Hay que ver la cantidad de roles que se ve uno forzado a desempeñar a lo largo de un día. En la intimidad del hogar, en la vía pública, en la oficina, en las dependencias estatales, en los comercios, en el hogar de un amigo, etc. Con razón proliferan como proliferan los profesionales de la salud mental; así no hay psique que aguante.
Yo, por ejemplo, amanezco padre de familia y marido dependiente. Deseoso de ganar tiempo, sacudo el hombro dormido de mi mujer y en un susurro le pregunto en qué lugar habrá quedado esa camisa que deseo ponerme y no encuentro. Luego de soportar el habitual rosario de insultos logro dar algunos pasos en son de fuga antes de ser alcanzado por el vuelo justiciero de la mencionada prenda, y finalmente acabo improvisando un precario refugio en la habitación de pequeña Yoni.
Ni bien pongo un pie fuera del departamento me transformo en vecino ejemplar, un rol exiguo aunque repleto de pequeñas complejidades. Saludo al portero, a la vecina indiscreta, leo alguna comunicación del administrador del consorcio y apuro el paso para ganar la calle, donde por arte de magia me convierto en peatón anónimo.
Ese es el rol que más me gusta. El de peatón anónimo. Una función con la que he llegado a un grado de compromiso emocionante. Así, oculto en la atmósfera inviolable de mis pensamientos, puedo jugar a las carreras con otros peatones anónimos, contar los pasos de un punto a otro, inventar nuevos caminos o dividir a la gente en bandos cuyas fuerzas y posibilidades de triunfo estén en perfecto equilibrio para luego proceder a un emocionante recuento que puede durar una sola cuadra, o el trayecto completo entre mi casa y la boca del subterráneo. Esta última es la actividad más entretenida. Uno puede enfrentar a los hombres de traje contra los hombres de jean, a señoritas muy lindas contra otras menos lindas, a los que llevan mochila o bolso contra los que no llevan nada, a los que van fumando contra los que van hablando por teléfono, etc. Las posibilidades son infinitas, y en algunos casos, inquietantes.
Luego llega el turno de convertirme en usuario del transporte público, rol en el que desarrollo más o menos las mismas actividades que como peatón anónimo, pero bastante más apretado. No me gusta tanto este papel. Prefiero los días –por cierto cada vez más escasos- en los que paso directamente de vecino ejemplar a automovilista, aunque luego deba cumplir mi dolorosa obligación como cliente de garaje.
En la oficina tengo muchísimos roles, aunque todos son aburridísimos. No me gusta mucho hablar de mi trabajo, así que solo vamos a destacar que soy cuentapropista, asesor y sobreviviente.
Al mediodía me toca ser usuario del servicio de entrega de alimento a domicilio de algún bar o local de comida más o menos rápida, o cliente de restaurante. Esto último ocurre los viernes, día en el que suelo almorzar solo, comer lo que se me da la gana, tomarme un vinito chico con soda y hielo, un postre, un café y la cuenta. Sin embargo deseo señalar que extraño el restaurante al que concurría cuando mi oficina estaba en Avenida de Mayo (el microcentro es un sitio árido e impersonal). Y a la moza que me atendía, que además de cumplir su rol a la perfección me tenía entre sus clientes preferidos, colocándome en el nada despreciable papel de cliente estrella.
Por la tarde otra vez soy usuario del transporte público, peatón anónimo o automovilista. Siempre de acuerdo al día y al estado de ánimo. Luego vecino ejemplar, marido arrepentido, amante mediocre y padre amoroso. Todo por el mismo precio.
Además, como si esas tareas no fueran suficiente castigo para los músculos de mi espalda fatigada cumplo otros roles accesorios, aunque no por ello menos importantes: Soy televidente, ciudadano indignado con el gobierno, lector de clásicos y no tan clásicos, escritor aficionado, abogado disidente, usuario de Internet, buen jugador de fútbol, hincha de un club en llamas, oveja negra, titular de una cuenta bancaria, fanático del Yoni Uoquer, amigo de mis amigos, pretendiente de Jennifer Aniston, ex fumador, decente jugador de truco, interesante asador, aficionado a la siesta de fin de semana y miembro de un concejo de administración.
Todo eso soy.
Y la verdad es que no estoy a gusto, porque son demasiados modos de ser. Demasiadas funciones para un mismo aparato (el aparato vengo a ser yo). Demasiadas obligaciones para un solo inconstante (el inconstante vengo a ser yo).
A mí me gustaría tener un único rol en esta vida, y destacarme hasta rozar la perfección.
Quisiera ser -tomemos por caso- pedidor de pizza por teléfono. Y como al desarrollar esa única actividad no tendría tiempo de pensar en otras cosas, jamás me olvidaría de pedir que me traigan también un nuevo menú con los precios actualizados, dos porciones de faina y que no le pichuleen al queso, que para eso cobran como treinta mangos.
Es todo.
Ahora sí...
POTENTE GEN
Gen Garner
Jennifer, actriz y mamá.
Violet, infante e hija.
Jennifer y Violet, mamá e hija.El de hoy es otro PG indiscutible. Agradecemos con efusión al Señor Bugman, no sin antes advertirle que más vale que le vaya bien en la feria de las opiniones. Si así no se diera el caso, haremos leña del árbol caído. Como corresponde.
Y ahora me voy contento, porque es viernes. Y los viernes yo almuerzo solo. Y como lo que se me da la gana. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y si no me vigilan, un postre. Y un café. Y la cuenta.
Tengan ustedes un prolongado fin de semana.





























