Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.
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viernes, 6 de septiembre de 2013
COLOQUIO SOBRE LOS FANTASMAS Y ALGO DE TETAS
Síntesis del post: Fantasmas de verdad. Teoría. Gente grisecita. La sombra. Comprobaciones. Vasos agitados. Las tetas. Reflexiones sobre el alma.
Porque según lo que yo pude saber, los fantasmas de verdad no son entes incorpóreos que aparecen y desaparecen en la cocina, el dormitorio o algún pasillo oscuro según su propio capricho, sino que se encuentran al alcance de nuestra percepción en forma permanente. Están por todas partes, pero ocurre que hay que saber mirar. Y eso no es para cualquiera. Primero hay que entender que no existe en ellos la voluntad de comunicar nada, no hay asuntos familiares pendientes o intrincados sueños de venganza. Ni siquiera está la intención pura y simple de asustar al primero que pase delante. La cuestión es muchísimo más compleja, no sé si me explico.
Todo esto lo dice mi amigo con profunda convicción y un aire profesoral bastante reñido con el vaso de whisky que sostiene en su mano derecha. Mientras tanto yo lo escucho, compongo mi célebre rostro de prestar atención y lo refuerzo acariciándome la barbilla como suelen hacer los psiquiatras cuando quieren ocultar su monumental desinterés. Sin embargo debo aclarar que la mía no es una postura falaz, la teoría me resulta atrapante a muchos niveles y me genera un sinfín de interrogantes que pienso plantear ni bien se me permita introducir un bocadillo. Muy cierto es que ello puede deberse al hecho de que yo también sostengo un vaso de whisky en mi mano derecha, pero no me parece justo ni oportuno comenzar con esa clase de acusaciones en esta etapa tan prematura del relato. Seamos indulgentes y veamos hacia dónde nos lleva esta simpática charla, que interrumpir no es de gente educada y para desacreditar siempre sobra el tiempo.
Ahora a lo nuestro sin más, que hoy hemos elegido la modalidad del diálogo y —creo yo— la lectura se hará un poco más amena para todos esos vagos que suelen espiar la extensión del texto antes de abordarlo de mala gana.
— ¿Pero entonces los fantasmas son de carne y hueso, se pueden tocar? —indago apenas se produce el primer silencio.
— No, no —se defiende él—. Los fantasmas sí tienen esa esencia holográfica que se puede apreciar en cualquier película de terror. Lo que pasa es que no andan apareciendo y desapareciendo todo el tiempo.
— ¿Y cómo se los distingue?
— Hay varias maneras, pero lo fundamental es que son como más grisecitos que la gente común.
— Nosotros también somos gente grisecita —replico luego de beber otro sorbo de whisky—. Somos dos ignotos con familias convencionales, trabajos poco estimulantes y problemas triviales tomando unos tragos en un bar de mala muerte.
— Sí, sí, pero yo me refiero al color —corrige—. Tienen un aspecto terroso como el de aquellas botellas —agrega señalando unos licores colocados en hilera sobre una repisa espejada.
— ¿Y además del color, qué?
— Bueno, te puedo decir que por lo general pululan en lugares muy concurridos —dictamina mientras alza su vaso vacío, agitándolo para que la chica que nos atiende haga contacto visual y proceda en consecuencia—, pero la gente no repara en su presencia. Pasan desapercibidos, como un mueble, una mosca o una botella.
— ¿Eso es todo?
— Creo que sí. Ah, no… y además no tienen sombra, lógicamente.
En este punto lo miro con extrañeza. Lo que me desconcierta un poco es el orden que ha elegido en su exposición. Quiero decir, a mí lo de la sombra no me parece un detalle menor, algo para agregar al paso luego de hacer un esfuerzo de memoria. Aspecto terroso tenemos todos, según quién nos mire y cómo lo haga. También pululamos en sitios muy concurridos sin que nadie repare en nuestra presencia. O al menos nadie que nos importe. Pero la sombra es la sombra, viejo. Viene de fábrica. Es presupuesto necesario de la calidad de persona, caramba.
— Por ejemplo, ahora mismo tenemos un fantasma entre los presentes —prosigue misterioso al tiempo que ojea solapadamente los pechos de la señorita que llena los dos vasos—. Con los parámetros que te acabo de dar ya estás en condiciones de adivinar quién es.
— ¿Acá en el bar? —pregunto algo inquieto.
— Sí. Vamos a ver si aprendiste a mirar —desafía con una media sonrisa.
— La chica que nos atiende no es —sentencio como apertura de mi investigación—. Esas tetas no tienen aspecto terroso ni pasan desapercibidas, y además proyectan una buena sombra.
— No, no es —confirma alzando su vaso en una suerte de brindis imaginario—. Las tetas, no esas tetas sino las tetas en general, no tienen aptitud fantasmal.
— ¿Entonces una señorita con buenas tetas no puede morirse y volver como fantasma? —pregunto yo con algo de pena.
— Si son genuinas, no. Pero si tiene prótesis las pueden remover y mandarla de vuelta como una tabla —explica haciendo gala de una sabiduría bastante discutible.
Apuro mi whisky y comienzo un minucioso examen de la concurrencia. Una parejita joven que discute tomada de la mano, una señora con aspecto de estar buscando a su hija rebelde, tres chicas no demasiado agraciadas, un grupo de amigos abordando en la barra a una señorita cuyos atributos carecen de la más absoluta aptitud fantasmal, un calvo que bebe un chupito tras otro. No mucho más. Gente no muy grisecita en el sentido estricto de mi búsqueda.
— No hay caso, no lo veo —confieso desalentado.
— Hay que observar con calma —contesta él mientras reclama otra ronda agitando el vaso.
De pronto reparo en un caballero parado en el extremo más alejado de la barra. Debe tener unos sesenta o sesenta y cinco años. Es un mozo que otea cada rincón del establecimiento aguardando paciente que alguien lo llame a su mesa. Pero algo no encaja en la situación. Es un mozo de restaurante, vestido con un pantalón negro muy gastado y una camisa celeste de mangas cortas. Y tiene una bandeja redonda y plateada aferrada debajo de la axila.
Ahora bien, esto es un bar. Un bar nocturno. Y por lo que he notado en el largo rato que llevo sentado, para atender en este sitio hay que ser mujer, joven, bien bonita y con muy buenas tetas. Cero actitud y aptitud fantasmal.
— El mozo —susurro como queriendo evitar que me escuche.
— Sin duda —asiente él con una satisfacción casi paternal.
— ¿Vos decís que si me paro y me acerco no va a tener sombra? —indago dejando entrever que el de la sombra es el único detalle al que asigno un carácter confirmatorio.
— No tiene —asevera—. Pero si te vas a arrimar que sea sin que lo note.
— ¿Por qué?
— Porque se va a escapar para la cocina y ya no lo vamos a ver más. Y yo quiero estudiarlo un rato.
Comprendo el argumento pero aun así necesito una comprobación, por lo tanto me pongo de pie y me acerco dando algunos rodeos para despistar. Sin embargo cuando estoy todavía a unos cinco o seis metros de distancia se da media vuelta y se escabulle por una puerta que, supongo, conduce a la cocina.
— Te dije que se iba a escapar —me amonesta apenas regreso a mi asiento con el semblante abatido.
— Ya va a salir, vas a ver —me defiendo con la mirada fija en la puerta.
— No. Lo perdimos.
No le presto atención. En cambio reflexiono unos segundos acerca de esa posición de frontera que asume el alma cuando pierde el albergue del cuerpo y no acaba de fundirse en el éter. Ese estado al que asignamos una individualidad y dotamos de un nombre. Un fantasma, decimos con total naturalidad. Y no importa si luego nos enrolamos en la teoría de la aparición o pensamos que está allí todo el tiempo, por fuera de nuestra percepción.
Sin embargo el tema finalmente se agota y la velada se desvía hacia asuntos más mundanos. Las horas transcurren y la noche comienza a esfumarse entre vasos agitados y amenos contrapuntos.
— Me parece que no te creo —confieso en un rapto de sinceridad.
— ¿Qué cosa, Juan?
Mi amigo me dice Juan porque yo, en efecto, me llamo Juan. No sé si lo dije alguna vez.
— Lo del fantasma.
— Ah… eso. Allá vos.
La señorita sin aptitud fantasmal responde una vez más al llamado del vaso. Sirve de muy buen modo, aunque sugiere amablemente un punto final. Una botella y tanto le parece suficiente para una sola noche.
— ¿Te puedo hacer una pregunta? —le dice mi amigo con una mirada desinhibida.
— Por supuesto —concede ella.
— ¿Acá trabaja algún mozo hombre?
— No, somos todas chicas.
En el rostro se le dibuja la satisfacción del triunfo, pero no parece querer regodearse.
— ¿Y las tetas te vinieron de fábrica o las pagaste? —se despacha casi de inmediato.
Ella lo observa mientras enrosca la tapa de la botella. No está ofendida, lo hace sin dejar de sonreír. Sin embargo se percibe que evalúa la estructura de su respuesta.
— Ni lo uno ni lo otro —responde por fin—. Pero la pregunta estuvo de más. Hiciste dos.
Mi amigo sonríe con la vista perdida en el posavasos.
— Es fija que vuelve como una tabla — murmura una vez que ella se retira.
Me lo dice a mí, y sin embargo yo no le presto atención. En cambio reflexiono unos segundos acerca de esa posición de frontera que asumen las tetas cuando no son del todo propias ni del todo ajenas.
— Al fin y al cabo que vuelva como le de la gana. Pero que vuelva —sentencio luego de interminables minutos de meditación.
Y que el fantasma se quede en la cocina. Esto lo agrego ahora, mucho más lúcido y menos propenso a las actitudes y aptitudes fantasmales.
Tengan ustedes muy buenas noches.
miércoles, 27 de febrero de 2013
EL PERFUME
Síntesis del post: Un asunto importante. El perfume. La singularidad de la mujer. Jean Baptiste. La pelirroja. La botellita. Un gato de dos colores indefinibles.

Jean Baptiste Grenouille. El perfume.
Me tenía que encontrar con mi amigo a las siete de la tarde en la placita que hicieron el año pasado en los terrenos que eran del ferrocarril. A cinco cuadras de mi casa y a nueve de la suya. Un convenio justo teniendo en cuenta que él era el promotor del cónclave, el que corría con la necesidad o el apuro. Tenía algo importante que decirme. Siempre tiene algo importante que decirme.
Llegué temprano. Yo siempre llego temprano. Me gusta ser el que espera, o mejor dicho, no me gusta que me esperen, la expectativa puesta sobre mi persona por mínima que sea. Por otra parte, desde que empecé a fumar de nuevo disfruto mucho de esas pequeñas soledades donde el divague mental cobra su mayor intensidad.
—Conseguí un perfume —dijo mi amigo luego de los saludos de rigor—. Es un perfume especial, que vuelve locas a las minas.
—Todos los perfumes tienen lo suyo —respondí yo con mi peor cara, tratando de arrancarme la idea de emprenderla a sopapos con él y su maldita noción de lo que es un asunto importante.
—No, pará, no me entendés —clarificó apresurado—. Hablo de cada mina individualmente, no de todas en general. A cada una le pega distinto, de acuerdo a su propia singularidad. Por ejemplo, si es una mina conservadora, huele el aroma del jardín de su casa paterna, o la piel de ese tipo al que amó en secreto desde siempre. Si es liberal, la mezcla de fragancias de su juventud, la playa o el verano más salvaje. Si es traicionera, el olor de las sábanas del dormitorio de algún amante pasado. Si es ninfómana, la verga enhiesta de un nigeriano o un percherón. Y así. Qué sé yo… ¿me seguís ahora?
—Sí, te sigo —contesté con una nota de descreimiento en el tono, y calculo que también en el rostro—. ¿Dónde lo conseguiste?
—Me lo vendió un viejo en la feria de San Telmo, era uno de esos puestos chiquitos y alejados que cuando vas al otro día ya no los encontrás.
Pausa para una breve reflexión: Lo que a mí no deja de maravillarme es la capacidad que poseen algunos individuos para transformar, en lo más profundo de su mente delirante, una simple estafa en un acontecimiento de carácter místico.
—Ya lo probé con Nati, y te aseguro que es infalible. Ciento por ciento. Dos o tres gotitas a cada lado del cogote y elegís como en el supermercado.
—Dejate de joder —rezongué con mi segundo cigarrillo entre los labios—. Qué perfume ni qué ocho cuartos, si cada vez que vas a la casa se terminan revolcando…
Lo que siguió fue un breve intercambio de opiniones y el inevitable desafío propuesto por el orgulloso titular del mágico producto.
—Dale, señalame la que vos quieras y dame cinco minutos para convencerla —espetó con altanería. Luego guardó un silencio desdeñoso.
Elegí una pelirroja tetona que leía tendida sobre una lona en el césped, a pocos metros de nuestra posición. No sé por qué. Quizás porque no estaba en mis planes iniciar una caminata exploratoria, o porque se me cruzó por la cabeza alguna descabellada fantasía personal que quisiera ver concretada aunque sea en cabeza de otro. O simplemente porque me gustó su porte. En cualquier caso prefiero pensar que fue por esto último, ya que la fantasía y la vagancia representan –al menos en mi cabeza– dos de mis peores falencias.
Y el tipo fue. Dos o tres gotitas a cada lado del cogote y se echó a caminar sin vacilaciones. Aun cuando el hipotético éxito de su empresa, pensado en frío, carecía por completo de eficacia probatoria, y el fracaso echaba por tierra la proclamada infalibilidad de su novedosa adquisición. El tipo fue. Se tuvo fe y fue.
Al principio la pelirroja –muy bonita ella– pareció interesada en la torpe galantería de nuestro Grenouille vernáculo, o al menos esa fue mi impresión a la distancia. Sin embargo a los pocos minutos algo en el ambiente generado cambió y las cosas comenzaron a torcerse, o al menos esa fue mi impresión a la distancia. Él se tendió sobre el borde de la lona (asumo que para facilitar la imprescindible olfateada de la dama) pero ella se incorporó de un salto y alzó la voz. Luego trató de calmarla pero ella lo repelió con una mueca de espanto o estupefacción. Y allí la situación se escapó definitivamente de sus manos. O al menos esa fue mi impresión a la distancia.
Lo que siguió fue un breve intercambio de opiniones y la inevitable retirada del malogrado galán. Tuvo lugar un pequeño alboroto. Una vieja que pasaba por ahí lo acusó de degenerado, se volaron algunas palomas, un nene no mayor de cinco años le arrojó una rama seca y corrió con su madre, e incluso se acercó un policía movido por la curiosidad. Sin embargo la escena acabó sin otra consecuencia que esa pequeña humillación pública.
—¿Qué pasó Jean Baptiste? —pregunté con sorna apenas se sentó.
—No me lo explico —respondió algo incómodo con la situación —. Creo que me puse contra el viento y no le llegó el olor. Me tendría que haber acomodado al otro lado de la lona.
—Debe haber sido el viento, sí —asentí piadoso —. Si no la matabas.
Emitió un gruñido, una queja que era a la vez un pedido, una súplica de tregua. Entonces decidí dejarlo en paz.
Permaneció un largo rato en silencio, a la búsqueda –asumo yo– de una explicación racional para su fracaso. Y de pronto, perdido como se hallaba en su propio océano de interrogantes, sus músculos o su cerebro se relajaron, la pequeña botellita de vidrio con el preciado elixir se le escurrió entre los dedos y se hizo añicos contra el piso.
Jean Baptiste no se inmutó. Simplemente observó otro rato los diminutos pedacitos de vidrio mientras un gato de dos colores indefinibles pisoteaba y lamía los últimos rastros de su esperanza de éxito en el universo femenino.
—¿Vamos a tomar una cerveza al bar del turco? —propuse sin hacer la más mínima referencia a la desgracia que acababa de ocurrir.
—Vamos —dijo él. Y sin más prolegómenos se puso de pie.
Nos retiramos de prisa y en silencio. La pelirroja tetona continuaba cambiando palabras con el policía, que de vez en cuando alzaba la vista para controlar nuestros movimientos. El nene de la rama seca nos espiaba desde la escalerita del tobogán. Una gata de color blanco restregaba su cuerpo contra el gato de dos colores indefinibles. Ida y vuelta. Pelo y contrapelo. Ronroneando. Con la cola parada, apuntando al cielo repleto de palomas.
Tengan ustedes muy buenas noches.
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miércoles, 18 de julio de 2012
Y ENTONCES AMARTE
Síntesis del post: Motivos de esta larga ausencia. Teoría. Extenso trabajo de campo. Romeo y Julieta. Descripciones. Poesía moderna. Intervención. Estrategia exitosa.
Asumo, así, en tren de imaginar, que en este mismo instante estarán ustedes preguntándose por los motivos que me han mantenido alejado de este humilde rincón virtual. Y en rigor de verdad no se trata solo de asumir: más vale que así sea, que de veras la intriga los mantenga al borde del asiento comiéndose la uñas y releyendo viejos artículos en busca de una pista sobre mi paradero, porque la introducción del presente artículo (cuando no el artículo completo) se encuentra destinada a brindar acabados fundamentos de esa misteriosa, sorpresiva e injusta desaparición. Y como si eso fuera poco, pienso explayarme a gusto y placer. Así que ya lo saben, no son bienvenidas las quejas referidas a la extensión del relato. A llorar al campito.
Ahora aguardamos unos segundos silbando alguna melodía que nos llene el alma para que aquellos que no estén interesados en los motivos de mi ausencia puedan retirarse del recinto.
¿Cómo dice?
No sé, ponga un poco de imaginación, caramba. Puede ser alguna cazonetta napolitana, un aullido de los Wachiturros o un tema de Guns n Roses. Lo mismo da. La cuestión es llenar el tiempo mientras se retiran los aludidos en el párrafo precedente. Y dicho sea de paso, recuerden que no se pone ausente y que en el examen final se toma solo lo que aquí queda escrito.
Bien, ya puede parar de silbar.
Que pare le digo. Basta.
Un amigo me dijo, hace un par de meses y entre copas, que cuando uno presencia el nacimiento de un amor genuino e indestructible mejora ostensiblemente la marcha de sus negocios. En pocas palabras, que le entra más dinero en el bolsillo. Una teoría no exenta de esoterismo, algo de magia y una pizca de superstición, aunque dadas mis circunstancias actuales, el tema se transformó velozmente en una obsesión que me sumergió en una búsqueda ajena a todo parámetro lógico. Confieso que abandoné todos mis asuntos literarios a favor de un trabajo de campo que bien podría no haber acabado jamás. Sin embargo, gracias a mi perseverancia y a una imaginación de características tropicales logré cumplir con mi cometido en un tiempo más o menos aceptable. Dos meses no es poco, pero ciertamente no es una vida. En fin… hoy por hoy puedo afirmar sin temor al error que haberme convertido en testigo presencial de un amor en pañales fue el desafío más complejo que me tocó afrontar a la hora de sentar las bases de un futuro artículo, pero ello encuentra una justa compensación en el resultado obtenido, de por sí extraordinario.
Ahora a lo nuestro sin más, que el camino es largo y el tiempo apremia.
Corren los primeros días del mes de junio y nuestro Romeo es uno de los varios candidatos que tenemos en estudio, aunque la intuición nos indica que bien podría transformarse en la materia principal de ese relato cuyos primeros trazos —un poco a ciegas— ya hemos comenzado a garabatear. Cada mañana lo seguimos (siempre a una prudente distancia) mientras se dirige presuroso a los brazos de su Julieta, que aguarda paciente asomada a un balcón ubicado en el primer piso de un modesto edificio de la calle Guayaquil.
Bueno, para ser franco, su destino final no son justamente esos brazos. En realidad no los conoce más que de vista. Pero sí es cierto que el mencionado balcón le queda de camino hacia la parada del colectivo, y que siempre le dedica algunas loas a la dama.
Es un joven de unos veinte años, mediana estatura, flaco, algo desgarbado y con unos pies insólitamente grandes. No es muy agraciado, es cierto, pero la disposición enmarañada de su cabellera sumada a algunos adornos de los que se cuelgan en las partes blandas y otros que se pintan sobre la piel ayuda a disimular esa desventaja. En síntesis, se puede decir que está en posesión de algún que otro recurso apto para la conquista, aunque no le sobre nada.
En lo referido a Julieta, estimados, el ejercicio descriptivo se torna un poco más áspero, así que daremos comienzo con sus puntos flacos para acabar salvando la ropa con las virtudes más destacables. La niña —porque es una niña— también ronda los veinte años. Sin embargo un macabro conjunto de azares genéticos se ha dado cita en su rostro arrojando un resultado bastante pavoroso. Sin duda heredó los más desafortunados rasgos, las peores características de vaya a saber cuál o cuáles ancestros. Frente cóncava de amplia superficie y una única ceja superpoblada que la atraviesa de parietal a parietal. Los párpados se pliegan sobre los ojos propiamente dichos en la parte exterior, presionando cada globo hasta generar una sensación de estrabismo que en el fondo es solo ilusoria. Sí, parece bizca pero no es. Sigue un desmesurado y ganchudo aparato olfativo, y por último una dentadura equina enmarcada en unos labios finísimos que, lejos de contenerla o atenuarla, la desnudan en toda su dimensión. Todo ello coronado por una cabellera negra, lacia y con flequillo, al mejor estilo Cleopatra.
¿Cómo dice?
Ah, sí, horrorosa. Pero al sur del cogote, estimado, sepa que el asunto cambia en forma bastante radical. Tenemos una figura de celestiales proporciones. Pechos redondos y firmes, de tamaño muy satisfactorio. Caderas moldeadas. Ombligo decorado con alguna clase de brillante, siempre al desnudo. Nalgas demandantes y piernas esculpidas de ingle a tobillo a base de largas horas de gimnasio. Una gema de esas que no requieren de un ojo entrenado para ser apreciadas.
Entonces, decía, nuestro Romeo concurre presuroso (en realidad pasa rumbo a la parada) y esgrime su poesía al pie del balcón. Una poesía moderna, discutible desde la ortodoxia, pero al fin y al cabo efectiva en términos generales. Frases tales como ‘bajá conchuda, y vas a ver’, ‘desde acá abajo te veo las tetas’ o ‘qué bien venimos de ancas’ producen un efecto hipnótico en la aludida dama, y uno no es quién para andar discutiendo la táctica si al final de la jugada la pelota acaba en la red.
Sin embargo pasan los días sin que se produzcan los avances deseados. Deseados por mi bolsillo fatigado. La poesía de nuestro Romeo arranca radiantes sonrisas (¡esa dentadura, por Dios!), pero no va mucho más allá. Julieta no corre escaleras abajo para arrojarse a sus brazos. No hay la más mínima expectativa de un beso. Y por lo tanto no se concreta ese amor que todos (los tres) alentamos en lo profundo del pecho (¡esos pechos, por Dios!).
Corren los últimos días del mes de junio y nuestro Romeo es ya el único candidato en pie. El único elemento con la posibilidad de un amor. Un poco estancada, lo admito, pero viva. Y estos casi treinta días de reflexión detrás de los vidrios polarizados de mi vehículo me han hecho caer en la cuenta de su error, por cierto garrafal. Un error de principiante que se produce, quizás, porque de hecho es un principiante. Y debido a ello es que decido abandonar mi condición de tercero imparcial, de observador foráneo, de espía prescindente. La idea es orientarlo hacia la obtención del resultado para habilitar al mismo tiempo esa milagrosa recuperación patrimonial pronosticada por mi amigo, así, entre copas.
Nuestro Romeo fracasa porque concentra sus elogios en las fortalezas de Julieta, y no en sus carencias. Así de simple. Así de trágico. Si hay algo que ella no necesita son versos dedicados al poder de fuego de sus pechos o aplausos rabiosos a la redondez de sus nalgas. Sabe que los tiene. Sabe que las tiene. Se lo dicen todos los días. Las utiliza a diario para obtener los más variados beneficios en todos los campos. Es ese rostro, ese macabro conjunto de azares genéticos el que requiere apuntalamiento. Y así se lo hago saber.
¿Cómo dice?
No. No pienso contar en este artículo la táctica que utilicé para abordar a mi candidato. Solo le diré que cuando tengo en juego un interés concreto, cuando la situación exige una acción directa, me sé hacer escuchar.
Corren los primeros días del mes de julio y nuestra pequeña historia encuentra un final adecuado a las necesidades de cada parte. Como no podía ser de otra manera, la estrategia puesta en práctica rinde sus frutos. Detrás de los vidrios polarizados de mi vehículo presencio el instante exacto del nacimiento de un amor genuino y —Dios así lo quiera— definitivo. Nuestro Romeo despliega su nueva poesía y Julieta corre a sus brazos escaleras abajo, poniendo fin al tortuoso trabajo de campo desarrollado por este humilde servidor.
Y hasta aquí lo referido a los tórtolos.
Es menester señalar, para aquellos lectores no demasiado afectos al esoterismo, la magia o la superstición, que en los últimos días he llevado a cabo una serie de maniobras laborales y financieras que, increíblemente y gracias a algunas coincidencias bastante llamativas, poseen altísimas probabilidades de encaminar mis asuntos en forma permanente.
Y ahora que alguien se anime a cuestionarme los métodos o los fundamentos.
Salgo con mi amigo (sí, el mismo), y así, entre copas, le describo sucintamente los magníficos resultados que obtuve gracias a su teoría, al tiempo que le expreso un sincero agradecimiento.
Mi amigo me observa y sonríe extrañado. No recuerda haber dicho jamás una cosa por el estilo. Alza la mano y pide otro whisky —esta vez doble y sin hielo— mientras expone una batería de conclusiones que asumo basadas en alguna lectura reciente.
‘Por lo tanto, la energía que emanan algunos minerales que solo se encuentran en la península itálica contribuye a incrementar el atractivo sexual de los hombres solteros’, me dice sin parar de revolver su quinto whisky con el dedo índice.
Tengan ustedes muy buenas noches.
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