Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.

martes, 30 de diciembre de 2014

IN-DAGA


Síntesis del post: Un sujeto calvo. Una sala. Interrogatorio. Las culpas. La inocencia. Los términos. Intuición. Sonrisas varias.


Un sujeto calvo, rechoncho, de aspecto sudoroso y edad irreconocible irrumpe en la sala con paso cansino. Deja caer sobre la mesa una caja de cartón repleta de papeles roñosos de la cual extrae un manoseado folio que ahora estudia con grandes muestras de interés entre las que, de cuando en cuando, intercala alguna mueca de sorpresa. Desde mi punto de vista, exhausto y temeroso como me encuentro, el interés exhibido es genuino; sin embargo la mueca (a la sorpresa me refiero) es impostada. Es una burda sobreactuación dirigida a producir en mi ánimo la apertura de alguna grieta definitiva.

— Bigud…

Asiento sin apartar la mirada del suelo, pero sigo acorazado en un obstinado mutismo que a esta altura de los acontecimientos ya se me antoja peligroso. Por supuesto que me fijé en la etiqueta blanca adherida sobre uno de los laterales de la caja. La posición de la misma no es azarosa, él desea que lea mi apellido, busca inocular en mi espíritu una sensación de desnudez que condicione mis respuestas durante su interrogatorio, a todas luces inminente.

— ¿Sabe por qué está acá, Bigud?

Cuando dice ‘acá’ se refiere a la sala que no tuve la deferencia de describir al comienzo de este humilde relato. Y es que, a fuer de ser sincero, la misma no deja mucho lugar para el floreo. Es un recinto de cuatro metros por lado, pintado íntegramente de un color gris muy claro, con una mesa en el centro y dos sillas de madera que rechinan como si fueran a partirse en mil pedazos con cada movimiento. En la pared que se encuentra justo frente a mí hay un vidrio espejado de un metro de alto por dos de largo que –asumo– esconde detrás de sí a un grupo de agentes o funcionarios que analizan mis manifestaciones verbales y gestuales con estudiosa dedicación.

— La verdad es que no tengo la más pálida idea —respondo casi en un susurro.
— Por supuesto que no, usted no tiene idea, usted es inocente —refunfuña para sí, sin dejar de leer el folio mientras alza las cejas con el mismo énfasis impostado que utilizó al principio.
— Talvez no sea inocente, pero puede apostar que no soy del todo culpable —admito a modo de ampliación.

Ahora la sorpresa en su rostro es genuina. Tan genuina como su interés o mis temores. Devuelve el folio a la caja de cartón y cruza las manos detrás de la espalda.

— Me pregunto entonces por qué reconoce una hipotética culpabilidad en un asunto que alega ignorar por completo, que según usted le es del todo ajeno —reflexiona en voz alta, como tratando de dotar a la indagación de un carácter más amistoso.
— Porque esa respuesta se aplica a todas las situaciones de mi vida, sin excepciones —expongo con la mayor naturalidad.

El semblante agrio se le ilumina, incluso aventura una media sonrisa. Siente derretirse la barrera de hielo que media entre los dos y entiende que mis palabras lo animan a multiplicar su audacia en pos del objetivo, si es que tiene alguno.

— Podemos concluir entonces, estimado Bigud, que usted asume una posición de frontera entre la inocencia y la culpa —arremete—, en este caso como en cualquier otro.
— No entiendo de qué se me acusa —protesto.
— ¿Acaso le importa? ¿acaso le importó alguna vez?
— No sé de qué me habla.
— Sí que sabe. ¿Quiere que detengamos esto? ¿le gustaría llamar a un abogado?
— Yo soy mi propio abogado, siempre.
— Es que de eso se trata, Bigud —sentencia—. Me cuesta creer que no lo vea. Usted se siente mucho más cómodo cuando los platos ya están rotos.

Me refugio en un silencio desdeñoso. Las esposas me dañan las muñecas y para ser franco me gustaría un cigarrillo, un vaso de whisky sin hielo quizás.
El calvo rechoncho camina alrededor de la sala aún con las manos cruzadas detrás de la espalda. El diálogo encierra un aire de secreta peligrosidad para ambos y se nota que mide el alcance de cada palabra antes de pronunciarla.

— Exoneración es un término que me gusta mucho —escupe de pronto—, ¿y a usted?
— Nunca me detuve a pensar en eso —contesto incómodo.
— Significa aliviar. Descargar de peso u obligación.
— Sé lo que significa.
— Entonces… ¿le gusta o no?
— Prefiero otras palabras.
— ¿Cómo cuáles? —indaga—. ¿Perdón? ¿absolución? ¿amnistía? ¿indulto?
— Me sé hacer perdonar llegado el caso y si tengo ganas, si es eso a lo que se refiere —digo ya bastante malhumorado.
— Por supuesto que sabe, el alma conoce siempre su vocación aunque no se ufane de ello.

Un ligero ademán le basta para que una señorita de armónicas proporciones ingrese en la sala con dos tazas de café que deposita sobre la mesa, a un lado de la imponente caja con mi expediente. Hecho ello y sin mediar instrucción de su jefe, introduce una pequeña llave en la base de las esposas y me libera las manos.

— Preferiría un whisky sin hielo y un cigarrillo —insinúo mirando al calvo mientras me froto las muñecas enrojecidas.
— Y yo, pero esto es lo que hay —responde encogiendo los hombros.

El café es extraordinariamente bueno para el ámbito en que ha sido servido, debo admitir. Suaviza la hostilidad que gobernó en la sala estas últimas horas.
El calvo rechoncho detiene la caminata a mi lado y apoya su mano en mi hombro. Luego se coloca en cuclillas y acerca la boca a mi oído. Yo mantengo la mirada al frente, hacia el vidrio espejado que intuyo repleto de serviles agentes o estudiosos funcionarios.

— ¿Por quién o por quiénes, Bigud? —pregunta en un tono apenas audible a pesar de escasa distancia que lo separa de mí— ¿Por quién o por quiénes se tiene que hacer perdonar? Conociendo eso se nos va a revelar el delito. Usted va a entender por qué está acá, y yo voy a saber qué decisión tomar.
— No existe un quién. O quiénes. Y mucho menos un qué. Lamento que su interrogatorio y sus métodos policíacos sean, al menos en el asunto que nos ocupa, inconducentes.
— Yo más bien creo que no llegó el caso, o que no tiene ganas. Aún —agrega en tono de amenaza.
— Así las cosas —replico yo, porque eso es lo que suelo decir cada vez que no tengo nada más para regalar.

Se incorpora y resopla en clara muestra de fastidio. Vacío de respuestas escruta la caja para ganar tiempo. La camisa empapada por la transpiración de su torso –asumo– velludo, la corbata floja, el optimismo en delicado equilibrio sobre el pescante.

— ¿Usted sabe que no puedo retenerlo, verdad? —admite secando la calva con un pañuelo amarillento.
— Lo intuyo.

Sonríe a medias. Por segunda vez.

— Por supuesto, lo intuye. Esa también es una respuesta que se aplica a todas las situaciones de su vida, sin excepciones. Yo también soy capaz de intuir.

Ahora soy yo el que sonríe. Por primera vez.

— ¿Me puedo ir? —pregunto para no sonar descortés.
— No tiene a dónde, estimado. Pero si es lo que desea yo no me voy a interponer —confiesa al tiempo que arruga el folio manoseado y lo arroja a un cesto de basura que se había escapado a mi ojo entrenado.
— Le pido disculpas por no haber regalado las respuestas que usted esperaba. Por no haber estado a la altura de sus intenciones —le digo intentando ubicarme en algún punto entre el oficio y la sinceridad.
— Desaparezca de acá —insta mientras apura el café—. En el fondo no es culpa suya.
— Lo es —contradigo—. Pero solo parcialmente.

Alza la taza en actitud de brindis imaginario. Sonríe. Es una sonrisa franca, abierta, genuina, sin segundas intenciones.

— Absolución —murmuro mientras abro la puerta.

Manifiesta una mueca descolocada. No entiende. Aún.

— Absolución es la palabra que me gusta. Entre las que mencionó hace un rato.

Sonríe. Por última vez. A esta altura ya no tiene ninguna impotancia.


Tengan ustedes muy buenas noches. Un feliz final de año y un mejor comienzo.



7 comentarios:

A.Torrante dijo...

Que alegría que da ver un post así para cerrar el año. Lo digo de corazón. Una cornucopia de frases que generan frases cuasi de Technicolor.
Con respecto al texto en sí, siempre desctaco la figura del Not Guilty de la jurisprudencia anglosajona. La que libra al acusado de cumplir una condena judicial, pero no social. Alguna vez leí que una tribu consideraba que la peor pena que se le puede dar a un miembro de la tribu es el ostracismo. No recuerdo qué tribu era, pero algo parecido le pasa a Riquelme. En algún lugar remoto de mi oscuro cerebro sé que hay una hilación. Abrazo grande y Feliz Año Nuevo!! Y ahora a demostrar que no soy robot. Me dio OK.

Esilleviana dijo...

Estoy de acuerdo con A. Torrente, es un relato excepcional porque lo único que transmites para es un perdón por todo lo que pueda interpretar cada uno de tus lectores: por no estar más a menudo, por no poder mantener la constancia en tu escritura, por no visitar los blog que te siguen, por no utilizar las palabras correctas en cada comentario... y todo aquello que cada lector/bloguer albergue en su fuero interno e incluso, en la propia exención. Ya ves, esta es mi extraña interpretación.
Tu genuina forma de escribir no desdice o incumple la promesa que conservan tus palabras, esto es, a pesar de la extensión de tus textos siempre es un placer leerte, guardo algo muy interesante y divertido.
Feliz año (aunque ya es día 6 de enero) para ti y tu familia.

un abrazo :)

Guillermo Altayrac dijo...

¡Ey! ¡Me gustó!
Y destaco: "Usted se siente mucho más cómodo cuando los platos ya están rotos".
¿Es verdad eso, Bigud?

laura dijo...

bueno Don, no sé si alguna vez le dije que no solo leo sus textos muy detenidamente sino que hago lo mismo con los comentarios que le dejan. Manía vio?, y le cuento que si bien a veces los hay intrascendentes, de esos que quieren ser pero no llegan a nada, otras veces hay de los que uno se para y dice: ah buen!!! y sino que fijese bien lo que le dejaron hoy...tremendo talonario de facturas impagas (o como sea)
Estimado, tiene tiempo como para recapacitar y dejar "conforme" a cada lector o de seguir en la suya (cosa que sí veo probable). Fijese, pienselo y haga nomás...
Le dejo mi cariño de siempre, ese que usted ya sabe y me la saluda a la señora Bigud por favor. Les deseo buen año especialmente a la parte menuda de la familia

A.Torrante dijo...

Bueno, por fin una mujer que está de acuerdo conmigo, aunque no se bien en qué parte. Pero su nick parece un anagrama de Sevillana así que tampoco voy a discutir con ella.
Y otra vez pasé el test de No Robot. Domo Arigato, Mr. Robato...

Dany dijo...

Grande Bigud!

Yoni Bigud dijo...

COMENTARIO GENERAL: MUCHAS GRACIAS A TODOS POR SUS GENEROSAS PALABRAS. ESTA NOCHE 21.30 PRÓXIMO ARTÍCULO. ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE MI MUERTE.

SALUDO GENERAL.