Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.
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viernes, 6 de septiembre de 2013

COLOQUIO SOBRE LOS FANTASMAS Y ALGO DE TETAS


Síntesis del post: Fantasmas de verdad. Teoría. Gente grisecita. La sombra. Comprobaciones. Vasos agitados. Las tetas. Reflexiones sobre el alma.


Porque según lo que yo pude saber, los fantasmas de verdad no son entes incorpóreos que aparecen y desaparecen en la cocina, el dormitorio o algún pasillo oscuro según su propio capricho, sino que se encuentran al alcance de nuestra percepción en forma permanente. Están por todas partes, pero ocurre que hay que saber mirar. Y eso no es para cualquiera. Primero hay que entender que no existe en ellos la voluntad de comunicar nada, no hay asuntos familiares pendientes o intrincados sueños de venganza. Ni siquiera está la intención pura y simple de asustar al primero que pase delante. La cuestión es muchísimo más compleja, no sé si me explico.

Todo esto lo dice mi amigo con profunda convicción y un aire profesoral bastante reñido con el vaso de whisky que sostiene en su mano derecha. Mientras tanto yo lo escucho, compongo mi célebre rostro de prestar atención y lo refuerzo acariciándome la barbilla como suelen hacer los psiquiatras cuando quieren ocultar su monumental desinterés. Sin embargo debo aclarar que la mía no es una postura falaz, la teoría me resulta atrapante a muchos niveles y me genera un sinfín de interrogantes que pienso plantear ni bien se me permita introducir un bocadillo. Muy cierto es que ello puede deberse al hecho de que yo también sostengo un vaso de whisky en mi mano derecha, pero no me parece justo ni oportuno comenzar con esa clase de acusaciones en esta etapa tan prematura del relato. Seamos indulgentes y veamos hacia dónde nos lleva esta simpática charla, que interrumpir no es de gente educada y para desacreditar siempre sobra el tiempo.

Ahora a lo nuestro sin más, que hoy hemos elegido la modalidad del diálogo y —creo yo— la lectura se hará un poco más amena para todos esos vagos que suelen espiar la extensión del texto antes de abordarlo de mala gana.

— ¿Pero entonces los fantasmas son de carne y hueso, se pueden tocar? —indago apenas se produce el primer silencio.

— No, no —se defiende él—. Los fantasmas sí tienen esa esencia holográfica que se puede apreciar en cualquier película de terror. Lo que pasa es que no andan apareciendo y desapareciendo todo el tiempo.

— ¿Y cómo se los distingue?

— Hay varias maneras, pero lo fundamental es que son como más grisecitos que la gente común.

— Nosotros también somos gente grisecita —replico luego de beber otro sorbo de whisky—. Somos dos ignotos con familias convencionales, trabajos poco estimulantes y problemas triviales tomando unos tragos en un bar de mala muerte.

— Sí, sí, pero yo me refiero al color —corrige—. Tienen un aspecto terroso como el de aquellas botellas —agrega señalando unos licores colocados en hilera sobre una repisa espejada.

— ¿Y además del color, qué?

— Bueno, te puedo decir que por lo general pululan en lugares muy concurridos —dictamina mientras alza su vaso vacío, agitándolo para que la chica que nos atiende haga contacto visual y proceda en consecuencia—, pero la gente no repara en su presencia. Pasan desapercibidos, como un mueble, una mosca o una botella.

— ¿Eso es todo?

— Creo que sí. Ah, no… y además no tienen sombra, lógicamente.


En este punto lo miro con extrañeza. Lo que me desconcierta un poco es el orden que ha elegido en su exposición. Quiero decir, a mí lo de la sombra no me parece un detalle menor, algo para agregar al paso luego de hacer un esfuerzo de memoria. Aspecto terroso tenemos todos, según quién nos mire y cómo lo haga. También pululamos en sitios muy concurridos sin que nadie repare en nuestra presencia. O al menos nadie que nos importe. Pero la sombra es la sombra, viejo. Viene de fábrica. Es presupuesto necesario de la calidad de persona, caramba.

— Por ejemplo, ahora mismo tenemos un fantasma entre los presentes —prosigue misterioso al tiempo que ojea solapadamente los pechos de la señorita que llena los dos vasos—. Con los parámetros que te acabo de dar ya estás en condiciones de adivinar quién es.

— ¿Acá en el bar? —pregunto algo inquieto.

— Sí. Vamos a ver si aprendiste a mirar —desafía con una media sonrisa.

— La chica que nos atiende no es —sentencio como apertura de mi investigación—. Esas tetas no tienen aspecto terroso ni pasan desapercibidas, y además proyectan una buena sombra.

— No, no es —confirma alzando su vaso en una suerte de brindis imaginario—. Las tetas, no esas tetas sino las tetas en general, no tienen aptitud fantasmal.

— ¿Entonces una señorita con buenas tetas no puede morirse y volver como fantasma? —pregunto yo con algo de pena.

— Si son genuinas, no. Pero si tiene prótesis las pueden remover y mandarla de vuelta como una tabla —explica haciendo gala de una sabiduría bastante discutible.


Apuro mi whisky y comienzo un minucioso examen de la concurrencia. Una parejita joven que discute tomada de la mano, una señora con aspecto de estar buscando a su hija rebelde, tres chicas no demasiado agraciadas, un grupo de amigos abordando en la barra a una señorita cuyos atributos carecen de la más absoluta aptitud fantasmal, un calvo que bebe un chupito tras otro. No mucho más. Gente no muy grisecita en el sentido estricto de mi búsqueda.

— No hay caso, no lo veo —confieso desalentado.

— Hay que observar con calma —contesta él mientras reclama otra ronda agitando el vaso.


De pronto reparo en un caballero parado en el extremo más alejado de la barra. Debe tener unos sesenta o sesenta y cinco años. Es un mozo que otea cada rincón del establecimiento aguardando paciente que alguien lo llame a su mesa. Pero algo no encaja en la situación. Es un mozo de restaurante, vestido con un pantalón negro muy gastado y una camisa celeste de mangas cortas. Y tiene una bandeja redonda y plateada aferrada debajo de la axila.

Ahora bien, esto es un bar. Un bar nocturno. Y por lo que he notado en el largo rato que llevo sentado, para atender en este sitio hay que ser mujer, joven, bien bonita y con muy buenas tetas. Cero actitud y aptitud fantasmal.

— El mozo —susurro como queriendo evitar que me escuche.

— Sin duda —asiente él con una satisfacción casi paternal.

— ¿Vos decís que si me paro y me acerco no va a tener sombra? —indago dejando entrever que el de la sombra es el único detalle al que asigno un carácter confirmatorio.

— No tiene —asevera—. Pero si te vas a arrimar que sea sin que lo note.

— ¿Por qué?

— Porque se va a escapar para la cocina y ya no lo vamos a ver más. Y yo quiero estudiarlo un rato.


Comprendo el argumento pero aun así necesito una comprobación, por lo tanto me pongo de pie y me acerco dando algunos rodeos para despistar. Sin embargo cuando estoy todavía a unos cinco o seis metros de distancia se da media vuelta y se escabulle por una puerta que, supongo, conduce a la cocina.

— Te dije que se iba a escapar —me amonesta apenas regreso a mi asiento con el semblante abatido.

— Ya va a salir, vas a ver —me defiendo con la mirada fija en la puerta.

— No. Lo perdimos.

No le presto atención. En cambio reflexiono unos segundos acerca de esa posición de frontera que asume el alma cuando pierde el albergue del cuerpo y no acaba de fundirse en el éter. Ese estado al que asignamos una individualidad y dotamos de un nombre. Un fantasma, decimos con total naturalidad. Y no importa si luego nos enrolamos en la teoría de la aparición o pensamos que está allí todo el tiempo, por fuera de nuestra percepción.

Sin embargo el tema finalmente se agota y la velada se desvía hacia asuntos más mundanos. Las horas transcurren y la noche comienza a esfumarse entre vasos agitados y amenos contrapuntos.

— Me parece que no te creo —confieso en un rapto de sinceridad.

— ¿Qué cosa, Juan?

Mi amigo me dice Juan porque yo, en efecto, me llamo Juan. No sé si lo dije alguna vez.

— Lo del fantasma.

— Ah… eso. Allá vos.


La señorita sin aptitud fantasmal responde una vez más al llamado del vaso. Sirve de muy buen modo, aunque sugiere amablemente un punto final. Una botella y tanto le parece suficiente para una sola noche.

— ¿Te puedo hacer una pregunta? —le dice mi amigo con una mirada desinhibida.

— Por supuesto —concede ella.

— ¿Acá trabaja algún mozo hombre?

— No, somos todas chicas.

En el rostro se le dibuja la satisfacción del triunfo, pero no parece querer regodearse.

— ¿Y las tetas te vinieron de fábrica o las pagaste? —se despacha casi de inmediato.

Ella lo observa mientras enrosca la tapa de la botella. No está ofendida, lo hace sin dejar de sonreír. Sin embargo se percibe que evalúa la estructura de su respuesta.

— Ni lo uno ni lo otro —responde por fin—. Pero la pregunta estuvo de más. Hiciste dos.

Mi amigo sonríe con la vista perdida en el posavasos.

— Es fija que vuelve como una tabla — murmura una vez que ella se retira.

Me lo dice a mí, y sin embargo yo no le presto atención. En cambio reflexiono unos segundos acerca de esa posición de frontera que asumen las tetas cuando no son del todo propias ni del todo ajenas.

— Al fin y al cabo que vuelva como le de la gana. Pero que vuelva —sentencio luego de interminables minutos de meditación.

Y que el fantasma se quede en la cocina. Esto lo agrego ahora, mucho más lúcido y menos propenso a las actitudes y aptitudes fantasmales.


Tengan ustedes muy buenas noches.

miércoles, 22 de mayo de 2013

MI ASESINO SERIAL


Síntesis del post: Una empanada. Norteña. Dilaciones. Un asesino serial. Hábitos y costumbres. Conclusiones.



El hombre come una empanada. Lo digo así, sin prolegómenos, porque hoy no contamos con demasiado tiempo para descripciones. No sé, imaginen que el mediodía nos encuentra en un restaurante céntrico. O en un bar, mejor en un bar. Un bar de esos que tienen una barra repleta de gente taciturna que no puede darse el lujo de comer sentada, que no tiene tiempo que perder. Apremiada por las circunstancias. Igual que nosotros, no sé si lo dije. Justamente por eso es que, a pesar de que cada vez que les pido algo lo hacen mal, o directamente no lo hacen, los puse a imaginar en lugar de pintar la escena a mi propio gusto y placer.

Decía entonces que el hombre come una empanada. Una empanada de carne. Cortada a cuchillo. De esas que chorrean lava con cada mordisco, arrancando algún insulto perdido y obligando a cambiar de inmediato la mano que las sostiene. Debe ser —imagino— una empanada norteña. De Santiago del Estero, de Salta o de alguna de esas nobles provincias que se toman el asunto muy en serio. Casi como un arte.

¿Cómo dice?

No, no creo que sea una empanada sureña. Si bien asumo que en el sur se comen empanadas igual que en el resto del territorio nacional, tengo entendido que el modo de preparación no es algo que haga al orgullo o la autoestima de ninguna de sus provincias. Por otra parte tampoco creo que el tipo de relleno sea el mismo que en el norte.

No sé, qué quiere que le diga, no soy un experto. Pero imagino que debe salir mucho la empanada de cordero. Y más al sur, en la zona de lagos, la de trucha. Y en la parte norte de la isla Grande de Tierra del Fuego, la de Ona.

En fin… en cualquier caso ya lograron desviarme del tema principal de este humilde artículo. Como siempre. Si se hubieran quedado callados por una vez en la vida, en lugar de adentrarnos en este catálogo de comidas típicas que presenta poca o ninguna utilidad, yo podría haber pintado la escena con mucho más detalle. Pero bueno, ya malgastamos el tiempo. Tiempo que en rigor de verdad no tenemos, no sé si lo dije.

Ahora a lo nuestro sin más, que se enfrían las empanadas.

Tenemos a este hombre que come una empanada norteña (no sureña) en la barra de un bar repleto de gente taciturna que no puede darse el lujo de comer sentada. Y eso es todo lo que dijimos hasta ahora, aunque no por culpa mía.

El caso es que algo en el rostro de este hombre nos llama poderosamente la atención, y luego de observarlo durante largos minutos con estudiosa dedicación logramos comprender la esencia misma de nuestro pálpito. Es el rostro de un asesino serial. Mejor dicho, lo que imaginamos sería el rostro de un asesino serial. O lo que yo imagino, porque si bien les pedí específicamente que se dedicaran a esa actividad, lo único que han hecho ustedes hasta el momento es molestar. Por lo tanto a partir de este instante procedo a relatar en primera persona del singular. Es lo que se ganaron.

El de un asesino serial es un rostro afable y sin asperezas. Uno entre miles. Un rostro sin potencia, sencillo y desabrido al primer examen del ojo distraído. Y sin embargo, aun en ese marco, posee una nota de furia. Una furia indefinible que no hace nido en ningún elemento específico, en ninguna de sus facciones. No podemos hablar de unos ojos rabiosos o un semblante intimidatorio. La furia está ahí, aunque es imposible alzar un índice acusador. Su percepción es un salto al vacío, un acto de fe, un desborde intuitivo inconfesable.

Entonces ya tenemos a nuestro asesino serial. Mejor dicho, ya tengo a mi asesino serial. Debo confesar que siempre quise tener uno a mano, pero no con el afán de adentrarme en la turbulencia de su mente, sino para analizarlo en sus hábitos y costumbres más básicos, en su cotidianeidad. Es decir, no deseo conocer cómo elige este hombre a sus víctimas, ni las características físicas que estas deben presentar para transformarse —precisamente— en víctimas. No me interesa saber si mata una vez por semana o tres veces al año, y lo mismo da si lo hace con una itaca recortada, un cuchillo de supervivencia o unas medias can can. El núcleo de mi trabajo de campo del día de la fecha consiste en observar cómo devora una empanada de carne. Norteña, no sureña. Para ser más preciso, cómo se desenvuelve en su vida cotidiana cuando no está pensando en volarle la cabeza de un tiro a un pastor luterano, seccionar con su cuchillo la aorta de un contador retirado o asfixiar a una prostituta con sus medias can can. Y nada más.

Procedo a exponer mis conclusiones aquí y ahora:

No existe ninguna diferencia. Sí, así como lo oye. No existe ninguna diferencia entre el modo en que un asesino serial devora una empanada de carne norteña (no sureña) y el modo en que usted realizaría esa misma actividad. Sus cotidianeidades, al menos en lo referido a la manipulación y posterior ingesta de una empanada norteña (no sureña) poseen un asombroso parecido, lo que equivale a decir que existe una inquietante coincidencia en el modo de satisfacer por lo menos uno de sus instintos más primitivos.

Dicho de otro modo, usted es un individuo potencialmente peligroso. Eso en el mejor de los casos, porque también puede ser que esté leyendo esto con unas medias can can ocultas en el bolsillo interno de su abrigo. Nunca se sabe.

‘Sus conclusiones son puras patrañas’, podrá decir usted, que se ufana de haber estudiado en la universidad los distintos tipos de falacias del argumento.

Sin embargo no obtendrá de mí —al menos por el momento— retractación alguna.

‘Al fin y al cabo usted no hizo más que seleccionar a un pobre diablo cualquiera y transformarlo en un asesino serial basándose en una mera intuición. Y luego utilizó una empanada de carne norteña (no sureña) como vehículo para crear cientos o incluso miles de nuevos asesinos’.

Eso agregará usted frente a mi obstinado silencio.

Permítame una preguntita… ¿usted cree que esto está siendo leído por cientos o miles de personas? Concedo que puedo haberme excedido en el asuntito ese de tildarlo de asesino serial, pero admita que ando bien rumbeado en la búsqueda de algún severo desorden mental.

‘¿Y por casa cómo andamos?’ preguntará usted esgrimiendo una ironía de lo más precaria.

No sé, a mí me gustan las empanadas sureñas.

Y sí, leyó bien, más arriba hice referencia a las empanadas de Ona. Sepa que son tan comestibles como cualquier otro indiecito.


Tengan ustedes muy buenas noches.

lunes, 23 de enero de 2012

SHERLOCK YONI

Síntesis del post: Un inspector. Un fiscal. Un expediente. Un misterio. Un cabo. Un desarrollo. Un informe. Un almuerzo.



‘Buenos días inspector Fonseca, soy el fiscal Guaglianone. El comisario Talamonti me habló muy bien de usted, por lo tanto quiero que estudie este expediente detenidamente y me diga sus conclusiones antes de que termine el día. Es de suma importancia que realicemos algún progreso en el corto plazo, o la prensa nos va a volver locos. Talamonti y yo vamos a salir para llevar adelante un procedimiento, así que calcule que estaremos de vuelta no más allá de las siete de la tarde. Confío en usted.’

El hombre abandona el despacho con la misma decisión que empleó en la irrupción. Se nota que está acostumbrado a dar órdenes sin siquiera plantearse la posibilidad de un cuestionamiento. Se presenta, asigna la tarea, fija el límite horario y se retira sin saludar. Una fórmula que sin duda utilizará a diario y con resultado satisfactorio.

Bien. Yo no soy el inspector Fonseca, y si este fiscal de apellido complicado me hubiera dado la oportunidad de abrir la boca aunque más no fuera para saludar, seguramente habría aclarado la confusión con celeridad y eficacia. Pero no, en lugar de ello decidió asumir que mi presencia en el despacho era un elemento idóneo para acreditar identidad. En fin… así son los fiscales argentinos, y en consecuencia, así funciona la justicia.

De pronto el cabo Benavídez asoma la cabeza por detrás de la puerta: ‘Señor Bigud, acaba de llamar el inspector Fonseca. Se va a demorar un rato más. Dijo que lo espere si quiere, o si no podrían almorzar cualquier otro día, preferentemente el viernes.’

Prefiero esperar el tiempo que sea necesario, y así se lo hago saber con una mueca que traduce algo de contrariedad y una nota de resignación. Tengo un asunto que tratar con el inspector. Un asunto privado que no viene al caso detallar en el marco de este artículo. Además, no sé si lo dije alguna vez, los viernes me gusta almorzar solo, y soy bastante amigo de las convenciones, las fórmulas y las tradiciones.

Ahora a lo nuestro sin más, que tenemos un misterio que resolver y yo vine con la pipa preparada.

Antes que nada deseo dejar algo bien aclarado: Cuando alguien me asigna una tarea yo me comprometo y la cumplo. El hecho de no ser la persona que se buscaba o la ausencia de formación profesional para la empresa específica son, la mayoría de las veces, obstáculos más que salvables.

Ahora sí. Tenemos una reunión familiar. Una simpática viuda cena en su casa con sus tres hijos (dos varones y una mujer), las parejas de estos y una decena de nietos que no superan los diez años de edad. El evento se desarrolla con absoluta normalidad, y alrededor de las doce de la noche los invitados se retiran, dejando a la dueña de casa sola con sus recuerdos. A la mañana siguiente la señora aparece muerta. Entre las dos y las tres y media de la mañana alguien la asesinó golpeándola con uno de los palos de golf que pertenecieron a su difunto marido. No hubo robo de dinero u otros objetos de valor.

Todos los participantes de la última cena se encuentran en la mira de la justicia. Según las averiguaciones realizadas por la fiscalía del Dr. Guaglianone, el autor material es alguien de su círculo íntimo. Existe un jugoso seguro de vida que bien puede haber sido el móvil para cometer semejante atrocidad, y al no haber existido robo las demás líneas de investigación perdieron fuerza.

El caso se presenta difícil, sobre todo cuando al terminar la segunda lectura exhaustiva compruebo que no hay un mayordomo que pueda cargar con las culpas. Es bien conocida por todos la férrea vocación delictual que comparten todos los mayordomos, tanto como su monumental ineficacia a la hora de borrar las pistas y evitar ser descubiertos.

Respiro profundo, cierro los ojos y me pregunto a mí mismo por dónde comenzaría a desentrañar este misterio el inspector Fonseca.

No tengo la más pálida idea. Apenas conozco al inspector Fonseca. Lo he visto dos o tres veces en mi vida, y hasta que el fiscal del apellido raro soltó ese elogio a su capacidad detectivesca no me había parecido ninguna lumbrera. Más bien todo lo contrario.

El cabo Benavídez vuelve a asomar la cabeza: ‘Señor Bigud, el inspector Fonseca sigue demorado. ¿Quiere un café?’

Quiero que me dejen trabajar en paz. Nada más. Esto lo pienso pero no lo digo. Mi trabajo aquí es, por decirlo de alguna forma, de incógnito.

‘Dígame una cosa cabo, ¿si tuviera que matar a su madre, lo haría con un palo de golf?’ pregunto mientras aspiro una profunda bocanada del humo de mi pipa.

El cabo Benavídez se indigna, inicia una encendida defensa de sus valores morales y aclara que jamás mataría a su madre. Ni a la madre de nadie. Sin embargo confiesa que de verse forzado a hacerlo, un palo de golf no sería su primera opción. ‘Seguramente la ahogaría en la bañadera’, dice. Y se sonríe con los ojos perdidos en la ventana que está a mi espalda.

De inmediato descarto a los hijos. Para los varones me baso en la inquietante confesión del cabo. Ningún hijo que se precie mataría a su madre con un palo de golf. A lo sumo — siempre tomando como norte sus dichos— la ahogaría en la bañadera. Sin duda una muerte mucho más piadosa, más acorde con los parámetros del amor filial. En cuanto a la hija mujer, creo que esa propia condición elimina cualquier sospecha. Las mujeres matan apelando a tácticas más sutiles, y solo emplean la violencia cuando es estrictamente necesario. Entonces comprendo que no puedo tacharla de la lista sin hacer lo propio con las nueras. El hecho de que las fotos que constan en el expediente insinúen que ambas poseen suficiente masa corporal como para convertirse en figuras estelares del equipo argentino de lucha grecorromana no alcanza para voltear la teoría. La sutilidad del género a la hora de matar no admite excepciones. Una cosa es que una mujer tenga argumentos físicos para moler a palos a su esposo, su suegra y dos o tres primos que intenten detenerla, y otra bien distinta es que su propia psicología no acabe inclinándola hacia el cianuro.

Muy pronto el desarrollo de este razonamiento me deja con un único sospechoso: El yerno.

El cabo Benavídez irrumpe en mi despacho. Sí, mi despacho, trate de guardar su afición a señalar detalles estúpidos para la última etapa de nuestra investigación.

‘Su café, señor Bigud.’

‘Dígame una cosa cabo, ¿si la muerte de su suegra pudiera convertirlo en un millonario, usted la mataría? Y en caso afirmativo, ¿lo haría con un palo de golf?’

El cabo Benavídez no dice nada. Solo se sonríe con los ojos perdidos en la ventana que está a mi espalda. Luego suelta tres o cuatro carcajadas, aprieta los puños, se muerde los labios y respira por la nariz haciendo un ruidito como de toro embravecido. Todo aún con los ojos perdidos en la ventana que está a mi espalda. Y así permanece por algunos segundos.

‘Ahí tenés, hija de puta’ murmura por fin, entre dientes. Luego vuelve en sí y se retira sin servir el café que me trajo.

Desde mi punto de vista el caso está cerrado. Enciendo la máquina y comienzo a escribir lo que será mi informe. Resulta obvio a los ojos de cualquiera que aquella noche, al llegar a su hogar, el yerno de la víctima esperó a que su esposa y sus hijos se durmieran (quizás deslizó algún somnífero en las bebidas para asegurarse de que no se despertaran en su ausencia) y luego regresó a la casa de la víctima para perpetrar el homicidio. Seguro de su plan, probablemente utilizó su propio auto, que debió ser registrado por las cámaras de seguridad de alguno de los edificios de la cuadra.

Relleno el informe con una mezcla de pruebas, indicios y presunciones, y me dispongo a imprimirlo. Estoy conforme con mi trabajo, seguro de mis conclusiones. Tan seguro como cuando ingreso a un despacho y concluyo que la persona que hallo dentro es su titular.

De pronto irrumpe de nuevo el cabo Benavídez: ‘Si no le dejo su café va a ser difícil que se lo tome’ explica en tono jocoso.

‘Elemental, Benavídez’ respondo con aire solemne. ‘Es evidente que el inspector Fonseca ya no va a venir, así que voy a retirarme.’

Mi improvisado Watson se despide de mí con una leve reverencia y un apretón de manos. Al pasar por la puerta del despacho del comisario Talamonti deslizo el informe sobre su escritorio. Será difícil para el fiscal del apellido raro negar que se han producido significativos avances en la investigación.

‘Anciana asesinada con palo de golf. Yerno único detenido.’

Eso dice el titular del periódico que ojeo mientras aguardo al inspector Fonseca en el restaurante convenido, donde él es cliente viejo. El noticiero que puede verse en el aparato de televisión empotrado en la pared también aborda la noticia. Un exultante fiscal Guaglianone se atribuye los méritos de la captura frente a la prensa, y el inspector Fonseca asiente solícito ante cada una de sus afirmaciones.

‘Si está esperando al inspector, me parece que no va a venir’ me informa el mozo alzando las cejas hacia la imagen.

‘Elemental caballero’ respondo yo, otra vez con aire solemne, al tiempo que le pido medio de vino de la casa, un sifón pequeño y un poco de hielo. De cualquier modo, no sé si alguna vez dije esto, los viernes me gusta almorzar solo, y soy bastante amigo de las convenciones, las fórmulas y las tradiciones.


Tengan ustedes muy buenas noches.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

ME DIJO QUE SOLO ESTABA GORDA

Síntesis del post: Sospecha. Pequeña licencia.



Como soy un hombre sagaz, he comenzado a sospechar del relato. Pienso investigar hasta dar con la verdad.

Nos leemos en unos días. O no. No sé. Conmigo mucho no cuenten.


Tengan ustedes muy buenas noches.

sábado, 21 de mayo de 2011

AHORA SÍ NOS TOCÓ EL OCHO

Síntesis del post: Grupo religioso. Pronóstico. Genuina admiración. Vaticinio propio.





Resulta que en Estados Unidos hay un grupo de tipos, muy religiosos ellos, que ha arrojado sobre la mesa un escalofriante pronóstico. Si quiere yo se lo cuento, pero usted debe prometer que logrará mantener la calma, o al menos hará gala de una elegante continencia para no desmadrar al resto del rebaño.

¿Lo promete?

Bueno, está bien; si así no lo hiciere caerá sobre usted el rayo justiciero.

Según la información que manejo, estos muchachos proclaman a viva voz que hoy, sábado veintiuno de mayo de dos mil once, será el fin del mundo. O mejor dicho, el principio del fin del mundo.

Sí, ya sé, es horrible. Yo también estoy consternado, pero antes de comenzar a agarrarnos de las mechas o salir a cometer atrocidades en la vía pública, permítame pronunciar unas humildes palabras que si bien no cambiarán ese destino de tragedia que nos aguarda a la vuelta de la esquina, al menos servirán para moderarnos hasta que, efectivamente, ocurra algo que justifique esas conductas.

A lo nuestro sin más, que en vista de las circunstancias el tiempo es un bien escaso.

Lo único que deseo confesar es mi más profunda y genuina admiración hacia estos simpáticos religiosos. No descarto la posibilidad de que al final de la jornada acaben pasando por locos, claro está, pero reconozco que hay que tener lo necesario y en su sitio para arriesgar el prestigio y la credibilidad a favor de un hecho futuro, incierto y de una magnitud ajena a todos los parámetros conocidos.

Vea mi amigo… estos muchachos no han dicho que hoy va a estar nublado en Londres, que va a haber violencia en Medio Oriente o que el mar va a estar picado en Mar del Plata. No. Hablan del principio del fin. Ni más ni menos.

Póngase por un minuto en el lugar de ellos. Si usted abre el juego diciendo que hoy es el principio del fin del mundo, entonces tiene que ocurrir algo que avale su teoría con un mínimo de contundencia. Qué se yo… un terremoto que borre del mapa alguna ciudad europea, un tsunami con decenas de miles de muertos, que la luna explote en pedazos muy chiquititos o que la tierra deje de rotar sobre sí misma. En síntesis, un acontecimiento de una potencia probatoria incontestable. Entienda que después no me puede salir con que la caída de una avioneta en Tel Aviv con dos muertos y un herido grave es un indicio suficiente, porque nadie lo va a tomar en serio. Podrá ser el fin del mundo para dos personas, y el principio del fin para una tercera, pero va a chocar con alguna que otra dificultad cuando intente convencer a los seis mil millones restantes. No va. No le busque el pelo al huevo.

¿Entiende mi punto?

¿Cómo sigue esa gente a partir de las cero horas del día domingo?

Es cierto, le concedo eso. Vivimos en un mundo impredecible y violento, y siempre podrá pasar flotando alguna tragedia a la cual aferrarse. Pero aquí estamos hablando de un tamaño colosal. Tiene que ser algo que le arranque a usted frases tales como ‘ahora sí nos tocó el ocho’, ‘tuve sexo salvaje con mi tortuga’ o ‘me parece que se nos vino la noche’. Dicho sea de paso, esto último adquiriría ribetes muy literales si la tierra dejara de rotar sobre sí misma y usted quedara del lado que apuntara hacia los planetas exteriores.

Pero no nos desviemos (ya suficiente tenemos con lo de su tortuguita). Lo que yo deseo establecer es que las posibilidades de éxito de estos religiosos son como mínimo vagas. No son chantas, son fanáticos. Un chanta se refugiaría en una ambigüedad inatacable, y ellos no lo hicieron. De hecho, en este preciso instante se encuentran reunidos en alguna ciudad norteamericana, acampando frente a las cámaras de uno o dos canales sensacionalistas al estilo Crónica, a la espera de que sea usted y no ellos el que quede apuntando hacia los planetas exteriores.

En fin… era eso nomás. Quería dejar asentado (por lo que putas pudiera) que respeto mucho ese orgulloso transitar entre el fanatismo y la estupidez. Si es que el fanatismo y la estupidez fueran cosas distintas.

Solo me resta regar el paño con mis propios pronósticos para que, juntos, comparemos los resultados el día lunes, si el Cosmos tuviera la deferencia de otorgarnos esa posibilidad.


Aquí van:

Este sábado voy a almorzar milanesas con papas fritas y huevos fritos en casa de mi madre, porque los sábados yo almuerzo milanesas con papas fritas y huevos fritos en casa de mi madre. En compañía de mis hermanos. Y me tomo un vinito grande sin soda y sin hielo. Y postre. Y café, si dan.



Tengan ustedes un descocado fin de semana.

lunes, 28 de marzo de 2011

EL UNIVERSO CIRCUNDANTE

Síntesis del post: Comprensión. Objeto de la comprensión. Razonamiento conjunto. El universo circundante. Procedimiento.


Según la pequeña Yoni, no entiendo nada. Según mi señora madre, entiendo pero me hago el zorro. Según la señora Bigud, entiendo, sí, pero deformo las cosas de acuerdo a mi conveniencia.

Presento en esta ocasión, como habrán ustedes podido observar, tres visiones diferentes. Tres visiones de tres generaciones. Tres visiones de tres mujeres emparentadas conmigo por sangre, por ley o por elección. Tres visiones tres. En cualquier caso el asunto parece hallar un centro en la comprensión de los hechos, a todas luces evidentes. Una compresión que yo ignoro, oculto o manipulo en orden a la obtención de un beneficio que, hábilmente, sustraigo de la vista del enemigo.

Ahora bien, ¿qué es lo que debo comprender? No lo sabemos. No tenemos la más pálida idea. Ni siquiera podemos echar mano a esa infaltable ‘punta del ovillo’ que suele hacer las delicias de los más famosos detectives de ficción. De hecho el ovillo es, en este caso, una figura caótica e indescifrable, sin puntas, vértices ni aristas. Y por lo tanto el asunto se torna difuso, apareciendo de inmediato esa injusta presunción de mala voluntad ante el evidente contraste entre la expectativa y la acción.

Resulta obvio a los ojos de cualquiera que para que haya comprensión debe existir, como mínimo, un objeto comprendido. Un hecho de la naturaleza, un acto o un estado de cosas. En síntesis, algo sobre lo cual ejercer la acción de comprender. Por lo tanto será cuestión de redoblar el esfuerzo para dar una respuesta más o menos lógica al problema que nos ocupa.

‘¿Y entonces?’, preguntará usted, que en este preciso instante debe responderle a su mujer si estaban ricas las milanesas de soja con puré de calabaza.

'Entonces tómese un minuto’, responderé yo. Aquí estamos en pleno desarrollo de un argumento, y todo el mundo sabe que no se pueden apurar los mecanismos del pensamiento sin deformar en forma irremediable la conclusión.

Tratemos de razonar.

Sí, ya sé. No se me asuste. Le veo la carita de pánico y deduzco que caerá sobre mis hombros la responsabilidad de arrojar a la mesa una primera idea.

Decía entonces, tratemos de razonar. Al no poder brindar una respuesta convencional a la pregunta acerca de la materia sobre la cual debemos comprender, será menester recurrir al ingenio y la improvisación.

¡Saque esa cara de pánico de una vez, caramba! Ya le dije que seré yo el que aporte el ingenio y la improvisación. Usted solo debe guardar silencio y escuchar.

Como no surge a las claras un hecho de la naturaleza, un acto o un estado de cosas, se me ocurre que estamos frente a un modo de interpretar el universo circundante. Eso es lo que debemos comprender: Un modo de interpretar el universo circundante. Un modo paranoico, prejuicioso y parcial de interpretar el universo circundante.

Ahora permanezca sentado y trate de mantener la calma. Le tengo una mala noticia: Ese universo circundante tiene nombre y apellido. Ese objeto de interpretación, por cierto bastante detallada y exigente, no es ni más ni menos que usted. Y por lo tanto su obligación pasa por comprender esa interpretación sobre su persona y proceder en consecuencia, evitando (en lo posible) que acaben apuntándolo uno o varios índices acusadores.

¿Cómo dice?

No, no se puede rechazar la condición de universo circundante sin dejar de ser un ente –precisamente- circundante. Tiene que lidiar con eso o cambiar de galaxia.

¿Qué?

No, mire, hasta acá llega lo mío. No puedo recomendarle un procedimiento cien por cien efectivo. Cada universo circundante es único e irrepetible, y tiene sus propios problemas. En todo caso le sugiero manejarse como se indica en la página uno del manual: Monosílabo. Y no agregue nada a menos de que sea absolutamente imprescindible.

No, por favor, faltaba más. De nada. Ahora vaya, lo llama su mujer. Elógiele esas milanesas de soja.


¿Qué pasó?

¡¿QUÉ LE DIJO?!

¡¿POCA SAL?!

Usted es un universo circundante de lo más inútil. Bien merecida tiene la interpretación que le tocó.


Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: Estoy sin internessss en casa. Supongo que esta noche recuperaré la conexión, y Dios mediante podré comenzar a visitar y responder. Hasta entonces, muchas gracias por la paciencia.

jueves, 2 de diciembre de 2010

TODOS VAMOS A MORIR

Síntesis del post: Hallazgo de la NASA. Anuncio inminente. Mis informantes. Bacteria californiana. Sugerencia final.

En el día de hoy llego a ustedes con un anuncio bastante preocupante. Sin embargo no es mi intención alarmar a la concurrencia (admito que el título del artículo puede ser algo tremendista), así que por favor permanezcan en sus asientos y no empiecen a tirarse de las mechas, que con eso no ganamos nada.

Según me cuentan mis informantes, porque –sepaló señora- yo tengo excelentes informantes, a las cuatro de la tarde (hora local) la NASA presentará un nuevo hallazgo sobre vida extraterrestre.

Por favor señores, permanezcan en sus asientos.

A pesar del hermetismo de la agencia espacial en torno a este delicadísimo asunto, yo pude acceder a una serie de datos concretos que, espero, cumplirán la noble función de arrimar algo de tranquilidad en este día aciago.

¡Que permanezcan en sus asientos caramba!

Parece que el mencionado hallazgo no se refiere a ninguna criatura tipo Alien, Depredador o Ricardo Fort, por lo tanto no haría falta, en principio, entrar en pánico o recurrir a un Arnold Chuaresnaider o un Jorge Rial para destruirla. Hablamos más bien de una bacteria. Y no una bacteria marciana, venusina o lunar, sino una bacteria oriunda de un lago californiano.


Sí, escuchó bien. Una triste, patética y vulgar bacteria terrestre. Tan terrestre como usted y yo, aunque un poco más californiana.

¿Vio que no era para tanto?

Ahora usted se estará preguntando, le veo la carita de zonzo que pone, qué tendrá que ver este anuncio con la vida fuera de los límites de este cascote que nos toca habitar.

Bueno, no le voy a mentir. Yo también me lo pregunto, aunque puedo aportar algunas precisiones. Tengo excelentes informantes, no sé si le dije.

Resulta que este gracioso organismo recientemente descubierto es capaz de sobrevivir en arsénico, y hasta hoy se pensaba que ese elemento era demasiado tóxico para permitir la proliferación de cualquier criatura, incluido Ricardo Fort. Por lo tanto se ha llegado a la conclusión de que podría existir vida en otros planetas que no posean fósforo en la atmósfera.

Sí, el fósforo es, o era, importantísimo en esta historia.

No, no sé por qué es o era importantísimo. Yo soy abogado, no astrónomo o químico.

Ahora bien, conociendo a estos muchachos de la NASA supongo que el asunto no se agotará en una mera especulación sobre las aptitudes de supervivencia de esta bacteria californiana. Infiero, imagino, entiendo que ya existirán planes para enviarla al planeta XR3201 B44, cuya atmósfera estará saturada con los gases más tóxicos, para ver si sobrevive, prospera o asesina a los organismos autóctonos.

¿Cómo dice?

Bueno, no sé, supongo que podríamos enviarlo también a él, sí. Pero no debemos descartar la posibilidad de que regrese. Y encima más pedante y más millonario.

En fin… la mala noticia es que mis informantes, excelentes por cierto, podrían estar equivocados. Hay que atender esa posibilidad humildemente, ya que la soberbia no es la mejor de las consejeras.

Es necesario admitir que esta tarde podríamos encontrarnos de cara al anuncio de una inminente invasión, o una guerra intergaláctica comandada por el presidente iraní. Nunca se sabe. En épocas pasadas se han enviado al espacio cohetes con plantas de lechuga mantecosa y colonias de hormigas tan terrestres como esta simpática bacteria (aunque menos californianas), las cuales sobrevivieron sin problemas a la gravedad cero regresando sanas y salvas, y no por eso se las catalogó como extraterrestres o se llamó a una conferencia de prensa para anunciar la buena nueva.

Qué sé yo… el tema es sospechoso.

Les sugiero que tomen algunas precauciones por si la cosa se desmadra y sobreviene La Pocalipsis. No creo que ocurra, pero es solo mi opinión.


Por mi parte ya adelanté para hoy el almuerzo solitario de los viernes, compré un cuarto kilo de helado de banana, un Yoni Uoquer negro y un habano carísimo. Todo ello sin perjuicio de los planes que tengo en mente para la Señora Bigud, que probablemente provocarán que me extienda un poco más allá de las cuatro de la tarde, instante crítico en que el mundo tal y como lo conocemos será anoticiado de su irremediable final.

Es todo por ahora.

Por favor señores, permanezcan en sus…

Bueno, vayan. Total en tres horas y monedas muy lejos no van a llegar.


La Pocalipsis existe.

Tengan ustedes muy buenas noches.

lunes, 13 de septiembre de 2010

EL PLANETA DE LOS SIMIOS

Síntesis del post: Experimento. Científicos locos. Grandes palizas. Viajecitos frecuentes. Hallazgo. Asociación de ideas. Reflexión.



Tenemos este experimento. Un experimento del que, sin duda, varios de ustedes habrán oído hablar en alguna oportunidad, pero que yo no puedo dejar de relatar sucintamente en orden a dotar de sentido al presente artículo.

Resulta que un grupo de científicos locos encerraron a quince monos en una jaula. Luego, en el centro de dicha jaula colocaron una escalera, y sobre ella una banana.

El caso es que cuando un mono subía la escalera con la peregrina idea de hacerse con la banana, el resto de sus compañeros recibía una tremenda descarga eléctrica. Como resultado de ello, al cabo de un tiempo, si a alguno se le daba por encarar hacia la escalera, los otros le propinaban una paliza de esas que delimitan eras.

La consecuencia lógica del asunto fue que, pasado algún tiempo más, a ningún mono se le ocurría siquiera acercarse al centro de la jaula, y fue entonces cuando este inquieto grupo de científicos decidió reemplazar a uno de los animales por otro nuevo.

Supongo que el instinto de los amables lectores me eximirá de relatar cuál fue la primera idea que atravesó la cabeza del recién llegado, y cuál fue la reacción que obtuvo de sus compañeros.

Sí, lo molieron a palos.

Más tarde los científicos reemplazaron a otro individuo, sufriendo el novato el mismo triste destino que el anterior, y así continuó el asunto hasta que el último de los quince integrantes originales también fue reemplazado.

Bien. La cosa es que los monos que quedaron en la jaula continuaron ajusticiando a todo aquel que pretendía alcanzar el premio ubicado al tope de la escalera, pero sin tener la más pálida idea de la razón. Ninguno de ellos había recibido jamás una descarga eléctrica.

Según entiendo, este original experimento sirve como prueba a un sinfín de teorías relacionadas con la estupidez, el comportamiento de imitación, la costumbre y la tradición. Pero lo que en realidad nos importa a nosotros es que sirve de base a este humilde artículo. Y nada más.

A lo nuestro entonces, no sin antes aclarar que será de ustedes la tarea de asociar ideas. Yo ya hice mi trabajo, y estoy más que conforme con él.

Resulta que de vez en cuando, pongamos por caso una vez por mes, me pego un viajecito. No, no esa clase de viajecito. No sea malpensado. Lo que yo hago es agarrar mis petates y lanzarme al ciberespacio bloggeril sin rumbo fijo. Me alejo del vecindario que suelo frecuentar y exploro galaxias que desconozco por completo. Al cabo de un rato ya me son ajenos los blogs, los autores y los comentaristas, y yo les soy ajeno a ellos, puesto que la principal característica del recorrido suele ser la asepsia. Es decir que no existe interacción alguna, solo pura observación de mi parte.

“¿Y qué tiene que ver esto con el asunto de los monitos electrificados?”, preguntará usted agotado de tanto prólogo y tan poca novela.

No lo sé. Le acabo de explicar que la asociación libre de ideas correrá por su cuenta, así que ahora no empiece a cuestionar mis métodos.

Lo que sí puedo contarle es que en mi último viaje me topé, por casualidad, como quien no quiere la cosa (y es que de veras no quería la cosa), con un blog en el que el autor, sus seguidores, los comentaristas frecuentes, los visitantes ocasionales y los anónimos se sacaban los ojos por adueñarse de los comentarios catorce y dieciocho. Y cuando alguno lo lograba, colocaba el número con puntos suspensivos. Incluso he llegado a ver más de un pedido de disculpas.

Lo curioso es que por más que revolví en las profundidades del archivo en busca de uno o más nexos con mi persona, no los encontré. Ninguno de ellos tiene la más remota sospecha de mi existencia, y mucho menos de este costado esotérico que tanta atención me demanda, y tantos insultos me ha hecho ganar.

No sé. Me pareció interesante.

Es todo.

“Oiga… ¿Me está comparando con un mono de laboratorio?”, preguntará usted, que no gusta de que se le escapen mientras asocia ideas.

No por favor. No me malinterprete.

¿Usted cree que me voy a colocar en el papel del científico?

Entonces no me conoce.

De ninguna manera. El primer mono soy yo. Soy el primate que escapa con un motivo válido. Y usted conoce ese motivo. Me conoce a mí.

En cambio esta gente no pelea por escapar del trece, sino por adueñarse del catorce. Lo que la mueve no es la superstición. Es el afán de poseer. De tener lo que otros también desean por el simple hecho de llegar primero. Y para ello recurre a una sencilla formulita cuyo rigor respeta a rajatablas, aun desconociendo por completo el origen.

Creo que las diferencias son elocuentes.

¿Ahora me entendió?

Buen chico…

¿Quiere una banana?



Tengan ustedes muy buenas noches.

lunes, 12 de abril de 2010

BOOK ME

Síntesis del post: Tecnología. Incapacidad manifiesta. Dominio. Arenga.

No es un secreto –porque lo he declarado más de una vez en este espacio- que formo parte de ese selecto grupo que pierde terreno frente a la tecnología con una frecuencia diaria. Los avances que se producen en ese campo me empujan sin remedio hacia una nueva forma de analfabetismo, tanto o más peligrosa que la clásica incapacidad de leer y escribir.

Si bien el tema no me obsesiona, debo admitir que ocupa un sitio más o menos importante en mi cerebro de troglodita, y eso me impulsa a luchar encarnizadamente contra un destino que a priori parece sellado. A veces obtengo pequeñas victorias. A veces sufro derrotas catastróficas. Pero siempre regreso al centro del cuadrilátero, porque como dice un sabio amigo mío, un boxeador parado es un boxeador que quiere seguir boxeando.

El motivo de esta pequeña introducción no es otro que el de anunciar al mundo que he logrado dominar el último avance de la tecnología. Yo solito. Sin ayuda de nadie. Deseo llevar un mensaje de esperanza a los miles de cavernícolas que, como yo, forman parte de un mundo que tiene un pronto destino de museo.

Estimados compañeros de caverna, anímense. Si yo pude, ustedes también pueden.





Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 17 de noviembre de 2009

EL ARTÍCULO DEL TERROR

Síntesis del post: Miedo en la Plaza Flores. El ingenio periodístico. Tertulias vecinales. Bautismos. Sugerencias.

La escena elegida para ilustrar el artículo de hoy ocurre en una plaza del barrio de Flores. Concretamente, en la Plaza Flores. Ustedes me dirán que los encargados de nombrar los distintos lugares públicos de esta bendita ciudad no se han exprimido demasiado las neuronas a la hora de bautizar al mencionado espacio verde, y esta vez yo, en vez de aprovechar la oportunidad para endilgarles el mote de “contreras”, confesaré que el nudo del asunto se encuentra estrechamente relacionado con la inagotable imaginación que demuestran algunos exponentes para vender sus teorías frente a la opinión pública.

Bien por ustedes. Descubrieron la línea argumental del artículo, y me han dejado solo con la responsabilidad de presentarlo sin mi acostumbrado abanico de dilaciones.

Tenemos un periodista. Un notero, se denomina en lenguaje coloquial. Está parado en la Plaza Flores, y su tarea consiste en producir una demostración fehaciente de que esta plaza es un sitio altamente peligroso para aquellos individuos que deben atravesarla todos los días. La inseguridad nos golpea a todos. Nos azota, sería un término más apropiado.

El hombre –hay que admitirlo- es hábil para elegir a las personas que aportarán el color y la fuerza de la nota. Una señora gorda, de unos cuarenta y cinco años, que se aferra a su cartera como si alguien fuera a asaltarla frente a las cámaras. Una anciana que ha cruzado la calle especialmente apenas olfateó la presencia de la televisión. Y dos transeúntes ocasionales.

Lo que ocurre a continuación no hace al fondo del asunto. La señora y la anciana se quejan amargamente mientras describen sus experiencias personales y las de otros vecinos, en tanto que los transeúntes ocasionales asienten a modo de confirmación. Lo que dicen es cierto: La Plaza Flores es un lugar peligroso. Mucho más de lo que ya era unos pocos años atrás. Y no es nuestro objetivo desvirtuar esas afirmaciones, porque todos sabemos que esa es una tarea que corresponde a los ministros del poder ejecutivo. Nosotros vamos a concentrarnos en los detalles pintorescos, que son siempre mucho menos agrios que la realidad.

Es aquí donde llega el pasaje que es la verdadera materia de nuestro interés.

“¿Es cierto que los vecinos la bautizaron “la plaza del miedo?”, indaga el periodista con los ojos posados sobre la anciana.

“¡Sí! ¡La plaza del miedo la llamamos!”, grita ella, que habría confirmado cualquier ocurrencia que saliera de los labios de su entrevistador.

Gritemos todos al unísono: ¡LA PLAZA DEL MIEDO! Y por supuesto, dejemos de lado el derroche de imaginación que hizo este simpático notero con ganas de llegar bien alto.

Me pregunto dónde ocurren las tertulias vecinales que desembocan en ese frenesí bautismal. Yo también quiero bautizar una plaza, una calle o al menos una esquina. Hace menos de un mes, el inefable Facundo Pastor informó que los vecinos de Acoyte y Rivadavia habían bautizado esa esquina como la esquina del miedo (nótese la influencia que ejercen algunos próceres del periodismo argentino sobre los simples noteros de barrio).

A mí nadie me invitó a la tertulia. He vivido a dos cuadras de esa esquina toda mi vida, y ni un solo vecino vino a preguntarme si el nombre me parecía apropiado. Supongo que habrán tomado la decisión entre gallos y medianoches, que es como ocurre todo en este país.

De cualquier modo, desde este humilde espacio quiero enviar una serie de propuestas por si en un futuro no demasiado lejano, algún periodista se encontrara algo corto de ese ingenio tan característico de la profesión:


EL PARQUE DEL PÁNICO

LA BOCACALLE DEL INFIERNO

LA ESTACIÓN DE LAS DESGRACIAS

EL PASAJE DEL OPROBIO

LA CORTADA DE LOS DIFUNTOS

LA ROTONDA SANGRIENTA

LA BARRERA DE LOS DISPAROS NOCTURNOS



Es todo.


Tengan ustedes muy buenos días.

lunes, 2 de noviembre de 2009

PLAN B... DE BODA

Síntesis del post: Confesión inicial. Wedding Planners. Crítica y reflexión. Arenga.




Parece ser que vivo en una burbuja, y una consecuencia natural de ello es que existen datos y acontecimientos del mundo que nos rodea con los que la gente normal se encuentra bastante familiarizada, y que sin embargo yo desconozco por completo.

Lo que deseo confesar -y lo hago sin que se me mueva un solo músculo de la cara por la vergüenza- es que recién me entero de que existe todo un submundo de gente que se dedica a organizar bodas ajenas. Los Wedding Planners.

Sí, ¿y qué? Resulta que en estos últimos treinta y cinco años jamás he tenido la inquietud de casarme. Más bien me amontoné sin demasiadas deliberaciones, y sin la necesidad de recurrir a ningún Concubin Planner. Lo hice yo solito, y ya duré más tiempo que tres matrimonios promedio juntos.

Bueno, no importa.

Resulta que esta gente (me refiero a los Wedding Planners) suele ofrecer un sinfín de servicios que a la postre se cobran a valor oro, y que en otras épocas no tan lejanas se contrataban en forma directa sin la necesidad de recurrir a ningún intermediario o gestor disfrazado de profesional en la materia. Una novia ilusionada y una suegra metida, decidida y voluntariosa eran un equipo más que apto para cumplir con ese objetivo.

Sin embargo estos listos han hallado la fórmula para convencer al mundo de que son imprescindibles, importantes o al menos útiles, tres condiciones que, de más está decirlo, son como mínimo discutibles.

Siguiendo con la línea argumental planteada en mi último artículo, escribí Wedding Planner en el buscador y me dediqué al estudio minucioso de los servicios ofrecidos.

Reunión personal con la pareja para conocer sus gustos, inquietudes y necesidades. Búsqueda y selección de proveedores de acuerdo al estilo de la boda. Armado, desarrollo y desarme de la fiesta. Hojas de ruta y planillas. Calendario de actividades. Confirmación telefónica o vía email de los invitados. Confección de plano del lugar con mesas numeradas y planilla de invitados. Etcétera.

La conclusión obligada es la siguiente:

Lo que antes uno discutía privadamente con su novia o su novio, y tal vez con su suegra, ahora deberá charlarlo con un completo desconocido, además de hacerlo con su novia o novio, y tal vez con su suegra, porque esta gente, lejos de simplificar la ecuación, lo que hace es agregarle términos nuevos. Se cuidan muy bien de ofrecer un servicio realmente útil o novedoso, como por ejemplo destinar un empleado para un operativo de distracción de la novia o el novio, y tal vez de la suegra, mientras uno abrocha los detalles en un clima de absoluta tranquilidad con el verdadero Wedding Planner. No. Ellos sientan a la mesa de la negociación a un alborotador que conspirará con el miembro de la pareja que se encuentre dispuesto a aceptar el centro de mesa más oneroso. Es todo lo que saben hacer.

El negocio de esta gentuza no se encuentra relacionado con la producción o con los servicios, sino con el oscuro y milenario arte de la intermediación. Lo que hacen, lisa y llanamente, es sumar un eslabón a la cadena de pagos. Cobrar una comisión disfrazada de honorario.

Y como si esto fuera poco, en ningún sitio prometen que asumirán la responsabilidad por el destino de esa unión que ayudan a materializar. Ahí ya lo dejan a uno discutiendo privadamente con su novia o su novio, y tal vez con su suegra.

Parece ser que vivo en una burbuja. Ahora no me vengan ustedes con que los alfileres son algo bonito.


Tengan ustedes muy buenas noches.


PS: Como es habitual, arderán en el infierno quienes no concurran a MIB a leer mi artículo de esta semana (publicado en el día de ayer).

viernes, 30 de octubre de 2009

MANUAL XR 14 / POTENTE GEN

Síntesis del post: Manual de instrucciones XR 14 para la colocación del calzado. Y Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo siempre subo un Potente Gen.

Felicidades por la adquisición de su Manual de instrucciones XR 14 para la colocación del calzado.

No olvide que la lectura y el pensamiento no son actividades antagónicas:

Como primera medida, y en tren de no incurrir en un extenso desarrollo que al final del camino se revele inútil, formúlese las siguientes preguntas que operarán a modo de brevísima introducción al vasto –y muy complejo por cierto- universo del calzado:


1- ¿Adónde quiere ir?

2- ¿Vale la pena?

El mundo es un sitio horrendo, atestado de individuos tanto a más despreciables que usted, dispuestos a hacerle las peores perrerías sin cargar un solo centavo a la cuenta de la casa. Solo por placer, que dicho sea de paso, en el Ser Humano no es un motor cualquiera.

¿Entiende lo que le digo?

Por placer.

Allí afuera existe más de un elemento capaz de saltarle la tapa de los sesos con el único objetivo de matar el aburrimiento. Y ni hablar de los miles de asesinos, ladrones y sádicos que proceden obligados u hostigados por el crujido de las tripas.

¿Alguna vez ha oído crujir sus propias tripas?

Vea mi amigo… no existe sonido más espeluznante. La naturaleza humana transcurrió milenios forcejeando contra sus ataduras, pero no hay caso: El hambre nos sigue a todas partes, y su muerte es múltiple y transitoria. Aquel que la tiene bajo la piel, hará cualquier cosa por sacarla de allí.

No mienta. Si usted está dispuesto a deslizar el pie dentro de este noble producto, es porque tiene planeado gastar un poco de suela. Adelante… hágalo. Nadie se lo impide. Pero déjeme decirle que el gastado de la suela debe ser un medio para alcanzar un objetivo fijado con anterioridad, nunca un fin en sí mismo. Si su intención es perder el tiempo, piérdalo desnudo en la bañadera, que le ofrece satisfacción plena y riesgo casi nulo.

¿Tiene que salir de su casa a cualquier precio?

Le cuento algo que sin duda lo va a sorprender: Si no tienen base en el trajín laboral, todas las salidas son evitables. Se lo juro. Hoy en día, con el famoso Internet, se puede hacer cualquier cosa sin despegar el trasero del sillón. Allí afuera existe un verdadero ejército de autómatas que arriesgan su propia vida para llevarle a usted, a la mismísima puerta de su domicilio, todo lo que considere imprescindible para su subsistencia. Alimento, vestimenta, tecnología, sexo, material de lectura… lo que usted sueñe o desee. Incluso un título universitario genuino puede obtenerse a través de la red. En el fondo, si lo piensa con detenimiento, la computadora le ofrece exactamente el mismo servicio que esos zapatos mugrosos que guarda en las profundidades de su armario, pero eliminando el desgaste físico.

Imagine el calor justiciero de las calles de la ciudad, pero sin usted. Sería maravilloso.

¿Que se ha puesto un poco gordito a causa de la vida sedentaria? Escriba la palabra dieta en su buscador, y siga las instrucciones. ¿Que quiere respirar un poco de aire puro? Hay un enchufe justo al lado de la ventana. ¿Que necesita algo de compañía femenina? Escriba cualquier palabra y siempre encontrará una página relacionada con ese problema. Ahora deje de inventar excusas ridículas y tome las medidas necesarias para acceder a su merecida porción de felicidad.



Si las advertencias enumeradas en la introducción de este manual no han tenido la contundencia necesaria para hacer mella en su natural obstinación, lea el siguiente desarrollo para el correcto acoplamiento del calzado y salga a la calle bajo su exclusiva responsabilidad:

Escriba la palabra zapato en su buscador.

Es todo.


Ahora a lo nuestro:

POTENTE GEN

Gen Messi


Lionel, hijo pródigo.

Jorge y Lionel. Padre e hijo.

Jorge, padre.

Jorge y Lionel, otra vez.

Creo que el PG de hoy es un auténtico hallazgo. El pelo, las facciones, las posturas… todo contribuye a la potencia descomunal de este gen.

Y ahora me voy contento, por razones que son de público conocimiento.


Tengan ustedes un esférico fin de semana.

martes, 18 de agosto de 2009

LAS CUATRO OPERACIONES BÁSICAS

Síntesis del post: Las cuatro operaciones básicas. Consejos prácticos para ganar el primer premio en un concurso.



Buenos días:

Asumo sin temor a equivocarme que todos los que leen este espacio en forma habitual conocen las cuatro operaciones básicas, y dominan a la perfección el orden y las combinaciones posibles entre ellas. No es algo muy difícil de aprender, y tampoco es un secreto de Estado. Sin embargo, parece que existen individuos cuyo paso por los diferentes establecimientos formativos a lo largo del primer cuarto de siglo de vida ha sido, como mínimo, poco feliz.

Mejor seamos francos, que en este pequeño reducto afín a la polémica, la tergiversación y la falacia, nadie se va a ofender por el simple hecho de leer otra denuncia basada en testigos de oídas y hechos discutibles.

Decía, entonces, que no han aprendido absolutamente nada, y eso se nota es su proceder habitual. En el hogar, en el trabajo, en el vehículo particular y, lo que es peor, en la vía pública.

Si les parece una idea apropiada, les propongo que repasemos cuáles son estas cuatro operaciones básicas que todos debemos conocer.

Sí, ya sé que las saben desde pequeños, pero les pido que tengan un poco de paciencia. Esto no es solo un capricho mío. Lo hago más que nada para eximir de una pregunta oprobiosa a aquellos que, por vergüenza o simple desinterés, vienen asintiendo desde que empezaron a leer el post, cuidándose muy bien de no revelar que en su fuero más íntimo no tienen la más pálida idea de lo que estamos hablando.

Las cuatro operaciones básicas son las siguientes:


Saco, miro, hago bolita y tiro.

Y esto no admite variantes de ningún tipo.

Sepa que si usted saca el pan del horno de otra manera es un perfecto maleducado, y jamás ganará ese premio que tanto anhela.

Sí, el del torneo de elegancia y buenos modales, no se haga el tonto.

Bueno, está bien, si no quiere no lo admita. Me da lo mismo.


Antes de irme dejo aquí dos consejos y algunos ejemplos prácticos que si bien no servirán para asegurar el primer puesto en el torneo, al menos serán útiles para no perder en primera ronda. Al que le quepa el sayo que se lo ponga.

1- Jamás suprima ninguna de las cuatro operaciones.

Este horrendo vicio es muy común en lo referido a la tercera operación. El individuo saca, mira y tira. Así, sin hacer bolita. Entonces lo que lanza se asemeja mucho más a un asteroide que a un proyectil de aire comprimido. Y eso nunca gusta en el seno del jurado.

También ocurre mucho con la segunda operación. El individuo no observa con detenimiento el producto, y entonces la bolita es imperfecta o arrastra algún pelo nasal. Eso es motivo de descalificación.


2- Jamás reemplace alguna de las cuatro operaciones por otra.

La aberración más común es el famoso y nunca bien ponderado, saco, miro, hago bolita y como. Sepa que eso, además de ser una porquería, acarrea una suspensión del torneo por cinco temporadas. Aunque el año que viene llegue usted con una bolita que sea la réplica en miniatura del balón oficial del mundial de Sudáfrica, no lo dejarán participar. Está muy mal visto. Repita conmigo: Tiro, no como.

Otra imprudencia es modificar la tercera operación. Saco, miro, hago una creación libre y tiro. Sepa que esto no es una competencia de escultura. Aquí no se premia la creatividad, sino el apego al libreto. Haga la bolita y tire. Y si se queda con ganas de más, compre plastilina cuando vuelva a su casa.

No se le ocurra fracasar durante la primera operación, porque eso también se toma como reemplazo operativo, y es sinónimo de último puesto. Practique ese saco, que debe ser limpio, rápido y eficiente. Si en el instante de la extracción se le forma el “puente de cristal” (cola líquida y transparente que va desde la base de la nariz hasta el dedo índice) no le va a ser sencillo recuperar terreno en la consideración del jurado. Y eso sin mencionar que hacer la bolita con ese líquido transparente es una misión imposible. Si le ocurre eso abandone. Siempre habrá otra chance el año que viene.



Hasta aquí.

Espero haber sido de alguna utilidad. Ahora me voy a contestar los comentarios del último post. Ténganme paciencia.

Es todo.

Tengan ustedes muy buenos días.

viernes, 7 de agosto de 2009

UNO BAJO EL PAR / POTENTE GEN

Síntesis del post: Dominación del mundo. Monorquidia. Teoría. Conclusión. Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo siempre subo un Potente Gen.

Buenos días:

Gracias a un complejo ejercicio de observación y comparación sin precedentes en este medio, me he percatado de que el principal anhelo de buena parte de la fauna virtual consiste en la dominación del mundo por la vía que sea y a cualquier precio. Este dato surge del análisis pormenorizado de un alto número de perfiles de blogger, incluido el de este humilde servidor. No es una afirmación al azar, así que ahora no pretendan ocultar sus verdaderas intenciones, que ya nos descubrí a todos.

Sí estimados, es cierto. Todos pretendemos someter el mundo a nuestro capricho y tenemos la osadía de declararlo, aunque solo unos pocos elegidos se animarán a transitar ese sendero que va desde el pensamiento inocuo hasta el acto nocivo. Solo aquellos que posean un destino de libro de historia pagarán ese elevado precio por materializar su deseo. Solo los espíritus indomables azotarán el lomo de un mundo esclavo sin temor a las represalias.

Solo ellos. Ellos o los que cumplan con tres requisitos que pienso detallar en breve, así que si usted anda un tanto escaso de valor para pasar del pensamiento al acto, sospecha que su destino está lejos de las páginas de un libro de historia y encima su espíritu ha sido domado por su madre, su esposa o un marinero polaco, no desespere. Aún no es demasiado tarde para concretar su sueño de convertirse en el amo y señor de este pequeño cascote galáctico.

Aquí mi teoría:

Resulta que durante mi estadía en la Madre Patria me enteré de que Napoleón Bonaparte, Adolfo Hitler y Francisco Franco eran monórquidos*. Un dato revelador.


Por supuesto que de inmediato comprendí que eso no pudo ser obra de la casualidad, así que me puse a investigar el asunto en profundidad.

Sí, ya sé que Hitler fue un personaje deplorable y Franco es odiado por buena parte de la sociedad española (dejemos a salvo al pequeño general francés), pero en este caso no se trata de analizar las atrocidades cometidas, sino de comprobar la relación entre la monorquidia y la voluntad de dominación del mundo, si es que hubiera una. Napoleón Bonaparte era un genio militar, estaba en su naturaleza. Adolfo Hitler era un genocida, estaba en su naturaleza. Francisco Franco era un autoritario, estaba en su naturaleza. Pero la obsesión por dominar el mundo nació más tarde, y vino a tapar una ausencia. Es esa la comprobación que perseguimos.

Es bastante claro que Hitler y Bonaparte encarnaron los dos últimos intentos serios de dominación mundial. Y aunque ustedes me digan que Franco jamás tuvo esos delirios, no me podrán negar que hizo su pequeño ensayo a escala local.

“¿Entonces para dominar el mundo me tengo que provocar una bruta monorquidia?”, preguntarán algunos de ustedes con la mano derecha defendiendo la zona en cuestión.

“Sí”, diré yo. Y agregaré que si alguna vez el precio de París fue una misa, el mundo bien puede valer un testículo. No sean llorones.

Por desgracia la investigación del asunto me llevó a niveles más profundos, y pronto caí en la cuenta de que esa no era la única característica que compartían los tres individuos estudiados.

Hasta ahora solo se habían frustrado las aspiraciones hegemónicas de las mujeres, los eunucos y los transexuales, porque la monorquidia no solo implica la ausencia de un testículo, sino también la presencia del otro. Pero hete aquí que estos muchachos además eran militares de corta estatura, y ahí ya somos varios los que caemos en la volteada.

La conclusión del estudio es terminante: La monorquidia desencadena una férrea voluntad de dominación mundial en los militares petisos.

Así que ya lo sabe: Si usted tiene la suerte de ser petiso y no se le ocurre nada interesante para hacer, solo debe aprenderse el camino al Regimiento Patricios y poseer un cuchillo bien afilado para que –luego de usarlo donde corresponde- le entren unas ganas bárbaras de dominar el mundo.

Aproveche, que algunos no nacimos con sus condiciones y estamos condenados a confesar nuestro deseo oculto en el perfil de blogger.



Y ahora a lo nuestro:

POTENTE GEN

Gen Kidman


Nicole, hermana mayor.

Antonia, hermana menor.

Nicole y Antonia, distintas pero iguales.

Hoy no voy a admitir discusiones. El gen es patente, y provoca que aun siendo distintas, estas mujeres revelen su vínculo sanguíneo en cada foto.

Y ahora me voy contento porque es viernes. Y creo que ya no les tengo que recitar lo que hago los viernes.


* Monorquidia: Existencia de un solo testículo en el escroto.


Tengan ustedes un primoroso fin de semana.