Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.
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jueves, 14 de noviembre de 2013

EL EXTORSIONADOR


Síntesis del post: Una manzana. Teléfono móvil. Una filosofía de vida. La extorsión. El extorsionador. Dinero. Meditaciones ruteras. El agujero. La esposa del extorsionador. Desenlace.


Un kilo de peras, uno de mandarinas, dos kilos de naranjas para jugo, medio de kiwis y cuatro o cinco bananas. Eso estoy comprando en la frutería cuando suena mi teléfono móvil. La leyenda ‘número desconocido’ se adueña de la pantalla apenas lo extraigo del bolsillo del pantalón, y entonces decido no atender. En rigor de verdad yo rara vez atiendo el teléfono. Móvil o fijo. Es una costumbre que se parece muchísimo a una filosofía de vida.

— Tengo unas manzanas que están buenísimas —me dice el frutero guiñando el ojo derecho repetidas veces.

— No gracias, Gabriel, todavía tengo algunas —respondo sin prestar demasiada atención.

— Pero estas son irresistibles —insiste—. Llevate una, nene. Yo te prometo que le vas a echar mano antes de llegar a tu casa.

Tomo la pieza ofrecida sin más resistencia. Primero porque estoy apurado, segundo porque es gratuita y tercero porque me resulta simpático que este hombre tan afecto a las sonrisas y los guiños de ojos siempre me diga nene. Hecho ello pago la cuenta y me despido con profusos elogios hacia sus mercancías, por lejos las mejores de la cuadra.

Ni bien gano la calle suena de nuevo mi teléfono móvil, y la misma leyenda se instala desafiante en la pantalla. Sin embargo esta vez atiendo, un poco por esa malsana curiosidad inherente a la condición humana y otro poco porque la filosofía, sobre todo cuando se refiere a conductas de vida, no es más que una combinación de palabras bonitas que rara vez se respeta más allá de la enunciación pomposa en alguna mesa de café.

— ¿Vos sos Bigud? —indaga del otro lado una voz metálica.

— Yo soy Bigud —respondo de inmediato con una demoledora seguridad que, asumo, deriva del hecho de que realmente lo soy.

— Escuchame bien, Bigud —expone apenas obtiene la confirmación de mi identidad —, tenemos secuestrada a tu hermana, así que más vale que sigas nuestras instrucciones al pie de la letra si no querés que aparezca flotando en el riachuelo.

— Tranquilo, voy a hacer lo que vos quieras —digo para ganar algo de tiempo y recobrar la lucidez luego de semejante noticia.

— Perfecto, por ahora quiero que vayas al cajero más cercano y saques toda la guita que puedas con tus tarjetas de débito —ordena—. Con las tres eh, no te hagas el vivo.

Confesada su pretensión inicial la comunicación se corta en forma abrupta. Dispongo de poco tiempo, así que no sería inteligente involucrar a la policía o alarmar al resto de la familia. Por otra parte, soy de los que creen que las soluciones a los problemas se presentan con más rapidez cuando los individuos que intervienen en el proceso son menos.

En pocos minutos me hago de seis mil doscientos pesos y me siento en un banco de la plaza a fumar un cigarrillo y esperar las nuevas instrucciones. Mi teléfono móvil no tarda en sonar.

— Hola —digo yo fuerte y en voz alta, porque eso es lo que marcan las convenciones cuando uno no quiere o no puede respetar su costumbre de ignorar las llamadas entrantes.

— ¿Tenés el auto con vos, Bigud? —pregunta el extorsionador sin preocuparse por la ortodoxia en lo referido a la devolución del saludo.

— Sí.

— ¿Cuánto me conseguiste? —requiere como al pasar.

— Algo más de seis lucas —respondo ya con la firmeza inicial completamente ausente.

— Está bien, andá rápido al kilómetro noventa y dos de la ruta siete, estacioná en el banquina y esperá hasta que yo te llame.

De fondo se escuchan los gritos desesperados de una mujer que pide ayuda y un ruido como de vajilla que se estrella en el suelo. Debo admitir que esta situación ha logrado meterme el miedo en el cuerpo como no me ocurría hace muchísimo tiempo.

— Ya salgo para allá —le digo como para calmar las aguas.

La comunicación se interrumpe sin una respuesta, y entonces decido ponerme en camino. Quiero llegar a ese sitio antes del mediodía.

Intento refugiarme del sol impiadoso de la ruta bajo la sombra proyectada por los acoplados de los camiones, y mientras tanto medito. Medito sobre mis circunstancias, tan desfavorables e inciertas. Sobre la bondad y la maldad. Sobre la vida en general. Las cosas no siempre son como uno desea que sean, y a veces exigen de un modo caprichoso que uno las afronte en la más absoluta de las soledades.

Estaciono sobre la banquina en el kilómetro indicado a las once horas y cincuenta y nueve minutos. No importa si es para tomar un baño de espuma con tres modelos holandesas o para que me ahorquen en la plaza mayor, yo siempre llego temprano. Esto último también forma parte de mis meditaciones ruteras, tan vagas y triviales luego de un largo trecho al volante bajo un calor tunecino.

Justo cuando comienzo a impacientarme suena el teléfono móvil.

— Hola —digo ya sin recordar siquiera el hecho de que alguna vez tuve una filosofía de vida.

— Dentro de dos kilómetros vas a ver a un tipo que vende manzanas al borde de la ruta —me explica el violador serial de convenciones —, quiero que me compres una colorada, y que sea bien simétrica.

— Entendido.

— Después seguís cuatro kilómetros más y te metés por un camino de tierra que separa dos campos. Lo vas a reconocer porque es justo pasando un cartel con una propaganda del gobierno. Seguí ese camino hasta que llegues a una bifurcación, estacioná y esperá que te llame.

La comunicación vuelve a interrumpirse y de inmediato enciendo el auto. No voy a comprar ninguna manzana porque ya tengo una. Después de todo el frutero tenía razón en eso de que le iba a echar mano antes de llegar a mi casa.

Salgo a la ruta y reanudo mis meditaciones. Medito sobre el hecho de que me fascinan estas pequeñas casualidades de la vida, lo maravilloso de haber tenido la manzana de antemano sin proponérmelo. Medito sobre aquellas cosas que se atraviesan en la mente de las personas en los instantes de máxima tensión. Por ejemplo el hambre. Yo no me haría traer la comida por mi víctima, pero claro, ese soy yo. Y medito sobre otras cosas que se esfuman ni bien reconozco el camino de tierra que debo transitar.

La bifurcación aparece luego de manejar varios kilómetros con las ventanillas cerradas para evitar el polvo que levanta el coche a su paso. El aire acondicionado está a punto de formar escarcha en el techo. Estaciono y aguardo la inevitable llamada.

Suena el teléfono móvil.

— Hola.

— Bajá del auto, abrí la tranquera que está a tu derecha e internate en el monte a pie. En el centro hay un claro que tiene un solo árbol. Al lado del árbol hay un agujero de poco más de medio metro de diámetro. Tirate adentro.

La sorpresa me deja mudo por un par de segundos, y cuando pretendo ensayar una respuesta que es pregunta y protesta a la vez, la comunicación se interrumpe del modo habitual. Es decir, abruptamente.

El monte es extenso y tardo varios minutos en llegar al pie del referido árbol. En efecto, al lado hay un agujero cuya profundidad no puede mensurarse. Dudo un instante antes de cumplir la instrucción, pero a esta altura sé que el teléfono no volverá a sonar hasta que lo haga. Por lo tanto cierro los ojos y me lanzo sin incurrir en mis habituales meditaciones.

Durante varios segundos me deslizo como por un tobogán, hasta que finalmente las paredes del agujero desaparecen y caigo al agua desde una altura bastante considerable. Es agua dulce. Un pequeño lago cuyas orillas están a la vista, a unos cuarenta o cincuenta metros. Percibo la silueta de un hombre en la arena y comprendo que debo nadar hacia él. El reflejo del sol impide la obtención de mayores detalles.

La costa está más lejos de lo que supuse y me cuesta un buen esfuerzo alcanzarla. Como puedo me arrastro fuera del agua exhausto por el peso de mi ropa, y antes de alzar la cabeza una mano me toma del brazo y me ayuda a incorporarme. Ante mí se encuentra el hombre que me ha provocado tantos inconvenientes a lo largo del día. Tiene la piel curtida y una expresión sombría. Lleva el cabello largo, cejas hirsutas al igual que la barba y –creo yo lo más importante– está completamente desnudo, salvo por la hoja de parra que tapa sus partes más sensibles.

— Hola Bigud, yo soy el extorsionador —se presenta como si de un título honorífico se tratara.

— Hola —respondo yo sin salir de mi asombro.

— ¿Trajiste lo que te pedí? —indaga con suavidad.

— Se me mojó toda la plata —confieso con algo de pena.

— Está bien, la plata no me importa —revela mientras me hace con la mano un gesto para que lo siga —. Siempre y cuando tengas la manzana.

Caminamos en dirección a la hilera de árboles que se encuentra justo donde se diluye la arena de la pequeña playa, y apenas la transponemos se revela frente a nosotros un paisaje de ensueño. Y cuando digo ensueño, digo ensueño del bueno, del que no se ve todos los días. Ay señora… viera usted cuánta variedad de plantas y animales. El color azul de las aguas. La majestuosidad de las aves. El verdor de los pastos. La exuberancia de los árboles. La suavidad de la brisa. La tonalidad de los frutos. La gracia infinita de las cascadas. Las hortalizas y legumbres del huerto. No encuentro palabras adecuadas para describir lo que veo.

— Bienvenido al Edén, Bigud —me dice el extorsionador con la mirada posada en el horizonte —. El de arriba también da segundas oportunidades.

— ¿Este es el famoso huerto de Dios? —pregunto buscando la ratificación de lo que ya se me ha explicado.

— El mismo.

— ¿Vos sos Adán?

— Para servirle.

— ¿Aquello es un unicornio?

— Animal inútil si los hay. No se lo puede montar, no sirve para trabajar y encima es sucio como pocos.

Una vez llegados al huerto propiamente dicho, Adán busca reparo a la sombra de un frondoso olmo donde yace una mujer –muy bonita por cierto– que también está desnuda salvo por la hoja de parra oportunamente localizada.

— ¿Eva? —pregunto sin dejar de observarla.

— Isabel. Me casé de nuevo hace unos años.

Adán posa la planta del pie sobre la blanca cadera de su mujer y empuja con suavidad. O no con tanta suavidad.

— ¡Despertate morsa! —exclama algo impaciente.

— ¿Mmmmm… qué pasa? —ronronea ella manteniendo los ojos entornados.

— ¡Llegó el muchacho este!

Isabel se incorpora de un salto y me saluda con una elegante reverencia. Los cabellos rubios cubren delicadamente sus pechos. Todo el tiempo.

— Mostrame la manzana que trajiste —requiere Adán con la mano extendida en mi dirección.

— Primero decime para qué la querés —desafío al tiempo que retrocedo.

— Eso a vos no te importa —retruca —. O me la das o ejecutamos a tu hermana.

— Yo no tengo hermana.

— ¿Cómo? —balbucea él con toda la sorpresa del mundo esculpida en el rostro.

— Que no tengo hermana, idiota. Me presté a esta payasada porque la otra opción que tenía era ir a trabajar. Y a mí mucho no me gusta trabajar.

Ni bien comprende que se ha quedado sin armas se vuelve hacia su esposa, que lo observa con ojos culposos.

— ¿Te das cuenta de que sos una estúpida, no? —fustiga.

— Pero amor…

— ¡Pero amor un carajo! —interrumpe agitando el puño derecho — ¡La única puta cosa que tenías que hacer y la hacés mal! ¡El tipo no tiene hermana! ¡Vino porque se le cantaron las pelotas!

El frustrado extorsionador menea la cabeza, cierra los ojos y se toma el tabique nasal con el índice y el pulgar de la mano izquierda. El puño derecho continúa apretado.

— ¿Querés saber para qué la quiero? —me pregunta sin volverse.

— Sí.

— Ayer a la tarde me eché a dormir una siestita y la boluda que está ahí parada con cara de vaca que ve pasar el tren —esto lo dice cabeceando hacia la posición de Isabel, alzando las cejas y mordiéndose el labio inferior con las paletas —se comió otra manzana del árbol de la ciencia del bien y del mal. Tenía hambre, mi alma…

— Pero eso Dios ya lo tiene que saber, no lo van a poder engañar —insinúo.

— Hace milenios que Dios no viene por acá —explica mientras se rasca la barba —, pero la última vez ya me dejó claro que lo único que le preocupa en la vida es ese puñetero arbolito.

— ¿Y entonces a quién le tienen miedo?

— Al Arcángel Gabriel —confiesa con la voz a punto de quebrarse —Dios lo eligió como guardián de las puertas del Edén, y ya me tiene dicho que si me agarra en algo raro me saca de acá a patadas en el culo y me hace aparecer en Siria. ¿Está bueno Siria?

— Sí, buenísimo —le miento yo como para no agregar otro problema a la lista. Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Y no se me nota en la cara.

— Menos mal —suspira —. Mostrame la manzana, dale.

El primer hombre la examina con ojo minucioso. A simple vista se percibe la satisfacción en su rostro.

— Fantástico —susurra mientras gira la fruta entre sus dedos —, absolutamente increíble. El color, la textura, el tamaño… parece elegida a propósito. ¿La compraste donde te pedí?

— Sí —respondo yo con cara de póker. Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Y no se me nota en la cara. No sé si lo dije alguna vez.

De pronto se encuentra de un excelente humor. Entonces le arroja la manzana a Isabel y le dedica una tierna sonrisa.

— ¿Podrás acomodarla en el árbol sin que se note mucho que no es la original? —indaga sin dejar de sonreír — ¿o después de la siesta me encontraré con que colgaste una pera?

— Estúpido —acusa la mujer sin sentirse ofendida por la fina ironía de su marido. De hecho ella también sonríe.

Adán deja el asunto en manos de su mujer, asumo yo que por ser una tarea de corte netamente decorativo. La observa un rato mientras se aleja y finalmente me tiende la mano.

— Perdón por las molestias ocasionadas, Bigud —me dice con expresión sincera —. Si yo te decía la verdad de entrada no ibas a venir.

— Sin rencores —contesto yo, que estoy bastante satisfecho con la experiencia vivida —. ¿Cómo me voy de acá?

— Tenés que caminar hacia el Oriente por ese sendero. Cerca del final vas a ver a los Querubines, y un par de kilómetros después te vas a topar con una reja de color negro que tiene una puerta dorada. Detrás de esa puerta está tu auto estacionado en el camino de tierra.

— ¿Eso es todo?

— No. Mucho cuidado con el Arcángel Gabriel. Casi siempre está cuidando la puerta. Si lo ves, escondete y esperá hasta que se duerma. Si te descubre, vos a mí no me conocés.

— ¿Y cómo lo reconozco?

— No es muy difícil. Tiene un tic en el ojo derecho, lo guiña todo el tiempo. Parece que te estuviera haciendo una propuesta sexual.

De pronto alcanzo a comprender en forma cabal todo lo ocurrido a lo largo del día, y no puedo más que sonreír.

— No te preocupes, tengo la sensación de que no me va a descubrir —lo tranquilizo.

— Eso espero. Y pensándolo bien, es lo mejor que le puede pasar. Si se entera y me manda a Siria se queda sin laburo —razona.

— Por supuesto. Si yo fuera él, te habría facilitado todo para que repongas la manzana —complemento yo mientras comienzo a caminar por el sendero que me sacará para siempre del huerto de Dios —. Hoy en día está bien difícil conseguir un laburo decente.

Ambos reímos a carcajadas. Él conmigo. Yo de él.



Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 2 de abril de 2013

MEDIO COMO QUE SÍ


Síntesis del post: Me llama una amiga. Carajo. Urgencia. Un caballero. Rastros de lucidez. Cuatrocientos años. Plan A. Conclusiones.



Me llama una amiga y me dice que tiene un pequeño problema, que tengo que ir corriendo a su casa, así, sin vueltas ni preguntas. Que es una urgencia, carajo. Carajo no lo digo yo, lo dice ella. Yo rara vez digo carajo para agregar énfasis a mis palabras, y cuando lo hago, casi siempre es porque estoy reproduciendo una frase que escuché en boca de otra persona; en este caso, mi amiga, la que tiene una urgencia. Carajo.

Son las dos y media de la mañana. Por lo general, las urgencias que se presentan a una hora tan inconveniente poseen una carga de dramatismo mucho mayor que aquellas que eligen el turno vespertino. Y es que la noche —creo yo— provoca en el individuo urgido una sensación de desamparo nada sencilla de combatir, ya que la soledad y el silencio se adueñan de la escena hasta que los ruidos de la propia mente se devoran los escasos rastros de lucidez que podrían prestar algún auxilio.

Enciendo un cigarrillo y gano la calle mientras me pregunto, con una honestidad intelectual que pocas veces esgrimo al escrutar mis sentimientos más íntimos, si voy a estar a la altura de las circunstancias, cualesquiera que sean. Si hay algo que sé de sobra es que las convocatorias de esta naturaleza, digo, de naturaleza urgente, se rigen por parámetros mucho más relacionados a la amistad que a la idoneidad. Lo primero que se busca en una situación de apremio es algo de compañía, comprensión o complicidad. Lo de las soluciones lo podemos ir viendo sobre la marcha.

Apenas se abre la puerta, mi amiga me abraza y rompe en un llanto profundo y uniforme. En realidad no me abraza, sino que se me cuelga del cuello y me presiona la nuca con una fuerza impropia de sus cuarenta y ocho kilos. Lo del llanto profundo y uniforme es, sí, una descripción fiel.

Ingreso al departamento y cuando me dispongo a exigir que se me ponga en autos de la situación imperante tropiezo con un caballero hecho un ovillo sobre la alfombra del living.

—¿Qué pasó acá? —le pregunto a mi amiga, dado que el caballero en cuestión presenta claros síntomas de haber asumido un estado de inmovilidad definitiva.

—No sé, te lo juro por mi vieja. Estábamos que sí, que no, que va y que viene, y de pronto medio como que le dio un infarto —responde ella mientras se toma el cabello con sus manitos pequeñas y huesudas.

El caballero es calvo a excepción de la nuca, tiene las cejas tupidas, nariz aguileña (como doblada por el paso del tiempo) y una incipiente barba de color blanco, pero muy opaca. El vello no solo domina las cejas, sino que brota desprolijo desde lo más profundo de cada orificio del rostro, y su piel es grisácea e insoportablemente arrugada. Debe tener unos cuatrocientos cincuenta años.

—Medio como que sí —sentencio en cuclillas a pocos centímetros del sujeto —, y medio como que está un poco muertito.

Digo esto no con la voluntad de aportar mi cuota de pesimismo a un cuadro que ya de por sí es bastante lúgubre, sino basado en la frialdad de sus globos oculares y la extrañísima disposición de sus manos, que han asumido la misma forma que las garras de un águila que estuviera a punto de alcanzar a una liebre en alguna remota pradera americana.

Por supuesto que, como el caballero que soy, evito cualquier tipo de indagación acerca de las circunstancias que posibilitaron que un anciano de unos cuatrocientos cincuenta años pierda la vida en el departamento de una señorita de treinta y ocho, rubia, de proporciones alquímicas, rostro angelical y mirada malévola. A las dos de la mañana. Y con los pantalones a la altura de las rodillas.

—Hay que llamar a la policía —digo intentando transmitir algo de tranquilidad mientras me dispongo a tomar el teléfono.

Se interpone en mi camino y mueve la cabeza a los lados en claro gesto de negativa. Según parece el occiso es el señor Filomeni, empresario textil, miembro honorario de la liga de empresarios católicos, presidente del consejo de administración del consorcio y felizmente casado con la señora Carmela Martínez Agostegui de Filomeni, que en este preciso instante duerme plácidamente en su pomposa habitación matrimonial al otro lado del pasillo, a unos veinte o treinta metros de nuestra posición.

—¿Y qué podemos hacer? —pregunto ya con algún recelo.

—No sé… otra cosa, por eso te llamé, para que me digas.

A veces la gente, justamente a causa de aquellos rastros de lucidez de los que hablábamos al principio, que no acuden a prestar el auxilio cuando la urgencia todo lo nubla, necesita que alguien con más frialdad o decisión le devuelva su centro, a todas luces extraviado.

—Bueno, entonces habría que buscar la forma de hacerlo desaparecer —expongo mientras me acaricio la barba a la altura del mentón —. Lo terminamos de desnudar, lo metemos en la bañadera y lo descuartizamos. Tienen que ser pedazos bien chiquitos porque después va a haber que descartarlos en las alcantarillas, de a poco, en barrios bien alejados para desviar la atención. Yo te ayudo con la parte del serrucho, pero te adelanto que lo otro lo vas a tener que hacer vos sola. Mañana trabajo todo el día, y si esperamos mucho tiempo nos va a delatar el olor.

Ni bien acabo de detallar lo que bien podríamos denominar como ‘Plan A’, no obtengo ninguna clase de devolución por parte de mi amiga de treinta y ocho años, proporciones alquímicas, rostro angelical y mirada malévola. En lugar de ello, su actitud es más bien pétrea, muy similar a la del empresario católico y casado, pero con mucho menos fundamento. Al menos desde mi óptica.

—La otra es que le revisemos los bolsillos —reanudo —. Estoy seguro de que tiene las llaves de la casa. Entonces lo ponemos presentable, lo alzamos entre los dos, entramos sin hacer ruido, se lo tiramos a la vieja en algún sillón del living y nos volvemos. Si ella también tiene como cuatrocientos años no va a escuchar nada y la cosa va a quedar como que se murió ahí mientras miraba la tele.

Presa de la más absoluta estupefacción, mi amiga de treinta y ocho años, proporciones alquímicas, rostro angelical y mirada malévola ensaya una respuesta que se ahoga en un indescifrable tartamudeo. Le permito tomar aire, procesar las opciones cuyos pormenores operativos seguramente desfilan por su mente mientras me observa y camina de un lado a otro de la habitación tirándose del cabello con sus manos pequeñas y huesudas.

Enciendo un cigarrillo y la apuro con la mirada. El tiempo es oro en una situación tan delicada.

—No sé, no sé… creo que mejor deberíamos llamar a la policía y que sea lo que Dios quiera; después de todo nosotros no tuvimos nada que ver —concluye finalmente con semblante aterrorizado.

—Entonces supongo que ahora sí me vas a dejar llegar al teléfono —sugiero señalando el aparato.

—Hijo de puta —murmura con una sonrisa que a la vez es nervio y es alivio.

Explico brevemente la situación y cuelgo el auricular. Solo resta esperar.

—¿Y ahora qué hacemos? — pregunta desorientada mi amiga de treinta y ocho años, proporciones alquímicas, rostro angelical y mirada malévola.

—Qué sé yo… servite un par de whiskys, charlemos un poco en la cocina, de lo que vos quieras. Cualquier otra cosa sería una obscenidad. ¿Eso que está en esa fuente es una milanesa?


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 29 de noviembre de 2011

YA NO TE QUIERO, APUESTO MARINERO.

Síntesis del post: Dos señoras. Charla. Disfraz. Carmelo. Alférez de navío. Dos amores. Elección. Fuga.



‘Ay Cuqui, no sabés qué desilusión fue para mí abrir la puerta de calle y encontrármelo hecho un ovillo sobre los muslos de ese señor tan fornido. Fue muy impresionante, empezó a balbucear como un nene al tiempo que se abotonaba la camisa y rastreaba de reojo la ubicación exacta de sus pantalones’.

La presente conversación (o monólogo, o confesión) entre estas dos coquetas señoras entradas en años y en carnes la escuché yo el día sábado por la tarde en el colorido jardín de una casa de fin de semana en un barrio privado al norte de la capital federal. O Ciudad Autónoma de Buenos Aires, como usted prefiera.

¿Cómo dice?

No, no tengo el placer de conocerlas.

¿Que entonces qué diablos hacía yo ahí y cómo logré escuchar la conversación?

Muy simple. Me disfracé de pino, con todo y piñas, y aporté una generosa provisión de sombra bajo la cual estas simpáticas damas tomaron té y abrieron sus corazones. Sepa que yo el trabajo de campo me lo tomo muy en serio. Tengo muchos recursos y una frondosa inventiva (en este caso podría agregar que el adjetivo es literal).

Ahora vayamos a lo nuestro sin más, que el tiempo es tirano y el calor aprieta.

‘Menos mal que el otro degenerado mantuvo la calma y tomó las riendas de la situación, que si no los mato a los dos ahí mismo, Cuqui.

Alférez de navío Raúl Ángel González, me dijo. Y me tendió la mano. Ay Cuqui, vieras qué impronta, qué vozarrón y que seguridad en sí mismo. No supe qué contestar, así que al final también me presenté, no fuera cosa de andar ofendiendo sin motivos válidos.

Rosa María Belmonte, le dije. La esposa de su amiguito. Sí, ese que está tratando de ponerse los pantalones.

Estaba tirado en el piso, todo enroscado, con los pantalones a media pierna y babeando como un chico, el muy infeliz. Decí que el alférez de navío Raúl Ángel González no me soltaba la mano, que si no le hubiera partido un florero por la cabeza’.

Llegado ese punto de la confesión debo consignar que me distraje un poco. Es que Carmelo, el rottweiler de Cuqui, ya albergaba justificadas sospechas sobre mi verdadera condición, y escarbaba justo en la base de mi disfraz emitiendo al mismo tiempo unos gruñidos que se me antojaron muy poco amistosos. Entonces apunté lo mejor que pude y le arrojé una de las piñas que colgaban de mi brazo derecho, que hacía las veces de rama. Por fortuna el proyectil dio en el blanco y el animal se enfureció de tal modo que obligó a su dueña a recluirlo dentro de la casa.

‘Señora, el gusto de conocerla. No era mi intención que el encuentro se diera en circunstancias tan aciagas, pero ya que el destino nos ha jugado a ambos esta mala pasada, aprovecho para confesarle que entre su marido y yo ocurren cosas hermosas. Cosas que, hablando ahora a título estrictamente personal, no he sabido, no he podido o no he querido reprimir.

Eso me dijo, Cuqui. El alférez de navío Raúl Ángel González. Con esa impronta, ese vozarrón y esa seguridad en sí mismo.

Te voy a arrancar la cabeza.

Eso le dije, Cuqui. No al alférez de navío Raúl Ángel González, que es un caballerazo de esos que ya no quedan, sino al otro impresentable. Sí, a ese que no quiero nombrar.

Andate si querés, andate ahora mismo con este señor tan bien plantado, con su grado militar, sus ojos negros y sus bigotazos peinados con cepillo. Y que seas muy feliz. Ahora veo por qué no me tocabas un pelo hace meses. Pero te advierto una cosa: si te vas, ni se te ocurra volver. Una persona decente se hace cargo de sus amores y los defiende hasta las últimas consecuencias. Así que elegí, sátrapa. Es el alférez de navío Raúl Ángel González o el ama de casa Rosa María Belmonte.

Todo eso le dije, Cuqui. Y siempre con esa cara de rabia que pongo cuando estoy enojadísima, aunque por dentro tenía unas ganas de largarme a llorar que ni te cuento.

Y se quedó callado, Cuqui. El muy cobarde. Ni siquiera fue capaz de alzar la vista mientras el alférez de navío Raúl Ángel González ganaba la calle y le decía, bichito, es hora de que yo regrese a mi corbeta, y si me querés seguir, adelante, que nos espera el mundo.

Bichito le dijo, Cuqui. Bichito. Pero bichito no lo siguió nada. Se quedó gimoteando en el sillón, cubriéndose el rostro con las palmas de las manos mientras me pedía perdón. Porque te digo una cosa Cuqui: un amor es un amor, pero otro amor es otro amor. Y yo no tendré una corbeta ni me estará esperando el mundo a la vuelta de la esquina, pero amaso unos ravioles que son para chuparse los dedos.

Ay Cuqui, pobre hombre. No bichito, sino el alférez de navío Raúl Ángel González. Debe tener el corazón destrozado. Y en cierta forma lo entiendo, porque un caballero como él no se merecía ese desaire, ese silencio, esa indecisión de parte de su bichito. Porque como te digo una cosa te digo la otra: yo entre un morochón que me ofrece el mundo y una cincuentona que amenaza con romperme la cabeza, me quedo con el morochón sin dudarlo. Pero bueno Cuqui, las decisiones son personales y la gente es muy rara. Uno nunca sabe qué les pasa por la cabeza a la hora de elegir sus prioridades.

Ay Cuqui, qué calor madre. Y es que esto de charlar a rayo de sol en pleno verano es medio insalubre.

Oíme Cuqui, no te quiero alarmar, pero juraría que ese pino tan bonito que nos mantuvo fresquitas todo este rato acaba de ganar la calle.

Sí, como el alférez de navío Raúl Ángel González. Pobre hombre, no me hagas acordar que se me caen las lagrimitas.’


Tengan ustedes muy buenas noches.

miércoles, 26 de octubre de 2011

MI SOCIEDAD SECRETA

Síntesis del post: Mi sociedad secreta. Introducción. Maniobra. Catástrofe. Asado número ciento veinticuatro.

Mi sociedad secreta: Corazón y cogote.





Aquellos insensatos que tienen por costumbre recorrer los pasillos de este humilde espacio virtual desde el año pasado o el anterior están al tanto de que formo parte de una sociedad secreta. Un ente clandestino que surgió con el firme propósito de dar vida a un sueño que me acompañó desde mi más tierna infancia: transformarme en un personaje envuelto por un halo de misterio irresistible para mi círculo de amigos, familiares y conocidos. En síntesis, algo parecido a un caballero templario, un illuminati o un masón.

El proyecto cobró vida gracias a la entusiasta participación de dos individuos que comparten conmigo esa misma voluntad de ocultación, y que conciben a la clandestinidad como un fin en sí mismo, desvinculada por completo de las actividades que pudieran llevarse a cabo a su amparo. El resultado, como podrán ustedes imaginar, ha sido una persona jurídica clandestina carente de objeto. Nos ocultamos, sí, aunque, ya sea por conveniencia, pereza o falta de imaginación, jamás fuimos capaces de establecer el porqué.

Sin embargo, gracias a la férrea disciplina innata en cada uno de sus miembros, la sociedad posee una vida institucional nutrida y saludable. Existe un presidente, un operador y un secretario de actas, aunque el primero solicitó cambiar la denominación de su cargo por otra que lo hiciera sentir un poco más representado. Entonces, decía, tenemos un chamán, un operador y un secretario de actas que se reparten las obligaciones estratégicas, operativas y registrales respectivamente. Y si bien la existencia de la agrupación fue descubierta por la mujer del operador durante la fallida ejecución de la primera maniobra (y ha sido celosamente vigilada desde entonces), la misma pudo subsistir gracias a la constante y metódica incineración de cualquier documentación comprometedora (actas, planos, fotos de modelos ligeras de ropas, etc) al calor de las llamas de —hasta la fecha— ciento veintitrés asados celebrados a ese solo efecto. Todo con el consiguiente aumento en los niveles de colesterol debido a la compartida afición a la molleja de cogote y el chinchulín de cordero.

En fin… a lo nuestro sin más, que hoy es cortito.

Se presenta el operador a altas horas de la noche en el domicilio particular del chamán, donde es ansiosamente aguardado por el mencionado individuo y este secretario de actas munido de su pluma y un papel en blanco en el que procederá a volcar con pelos y señales el resultado de la maniobra encomendada (papel que será debidamente incinerado en el asado número ciento veinticuatro).

¿Cómo dice?

No, de ninguna manera. No puedo. Tome en cuenta el carácter secreto de la encomienda, así como también el del ente plural que la lleva a cabo a través del mandatario. Sería irresponsable de mi parte. Y no se me acerque. Ni un paso más. He sido entrenado a conciencia para ingerir el documento en menos de cinco segundos, y casi sin consecuencias para el aparato digestivo.

Se cuadra el recién llegado, y luego de observar el protocolo de seguridad (verificar que no haya moros en la costa) refiere los hechos en apretada síntesis: ‘Salió como el culo’.

Habría preferido un más decoroso ‘fracasé miserablemente’, pero tampoco soy tan pacato. Comprendo y acepto el lenguaje que suele emplearse en el marco de las derrotas más estrepitosas.

Según se desprende de la declaración del malogrado comando, las instrucciones, los planos y buena parte del material provisto para la ejecución del plan han caído en manos del enemigo (otra vez su mujer) luego de una breve escaramuza, de cuya relación no surge a las claras el papel heroico que se atribuye a sí mismo.

Preguntado por las consecuencias que podría acarrear el hecho para la agrupación en tanto persona jurídica clandestina el individuo menea la cabeza de derecha a izquierda y rompe en un llanto profuso y uniforme.

Y punto final. Aquí llegaría el momento de transcribir el acta (confeccionada según el reglamento vigente) si no fuera tan patente la urgencia de celebrar el asado número ciento veinticuatro.

¿Cómo dice?

Sí, mollejas tengo. Pero de corazón. Mi carnicero no siempre está abierto en situaciones de emergencia. Un poco porque suele dormir a pata suelta a estas horas de la madrugada, y otro poco porque desconoce la existencia de este ente clandestino y misterioso, carente de objeto pero rebosante de problemas que son, en el fondo, los que impiden una penosa desaparición.

Hablemos sin eufemismos, señores. Frente a tamaña catástrofe, poco importa si el asado resulta ser de ternera o de novillo. Si la molleja es de cogote o de corazón. Si el chorizo es puro cerdo o mezcla con rata.

Lo único que importa es un fuego vigoroso. Y partir de ahí vamos viendo.


Tengan ustedes muy buenas noches.


PS: Aquellos que estén interesados —no imagino la razón— pueden leer más sobre esta simpática sociedad con solo pinchar la etiqueta 'Actividades clandestinas'. Aunque vale aclarar que el artículo se basta a sí mismo. Aquí no existe un requerimiento, sino una modesta sugerencia.

martes, 27 de septiembre de 2011

Y ZAPATOS DE GOMA

Síntesis del post: Una mañana soleada y un poquito calurosa. Un consultorio. Muchas tareas. El timbre. Un dilema. Una decisión. Varias fotos. Contrastes. Un número. Un final previsible.

La mañana, soleada y un poquito calurosa, nos encuentra en el consultorio de un psiquiatra. No, no dije mi psiquiatra. Dije un psiquiatra. Uno cualquiera. Y además sepa usted que yo no tengo psiquiatra, soy una persona perfectamente capaz de pilotear mis desbordes anímicos sin que ningún señor me ande dictando las maniobras.

En rigor de verdad este no es un psiquiatra cualquiera. No fui sincero en ese punto. Es un amigo mío. Un amigo que en este preciso instante se encuentra disfrutando de unas merecidas vacaciones en uno de esos sitios extraños. Al oriente del oriente. Y nosotros vinimos a su consultorio por expreso pedido suyo. Yo. Ustedes no. Ustedes vinieron porque hoy tocaba escribir un artículo, y un poco como que me dio lástima dejarlos ahí, en sus casas, con esa carita de cachorro abandonado que ponen cada vez que les digo que quiero hacer el trabajo de campo yo solito, como lo hacía antes, como lo hice siempre.

En fin… a lo nuestro sin más.

Tenemos mucho trabajo. Hay que regar las plantas, levantar los mensajes del contestador automático, revisar las facturas que el portero arroja por debajo de la puerta, confirmar si el gato sigue vivo, cambiarle las benditas piedritas y, si queda algo de tiempo, bajar hasta la cochera y desconectar la batería del auto para que no se muera.

Lo más sensato sería comenzar con los mensajes, pero nos topamos con un obstáculo insalvable. No, no es que seamos unos vagos. Por algo nos ofrecimos desinteresadamente, y por algo han confiado en nosotros. En decir, en mí. En ustedes no.

Ocurre que está sonando el timbre. Y no debería estar sonando el timbre. Es un acontecimiento altamente irregular. Estamos paralizados. Yo. Ustedes no. Ustedes me impulsan a que abra la puerta, aun cuando no debería. Y lo hacen —sospecho— porque saben que no está bien. Porque tienen bastante más claro que yo lo que se avecina. Entienden que allí, paradito en el palier, está ni más ni menos que el cuerpo, la materia del presente artículo. Y no quieren más dilaciones.

Soy un hombre pequeño. Sí. Aunque no lo crean, con el paso del tiempo les he tomado cierto aprecio. No me puedo negar frente a sus lamentos. No soporto esos pucheros que hacen cada vez que intento explicarles que los impulsos suelen correr por una cuerda bien distinta de lo correcto.

Bueno, vayan y escóndanse detrás de esa cortina. Y guarden silencio por una vez en la vida.

Ahí tienen. Les dije, pero ahora es tarde. Una señorita. En mis artículos casi siempre aparecen señoritas. Tanto o más bonitas que esta. Pero esta sí que se las trae. Qué barbaridad. Es realmente llamativo cómo se visten las señoritas ni bien despuntan las primeras mañanas soleadas y un poquito calurosas.

¿Somos o no somos el doctor Urdapilleta?

Los desaforados ademanes de Sir Lothar, el Señor Dany y el Mostro desde lo profundo de la cortina sugieren que sí.

Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Pongo cara de psiquiatra y todo.

Me acomodo en mi sillón, un sillón, enciendo mi pipa, una pipa, tomo mi libreta, una libreta, y me dispongo a escuchar una serie de problemas que soy del todo incapaz de resolver.

Tenemos un novio distante (el muy canalla), un pretendiente que presta el oído (el muy canalla), una madre invasiva, un padre millonario y exigente, un hermano menor drogadicto, un jefe acosador, una amiga leal, un perro —un caniche— en la recta final de su vida, un examen final postergado por enésima vez y una propuesta para conocer las ruinas de Machu Pichu. Del pretendiente (el muy canalla).

Escucho, sí. No se crean que no. Pero mientras lo hago no puedo evitar fijar la mirada en las fotos que mi amigo ha diseminado por todo el consultorio. Es un detalle que no tuve en cuenta. Él con su mujer. Él con su mujer y sus tres hijos. Él recibiendo ese título del cual nosotros —sí, nosotros— carecemos. Etcétera.

Las mismas —las fotos— parecen gritar a los cuatro vientos: ‘Sí, tengo una familia feliz, aunque a usted su novio la haya abandonado y esté revisando el libro de donantes de esperma desde hace tres meses. Sí, soy un profesional, aunque usted no tenga el coraje de afrontar el último examen final. Sí, me compré una casa de fin de semana con pileta y quincho, aunque usted viva en un mugroso monoambiente en Barracas’.

Parece que fuera a propósito. A los contrastes me refiero. Pero eso no es lo más preocupante.

¿Por qué diablos tenemos el consultorio repleto de fotos de un desconocido tan sonriente? Esa sería una pregunta válida y admisible. Debemos dispersar su atención si no queremos que acabe interviniendo la fiscalía de turno.

‘Es indispensable que usted elimine de su vida las relaciones tóxicas’.

Eso le digo, sin quitar la vista de las fotos y mientras aspiro una profunda bocanada de humo. De mi pipa. De una pipa. No se me ocurre otra cosa. Los psiquiatras siempre dicen eso. No me diga que no. Tengo un hermano psiquiatra, un cuñado psicólogo y varios amigos en el ramo. Es un montón de gente. De hecho la Señora Bigud entiende que serían sumamente útiles si fuera yo el que estuviera tendido en el diván. Tan graciosa y sugestivamente tendido en el diván.

Según parece, siempre tomando como norte su opinión, la de la Señora Bigud, necesito en forma urgente una terapia de grupo. Muchos psicólogos y yo.

Resulta que disiento de plano con esa apreciación. Lo que sí necesitaré, a partir del lunes que viene a las cinco de la tarde, serán muchos abogados y yo.

Pero no crean que pierdo de vista que todo esto fue culpa de ustedes. Yo advertí y me negué con bastante heroísmo. Jamás habría ejercido una profesión ilegalmente sin un número de teléfono como norte, o sin un trío de desaforados alentándome detrás de la cortina.


¿Cómo dice?

Sí, lo obtuve. Por supuesto que lo obtuve. Bueno, no el de ella, pero sí el del letrado que la patrocina.

Al fin y al cabo, una carta documento la recibe cualquiera, che. No hagan tanto espamento.



Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: Antes de que alguno me pregunte qué diablos tiene que ver el título con el desarrollo del artículo aclaro la situación. Nada. No tiene nada que ver. Ocurre que empecé a escribir con una idea en mente y la misma se fue transformando sobre la marcha. Luego, claro está, me olvidé de cambiarlo. El título, no el artículo. El artículo sí que lo cambié. Y cómo.

jueves, 15 de septiembre de 2011

SALDO Y ESQUINA

Síntesis del post: Una prostituta de esquina. Vestimenta. Tres potenciales clientes. Una negociación. Un Sarmiento. Disculpa posdatada.



Tenemos —y disculpen ustedes que me meta tan de lleno en un tema escabroso— a esta prostituta. Una prostituta de esquina. Una prostituta de esquina que, como toda prostituta de esquina, exhibe orgullosa en la vía pública una cuota de desnudez inconcebible. Una desnudez que una señorita común y silvestre, de su casa diría mi abuelita, solo se animaría a exhibir una vez dentro del hotel alojamiento, cerrada con cuatro llaves la puerta del cuarto y a pocos pasos de la cama inmaculada.

Yésica (así, con ye), se llama. La prostituta. O se hace llamar. Y es que con estas damas, buena parte del encanto reside en la certeza de que comienzan a mentir en el preciso instante en que revelan su nombre, que en realidad no es su nombre sino una simple herramienta de trabajo. Como todas las demás, claro está.

Debe andar por los veinticuatro o veinticinco años. Ay señora, viera usted esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío. Cualquiera diría que ejerce la profesión por amor al arte; que en vez de alegrar el día —o la noche— de tantos hombres munidos de un solo billete de cien, bien podría elegir a uno, un hombre, que los tuviera todos, todos los billetes de cien. Sin embargo la vida es un sendero sinuoso, y uno no es quien para juzgar el modo en que otros deciden recorrerlo.

No soy ducho en el departamento ‘vestimenta’. Quiero decir que no domino el arte de la descripción en lo referido al atuendo, así que les voy a solicitar, sobre todo a las señoritas de su casa que en este momento leen estas humildes líneas, un poco de indulgencia.

Vayamos entonces de abajo hacia arriba. Zapatos de taco alto. Muy alto. Y finito. Creo que le llaman aguja, al taco. Y medias de red, por supuesto. Y luego una minifalda negra, de cuero, que a duras penas cubre las tres cuartas partes de las nalgas y permite adivinar la presencia de una tanga blanca (el color es producto de mi incontenible imaginación tropical) que llegado el caso interpondrá una defensa mentirosa.

¿Arriba? Arriba un top. Y acá se me complica. Es como una media. Transparente. Y entonces ya no tenemos que adivinar lo que hay debajo, porque la mercancía está a la vista, matizada —quizás— por una serie de rombos diminutos que le otorgan al torso una suerte de color sepia. Y nada más. El maquillaje, sí, pero eso no forma parte de la vestimenta. Solo la complementa, es un accesorio, si es que se puede hablar de accesorios cuando estos cubren mucha más superficie que la cosa principal.

Y suficiente hemos tenido de ella. Vayamos a lo nuestro sin más.

Tres jóvenes. Tres imberbes. Tres mocosos tres. Potenciales clientes de una hembra que ha conocido circunstancias más apremiantes. Un debutante. Dos polizones que irrumpieron en la escena oficiando de padrinos, aunque luego se vieron tentados por esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío. Ahora todos desean un papel en la tertulia, juntos si fuera posible, y en consecuencia llevan adelante una compleja negociación que a pesar de la buena voluntad de ambas partes aún se encuentra muy lejos de arribar a un final feliz. Literalmente hablando.

Dos flancos bien definidos en esta negociación. Compleja negociación, no sé si les dije. Uno, el capital requerido. Dos, la sede. Y ambos se encuentran íntima y dramáticamente relacionados.

De los bolsillos de los jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes, brotan billetes arrugados que uno de los padrinos, ahora devenido en contertulio, alisa con sumo esmero al tiempo que saca cuentas. Ocho por cinco cuarenta, te espero en la lechería.

No alcanza. Es decir, no alcanza si encima hay que pagar el hotel. Pero los jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes proponen como sede el departamento del debutante. O mejor dicho, de los progenitores del debutante, que están —imagino yo— de recorrida por el viejo continente.

Ahora bien, normalmente las prostitutas de esquina desconfían de las sedes que escapan a su control y conocimiento. Y es que el mundo se encuentra repleto de sátiros que tienen la mala costumbre de anudar corbatas (muy coloridas por cierto) alrededor del pescuezo de las prostitutas de esquina, entre otros ejemplares del género femenino. Pero, nobleza obliga, estos tres paparulos tienen demasiada cara de buenos. De tiernos. Es decir, no representan peligro alguno. Hasta yo me doy cuenta, que estoy —estamos— a pocos metros de distancia, esperando un colectivo que parece no tener pensado mostrarse en un futuro inmediato.

Hay acuerdo, pero no alcanza. Es decir, no alcanza ni siquiera evitando el pago del hotel. Falta un billete. Un Sarmiento. Un cincuenta, para los que no se han percatado de que el adusto rostro de Domingo Faustino adorna los billetes de esa denominación.

Por desgracia se arrima uno de los padrinos, devenido en contertulio, hasta mi posición. Y me explica más o menos en detalle la situación que acabo de relatarles.

Hará cosa de un mes me tocó alzarme con un Sarmiento gracias a un cobarde que proclamaba su amor en el alféizar de una ventana. Es obvio que el Universo, estimados, posee sus propios mecanismos compensatorios. Creo firmemente en este postulado. Y obro en consecuencia. Eso es una suerte para los tres jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes.

Al fin y al cabo hoy me sobran Sarmientos. Y en especial el que acabo de dejar ir, ganado a costa de un grupo de jóvenes no más jóvenes que estos.

Con él podría haberme pagado un taxi, sí. No hace falta que me lo diga. Pero bueno, en rigor de verdad no estaba esperando ningún colectivo. Y menos uno que tiene como destino final… el Puente La Noria. Yo vivo en Caballito, sepa usted.

¿Cómo dice?

Ah, sí. Solo quería admirar, por unos minutos más, esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío.




Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: En breve reanudaremos las recorridas por los espacios virtuales amigos y afines. Sepan disculpar.

miércoles, 22 de junio de 2011

UN ACTO CREATIVO

Síntesis del post: Acto creativo. Definición. Receta basada en la experiencia. Aclaración. Manos a la obra.



Para abordar el tema de hoy alentando al mismo tiempo una mínima probabilidad de éxito tendremos que construir, con carácter previo, alguna que otra definición que sirva para orientar el desarrollo. Así que tengamos un poco de paciencia y pongamos todos nuestros sentidos en alerta para que los detalles no se pierdan en el vacío.

Que presten atención, caramba. No quiero andar repitiendo las cosas en la mitad del artículo.

Lo primero que deseamos establecer es el concepto de ‘acto creativo’.

¿Qué es un acto creativo?

Pues bien, el acto creativo consiste en la combinación de dos o más elementos que pueblan el mundo que nos rodea en orden a la obtención de un resultado nuevo, distinto y superador de cada uno de esos elementos.

¿Qué tal eh? La definición es mía. O más o menos mía. En rigor de verdad me inspiré en las ideas de un caballero llamado Arthur Koestler, hecho que, lejos de constituir un delito, no hace más que describir otro de los componentes primordiales del proceso creativo: La inspiración, presupuesto necesario de cualquier acto que involucre a la creatividad.

En síntesis, el acto creativo es la más lúcida expresión del potencial del intelecto humano. La herramienta más refinada para la transformación del mundo. Un grito de rebeldía en contra de las limitaciones impuestas por la naturaleza o por Dios en persona, como dijo alguien por ahí.

Ahora basta de definiciones y vayamos a lo nuestro sin más, que de otro modo este acto creativo se va a ganar el repudio unánime de la concurrencia.

Son las ocho de la noche y estamos en la cocina de mi departamento. El uso del plural no es casualidad, ya que, no conforme con el papel impresentable que hicieron el otro día en el consultorio de mi dentista, he decidido otorgarles una nueva oportunidad de demostrar que después de todo son personas civilizadas. Por favor hagan silencio y no toquen nada, con eso me conformo.

Imagino que a esta altura de los acontecimientos ya se estarán preguntando cuál es el acto creativo que nos convoca, cuál es mi grito de rebeldía en contra de las limitaciones impuestas por la naturaleza o por Dios en persona.

Bien. Estoy, estamos, haciendo un huevo frito. Creando un huevo frito.

A ver… ¿y por qué esas caras?

Ahora vénganme a decir que la creación de huevo frito no se ajusta con precisión milimétrica a la definición que acordamos al principio del artículo. Estamos combinando elementos que pueblan el mundo que nos rodea. Un huevo, manteca de origen animal (nuestras frituras las realizamos siempre en manteca de origen animal) y una sartén. Y lo hacemos en orden a la producción de un resultado nuevo, distinto y superador de esos elementos. Un delicioso huevo frito. Y punto final.

Además no sean hipócritas. Si les hubiera dicho que estábamos desarrollando una variante de la teoría de Von Kauffman para probar que el viaje en el tiempo no es una utopía no habrían tardado ni diez segundos en comenzar con el lamento boliviano. Somos pocos y nos conocemos mucho. Que no, que no entendemos, que el artículo se hace muy largo, que nos da pereza leer, etc. Mejor cierren el pico. Y no toquen nada.

Les voy a explicar los pormenores de este acto creativo, pero como no soy Doña Petrona de Gandulfo, lo voy a hacer apelando a un vocabulario no demasiado apegado a la técnica más ortodoxa. Lo mío más bien se basa en la experiencia, en la comprobación empírica de un conjunto de intuiciones que a lo largo de los años me han transformado en el maestro del huevo frito a la manteca.

Si quieren pueden tomar nota.

Se corta una rebanada de manteca. No menos manteca de la que una persona decente untaría en dos tostadas de pan lactal. No, no existe un límite superior. Eso solo podría ser impuesto por un médico clínico, y no veo ninguno en la platea. Se echa la rebanada a la sartén y se la contempla mientras se derrite con fuego mínimo. Hay que esperar hasta que haga globitos, aunque largue olorcito a quemado. Ahí se rompe el huevo contra la mesada (preferentemente de mármol), se introduce la punta de los pulgares dentro de la fisura y se separan las mitades de la cáscara dejando caer el contenido en la zona que presente más globitos. Se esperan treinta segundos y se inclina la sartén de modo tal que la manteca líquida se agrupe en la zona baja. Luego se toma una cucharita de café y se baña repetidamente la yema con el líquido para cocinar bien la clara (porque si no parece baba y como que da asquito). Finalmente se desliza una espátula por debajo del huevo y se lo traslada a un plato de postre. Y listo. Pan del día y sal a gusto.

Una última aclaración. Si la manteca llegara a saltar a causa de la temperatura extrema y les salpicara el brazo, retirarlo de forma brusca no sería lo más recomendable. Con ese movimiento podrían impactar algún frasco de vidrio situado sobre la mesada (preferentemente de mármol), demasiado cerca del teatro de operaciones. Y créanme que nadie desea impactar un frasco de vidrio situado sobre la mesada (preferentemente de mármol), demasiado cerca del teatro de operaciones. Sobre todo si ese frasco hubiera sido donado por su suegra y representara una cuota (aunque más no fuera infinitésima) de las memorias infantiles de su cónyuge.

Y fin de la lección.

¿Qué me miran? A mover el traste, o para qué se piensan que los traje.

Señorita Alelí, busque la escoba y la pala en el armario del fondo. Laura, fíjese si encuentra papel de diario para envolver los vidrios. Sir Lothar, vaya y ponga la traba en la puerta de entrada hasta que acabe el operativo.

¿Yo? Yo no voy a hacer nada, estimados. Suficientes problemas voy a tener para justificar este desliz. Y para hacer pasar un triste huevo frito por un acto creativo.



Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 2 de junio de 2011

OSCURA CONFESION DE UN SOLDADITO

Síntesis del post: Historia oculta. Disculpas previas. Auditoría. Irrupción. Soborno. Subsidio estatal. Bomberos. Acuerdo. Fraude. Reflexión final.

Hoy llego a ustedes con una historia que he mantenido oculta por casi veinte años. Una historia verídica que ocurrió en mis tiernos diecinueve. Una historia que no me enorgullece en lo absoluto, y que, tal vez movido por el remordimiento, tal vez por la necesidad de recordar, expongo sin tapujos, con la mayor fidelidad de la que soy capaz. Es probable que me extienda un poco más allá de lo habitual, que en el camino aburra, sorprenda o indigne, pero pueden estar seguros de que daré lo mejor de mí para que puedan ustedes opinar sobre mi participación en el hecho con todos los elementos disponibles.

De antemano les pido disculpas por abusar de su preciado tiempo con tanto descaro.

A lo nuestro sin más, que los quiero bien fresquitos:

Corre el año 1993. Este humilde servidor lleva a cabo un minucioso trabajo de auditoría en un oscuro despacho de la Dirección Nacional de Defensa Civil…

¿Cómo dice?

Sí, una auditoría a los diecinueve años. Sepa que soy un individuo capaz, inteligente y emprendedor. Mi mamá siempre me lo dijo.

Bueno, está bien, no se me ponga tan puntilloso. Lo que en realidad está haciendo este obediente soldado, porque el año 93 lo consagró enteramente (aunque en contra de su voluntad) a la defensa de la Patria, a media luz y en el más absoluto de los silencios, es revisar a fondo los cajones del escritorio de su superior directo, que además es el jefe de personal de la mencionada dependencia estatal. Ahora dígame que esa acción -más allá de su execrable carácter- no es una forma de auditoría y me va a arrancar una sincera carcajada. Las cosas, estimado lector, estimada lectora, son como uno las presenta a los ojos del público.

Lo que busca este joven estudiante de segundo año de derecho, intrépido aunque temeroso, audaz a pesar de los riesgos, es la nómina de empleados que el fin de semana viajarán rumbo a la provincia de Salta para repartir el subsidio estatal a los bomberos voluntarios de dos localidades cercanas a la capital.

¿Y eso por qué?, se preguntará usted, que había imaginado al dinero como móvil principal de esta traicionera operación.

Pues no. Sepa que se equivoca. Este ingenuo adolescente de clase media podrá ser muchas cosas, pero no es un ladrón.

¿Y entonces?, proseguirá usted con su indagatoria, sin abandonar esa cara de ‘algo huele mal en Dinamarca’.

Entonces le cuento. No es cierto que el suscrito haya irrumpido en el despacho de su jefe con la intención de sustraer dinero u otros objetos de valor, pero sí lo es que se ha mostrado permeable al soborno del personal civil de la dependencia, hecho que no lo hace sentir orgulloso.

Vea, en este año 93 la DNDC cuenta con muy poco personal militar en sus filas. Tan solo el Director (un Coronel retirado), el Jefe de Personal (un Suboficial Mayor retirado), el cocinero (un Sargento Primero en actividad) y dos soldados (uno por la mañana y otro por la tarde) que no tienen obligación de vestir el uniforme reglamentario. El resto son todos civiles, o sea, empleados estatales.

Cada seis meses, el Jefe de Personal (mi superior directo) designa dos empleados para viajar al interior del país a entregar el subsidio a los distintos destacamentos de bomberos voluntarios. Eso significa la asignación de un viático que, inexplicablemente, asciende a las tres cuartas partes de un sueldo promedio, y por lo tanto, cuando se acerca la fecha del viaje, los empleados experimentan una incontenible ansiedad (frenesí sería una mejor definición) que los impulsa a realizar toda clase averiguaciones orientadas a conocer con antelación el nombre de los afortunados.

Ahora bien, el Jefe de Personal, aunque retirado, sigue siendo un militar de carrera, y ha transformado su oficina en una suerte de espacio sacrosanto al que solo sus soldaditos poseen acceso irrestricto. Se necesita una moral flexible, cierta frialdad sanguínea, obrar metódico, capacidad de improvisación, rapidez mental y el juego de llaves de los cajones para llevar a buen puerto una operación tan osada. Resulta obvio a los ojos de todos que el soldado de la mañana no cumple con ninguno de los requisitos enumerados, excepto la posesión del juego de llaves.

Sin embargo existe un último recurso. Un hombre que ya ha conducido con éxito otras operaciones de alto riesgo en la oficina del Director, el puesto de vigilancia de los gendarmes e incluso en la cocina celosamente vigilada por el Sargento Primero en actividad. Y es a él a quien esperan los empleados en este frío mediodía de agosto, dispuestos a torcer a como dé lugar esa férrea voluntad de hacer lo correcto que alguna que otra vez se ha mostrado inflexible.

Todo hombre tiene su precio, estimado lector, estimada lectora. Y este pragmático soldadito vespertino no es la excepción a la regla. Los ofrecimientos sinceros son acérrimos enemigos de las férreas voluntades de hacer lo correcto que alguna que otra vez se muestran inflexibles.

Hora del almuerzo, una mesa apartada en el comedor, dos representantes del personal civil de la dependencia, un soldado preso de un dilema y un acuerdo que se sella a escasos metros de un Sargento Primero que observa la escena con cierto recelo.

¿Cómo dice?

Ah, sí. Un cartón de Marlboro Box y una diligencia ficticia en alguna lejana localidad del conurbano bonaerense que le permita al romántico joven evadir sus obligaciones con el fin de pasar una tarde completa en el departamento de su flamante novia.

Y eso nos lleva de nuevo al comienzo de este artículo.

Corre el año 1993. Este humilde servidor lleva a cabo un minucioso trabajo de auditoría (basta, no insista, ya discutimos ese punto) en un oscuro despacho de la Dirección Nacional de Defensa Civil…

La operación es, en sí misma, un fraude monumental. Pero el pícaro soldadito, ingenuo adolescente, joven estudiante, audaz intruso, amante fogoso y hábil negociador, necesita en forma imperiosa que el personal civil de la dependencia vea con sus propios ojos que se juega la piel en pos del éxito de la operación. En rigor de verdad, la preciada lista le fue entregada en mano por el Jefe de Personal (su superior directo) una semana antes de sellar el acuerdo. De hecho fue él mismo quien la hizo firmar por el Director y posteriormente la entregó en el Ministerio de Defensa para su validación. Pero ha omitido ese detalle. En cierto modo ha mentido. Cuando no está acorralado es bastante bueno mintiendo. Pone cara de inocente y todo.

Cubre su cuerpo desnudo con una frazada, abraza a su novia, enciende un cigarrillo, reflexiona el soldadito vespertino. Las novias y los cigarrillos son placeres efímeros. También lo son los viáticos. Todas las partes involucradas en la operación obtuvieron esa clase de placeres. Todos salieron beneficiados. En el fondo fue un acuerdo justo, más allá de los pequeños detalles que le dieron forma.

Algún día confesará, eventualmente. Y que la historia se encargue de juzgarlo.

Tal parece que ese momento ha llegado.




Tengan ustedes muy buenas noches.

domingo, 19 de diciembre de 2010

UN FELINO INFERIDO

Síntesis del post: Artículo sorpresa. Un felino de color negro, bien grandote y con un carácter de mil demonios. Los Magníficos. Sofisticada tecnología. Diálogo final. Conclusión.





Tenemos a este felino. Es un felino salvaje que habita en las islas británicas y tiene por costumbre devorar el ganado, asesinar a las mascotas incautas y mortificar a los poblados pequeños con tenebrosos rugidos nocturnos. Sin duda una criatura incómoda, digna de ser evadida por la gente decente.

Tenemos entonces a este felino que, de acuerdo con el testimonio de las pocas personas que han tenido la mala fortuna de cruzarse en su camino, es de color negro, bien grandote y con un carácter de mil demonios. Y también bastante difícil de registrar. Esto último no lo dicen los testigos. Lo decimos nosotros, ya que luego de más de medio siglo de esfuerzo mancomunado para dar con él, contamos solo con un centenar de fotografías borrosas, una docena de videos de pésima calidad y unas cuantas huellas lodosas que podrían haber sido hechas tanto por un gato salvaje como por mi tía Carlota, la hermana de mi papá.

Por lo tanto no sería del todo correcto continuar en esta postura, sentenciando muy sueltos de cuerpo que tenemos a este felino, como si en verdad nos halláramos en posesión de una o varias pruebas contundentes de su existencia. Más bien lo inferimos, lo intuimos, lo sospechamos y nos obsesionamos de algún modo con él. Y eso es todo lo que podemos decir sin incurrir en la mentira o la ausencia absoluta de objetividad.

Lo que sí tenemos es este grupo de tenaces profesionales que dedican el cien por cien de su tiempo a la búsqueda y/o cacería de este felino inferido, hecho que nos devuelve la esperanza de que algún día seamos capaces de arrojar algo de luz sobre el asunto. No perdamos la fe.

Estos muchachos son fantásticos, vea señora. Son una suerte de ‘Brigada A’, con la única diferencia de que el líder no tiene el pelo blanco, no fuma habanos y no dice que le encanta cuando un plan se concreta (principalmente, creo yo, porque ninguno de sus planes se ha concretado aún). Bueno, tampoco tienen un morocho forzudo ni un galán que conquiste señoritas para facilitar la misión; y ahora que lo pienso mejor, no son ellos los que escapan sino los que persiguen. Pero sí son cuatro. Y por lo menos uno está loco de remate. Uno o varios. Y cada cual posee una habilidad única e irrepetible. Y también viajan en una camioneta. En fin… la cosa es que nosotros tenemos el antojo de referirnos a ellos como ‘Los magníficos’, y no pensamos desviar nuestra atención en esas nimiedades.

Estos muchachos son fantásticos, vea señora. Magníficos para ser más exactos. Hay uno que es experto en computadoras y analiza las fotos y los videos del felino inferido con sofisticados programas que depuran las imágenes permitiendo extraer conclusiones más exactas. Otro coloca cámaras especiales que registran la actividad de los animales que deambulan por la noche sin que ellos sepan que están siendo vigilados. Un tercero realiza entrevistas y evalúa la credibilidad de los testigos de acuerdo a su intuición y a unas pruebas a las que los somete con extremo rigor. Y el último se entrega al trabajo de campo. Se interna en el bosque para analizar a las víctimas mortales del felino inferido mientras aún están calientes. Toma muestras de tejido y realiza moldes de yeso de las huellas. También recolecta pelos y excrementos que encuentra en los alrededores, y luego los manda a analizar a un laboratorio para extraer el ADN.

La macana es que a pesar de toda esa tecnología y de los esfuerzos por obtener la evidencia que excluya para siempre la duda de los escépticos, los resultados solo pueden ser calificados como pobres. Magros si se quiere. Los sofisticados programas de depuración de imágenes suelen transformar una mancha borrosa en otra mancha borrosa, pero un poco más grande. Las cámaras con visión nocturna registran montones de tobillos peludos que bien podrían ser de un felino salvaje, de un ciervo o de mi tía Carlota, la hermana de mi papá. Las declaraciones de los testigos son –como mínimo- erráticas, y cuando se los presiona solo se obtiene un tartamudeo que aporta más confusión que certezas. El estado en el que por lo general son halladas las víctimas no permite distinguir si fueron sorprendidas por la bestia o atropelladas por la camioneta de los magníficos. Todo ello sin mencionar los moldes de yeso y los análisis del laboratorio, únicos datos concluyentes que arroja la investigación. Según la experta contratada, las huellas pertenecen a un perro grande. Uno de esos pastores que se utilizan para vigilar los rebaños de ovejas. Y el muchacho del laboratorio insiste en que los cinco pelos analizados fueron identificados sin mayores problemas. Uno pertenece a un ciervo gris, otro a un ciervo colorado, dos a una especie de chancho salvaje y el último a un perro (posiblemente el mismo que dejó la huella mientras cuidaba a las ovejas).

El final de esta historia adquiere visos de tragedia. Los magníficos se despiden con semblante abatido, jurando redoblar el esfuerzo probatorio mientras nuestro felino inferido, negro, bien grandote y con un carácter de mil demonios, permanece precisamente en esa condición. Inferido. Sospechado. Intuido.


‘Ayer a la noche vi un programa de televisión que me pareció muy interesante’, escupo con una mirada gélida. Y a continuación lo relato. Completo. Con un grado de detalle muy similar al que acabo de plasmar en estas líneas. Y es que necesito que mi punto se grabe a fuego en la mente atrofiada de estos individuos. No, no se ofusque. No me refiero a usted sino a los dos ineptos que me escuchan sin haber leído este artículo.

El Operador y el Chamán me observan con cara de vaca que ve pasar el tren. Con un desconcierto que solo logra enfurecerme aun más de lo que ya estoy.

‘Nosotros tenemos que ser como ese felino inferido. ¿Entienden ahora? Nocturnos, sigilosos, letales. Imposibles de identificar o catalogar, salvo por testimonios de oídas. Esa es la idea de esta sociedad secreta. Debe dar ese pasito que le falta para convertirse –por fin- en ese ente clandestino y misterioso capaz de generar una malsana obsesión en aquellos que lo rodean sin formar parte’.

Se miran. Asienten. Se disponen a transcribir el acta. Pero no hay caso. Con cada movimiento revelan que el próximo descuido, el próximo olvido, el próximo traspié de este grupo está a la vuelta de la esquina.

Otro año que se cierra y esta sociedad que no genera otra cosa que problemas. La peor idea de mi vida, lo sigo sosteniendo. A esta altura deberíamos ser la imagen viva de ese felino inferido, negro, bien grandote y con un carácter de mil demonios; y sin embargo nos parecemos más bien a Carmelo, el gato de mi tía Carlota, la hermana de mi papá. Blanco, bien chiquito, gordito y con una campanita en el cogote que siempre denuncia su posición y sus planes.



Tengan ustedes muy buenas noches.


PS1: Para los que no lo saben, tengo una sociedad secreta. Pueden leer algo sobre ella en la etiqueta ‘Actividades Clandestinas’.

PS2: Sí, ya sé que me había despedido hasta el mes de enero, pero este es un artículo sorpresa. Las sociedades secretas somos así, impredecibles.

PS3: Esta noche haremos algunas visitas a los espacios virtuales amigos y afines.

PS4: Sigan votando en la encuesta Potente Gen Segundo Semestre.

martes, 23 de noviembre de 2010

USTEDES Y YO

Síntesis del post: Desayuno al aire libre. Simpatiquísima señorita. Entrevista a una vieja gloria. Operación de espionaje. Derrota final.



En este momento son las nueve de la mañana y nos encontramos en la terraza de una confitería. Ustedes y yo. Como fondo tenemos el mar, una playa semidesierta y algunos perros que corren de aquí para allá con un propósito que se nos antoja secreto y misterioso.

Queremos tomar un café con leche acompañado por tres medialunas de grasa, y entonces le formulamos el pedido a una simpatiquísima señorita que responde a todo lo que le decimos con la palabra ‘dale’. Dale vos, pensamos. Ustedes y yo. Pero no lo decimos, porque esta mañana juramos frente al espejo que no íbamos a incomodar con nuestros comentarios al personal que nos atendiera.

Entonces, mientras esperamos el desayuno, les propongo que vayamos a lo nuestro. Ustedes y yo. Porque no es nuestra voluntad extendernos más de la cuenta en detalles que no hacen al fondo de la cuestión.

A escasos dos metros de nuestra posición hay una mesa ocupada por una señora más bien mayor y dos muchachos de nuestra edad. Un poco más jóvenes quizás. Aunque no tanto. El caso es que por algún motivo (tal vez porque son los únicos además de nosotros que soportan el sol de la mañana en la terraza) los personajes atraen nuestra atención, y al cabo de un rato de observación minuciosa comprendemos, ustedes y yo, que lo que allí se desarrolla es una entrevista periodística.

Poniendo en orden las pocas frases sueltas que pudimos escuchar identificamos a la señora mayor como una vieja gloria de la televisión o la radio. O quizás del cine. No tenemos demasiado claro ese punto. Ustedes y yo.

En cuanto a los dos jóvenes, resulta obvio a los ojos de cualquiera que son periodistas. O mejor dicho, uno es periodista y el otro fotógrafo. Lo sabemos porque el de pelo largo y barba de cinco días acaba de alejarse seis o siete pasos de la mesa, y puesto en cuclillas retrata la charla con una cámara bastante impresionante. Y nosotros, ustedes y yo, nos acomodamos las crenchas con aire casual, ya que el ángulo elegido por nuestro peludo amigo podría conducirnos directamente a la página cuarenta y dos de la revista en cuestión (porque arbitrariamente hemos decidido que trabajan para una conocida revista), cuando no a la portada. De fondo, claro está. Como parte del decorado. Pero como bien diría el filósofo contemporáneo Carlos Salvador Bilardo, todos los goles valen uno.


La señorita que nos atiende, simpatiquísima por cierto (creo que ya lo señalé oportunamente), nos trajo el café con leche y tres medialunas de manteca. Y nosotros no queremos medialunas de manteca. Queremos de grasa. Entonces se lo hacemos saber, y aprovechando que va a tener que ir y volver con su bandeja le pedimos también un vaso de agua mineral. O soda. Y recibimos como respuesta el consabido ‘dale’. Dale vos, pensamos. Ustedes y yo. Pero no lo decimos. Hicimos un juramento y no queremos incomodar.

Ahora la señora mayor, con su mejor sonrisa, posa contra la baranda de la terraza. Coloca las manos detrás de la nuca y alza la cabellera platinada dejando que se desparramen graciosos mechones entre sus dedos. Al mismo tiempo levanta la pierna derecha y cruza el muslo por delante del otro, como si acabara de patear un tiro libre. Según nos revela sin dejar de sonreír, los productores de hoy ya no la convocan porque anteponen la cosa burda a la clásica delicadeza. Entendemos, ustedes y yo, que la clásica delicadeza estaría encarnada por ella, aunque no logremos ver en sus poses, su figura o sus declaraciones, nada clásico o delicado. De hecho hemos caído en la cuenta de que, a pesar de haber examinado su rostro a conciencia y hecho memoria con los ojos entrecerrados, no tenemos la más pálida idea de quién es, circunstancia que agrega una generosa cuota de patetismo al cuadro de situación.

A esta altura de los acontecimientos ya sabemos, ustedes y yo, que no abandonaremos esta terraza sin averiguar quién diablos es esta buena señora, portento de voluptuosidad y delicadeza. Entonces, echando mano a nuestro natural encanto logramos convencer a la simpatiquísima moza de que se arrime a la mesa y le pida un autógrafo. ‘Dale’, nos dice. Dale vos, pensamos nosotros. Pero no lo decimos. Hicimos un juramento, y encima nos está haciendo un favor. O más o menos. Ella tampoco sabe quién es, y a raíz de nuestro excéntrico pedido le ha picado el bichito de la curiosidad.

Al cabo de unos segundos nuestra heroína regresa con una servilleta en la mano derecha. En el centro de la misma, un garabato ilegible sin aclaraciones de ninguna especie.

La miro. Me mira. Alzo las cejas. Se pone colorada.

‘Pensé que iba a poner el nombre’, me dice. ‘Yo no se lo podía preguntar. Se supone que la adoro. O eso fue lo que le dije antes de que se emocionara’.

La misión ha fracasado trágicamente. Nuestra presa se retira no sin antes tirarle un beso aéreo a nuestra simpatiquísima espía, que lo retribuye con fingida efusión.

Y nosotros, ustedes y yo, nos quedamos con la mirada clavada en el horizonte marítimo, como un capitán que acabara de perder la mitad de su flota en un combate decisivo y mortal.

Pedimos la cuenta con un hilo de voz. Y obtenemos el inefable ‘Dale’ de boca de la espía. Dale vos, pensamos. Ustedes y yo. Aunque esta vez lo decimos.

Es cierto que habíamos hecho un juramento, pero ocurre que no somos de los que encajan las derrotas con buen semblante. Mucho menos las que tienen su causa en la incompetencia de la tropa.


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 21 de septiembre de 2010

EL MÉTODO

Síntesis del post: Discusión. Ausencia de método y pulcritud. Escarnio público. Risas. Salud arterial. Reflexión.



Una señorita discute en público con su pareja. Está enojadísima, ella. Le atribuye una decena de conductas violatorias de otras tantas reglas. Reglas objetivas. Reglas inmutables dictadas por un ente divino que se encuentra muy por encima de los designios de cualquier voluntad terrenal. Y con ello cuestiona la propia esencia de su naturaleza moral; los cimientos de sus apetitos más primarios. Está, por decirlo de una manera vulgar, que se la llevan los vientos.

Del reproche se desprende que el hombre ha obrado sin método. A la que te criaste, diría yo recurriendo a la vulgaridad por segunda vez en menos de cinco renglones. Ha cometido demasiados errores, y entonces el argumento de la dama progresa del mismo modo en que lo haría un tumor alojado en alguna víscera fundamental, ajeno a todas las barreras interpuestas.

Los gritos se adueñan de la escena. Pasa un taxista y celebra con un chiflido la generosidad de la minifalda. Es azul. A la minifalda me refiero. Un turista japonés se detiene y observa con extrañeza, como dudando entre intervenir o continuar con su infructuosa búsqueda del obelisco porteño. Las demás personas transitan despreocupadas.

La señorita taconea, aguarda una respuesta satisfactoria mientras coloca las manos sobre el extremo inferior de la pollera y la estira para evitar nuevas loas.

Un cartonero arrastra un carro repleto de papeles y cajas descompuestas. Se ríe. Se ríe mucho, como si toda la vida hubiera esperado el momento apropiado para hacerlo. Y tiene razón. El escarnio público es poco castigo frente a la ausencia de pulcritud. El hombre que opera sin método merece la carcajada de sus pares.

Se me antoja una hamburguesa, aunque sé que la salud de mis arterias es constante motivo de preocupación en el seno de mi familia. No debería, pero soy titular de una fuerza de voluntad que presenta –lo admito- sus buenas grietas.

Dudo un instante.

El método a la hora de la ocultación de las conductas violatorias de esas reglas objetivas dictadas por un ente divino (o por un médico terrenal) lo es todo. Yo lo sé, y el cristiano que soporta la risa y el escarnio también lo sabe. La diferencia entre los dos es, quizás, la pulcritud. El bendito método.

Apago el celular e ingreso presuroso al local de comidas rápidas. Luego llegará la hora de disfrazar el desliz con algún oportuno trámite bancario que asumirá la responsabilidad por esa desconexión y ese almuerzo familiar que ya no será.

En fin… cada uno se ocupa de su basura como buenamente puede.



Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 5 de agosto de 2010

MI SOCIEDAD SECRETA

Síntesis del post: Mi sociedad secreta. Reunión en mi ausencia. Resultado previsible. Hormigas y ravioles. Mar del Plata. Vergüenza.

Cuestión previa: Esta semana no comenzará el segundo semestre de Potente Gen. Todavía nos vamos a tomar alguna que otra semanita más.

MI SOCIEDAD SECRETA

Cuando uno forma parte de una agrupación secreta no es conveniente desentenderse de la marcha de la misma. Ni siquiera por quince mugrosos días. Y mucho menos cuando se ostenta el pomposo cargo de secretario de actas. Pero es a base de golpes que el hombre aprende, porque la experiencia se nutre de una dolorosa cadena de comprobaciones empíricas, y el éxito no es otra cosa que la enmienda minuciosa del error pasado.

Según debería constar en el acta número ciento seis de la sociedad, durante la semana pasada el chamán y el operador celebraron una reunión en ausencia de este secretario de actas. Y como no podía ser de otra manera, la misma desembocó en una tragedia de mayúsculas proporciones.

Al parecer el operador, haciéndose cargo de su condición de brazo ejecutivo, desempolvó sus contactos y se hizo de un cigarrillo de dudosas propiedades, dotando por fin de un propósito a aquella desnuda voluntad de ocultación que motorizó la fundación del mencionado ente colectivo. Una barbaridad que, de haberse hallado presente, este secretario de actas no habría tolerado, más allá de admitir ahora, con el diario del lunes, que la misma vino a solucionar, aunque sea en forma transitoria, esa carencia de objeto que tanto nos preocupaba.

La reunión se llevó a cabo a altas horas de la noche en el domicilio particular del operador, y una vez ejecutada la maniobra que le dio motivo, la célula actuante sufrió una dramática merma en su capacidad operativa que a la postre provocó una falla esencial en el protocolo de seguridad. Un desenlace previsible cuando las cosas no se planean con la suficiente antelación y responsabilidad.

La mujer del operador (aquella que descubrió la existencia misma de la agrupación luego de sorprender a su marido infraganti y someterlo a una compulsiva declaración indagatoria que arrojó resultados catastróficos) regresó a la casa más temprano luego de cambiar el turno de su guardia con otra enfermera, hallando a la célula en tal estado de indefensión que le provocó, según sus declaraciones posteriores, una mezcla de ternura, lástima y risa.

Desde mi humilde punto de vista, una sociedad secreta, un ente clandestino y misterioso, una verdadera logia diría, no puede despertar ternura en aquellos individuos que no forman parte. Y mucho menos lástima o risa. Es una vergüenza. Solo por eso ya me dan ganas de disolverla.

En fin… Identificado el olor de la sustancia y preguntados por la naturaleza de su actividad, los involucrados comenzaron a negar todas y cada una de las imputaciones a pesar de las abrumadoras evidencias en su contra. Pero luego de algunos minutos su concentración perdió intensidad. De pronto el operador halló más interesante el viaje de una hormiga que se desplazaba a través de la pared de la cocina que las preguntas de su mujer. Y mientras tanto el chamán abrió la heladera, tomó un recipiente con ravioles de ricota sobrantes de alguna cena pasada, los untó con dulce de leche y comenzó a devorar como un etíope.

‘Qué lindo… para ella llegar hasta el techo del living debe ser como ir de acá a Mar del Plata’, declaró el operador luego de haber permanecido más de tres minutos en absoluto silencio.

‘Nooo… Mar del Plata vendría a estar como por la pared de tu dormitorio’, corrigió el chamán empujando el último raviol con el dedo índice mientras demandaba con la mirada la convalidación de su argumento por parte de la dama.

Llegado ese punto la mujer no consideró necesario ni conducente continuar con el interrogatorio, y entonces se retiró a Mar del Plata. O a su dormitorio, como ustedes prefieran.

A continuación no se transcribe ningún acta porque la célula actuante se quedó dormida antes de redactarla, o siquiera haber nombrado un secretario suplente a tal efecto.


Esta aventura no está resultando como yo la había planeado. Siento más vergüenza que orgullo.



Tengan ustedes un alocado fin de semana.

martes, 20 de abril de 2010

MI SOCIEDAD SECRETA

Síntesis del post: Mi sociedad secreta. Célula durmiente. Problema del papeleo. Acta de directorio número cincuenta y dos.




Hacia fines del mes de agosto del año 2009 confesé –en forma exclusiva para este humilde rincón virtual- mi pertenencia a una sociedad secreta carente de objeto. En rigor de verdad, lo que confesé no fue solo un vínculo de simple afiliación, sino una fogosa participación en el mismísimo acto fundacional de esta flamante persona jurídica clandestina. Y tan fogosa resultó aquella participación que podría afirmar, casi sin temor a equivocarme, que todo el asunto se trató más bien de un acto solitario que recién un par de días más tarde obtuvo la adhesión de otros dos individuos con los mismos deseos e inquietudes. Es decir, llamé a dos amigos.

Muy pronto el anhelo de transformarnos en personajes envueltos por un halo de misterio infranqueable para nuestro círculo de amigos, familiares y conocidos acabó por convencernos de que lo atractivo de formar parte de una agrupación de estas características no son las actividades que puedan llevarse a cabo, sino el asunto de la clandestinidad en sí misma. La simple voluntad de ocultación en el marco de una sociedad carente de objeto. Nos ocultamos, sí. Por supuesto que nos ocultamos. Pero no hemos establecido el porqué.

La distribución de cargos resultó un trámite más o menos sencillo. El presidente no quiso ser presidente sino chamán, de modo que la estructura interna descansa hoy sobre la espalda de un chamán, un secretario de actas (o sea yo) y un operador.

La primera operación de la sociedad acabó en un estrepitoso fracaso. El operador fue descubierto con las manos en la masa por su señora, y luego de tomársele declaración indagatoria in situ reveló no solo la existencia de la agrupación sino también los nombres de sus integrantes, motivo por el cual nos vimos obligados a negar todos los cargos delante del plantel femenino, y a permanecer en un estado similar al de las células durmientes del terrorismo internacional.


Sin embargo, la existencia misma de una sociedad secreta, aun en ausencia de un objeto o un fin determinado, genera papeleo. Y los papeles, cuando se acumulan, ocupan un considerable espacio. Es por ello que este secretario de actas no tuvo otra opción que presentar crudamente el problema en la última reunión de directorio, a pesar de las quejas de los demás miembros.

Por lo tanto, para evitar futuras irregularidades, a partir del día de la fecha, en este humilde espacio virtual y con una frecuencia quincenal o a lo sumo mensual, se dará cuenta de la marcha de la sociedad, y de sus decisiones en el campo administrativo.

Transcripción del acta de directorio número cincuenta y dos:

ACTA NRO. 52

En la ciudad de Buenos Aires, a los diecinueve días del mes de abril de 2010, siendo las 02:30 horas, en la sede social de ……………… (Información No Autorizada), se reúnen los miembros del directorio de …………….. (INA) SA. Abierto el acto el señor chamán produce un breve informe sobre la marcha de la agrupación y sobre los esfuerzos realizados para optimizar su funcionamiento. Luego de ello cede la palabra al señor secretario de actas, quien plantea la necesidad de eliminar …… (I.N.A) metros cúbicos de papeles secretos antes de que los mismos sean descubiertos y generen un nuevo escándalo público. En este sentido se discuten diversos planes de acción, se cruzan agrias acusaciones y se estudian los costos económicos y financieros que implicaría dicha eliminación. Finalmente se decide la implementación de un intenso programa de asados familiares –un total de veintitrés en un plazo de seis meses- durante los que se procederá a la quema en cuotas del material más comprometedor a la hora de encender el carbón. También se instruye al señor operador para que tome un curso acelerado de asador (por su cuenta y cargo), dado que será él el encargado de llevar a buen puerto las veintitrés maniobras.
Por último se resuelve declarar que el motivo de la reunión consistió en la ingesta de una pizza y la celebración de un truco gallo, aunque el presente documento será reservado en caja fuerte por el señor secretario de actas.
No habiendo más asuntos que tratar se cierra el acto siendo las 03:45 horas.
Firmas al pie.



Tengan ustedes muy buenas noches.

viernes, 21 de agosto de 2009

MI SOCIEDAD SECRETA / POTENTE GEN

Síntesis del post: Anhelo de clandestinidad. Concreción. Resumen de operaciones. Operación fallida. Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo siempre subo un Potente Gen.

Desde que era así de pequeñito conviví con el sueño de formar parte de una sociedad secreta. La oscura ambición de ser algo parecido a un caballero templario, un illuminati o un masón. Siempre quise convertirme en un personaje envuelto por un halo de misterio irresistible para mi círculo de amigos, familiares y conocidos. Que la sola mención de mi nombre en cualquier tertulia habilite un murmullo generalizado, un paquete de conjeturas fantásticas o una ronda de leyendas inventadas. Ser, en pocas palabras, un ente misterioso y deseado.

Ahora bien, el hombre de acción jamás se queda varado en las praderas oníricas, sino que se lanza decidido a la concreción de sus deseos sin importar lo descabellados que parezcan. Y yo, debo confesarles, soy un hombre de acción.

En estos últimos días le he dado vida a la tan mentada sociedad secreta. Lo hice con dos de mis amigos que, en más o en menos, comparten esta voluntad de ocultación aunque hayan traído a la mesa una serie de ideas propias que deberán ser discutidas en las futuras reuniones. Así es la vida de los entes plurales, un delicado juego entre el consenso y el disenso que exige la máxima atención de todos los participantes.

Aquí un detalle de los avances que hemos producido hasta el momento, y de los inconvenientes que aún debemos sortear:

Las reuniones serán una vez a la semana, por la noche. En la primera llegamos a la conclusión de que lo excitante de participar en una agrupación de estas características es el asunto de la clandestinidad, y no tanto las actividades a realizar. Y como los tres adolecemos de una falta de imaginación pavorosa, por el momento la sociedad carece de objeto. Es decir que tenemos muy claro el hecho de que nos estamos ocultando, aunque no hemos sido capaces de determinar el porqué.

Más tarde se procedió a elegir un presidente, un secretario de actas y un operador, aunque luego el primero solicitó cambiar la denominación de su cargo por otra que lo hiciera sentir un poco más representado. Ahora tenemos un chamán, un secretario de actas y un operador, que cumplen tareas relacionadas con la estrategia, el registro y la ejecución respectivamente.

Arribados al pináculo del razonamiento deductivo comprendimos que la satisfacción aportada por la clandestinidad no es completa si no existen individuos que la infieran, la sospechen o se obsesionen de algún modo con ella. Por lo tanto este secretario de actas (ya les dije en alguna ocasión que me encanta ese cargo, así que no sé por qué me miran así) propuso que cada uno actuara de un modo sospechoso frente a su mujer, y luego se negara a proporcionar los detalles del caso, maniobra que fue ejecutada a la perfección por las dos terceras partes del grupo, y en forma catastrófica por el tercio restante.

El chamán simuló una conversación telefónica ante la mirada atenta de su señora, y luego de pronunciar ocho o diez monosílabos cortó la comunicación arguyendo que no era el momento apropiado para hablar. Luego, ante el requerimiento de ella, dijo que se trataba de un proyecto de índole laboral, y que no podía discutirlo con personas ajenas al mismo.

Este secretario de actas aguardó una hora sentado en la mesa del comedor a que llegara la señora Bigud, y apenas se abrió la puerta procedió a guardar apresuradamente una serie de papeles en un maletín con clave numérica, negándose luego a brindar detalles de su extraño comportamiento.

En cambio el operador fue sorprendido por su mujer mientras preparaba la celada, e inmediatamente se lo sometió a una declaración indagatoria que nada tuvo que ver con la que él tenía en mente para su escenario controlado.

Acorralado por las circunstancias acabó confesando entre lágrimas su pertenencia a una agrupación clandestina, y como al ser preguntado por el objeto de la misma no supo qué responder, se vio forzado a proporcionar el nombre de sus cómplices.

En un desesperado intento por conservar algo de su dignidad cobardemente subastada solo mencionó al chamán, aunque la respuesta fue recibida con un lapidario “si están ustedes dos seguro que también está el otro zángano” (El otro zángano es este humilde servidor, que si bien por ahora logró salvar la ropa ha quedado en una posición que es, como mínimo, precaria).

El hombre continuó con su frenesí delator hasta que la señora se dio por satisfecha, y lo peor de todo es que no existe forma de cuantificar los daños que ocasionó porque no recuerda nada acerca del interrogatorio.

En fin… la de ayer fue una reunión de capa caída. La segunda reunión de una sociedad secreta carente de objeto aunque rebosante de problemas. Se transcribió al acta una relación sucinta de los hechos de la jornada anterior, se discutió la posibilidad de una severa sanción para el operador y se comenzaron a planear las maniobras de distracción a través de las cuales intentaremos recomponer el estado de cosas.

Es cierto que hemos logrado que nuestra clandestinidad sea inferida o sospechada por tres personas que además se han obsesionado (y cómo) con ella, pero no lo es menos que de ninguna manera nos hemos cubierto con ese halo de misterio y deseo que iba a transformarnos en el epicentro de cualquier tertulia.

Creo que la constitución de esta sociedad secreta no ha sido una de mis ideas más lúcidas, y que algunos de los socios no son los feroces guardianes de secretos que yo suponía.


Ahora a lo nuestro:


POTENTE GEN

Gen Korol


Adrián en fondo violeta.

Alejandro en fondo violeta.

Alejandro y Adrián en fondo gris.

Diego Armando, el más conocido.

Adrián y Alejandro en blanco y negro.

Sinceramente no me parece que haya nada para discutir, pero con algunos de ustedes nunca se sabe.

Curiosidad: El menor es el único Diego Armando del planeta que fue bautizado así antes de que Maradona se hiciera famoso.


Tengan ustedes un clandestino fin de semana.