Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.
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lunes, 22 de agosto de 2016

Y PERDISTE


Síntesis del post: Un almuerzo en un patio de comidas. Cruce de miradas. Paréntesis. La derrota. Un regalo. Un pantalón. Un hombre y una escopeta. Situación límite. Un muchacho tatuado y heroico. Reflexión.


Estoy almorzando en el patio de comidas de un centro comercial. Son unos ravioles que parecen de la semana anterior, recalentados, rellenos de una ricota ácida que se alcanza a percibir aun disfrazada por una salsa bolognesa que a fuerza de abundancia busca rescatar un plato condenado a la mediocridad. Suelo equivocarme a la hora de elegir el almuerzo cuando la oferta es excesiva. Estaba este local de pastas que me pareció más o menos decente, el de sándwiches de lomito, el de las milanesas en todas sus variantes, uno de sushi, otro de pescados servidos de un modo más occidental y cristiano, una parrilla concentrada sobre todo en achuras e incluso una heladería de las más conocidas del país. En fin… tendría que haber ido por una hamburguesa en McDonald’s, que suele ser siempre una elección segura y contundente. Pero ya está, las cosas son como son, y aun cuando el paladar se queje, el estómago en su infinita nobleza suele convalidar de buena gana aciertos y errores, en tanto y en cuanto la cantidad sea adecuada para calmar sus gritos.

El hombre me mira. O más bien diría que es un cruce de miradas. Involuntario, casual, no más de un instante. Está sentado a unos cinco metros devorando con efusión una hamburguesa (esa misma que yo me negué en forma inexplicable) mientras intercala fatigados monosílabos en la charla con su mujer. Tendrán, ambos, unos cincuenta o cincuenta y cinco años. Él, morrudo y canoso; ella, indeciblemente voluminosa y dueña de una voz chillona difícil de digerir aun a la distancia. Una pareja que encuadra a la perfección dentro de los parámetros básicos de normalidad.

Aquí es donde yo quisiera abrir un paréntesis y ejecutar un brevísimo análisis de esa mirada, no solo por lo que en ella creo haber percibido, sino porque tengo el pleno convencimiento de que el mismo otorgará sobrada justificación a los hechos que estoy a punto de relatar en este humilde artículo.

Los ojos son capaces de transmitir cualquier emoción, cualquier estado de ánimo. Eso, por supuesto, si se los sabe leer. Alegría, tristeza, furia, melancolía, amor, odio, miedo, deseo. Lo reflejan todo. A veces con mucha potencia, otras veladamente. Pero siempre hablan. Nada puede escapar a su descomunal poder de comunicación. Y dentro de ese cúmulo de emociones que se expresan incluso en contra de la voluntad del individuo existe una que no admite maquillajes de ninguna especie. Ni siquiera se puede disimular, lo que convierte en un virtual imposible su comunicación velada. Es, diría yo en tren de hacer un aporte a la precisión del concepto, más bien un hecho frío y trágico que una emoción o un estado de ánimo. Estoy hablando de la derrota. La derrota te marca. Es indeleble. La derrota es pasada. Ya ocurrió en toda su dimensión. Se agotó. Se configuró con la muerte de la esperanza, de la expectativa, y no hay disfraz que le quepa. No estás esperando una oportunidad para el amor. No estás buscando el momento adecuado para vengar una afrenta, para plasmar tu odio. No tenés esa adrenalina ante la inminencia de un desafío, de una batalla. No existe el menor atisbo de temor. No hay nada. Ya está. Ya jugaste. Y perdiste. No jodas más. Eso es la derrota.

La mirada de este hombre (al fin y al cabo a ella apuntaba esta breve reflexión) habla de una derrota. Una de las grandes, de las que calaron bien hondo e hicieron metástasis en el espíritu. Acaso tenga algo que ver con esa voluminosa mujer de voz chillona que no ha parado de hablar en todo el almuerzo, acaso con otra cosa. No lo sé, y en este punto del desarrollo ya no es algo que me importe demasiado. Cierro paréntesis.


Tengo que comprar un regalo. Por eso estoy en el centro comercial, no para comer ravioles anhelando hamburguesas o analizar miradas ajenas. Deambulo dubitativo por los pasillos, ingreso en diversos locales sin demasiada convicción y me transporto montado en esas frías escaleras mecánicas que suben por un extremo y bajan por el opuesto para que uno se vea obligado a explorar la gama completa de ofertas en cada planta antes de pasar a la siguiente. Por fin me decido por un libro. Siempre me decido por un libro. A fuer de ser sincero no sé por qué diablos jamás me dirijo a la librería antes de recorrer un sinfín de negocios de ropa entablando diálogos inútiles con aburridas encargadas que a todo me responden con la palabra ‘dale’. En el fondo supongo que cada uno tiene sus propias taras, que al final del día acaban siendo tan ridículas como insuperables.

Tengo que comprar un pantalón. Para mí. En rigor de verdad no tengo que comprar un pantalón. Ni para mí ni para nadie más. Solo se me ocurrió comprar un pantalón, ya que estoy acá, lidiando con taras propias y regalos ajenos.

Ingreso en un gigantesco local de esos que venden ropa para hombres, mujeres, niños, perros y demás criaturas del Señor. Me atiende un muchacho de unos veinticinco años, bastante despierto y extrovertido, con un brazo tatuado hasta la altura de la muñeca. Al principio desconfío de su capacidad y/o voluntad de llevar mi asunto a buen puerto, pero rápidamente se revela solvente y entusiasta, resolviendo mis dudas con celeridad y eficacia. Ahora solo resta probarme el pantalón, aunque estoy del todo seguro de haber hecho, esta vez sí, una excelente elección.

Los probadores se encuentran cruzando una pequeña puerta ubicada en un rincón al fondo del local, fuera de la vista del resto de la gente. Son cinco cubículos muy bien iluminados y espaciosos, cubiertos por sendas cortinas de color bordó. El único que está ocupado es el más alejado de la puerta. Desde el interior emerge con nitidez una voz aguda y penetrante que reconozco de inmediato. Es de la esposa de aquel hombre de mirada derrotada que, dicho sea de paso, se encuentra al otro lado de la cortina con la vista clavada en la profundidad bordó, morrudo y canoso, luciendo una suerte de sobretodo azul que dada su corta estatura le llega muy por debajo de las rodillas. Otra vez cruzamos miradas y entonces confirmo mi primera impresión, aquella que tuve en el patio de comidas. Esos ojos comunican una derrota de enormes proporciones.

El muchacho tatuado, solvente y entusiasta me señala el tercer cubículo:

—Avisame si necesitás algo —me dice mientras levanta algunas perchas que encuentra en el piso.

Me dispongo a ingresar, y sin embargo por alguna razón no muy bien definida en mi mente no lo hago. En cambio me detengo, tal vez en respuesta a la más primaria intuición, tal vez por pura y simple casualidad.

La voz chillona de la mujer lo invade todo. Su omnipresencia lastima los oídos. Agrede en muchos niveles. El pantalón que intenta domesticar no le entra, según su propia declaración gruñida desde lo profundo del cubículo entre esforzados tironeos, insultos y resoplidos. Le pide al hombre que se asome, que emita un veredicto objetivo aunque piadoso. Algo a todas luces imposible.

Entretanto yo imagino su voluminosa humanidad progresando centímetro a centímetro dentro de ese sufrido pedazo de tela, forzando la capitulación de las costuras. Y se me escapa una leve sonrisa que reprimo velozmente para no parecer irrespetuoso. Sin embargo algo anda mal en esta escena. Lo intuyo. Lo sé.

El hombre nos mira. Al muchacho tatuado, solvente y entusiasta y a mí. Es, como hace un rato en el patio de comidas, solo un instante. Luego se vuelve a mirar la cortina y otra vez hacia nosotros. Repite la maniobra en tres o cuatro oportunidades. La horrenda voz de la mujer no cesa, no se apaga. Él parece algo indeciso, aunque al cabo de unos segundos finalmente pasa a la acción.

Con cierta parsimonia desabrocha uno a uno los botones del sobretodo y descubre una esplendorosa escopeta. No soy experto en armas, pero si tuviera que adivinar diría que es una itaca recortada. Un arma de esas que producen daños definitivos e irreparables. Un instrumento apto para acallar cualquier voz.

De pronto ya no nos mira. Solo apunta el caño en dirección a la cortina bordó con los dientes apretados, sin emitir sonido. Minúsculas gotas de sudor aparecen de la nada cubriendo su rostro por completo. Tal vez haya alguna lágrima mezclada, aunque no lo podría asegurar.

Entretanto, el muchacho tatuado y quien les habla optan por una sana actitud de inmovilidad, astutamente reforzada por un cerrado silencio monacal.

—¿Me oís Ricardo? —indaga la mujer, ignorante de la situación que impera en el exterior del cubículo.

No, a juzgar por el semblante que trae yo diría que Ricardo ya oyó suficiente, y asumo que el silencio no sería una mala idea tomando en cuenta el probable desenlace. Esto pienso yo, aunque por supuesto no lo digo. Rara vez comunico mi pensamiento, y mucho menos cuando no tengo del todo claro para dónde va a terminar apuntando la escopeta de turno.

Por fortuna para mí y para mi compañero en este asunto de la inmovilidad y el silencio, el arma en cuestión se endereza hacia la cortina. Resulta obvio a los ojos de cualquiera que su objetivo ha sido elegido con la debida anticipación.

—Creo que voy a reventar como un sapo, Ricardo —sentencia la señora con aires premonitorios.

Aquellos que estamos ubicados en una posición que nos permite apreciar la pintura completa no podemos menos que coincidir con su afirmación. De no mediar un milagro o una acción heroica, eso es exactamente lo que va a ocurrir en pocos segundos. Aunque con dos o tres pinceladas de literalidad, por supuesto.

Ricardo no responde. Sus muelas rechinan mientras se dispone a ejecutar el plan que estuvo imaginando quién sabe hace cuánto tiempo. Alista la escopeta, da un paso al frente y acerca el caño a unos diez centímetros de la cortina. La suerte parece estar echada.

—Su marido se fue, señora —informa de pronto el muchacho tatuado, solvente y entusiasta alzando su brazo dibujado con la palma de la mano extendida frente a los ojos extraviados de Ricardo. Con su cuerpo y sus gestos pide un alto, propone una tregua silenciosa que este acepta más por obra de la sorpresa que del arrepentimiento.

La maniobra es arriesgada pero evita el disparo. Al menos por el momento. Aún con el brazo alzado da un paso en dirección al indeciso homicida. Luego otro, y otro, y otro. No vale la pena, Ricardo, parece decir mientras avanza.

—¿Cómo que se fue? —insiste la mujer desde lo profundo del cubículo.

—Salió a tomar aire —respondo yo con sequedad, consciente de que hay que cerrar la conversación tan pronto como sea posible.

Por fin mi compañero reduce al mínimo la distancia que lo separa de Ricardo, posa su mano sobre el caño de la escopeta y ejerciendo una leve presión logra que la misma apunte hacia el piso. Luego, sin mediar ningún reproche lo abraza, y en esa posición permanecen por varios segundos.

—¿Querés que te traiga otro talle, nena? —pregunta a ciegas mientras separa su pecho del homicida y me señala invitándolo a acercarse a mi posición.

Ninguno de nosotros quebranta ese silencio tácito que acompaña el procedimiento, y así se sostiene el delicado equilibrio que nos mantiene a salvo de la tragedia. Ricardo camina hacia mí y nuestras miradas se encuentran una vez más. Allí está la derrota, cristalina, indeleble, reconocible aun entre varias emociones que también pueden leerse en medio de tanto dramatismo.

Sin un plan preconcebido oculto el arma dentro de su sobretodo y ambos abandonamos primero la zona de los probadores y luego el negocio mismo, dejando al muchacho tatuado, solvente, entusiasta y heroico a solas con la voluminosa mujer que ha nacido por segunda vez sin siquiera percatarse.

—Soy un cobarde —me confiesa Ricardo en la escalera mecánica, negando con la cabeza entre sollozos.

—Todos lo somos a nuestro modo —respondo yo, que sin embargo suelo ser amigo de cobardías más precarias.

—No sé por qué traje la escopeta, y tampoco sé por qué la saqué en el probador —agrega—. Igual si disparaba no hubiera arreglado nada.

Una cosa buena que tiene la derrota es que siempre se deja ver, se deja palpar. Uno sabe que el partido terminó, que perdió y que tomarse a golpes de puño con los jugadores contrarios no va a cambiar el resultado. Lo importante es entender que hay que dar vuelta la página y concentrarse en el próximo rival. Ricardo, asumo, acaba de hacerlo. Con el último suspiro, en la última bola de la noche, pero lo hizo.

La escopeta queda bajo mi custodia, en el baúl de mi auto. Solo entonces lo dejo ir. Acodado en el barandal de la primera planta lo observo abandonar el centro comercial con su derrota a cuestas, aunque por fin asumida. Ya no va a regresar. Ni aquí, ni a su hogar, ni a ningún otro sitio que soliera frecuentar hasta el día de hoy. Y será lo que tenga que ser, en este, su nuevo partido.

Por fin decido regresar al negocio. La voluminosa mujer ha salido y habla con su teléfono móvil a pocos metros de la puerta de entrada. Camina en círculos, taconea y gesticula. Aún se pregunta dónde está Ricardo, pero no creo que sepa que ese interrogante la acompañará por el resto de su vida. Su nueva vida. Esa que acaba de comenzar detrás de la cortina bordó. Su mirada, que se cruza con la mía por un instante, transmite las más variadas emociones. Ira, desconcierto, ansiedad. Y alguna otra que no podría precisar. Sin embargo su derrota es demasiado reciente, ni siquiera ha tomado conciencia. Será el paso del tiempo el encargado de forjar una nueva mirada.

El muchacho tatuado, solvente, entusiasta y heroico me chista desde el interior del negocio. Su pregunta es tan silenciosa como sus métodos. Alzo el pulgar en señal de triunfo y sonrío. Luego sigo mi camino. Lo cierto es que ya no tengo ganas de comprarme ningún pantalón.


Tengan ustedes muy buenas noches.

sábado, 3 de diciembre de 2011

BOLETÍN URGENTE

Síntesis del post: Oprobiosa expulsión.



Resulta que en el día de la fecha, o a lo sumo la semana pasada (no sé, tampoco es que entrara demasiado), he sido removido de Feisbuc. Así, sin más.

Según entiendo mi cuenta fue deshabilitada ‘por infringir nuestra declaración de derechos y responsabilidades’. En otras palabras más crudas aunque no menos reales, por mentiroso descarado. Por usar máscara. Por denunciar un nombre de fantasía. Por promocionar un producto. Una marca (¿?). Por ser un peligro actual o potencial para la seguridad de los usuarios decentes y veraces. Etcétera.

Ahora bien, si deseo recuperar el sitio de privilegio que me fue arrebatado con toda justicia deberé rellenar una solicitud tan extensa y acabada que reduciría al Ministro Amado y a su inseparable secuaz Don Julio De Vido a la condición de aprendices sin esperanza de progreso.

De más está decir que eso echa por tierra cualquier posibilidad de negociación, así que solo me resta agregar (en un tono neutro y sin perder la sonrisa):

Al cabo que ni quería.

A esta altura de mi vida ya he aprendido, fijado y memorizado que lo único por lo que vale la pena mendigar son los favores de índole sexual. Y eso me sale perfecto.


Tengan ustedes muy buenas noches.

miércoles, 26 de octubre de 2011

MI SOCIEDAD SECRETA

Síntesis del post: Mi sociedad secreta. Introducción. Maniobra. Catástrofe. Asado número ciento veinticuatro.

Mi sociedad secreta: Corazón y cogote.





Aquellos insensatos que tienen por costumbre recorrer los pasillos de este humilde espacio virtual desde el año pasado o el anterior están al tanto de que formo parte de una sociedad secreta. Un ente clandestino que surgió con el firme propósito de dar vida a un sueño que me acompañó desde mi más tierna infancia: transformarme en un personaje envuelto por un halo de misterio irresistible para mi círculo de amigos, familiares y conocidos. En síntesis, algo parecido a un caballero templario, un illuminati o un masón.

El proyecto cobró vida gracias a la entusiasta participación de dos individuos que comparten conmigo esa misma voluntad de ocultación, y que conciben a la clandestinidad como un fin en sí mismo, desvinculada por completo de las actividades que pudieran llevarse a cabo a su amparo. El resultado, como podrán ustedes imaginar, ha sido una persona jurídica clandestina carente de objeto. Nos ocultamos, sí, aunque, ya sea por conveniencia, pereza o falta de imaginación, jamás fuimos capaces de establecer el porqué.

Sin embargo, gracias a la férrea disciplina innata en cada uno de sus miembros, la sociedad posee una vida institucional nutrida y saludable. Existe un presidente, un operador y un secretario de actas, aunque el primero solicitó cambiar la denominación de su cargo por otra que lo hiciera sentir un poco más representado. Entonces, decía, tenemos un chamán, un operador y un secretario de actas que se reparten las obligaciones estratégicas, operativas y registrales respectivamente. Y si bien la existencia de la agrupación fue descubierta por la mujer del operador durante la fallida ejecución de la primera maniobra (y ha sido celosamente vigilada desde entonces), la misma pudo subsistir gracias a la constante y metódica incineración de cualquier documentación comprometedora (actas, planos, fotos de modelos ligeras de ropas, etc) al calor de las llamas de —hasta la fecha— ciento veintitrés asados celebrados a ese solo efecto. Todo con el consiguiente aumento en los niveles de colesterol debido a la compartida afición a la molleja de cogote y el chinchulín de cordero.

En fin… a lo nuestro sin más, que hoy es cortito.

Se presenta el operador a altas horas de la noche en el domicilio particular del chamán, donde es ansiosamente aguardado por el mencionado individuo y este secretario de actas munido de su pluma y un papel en blanco en el que procederá a volcar con pelos y señales el resultado de la maniobra encomendada (papel que será debidamente incinerado en el asado número ciento veinticuatro).

¿Cómo dice?

No, de ninguna manera. No puedo. Tome en cuenta el carácter secreto de la encomienda, así como también el del ente plural que la lleva a cabo a través del mandatario. Sería irresponsable de mi parte. Y no se me acerque. Ni un paso más. He sido entrenado a conciencia para ingerir el documento en menos de cinco segundos, y casi sin consecuencias para el aparato digestivo.

Se cuadra el recién llegado, y luego de observar el protocolo de seguridad (verificar que no haya moros en la costa) refiere los hechos en apretada síntesis: ‘Salió como el culo’.

Habría preferido un más decoroso ‘fracasé miserablemente’, pero tampoco soy tan pacato. Comprendo y acepto el lenguaje que suele emplearse en el marco de las derrotas más estrepitosas.

Según se desprende de la declaración del malogrado comando, las instrucciones, los planos y buena parte del material provisto para la ejecución del plan han caído en manos del enemigo (otra vez su mujer) luego de una breve escaramuza, de cuya relación no surge a las claras el papel heroico que se atribuye a sí mismo.

Preguntado por las consecuencias que podría acarrear el hecho para la agrupación en tanto persona jurídica clandestina el individuo menea la cabeza de derecha a izquierda y rompe en un llanto profuso y uniforme.

Y punto final. Aquí llegaría el momento de transcribir el acta (confeccionada según el reglamento vigente) si no fuera tan patente la urgencia de celebrar el asado número ciento veinticuatro.

¿Cómo dice?

Sí, mollejas tengo. Pero de corazón. Mi carnicero no siempre está abierto en situaciones de emergencia. Un poco porque suele dormir a pata suelta a estas horas de la madrugada, y otro poco porque desconoce la existencia de este ente clandestino y misterioso, carente de objeto pero rebosante de problemas que son, en el fondo, los que impiden una penosa desaparición.

Hablemos sin eufemismos, señores. Frente a tamaña catástrofe, poco importa si el asado resulta ser de ternera o de novillo. Si la molleja es de cogote o de corazón. Si el chorizo es puro cerdo o mezcla con rata.

Lo único que importa es un fuego vigoroso. Y partir de ahí vamos viendo.


Tengan ustedes muy buenas noches.


PS: Aquellos que estén interesados —no imagino la razón— pueden leer más sobre esta simpática sociedad con solo pinchar la etiqueta 'Actividades clandestinas'. Aunque vale aclarar que el artículo se basta a sí mismo. Aquí no existe un requerimiento, sino una modesta sugerencia.

martes, 11 de octubre de 2011

UN SEÑOR QUE ESTÁ ENOJADÍSIMO

Síntesis del post: Un señor enojado. Enojadísimo. Un viernes distinto. Una señorita. Un destrato. Un héroe. El Universo y sus mecanismos.

Este buen señor está muy enojado. Enojadísimo. Lo sé porque estrella su puño derecho contra la mesa. Una, dos, tres veces. Y demanda la presencia del gerente, el dueño o cualquier autoridad en condiciones de satisfacer su demanda. Todo ello mientras destrata a una señorita que, por uno de esos extraños firuletes que tiene la vida, me cae muy simpática. Nos cae muy simpática.

¿Cómo dice?

Ah… ¿que no agoté la explicación? Pero qué descuido el mío. Imperdonable.

La escena tiene lugar en un restaurante. Es la una y media de la tarde, y lo que es más importante, es viernes. Y yo los viernes almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.

La señorita en cuestión es la moza que semana tras semana se ocupa de que el firmante al pie de esta página se dé todos los gustos (gastronómicos, claro está) arriba descriptos sin planteos de ninguna índole. Ella no posee la mala costumbre de sugerir —entre líneas— las bondades del reino vegetal en lo que a la alimentación se refiere, ni apunta un índice acusador hacia mi región abdominal en franca expansión, ni me niega segundas vueltas cada vez que entiendo que la situación lo amerita. Comprendo, sí, no soy un necio, que talvez su buena predisposición responda al hecho de que solo debe satisfacer mis gustos gastronómicos, no otros, pero eso de ningún modo es suficiente para evitar que me caiga simpática. Que nos caiga simpática.

Volvamos a lo nuestro entonces, que si no algunos lectores se me dispersan.

Señor Etienne, está buena. Pero ni sueñe que me va a arrancar una descripción cuando ya tengo el foco puesto en el fondo del asunto. Confío en su frondosa imaginación de poeta, no sin antes advertirle que puede que se quede corto.

Tenemos a este señor muy enojado. Enojadísimo. Este señor que estrella su puño derecho contra la mesa, una, dos y tres veces. Y que destrata a esta señorita que nos cae tan simpática.

Según entiendo le han ofrecido, sonrisa de por medio, algo que luego pretenden cobrarle. No sé, un queso, un pan de pizza, unas sardinas condimentadas. Da lo mismo. El caso es que el señor interpreta, con mucho tino, que una cortesía deja de serlo ni bien aparece en escena la exigencia de una contraprestación.

Hasta ahí es todo muy correcto. Lo que me hace ruido es el destrato. Lo que nos hace ruido es el destrato. Innecesario desde todo punto de vista. Resulta bastante claro que es el gerente, el dueño o la autoridad en condiciones de satisfacer la demanda la que sonríe a través de la señorita, que solo aporta a la maniobra unos dientes blanquísimos e inmaculados, unos ojos inquietos y unos… no Señor Etienne, no pienso claudicar. Le dije que no, y es no.

Sí, ya sé. De cualquier modo habría que considerar la posibilidad de una intervención. Sobre todo cuando una pieza clave de la maquinaria se encuentra comprometida.

¿Cómo dice?

No. No me parece. Ya hemos aportado lo nuestro en su debido momento, y ahora fluimos serenamente en un universo compensado. Ya circularon los Sarmientos, fueron y vinieron, así que no creo que la solución pase por ese lado. No pienso cargar a mi cuenta unas sardinas que no consumí. Me inclino más por asumir una actitud contemplativa, aun cuando a primera vista resulte chocante o pueda asimilarse a una pequeña traición. Ya habrá tiempo para el heroísmo si este buen señor decide cruzar la fina línea entre el destrato y el insulto.

Pasan los minutos y el gerente, el dueño o la autoridad en condiciones de satisfacer la demanda no aparecen por ninguna parte. Solo este muchacho de veintitantos años, flaquito y de aspecto abatido. El que está a cargo de la caja. El que le anota la milanesa napolitana a la mesa cuatro, los tallarines con pesto a la dos, el asado con fritas al que viene todos los viernes.

El señor, que está enojadísimo (no sé si les dije) se olvida por un instante de la señorita. La señorita que nos cae tan simpática. Y concentra el destrato sobre nuestro héroe.

Grueso error. Conste que digo esto antes de que los acontecimientos se precipiten. Y de paso tómese nota de que hablé de un héroe apenas habiendo echado un ojo indiscreto a la madera que lo constituye. Y es que ese solo instante me alcanza para comprender que él también está enojado. Enojadísimo.

Predigo una catarata de acidez en tono neutro. Lo intuyo en esa mirada ausente, esos brazos en jarra y esa postura resignada. Y no digo más porque los acontecimientos —en efecto— se precipitan.

‘A ver… pelotudo. Acá el problema son dos sardinas de mierda. Vos no querés pagar por eso. Por dos sardinas de mierda’.

Brillante apertura. Ese pelotudo dicho al pasar, casi susurrado, anula el griterío y allana el camino del alegato que, anticipo, será lapidario.

‘Ganaste. Las sardinas son gratis. Por cuenta de la casa. Por cuenta mía, que no soy la casa, pero voy a barrer el piso cuando vos te vayas. Y lo hago porque es lo justo. La piba no aclaró, y te distrajeron las tetas. A todos nos distraen esas tetas, no te pongas mal. Hacé de cuenta que estás en Mc Donalds. Calidad, servicio y limpieza. El cliente siempre tiene la razón. Aunque lo de la calidad es relativo, le compramos a un boliviano que llega al mercado central arrastrando una carretilla. Y el servicio es engañoso, vos podés dar fe. Y si me acompañás a la cocina charlamos un ratito lo de la limpieza. Pero sí, tenés razón. Toda la razón del mundo. Sin embargo, si pegás un grito más, o golpeás la mesa porque sí, te voy a cagar a trompadas delante de todos los clientes, que si no les gusta lo que ven se pueden ir a almorzar con la madre que los parió. Gratis y con mercadería de primera’.

Y punto final. Asumo que no hace falta que yo lo diga. Individuo que gusta de la agresión hacia los objetos inanimados no se le anima siquiera a un muchacho de veintitantos años, flaco y de aspecto abatido. Puede tomarlo, si lo desea, como uno más de los mecanismos compensatorios del Universo. Todo mientras nuestro héroe regresa a la caja.

‘¿Algo más?’, me pregunta la señorita. Esa señorita que me cae tan simpática. Que nos cae tan simpática.

Sí. Un cafecito chico, si dan.

Pero estoy dispuesto a pagar.

A mí sí que me distraen unos dientes blanquísimos e inmaculados, unos ojos inquietos y un buen par de tetas. Sí Señor Etienne, dije tetas. Pero solo porque antes lo dijo nuestro héroe. La descripción está, aunque no es de mi autoría.

Sin embargo aclaro que a esta altura de la soiree ya no me nublo con tan poca cosa.


Tengan ustedes muy buenas noches.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

EL RÚBEN, SUS AMANTES, EL TESTIGO Y EL GOLEADOR

Síntesis del post: Agresión. El Rúben. Título barrial de peso completo. Testigo imparcial. Inoportuna intervención. Futbolista. Conclusión.



La escena que nos ocupa en el día de la fecha transcurre en la vía pública, a las once y media de la noche y delante de dos testigos que no dan crédito a lo que ven. Uno de esos testigos es, como no podía ser de otra manera, este simpático profesional con una marcada tendencia a poner por escrito un significativo porcentaje de los asuntos que le toca presenciar.

Así las cosas, resta aclarar que en virtud de la naturaleza del hecho, sus múltiples aristas y derivaciones, habría sido una picardía retenerlo en la memoria solo para ser presentado en forma de anécdota verbal en alguna tertulia futura. Un desperdicio imperdonable.

A lo nuestro sin más, que tengo miedo de que el entusiasmo me conduzca a extenderme más de la cuenta en el planteo.

Una mujer de unos cuarenta años, rubia y algo pasada de peso aguarda parada en la esquina a que el semáforo la habilite a cruzar la calle. De pronto otra mujer de similar edad, rubia también y algo –bastante- más pasada de peso que ella se arrima a la carrera y la ataca por la retaguardia de la forma más artera. Primero le aplica un sonoro castañazo en la nuca y luego, antes de que alcance a darse vuelta, le sacude el parietal derecho con un certero revoleo de cartera.

“¡La próxima vez que te le acerques al Rúben te pego cuatro tiros en las piernas!”, ruge la agresora mientras su víctima intenta decodificar el cuadro de situación sin perder la vertical.

Ahora tenemos a las dos involucradas cara a cara. Una bufa como un toro con la banderilla clavada en el cerviguillo, y la otra se apresta a devolver gentilezas. Es claro que aquí no hay inocentes. El motivo del ataque ha sido identificado y aceptado como válido, ya que el brillo en los ojos de la agredida parece gritar a los cuatro vientos que a ella el único que la cachetea es el Rúben.

Escena de pugilato en puerta. En la vida existen asuntos cuya delicadeza demanda que sean dirimidos a golpes. No hay palabra capaz de calmar el hervor del espíritu. ¿Quién es uno para mancillar con una intervención inoportuna e injusta su propia condición de testigo imparcial?

Bueno, sí, me quedé mirando cómo las dos gorditas se daban de patadas en la vía pública. Tampoco es para tanto.

Debe ser –al Rúben me refiero- un hombre de excepción, porque sus dos amantes se pegan, se patean, se arañan y se insultan con un fervor digno de elogio. Si alguien hubiera osado cobrarme una entrada para ver este espectáculo, la habría pagado con gusto.

Y a modo de frutilla para este postre delicioso, sorpresas nos da la vida. La que en un principio revestía el carácter de víctima, a pesar de tener el tonelaje y el factor sorpresa manifiestamente en contra, prevalece ahora a base de echarle huevos al asunto, si se me permite la expresión. Madura amigos, madura el knock out, diría el genial Osvaldo Príncipi. Su rival se tambalea con la respiración entrecortada y arrojando manotazos sin destino preciso a la espera del golpe que defina la contienda.

De pronto interviene un señor y domina, no con poco esfuerzo, a nuestra aspirante al título barrial de los pesos completos. El muy canalla. Todo el mundo sabe que un boxeador parado es un boxeador que quiere seguir boxeando, y que un testigo imparcial es aquel que se abstiene de modificar el estado de cosas durante su desarrollo.

Quebrada la magia decido intervenir haciéndome cargo de la derrotada. El Rúben tendrá que esperar unos días para desatar la lujuria, o bien desquitarse con nuestra campeona, que bien se lo ha ganado en el cuadrilátero.

Reconozco al hombre. Es un ex futbolista que jugó en varios clubes nacionales allá por la década del ochenta. Hizo varios goles. Erró un penal en una semifinal de copa. No mucho más. Nuestra acción conjunta restablece la paz en cuestión de minutos, y las mujeres parten en direcciones opuestas profiriendo amenazas no muy atendibles.

El delantero me pregunta por qué peleaban.

“Por la posesión del Rúben”, respondo yo mientras decido si insultarlo o pedirle un autógrafo.

Finalmente lo dejo ir sin hacer lo uno ni lo otro. Su firma no vale gran cosa, y ya lo han insultado demasiado a lo largo de su vida.

Además el precio de la entrada me ha sido devuelto con creces. Boxeo, fútbol y un artículo gratis. Sería imprudente de mi parte pedir algo más.



Tengan ustedes muy buenas noches.

viernes, 5 de febrero de 2010

DEL HEROISMO Y SUS DOLOROSAS DERIVACIONES

Síntesis del post: Acción heroica. Dolor físico. Dolor espiritual. Inicio de temporada.



Cuestión previa: Esta es la historia de una acción heroica, no del héroe anónimo que la protagonizó. Y entonces me permito el lujo de relatar en primera persona solo para darme aires de gran caballero.
De este modo ponemos fin al receso que se ha extendido desde fines del año pasado, y anunciamos el comienzo (será el día martes, como es costumbre) de la temporada 2010 de este humilde espacio.


Estaba tan indefensa que me dio un poco de pena. Cercada en un rincón del bar por ese gigante enardecido por el alcohol, y abandonada cobardemente por sus amigas. El panorama no tenía buen color para ella, y mucho menos para mí.

Un impulso solidario me condujo al centro de escena, aunque lo hice maldiciendo mi sentido de la oportunidad. Sin mirar al grandote para no darle entrada en la conversación, le pregunté a ella si existía algún problema. La fortuna quiso que dijera que sí, pero que podía arreglar las cosas ella sola, razonando. Retrocedí cuatro o cinco pasos, desentendiéndome de la pelea, pero sin regresar a mi ubicación original. Él pareció molestarse un poco, pero solo habló con la mirada, y entonces mi breve intervención sirvió para calmar los ánimos de la discusión por un rato.

Daba cuenta yo de mi tercera jarra de cerveza cuando de nuevo comenzaron los forcejeos y los insultos, esta vez mucho más intensos que antes. Me acerqué y me interpuse entre los dos, ya sin preguntar si era o no bienvenido en la fiesta. Ella aprovechó la maniobra para escapar del rincón, y yo quedé colocado en su antigua posición, donde -les confieso- me sentí un tanto claustrofóbico.

El grandote hizo un amago de iniciar la persecución, pero entonces lo pensó mejor y eligió concentrar su atención en el papanatas que acababa de facilitar la huida de su presa. Aunque aún no me había agredido sentí una sofocación en el rostro, y miré alrededor con la esperanza de recoger algún estímulo que me ayudase a superar la repentina atrofia de mi valentía. Pero todos los presentes asumieron una inmovilidad pictórica, y la defendieron con fanatismo frente al talante acusador de mi protegida. Sin embargo, me pareció oír un vago murmullo en el ambiente. Una suerte de rezo colectivo.

Como esta es la historia de una acción heroica, y no del héroe que la llevó a cabo, me voy a limitar a decirles que los siguientes cinco minutos fueron los más largos de mi vida. Cuando el grandote por fin se aburrió de mis alaridos, ninguna de mis piezas anatómicas conservaba su forma original. Me dejé caer al suelo y desde allí asistí a la milagrosa resurrección de las funciones motrices del resto de la gente.

Mientras recibía las primeras curaciones tendido encima de la barra, una voz dulce y agradecida se abrió camino entre los zumbidos de mis oídos.

“No te hubieras molestado”, me dijo con inocencia.

Y eso todavía me duele.


Tengan ustedes un heroico fin de semana.