viernes, 3 de julio de 2015
ESA NARIZ
Síntesis del post: Una nariz y una señorita. Combinación. Descripciones. Disconformidad. Agustín está de acuerdo. Reflexión breve. Plan de escape. Pregunta y respuesta.
Tenemos hoy a esta nariz. Mejor dicho, tenemos a esta señorita que la porta con elegancia y suficiencia, y que por cierto es muy bonita. No la nariz sino la señorita. Bueno, y la nariz también. O pensado con más detenimiento, ninguna es bonita por sí misma, pero la combinación de ambas, si es que fuera posible separar al individuo del aparato olfativo que detenta, arroja un resultado muy agradable. Por lo menos a mis ojos, que a fin de cuentas son los que aprecian la materia prima que será objeto principal de este artículo y que, dicho sea de paso, poseen una marcada afición por todo lo relacionado con los rasgos faciales y su potencia decorativa.
Ahora a lo nuestro sin más, que aún hay mucho por desarrollar y ni siquiera hemos ubicado la historia en tiempo y espacio.
Decía entonces que tenemos esta bella combinación de señorita y nariz. Rondará los treinta años, treinta y cinco con toda la furia. A la señorita me refiero. Bueno, y por añadidura a su nariz. Pelo castaño, tez morena, ojos verdosos, pómulos bien definidos, labios gruesos y mentón redondeado. Y a pesar de que el tapado que lleva puesto me impide estudiar otra parte de su cuerpo que no sean las pantorrillas, las proporciones de las mismas insinúan un todo más que aceptable. Entiendo también que debe ser abogada o contadora de alguna empresa más o menos respetable, aunque esta apreciación carece de fundamento, o mejor dicho lo encuentra en mi instinto y en algunos de los temas que —escucho— aborda con la señorita sentada a su lado.
¿Cómo dice?
No, no pienso describir a la señorita sentada a su lado, ya que sus proporciones, potencias y combinaciones no me resultan atractivas. O hablando más claramente, pienso que es fea, y como esa fealdad no es relevante a los efectos de este artículo no me siento inclinado a divulgarla. Sí diré que está sentada a su lado, al lado de la señorita cuyas proporciones, potencias y combinaciones sí merecieron una detallada divulgación, porque en este momento viajamos en el subterráneo. Ellas dos, como acabo de señalar, sentadas. Y yo parado en una posición muy conveniente para escuchar sin problemas su conversación.
El caso, el nudo del asunto que nos ocupa, es que esta señorita tan delicadamente combinada con su nariz no está conforme con ella. Digo, con la nariz; no con ella misma, hecho que sería una auténtica injusticia con la naturaleza que tan generosa estuvo a la hora de aprovisionarla en el campo estético. Siente, según sus propios dichos, que está en falsa escuadra con el resto de la cara, como inclinada hacia el lado izquierdo. Y además es demasiado grande, ganchuda y con unos orificios horriblemente anchos. En resumen, la odia. Aborrece su desproporción y desea someterla a la mano siempre dispuesta de algún cirujano plástico.
Por suerte Agustín está de acuerdo. Esto no lo digo yo, lo dice ella con algún alivio, como si él la hubiera conocido con ese rostro armónico aún inexistente y abogara por un retorno a las fuentes. Como si condicionara su permanencia a la delicada intervención del bisturí.
Por suerte Agustín está de acuerdo, decía. Ella, no yo. Y suelta un levísimo suspiro, una risita nerviosa. En pocos días pasó de aceptar la idea con algún recelo a ser el principal promotor de una nueva estética. Ahora incluso ejerce una cierta presión que la hace sentir un poco incómoda. Estima posibles fechas, propone profesionales, imagina formas y fantasea con otros retoques. Está convencido, pobre Agustín, de que el cambio la va a hacer sentir más segura de sí misma, más feliz. Y si ella es feliz, él —por supuesto— también.
La nariz es tu carta de presentación frente al mundo que te rodea. Esto no lo dice ella, lo digo yo. Más precisamente lo pienso. Según su forma y estilo es la gente que se te acerca, que siente el impulso de interactuar con vos, sea para pedirte la hora o para proponerte matrimonio. Esa gente puede ser buena o mala. Linda o fea. Inteligente o estúpida. Efímera o destinada a la permanencia. Pero siempre compatible con ese mandato. Cambiás la nariz y lo cambiás todo. Para siempre. A veces ese cambio se impone, concedo. Hay narices que son un auténtico tormento de la naturaleza, muy difíciles de abordar con la mirada sin que la razón se extravíe en una repentina pulsión asesina. Narices que agreden, lastiman, anulan cualquier aspecto positivo que pretenda asomar en el individuo que las porta. Pero este no es el caso ni de cerca. Es —ya lo dije— una bella combinación de señorita y nariz, y como a la señorita ya la describimos, ahora haremos lo propio con la nariz. Es cierto que es grande, pero de ninguna manera es enorme. Es un tamaño adecuado si se considera el rostro como un todo uniforme e indivisible. En cuanto a lo de ‘ganchuda’, me parece un término un tanto fuerte, y en mi mente lo asocio con redondeces y curvaturas que aquí están ausentes. Yo prefiero la palabra ‘aguileña’, que representa con mayor fidelidad el conjunto de aristas y vértices que sí definen su forma moldeando de paso unos orificios que no son horriblemente anchos, sino más bien estrechos y alargados. Finalmente la inclinación del tabique hacia el lado izquierdo es real, aunque además de ser casi imperceptible se encuentra plenamente compensada por un oportuno lunar ubicado en la parte inferior de la mejilla derecha. A fuer de ser sincero, no es una nariz común, pero no por ello está exenta de atractivo. Yo no le daría la calificación de obra de arte, pero sí podemos hablar de un bello adorno. Uno muy bien logrado.
Por desgracia mi apreciación no posee suficiente relevancia como para detener las maquinaciones que han dado luz al siniestro plan de esta señorita tan bien combinada. Es Agustín el dueño de la llave que podría salvar del cuchillo a esa delicada pieza de colección, aunque no tenga la menor intención de utilizarla. Él, como ya señalamos, está de acuerdo. Desea una belleza más acorde con las convenciones. Una belleza más popular. Y apenas su gusto —su propia apreciación— escapa un poco de esos parámetros aprobados por una mayoría real o ficticia se siente incómodo. No lo soporta, y ni siquiera es consciente de ello. Prefiere una nariz común, una nariz que se parezca más a él, que no quiere ser uno sino muchos. La compatibilidad, la pulsión que lo movió al acto cuando la vio por primera vez no es un asunto en su mente, no la registra. No conoce el porqué del camino recorrido y por ende es ajeno a los cambios que tan graciosamente alienta. Es una víctima inocente de su propia ignorancia.
De pronto el tren se detiene en lo profundo del túnel y así permanece por varios minutos. Afuera todo es oscuridad, y la inquietud de los pasajeros brota en miradas, carraspeos y suspiros cansados. Al cabo de un rato esa danza gestual deviene en murmullo y este en airada protesta. La voluntad de escapar por los propios medios se hace patente y los planes, algunos estrambóticos y otros más centrados, proliferan en todos los sectores del vagón. Observo a la señorita, tan bonita y bien combinada ella, idear el suyo junto a su compañera de viaje:
– Saltamos ni bien pase el tren en sentido contrario, atravesamos la vía y avanzamos hasta la estación con la espalda pegada a la pared –sugiere al tiempo que estudia el panorama a través de la ventana.
La otra escucha en silencio, no demasiado convencida de llevar a cabo semejante proeza.
– ¿Vos qué opinás? –me pregunta alzando la vista, no porque me considere especialmente sino porque soy el que está más cerca.
– Que Agustín es un pelotudo –respondo yo, que no soy muy de esquivar el bulto cuando me piden mi punto de vista.
Tengan ustedes muy buenas noches.
martes, 18 de octubre de 2011
HIENAS
Hoy nos toca viajar en subte, así que les pido por favor que se aseguren de traer en la billetera, en el bolsillo o en donde sea que tengan por costumbre guardar el dinero, el peso con diez centavos que se necesita para atravesar los molinetes. Sepan que yo no mantengo vagos.
Justamente el otro día estaba pensando que hace bastante tiempo que no utilizamos este simpatiquísimo medio de transporte para hacer el trabajo de campo. Como un año y medio. O más. Pero bueno, lo cierto es que soy yo el que hace bastante tiempo que no utiliza este simpatiquísimo medio de transporte. Ni para el trabajo de campo ni para nada.
¿Cómo dice?
No. Por desgracia ello no se debe a un progreso personal. No hubo en este tiempo una evolución significativa en la escala social. Nada más lejos. Ocurre que he descubierto una serie de variantes, algunas ingeniosas y otras irresponsables, para gastar el poco dinero que poseo. Y entre las del segundo grupo se encuentra el uso del automóvil como herramienta para acceder diariamente a mi puesto de trabajo. Son decisiones que toma uno cuando se le da por pensar que es muy posible que por esta época esté promediando su triste paso por este frío cascote galáctico. Que tal vez este año, el año que viene, el mes pasado o incluso hace un lustro haya ingresado al club de los que caminaron más de lo que les queda por caminar, y entonces concluye que es hora de darse un gusto, de hacerse un mimo que opere como una compensación.
En fin… a lo nuestro sin más.
La suerte está de nuestro lado. Digo esto porque conseguimos asiento ni bien subimos al tren. Aquellos que suelen utilizar este simpatiquísimo medio de transporte —a mí ni me miren— sabrán que eso es una auténtica rareza, no importa de qué línea se trate. Es cierto que en vez de las ocho y media de la mañana son las doce del mediodía (admito que eso puede ser un factor importante), pero antes de que se alcen las primeras voces socarronas deseo aclarar que tengo un justificativo firmado por un médico para estar abriendo la persiana del boliche cuando el sol ya dibuja sus sombras más cortitas. En esto nada tienen que ver las ingeniosas o irresponsables variantes recientemente descubiertas. Y no, lo que me pasa no tiene nada que ver con el fondo de este artículo. Para usted es más que suficiente con saber que sufrí una ligera indisposición. No insista.
Estamos hojeando una revista que nos resulta francamente interesantísima, pero la maniobra se nos está complicando más de la cuenta. A las dificultades que ya de por sí plantea el tamaño de la letra se agregan las pronunciadas curvas propias del trazado y la frenética vibración del vagón. Y eso no es nada comparado con el hecho de que la mencionada revista no se encuentra en nuestro poder, sino en las temblorosas manos de una señora que lee al ritmo de un infante de segundo grado y encima no vacila en manifestar su mal humor al sentir nuestra pegajosa mirada posada sobre su hombro derecho. Por fortuna esa manifestación solo asume una forma gestual. No hay protesta franca, y entonces, con cada resoplido, con cada contorsión o revoleo de ojos, retrocedemos un paso, como las hienas cuando codician la presa de los leones, jadeando y babeando mientras aguardan que aquellos se sacien, o que se junte un número suficiente —de hienas— para perderles el miedo. A los leones.
Así las cosas la batalla se prolonga. Y por mí está bien, tengo todo el tiempo del mundo. Me bajo en la última estación. Diez renglones, resoplido, retroceso, veinte renglones, contorsión, retroceso, cinco renglones, revoleo de ojos, retroceso. No vamos a claudicar, los artículos son buenísimos y no pensamos dejar ni uno por la mitad por una simple cuestión de titularidad. Si quiere privacidad que se tome un taxi. O que nos confronte como es debido. No somos machos pero somos muchos. No se me borren ahora. Es solo una señora. Bien armada, potente, pero solo una señora.
De pronto se suma una circunstancia dramática. Más allá de la promesa de una confrontación épica, la señora cierra la revista y se apresta a descender de la formación. Tres estaciones antes del final del recorrido. La muy ladina. Y justo en la mitad del mejor artículo. Lo está disfrutando, se le nota en la cara.
‘Te vas a quedar con las ganas de leer el final, pavote. Vas a tener que comprar la revista, a menos de que seas vos el que escribió el artículo. Yo me lo voy a leer solita, cuando nadie me vea’. Eso me dice. Con la mirada, por supuesto. Ni en su hora más gloriosa se anima a una confrontación directa.
¿Cómo dice?
Ah, claro. Yo siempre tengo que llevar un as en la manga. Si fuera por usted este vaso de agua se transformaría en una pileta olímpica. Los leones nos correrían por toda la sabana. No sé ni para qué lo traigo, vea.
Ay ay ay… veamos qué se puede hacer por la causa. Pero solo esta vez. No se me acostumbre.
Obtuve el dato, así, de pura suerte, de que la revista no se vende. Se regala. En el subte. En la calle. En la propia redacción. Solo es cuestión de estar atentos. Y encima puede leerse por la internesss. Onlain.
Le juro sobre la tumba de mi perro que yo saldría corriendo a leer ese artículo que me quedó por la mitad por culpa de esa vieja agreta. No lo dudaría ni un segundo, pero da la casualidad de que ese artículo —brillante por cierto— sí que es de mi autoría. Así que me conozco el final, el principio y el jamón del medio. Tomá pa’ vos, vieja chota.
¿Y ahora qué le pasa?
Ah, sí. Perdón.
¿Ya leyó la revista Oblogo?
Pero qué picardía. Semejante publicación no se merece esa actitud prescindente. Sobre todo porque de vez en cuando publican a un pibe que se las trae. Uno que caminó menos de lo que queda por caminar. O eso espera (lo sé porque lo conozco como si conviviéramos desde hace treinta y siete años). Como tres o cuatro veces lo publicaron. Incluso me animaría a pedirles que lo votaran en el concurso Oblogo Banco Hipotecario, si no se hubiese vencido el plazo para votar. No lo hice en tiempo y forma, simplemente, porque genuinamente pienso que existen opciones mejores, y la honestidad entendida como un modo de vida presupone una generosa cuota de estupidez.
Vaya y lea. Si quiere. Y si no, no. Hoy la cosa no viene de pedido, sino de consejo.
También podemos esperar otro subte. Nadie nos corre.
Oblogo Nº 67
Tengan ustedes muy buenas noches.
lunes, 14 de junio de 2010
INCIDENTE EN EL SUBTE "A"

Corre el mes de diciembre del año 2006. El calor es insoportable.
”Metrovías informa que la línea "A", Primera Junta-Plaza de Mayo, presta servicio con demora. Disculpe las molestias ocasionadas”.
Me caigo y me levanto encima de Metrovías.
El tren irrumpe como un toro bravo en la estación Acoyte. Y viene hasta la manija. Se abre la puerta y tres o cuatro desprevenidos son expulsados al espacio exterior perdiendo para siempre su lugar.
Ya no queda sitio para nada ni nadie, pero en el último instante aparece un gordo que opina distinto. Me resisto intentando cubrir el único hueco a través del cual podía soñar un abordaje, pero este simpático disidente afirma sus manazas en el marco de la puerta, inspira profunda y ruidosamente, y se impulsa hacia el interior del vagón con un horrendo movimiento pélvico que cambia para siempre mi visión del mundo.
Lo fulmino con una mirada repleta de indignación, pero me ignora.
Dejamos atrás Plaza Miserere y una vieja – por cierto bastante deteriorada- que tengo incrustada debajo de la axila derecha comienza a proferir una serie de insultos murmurados. Como no la escucho bien me sumerjo de nuevo en mis pensamientos, pero al cabo de un instante me percato de que aquellos terribles epítetos están dirigidos hacia mi persona.
Todo sucede muy rápido y pierdo segundos valiosos. El olor fétido de un intestino en plan de evacuación se ensaña con mis fosas nasales al tiempo que la vieja me endilga la responsabilidad a grito pelado. La muy artera.
¿Por qué a mí y no a cualquier otro pasajero?
Tal vez por mi color de piel. O por mi naturaleza salvaje. O por aquel conflictivo manifiesto en contra del agua dulce. No lo sé. De cualquier modo tengo ganas de cazarla de la nuca y refregarle el ojete por la cara para insuflarle algunos pensamientos absolutorios.
Miro a los costados en busca de algún otro candidato que cuadre en los parámetros visuales que el inconciente social suele reservar para los inadaptados, pero no lo encuentro. Para ser del todo franco, yo también habría alzado un índice acusador en dirección a mi persona. A la derecha tengo una vieja -otra- que se parece más a un cadáver en descomposición que a un ser vivo (lo cual explicaría el olor), y a la izquierda una magnífica señorita cuya parte trasera no podría expedir más que claveles perfumados y versos alejandrinos.
A la altura de la estación Lima ya soy víctima del repudio general. La vieja defiende su nariz aguileña con un pañuelo de tela repleto de pegotes, pero no ha dejado de insultarme; y enfrente se me paró un pelado bastante fornido cuyo único deseo es propinarme una feroz golpiza. Para colmo, un grupo de adolescentes entona algunos cánticos alusivos que impiden que el incidente se desdibuje en la memoria de los presentes. La situación es crítica, aunque por suerte la gente desciende en masa para efectuar la combinación con la línea "C".
Al llegar a la estación Plaza de Mayo solo quedamos en el vagón el gordo disidente, la vieja denunciante y yo. Es el fin del recorrido.
Se abre la puerta y desciende la vieja berreando. Cada tanto se da vuelta y me busca con su inefable índice acusador, pero yo me disfrazo en la multitud. Finalmente apura el paso y sale de mi vida para siempre.
El gordo disidente me saluda con una leve inclinación de la cabeza, y me devuelve aquella mirada indignada con una sonrisa compasiva.
Yo lo ignoro. El horno no está para bollos, y los aliados pelean codo a codo en el campo de batalla. Si hubiera bastado con una sonrisa, me habría inclinado por la señorita de los claveles y los versos. De eso no cabe la menor duda.
Tengan ustedes muy buenas noches.
lunes, 7 de diciembre de 2009
TE CUENTO

Gabriela está casada con Martín desde hace unos nueve años. En un principio se instalaron en Olivos, pero cuando Martín cambió de trabajo se vinieron a vivir a la ciudad de Buenos Aires. Tienen tres hijos. Mariano, de siete años, Candela, de cinco y Francisco, de dos. Ella trabaja en la administración pública, y como suele quedar libre a las cuatro de la tarde, siempre tiene tiempo para los niños. Los va a buscar al colegio, les sirve la merienda, los baña e incluso los ayuda con la tarea antes de ponerse a cocinar la cena. Su vida transcurre pacífica, sin mayores inconvenientes, en medio de una felicidad que podría definirse como moderada.
Carla no está casada, pero está de novia con Federico, un muchacho de lo más simpático que conoció el verano pasado mientras se tostaba en las arenas tibias de Mar del Plata. Si bien todo marcha viento en popa, ella está preocupada por el futuro inmediato. Parece que Federico se encuentra muy a gusto con la situación tal y como ésta en este momento, y no tiene planes de amontonarse con ella en su departamento de Palermo. La ecuación “novia-trabajo-departamento de soltero” le cierra perfectamente, hecho que genera en ella una verdadera montaña de preguntas que aún no se anima a formular. En el fondo es feliz, aunque crea que su calidad de vida podría ser mucho mejor de lo que es con solo tomar un par de decisiones trascendentes.
Carla y Gabriela fueron compañeras de colegio. Se sentaron juntas durante los cinco años del secundario, y sin embargo hacía mucho tiempo que no se veían las caras. Ocurre que Carla no fue a la reunión por los quince años de egresadas en ese restaurante de Boedo. La pura verdad es que no le interesó en lo más mínimo la propuesta, y no le importa confesarlo.
En otro orden de cosas nos enteramos de que las dos eran muy amigas de Valeria, otra compañera de aquella época, pero solo Gabriela permanece en contacto con ella en la actualidad.
Gabriela piensa que Valeria se ha convertido en una perfecta estúpida. Presenta los mismos comportamientos que en el colegio secundario, y ello se debe –siempre según su parecer- a que nunca maduró. Cambia de novio cada semana, no logra conservar sus trabajos y de vez en cuando se relaciona con algunas sustancias no muy saludables. A esta altura de su vida, hay cosas que Gabriela no está dispuesta a soportar, así que cuando la otra le sale con alguna pavada, ya sea por teléfono o en persona, ella se escapa por la tangente y corre a refugiarse en su propio universo.
Carla la escucha con un rictus de sorpresa, pero tampoco indaga demasiado sobre la vida de su otrora mejor amiga. En lugar de eso, le cuenta a Gabriela algunos de sus proyectos laborales inmediatos (es arquitecta) y le entrega una tarjeta con sus datos personales y profesionales. Le recuerda que le transmita a Martín que si está interesado en hacer ese cerramiento en el jardín de la casa, puede llamarla con toda confianza. A la oficina o al celular. El presupuesto no lo defraudará.
Gabriela dicta un número de celular que Carla anota, y ambas se despiden con un prolongado abrazo. Queda flotando la promesa de un inminente encuentro.
Todo esto tuvieron tiempo de decir estas dos mujeres en un solo viaje en subterráneo. Se encontraron en la estación Río de Janeiro, y se despidieron en la estación Congreso.
El hecho –de más está decirlo- ocurrió justo al lado mío, y menos mal que yo no soy un asesino serial, un violador o un secuestrador virtual, porque el único dato que me falta sobre ellas es el número de tarjeta de crédito.
Gabriela sabe ahora sobre Carla (y Carla sobre Gabriela) muchas más cosas de las que yo he alcanzado a contarle sobre mí a la señora Bigud en estos últimos catorce años.
Resulta obvio a los ojos de cualquiera que las mujeres comunican de un modo muy eficiente.
Y que yo necesito un jefe de prensa.
Tengan ustedes muy buenos días.
viernes, 9 de enero de 2009
EL VAGÓN DE LA PRIMERA

En el anuncio número tres del último post les comenté, con un poder de anticipación realmente envidiable, que entre los cuatro o cinco temas dominantes del mes de enero iban a figurar las historias en el subte “A”. Y aquí me tienen, presente para cumplir con la palabra empeñada, firme para rumiar mi extensísima lista de agravios contra la empresa Metrovías y bastante apurado para terminar con todo a una hora más o menos decente, porque hoy es viernes, y los viernes yo almuerzo solo, y me como una milanesa de ternera con fritas a caballo, o un buen bife de costilla acompañado de la misma forma (con el equino y el tubérculo), y me tomo un vino chiquito con soda y hielo, y me pongo a pensar, y pienso cosas de lo más variadas, y cuando me quiero acordar ya faltan dos o tres horas para el fin de semana.
Y les anticipo, otra vez con ese poder de anticipación envidiable, que no me voy perder el comienzo del fin de semana por unas cuantas líneas atrasadas, así que a lo nuestro, que estoy bastante apurado para terminar con todo a una hora más o menos decente, porque hoy es viernes, y los viernes yo almuerzo solo.
EL VAGÓN DE LA PRIMERA
Sabrán ustedes que hace un par de semanas el señor Mauricio Macri tuvo la buena idea de inaugurar dos nuevas estaciones del subte “A”, por lo que ahora este simpático trencito que se arrastra tres o cuatro metros por debajo del pavimento a lo largo de la avenida Rivadavia, penetra hasta el corazón mismo del barrio de Flores, o sea, hasta el cruce con la avenida Carabobo.
¡Qué alegría!, dirán los vecinos de la calle Puan que se beneficiaron con la primera de estas dos estaciones, y que, además de que sus propiedades se habrán revalorizado un poco, ya no tendrán que caminar nunca más las seis o siete cuadras que hay hasta la estación Primera Junta, antigua cabecera de la línea.
¡Por fin!, dirán los vecinos de la inefable avenida Carabobo que hasta hace quince días no podían soñar con tomar el subte sin antes cubrir en colectivo la punta de cuadras que los separaban –y los siguen separando- de la mencionada estación Primera Junta, y que ahora se suben muy orondos a ocupar su asiento en los trenes vacíos de la flamante cabecera de línea.
¡La puta madre que los parió a todos!, decimos los vecinos de la avenida Acoyte, que antes subíamos en la segunda estación con un tren razonablemente poblado, y ahora subimos en la cuarta estación, por la puerta, por la ventana o por donde podemos, porque no sé si se han enterado, pero parece que en el barrio de Flores vive mucha gente. Qué digo mucha… muchísima. Toda.
Y señores… estamos en enero. Acá no hay ni la cuarta parte de la gente que tendría que haber.
En marzo, cuando ya estemos todos de nuevo en la ciudad, con el bronceado en franca retirada y estrenando esa corbata horrenda que alguna tía nos regaló en Navidad para recordarnos que las vacaciones no son eternas, la situación se va a poner bastante fea. O compran algunos trencitos nuevos, o me lo apalabran al impresentable de Viviani para que los taxis cuesten la mitad de que cuestan hoy.
En fin…
Hoy a la mañana no me quedó más opción que dejar pasar dos trenes que en su interior –lo juro- transportaban un bloque granítico que no permitía el flujo de humanos en ninguno de los dos sentidos.
Un horror.
Por suerte, cuando ya mi estado de desesperación era manifiesto y la tercera formación se aprestaba a abandonarme en el andén, llegó un gordo muy aguerrido del cual ya les hablé en el párrafo que está justo debajo de la foto de este post (segundo de la historia del blokkkk) y procedió de la misma forma que aquella vez, enviándome más o menos hasta el centro del vagón.
Aleluya.
El único inconveniente fue que luego de esta arriesgada maniobra de abordaje, una señora de pequeña estatura, mediana edad y alta volatilidad se sintió un tanto invadida por el desplazamiento forzado de la masa. Y no les cuento la humanidad de quién constituía la primera línea de la bendita masa porque seguramente ya se lo imaginan.
Se dio vuelta (toda una proeza considerando las circunstancias) y me dijo más o menos lo siguiente:
“A ver querido… ¿me podés sacar el codo de la espalda que me estás dejando sin aire?”
Y luego dijo esto, pero ya a modo de reflexión final, y no estrictamente dirigido a mí:
“Yo no sé por qué se siguen subiendo si ven que no hay más lugar”.
Y entonces yo, que en los escenarios dramáticos, miserables o desesperados alcanzo incluso cierto grado de disfrute, le regalé una amable sonrisa y acto seguido le contesté más o menos esto:
“Señora, el vagón de la primera es el de adelante”.
Y como la gente se reía –y mucho-, la señora concedió un “touché” facial, sonrió y siguió en lo suyo, que supongo sería aguantar el olor corporal de la famosa masa, porque los amontonamientos son la pesadilla de la gente chiquita.
Giré la cabeza para el otro lado y una señorita con unos ojitos verdes de lo más expresivos (muy bonita ella) me sonreía con efusión. Solapadamente diría yo si tuviera cuarenta años más de los que tengo. Pero como este escenario ya no era ni dramático, ni miserable ni desesperado me alboroté. Y sonreí, pero más con timidez que con agresividad. Y después bajé la mirada. Y supongo que me puse colorado. Y me arrojé al exterior en la estación Saenz Peña, como siempre. Y mientras miraba la sombra del Palacio Barolo a contraluz desde la escalera mecánica, me pregunté por qué siempre me pasan cosas en el subte. Y me pareció una pregunta tonta...
Tengan ustedes muy buenas tardes.
viernes, 15 de agosto de 2008
IN MEMORIAM

jueves, 24 de julio de 2008
VOS SOS LO MÁS BAJO

La línea “A” del subterráneo de Buenos Aires completa su recorrido entre la estación Primera Junta y la Plaza de Mayo en unos diecinueve minutos; y durante ese lapso, muchos pasajeros suelen ser atacados por un afán de cultura enfermizo que los abstrae del mundo exterior hasta convertirlos en entes desprovistos de cualquier signo de voluntad. El efecto narcótico que poseen las corrientes húmedas que se desplazan por los pasillos de esos viejos vagones ingleses de principios del siglo XX, los impulsa a revolver furiosamente los bolsos, maletines y portafolios en busca de un adecuado material de lectura para soportar las penurias del extenso viaje.
Aquel repentino descubrimiento generó en mí una curiosidad casi adolescente, y a partir de entonces me dediqué a estudiar el tema con un rigor científico que hubiera arrancado lágrimas de emoción al mismísimo Bernardo Houssay. Estaba decidido a encontrar la solución del misterio, aunque para ello tuviera que consagrar mi vida entera a una monótona investigación en las entrañas de la madre tierra.
Por ejemplo, el voraz apetito por la lectura y la consecuente abstracción del mundo exterior aumentan significativamente cuando mujeres embarazadas o ancianas decrépitas se abren paso hacia el corazón del vagón. En general, los pocos que logran contener su arrojo hacia las letras estableciendo un tímido contacto visual con un sujeto pasible de cesión de butaca, son los que descienden en la siguiente estación.
Otro hecho probado es que el noventa y ocho coma siete por ciento de los melómanos que se coloca auriculares se queda dormido inmediatamente; y a su vez, el cien por ciento tiene la fortuna de despertar fresco como una lechuga en el preciso instante en que el tren se detiene en su lugar de destino.
Mientras estudiaba el fanatismo por la lectura que generan las embarazadas en algunos individuos, por casualidad descubrí una peligrosísima enfermedad que luego fue bautizada en los más prestigiosos congresos médicos como “Mal de la somnolencia súbita”. Esta rara patología afecta principalmente a los hombres mayores de veinte años que viajan sentados, y aunque parezca mentira, también se encuentra estrechamente relacionada con la presencia de embarazadas a punto de reventar o ancianas en vías de extinción. Aquellos infortunados que tienen la desgracia de ser atacados por este mal, se vuelven inhábiles para controlar la caída de los párpados; pero a diferencia de la gente que simplemente se queda dormida, ellos no se desparraman ni pierden la capacidad de mantener el cuello erguido. Es decir, continúan en completo dominio de sus facultades, excepto por la zona ocular. Se rascan, se acomodan la ropa, se suenan los dedos de las manos y no se caen sobre el compañero de asiento en las curvas. Pero todo lo hacen con los ojos cerrados. Sin embargo –y por fortuna-, esta condición es pasajera, y suele desaparecer cuando el individuo en cuestión se acerca a su destino final.
Claro está que para llevar a cabo esas gestas, primero es necesario conseguir el preciado asiento. Y para eso existen hombres dotados de un heroísmo emocionante, que si fuera ejercido con el mismo empeño en la superficie, los habría conducido a posiciones suficientemente encumbradas como para prescindir del transporte público por siempre jamás. Sin embargo, por no encontrarse relacionadas en forma directa con la cultura o con la enfermedad del sueño, no vamos a detallar aquí las ingeniosas tácticas que les permiten hacerse con un asiento en las propias narices del desvalido. Quedará para una segunda entrega.
Lo cierto es que yo suelo denunciar a viva voz a todos estos personajes. “Vos sos lo más bajo” en el cara a cara, y “A ver los de la biblioteca” cuando acuso al voleo son algunas de mis frases de cabecera. Y esto no lo hago porque mis principios me impidan tolerar semejante injusticia, sino porque algunos de ellos todavía conservan una mínima dosis de vergüenza que, al verse expuestos, los impulsa a ensayar comiquísimas explicaciones de su accionar. Son esos relatos repletos de ingenio los que me interesan. Bueno… y el alboroto, claro.
Es que soy bastante grandote, y como nadie sabe que soy muy torpe y no muy lúcido para la batalla física, son pocos los que se me animan. Sobre todo después de haber estado fingiendo una discapacidad motriz.
Vale la pena aclarar que no todo el mundo se sube al tren en la primera estación, ni se baja en la última. Por lo tanto, un individuo que soporta la desgracia de tener que ceder la butaca en la línea “A” de subterráneos, viaja parado –en promedio- entre tres y siete minutos.
Semejante epopeya lo explica todo. Sin duda es así.
jueves, 10 de julio de 2008
INCIDENTE EN EL SUBTE "A"

Metrovías informa que la línea "A", Primera Junta-Plaza de Mayo, presta servicio con demora. Disculpe las molestias ocasionadas.
La puta que los parió.
El tren irrumpe como un toro bravo en la estación Acoyte. Y viene hasta la manija. Se abre la puerta y tres o cuatro desprevenidos son expulsados al espacio exterior perdiendo definitivamente su lugar.
Ya no queda sitio para nada ni nadie, pero en el último instante llega un gordo que opina distinto. Me resisto intentando cubrir el único hueco a través del cual podía soñar un abordaje, pero este simpático disidente afirma sus manazas en el marco de la puerta, inspira profunda y ruidosamente, y se impulsa hacia el interior del vagón con un horrendo movimiento pélvico que cambia para siempre mi visión del mundo.
Lo fulmino con una mirada repleta de indignación, pero me ignora.
Dejamos atrás Plaza Miserere y una vieja -bastante chota por cierto- que tengo incrustada debajo de la axila comienza a proferir una serie de insultos murmurados. Como no la escucho bien me sumerjo de nuevo en mis pensamientos, pero al cabo de un instante me percato de que aquellos terribles epítetos están dirigidos a mi persona.
Todo sucede muy rápido y pierdo segundos valiosos. El olor fétido de un intestino en plan de evacuación se ensaña con mis fosas nasales al tiempo que la vieja me endilga la responsabilidad a grito pelado. La muy hija de puta.
¿Por qué a mí y no a cualquier otro pasajero? Tal vez por mi color de piel. O por mi naturaleza salvaje. O por aquel conflictivo manifiesto en contra del agua dulce. No lo sé. De cualquier modo tengo ganas de cazarla de la nuca y refregarle el ojete por la cara para insuflarle algunos pensamientos absolutorios.
Miro a los costados en busca de algún otro candidato que cuadre en los parámetros visuales que el inconciente social suele reservar para los inadaptados, pero no lo encuentro. Para ser franco yo también habría alzado un índice acusador en dirección a mi persona. A la derecha tengo una vieja -otra- que se parece más a un cadáver en descomposición que a un ser vivo (lo cual explicaría el olor), y a la izquierda una magnífica señorita cuya parte trasera no podría expedir más que claveles perfumados y versos alejandrinos.
A la altura de la estación Lima ya soy víctima del repudio general. La vieja defiende su nariz aguileña con un pañuelo de tela bastante pegoteado, pero no ha dejado de insultarme; y enfrente se me paró un pelado bien fornido que me quiere cagar a trompadas. Para colmo, un grupo de adolescentes entona cantitos alusivos que impiden que el incidente se desdibuje en la memoria de los presentes. La situación es crítica, pero por suerte la gente desciende masivamente para efectuar la combinación con la línea "C".
Al llegar a la estación Plaza de Mayo solo quedamos en el vagón el gordo disidente, la vieja denunciante y yo. Es el fin del recorrido.
Se abre la puerta y desciende la vieja berreando. Cada tanto se da vuelta y me busca con su índice acusador, pero yo me disfrazo en la multitud. Finalmente apura el paso y sale de mi vida para siempre.
El gordo disidente me saluda con una leve inclinación de la cabeza, y me devuelve aquella mirada indignada con una sonrisa compasiva.
Yo lo ignoro.
