos por sendas cortinas de color bordó. El único que está ocupado es el más alejado de la puerta. Desde el interior emerge con nitidez una voz aguda y penetrante que reconozco de inmediato. Es de la esposa de aquel hombre de mirada derrotada que, dicho sea de paso, se encuentra al otro lado de la cortina con la vista clavada en la profundidad bordó, morrudo y canoso, luciendo una suerte de sobretodo azul que dada su corta estatura le llega muy por debajo de las rodillas. Otra vez cruzamos miradas y entonces confirmo mi primera impresión, aquella que tuve en el patio de comidas. Esos ojos comunican una derrota de enormes proporciones.

El muchacho tatuado, solvente y entusiasta me señala el tercer cubículo:

—Avisame si necesitás algo —me dice mientras levanta algunas perchas que encuentra en el piso.

Me dispongo a ingresar, y sin embargo por alguna razón no muy bien definida en mi mente no lo hago. En cambio me detengo, tal vez en respuesta a la más primaria intuición, tal vez por pura y simple casualidad.

La voz chillona de la mujer lo invade todo. Su omnipresencia lastima los oídos. Agrede en muchos niveles. El pantalón que intenta domesticar no le entra, según su propia declaración gruñida desde lo profundo del cubículo entre esforzados tironeos, insultos y resoplidos. Le pide al hombre que se asome, que emita un veredicto objetivo aunque piadoso. Algo a todas luces imposible.

Entretanto yo imagino su voluminosa humanidad progresando centímetro a centímetro dentro de ese sufrido pedazo de tela, forzando la capitulación de las costuras. Y se me escapa una leve sonrisa que reprimo velozmente para no parecer irrespetuoso. Sin embargo algo anda mal en esta escena. Lo intuyo. Lo sé.

El hombre nos mira. Al muchacho tatuado, solvente y entusiasta y a mí. Es, como hace un rato en el patio de comidas, solo un instante. Luego se vuelve a mirar la cortina y otra vez hacia nosotros. Repite la maniobra en tres o cuatro oportunidades. La horrenda voz de la mujer no cesa, no se apaga. Él parece algo indeciso, aunque al cabo de unos segundos finalmente pasa a la acción.

Con cierta parsimonia desabrocha uno a uno los botones del sobretodo y descubre una esplendorosa escopeta. No soy experto en armas, pero si tuviera que adivinar diría que es una itaca recortada. Un arma de esas que producen daños definitivos e irreparables. Un instrumento apto para acallar cualquier voz.

De pronto ya no nos mira. Solo apunta el caño en dirección a la cortina bordó con los dientes apretados, sin emitir sonido. Minúsculas gotas de sudor aparecen de la nada cubriendo su rostro por completo. Tal vez haya alguna lágrima mezclada, aunque no lo podría asegurar.

Entretanto, el muchacho tatuado y quien les habla optan por una sana actitud de inmovilidad, astutamente reforzada por un cerrado silencio monacal.

—¿Me oís Ricardo? —indaga la mujer, ignorante de la situación que impera en el exterior del cubículo.

No, a juzgar por el semblante que trae yo diría que Ricardo ya oyó suficiente, y asumo que el silencio no sería una mala idea tomando en cuenta el probable desenlace. Esto pienso yo, aunque por supuesto no lo digo. Rara vez comunico mi pensamiento, y mucho menos cuando no tengo del todo claro para dónde va a terminar apuntando la escopeta de turno.

Por fortuna para mí y para mi compañero en este asunto de la inmovilidad y el silencio, el arma en cuestión se endereza hacia la cortina. Resulta obvio a los ojos de cualquiera que su objetivo ha sido elegido con la debida anticipación.

—Creo que voy a reventar como un sapo, Ricardo —sentencia la señora con aires premonitorios.

Aquellos que estamos ubicados en una posición que nos permite apreciar la pintura completa no podemos menos que coincidir con su afirmación. De no mediar un milagro o una acción heroica, eso es exactamente lo que va a ocurrir en pocos segundos. Aunque con dos o tres pinceladas de literalidad, por supuesto.

Ricardo no responde. Sus muelas rechinan mientras se dispone a ejecutar el plan que estuvo imaginando quién sabe hace cuánto tiempo. Alista la escopeta, da un paso al frente y acerca el caño a unos diez centímetros de la cortina. La suerte parece estar echada.

—Su marido se fue, señora —informa de pronto el muchacho tatuado, solvente y entusiasta alzando su brazo dibujado con la palma de la mano extendida frente a los ojos extraviados de Ricardo. Con su cuerpo y sus gestos pide un alto, propone una tregua silenciosa que este acepta más por obra de la sorpresa que del arrepentimiento.

La maniobra es arriesgada pero evita el disparo. Al menos por el momento. Aún con el brazo alzado da un paso en dirección al indeciso homicida. Luego otro, y otro, y otro. No vale la pena, Ricardo, parece decir mientras avanza.

—¿Cómo que se fue? —insiste la mujer desde lo profundo del cubículo.

—Salió a tomar aire —respondo yo con sequedad, consciente de que hay que cerrar la conversación tan pronto como sea posible.

Por fin mi compañero reduce al mínimo la distancia que lo separa de Ricardo, posa su mano sobre el caño de la escopeta y ejerciendo una leve presión logra que la misma apunte hacia el piso. Luego, sin mediar ningún reproche lo abraza, y en esa posición permanecen por varios segundos.

—¿Querés que te traiga otro talle, nena? —pregunta a ciegas mientras separa su pecho del homicida y me señala invitándolo a acercarse a mi posición.

Ninguno de nosotros quebranta ese silencio tácito que acompaña el procedimiento, y así se sostiene el delicado equilibrio que nos mantiene a salvo de la tragedia. Ricardo camina hacia mí y nuestras miradas se encuentran una vez más. Allí está la derrota, cristalina, indeleble, reconocible aun entre varias emociones que también pueden leerse en medio de tanto dramatismo.

Sin un plan preconcebido oculto el arma dentro de su sobretodo y ambos abandonamos primero la zona de los probadores y luego el negocio mismo, dejando al muchacho tatuado, solvente, entusiasta y heroico a solas con la voluminosa mujer que ha nacido por segunda vez sin siquiera percatarse.

—Soy un cobarde —me confiesa Ricardo en la escalera mecánica, negando con la cabeza entre sollozos.

—Todos lo somos a nuestro modo —respondo yo, que sin embargo suelo ser amigo de cobardías más precarias.

—No sé por qué traje la escopeta, y tampoco sé por qué la saqué en el probador —agrega—. Igual si disparaba no hubiera arreglado nada.

Una cosa buena que tiene la derrota es que siempre se deja ver, se deja palpar. Uno sabe que el partido terminó, que perdió y que tomarse a golpes de puño con los jugadores contrarios no va a cambiar el resultado. Lo importante es entender que hay que dar vuelta la página y concentrarse en el próximo rival. Ricardo, asumo, acaba de hacerlo. Con el último suspiro, en la última bola de la noche, pero lo hizo.

La escopeta queda bajo mi custodia, en el baúl de mi auto. Solo entonces lo dejo ir. Acodado en el barandal de la primera planta lo observo abandonar el centro comercial con su derrota a cuestas, aunque por fin asumida. Ya no va a regresar. Ni aquí, ni a su hogar, ni a ningún otro sitio que soliera frecuentar hasta el día de hoy. Y será lo que tenga que ser, en este, su nuevo partido.

Por fin decido regresar al negocio. La voluminosa mujer ha salido y habla con su teléfono móvil a pocos metros de la puerta de entrada. Camina en círculos, taconea y gesticula. Aún se pregunta dónde está Ricardo, pero no creo que sepa que ese interrogante la acompañará por el resto de su vida. Su nueva vida. Esa que acaba de comenzar detrás de la cortina bordó. Su mirada, que se cruza con la mía por un instante, transmite las más variadas emociones. Ira, desconcierto, ansiedad. Y alguna otra que no podría precisar. Sin embargo su derrota es demasiado reciente, ni siquiera ha tomado conciencia. Será el paso del tiempo el encargado de forjar una nueva mirada.

El muchacho tatuado, solvente, entusiasta y heroico me chista desde el interior del negocio. Su pregunta es tan silenciosa como sus métodos. Alzo el pulgar en señal de triunfo y sonrío. Luego sigo mi camino. Lo cierto es que ya no tengo ganas de comprarme ningún pantalón.


Tengan ustedes muy buenas noches.

lunes, 7 de septiembre de 2015

CRÓNICA DE UN POSIBLE HOMICIDIO


Síntesis del post: Confesión de mi amigo. Silencio. Una aplicada inmovilidad. Análisis de situación. Plan y motivaciones. Otro silencio. Un favorcillo. Conclusión.


— Creo que voy a matar a mi jefe —me dice mi amigo mientras juguetea con su vaso de whisky sin decidirse del todo a beberlo.

Media entre ambos un estudioso silencio, de esos que progresan luego de que han sido pronunciadas palabras atroces, capitales o polémicas, y que pueden abarcar un segundo o un siglo, atados sin remedio al carácter y la profundidad de las reflexiones que susciten.

Una voluta de humo suspendida sobre su cabeza se retuerce y gira sobre sí misma en un vano intento por dilatar su dispersión en el ambiente, y yo observo ese pequeño espectáculo sumido en una aplicada inmovilidad, cuidando de que mi rostro no comunique emociones que aún no acabo de procesar. Abro paréntesis. Soy un fervoroso partidario de la inmovilidad -no sé si lo dije alguna vez en este espacio- cuando deseo que el universo se olvide de mí por un rato, cuando busco que no se percate de que estudio alguno de sus mecanismos con un fin específico. Entiendo que la misma -a la inmovilidad me refiero- es la herramienta más efectiva para inducir esa amnesia cósmica que nos coloca fuera del mundo aunque sea por un instante, abriendo una instancia de reflexión pura y abstracta. Cierro paréntesis.

Habla en serio, de eso no cabe la menor duda. Si bien la penumbra del bar en que nos encontramos desvanece los rostros, la gravedad del tono empleado suple esta y cualquier carencia. Va matar a su jefe. O por lo menos eso cree, si nos apegamos a la literalidad.

Ahora bien, la idea desnuda no es suficiente para determinar en qué etapa del desarrollo se encuentra este simpático asesino en potencia que tengo sentado frente a mí. Para ello habrá que requerir alguna ampliación que nos permita conocer la dimensión de sus oscuras motivaciones, la existencia o no de una fecha tentativa de perpetración, si ha imaginado un plan más o menos sensato (si es que cabe hablar aquí de sensatez) y, lo que es más importante aun, si ese plan involucra de alguna forma, por mínima que fuera, a este humilde servidor. Conozco de sobra al hatajo de impresentables que conforma el núcleo duro de mis amigos, y si hay una cosa que aprendí con el tiempo y a los golpes es que en cada emprendimiento que arrojan sobre la mesa uno comienza como un simple testigo inocente, favorcillo mediante ingresa sin saberlo en el arenoso terreno de la complicidad, y a partir de allí todo se transforma en un viaje directo y sin escalas hacia la coautoría.

A lo largo de mi vida he participado en varios hechos grupales reñidos con la ética o la moral (en su mayor parte concebidos por ingenios más fecundos que el mío), pero siempre relacionados con la órbita de la contravención y no del delito penal. Por otra parte, y enfocando la cuestión desde el punto de vista de los resultados, en más de una oportunidad hemos sido descubiertos por individuos u organizaciones no tan duchas en materia investigativa. Quiero decir, jamás fue necesario un fiscal de la nación o la división homicidios de la policía federal para que el plan de la banda fracasara con estrépito. En rigor de verdad, bastó alguna novia despechada en la adolescencia, o incluso algún kiosquero sin déficit de atención en la época infantil. Nunca fuimos exitosos a la hora de quebrantar la norma, y por lo tanto resulta lógico y prudente pensar que nunca lo seremos. En esa inteligencia expreso la primera de mis inquietudes:

— ¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —pregunto en tono firme, agregando de paso un calculado escepticismo gestual.

Concedo que la indagación debió comenzar de un modo más amigable, quizás abordando el asunto desde la óptica de sus motivaciones (un simple ‘por qué’ habría estado bien), pero a veces, ante ciertas situaciones que acarrean un peligro actual o potencial para los propios intereses, colocarse al albergue de la más absoluta ajenidad desde el preciso instante en que aparece el planteo ayuda a que uno preste el oído de buen grado en lugar de ganar la calle a la carrera en busca de resguardo, sosiego o una mezcla de ambos.

— Absolutamente nada —responde alzando la mano en pos de calmar mi temprano recelo—. Somos amigos, es solo una confesión que te hago, tal vez necesito hablar con alguien.

Lo que sigue a ese invalorable aporte de tranquilidad es un gigantesco enjambre de excusas y pretextos lunáticos que, según interpreto, constituyen el fundamento último del crimen que pretende cometer. Y luego, sin tomar un respiro siquiera para conocer mi opinión al respecto, continúa con el detalle minucioso de un curso de acción al que asigna serias probabilidades de éxito, un estrambótico plan homicida concebido en el seno -entiendo yo- de una mente tropical cuyo delicado equilibrio se quebró en algún punto del camino entre la última vez que nos vimos (hace un mes en la casa de su hermano) y esta noche que nos encuentra cara a cara, whisky de por medio en este modesto bar del centro de la ciudad. Abro paréntesis. La mente, cuando es potente e inquieta y resulta sometida a extensos períodos de soledad y silencio o al abuso de sustancias que alteran la debida comprensión de los hechos, suele embarcarse en complejos desarrollos que acaban empujándola a transitar por caminos sinuosos que a su vez desembocan en praderas bastante alejadas de su lucidez inicial. Ese es mi humilde parecer, que no será una verdad material pero podría apostar que se acerca bastante al núcleo del problema que nos ocupa. Cierro paréntesis.

— Todo esto me parece una locura —sentencio severo—. Una locura absoluta.

— En última instancia es mi locura —responde con una expresión en el rostro que ya lo denuncia medio ausente.

Se instala entre ambos un nuevo silencio, esta vez de contenido reparador. Necesito restablecer mi ritmo cardíaco, y él, quizás, meditar sobre la contundencia de su exposición y las consecuencias que podría acarrear una toma de posición demasiado moralista de mi parte.

Asumo aquella aplicada inmovilidad de la que hablaba al comienzo de este artículo y aprovecho el silencio para reflexionar un poco sobre el compendio de barbaridades que acabo de escuchar. Un individuo cuya carrera criminal (compuesta hasta la fecha solo por pequeñas contravenciones) es una oda al fracaso, plagada de errores infantiles al momento de trazar un plan, de su ejecución o de ambos a la vez, pretende asesinar a su jefe y cree con una fe casi religiosa que va a ser capaz de eludir la acción de las personas y organismos que el Estado entrena y destina a dar caza a otros individuos algo menos torpes que él, y que encima, en lo suyo, son profesionales. Siento como si estuviera observando al Titanic en el astillero. Una tragedia en plena construcción, ansiosa por entrar en escena y hallar su propio témpano.

Deseo ensayar un último argumento para desalentarlo, pero no encuentro las palabras adecuadas y al final decido evitarme una nueva discusión que además presumo infructuosa. Al cabo de unos minutos reanudamos el diálogo y la velada -por fortuna- toma un rumbo menos comprometido. Se produce una suerte de pacto tácito y no se vuelve a mencionar el asunto, ni siquiera lateralmente.

Son las cuatro de la mañana, y habiendo abordado ya los temas (y bebidas) más variados encuentro prudente poner fin a la tertulia. Alzo la mano y pido la cuenta mientras se nos escapan las últimas carcajadas evocando una vieja anécdota de vaya uno a saber qué etapa de nuestra vida.

— Juan… te tengo que pedir un favorcillo —balbucea de pronto en un castellano ininteligible.

— Por supuesto, lo que quieras —respondo yo, presuroso y en el mismo idioma.

Es que, a fuer de ser sincero y a pesar de ser un fervoroso partidario, no soy muy bueno para asumir mi aplicada inmovilidad en orden al estudio de los mecanismos del Cosmos con medio litro de whisky circulando en el torrente sanguíneo. Y si bien sostengo, comprendo y ratifico que un favorcillo conduce directo a la complicidad, y que de allí hay un solo paso a la coautoría, también sé que existen marcadas diferencias entre un partícipe necesario y uno secundario, por lo que solo debería mantenerme dentro de la órbita de esta segunda categoría para hallarme en condiciones de interponer en el camino de cualquier fiscal de la nación una indecible cantidad de dificultades probatorias casi insalvables.

En fin… en el fondo del corazón cualquiera sabe que la amistad es enemiga de la prudencia, de la justicia y de la memoria. Y si fuera necesario, de las tres juntas. Y si luego hay que dar alguna que otra explicación en la sede de la división homicidios de la policía federal o en la fiscalía de turno, se la dará, que no sería la primera vez que uno intenta explicar lo inexplicable frente a una autoridad competente, llámese padre, madre, novia o incluso –vaya ironía- jefe.


Tengan ustedes muy buenas noches.

viernes, 3 de julio de 2015

ESA NARIZ


Síntesis del post: Una nariz y una señorita. Combinación. Descripciones. Disconformidad. Agustín está de acuerdo. Reflexión breve. Plan de escape. Pregunta y respuesta.


Tenemos hoy a esta nariz. Mejor dicho, tenemos a esta señorita que la porta con elegancia y suficiencia, y que por cierto es muy bonita. No la nariz sino la señorita. Bueno, y la nariz también. O pensado con más detenimiento, ninguna es bonita por sí misma, pero la combinación de ambas, si es que fuera posible separar al individuo del aparato olfativo que detenta, arroja un resultado muy agradable. Por lo menos a mis ojos, que a fin de cuentas son los que aprecian la materia prima que será objeto principal de este artículo y que, dicho sea de paso, poseen una marcada afición por todo lo relacionado con los rasgos faciales y su potencia decorativa.

Ahora a lo nuestro sin más, que aún hay mucho por desarrollar y ni siquiera hemos ubicado la historia en tiempo y espacio.

Decía entonces que tenemos esta bella combinación de señorita y nariz. Rondará los treinta años, treinta y cinco con toda la furia. A la señorita me refiero. Bueno, y por añadidura a su nariz. Pelo castaño, tez morena, ojos verdosos, pómulos bien definidos, labios gruesos y mentón redondeado. Y a pesar de que el tapado que lleva puesto me impide estudiar otra parte de su cuerpo que no sean las pantorrillas, las proporciones de las mismas insinúan un todo más que aceptable. Entiendo también que debe ser abogada o contadora de alguna empresa más o menos respetable, aunque esta apreciación carece de fundamento, o mejor dicho lo encuentra en mi instinto y en algunos de los temas que —escucho— aborda con la señorita sentada a su lado.

¿Cómo dice?

No, no pienso describir a la señorita sentada a su lado, ya que sus proporciones, potencias y combinaciones no me resultan atractivas. O hablando más claramente, pienso que es fea, y como esa fealdad no es relevante a los efectos de este artículo no me siento inclinado a divulgarla. Sí diré que está sentada a su lado, al lado de la señorita cuyas proporciones, potencias y combinaciones sí merecieron una detallada divulgación, porque en este momento viajamos en el subterráneo. Ellas dos, como acabo de señalar, sentadas. Y yo parado en una posición muy conveniente para escuchar sin problemas su conversación.

El caso, el nudo del asunto que nos ocupa, es que esta señorita tan delicadamente combinada con su nariz no está conforme con ella. Digo, con la nariz; no con ella misma, hecho que sería una auténtica injusticia con la naturaleza que tan generosa estuvo a la hora de aprovisionarla en el campo estético. Siente, según sus propios dichos, que está en falsa escuadra con el resto de la cara, como inclinada hacia el lado izquierdo. Y además es demasiado grande, ganchuda y con unos orificios horriblemente anchos. En resumen, la odia. Aborrece su desproporción y desea someterla a la mano siempre dispuesta de algún cirujano plástico.

Por suerte Agustín está de acuerdo. Esto no lo digo yo, lo dice ella con algún alivio, como si él la hubiera conocido con ese rostro armónico aún inexistente y abogara por un retorno a las fuentes. Como si condicionara su permanencia a la delicada intervención del bisturí.

Por suerte Agustín está de acuerdo, decía. Ella, no yo. Y suelta un levísimo suspiro, una risita nerviosa. En pocos días pasó de aceptar la idea con algún recelo a ser el principal promotor de una nueva estética. Ahora incluso ejerce una cierta presión que la hace sentir un poco incómoda. Estima posibles fechas, propone profesionales, imagina formas y fantasea con otros retoques. Está convencido, pobre Agustín, de que el cambio la va a hacer sentir más segura de sí misma, más feliz. Y si ella es feliz, él —por supuesto— también.

La nariz es tu carta de presentación frente al mundo que te rodea. Esto no lo dice ella, lo digo yo. Más precisamente lo pienso. Según su forma y estilo es la gente que se te acerca, que siente el impulso de interactuar con vos, sea para pedirte la hora o para proponerte matrimonio. Esa gente puede ser buena o mala. Linda o fea. Inteligente o estúpida. Efímera o destinada a la permanencia. Pero siempre compatible con ese mandato. Cambiás la nariz y lo cambiás todo. Para siempre. A veces ese cambio se impone, concedo. Hay narices que son un auténtico tormento de la naturaleza, muy difíciles de abordar con la mirada sin que la razón se extravíe en una repentina pulsión asesina. Narices que agreden, lastiman, anulan cualquier aspecto positivo que pretenda asomar en el individuo que las porta. Pero este no es el caso ni de cerca. Es —ya lo dije— una bella combinación de señorita y nariz, y como a la señorita ya la describimos, ahora haremos lo propio con la nariz. Es cierto que es grande, pero de ninguna manera es enorme. Es un tamaño adecuado si se considera el rostro como un todo uniforme e indivisible. En cuanto a lo de ‘ganchuda’, me parece un término un tanto fuerte, y en mi mente lo asocio con redondeces y curvaturas que aquí están ausentes. Yo prefiero la palabra ‘aguileña’, que representa con mayor fidelidad el conjunto de aristas y vértices que sí definen su forma moldeando de paso unos orificios que no son horriblemente anchos, sino más bien estrechos y alargados. Finalmente la inclinación del tabique hacia el lado izquierdo es real, aunque además de ser casi imperceptible se encuentra plenamente compensada por un oportuno lunar ubicado en la parte inferior de la mejilla derecha. A fuer de ser sincero, no es una nariz común, pero no por ello está exenta de atractivo. Yo no le daría la calificación de obra de arte, pero sí podemos hablar de un bello adorno. Uno muy bien logrado.

Por desgracia mi apreciación no posee suficiente relevancia como para detener las maquinaciones que han dado luz al siniestro plan de esta señorita tan bien combinada. Es Agustín el dueño de la llave que podría salvar del cuchillo a esa delicada pieza de colección, aunque no tenga la menor intención de utilizarla. Él, como ya señalamos, está de acuerdo. Desea una belleza más acorde con las convenciones. Una belleza más popular. Y apenas su gusto —su propia apreciación— escapa un poco de esos parámetros aprobados por una mayoría real o ficticia se siente incómodo. No lo soporta, y ni siquiera es consciente de ello. Prefiere una nariz común, una nariz que se parezca más a él, que no quiere ser uno sino muchos. La compatibilidad, la pulsión que lo movió al acto cuando la vio por primera vez no es un asunto en su mente, no la registra. No conoce el porqué del camino recorrido y por ende es ajeno a los cambios que tan graciosamente alienta. Es una víctima inocente de su propia ignorancia.

De pronto el tren se detiene en lo profundo del túnel y así permanece por varios minutos. Afuera todo es oscuridad, y la inquietud de los pasajeros brota en miradas, carraspeos y suspiros cansados. Al cabo de un rato esa danza gestual deviene en murmullo y este en airada protesta. La voluntad de escapar por los propios medios se hace patente y los planes, algunos estrambóticos y otros más centrados, proliferan en todos los sectores del vagón. Observo a la señorita, tan bonita y bien combinada ella, idear el suyo junto a su compañera de viaje:

– Saltamos ni bien pase el tren en sentido contrario, atravesamos la vía y avanzamos hasta la estación con la espalda pegada a la pared –sugiere al tiempo que estudia el panorama a través de la ventana.

La otra escucha en silencio, no demasiado convencida de llevar a cabo semejante proeza.

– ¿Vos qué opinás? –me pregunta alzando la vista, no porque me considere especialmente sino porque soy el que está más cerca.

– Que Agustín es un pelotudo –respondo yo, que no soy muy de esquivar el bulto cuando me piden mi punto de vista.



Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 11 de junio de 2015

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE MI MUERTE


Síntesis del post: Introducción. Mi Muerte. Ejercicio para calcular su fecha. Conclusión y consecuencias.


Heme aquí, no he muerto. Entiendo, sí, que tan melancólica idea pudiera haberlos abordado teniendo en cuenta el cruel abandono en que se encuentra este humilde espacio virtual, pero lo cierto es que aún me quedan algunas cosas por decir. Pocas, aunque suficientes para justificar esta repentina irrupción en escena.

Podrán ustedes decir que el sexto mes del año es una instancia algo tardía para dar comienzo a la temporada 2015, y que esos procederes se encuentran reservados a la órbita de ciertas glorias nacionales que pueden contarse con la mitad de los dedos de una mano. Glorias (no pienso criticar ahora sus gustos atrofiados) del calibre de Marcelo Tinelli o Susana Giménez, por traer a la mesa algún ejemplo. Y yo les responderé, como lo he hecho siempre, con esa amabilidad y don de gentes que bien podríamos catalogar como sello distintivo, que poco o nada me importan sus opiniones, y que si no las tomaba en cuenta cuando éramos noventa o cien almas las que recorríamos estos pasillos, menos lo voy a hacer ahora que si juntamos tres o cuatro habremos producido un milagro digno de ser incluido en algún pasaje bíblico.

Ahora a lo nuestro sin más, que los milagros no ocurren solos y mi poder de concentración no es el que solía ser cuando tenía por costumbre escribir un artículo semanal y desechar sus opiniones, pedidos y sugerencias con idéntica frecuencia.

Decía al comienzo de estas líneas que no he muerto, aunque el desarrollo de las mismas será consagrado en su totalidad a ese hecho futuro y cierto. Me refiero a la muerte. No a la muerte en general, no a la muerte de un individuo cualquiera sino a la mía. A mi muerte. Y a las consecuencias que de ella se deriven desde el instante en que ocurra. Si es que algún día ocurre, ya que para ser del todo franco me veo en la obligación de admitir que albergo (siempre lo hice) una tenue sospecha de inmortalidad. No, no dije deseo. Dije sospecha. Y no es lo mismo una cosa que la otra, así que háganme la caridad de prestar la debida atención a mis palabras, que no están puestas acá por azar sino que han sido meditadas en pleno dominio de mis facultades mentales. O con muy poco alcohol en sangre.

El ejercicio que voy a poner en práctica, ya que no poseo dotes de adivinador, consiste en una estimación más o menos arbitraria del tiempo que me queda de vida. Es decir que, de acuerdo a mi intuición, al estado de salud que presento a la fecha y a una serie de factores externos que podrían incidir en forma directa sobre la sana costumbre de mantener una respiración constante y uniforme, intentaré precisar el año o al menos la época de mi deceso. Y una vez logrado ello calcularé sus posibles consecuencias de acuerdo al contexto en el que podría hallarme en ese tristísimo momento.

Procedo entonces:

En el primero de los aspectos recién mencionados, quiero decir, el intuitivo, comenzaré por aclarar debidamente que desde que tengo memoria milito en la corriente del pesimismo más extremo, y que ello ocurre un poco basado en el instinto y otro poco en una elección. Asumo que adorna este cuerpo (joven y bonito por cierto) un alma corta, de esas que jamás viajan encarnadas por más de medio siglo, así que de no confirmarse aquella tenue sospecha de inmortalidad que expuse en forma de cruda confesión, entiendo que será esa, días más días menos, la duración de este nuevo viaje.

En cuanto al estado de salud que presento a la fecha me remito a los estudios médicos de rutina que, como hombre precavido que soy, afronté la semana pasada con una valentía digna de elogio. Según parece, a la luz de los resultados obtenidos estoy de mil maravillas. O de setecientas doce maravillas si apelo a la honestidad y tengo la decencia de restar del total todos los puntos de colesterol distribuidos a lo largo de mi torrente sanguíneo. Yo no lo veo tan importante, pero es un detalle que aporta algo de precisión al desarrollo. Sin embargo, a causa de esa nimiedad una médica —asumo yo movida por la buena fe— me reprendió a dedo alzado y con una nota grave en el semblante. Es un tema para prestar atención a tu edad, Juan. Supongo que me llamó Juan para imprimirle un carácter más íntimo al reproche. Para dotarlo de un aire de familiaridad que limara su aspereza sin robarle fuerza. Y porque yo, en efecto, me llamo Juan. No sé si lo dije alguna vez en este espacio. Acto seguido tomó una lapicera y escribió en un papel un sinnúmero de aburridísimas actividades y oprobiosas prohibiciones que de ningún modo aseguran la permanencia de mi alma (corta según mi parecer) en este mundo mucho más allá del medio siglo que intuyo como fecha probable de caducidad, aunque sí que el tiempo que me quede, sea cual fuere, se me va a hacer larguísimo.

En resumen, voy a prestar la debida atención porque eso es lo que hay que hacer ‘a mi edad’. Estoy dispuesto a producir mínimas modificaciones en mis hábitos a fin de equilibrar un poco la balanza de probabilidades, pero sin condenarme a una existencia miserable solo por ganar un puñado de años que, por otra parte, preferiría que fueran consecuencia de la suerte o el favor de los dioses y no de un rígido plan de acción ayuno de vicios y lípidos.

El último aspecto a considerar es el de los factores externos que pudieran acabar conmigo de manera repentina, más allá de mi intuición, de aquella tenue sospecha de inmortalidad o del quebranto de mi salud por enfermedad o excesos reiterados.

Todos sabemos que en este extraño cascote cósmico que nos toca habitar nadie se encuentra exento de los accidentes y casualidades. Sería un hecho absolutamente imprevisible si mañana por la mañana, caminando plácidamente por la Avenida Córdoba en busca de un bar decente para desayunar, uno fuera impactado en plena crisma por algún desecho espacial que penetrara como bólido en la atmósfera terrestre describiendo tan infausta trayectoria. Concedo que el ejemplo elegido es algo extremo, y que sería mucho más factible que uno fuera atropellado cruzando la calle, sobre todo si le anduviera prestando más atención al nivel de colesterol en el organismo que al colectivo diferencial de la línea 60 lanzado en velocidad a escasos diez metros del semáforo rojo. Pero bueno, en todo caso esto último sería culpa la bendita médica y su índice acusador. Comprenderán ustedes que la intención aquí era graficar que los accidentes y casualidades existen, que de pronto son capaces de abandonar su potencialidad para transformarse en una lamentable realidad, y que si bien a veces pueden evitarse con algo de diligencia, otras exceden por completo las precauciones que podría tomar cualquier individuo más o menos juicioso. De esto último se trata eso que denominamos mala suerte, condición que se distribuye entre la gente de manera caprichosa y asimétrica, acompañando a unos en altísimas dosis y liberando a otros de presión sin motivo aparente.

El secreto consiste, por lo tanto, en averiguar de cuál de los dos grupos uno forma parte, no para ingresar en el terreno de las medidas precautorias, que como sabemos son estériles a la hora de evitar accidentes o repeler la casualidad, sino para establecer la probabilidad de una muerte exenta de responsabilidad tomando en cuenta la dosis de mala suerte que el Cosmos nos administra habitualmente. En el caso que nos ocupa, o sea el mío, esa dosis es bastante considerable, así que tampoco veo en lo referido a este punto razón alguna para albergar mayores esperanzas de longevidad.

Y hasta aquí el desarrollo de este sencillo ejercicio. Tenemos entonces un techo de medio siglo en cuanto a la expectativa de vida que es aportado por la intuición, influenciada, claro está, por mi pesimismo extremo. Agregamos a ello un problema de tuberías que más allá de mi robusta salud introduce un interrogante, una posibilidad de que ni siquiera ese medio siglo se materialice. Y por último una predisposición cósmica al infortunio que hasta hoy no se ha traducido en grandes calamidades pero suma un ingrediente al guiso. En consecuencia entiendo que no sería descabellado hablar de unos 47 años al momento de dar las hurras. Un número más cercano al medio siglo que a mi edad actual, y que contempla con rigor casi científico las variables que acabo de exponer.

Por lo tanto, habiendo calculado ya la edad que podría tener al momento de mi muerte, restaría hablar (en forma sucinta) de sus consecuencias. Pero lo cierto es que pensándolo con más detenimiento llegué a la conclusión de que no hay mucho que decir en ese aspecto. Y no solo sobre mi muerte, sino sobre la muerte en general. Derramarán alguna lágrima los más allegados, hará acto de presencia un puñado de conocidos voluntariosos e ignorará el hecho —con justa razón— aquella gente que haya tenido solo un trato protocolar. Y perduraré algún tiempo en dos o tres fotos expuestas en alguna biblioteca terrosa, y con el paso de los años haré el tránsito habitual en estos casos, de amado difunto a antepasado, y de allí a ancestro. Y el mundo seguirá su curso, que es lo que suele hacer frente a tamañas insignificancias.

Es todo lo que tengo para decir sobre el particular. Solo me queda esperar el momento con resignación, aprovechar el tiempo con alegría teniendo en cuenta la noción de finitud y vigilar mi colesterol, que según tengo entendido es lo que debo hacer ‘a mi edad’.

Ah… y también me queda aquella tenue sospecha de inmortalidad que albergo desde siempre y que es, no sé si lo dije en este artículo, el as que guardo bajo la manga para ganar la batalla.

No, no es deseo. Es sospecha. No jodan más.


Tengan ustedes muy buenas noches.



martes, 30 de diciembre de 2014

IN-DAGA


Síntesis del post: Un sujeto calvo. Una sala. Interrogatorio. Las culpas. La inocencia. Los términos. Intuición. Sonrisas varias.


Un sujeto calvo, rechoncho, de aspecto sudoroso y edad irreconocible irrumpe en la sala con paso cansino. Deja caer sobre la mesa una caja de cartón repleta de papeles roñosos de la cual extrae un manoseado folio que ahora estudia con grandes muestras de interés entre las que, de cuando en cuando, intercala alguna mueca de sorpresa. Desde mi punto de vista, exhausto y temeroso como me encuentro, el interés exhibido es genuino; sin embargo la mueca (a la sorpresa me refiero) es impostada. Es una burda sobreactuación dirigida a producir en mi ánimo la apertura de alguna grieta definitiva.

— Bigud…

Asiento sin apartar la mirada del suelo, pero sigo acorazado en un obstinado mutismo que a esta altura de los acontecimientos ya se me antoja peligroso. Por supuesto que me fijé en la etiqueta blanca adherida sobre uno de los laterales de la caja. La posición de la misma no es azarosa, él desea que lea mi apellido, busca inocular en mi espíritu una sensación de desnudez que condicione mis respuestas durante su interrogatorio, a todas luces inminente.

— ¿Sabe por qué está acá, Bigud?

Cuando dice ‘acá’ se refiere a la sala que no tuve la deferencia de describir al comienzo de este humilde relato. Y es que, a fuer de ser sincero, la misma no deja mucho lugar para el floreo. Es un recinto de cuatro metros por lado, pintado íntegramente de un color gris muy claro, con una mesa en el centro y dos sillas de madera que rechinan como si fueran a partirse en mil pedazos con cada movimiento. En la pared que se encuentra justo frente a mí hay un vidrio espejado de un metro de alto por dos de largo que –asumo– esconde detrás de sí a un grupo de agentes o funcionarios que analizan mis manifestaciones verbales y gestuales con estudiosa dedicación.

— La verdad es que no tengo la más pálida idea —respondo casi en un susurro.
— Por supuesto que no, usted no tiene idea, usted es inocente —refunfuña para sí, sin dejar de leer el folio mientras alza las cejas con el mismo énfasis impostado que utilizó al principio.
— Talvez no sea inocente, pero puede apostar que no soy del todo culpable —admito a modo de ampliación.

Ahora la sorpresa en su rostro es genuina. Tan genuina como su interés o mis temores. Devuelve el folio a la caja de cartón y cruza las manos detrás de la espalda.

— Me pregunto entonces por qué reconoce una hipotética culpabilidad en un asunto que alega ignorar por completo, que según usted le es del todo ajeno —reflexiona en voz alta, como tratando de dotar a la indagación de un carácter más amistoso.
— Porque esa respuesta se aplica a todas las situaciones de mi vida, sin excepciones —expongo con la mayor naturalidad.

El semblante agrio se le ilumina, incluso aventura una media sonrisa. Siente derretirse la barrera de hielo que media entre los dos y entiende que mis palabras lo animan a multiplicar su audacia en pos del objetivo, si es que tiene alguno.

— Podemos concluir entonces, estimado Bigud, que usted asume una posición de frontera entre la inocencia y la culpa —arremete—, en este caso como en cualquier otro.
— No entiendo de qué se me acusa —protesto.
— ¿Acaso le importa? ¿acaso le importó alguna vez?
— No sé de qué me habla.
— Sí que sabe. ¿Quiere que detengamos esto? ¿le gustaría llamar a un abogado?
— Yo soy mi propio abogado, siempre.
— Es que de eso se trata, Bigud —sentencia—. Me cuesta creer que no lo vea. Usted se siente mucho más cómodo cuando los platos ya están rotos.

Me refugio en un silencio desdeñoso. Las esposas me dañan las muñecas y para ser franco me gustaría un cigarrillo, un vaso de whisky sin hielo quizás.
El calvo rechoncho camina alrededor de la sala aún con las manos cruzadas detrás de la espalda. El diálogo encierra un aire de secreta peligrosidad para ambos y se nota que mide el alcance de cada palabra antes de pronunciarla.

— Exoneración es un término que me gusta mucho —escupe de pronto—, ¿y a usted?
— Nunca me detuve a pensar en eso —contesto incómodo.
— Significa aliviar. Descargar de peso u obligación.
— Sé lo que significa.
— Entonces… ¿le gusta o no?
— Prefiero otras palabras.
— ¿Cómo cuáles? —indaga—. ¿Perdón? ¿absolución? ¿amnistía? ¿indulto?
— Me sé hacer perdonar llegado el caso y si tengo ganas, si es eso a lo que se refiere —digo ya bastante malhumorado.
— Por supuesto que sabe, el alma conoce siempre su vocación aunque no se ufane de ello.

Un ligero ademán le basta para que una señorita de armónicas proporciones ingrese en la sala con dos tazas de café que deposita sobre la mesa, a un lado de la imponente caja con mi expediente. Hecho ello y sin mediar instrucción de su jefe, introduce una pequeña llave en la base de las esposas y me libera las manos.

— Preferiría un whisky sin hielo y un cigarrillo —insinúo mirando al calvo mientras me froto las muñecas enrojecidas.
— Y yo, pero esto es lo que hay —responde encogiendo los hombros.

El café es extraordinariamente bueno para el ámbito en que ha sido servido, debo admitir. Suaviza la hostilidad que gobernó en la sala estas últimas horas.
El calvo rechoncho detiene la caminata a mi lado y apoya su mano en mi hombro. Luego se coloca en cuclillas y acerca la boca a mi oído. Yo mantengo la mirada al frente, hacia el vidrio espejado que intuyo repleto de serviles agentes o estudiosos funcionarios.

— ¿Por quién o por quiénes, Bigud? —pregunta en un tono apenas audible a pesar de escasa distancia que lo separa de mí— ¿Por quién o por quiénes se tiene que hacer perdonar? Conociendo eso se nos va a revelar el delito. Usted va a entender por qué está acá, y yo voy a saber qué decisión tomar.
— No existe un quién. O quiénes. Y mucho menos un qué. Lamento que su interrogatorio y sus métodos policíacos sean, al menos en el asunto que nos ocupa, inconducentes.
— Yo más bien creo que no llegó el caso, o que no tiene ganas. Aún —agrega en tono de amenaza.
— Así las cosas —replico yo, porque eso es lo que suelo decir cada vez que no tengo nada más para regalar.

Se incorpora y resopla en clara muestra de fastidio. Vacío de respuestas escruta la caja para ganar tiempo. La camisa empapada por la transpiración de su torso –asumo– velludo, la corbata floja, el optimismo en delicado equilibrio sobre el pescante.

— ¿Usted sabe que no puedo retenerlo, verdad? —admite secando la calva con un pañuelo amarillento.
— Lo intuyo.

Sonríe a medias. Por segunda vez.

— Por supuesto, lo intuye. Esa también es una respuesta que se aplica a todas las situaciones de su vida, sin excepciones. Yo también soy capaz de intuir.

Ahora soy yo el que sonríe. Por primera vez.

— ¿Me puedo ir? —pregunto para no sonar descortés.
— No tiene a dónde, estimado. Pero si es lo que desea yo no me voy a interponer —confiesa al tiempo que arruga el folio manoseado y lo arroja a un cesto de basura que se había escapado a mi ojo entrenado.
— Le pido disculpas por no haber regalado las respuestas que usted esperaba. Por no haber estado a la altura de sus intenciones —le digo intentando ubicarme en algún punto entre el oficio y la sinceridad.
— Desaparezca de acá —insta mientras apura el café—. En el fondo no es culpa suya.
— Lo es —contradigo—. Pero solo parcialmente.

Alza la taza en actitud de brindis imaginario. Sonríe. Es una sonrisa franca, abierta, genuina, sin segundas intenciones.

— Absolución —murmuro mientras abro la puerta.

Manifiesta una mueca descolocada. No entiende. Aún.

— Absolución es la palabra que me gusta. Entre las que mencionó hace un rato.

Sonríe. Por última vez. A esta altura ya no tiene ninguna impotancia.


Tengan ustedes muy buenas noches. Un feliz final de año y un mejor comienzo.



lunes, 20 de octubre de 2014

UN MOMENTO


Síntesis del post: Me dijo. Respondí. Creatividad. Insultos. Un cigarrillo. Silencio. Una señora regordeta. Respuesta final.


Me dijo, según recuerdo, un montón de cosas juntas. Una cascada de verdades y falacias mezcladas unas con otras, entrelazadas desde el encono, ensambladas con auténtico arte y de un modo solo conveniente a sus intereses de aquel momento. Un momento lejano. Uno que ya no me importa.

Nadie viene con un manual de instrucciones, recuerdo que le contesté en aquel momento lejano. Un momento que ya no me importa. La única herramienta es la interpretación. Lo que ves, lo que el otro traduce, lo que te muestra un buen día a través de una frase que te molesta o de un acto que te desconcierta, no se gesta en ese instante. Viene de lejos. En la mente nada ocurre de pronto, ni siquiera los impulsos. La sorpresa –tu sorpresa– es ingenuidad.

Lo siguiente fue el desborde anímico. Hay que ver la creatividad que puede demostrar cierta gente a la hora del insulto. Nada ni nadie, ni las madres, ni las hermanas, ni las primas ni los órganos sexuales –los propios y los de ellas– se encuentra a salvo de la furia poética de estos trovadores. Los versos brotan sin control desde el plexo solar y el universo gestual se amplía al punto de acabar involucrando un variado repertorio de tics mayormente faciales.

Encendí un cigarrillo. En aquel momento, un momento lejano que ya no me importa, se podía fumar en los bares. En rigor de verdad se podía fumar en cualquier lugar, y era poca la gente que se animaba a interponer una queja. Era una sociedad distinta, aquella. Antes de que la ecología, el ecologismo, echara todo a perder.

Decía entonces que encendí un cigarrillo. Lo hice despacio, respetando mis pequeñas ceremonias, y me puse a mirar por la ventana sin emitir comentarios. En aquel momento, lejano y ahora irrelevante, ya había comprendido yo que el silencio es la mejor defensa para una decisión tomada. Cualquier ensayo de justificación, cualquier palabra que pretenda apuntalar, equivale a una apertura de la vía recursiva, y eso solo prolonga el conflicto. Siempre es preferible lidiar con un insulto y no con una apelación.

Una señora regordeta se acercó hasta la mesa y le ofreció un vaso con agua. ¿Estás bien nena? Me miraba con odio, como poniendo en duda que mereciera las lágrimas que en aquel memento, un momento lejano que ya no me importa, se derramaban sin control. Le acarició la cabeza, el pelo. Supongo que habrán sido no más de treinta o cuarenta segundos. Luego volvió a su sitio, aunque no se desentendió por completo de nuestro drama.

Entonces ya está, esto se acabó. Estoy seguro de que esas fueron sus palabras exactas ni bien logró la calma necesaria para pronunciarlas. Era más una pregunta que una afirmación, pero en cualquier caso venía implícita la exigencia de una devolución. El mozo observaba de reojo acodado en la barra. La señora regordeta ejercía una vigilancia moderada aunque ausente de sutileza. Yo había encendido mi segundo cigarrillo.

No sé, flaca. Yo me voy de vacaciones con mis amigos, el resto lo trajiste vos. Recuerdo que esa fue mi respuesta en aquel momento. Un momento lejano. Uno que ya no me importa.


Tengan ustedes muy buenas noches.

viernes, 5 de septiembre de 2014

UN HOMBRE ARAÑA


Síntesis del post: El hombre araña. Un rincón. Una cama de algarrobo. Inmovilidad. Contacto visual. Silencio. Final. Diálogo. Conclusión.


Tenemos al hombre araña. Está escondido en el rincón más oscuro de una habitación que en instantes procederé a describir con la mayor precisión de la que sea capaz. Permanece inmóvil, la respiración contenida, los músculos en tensión y la mirada fija en un punto que en instantes procederé a describir con la mayor precisión de la que sea capaz; un punto ubicado dentro de la habitación que en instantes procederé a describir con la mayor precisión de la que sea capaz.

Antes de ingresar en el terreno de las descripciones cuya precisión se encuentra relacionada en forma directa a las capacidades de este humilde servidor, es menester aclarar que no nos referimos aquí al hombre araña en tanto superhéroe, sino más bien al individuo amigo de la cosa ajena que se descuelga desde la terraza de algún edificio aferrado a una soga de considerable grosor con la intención de colarse al interior de uno o más departamentos para sustraer cuantos objetos de valor quepan en el saco, mochila o bolso que lleve consigo. A ese hombre araña nos referimos. No al otro, que si bien suele descolgarse desde las terrazas de los edificios, sus motivaciones se encuentran más vinculadas a la acrobacia circense que al delito penal.

Ahora a lo nuestro sin más, que estamos frente a una situación delicada que puede acabar en una auténtica tragedia.

Entonces, decía, tenemos al hombre araña oculto en el rincón más oscuro de una habitación. Está al pie de la ventana, disimulado entre las cortinas, inmóvil, con la respiración contenida y la mirada fija en una inmensa cama de dos plazas hecha de algarrobo, sobre la cual una pareja de mediana edad (treinta y cinco años diría yo) lleva a cabo verdaderas proezas de índole sexual.

De lo dicho se desprende que la habitación en cuestión es un dormitorio, y que nuestro hombre, el hombre araña, ha sido sorprendido en plena faena y apenas ha tenido tiempo para ocultarse en un rincón olvidado por la desteñida lucecita que proyecta un velador ubicado (por fortuna para todos) al otro lado de la cama, el lado que da al placard.

La ventana está abierta de par en par y las cortinas bailan con la brisa que llega del exterior. Si así lo quisiera podría escabullirse al balcón y alcanzar la soga sin que la pareja (demasiado concentrada en el asunto que trae entre manos, piernas y demás zonas corporales) lo note. Y sin embargo no lo hace. Permanece en su sitio, expectante y silencioso.

¿Cómo dice?

¿Cómo que por qué no se escapa? ¿Qué relato viene leyendo usted?

Hay una pareja teniendo sexo. Delante de sus ojos. Llevando a cabo verdaderas proezas de índole sexual, para respetar las palabras que acabo de emplear más arriba. Esto no es como estar en la tranquilidad de su hogar navegando dentro de esas páginas de dudosa moralidad que algunos juran que existen en Internet. No es como poner en práctica determinadas maniobras más mecánicas que imaginativas debajo de la ducha pensando en una exnovia, una amiga, una amante, una vecina o una desconocida. Ni siquiera es como hacerlo uno mismo con la mujer que se lo permite de buena gana, lo concede de mala gana o lo consiente por falta de candidatos. No señor. Esto es porno en vivo y en directo. Está ocurriendo en su presencia. Es mucho más que cualquiera de las variantes convencionales para lograr la ansiada satisfacción. Esto es invadir la sagrada intimidad de dos personas que, ajenas a la profanación de que son víctimas, ofrecen el espectáculo sin reservas de ninguna especie. Esto es la vida misma tomada por sorpresa en su desarrollo por un simple mortal. Es invertir los roles por una vez. Una sola vez. Una oportunidad única e irrepetible, de más está decir.

Decíamos entonces que el hombre araña no se escabulle a pesar de tener la oportunidad. El asunto ha dejado de ser un simple robo para mutar en otra clase de profanación. Una más divertida aunque menos redituable. El riesgo continúa siendo el mismo, pero la satisfacción es más psicológica que material.

De pronto los acontecimientos se precipitan. En medio de uno de los giros y contorsiones que se llevan a cabo sobre la cama de algarrobo, la mujer establece contacto visual con el intruso y ambas miradas se petrifican. Por ahora el silencio gobierna el fortuito encuentro, pero si no ocurre un milagro, solo lo hará por tres o cuatro segundos más. Luego aparecerán los gritos, el pánico (de ambas partes) y la fuga o su intento.

El hombre araña sostiene la mirada, hecho bastante destacable tomando en cuenta el estado de cosas. No porta armas de ningún tipo, lo suyo es el guante blanco, la sutileza y el sigilo, pero aun así mantiene la calma y ensaya una defensa. Alza el dedo índice, lo coloca en posición vertical y lo apoya sobre su boca, de canto, con la tercera falange a la altura de la nariz.

¿Cómo dice?

Sí, como la enfermera de la foto. La de la cofia con la cruz roja. Esa que demanda silencio con un rostro que expresa a un tiempo autoridad y dulzura.

Y la dama acata la orden. O concede el pedido. O consiente la profanación. Lo que ustedes prefieran. La cuestión es que ahoga su grito antes de que estalle. Lo reprime. Y en su lugar devuelve una tenue sonrisa que insinúa un desafío para el intruso. Entonces el marco que contiene ambas reacciones, el dedo y la sonrisa, alcanza un delicado equilibrio bajo la forma de un acuerdo tácito. Existe una amenaza, desde ya, pero también una ofrenda que la mantiene a raya.

La relación de la pareja continúa con la misma intensidad que traía antes del incidente, pero ahora ella se las arregla para mantener a buen resguardo su pequeño secreto. Atrae a su compañero hacia el lado opuesto de la cama, asume generosas posiciones que concentran todo su interés e interpone su propio cuerpo cuando existe el mínimo riesgo de un contacto visual. Y en la ejecución de cada maniobra exhibe una pericia digna de los mayores elogios.

El hombre araña observa la escena desbordado pero con el rostro adusto. Necesita mantener la amenaza gestual aunque haya abandonado hace rato sus primitivas intenciones. No es que las nuevas sean mucho más sanas, en rigor de verdad, lejos de exonerarlo solo habilitarían un cambio de carátula en el expediente, pero él sabe que no es lúcido ni prudente bajar la guardia cuando una mujer apela al sexo para obtener de un caballero un comportamiento adecuado a sus intereses.

Al cabo de un rato llega el final. Sí, todo tiene un final, y este ocurre con una espectacularidad que no viene al caso describir aquí porque no hace al fondo de la cuestión que nos ocupa. El caso es que ella, aprovechando que su compañero descansa boca arriba mientras juega a formar pequeños aros con el humo del cigarrillo, le dedica a su hombre (araña) algunos gestos y miradas rebalsadas de obscenidad. El superhéroe, abandonada ya toda inmovilidad y cautela, le exhibe lo suyo desde la penumbra de su rincón. Él también ha llegado a su propio final. Más silencioso, es cierto. Más contenido y menos espectacular, pero final al fin, si se me permite la redundancia.

— La próxima vez podríamos traer a alguien para que nos mire— sugiere la dama en voz bien audible mientras se vuelve hacia su compañero desentendiéndose por completo del intruso y la amenaza que representa.

— Estás loca, imaginate si después nos roba— responde él luego de apagar el velador.

— No creo que nadie nos robe— concluye ella en la oscuridad, en un tono desdibujado por un bostezo.

Tenemos al hombre araña. Está escalando la pared exterior de un edificio que no procederé a describir con precisión por ser idéntica a la pared exterior de cualquier otro edificio. El bolso que cuelga en su espalda está vacío, el cuerpo húmedo y la ropa negra manchada en diversas zonas. Su noche ha concluido. En instantes alcanzará la terraza, guardará la soga y desaparecerá por los techos para no regresar jamás.

‘Igual yo también creo que deberíamos ver a otras personas’, piensa. Quizás un poco despechado. Tal vez bastante literal.


Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 14 de agosto de 2014

LAS MIRADAS


Síntesis del post: Mi amigo. Un problemita. Un edificio de categoría. Credenciales. Miradas. Homicidas. Improvisación y planificación. Un ascensor. Una secretaria. Un cliente. Una solución. Una reflexión.


Mi amigo me llama por teléfono a media mañana. Desde su auto. Me pregunta por mi mujer y mis hijas, me habla un poco de fútbol, de la situación general del país y propone un asado con los muchachos que por ahora carece de fecha cierta. Acto seguido, luego de algunos rodeos más innecesarios que los ya mencionados, me pasa un contacto. Me dice que el tipo tiene un problemita, que es alguien de confianza, que tal vez yo le pueda dar una mano y que me lo va a agradecer. Por supuesto, se niega a aportar precisiones y yo no insisto. Finalmente, mostradas ya sus cartas con toda la sutileza de la que fue capaz, se despide solicitando que lo mantenga al tanto de la gestión.

Así las cosas. La lectura para semejante presentación es bastante sencilla, y de más está decir que no existe en la vaguedad del planteo una voluntad de ocultación. Más bien es la firme decisión de no interferir con las formas o maneras que el mandante elija para su propia exposición.

Decía entonces que la lectura es bastante sencilla: El punto este no tiene un problemita. Tiene un problema. Un problema de considerables proporciones que no ha podido resolver con sus herramientas por más que se ha cansado de intentarlo. Es de confianza pero no es amigo. La palabra amigo intercalada en esta clase de conversaciones involucra un solapado intento de rebaja en los honorarios o comisiones que uno pretenda percibir al final del camino. Al final o al principio, eso depende. En cuanto a la posibilidad de dar una mano, tal vez implica seguro, y el sincero agradecimiento sugiere futuros problemitas que caerán directamente en mis manos (la que doy ahora y la otra) de acuerdo a la solvencia y rapidez que sea yo capaz de demostrar en el caso que nos ocupa.

Es todo. Ahora a lo nuestro sin más, que el tiempo es oro y yo no como con lo que escribo sino con lo que hago.

Decido ir a verlo. Su oficina queda cerca de la mía y me parece un bonito gesto. Un gesto de buena voluntad como para romper el hielo, para comenzar a generar una confianza que hoy no existe.

Es un edificio de categoría, de esos en los que hay que exhibir el documento antes de ingresar y un empleado de seguridad con mirada desconfiada carga los datos en una computadora para facilitar la posterior identificación si uno acabara, pongamos por caso, improvisando un homicidio en medio de la visita. Y hablo de improvisar porque la gente que sale de la casa con los homicidios ya planificados suele haber estudiado en detalle la escena de su futuro crimen y muestra una marcada tendencia a la presentación de documentación apócrifa.

Supero la desconfianza del empleado de seguridad mirándolo fijo. Alguien que mira fijo a un empleado de seguridad de un edificio de categoría transmite plena confianza en sus credenciales. Es alguien con buena fe. O alguien que está a punto de cometer un homicidio improvisado, pero como la improvisación implica desconocimiento previo de la propia acción aún no lo sabe, y en consecuencia su buena fe es tan genuina como la buena fe de cualquier otro individuo, que no se torcerá en el transcurso de la visita. O un homicida liso y llano que vino con todo planeado desde la casa pero sabe, como sé yo, que cuando uno mira fijo a un empleado de seguridad de un edificio de categoría automáticamente transmite plena confianza en sus credenciales por más que sean apócrifas. Me refiero a las credenciales del homicida liso y llano, las mías sí que son genuinas.

Voy al piso doce. Un señor calvo, muy petiso él y con unos anteojitos tipo Lennon que no le quedan como a Lennon sino como a un señor calvo y muy petiso, me pide que le marque el piso veinte. Estamos solo nosotros dos. Me mira con desinterés, supongo que es porque no hay otra cosa que mirar. Otra gente que mirar. El desinterés es siempre mejor que la desconfianza. La gente que mira con desinterés se encuentra sumida en sus propios asuntos. En realidad no repara en el objeto de su mirada, descansa la vista, y eso es muy conveniente para sujetos como yo, que no gustan de las miradas atentas y escrutadoras de los desconocidos, a menos que esos desconocidos sean mujeres y estén más buenas que tomar whisky directo de la botella. Y también es muy conveniente para los homicidas que traen todo planificado desde la casa, porque una mirada atenta y escrutadora es un futuro problema en una rueda de reconocimiento. En cambio para los homicidas improvisados da lo mismo, porque todavía no saben que lo son. A menos, claro está, que el ascensor esté bajando luego de haber perpetrado el homicidio. Ahí sí que saben.

Me despido del señor calvo, petiso y con unos anteojitos tipo Lennon que no le quedan como a Lennon, desciendo y toco el timbre de la oficina 1205. Una voz femenina aguda y metálica gracias al aparato que la presenta me somete a un breve cuestionario y autoriza mi entrada sin más trámite. Es la secretaria del mandante de mi amigo, que al acercarme hasta su escritorio arranca la charla utilizando mi nombre de pila. Juan, me dice. Porque yo me llamo Juan, no sé si lo dije alguna vez en este espacio.

Es mala señal que haya una secretaria por más bonita que sea (y esta lo es), porque la gente solo tiene secretaria cuando sus problemas son tan grandes que no le dejan tiempo para otra cosa que para ocuparse de ellos. Y si además de ser bonita, esa secretaria conoce el nombre de pila del visitante y lo trata como si fuera un amigo de toda la vida, quiere decir que el problema que hay detrás de la puerta del despacho principal posee entidad suficiente como para que todo lo demás transcurra en un clima como el que describo.

Florencia me mira en silencio. Sé su nombre porque ya se presentó, me ofreció café y me obligó a ocupar un sillón muy cómodo en el que habré de pasar algunos minutos. Minutos que espero sean pocos, considerando el gesto de buena voluntad que implica mi presencia en esta oficina.

Decía entonces que Florencia me mira en silencio. El silencio es siempre mejor que el desinterés, y también que la desconfianza. La gente que mira en silencio deja una ventana abierta para la reflexión, y eso es muy conveniente para sujetos como yo, no muy amigos de las interferencias sonoras salvo que consistan ellas en proposiciones sexuales de una bonita secretaria, pongamos por caso, de Florencia, ya que la tenemos cerca y conocemos su nombre. Y también es muy conveniente para los homicidas que traen todo planificado desde la casa, ya que el silencio solo hace ruido en la mente del otro. Ello les otorga una enorme ventaja porque facilita la lectura de la tensión, el relajo, el pánico, la lujuria, la admiración, el amor, el odio y demás pulsiones comunes a todo ser humano. Les permite decidir el curso de las acciones en un clima de relativa calma y reduce considerablemente el margen de error. En cambio para los homicidas improvisados da lo mismo porque todavía no saben que lo son. Salvo, claro está, que sean medio paranoicos y el silencio obre como motor para esa paranoia oculta colocándolos de cara a la consumación de ese homicidio no premeditado aunque voluntario. Ahí sí que no da lo mismo.

Juan, me dice Florencia. Y me abre la puerta del despacho de su jefe con la misma mirada silenciosa que mantuvo todo este rato. Rato algo más largo de lo que yo hubiera deseado. No por su mirada, por supuesto, sino por aquello de la buena voluntad que implica mi presencia en esta oficina.

Mi cliente (asumo que ya puedo llamarlo así) es un hombre de unos sesenta años, cabello entrecano y barba entrecana. Hasta el vello de sus brazos que asoma debajo de la camisa a la altura de las muñecas es entrecano. Es, en síntesis, un individuo de capilaridad entrecana que me mira con bastante expectativa. La expectativa es siempre mejor que la desconfianza pero ciertamente peor que el desinterés o el silencio, porque significa que del otro lado hay alguien que espera algo de uno. Algo positivo. Un hecho, un acto, un dicho, un sentimiento, una solución. Lo que sea. La expectativa pone la pelota en el campo propio, exige una respuesta que será interpretada como satisfactoria o traerá aparejada una desilusión. Si la expectativa es grande, la satisfacción será plena o la desilusión devastadora.

Por eso la expectativa en esos términos no es algo muy conveniente para sujetos como yo, no muy amigos de los gestos que no sean estrictamente voluntarios e inesperados por el otro. Distinto es el caso de los homicidas que traen todo planificado desde la casa, ya que la expectativa, la esperanza puesta en lo positivo puede aportarles el factor sorpresa que necesitan para actuar sabiendo que si ocurriera un intento de defensa sería tardío e ineficaz. En cambio para los homicidas improvisados da lo mismo porque todavía no saben que lo son. Salvo, claro está, que la expectativa puesta en su persona sea la causa inmediata de un ataque de pánico que acabe disparando sus instintos mortales. Ahí sí que sería preferible el silencio, el desinterés o incluso la desconfianza.

Mi cliente va al grano y plantea el problema con crudeza. Es un problema incluso más grande del que yo esperaba encontrar. Uno que excede en mucho mis previsiones y posibilidades, así que luego de echar mano a la mirada que reservo para los casos en que deseo transmitir calma y seguridad, respondo con voz aplomada: ‘Es difícil pero posible, lo resuelvo antes de que tenga oportunidad de pestañear’.

En fin, entiendo que es lo que cualquier individuo de bien respondería ante una situación que lo desborda por completo. Bueno, pensándolo con más detenimiento, también podría ser la respuesta de un homicida que trae todo planificado desde la casa. O la de un homicida improvisado, por qué no. Eso, claro está, siempre y cuando se volviera loco en ese preciso instante y quisiera pronunciar una frase célebre antes de empuñar una tijera y desatar su furia asesina contra el individuo de capilaridad entrecana, Florencia (tan bonita ella) y el señor calvo, muy petiso y con anteojitos tipo Lennon que no le quedan como a Lennon si el pobrecito tuviera la mala fortuna de cruzarlo en el ascensor.

Qué sé yo… en el fondo asumo que todos nos parecemos un poco en lo previo. Antes del acto quiero decir. En todo caso la culpa la tienen los empleados de seguridad, que dejan entrar a cualquiera que les presente un documento y los mire fijo, así, como transmitiendo plena confianza en sus credenciales.



Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 29 de mayo de 2014

PEQUEÑECES



Síntesis del post: Televisión de madrugada. Una pequeña reflexión. No mucho más. 




Son las 3 am. Prendo la tele.

Un hombre ingresa a esta casa de empeño en Las Vegas. Trae un contrato. Un contrato firmado por Elvis Presley en la década del sesenta. Es para tocar en un estadio, en un bar o en un estudio de televisión, la verdad es que no lo sé. Lo cierto es que este caballero lo considera un verdadero tesoro y, según explica a las cámaras antes de iniciar las tratativas, espera venderlo en unos quince mil dólares.

El calvo dueño de la tienda lo recibe con su amplia sonrisa y escucha el planteo al tiempo que demuestra un genuino interés. Si la pieza es auténtica puede valer muchísimo dinero, explica una vez que el potencial vendedor acaba su exposición. Existen muchos coleccionistas que estarían más que interesados en adquirir semejante rareza. Sin embargo hay un pero. Siempre hay un pero. Antes de fijar un precio habrá que llamar a un experto en estos temas para certifique la autenticidad de la firma de Elvis. El mercado se encuentra saturado de falsificaciones y no es cuestión de andar corriendo riesgos innecesarios.

Ambos hombres llegan a un acuerdo y un par de horas más tarde se hace presente el experto, que sin demasiados prolegómenos se coloca un monóculo en el ojo derecho e inicia inspección del documento.

Según parece la firma está muy bien hecha pero no es auténtica. Hay un problema con el punto de la ‘i’, y también con la ‘P’. El punto está mal ubicado y la panza de la otra letra es demasiado pequeña, está como desnutrida. Si la firma fuese auténtica el documento podría valer entre quince y veinte mil dólares, pero al ser una falsificación no posee valor alguno.

El calvo extiende la mano y le da las gracias al frustrado vendedor por haber pensado en su tienda. El hombre se retira cabizbajo mientras el experto le palmea la espalda y se deshace en vanos pedidos de disculpas. Lo que valía quince, ahora no vale nada. Y no queda más que resignarse.

Cambio el canal.

Con los ojos redondos y acuosos fijos en la cámara, un economista no muy renombrado nos explica que en esta coyuntura inflacionaria es preferible planificar con cuidado y pensar tan bien los gustos que uno desea darse como los que debe suprimir. Habla de tasas, consumo, emisión. Cosas aburridísimas. Lo sustancial es que uno debe recortar gastos, dejar de hacer cosas que hasta ayer por la tarde podía hacer.

Cambio el canal. Otra vez.

Un reconocido delantero de la selección colombiana de fútbol confiesa que no está del todo recuperado de su grave lesión en la rodilla, y a esta altura ya es muy difícil que llegue en plenitud física al campeonato mundial. En pocas palabras, se baja, tira la toalla, le deja su lugar a quien desee o merezca ocuparlo. Se le cae alguna lágrima, quizá.

Otro cambio.

En un río perdido de China, un obstinado pescador lucha para sacar del agua a un pez monstruoso. La pelea se extiende por varias horas, el hombre enrolla y deja ir la línea para terminar de cansar al animal. Cree que es inmenso, justo el tamaño y el peso que se ha propuesto hallar. Es su última oportunidad para lograrlo.

Cuando finalmente lo vence no resulta ser lo que él había imaginado. Estaba enganchado de una aleta, y por eso la feroz resistencia. De haber mordido el anzuelo de lleno lo habría derrotado en menos de media hora.

Ya no hay suficiente luz para un nuevo intento y encima es su último día en el país. Debe dar por terminada la expedición. Talvez el próximo año. La frustración se derrama por todo su rostro.

Son las 3.45 am. Apago.

En fin… considerando lo visto esta noche, no puedo evitar pensar que la vida es una sucesión de pequeñas claudicaciones. El hombre está preparado para afrontar las grandes tragedias tantas veces como fuera necesario, pero a la postre es la repetición constante y uniforme de esos hechos nimios a lo largo de los años lo que acaba derrotando su espíritu. Lo que lo acerca a la muerte sin que se percate, con los pies bien afirmados en los estribos e incluso con una mueca muy similar a una sonrisa.  

Uno muere todos los días un poco, hasta que deja de hacerlo y se consume. Estoy casi seguro de haber expresado esta misma idea en este espacio virtual, alguna vez, allá lejos y hace tiempo. Pero bueno, es la reflexión que traje para esta noche. No tengo otra.

Son las 4 am y no me sale dormir. No tengo sueño. Tampoco cigarrillos, y mucho menos, fuerzas para salir a comprar. Es evidente que me tengo que ir a acostar por más que no me guste, y esa es —asumo— mi pequeña claudicación del día. O mi pequeña muerte, cumplida en tiempo y forma antes de que cante el gallo. En cualquier caso (muerte o claudicación), me gusta hacer esta clase de deberes temprano y en ayunas. No sé, para descomprimir, pasar el resto del día tranquilo. Digo, debe ser eso.


Tengan ustedes muy buenas noches.

viernes, 9 de mayo de 2014

DESTIEMPO


Síntesis del post: Viaje. Una pintura. En mi mente. Un avión. Un aeropuerto pequeño y remoto. Un pasillo larguísimo. Historias del destiempo. Despedida. Confesión.


Buenas noches. Hoy los voy a llevar de viaje, así que preparen sus petates y háganme la caridad de chequear que sus pasaportes estén en regla, que no quiero sorpresas a la hora de subir al avión. Porque vamos a viajar en avión, no sé si les dije. Sí, está bien, tendría que haber avisado con más tiempo, pero es que lo acabo de decidir, así, en este preciso instante. La pintura que traigo para hoy, con todas las historias que en ella transcurren, se encuentra retenida en mi mente desde hace más de dos años, y sin embargo, por más que lo intenté jamás supe qué hacer con ella. Cómo pintarla de un modo más o menos satisfactorio, tanto para mí como para el observador. Ahora sí lo sé, pero antes de comenzar es necesario que vea una vez más el paisaje. Voy a volar hasta allá para refrescar las imágenes, revivir los detalles si ello aún fuera posible. Y además tengo ganas de viajar, qué tanto. Faltan más de cinco horas para que entre a trabajar, así que la idea es perfectamente viable. Si hay algo que aprendí en estos días de profunda meditación es que dentro de mi mente soy dueño de los tiempos y las distancias, amo de mi mundo propio y de todos los mundos ajenos. Puedo hacer lo que yo quiera, cuando quiera y como quiera. Y quiero esto. Ahora. Sin tanto plan. Por favor no se queden ahí, mirando con esas caras de bobos, vayan a hacer lo que les pedí. Salimos en un ratito.

Ahora a lo nuestro sin más, que no falta tanto para que amanezca y tenemos mucho trajín por delante.

Son la 4.11 am (en serio, son las 4.11 am) y nuestro avión toca tierra en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, en la ciudad de Lima. Recuérdenme que nunca más los saque a pasear a ningún lado, hatajo de impresentables. No puede ser que ni siquiera toleren un vuelo de cinco horas sin enloquecer a las azafatas, llenar el piso de migas y andar cambiando de asiento a cada rato. Pero bueno, yo no aprendo más.

Tenemos entonces frente a nuestros ojos el tímido despertar de un aeropuerto pequeño y remoto. Un puñado de rostros incaicos y somnolientos deambula por un pasillo larguísimo repleto de monitores que anuncian todas las partidas y los arribos del mundo. O de la ciudad, no sé. Este pasillo, flanqueado por infinidad de locales comerciales autóctonos o de los otros y puertas numeradas enchufadas en mangas metálicas enchufadas en aviones en reposo enchufados en gruesas mangueras de combustible enchufadas en colosales tanques enchufados en robustos camiones libres de enchufes, constituye a la vez refugio y prisión para los pasajeros en tránsito. De allí no se sale si no es volando, y hacia allí nos dirigiremos nosotros una vez acabado el correspondiente trámite migratorio. Queremos presenciar ese despertar, ese desperezarse tan íntimo entre una veintena de individuos que reinan en forma transitoria donde pronto habrá una multitud. Sin embargo aún no hemos descendido del avión, y son las 4.23 am.

Me gusta la gente cuando recién se despierta, o cuando lleva miles de horas sin dormir. Esos instantes previos a la capitulación y el comportamiento errático que los adorna. Me gustan, en síntesis, los umbrales del sueño. Y esa es la pintura de hoy, pequeñas historias sobre el destiempo guardadas en mi memoria en este mismo pasillo, hace dos años. En los umbrales del sueño. Después, en todo caso, vamos viendo cómo seguimos. El destino final lo elegimos nosotros.

Un empleado de limpieza empacado en una suerte de overol azul trapea el piso con desgano frente a la puerta del baño de caballeros. A escasos dos metros una señora que debe rondar los sesenta años llora con la frente apoyada en un teléfono público mientras al otro lado del auricular alguien escucha sus lamentos. Me crucé el mundo entero para despedirlo pero no fue suficiente, Antonio acaba de decirme que murió hace tres horas, explica entre sollozos. Tiempo y distancia combinados para desbaratar un plan, un deseo, o solo para recordarnos que la muerte es un acto solitario que no admite postergaciones. En cualquier caso el destiempo siempre es cruel. Ahoga.

Un grupo de adolescentes, orgullosos integrantes de la selección juvenil de hockey de Chile, pisotea el trabajo húmedo y desganado del hombre del overol azul y distribuye sus huellas por todo el lugar. Ni siquiera se enteran, están demasiado alborotados para notarlo. Es que acaban de cambiar su vuelo y llegan a Santiago cuatro horas antes de lo previsto. Dejan todo tipo de mensajes, hablados, escritos o dibujados, con la esperanza de que algún alma desvelada los reciba en esta fría madrugada chilena. De otro modo operarán sobre ellos las consecuencias —siempre implacables— del destiempo. Deberán aguardar echados sobre sus valijas a que sus familiares y amigos organicen un rescate que a esta hora, dadas como están las cosas, comienza a intuirse tardío. Es cierto, será un destiempo incómodo aunque remediable, ni cercano a la tragedia que aún tiene lugar al pie del teléfono público. Sin embargo el mal humor y el fastidio no se moderan por el hecho de que existan en el mundo peores calamidades.

Tenemos, además, a esta señorita (muy bonita ella) parada a pocos metros de un negocio de chucherías autóctonas. Ella también espera, sufre el destiempo, aunque no seamos capaces de determinar el porqué. Aún. Tal vez espera a alguien, o algo, sea ese algo una cosa, un hecho o un acto fuera de su dominio. Tal vez alberga una esperanza o procesa una resignación. En cualquier caso a nosotros nos gusta mucho su remerita blanca, sus jeans medio gastados y sus zapatillas de lona. Nos gusta mucho —pero mucho— su valijita roja. Nos gusta mucho su sonrisa. Sonríe como si hubiera ganado la lotería ayer por la tarde. Nos gusta mucho, en síntesis, la señorita. Toda. Así, bonita, sencilla y millonaria. Solo por eso, atravesada como se encuentra por este escrito sobre el destiempo, vamos a desear que el suyo sea de los leves.

Un caballero alto, rubio, robusto y de frondoso bigote habla por su teléfono móvil. Perdí la conexión, explica en un inglés tan impecable como su traje. Conserva la esperanza de arreglar el pequeño inconveniente apenas encuentre un mostrador de la línea aérea involucrada en su destiempo. Sin embargo este pasillo de rostros incaicos y somnolientos, que apenas se despereza y se puebla a su ritmo no parece el sitio indicado. Quizás debería desandar sus pasos y buscar una oficina más cerca de la zona de trámites migratorios, en el piso de abajo. La zona donde en este momento, las 4.46 am, nos encontramos nosotros. En el fondo es, el suyo, un destiempo subsanable, que cuenta con personal especializado y dispuesto las veinticuatro horas del día. Un destiempo de mero trámite, podríamos decir.

Mientras tanto a nosotros nos indagan y nos escrutan unos señores con uniforme. Procedimiento de rutina. ¿Traemos plantas, animales, sustancias que puedan poner en riesgo a personas o cosas? No, no traemos. Yo no viajo con bichos de ninguna especie, y cuando acarreo sustancias (nunca o casi nunca) suelo llevarlas puestas. Sí tengo, como dijo alguna vez Miguelito (personaje de Mafalda), mi propio pastito interior. Pero no creo que sea ese el sentido de la pregunta, así que no lo digo.

Son las 4.57 am. Subimos por una amplia escalera que nos deposita en el centro mismo del cuadro que acabamos de pintar, creo yo, con sumo detalle. Está todo intacto, tal cuál lo recordábamos. Nuestras pequeñas historias recién contadas bailan y se entrelazan en este pasillo de rostros incaicos y somnolientos. El trapeador ha secado las huellas adolescentes y despreocupadas y ahora, apoyado el hombro sobre el lateral de una máquina expendedora de bebidas, observa a la señorita de la valija roja, bonita, sencilla y millonaria, con ojos soñadores. La señora del teléfono, la del destiempo más cruel, le explica al caballero de frondoso bigote cómo llegar al mostrador de la línea aérea. Y lo hace con un inglés más parecido al overol azul del trapeador que al impecable traje de él. De cualquier modo ese destiempo, con algo de buena voluntad y apuntalamiento gestual, puede superar incluso la más obstinada barrera idiomática. Es solo cuestión de intentarlo.

Y ahora, estimados, con nuestra pintura completa y tantas opciones para reanudar el vuelo, ha llegado la hora de despedirnos. Hemos solucionado todo el destiempo que estuvo a la mano y sufrido el que era irremediable. Nos hemos quedado sin asunto, ustedes y yo.

¿Cómo dice?

Ah, lo felicito caballero. Es usted muy observador. No esperaba verme en la obligación de hacer esta confesión, pero ya que pregunta no le voy a negar la respuesta. Es cierto, no hemos solucionado el destiempo de la señorita, tan bonita ella. Y ni siquiera sabemos si es irremediable. O mejor dicho, usted no lo sabe. Vea, la verdad es que ella no forma y jamás formó parte de ese recuerdo atrapado en mi mente desde hace dos años. No estaba incluida en la pintura original. La planté yo con toda premeditación y alevosía, con todo y valija roja, y lo hice solo un par de horas antes de proponerles este viaje a todos ustedes. Está puesta ahí para subsanar mi propio destiempo, tal vez el suyo, el nuestro. No el de nadie más. La pintura es la excusa perfecta, el hilo conductor, pero lo cierto es que me está esperando. Mire cómo sonríe. Mire cómo baila. Tan bonita, sencilla y millonaria.

¿Y ahora qué le pasa?

Sí que puedo, y lo voy a hacer. Me voy con ella. De hecho estoy acá solo por ella. Si a usted le parece que lo he traído engañado no entendió el sentido de todo esto, y me arrepiento de haberle pedido que viniera. Lo saqué de su casa, lo puse en un aeropuerto, en un pasillo larguísimo repleto de puertas que conducen a todos los aviones del mundo. O de la ciudad, no sé. Lo coloqué de cara a la posibilidad de dar remedio a su propio destiempo, cualquiera que sea, porque dentro de su mente usted es dueño de los tiempos y las distancias, amo de su mundo propio y de todos los ajenos. Puede hacer lo que quiera, cuando quiera y como quiera, no sé si le dije. Entonces no se preocupe tanto por mí, que soy grande y tengo carnet de conducir. En cambio medite el poder que tiene entre manos y úselo como le salga.

Ahora déjeme ir de una buena vez, antes de que se nos venga la mañana y haya que ir a trabajar. Antes de que esta pintura se desvanezca con todas sus puertas. Despídame del resto, vuelen, ahoguen el destiempo. Hagan lo que quieran. Mañana ya no van a poder.

Las 5 am. Me fundo con mi señorita, tan bonita, sencilla y millonaria. Sonrío y celebro. Mi valija negra tocando su valija roja. Ahora sí, somos los amos de nuestro mundo.

Miro las puertas que se nos ofrecen a lo largo del pasillo. Ideo un itinerario. Planeo un viaje, europeo o asiático, quizás. Aún nos quedan dos horas para que la pintura se desvanezca. Ya habrá un momento para descansar. Arrastro las dos valijas, la roja y la negra. Sonrío y celebro, otra vez. Anulo el destiempo, por fin.


Tengan ustedes muy buenas noches.