Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.
Mostrando entradas con la etiqueta Historias de vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historias de vida. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de noviembre de 2012

UNA TRAGEDIA DOMÉSTICA


Síntesis del post: Una tragedia doméstica. Tarde de domingo. Repentina llovizna. Los habitantes de la pecera. Flor. El elixir salvador. Maniobras de reanimación. Conflicto en puerta. Despedida.


Hoy llego a ustedes con el firme propósito de relatar una tragedia. Una tragedia doméstica. De todos los escenarios en los que se puede situar una narración, entiendo yo que el de la tragedia es —sin duda— el que mayores alternativas ofrece al narrador. Y es que el sufrimiento, cuando es ajeno, se transforma en un material literario de extrema nobleza. Se deja trabajar con mansedumbre. El sinfín de ángulos que ofrece para su abordaje, la vulnerabilidad de los protagonistas y las insospechadas ramificaciones de los hechos que lo provocan conforman un auténtico caldo de cultivo para la más acabada explotación de los recursos de ese escritor que ha pasado uno, dos o tres meses a la caza de una idea o una situación propicia para esos menesteres.

Entonces en eso estamos, estimados, habiéndonos convertido en testigos involuntarios de una pequeña tragedia (una tragedia doméstica), habiendo transcurrido varios días a la caza de una idea y con serias intenciones de llevar a cabo una acabada explotación de esos recursos literarios que, pocos o muchos, son los que tenemos a la mano.

Ahora a lo nuestro sin más, que el tiempo apremia y no existe cuadro que se pinte solo.

La tarde del domingo nos encuentra en casa de amigos. Más precisamente en el jardín. Una familia tipo, como la nuestra. Matrimonio, dos hijos (niño y niña), un perro y el tedio que gana fuerza con el último bocado del almuerzo. Las mujeres toman mate al calor del sol, los niños juegan, gritan y se pelean, los hombres charlan de bueyes perdidos y el perro reposa en un rincón apartado. Todo transcurre dentro de la más absoluta normalidad, como es lógico, como suele ocurrir en cada instante de la vida cotidiana, incluso en aquellos que son previos a aquel otro, el otro instante, el fatídico, el que desencadena la tragedia sin la delicadeza de avisar con la debida antelación. Así es la vida, diría mi abuelita si aún estuviera entre nosotros. Pero como no está, lo digo yo, que para eso, quiero decir, para una situación como la que nos ocupa, he tomado la precaución de memorizar la célebre frase.

Una repentina llovizna nos obliga, a nosotros, a los hombres, a abandonar nuestras cómodas posiciones con el fin de colocar a resguardo del agua los objetos más permeables. Casi en un pestañeo la comida, los cigarrillos y los teléfonos móviles son reubicados sobre la mesa de la cocina, y la tertulia sigue su curso sin mayores inconvenientes.

Con la satisfacción del deber cumplido me dedico a observar la pecera que está sobre la mesada, al lado de la heladera. Un pez de vivos colores (por cierto muy bonito) nada en círculos a unos quince centímetros de profundidad. En el fondo, sobre las piedritas que suelen decorar estos simpáticos recipientes, dos ranas de color blanco permanecen inmóviles, como temiendo ser devoradas por su vecino, pero al mismo tiempo seguras de sí mismas. No mucho más.

Justo en el instante en que estoy por perder la mirada en algún otro sitio menos monótono percibo que la pecera posee un cuarto habitante. Es un pez bastante más grande y colorido que el anterior, aunque un tanto menos vivaz. O mucho menos vivaz. Sí, definitivamente, mucho menos vivaz. De hecho su manera de flotar, entre el vidrio y el tubo del respirador, de costado y a escasos milímetros de la superficie, unida a su respiración, que bien podría calificarse como esporádica aun sin ser un erudito en la materia, permiten inferir que sus asuntos, cualesquiera que sean, no marchan como debieran.

De inmediato paso el parte de la situación al hombre de la casa. Él —seguramente— sabrá lidiar con ella mucho mejor que yo.

El hombre pega la nariz contra el vidrio y desplaza el rostro a lo largo y a lo ancho. Es decir, observa el cuadro desde distintos ángulos; y lo hace en silencio, durante varios segundos. Finalmente, con el dedo índice empuja al pez hacia el fondo —creo yo— con la intención de reanimarlo. El animal desciende algunos centímetros pero casi de inmediato regresa a la superficie, así, flotando medio ladeado y respirando con una frecuencia que ya, sin temor alguno al error, definiremos como inquietante.

‘Mierda, este bicho está medio jodido’ concluye con un rictus de genuina preocupación.

Para ser franco, pienso que tanto el diagnóstico como la maniobra de reanimación estaban perfectamente al alcance de mis conocimientos en la materia, pero bueno, en esos primeros momentos cruciales uno siempre debe dejar actuar al legítimo propietario.

La siguiente decisión consiste en asomarse al jardín y comunicar el estado de cosas a la mujer de la casa.

‘Che, me parece que Flor no anda muy bien’ dice en un tono casi despreocupado.

En estos casos quitar dramatismo a la situación es algo que, por lo menos a mí, me parece fundamental. Ahora sabemos que el bicho en cuestión es en realidad una hembra, se llama Flor, y no está medio jodida, sino que no transita —por así decirlo— su momento más glorioso.

Y aquí es donde comienza nuestra pequeña tragedia doméstica, que no consiste en el hecho frío de la posible muerte de un pez, sino en las circunstancias (hasta ahora desconocidas por todos nosotros) que la rodean.

‘Te dije que no cambiaras el agua de la pecera sin haber comprado antes el anticloro que se acabó el otro día’ sentencia la mujer de la casa con un destello de furia en los ojos.

Esto definitivamente cambia las cosas. La atribución de responsabilidad produce ese efecto, y nunca es sencillo desbaratar los argumentos de quien la realiza.

El hombre ensaya una defensa, la mugre del agua era inconcebible, tenía que proceder aun sin el bendito neutralizador del cloro. Vuelve a pegar la nariz contra el vidrio, extiende el dedo índice y repite la inútil maniobra de reanimación, a mi juicio, ya con una nota de obstinación carente de justificativo, dado que Flor describe la misma parábola que antes, anoticiando (con su poco ortodoxa manera de flotar) de la gravedad del cuadro a la ya de por sí enfurecida señora.

Y cuando las cosas se tuercen, tienen la manía de hacerlo todas a la vez. Irrumpe el hijo mayor del matrimonio y, entre sollozos, declara a viva voz que él le advirtió a su padre, no una ni dos ni tres, sino varias veces más, que cambiando el agua sin agregar el mentado neutralizador de cloro se corrían riesgos inaceptables. Lo hace de buena fe, sin comprender que lo que aquí se discute es algo infinitamente más complejo. Un estilo de vida, una forma de proceder, una actitud hacia el mundo que va mucho más allá de la suerte que pueda correr un pez.

Ahora el barco del jefe de la familia, torpedeado por la ira de una esposa y un preadolescente que habían predicho un día antes el trágico desenlace, se hunde irremediablemente. Acorralado entre los insultos y la posibilidad de que el conflicto ingrese en una fase peligrosa para su físico accede a llamar al teléfono de urgencias del veterinario para conseguir cuanto antes el elixir salvador. Yo, de más está decirlo, ofrezco mi vehículo para completar el procedimiento con la mayor celeridad y eficacia. Es lo menos que puedo hacer en un marco tan delicado.

Diez minutos más tarde estamos de vuelta y sin perder tiempo vertemos la mitad del preciado líquido dentro de la pecera, separando a la infausta Flor en un balde con la otra mitad solo para ella. Durante nuestra ausencia, los mensajes de mi mujer en el celular daban cuenta de un estado crítico, e incluso deslizaban la sospecha de una posible muerte.

Acodados ambos sobre la mesada de la cocina y con la estabilidad del hogar pendiendo de un hilo (por cierto bastante fino), nos dedicamos a observar en silencio los efectos del tratamiento en curso. Sin embargo —justo es hablar con la verdad— la respuesta del paciente es prácticamente nula. Flota de lado con la misma apatía que en la pecera, solo que ahora ya no registra movimientos branquiales y una porción de la cabeza que incluye el ojo derecho se encuentra fuera del agua. Sombrío panorama, si se me permite la opinión.

Durante los siguientes minutos, dos o tres veces logra que refrenemos la comunicación del deceso mediante agónicos movimientos de la boca más asimilables a un espasmo postmortem que a una heroica resurrección. Nos miramos de reojo tratando de que el resto de las personas que están en la casa no perciban el hecho de que nos resulta muy complicado contener la risa, de que no noten que ya hemos aceptado el inevitable final, tan próximo y tan amenazador.

De pronto el hombre (entiendo que cansado o inquieto) intenta una nueva maniobra de resucitación que consiste en tomar a Flor como si fuera un barquito de papel volcado de lado, sacudirla suavemente y enderezarla para que reanude su marcha. Una acción desesperada que yo celebro más por compañerismo que por convicción, ya que ese barquito —continuemos con la metáfora— ha recibido demasiada agua en cubierta.

‘¿Cómo está Flor, papi?’ indaga la hija pequeña no muy al tanto del drama que se desarrolla en esa cocina.

Los ojos de la señora se clavan como puñales en el improvisado médico de cabecera. Flor ha sido declarada muerta hace algunos minutos, y en este preciso momento se están decidiendo los pasos a seguir.

‘Está difícil, pero los otros tres se van a salvar. Mirá las ranitas.’

Mirá las ranitas. Una sentencia lapidaria que solo puede ser recibida de buen grado por una niña de siete años, y es aquí donde mi mujer decide que ha llegado la hora de la retirada para que cada uno de los profesionales intervinientes rinda cuentas frente a la autoridad de turno.

‘Compramos uno chiquitito y que crezca’ me susurra el hombre de la casa tratando de que su sonrisa no delate despreocupación.

‘Sí, seguro’ respondo yo sabiendo que mis palabras son la única muestra de comprensión que recibirá de aquí al final de la jornada. Los niños y la mujer desean darle a Flor una cristiana sepultura en el jardín, pero yo mismo he presenciado el instante en que fue arrojada al inodoro (en el más estricto secreto y bajo severas medidas de seguridad) para evitar la prolongación del sufrimiento. Un último error profesional para colocar la cereza en el postre de una tarde que le será difícil olvidar. Le van a arrancar la pestañas una por una, no cabe la menor duda.

Mientras agito la mano por fuera de la ventanilla del auto en señal de despedida observo la escena por el espejo retrovisor. La mujer y los niños ingresan cabizbajos a la casa, el hombre permanece en la vereda. Agita su mano devolviendo el saludo. Uno chiquitito y que crezca, creo leer en sus labios. Pero ya estoy doblando la esquina.


Tengan ustedes muy buenas noches.

Nota: Escrito dedicado a la Señora Bigud, otra testigo presencial cuyo sentido del humor, morboso al igual que el del autor de estas líneas, se ha visto alimentado de sobra con los ribetes trágicos de esta historia.

jueves, 1 de noviembre de 2012

LO QUE CABE EN UN INSTANTE


Síntesis del post: Irrumpe un gordo. Lo que cabe en un instante. Estoy y no estamos. Procedimiento sugerido. Despojo. La vez que casi muero. Viejo poema. Desenlace.


De pronto irrumpe un gordo de aspecto patibulario, áspero en sus rasgos y maneras. Frota la palma de la mano izquierda en el pantalón, como apagando los sudores, y mira en todas direcciones sin detenerse en ninguna. Está nervioso. Visiblemente nervioso. Ni bien me percato de su presencia arrojo un par de billetes sobre la mesa y me dispongo a llevar a cabo una honrosa retirada. Sé lo que hago. Cuando uno tiene por costumbre la contemplación, la observación minuciosa del universo humano que lo rodea, intuye los problemas un tiempo antes de que se produzcan. Ahora bien, la mayoría de las veces ese tiempo es más que suficiente para evitarlos, pero otras, las menos, es una anticipación que llega en forma de instante, y como bien sabrán ustedes, son muy pocas las cosas que caben en un instante. La toma de una decisión, quizás el impulso de ponerla en práctica, no mucho más.

‘Volvé a tu asiento, morocho.’

Eso me dice el gordo, y yo obedezco sin interponer excepciones de ninguna especie. Lo que me convence de seguir el procedimiento sugerido no es tanto su monumental volumen (que ya sería un argumento más que atendible), sino la Magnum .357 que acaba de extraer de entre sus ropas.

Ah, sepan ustedes que el asunto ocurre en un bar. Lo digo ahora, en medio del relato, porque estoy seguro de no haberlo dicho antes. Supongo que es una desprolijidad motivada por la enorme confusión que suele generar la presencia de un arma de fuego, o por aquello de que en un instante caben muy pocas cosas, sentencia que —por supuesto— también se aplica a las palabras. En cualquier caso da lo mismo, considero que con esta pequeña aclaración la escena ha quedado debidamente planteada.

Ahora a lo nuestro sin más, que todo robo que se precie debe llevarse a cabo sin tantos prolegómenos.

Entonces regresemos al bar en el que estoy. Y digo ‘estoy’, y no ‘estamos’, porque a lo largo del tiempo, a fuerza de escribir tantos artículos, he aprendido que ustedes gustan de la forma plural solo cuando aparecen señoritas de graciosa figura y candorosa actitud. Si en el planteo se cuela un gordo sudoroso con un revólver, entre gallegos te veas y que Dios te coja confesado. Para eso sí que sirven los instantes. Para que huyan los cobardes.

Y hablando del gordo sudoroso, debo señalar que mientras yo les pasaba a ustedes esa modesta factura, él inició su gira recaudatoria por las mesas, por fortuna, justo en el extremo opuesto al que nos encontramos. Mejor dicho, al que yo me encuentro. Hatajo de canallas.

Una anciana extrae una billetera de forma y edad indeterminables y ensaya un heroico regateo. Que déjeme usted unas monedas para el colectivo, que las tarjetas no le sirven para nada, que esa es la foto de mi difunto marido, que la cadenita no vale ni veinte pesos. En fin, pequeñas miserias que afloran aun en las peores circunstancias. El gordo perdona uno o dos ítems, pero le arranca la cadena de un tirón y se traslada a la siguiente mesa. Una joven pareja se despoja de sus pertenencias con suma tranquilidad, celeridad y eficiencia. Entregan todo lo que sirve, conservan lo que por convención no es útil a un malviviente apremiado por el reloj, y a otra cosa sin mediar palabra. El señor trajeado que venía pidiendo la cuenta hacía más de diez minutos introduce en la bolsa su computadora portátil insultando entre dientes (no sé si al gordo o al mozo). Y así prosigue la recorrida, arrojando, por lo que podemos —puedo— observar, resultados bastante jugosos.

Por fin, como era previsible, nos toca el turno. Me toca el turno, ya sé. Siempre cantan el número que uno posee cuando el mismo ha sido otorgado con fines recaudatorios. Y es que —tomen esto como una enseñanza de vida— el sistema nunca se cae si el asunto de fondo consiste en un despojo.

Abro aquí un pequeño paréntesis para hacer un agregado que considero más o menos importante: Lo que también se me olvidó decir al principio de esta humilde pieza, tal vez a causa de alguna de las dos razones expresadas oportunamente, es que hoy vine a contarles sobre aquella vez que casi muero. A ese curioso instante ausente de concreciones (como casi todos los instantes) se dirige mi esfuerzo narrativo, y eso es lo que me dispongo a relatar para dar un cierre.

El gordo entrecierra los ojos y me observa con curiosidad mientras acaricia su barba de cuatro o cinco días. Quizás seis. Sin embargo no acerca la bolsa para que eche mis pertenencias.

‘Vos…’ dice por fin con una nota de fiereza en la voz y en el rostro.

Sí, yo. Yo soy yo, eso está más que claro. Lo que aún no logro determinar es quién es él. Percibo, sí, ese sentimiento tan alejado del afecto que se apodera de su ser. Y no me gusta ni un poquito.

‘Mirá dónde nos viene a juntar la vida, basura. Hijo de una gran puta. Vos tenés la culpa de todo, gil. Vos y todos esos mierdas. Si te habré soñado todo este tiempo. Poné tus cosas en la bolsa, pero desde ya te digo que ni por asomo terminamos acá.’

Todo eso me dice, y ahora sí acerca la bolsa casi repleta a mi posición. Por supuesto que otra vez obedezco el procedimiento sugerido, faltaba más.

‘¿No te acordás de mí, verdad? Igual ya no importa, de esta no te vas a escapar hablando.’

Una pena. Las palabras son la única herramienta que manejo con alguna pericia, no sé si lo dije alguna vez. Sin embargo, con el caño de un revólver apuntando entre mis cejas esa cualidad se torna bastante relativa.

‘Chau puto, todo en la vida se paga, y a vos hoy te tocó perder.’

Con los ojos cerrados y las manos extendidas delante de mi rostro oigo ese clic helado, el giro del tambor que dispone al arma para cumplir su función más primaria. Y en ese instante previo a la coronación de sus intenciones tose y resopla. Me refiero, claro está, al gordo. Tose y resopla de la misma manera que en aquella época, por cierto demasiado lejana.

Sabrán ustedes que en un instante —no sé si lo dije— caben muy pocas cosas. La toma de una decisión, quizás el impulso de ponerla en práctica, no mucho más.

Bien. En esta ocasión el instante es la tos. El resoplido. Mi decisión es un viejo poema. Y el impulso, la puesta en práctica, es recitarlo a viva voz.

A continuación procederé a una transcripción literal del poema, no sin antes pedir disculpas por su insoportable precariedad, por algunos de sus términos y —por qué no— por haber echado mano a un recurso tan bajo. Sepan que en aquella oscura etapa de mi vida yo era más un poeta popular que un purista del idioma.

La pampa tiene el ombú
¡qué concha tiene la lora!
miren todos al puto del tarta
llorando con la directora

Sabrá Dios si lo hago con la peregrina intención de salvar la ropa o por el simple gusto de revolver, en el último segundo, una herida que a todas luces sigue abierta. Pero el impacto de mis palabras —no sé si dije que son la única herramienta de que dispongo— es sencillamente tremendo.

‘Y… y…yo…yo…nnn…no no no…llo…llorab… lloraba pu pu pu puto. ¿pp po por por qué nnnn no no ve ve venían dddde a u u uno?’

A esto sigue la atrocidad del silencio previo a adquirir la certeza de que no será esta la última vuelta en la calesita.

Abro los ojos y me siento en mi silla con el corazón latiendo a un ritmo desaforado. Delante de mí, el tarta Mancionne llora desconsoladamente. Se tapa el rostro con las dos manos, pero emite unos sollozos que parecen ronquidos. En algún momento dejó caer al piso la bolsa y el revólver.

De pronto se da vuelta y corre a los brazos de la anciana de la cadenita, que lo abraza y le acaricia la cabeza con amorosa dedicación. Ya está, ya está, mi corazón, la vida está repleta de crueldades. Eso o algo parecido a eso alcanzo a escuchar mientras recupero el aliento.

El señor trajeado de la computadora portátil se acerca y levanta del piso la bolsa y el revólver. Me apunta.

‘Andate hijo de puta. Andate o te vuelo los sesos’.



Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 26 de julio de 2012

NO ES COMO TU TRISTEZA

Síntesis del post: Bares antiguos. Descripción. Un caballero. Tristeza y amargura. Diferencias esenciales. El acto que vinimos a observar.


Me gustan mucho los bares antiguos. Esos bares que hoy en día solo subsisten al sur de la ciudad, atendidos por sus dueños, dos gallegos setentones de camisa celeste gastada por los años que ojean el periódico detrás de la barra mientras vigilan el correcto funcionamiento de la máquina de café. Me gustan esas mesas de patas desparejas, esas sillas de alma crujiente, esos servilleteros de metal con su corazón de resorte encargado de mantener el contenido en una perfecta inmovilidad. Me gustan esas campanas de plástico transparente (generalmente rajado) que albergan tres o cuatro simples de jamón y queso, dos de crudo y tomate y un pebete de milanesa. Esas cajas registradoras y esas botellas terrosas que adornan la vitrina espejada. Me gustan también, o mejor dicho me gustaban, esos ceniceros triangulares de color azul, medio abollados y con una descolorida propaganda de cinzano. Y por supuesto, admiro a los mozos. Cómo no. Esos mozos de carrera que atienden con una servilleta doblada en el antebrazo y toman el pedido con la mirada perdida en el ventanal que da a la avenida Caseros. Tipos que escuchan impasibles el indeciso ir y venir a la carta de los ocho integrantes de una mesa cualquiera y acto seguido realizan una perfecta síntesis sin haber anotado una sola letra: ‘Tóns tenemos dos cafés con leche, tres cortados mitá y mitá, uno con leche fría, dos americanos livianos, cinco medialunas de manteca, dos de grasa, dos tostados mixtos, uno sin mayonesa, un jugo de naranja, un té, doble ración de tostadas, cuatro porciones de manteca, una de crema, dos mermeladas, una pesi y una mineral sin gas.’ Y uno no puede menos que confirmar y confiar, sabiendo que deja el asunto en las manos de un auténtico profesional y no de una señorita de rubia cabellera y nalgas apretadas que masca chicle, anota hasta los buenos días y a todo contesta con un ‘dale’.

Hecha esta pequeña aclaración que describe a la vez un gusto personal y el marco en que se desarrolla el presente artículo, entiendo que es hora de que vayamos a lo nuestro sin más trámite.

Tenemos a este caballero tomando un café en una mesa ubicada sobre el ventanal que da a la avenida Caseros (sí, el mismo que utiliza el mozo para extraviar la mirada). Tiene unos sesenta años, abundante cabellera dominada casi por completo por las canas, ojos claros y barba de cuatro o cinco días. Lleva una campera de cuero negro que no se ha quitado y que, a falta de palabras adecuadas para describir, definiremos como extenuada, unos jeans holgados y zapatillas de marca ignota.

El hombre alza la taza y bebe de a pequeños sorbos mientras observa la cotidianeidad de la avenida como abstraído en sus pensamientos. Su mirada —a diferencia de la del mozo— no se pierde en un punto indeterminado, sino que aborda las diferentes escenas que se producen al aire libre. Está viva más allá del desinterés o la abstracción.

Admito que el cuadro compuesto por el bar antiguo, sus cosas de bar antiguo, este señor y sus cosas de señor agobiado es un poco lúgubre, pero es precisamente eso lo que intenta transmitir esta humilde pieza. Eso es, ni más ni menos, lo que vine a decir. Tenemos un rostro surcado por la amargura, un rostro ilegible si no se tienen los elementos adecuados.

No, la tristeza es otra cosa. No mezclemos los tantos. A ver cómo te lo explico (sí, hoy te voy a tutear) para que me entiendas…

No, no es como tu tristeza. Nada que ver. Definitivamente. No se parece en nada. Tu tristeza es distinta. Es pasajera. Coyuntural. Incluso puede ser metafísica o tener un motivo difícil de determinar. Tu tristeza tiene que ver con el modo en que vos te sentís respecto de tu vida, es tu estado de ánimo en relación a ella o a un hecho concreto que te tocó protagonizar, y por sobre todas las cosas tiene remedio, es subsanable. En cambio la amargura no. La amargura es el modo que tiene la vida para relacionarse con alguien. Es el sabor objetivo de esa porción de vida que te puede tocar en suerte. Amargo, más allá de tu opinión o la mía. Es esa fuerza invisible que te trabaja la frente con martillo y cincel, esas garras que se posan a diario en el borde externo de tus ojos, las mejillas y las comisuras de los labios, tomándose años en el diseño de los surcos. La amargura es la máscara que te pone la vida sin reparar en tu sentir más íntimo, que puede ser, cómo no, esa tristecita de la que me hablabas.

¿Entendés ahora?

La amargura es la muerte, la soledad, el abandono, la miseria. Todo esculpido de un modo genérico en lo profundo del espíritu. Es irremediable, definitiva. Se devora sin masticar al hecho de que el Rolo te haya dejado por tu mejor amiga, o que sientas angustia por no saber si vas a estar a la altura de tu nuevo trabajo. Le importan una mierda tus emociones, así que mejor no me cuentes más nada. La amargura se te instala para siempre y transforma de un modo dramático el significado de cada acto —por más simple que sea— de tu vida cotidiana.

Es por todo lo expuesto que el caballero del ventanal resulta tan relevante para nosotros. Porque expresa en imágenes lo que te acabo de explicar con palabras.

El hombre posa los ojos en el televisor empotrado en la pared del bar. Un bar antiguo, no sé si lo dije. Pasan uno de esos programas de bromas preparadas. Qué sé yo, dos tipos que se disfrazan de policías, esconden el parquímetro que ellos mismos habían colocado y le hacen una multa a un automovilista desprevenido que había depositado su moneda momentos antes. No sé, cosas por el estilo. De pronto se llega al clímax del asunto. El automovilista se desespera, los tipos lo abrazan y finalmente señalan a la cámara al tiempo que aplauden y lo palmean.

Nuestro hombre esboza una leve sonrisa mientras bebe el último sorbo de café. Y eso es todo. Es ese acto y su poderoso contenido poético lo que hemos venido a observar en esta ocasión. Una pequeña joya, si se me permite opinar.

Y no, no es como tu sonrisa. Tiene un significado distinto. No jodas más.



Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 24 de mayo de 2012

EL HOMBRE IMPERCEPTIBLE


Síntesis del post: Una historia para contar. El hombre imperceptible. Descripción. Olvidos. Lectura. Directiva perentoria. Una historia para contar. Cansancio.


Hoy llego a ustedes con una historia para contar. Pero antes de que alguien apunte —no sin razón— que cuando llego, sin mencionar el hecho de que llego cada vez menos, lo hago en las condiciones que acabo de describir, me apuraré a decir que este relato posee una particularidad que lo diferencia de todos los demás.

‘¿Y cuál es esa particularidad?’ preguntará el caballero al que dejé con las ganas de apuntar algo.

Déjeme continuar, caramba, que después algunos se quejan de que me alargo en los prolegómenos.

Hoy vengo a contarles, pero también a contarme. Esa es la particularidad de la que hablaba recién. En esta ocasión soy un destinatario más del relato, y lo leeré con la misma avidez que cualquier otro lector, un poco por querer enterarme de qué va el asunto (le juro que no lo sé, o que en pocos instantes ya no lo sabré), y otro poco porque este autor escribe exactamente como a mí me gusta.

Ahora a lo nuestro sin más, que tengo la sensación de que alguien se queja de mis prolegómenos. Pero con una razón valedera, no como ustedes, tan propensos al apuro por el apuro mismo.

Estoy en un bar situado en Parque Patricios. Un hombre que no reconozco y que sin embargo comparte la mesa conmigo asegura que acaba de pagarme $300 para que detalle por escrito los pormenores de nuestra entrevista. Reviso mi billetera y confirmo que es cierto, o por lo menos que he salido con más dinero del que pensaba.

El hombre me solicita que haga una descripción física. No dentro de un rato. No mañana. Ahora. En tiempo presente. O ya no podré hacerla jamás.

No puedo explicar el porqué, pero tiene razón. No me cabe la menor duda. Hay algo extraño en su rostro, en su humanidad en general. Hallar las palabras adecuadas para retratarlo resulta un asunto demasiado complejo. Todo en él presenta una curiosa disposición al olvido.

Resulta imposible decir si tiene veinte años o cincuenta. No es muy alto ni muy bajo, ni muy gordo ni muy flaco. No es negro, mestizo ni caucásico. No puede afirmarse que tenga demasiado cabello —es castaño—, pero tampoco que sea calvo. La opacidad de sus ojos ensucia el color, lo torna vago, impreciso hasta el límite de lo tolerable. La nariz, intrascendente, demanda más de una mirada para admitir su existencia y poder describir, tiempo que no poseo en las actuales circunstancias. Finalmente se infiere la vulgaridad de una boca y la síntesis de un mentón. Y eso es todo lo que puedo incluir en esta breve exposición.

'Mi problema —dice una voz que podría ser la de mi hermano, mi suegra o mi contador— es que me deslizo fuera de la mente de las personas con una rapidez esplendorosa. No hay cerebro capaz de aprehender mi entidad, no hay memoria que aprecie la continuidad de mi ser sin volver a foja cero en cuestión de minutos, no hay charla que me permita una pausa para ir al baño.'

‘¿Y usted quién es, por qué me interrumpe mientras escribo?’ le pregunto a un caballero que no reconozco y que sin embargo comparte mi mesa.

El hombre responde que no tiene caso revelar su nombre, pero me pide que anote la pregunta que acabo de hacerle y a continuación relea el texto que tengo frente a mis ojos.

‘Usted es el hombre imperceptible’ afirmo con estupor al acabar la lectura.

El hombre imperceptible sonríe. O tal vez llora. En cualquier caso sus expresiones son tan indescifrables como sus rasgos.

‘El hombre imperceptible, cómo no. Me gusta eso. No me equivoqué con usted. No me arrepiento de haberlo elegido entre tantos otros. Es la primera persona que ha logrado sintetizar mi condición dotándome al mismo tiempo de algo parecido a un nombre.’

El mozo interrumpe la charla y pregunta qué se va a servir ese caballero que no reconozco y que sin embargo comparte mi mesa. Un café con leche y un tostado mixto, responde él mientras me indica que relea el texto que tengo frente a mis ojos.

‘El hombre imperceptible’ murmullo al concluir, intentando disfrazar mi confusión con una torpe sonrisa.

‘Imagine, pues, lo que es mi vida. Ser invisible sin serlo. Pasear eternamente entre desconocidos, repitiendo presentaciones, entablando relaciones circunstanciales, abandonando conquistas en mitad de la noche, justificando inexplicables presencias, anhelando las intimidades más básicas.’

Una bella señorita aborda a un caballero que no reconozco, y que sin embargo comparte mi mesa. Le sonríe, se presta a un breve intercambio de susurros, de labios y oídos, y al cabo de unos minutos escribe una combinación de números en una servilleta. El hombre la despide con ojos amorosos y me indica que relea el texto que tengo frente a mis ojos.

‘El hombre imperceptible’ me digo a mí mismo invadido por una infinita compasión.

‘¿Le gusta la dama? Es mi esposa. Vino conmigo hace menos de dos horas, pero no lo recuerda. Casi siempre nos conocemos de esta manera. Siente por mí esa atracción irrefrenable que usted acaba de atestiguar. Le provoco un impulso, una pulsión que no se modifica en ningún contexto. Nos casamos hace quince años en Las Vegas, y lo curioso es que desde que salimos de mi departamento hacia el aeropuerto hasta que dimos el sí en aquella pequeña capilla en medio del desierto nos conocimos catorce veces. En el taxi, en la cola de migraciones, en el avión, en el casino, en un ascensor, en una esquina, etc.’

De pronto comprendo su tragedia. No puedo hacer demasiado por él. Nadie puede. Siento un impulso, la semilla de un intento que se me escapa. Tomo una servilleta y garabateo algo que pretendo utilizar en algún momento. Algo que ya no significa nada. Algo que no recuerdo.

El mozo interrumpe la charla y pregunta qué se va a servir ese caballero que no reconozco y que sin embargo comparte mi mesa. Nada, responde él con marcada tristeza. Yo ya me iba. Mientras se levanta me indica que relea el texto que tengo frente a mis ojos.

‘Lo único que yo pretendo es dejar alguna constancia de mi paso por este mundo. Una pequeña redención que considero justa. Confío en que usted sabrá presentarme de un modo creíble’ me dice ya caminando en dirección a la puerta.

‘El hombre imperceptible’ repito en medio de la lectura, pero ya me encuentro solo.

Alzo la mano y pido la cuenta. Mientras aguardo juego con una servilleta y descubro que tiene algo escrito. Reconozco mi letra. Es un mensaje que no recuerdo haber escrito. Contiene una directiva. Una directiva perentoria que debo acatar sin cuestionamientos ni dilaciones. Lleva mi firma al pie, y una pequeña marca que solo estampo en los asuntos de vital importancia.

Suelto un billete de cien pesos sobre la mesa y corro a la calle en busca de mi objetivo. Escruto a la gente. Un señor mayor con aspecto de militar retirado, una anciana, un joven de ojos saltones, dos estudiantes, un policía. Nadie que encaje dentro de los curiosos parámetros que me describí.

En la esquina un caballero que podría ser un abogado, un albañil o mi corredor de bolsa se apresta a cruzar la calle de la mano de una bella señorita. Cuando la mente se te ponga en blanco, me digo a mí mismo en la nota.

‘¡Hombre imperceptible!’ le grito a la distancia. Porque es lo que debo hacer. En eso consiste el primer paso de mi directiva perentoria.

El hombre se vuelve y me observa con genuina sorpresa. Petrificado.

Me acerco a paso lento a ese caballero que no reconozco y que sin embargo es el objeto indiscutido de la maniobra que me obligué a ejecutar.

Cuando llego hasta su posición lo abrazo sin mediar palabra. Lo abrazo con el mayor sentimiento del que es capaz un tipo frío como yo. Porque es lo que debo hacer. En eso consiste el segundo paso de mi directiva perentoria.

‘Yo te conozco’ le digo al oído antes de liberarlo. Porque es lo que debo hacer. En eso consiste el paso final de mi directiva perentoria.

El hombre imperceptible sonríe. O tal vez llora. En cualquier caso sus emociones son tan naturales como las de cualquier otra persona.

‘Muchas gracias’ me dice mientras se aleja de la mano de esa bella señorita que ocupaba una mesa cercana a la mía en el bar.

Un caballero que no reconozco y que sin embargo observo con mucha concentración me saluda desde la esquina, al otro lado de la calle. Alzo la mano por educación, no tiene ningún sentido hacerle notar su equívoco.

Ahora a lo nuestro sin más, que hoy llego a ustedes con una historia para contar, y por alguna razón que se me escapa ya me siento cansadísimo.


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 1 de mayo de 2012

FRONTERAS MATEMÁTICAS

Síntesis del post: Hecho verídico. Sábado helado y lluvioso. Caminata. Panadería. Dos con cincuenta. Enigmas matemáticos. Conclusión final.


El hecho que procederé a relatar a continuación, ni bien acabe de explicar que el hecho que procederé a relatar a continuación es absolutamente verídico, es absolutamente verídico. Ocurrió en la mañana del sábado. Ese sábado helado y lluvioso que abrió la puerta de este larguísimo fin de semana regalado por la Divina Providencia.

Decía entonces que salí a caminar. O no, en realidad aún no decía. Pensaba en decir, aquí, donde suelo decir la mayoría de las cosas a las que asigno alguna relevancia, cuando me fuera posible. Pensaba en decir mientras hacía, mientras caminaba, mientras fabricaba mis excusas para decir, mientras paría mi presupuesto necesario, mi justificativo último.

Decía entonces que salí a caminar. Y esta vez sí decía, porque uno, cuando dice, dice lo que ya se ha dicho a sí mismo, lo que ha pensado en decir aun cuando no supiera el cómo, el cuándo o el por qué. Uno evoca aquello que ha poblado sus horas muertas con una modesta cuota de fidelidad, ya que ese pensamiento, ese pensar en decir, produce una transformación que deforma, tergiversa o incluso omite la verdad de los hechos. Y eso es lo maravilloso del dicho. Su enorme ventaja y su esencia.

Bien, a lo nuestro sin más, que de tanto pensar en decir aún no hemos dicho nada.

Decía entonces que salí a caminar. O no. Cuando uno sale a caminar, quiero decir, cuando pone como norte la acción pura y simple de caminar, sale sin rumbo fijo. A la buena de Dios. A la que te criaste, diría mi abuelita. Y yo sí que tenía un rumbo fijo. Yo iba a la panadería. A comprar facturas. El sábado por la mañana, no sé si lo dije.

Decía entonces que salí a la panadería. Y ahora digo que salí en compañía de mi pequeñísima Yoni, cuyos madrugones —al igual que los míos— la hacen víctima —al igual que a mí— del repudio unánime de las otras mujeres de la familia. Del resto de la familia, vamos, hablemos claro. Y también digo que llegué a destino sin experimentar mayores contratiempos en el camino, lo cual no está exento de mérito. Y no digo nada más.

A partir de este momento procederé a relatar en tiempo presente, porque pienso, justo es decirlo, que ese tiempo enriquece más que cualquier otro los relatos. O mejor dicho, mis relatos, que a los efectos prácticos son los únicos que importan en este humilde rincón virtual.

Ingreso a la panadería y me atiende mi señorita preferida. A ver, no piense mal, esta señorita no es de las que usted imagina, esas que presentan atributos sobrecogedores (la elección de la palabra no es azarosa) y son amadas secretamente por buena parte de la clientela. No. Soy muy estricto en estos asuntos. Soy de los que opinan que un peluquero no puede ser calvo, un cirujano no puede usar anteojos y una empleada de panadería no puede ser escuálida. Esta señorita es más bien regordeta, hecho que habla a las claras de la calidad del producto ofrecido al público.

Decía entonces que me atiende mi señorita preferida. Y le pido media docena de facturas por las que habré de de desembolsar catorce pesos exactos. Sin embargo a último momento, tentado por la fiesta visual desplegada sobre el mostrador, me arrepiento y agrego una medialuna de grasa.

Se produce aquí el primer desencuentro. Mi señorita preferida toma la calculadora y multiplica por siete el precio de la unidad, hecho que me produce una profunda conmoción, no por la operación en sí, que es correctísima, sino por el empleo de la mencionada maquinita para obtener el resultado.

‘Son diecisiete con cincuenta’, me dice con esos hoyuelos que se le forman en los mofletes cada vez que sonríe.

De inmediato noto que algo no anda bien y me niego en forma rotunda a realizar semejante desembolso, borrándole la sonrisa de un plumazo y sumiéndola en un tenso desconcierto.

Me mira. La miro. Frunce el ceño. Alzo las cejas. Y finalmente expongo mi argumento sin rodeos.

‘Si la media docena se cobra catorce pesos quiere decir que la medialuna que acabo de agregar vale tres con cincuenta. Si esto es así no me la llevo.’

Me mira. La miro. Frunce el ceño. Alzo las cejas. Y finalmente indago.

‘¿A cuánto está la unidad?’

‘A dos con cincuenta’, responde.

Me mira. La miro. Frunce el ceño. Alzo las cejas. Y se agrega aquí una circunstancia que no logra sino profundizar aun más mi conmoción inicial. Mi señorita preferida toma de nuevo la máquina y digita una operación de máxima complejidad: 14 + 2,5

‘Dieciséis con cincuenta’ corrige satisfecha, sin prestar atención a mi semblante desencajado.

Sin embargo luego decide, casi como un juego, o tal vez una corroboración, multiplicar de nuevo el precio de la unidad por siete. En la calculadora, por supuesto.

Al observar el resultado que arroja la bendita máquina cae víctima del más feroz abatimiento. Diecisiete con cincuenta. Otra vez ese maldito número echando por tierra todo su desarrollo. Otra vez esa diferencia devorando los cimientos de nuestros cálculos previos.

De más está decir que a esta altura de los acontecimientos yo, que no soy ninguna lumbrera pero reconozco que la frontera de la matemática convencional, allí donde el sistema comienza a presentar los enigmas que ocupan a los más prestigiosos técnicos está mucho más allá de las dos primeras decenas, ya he identificado la causa del conflicto, aunque haciendo gala de la bellaquería más despreciable haya decidido callar.

¿Cómo dice?

Ay ay ay… ¿no ve que usted también es un adoquín? La unidad vale 2,50 en tanto y en cuanto uno lleve menos de media docena, o más, pero menos de doce (siempre teniendo en cuenta que hasta la sexta los catorce pesos son inamovibles). Si no vale 2,33. Por eso le conviene llevar seis y no cinco. O doce y no once. Ese es el oscuro artilugio de las panaderías que subsisten con lo justo.

En fin… sigamos con lo nuestro.

Una segunda señorita concurre al rescate. Los hechos se precipitan. Mi señorita preferida repite la última operación en tres oportunidades. Siempre, por supuesto, con el mismo oprobioso resultado. Diecisiete con cincuenta. Y es aquí donde surge la más fantástica de las conclusiones. Esa conclusión que yo no imaginaba ni en la más delirante de mis conjeturas.

‘¿Ves? La calculadora anda mal, hay que comprar otra’ sentencia ella mientras la rescatista —lo juro sobre el libro que se me indique— convalida revoleando los ojos, como si estuviera harta de la rebelión de las máquinas.

‘Son dieciséis con cincuenta’ me dicen a coro, una con esos hoyuelos que se le forman en los mofletes cada vez que sonríe, y la otra con una sonrisa lisa, sin hoyuelos.

Mi pequeñísima Yoni sonríe por mí. A ella también se le forman hoyuelos.

En cuanto a mi sonrisa y mis hoyuelos, admito que existen, aunque solo internamente. Siete facturas por dieciséis con cincuenta. Y el artículo viene gratis.

Más no puedo pedir.


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 13 de marzo de 2012

ABORDAJES

Síntesis del post: La cola del pollo. Un abordaje. Un anciano. Tiempos pasados. Reflexiones. Una señorita. Refutaciones. Un vínculo sanguíneo. Condimentos.



Me aborda un anciano. En la cola del pollo me aborda. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados. Por ejemplo, milanesas. Comunes o provenzal, aunque yo las prefiero provenzal, así que casi nunca elijo las otras. De cualquier modo no creo que a usted le interese demasiado este dato, así que a lo nuestro sin más, que yo tampoco lo quiero hurgando en mis costumbres gastronómicas.

Decía entonces que me aborda un anciano. Para charlar. Para pasar un rato sin tener que escuchar esas voces internas que en su caso, el de los ancianos digo, deben dar vueltas siempre alrededor del mismo tema, el asunto ese de la muerte, del fin de la vida y sus posibles implicancias. La inminencia de lo inminente, que a raíz de esa doble condición logrará —infiero— sumir cualquier otra idea en una opacidad irremediable. Supongo que es esa, y no otra, la razón que los impulsa a llevar a cabo esos abordajes tan frontales, tan veloces, tan ajenos al protocolo que debería regir entre dos completos desconocidos. La noción de que no hay tiempo que perder, la obediencia a ese mandato de transmisión que en el marco de esa misma urgencia sabotea el diálogo a la vez que promueve un monólogo cerrado e inatacable.

La charla —o la exposición— transcurre por los carriles habituales para esta clase de situaciones. Según entiendo, en otro tiempo, en otra época u otra era, las personas eran más amables, los vendedores más solícitos, los políticos más honestos, las mujeres más bellas, los niños más educados, los estudiantes más cultos, los muebles más duraderos, los veranos más frescos, las calles más seguras, las frutas más jugosas, los edificios más sólidos y los pollos más gordos.

Todo tiempo pasado fue mejor, expresa el saber popular; y sin embargo resulta imposible discernir si lidiamos aquí con una malsana nostalgia carente de fundamento, o con una triste y lapidaria verdad. Se me ocurre a mí, siempre en tren de imaginar, que bien podría existir una tercera variante superadora de esta suerte de antinomia. Quiero decir, a lo mejor la gente, a medida que envejece, comienza a percibir el mundo que nos rodea como realmente es, y no como lo idealiza en sus años de juventud. Es probable que las personas de hoy en día no sean igualmente amables que las de antaño, sino igualmente horrendas. Y los vendedores igualmente desabridos. Y los políticos igualmente corruptos. Y así con todos los ejemplos que antes me ocupé de enumerar. Entonces, a la luz de esta idea, el tiempo pasado no solo no habría sido mejor, sino que ni siquiera habría sido aceptable. Carecería de redención, al igual que el presente.

En fin… aparece una señorita. En la cola del pollo aparece. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados. Pero no me aborda, por desgracia. Ni para charlar ni para cualquier otra cosa. Más bien se queda así, parada, con toda su potencia expuesta, agrediendo los pocos ojos masculinos que pueblan la mencionada hilera. Es una señorita de esas que uno jamás imagina haciendo las compras hasta que las ve, y entonces les asigna —a regañadientes— el carácter terrenal que en realidad poseen. Es una señorita atemporal, capaz de poner fin al monólogo del anciano con una sola mirada. Con atributos suficientes para barrer de la mesa de discusión aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, o igualmente horrendo, e incluso vaciar de contenido a esa palabra. Me refiero a la palabra ‘horrendo’. Es, en síntesis, la refutación viva de todo lo dicho, pensado o reflexionado en la cola del pollo. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados.

El anciano balbucea incoherencias. Se nota que perdió el hilo de su discurso, imagino yo, un poco a causa de la señorita atemporal y otro poco por los achaques propios de la edad. Ni siquiera sus voces internas estarán dando vueltas alrededor del asunto ese de la muerte, del fin de la vida y sus posibles implicancias, de la inminencia de lo inminente ahora sumida —ella misma— en una opacidad irremediable.

La señorita evalúa la extensión de la hilera. Resulta bastante obvio que está analizando si quedarse a esperar o seguir su camino y regresar más tarde.

‘Disculpame, ¿ustedes están juntos?’, me pregunta de pronto.

Lo repentino de la indagación me deja mudo un par de segundos. Suficiente tiempo para que el anciano se recomponga y responda en mi nombre, asaltado, creo yo, por una suerte de frenesí amoroso o sexual bastante novedoso.

‘Sí, estamos juntos, y solo vamos a comprar un par de cositas’, contesta. Viejo bucanero. Cualquier cosa con tal de que se quede un rato más.

La señorita recuenta la hilera y decide esperar. En silencio, ya que el único asunto que tenía con nosotros desapareció ni bien satisfizo su duda. Sin embargo el viejo redobla la apuesta. Muchas veces, frente a semejante pedazo de mujer, lo que cuesta es articular la primera frase, pero una vez logrado ese objetivo el temor se evapora.

‘Mi nieto siente que usted es la criatura más bella que ha visto en su vida, pero no se anima a pedirle el teléfono, ¿no es cierto Juan?’

Una corriente helada me recorre la espalda. Según parece este corsario de la tercera edad, cuando no está acorralado, es bastante bueno mintiendo. Y no se le nota en la cara. Incluso le acertó a mi nombre. Porque yo me llamo Juan, no sé si lo dije alguna vez en este humilde rincón virtual. En fin, da lo mismo. Sin duda se trató de una pequeña epifanía producto de su frenesí sexual o amoroso.

La señorita sonríe, me observa de arriba abajo pero tarda en responder. Una boa constrictora me aprieta el pescuezo mientras los sucesos transcurren ajenos a mi voluntad.

‘Bueno, si no se anima no se anima, abuelo. Por ahora le podemos pedir que me cuide el lugar mientras voy a la carnicería, si usted lo deja, claro.’

Ni bien se retira las cosas regresan a la normalidad. Lentamente, pero regresan. La boa constrictora se desliza al suelo en busca de otra víctima, el vínculo sanguíneo se extingue y el frenesí del anciano se aplaca. En general no necesito la ayuda de nadie para quedar como un estúpido frente a una señorita, así que le lanzo una mirada inquisitoria. O más bien furiosa. Pero el anciano hace caso omiso y retoma su agrio monólogo orientado hacia la nostalgia de un tiempo remoto.

Según entiendo, en otro tiempo, en otra época u otra era, los jóvenes eran más despiertos, más lanzados y sabían jugar en equipo. No eran unos tartamudos inútiles que se ruborizan con la primera teta que ven (sic).

Finalmente llega su turno, compra un cuarto trasero sin piel, un arrollado y se marcha raudo, sin saludar a su nieto.

Permanezco un rato al costado del mostrador, con mi paquete de milanesas, oteando el horizonte por si aparece de nuevo la señorita atemporal. No sé qué pretendo. A lo mejor disculparme por no haber guardado su sitio. Quizás aclarar el malentendido, confesar que el anciano no era mi abuelo, que jamás en mi vida lo había visto. Tal vez declamar que no soy tan estúpido como me revelé, o dejar sentado que tengo una mujer y dos hijas. En realidad no lo sé.

¿Cómo dice? ¿Pedirle el teléfono?

No lo creo posible. Si algo tengo claro en esta vida, además de que los ancianos de hoy ya no vienen como los de antes, es que mi único condimento está bien oculto dentro de las milanesas que acabo de comprar.


Tengan ustedes muy buenas noches.

viernes, 10 de febrero de 2012

SANADOR

Síntesis del post: Una salida. Un amigo. Una cerveza. Una vida en derrumbe. Un jefe. Sabrina. Un nigeriano. Un búlgaro. O húngaro. O polaco. Un cuadro. La fórmula de la felicidad.



El mes pasado salí con un amigo. Fuimos a un bar, no era una salida especial, no buscábamos diversión. Resulta que su vida, la vida de mi amigo, se derrumba irremediablemente, así que la idea era apuntalarle un poco el ánimo, ayudarlo a superar el mal momento, o al menos transitarlo con entereza.

Nos tomamos una cerveza. O quince, no podría precisar, y tampoco es lo más importante. Con los amigos el tiempo suele volar, y la situación no estaba para reparar en detalles superfluos.

‘Usted el lunes no venga, Mancuso. A partir del lunes ya no lo voy a necesitar, así que siga sin venir los días subsiguientes. Ella es Sabrina. Sabrina va a ser su reemplazo. Sabrina se va a ocupar de todo lo que usted se ocupaba hasta ahora. Ya firmó el contrato.’

Todo eso le dijo su jefe, con los ojos clavados en los imponentes pechos de Sabrina. Parece ser que Sabrina está más buena que mirar el chavo en calzones comiendo zucaritas. Me lo dijo mi amigo, con una objetividad conmovedora teniendo en cuenta la relación causa-efecto entre Sabrina y su flamante condición de desocupado.

Con los ahorros que le quedaron compró un regalo para su mujer. Un cuadro pintado por un búlgaro. O húngaro. O polaco. En fin, un autor de Europa del este con apellido rebuscado que a ella le fascina y a él no tanto. Una obra extraña. Repleta de simbolismos, según le informaron en la galería.

Quería sorprenderla, así que apareció por su casa en mitad de la tarde. Abrió la puerta de la habitación y lo primero que vio fueron las nalgas apretadas de un enorme sujeto de origen africano impulsando embestidas feroces que cosechaban sentidos gemidos. Desde los hombros, y desparramadas sobre los omóplatos lustrosos por el sudor colgaban las blanquísimas pantorrillas de su mujer. Una escena no exenta de dramatismo que no ameritó ni siquiera un ensayo de justificación por parte de los involucrados.

El enorme sujeto de origen africano resultó llamarse Ngutu Okereke, un estudiante nigeriano de treinta años que compartía —y comparte— un curso acelerado de inglés con la dama de las pantorrillas colgantes. Parece ser que Ngutu porta entre sus piernas un monstruoso equipo diseñado para llevar a cabo con éxito las más osadas perforaciones. Una magnífica herramienta que torna ridículo cualquier atisbo de comparación o intento de competencia. Me lo dijo mi amigo, con una objetividad conmovedora teniendo en cuenta la relación causa-efecto entre el mencionado aparato reproductor y su flamante condición de separado de hecho.

Luego del desafortunado episodio intentó vender el cuadro, conseguir algo de dinero para pagar aunque más no fuera los dos primeros meses del alquiler. Porque se mudó, no sé si lo dije antes. Pero resulta que el ojo de su mujer para el arte no es tan preciso como a la hora de elegir potenciales herramientas de perforación. Parece ser que el cuadro es una basura, una porquería carente de profundidad y muy pobre en la combinación de colores. Solo un idiota pagaría algo por adquirirlo. Me lo dijo mi amigo, con una objetividad conmovedora teniendo en cuenta la relación causa-efecto entre la mencionada pintura y su flamante condición de indigente.

Y también le ocurrieron algunas catástrofes más que no pienso enumerar, ya que con las arriba expuestas entiendo que el derrumbe de su vida quedó suficientemente ilustrado.

Hoy vuelvo a salir con mi amigo, y vamos al mismo bar. Quiero saber cómo anda, si resolvió alguna de las situaciones que tanto lo amargaban el mes pasado.

‘Hice al pie de la letra todo lo que me dijiste que hiciera. No salteé ningún paso, y todo se enderezó por completo. Te debo la vida.’ Todo eso me dice. Con una expresión de genuino agradecimiento. Sin embargo yo no sé qué contestar. La verdad es que no tengo la más pálida idea de lo que le dije que hiciera. Ni una pista. Supongo que después de todo no fue una. Fueron quince. De otro modo me acordaría.

Parece ser que le di la mismísima fórmula de la felicidad. A lo mejor le sugerí algún ritual pagano. O alguna astucia o maquinación destinada a vengar su nombre frente a todos los ofensores. O una receta de cocina. Comer es muy bueno. Comer también cura. En fin… no sé lo que hice, y me da vergüenza preguntar. Me siento bien con mi papel de héroe, no quiero dejar de serlo.

El caso es que luego de nuestro último encuentro siguió mis instrucciones y vio la luz al final del túnel. Lo tomaron de nuevo en la empresa. Despidieron a su jefe y le ofrecieron el puesto vacante. Tres veces su antiguo sueldo, oficina propia, secretaria privada y chofer. Su ex mujer rompió con el nigeriano e imploró su perdón de rodillas. Pero claro, él no la perdonó. Las nalgas apretadas de Ngutu impulsando las embestidas aún se encuentran grabadas a fuego en su memoria. Y además está saliendo con Sabrina, que ahora es su secretaria privada y está más buena que mirar el chavo en calzones comiendo zucaritas.

Ah, y se murió el búlgaro. O húngaro. O polaco. Un ataque al corazón mientras dormía. Y de pronto todo el mundo aprecia su arte. Es aclamado en todos los foros y sus obras son el máximo anhelo de las más prestigiosas galerías. Entonces por fin pudo vender el bendito cuadro. Una subasta en Nueva York. Novecientos mil dólares limpios, descontados los impuestos. Volvió al país recién ayer. Con ticket de primera clase. Y su chofer fue a buscarlo al aeropuerto, por supuesto. Ngutu Okereke se llama, su chofer.

Así que ya sabe… sí, a usted le hablo, la historia de mi amigo ya terminó. No hay nada más que agregar. Si lo agobian los problemas, si su mundo tal y como lo conocía ha dejado de existir, si el insomnio se ha transformado en un compañero inseparable y desea retornar a la senda del triunfo, no dude un instante en pedirme ayuda.

Según parece conozco y transmito de buena gana la fórmula de la felicidad, aunque no lo recuerde al día siguiente. Soy un sanador nato. Solo tiene que invitarme a tomar una cerveza.

O quince, no podría precisar.


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 29 de noviembre de 2011

YA NO TE QUIERO, APUESTO MARINERO.

Síntesis del post: Dos señoras. Charla. Disfraz. Carmelo. Alférez de navío. Dos amores. Elección. Fuga.



‘Ay Cuqui, no sabés qué desilusión fue para mí abrir la puerta de calle y encontrármelo hecho un ovillo sobre los muslos de ese señor tan fornido. Fue muy impresionante, empezó a balbucear como un nene al tiempo que se abotonaba la camisa y rastreaba de reojo la ubicación exacta de sus pantalones’.

La presente conversación (o monólogo, o confesión) entre estas dos coquetas señoras entradas en años y en carnes la escuché yo el día sábado por la tarde en el colorido jardín de una casa de fin de semana en un barrio privado al norte de la capital federal. O Ciudad Autónoma de Buenos Aires, como usted prefiera.

¿Cómo dice?

No, no tengo el placer de conocerlas.

¿Que entonces qué diablos hacía yo ahí y cómo logré escuchar la conversación?

Muy simple. Me disfracé de pino, con todo y piñas, y aporté una generosa provisión de sombra bajo la cual estas simpáticas damas tomaron té y abrieron sus corazones. Sepa que yo el trabajo de campo me lo tomo muy en serio. Tengo muchos recursos y una frondosa inventiva (en este caso podría agregar que el adjetivo es literal).

Ahora vayamos a lo nuestro sin más, que el tiempo es tirano y el calor aprieta.

‘Menos mal que el otro degenerado mantuvo la calma y tomó las riendas de la situación, que si no los mato a los dos ahí mismo, Cuqui.

Alférez de navío Raúl Ángel González, me dijo. Y me tendió la mano. Ay Cuqui, vieras qué impronta, qué vozarrón y que seguridad en sí mismo. No supe qué contestar, así que al final también me presenté, no fuera cosa de andar ofendiendo sin motivos válidos.

Rosa María Belmonte, le dije. La esposa de su amiguito. Sí, ese que está tratando de ponerse los pantalones.

Estaba tirado en el piso, todo enroscado, con los pantalones a media pierna y babeando como un chico, el muy infeliz. Decí que el alférez de navío Raúl Ángel González no me soltaba la mano, que si no le hubiera partido un florero por la cabeza’.

Llegado ese punto de la confesión debo consignar que me distraje un poco. Es que Carmelo, el rottweiler de Cuqui, ya albergaba justificadas sospechas sobre mi verdadera condición, y escarbaba justo en la base de mi disfraz emitiendo al mismo tiempo unos gruñidos que se me antojaron muy poco amistosos. Entonces apunté lo mejor que pude y le arrojé una de las piñas que colgaban de mi brazo derecho, que hacía las veces de rama. Por fortuna el proyectil dio en el blanco y el animal se enfureció de tal modo que obligó a su dueña a recluirlo dentro de la casa.

‘Señora, el gusto de conocerla. No era mi intención que el encuentro se diera en circunstancias tan aciagas, pero ya que el destino nos ha jugado a ambos esta mala pasada, aprovecho para confesarle que entre su marido y yo ocurren cosas hermosas. Cosas que, hablando ahora a título estrictamente personal, no he sabido, no he podido o no he querido reprimir.

Eso me dijo, Cuqui. El alférez de navío Raúl Ángel González. Con esa impronta, ese vozarrón y esa seguridad en sí mismo.

Te voy a arrancar la cabeza.

Eso le dije, Cuqui. No al alférez de navío Raúl Ángel González, que es un caballerazo de esos que ya no quedan, sino al otro impresentable. Sí, a ese que no quiero nombrar.

Andate si querés, andate ahora mismo con este señor tan bien plantado, con su grado militar, sus ojos negros y sus bigotazos peinados con cepillo. Y que seas muy feliz. Ahora veo por qué no me tocabas un pelo hace meses. Pero te advierto una cosa: si te vas, ni se te ocurra volver. Una persona decente se hace cargo de sus amores y los defiende hasta las últimas consecuencias. Así que elegí, sátrapa. Es el alférez de navío Raúl Ángel González o el ama de casa Rosa María Belmonte.

Todo eso le dije, Cuqui. Y siempre con esa cara de rabia que pongo cuando estoy enojadísima, aunque por dentro tenía unas ganas de largarme a llorar que ni te cuento.

Y se quedó callado, Cuqui. El muy cobarde. Ni siquiera fue capaz de alzar la vista mientras el alférez de navío Raúl Ángel González ganaba la calle y le decía, bichito, es hora de que yo regrese a mi corbeta, y si me querés seguir, adelante, que nos espera el mundo.

Bichito le dijo, Cuqui. Bichito. Pero bichito no lo siguió nada. Se quedó gimoteando en el sillón, cubriéndose el rostro con las palmas de las manos mientras me pedía perdón. Porque te digo una cosa Cuqui: un amor es un amor, pero otro amor es otro amor. Y yo no tendré una corbeta ni me estará esperando el mundo a la vuelta de la esquina, pero amaso unos ravioles que son para chuparse los dedos.

Ay Cuqui, pobre hombre. No bichito, sino el alférez de navío Raúl Ángel González. Debe tener el corazón destrozado. Y en cierta forma lo entiendo, porque un caballero como él no se merecía ese desaire, ese silencio, esa indecisión de parte de su bichito. Porque como te digo una cosa te digo la otra: yo entre un morochón que me ofrece el mundo y una cincuentona que amenaza con romperme la cabeza, me quedo con el morochón sin dudarlo. Pero bueno Cuqui, las decisiones son personales y la gente es muy rara. Uno nunca sabe qué les pasa por la cabeza a la hora de elegir sus prioridades.

Ay Cuqui, qué calor madre. Y es que esto de charlar a rayo de sol en pleno verano es medio insalubre.

Oíme Cuqui, no te quiero alarmar, pero juraría que ese pino tan bonito que nos mantuvo fresquitas todo este rato acaba de ganar la calle.

Sí, como el alférez de navío Raúl Ángel González. Pobre hombre, no me hagas acordar que se me caen las lagrimitas.’


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 27 de septiembre de 2011

Y ZAPATOS DE GOMA

Síntesis del post: Una mañana soleada y un poquito calurosa. Un consultorio. Muchas tareas. El timbre. Un dilema. Una decisión. Varias fotos. Contrastes. Un número. Un final previsible.

La mañana, soleada y un poquito calurosa, nos encuentra en el consultorio de un psiquiatra. No, no dije mi psiquiatra. Dije un psiquiatra. Uno cualquiera. Y además sepa usted que yo no tengo psiquiatra, soy una persona perfectamente capaz de pilotear mis desbordes anímicos sin que ningún señor me ande dictando las maniobras.

En rigor de verdad este no es un psiquiatra cualquiera. No fui sincero en ese punto. Es un amigo mío. Un amigo que en este preciso instante se encuentra disfrutando de unas merecidas vacaciones en uno de esos sitios extraños. Al oriente del oriente. Y nosotros vinimos a su consultorio por expreso pedido suyo. Yo. Ustedes no. Ustedes vinieron porque hoy tocaba escribir un artículo, y un poco como que me dio lástima dejarlos ahí, en sus casas, con esa carita de cachorro abandonado que ponen cada vez que les digo que quiero hacer el trabajo de campo yo solito, como lo hacía antes, como lo hice siempre.

En fin… a lo nuestro sin más.

Tenemos mucho trabajo. Hay que regar las plantas, levantar los mensajes del contestador automático, revisar las facturas que el portero arroja por debajo de la puerta, confirmar si el gato sigue vivo, cambiarle las benditas piedritas y, si queda algo de tiempo, bajar hasta la cochera y desconectar la batería del auto para que no se muera.

Lo más sensato sería comenzar con los mensajes, pero nos topamos con un obstáculo insalvable. No, no es que seamos unos vagos. Por algo nos ofrecimos desinteresadamente, y por algo han confiado en nosotros. En decir, en mí. En ustedes no.

Ocurre que está sonando el timbre. Y no debería estar sonando el timbre. Es un acontecimiento altamente irregular. Estamos paralizados. Yo. Ustedes no. Ustedes me impulsan a que abra la puerta, aun cuando no debería. Y lo hacen —sospecho— porque saben que no está bien. Porque tienen bastante más claro que yo lo que se avecina. Entienden que allí, paradito en el palier, está ni más ni menos que el cuerpo, la materia del presente artículo. Y no quieren más dilaciones.

Soy un hombre pequeño. Sí. Aunque no lo crean, con el paso del tiempo les he tomado cierto aprecio. No me puedo negar frente a sus lamentos. No soporto esos pucheros que hacen cada vez que intento explicarles que los impulsos suelen correr por una cuerda bien distinta de lo correcto.

Bueno, vayan y escóndanse detrás de esa cortina. Y guarden silencio por una vez en la vida.

Ahí tienen. Les dije, pero ahora es tarde. Una señorita. En mis artículos casi siempre aparecen señoritas. Tanto o más bonitas que esta. Pero esta sí que se las trae. Qué barbaridad. Es realmente llamativo cómo se visten las señoritas ni bien despuntan las primeras mañanas soleadas y un poquito calurosas.

¿Somos o no somos el doctor Urdapilleta?

Los desaforados ademanes de Sir Lothar, el Señor Dany y el Mostro desde lo profundo de la cortina sugieren que sí.

Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Pongo cara de psiquiatra y todo.

Me acomodo en mi sillón, un sillón, enciendo mi pipa, una pipa, tomo mi libreta, una libreta, y me dispongo a escuchar una serie de problemas que soy del todo incapaz de resolver.

Tenemos un novio distante (el muy canalla), un pretendiente que presta el oído (el muy canalla), una madre invasiva, un padre millonario y exigente, un hermano menor drogadicto, un jefe acosador, una amiga leal, un perro —un caniche— en la recta final de su vida, un examen final postergado por enésima vez y una propuesta para conocer las ruinas de Machu Pichu. Del pretendiente (el muy canalla).

Escucho, sí. No se crean que no. Pero mientras lo hago no puedo evitar fijar la mirada en las fotos que mi amigo ha diseminado por todo el consultorio. Es un detalle que no tuve en cuenta. Él con su mujer. Él con su mujer y sus tres hijos. Él recibiendo ese título del cual nosotros —sí, nosotros— carecemos. Etcétera.

Las mismas —las fotos— parecen gritar a los cuatro vientos: ‘Sí, tengo una familia feliz, aunque a usted su novio la haya abandonado y esté revisando el libro de donantes de esperma desde hace tres meses. Sí, soy un profesional, aunque usted no tenga el coraje de afrontar el último examen final. Sí, me compré una casa de fin de semana con pileta y quincho, aunque usted viva en un mugroso monoambiente en Barracas’.

Parece que fuera a propósito. A los contrastes me refiero. Pero eso no es lo más preocupante.

¿Por qué diablos tenemos el consultorio repleto de fotos de un desconocido tan sonriente? Esa sería una pregunta válida y admisible. Debemos dispersar su atención si no queremos que acabe interviniendo la fiscalía de turno.

‘Es indispensable que usted elimine de su vida las relaciones tóxicas’.

Eso le digo, sin quitar la vista de las fotos y mientras aspiro una profunda bocanada de humo. De mi pipa. De una pipa. No se me ocurre otra cosa. Los psiquiatras siempre dicen eso. No me diga que no. Tengo un hermano psiquiatra, un cuñado psicólogo y varios amigos en el ramo. Es un montón de gente. De hecho la Señora Bigud entiende que serían sumamente útiles si fuera yo el que estuviera tendido en el diván. Tan graciosa y sugestivamente tendido en el diván.

Según parece, siempre tomando como norte su opinión, la de la Señora Bigud, necesito en forma urgente una terapia de grupo. Muchos psicólogos y yo.

Resulta que disiento de plano con esa apreciación. Lo que sí necesitaré, a partir del lunes que viene a las cinco de la tarde, serán muchos abogados y yo.

Pero no crean que pierdo de vista que todo esto fue culpa de ustedes. Yo advertí y me negué con bastante heroísmo. Jamás habría ejercido una profesión ilegalmente sin un número de teléfono como norte, o sin un trío de desaforados alentándome detrás de la cortina.


¿Cómo dice?

Sí, lo obtuve. Por supuesto que lo obtuve. Bueno, no el de ella, pero sí el del letrado que la patrocina.

Al fin y al cabo, una carta documento la recibe cualquiera, che. No hagan tanto espamento.



Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: Antes de que alguno me pregunte qué diablos tiene que ver el título con el desarrollo del artículo aclaro la situación. Nada. No tiene nada que ver. Ocurre que empecé a escribir con una idea en mente y la misma se fue transformando sobre la marcha. Luego, claro está, me olvidé de cambiarlo. El título, no el artículo. El artículo sí que lo cambié. Y cómo.

jueves, 15 de septiembre de 2011

SALDO Y ESQUINA

Síntesis del post: Una prostituta de esquina. Vestimenta. Tres potenciales clientes. Una negociación. Un Sarmiento. Disculpa posdatada.



Tenemos —y disculpen ustedes que me meta tan de lleno en un tema escabroso— a esta prostituta. Una prostituta de esquina. Una prostituta de esquina que, como toda prostituta de esquina, exhibe orgullosa en la vía pública una cuota de desnudez inconcebible. Una desnudez que una señorita común y silvestre, de su casa diría mi abuelita, solo se animaría a exhibir una vez dentro del hotel alojamiento, cerrada con cuatro llaves la puerta del cuarto y a pocos pasos de la cama inmaculada.

Yésica (así, con ye), se llama. La prostituta. O se hace llamar. Y es que con estas damas, buena parte del encanto reside en la certeza de que comienzan a mentir en el preciso instante en que revelan su nombre, que en realidad no es su nombre sino una simple herramienta de trabajo. Como todas las demás, claro está.

Debe andar por los veinticuatro o veinticinco años. Ay señora, viera usted esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío. Cualquiera diría que ejerce la profesión por amor al arte; que en vez de alegrar el día —o la noche— de tantos hombres munidos de un solo billete de cien, bien podría elegir a uno, un hombre, que los tuviera todos, todos los billetes de cien. Sin embargo la vida es un sendero sinuoso, y uno no es quien para juzgar el modo en que otros deciden recorrerlo.

No soy ducho en el departamento ‘vestimenta’. Quiero decir que no domino el arte de la descripción en lo referido al atuendo, así que les voy a solicitar, sobre todo a las señoritas de su casa que en este momento leen estas humildes líneas, un poco de indulgencia.

Vayamos entonces de abajo hacia arriba. Zapatos de taco alto. Muy alto. Y finito. Creo que le llaman aguja, al taco. Y medias de red, por supuesto. Y luego una minifalda negra, de cuero, que a duras penas cubre las tres cuartas partes de las nalgas y permite adivinar la presencia de una tanga blanca (el color es producto de mi incontenible imaginación tropical) que llegado el caso interpondrá una defensa mentirosa.

¿Arriba? Arriba un top. Y acá se me complica. Es como una media. Transparente. Y entonces ya no tenemos que adivinar lo que hay debajo, porque la mercancía está a la vista, matizada —quizás— por una serie de rombos diminutos que le otorgan al torso una suerte de color sepia. Y nada más. El maquillaje, sí, pero eso no forma parte de la vestimenta. Solo la complementa, es un accesorio, si es que se puede hablar de accesorios cuando estos cubren mucha más superficie que la cosa principal.

Y suficiente hemos tenido de ella. Vayamos a lo nuestro sin más.

Tres jóvenes. Tres imberbes. Tres mocosos tres. Potenciales clientes de una hembra que ha conocido circunstancias más apremiantes. Un debutante. Dos polizones que irrumpieron en la escena oficiando de padrinos, aunque luego se vieron tentados por esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío. Ahora todos desean un papel en la tertulia, juntos si fuera posible, y en consecuencia llevan adelante una compleja negociación que a pesar de la buena voluntad de ambas partes aún se encuentra muy lejos de arribar a un final feliz. Literalmente hablando.

Dos flancos bien definidos en esta negociación. Compleja negociación, no sé si les dije. Uno, el capital requerido. Dos, la sede. Y ambos se encuentran íntima y dramáticamente relacionados.

De los bolsillos de los jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes, brotan billetes arrugados que uno de los padrinos, ahora devenido en contertulio, alisa con sumo esmero al tiempo que saca cuentas. Ocho por cinco cuarenta, te espero en la lechería.

No alcanza. Es decir, no alcanza si encima hay que pagar el hotel. Pero los jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes proponen como sede el departamento del debutante. O mejor dicho, de los progenitores del debutante, que están —imagino yo— de recorrida por el viejo continente.

Ahora bien, normalmente las prostitutas de esquina desconfían de las sedes que escapan a su control y conocimiento. Y es que el mundo se encuentra repleto de sátiros que tienen la mala costumbre de anudar corbatas (muy coloridas por cierto) alrededor del pescuezo de las prostitutas de esquina, entre otros ejemplares del género femenino. Pero, nobleza obliga, estos tres paparulos tienen demasiada cara de buenos. De tiernos. Es decir, no representan peligro alguno. Hasta yo me doy cuenta, que estoy —estamos— a pocos metros de distancia, esperando un colectivo que parece no tener pensado mostrarse en un futuro inmediato.

Hay acuerdo, pero no alcanza. Es decir, no alcanza ni siquiera evitando el pago del hotel. Falta un billete. Un Sarmiento. Un cincuenta, para los que no se han percatado de que el adusto rostro de Domingo Faustino adorna los billetes de esa denominación.

Por desgracia se arrima uno de los padrinos, devenido en contertulio, hasta mi posición. Y me explica más o menos en detalle la situación que acabo de relatarles.

Hará cosa de un mes me tocó alzarme con un Sarmiento gracias a un cobarde que proclamaba su amor en el alféizar de una ventana. Es obvio que el Universo, estimados, posee sus propios mecanismos compensatorios. Creo firmemente en este postulado. Y obro en consecuencia. Eso es una suerte para los tres jóvenes, los imberbes, los potenciales clientes.

Al fin y al cabo hoy me sobran Sarmientos. Y en especial el que acabo de dejar ir, ganado a costa de un grupo de jóvenes no más jóvenes que estos.

Con él podría haberme pagado un taxi, sí. No hace falta que me lo diga. Pero bueno, en rigor de verdad no estaba esperando ningún colectivo. Y menos uno que tiene como destino final… el Puente La Noria. Yo vivo en Caballito, sepa usted.

¿Cómo dice?

Ah, sí. Solo quería admirar, por unos minutos más, esos ojazos de color verde, ese cabello indomable y esas curvas prontas al desafío.




Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: En breve reanudaremos las recorridas por los espacios virtuales amigos y afines. Sepan disculpar.

lunes, 8 de agosto de 2011

EL ALFÉIZAR DE UNA VENTANA

Síntesis del post: Un muchacho más bien. El alféizar de una ventana. Una amenaza. Un amor. Una apuesta.



Un caballero, un muchacho más bien, está sentado en el alféizar de una ventana. El hecho en sí no sería digno de mención si para describir sus pormenores no fuera necesario entrecerrar los ojos colocando el canto de la mano izquierda a la altura de las cejas para bloquear la luz solar. Sí, también podría ser la mano derecha, pero yo soy zurdo, y más importante aun, soy quien se encuentra a punto de describir los pormenores del hecho.

El asunto es que un caballero, un muchacho más bien, está sentado en el alféizar de una ventana. En el décimo piso de un coqueto edificio del barrio de caballito. Se trata, sin duda, de una tentativa de suicidio. Abajo, en la vereda, un escuadrón de bomberos voluntarios, la mamá del caballero, del muchacho más bien, un grupo de adolescentes que debieran estar en el colegio pero no están, un móvil de Crónica TV, dos o tres ancianas, el consejo de administración del edificio en pleno y un observador casual que infiere la posibilidad de una futura descripción. Nadie más.

‘¡Me voy a matar y a nadie le importa!’, grita el muchacho desde su improvisada plataforma. El mensaje desciende un tanto difuso, pero se interpreta sin mayores esfuerzos. Se va a matar, y para que esa noble maniobra adquiera un sentido acabado y sin fisuras es menester que aquellos que ostentamos el título de testigos oculares hagamos gala de un histrionismo que nos coloque a la altura de semejante espectáculo.

Ordenando los trozos de información que circulan a la altura de la vereda el rompecabezas adquiere una forma más o menos definida. Según parece el caballero, el muchacho más bien, ama secretamente a una señorita que, a su vez, ama públicamente a otro caballero. A otro muchacho más bien. Una tragedia que, analizada con la debida objetividad, insinúa un carácter menor, insuficiente para motivar por sí sola un desenlace tan drástico.

Hablemos sin eufemismos señores. Solo en el plano amoroso (ya de por sí inhábil para provocar un desborde anímico de esas características en un individuo más o menos centrado) existen panoramas más desoladores. Por ejemplo, mucho peor sería amar públicamente a una señorita que, a su vez, amara secretamente a otro caballero. A otro muchacho más bien. Y en última instancia, antes de ejecutar el triple salto mortal con doble tirabuzón, se me ocurren dos o tres recursos que, perdido por perdido, debieran ser pasos previos, lógicos y obligatorios.

Mire, si quiere piense que estoy loco de remate, pero si usted me viniera con la novedad de que se encuentra perdidamente enamorado de una señorita casada, comprometida o soltera, yo le aconsejaría que antes de volarse la tapa de los sesos con una pistola calibre treinta y ocho, le preguntara a la susodicha si vería con muy malos ojos que usted le arrancara las prendas íntimas a mordiscones en el hotel alojamiento más cercano. Sí, ya sé, entiendo que lo suyo es amor genuino, pero aunque sea déjeme trazar los lineamientos básicos de la estrategia. Lo del noviazgo y el casamiento lo iríamos viendo con el tiempo, no se me impaciente. Admita que hasta hace cinco minutos barajaba opciones un tanto más delirantes.

En fin, volvamos a lo nuestro, y para ello les pido que nos centremos en el grupo de adolescentes que debieran estar en el colegio pero no están. Dejemos de lado a todos los demás, que no son relevantes a los fines de este artículo.

Estos simpáticos prófugos, demostrando una sensibilidad que reduciría al mismísimo Pablo Neruda a la condición de barrabrava del Deportivo Cambaceres, han celebrado una apuesta sobre la suerte que correrá nuestro Romeo invertido. No invertido sexualmente, claro está. Me refiero a la ironía de haber colocado al balcón en el papel de plataforma de despegue, y no como destino final de la aventura.

Tres participantes aseveran que más tarde o más temprano concretará su amenaza. El restante duda y concluye, cito en forma textual, que ‘no tiene las pelotas’.

Y no las tiene, damas y caballeros. No las tiene. De hecho esta patética puesta en escena ni siquiera puede calificarse como una tentativa de suicidio. Es, en esencia, algo mucho más dramático. Mucho más oscuro.

¿Y qué es?, me preguntará usted, que suele perder la paciencia con mucha rapidez.

Es una declaración de amor. Una confesión lisa y llana, aunque en ausencia de parte interesada. Un acto de cobardía. La más bellaca de las cobardías.

Será informada la señorita (la intuyo bella, simpática y comprensiva), eventualmente, de que alguien, nuestro Romeo, intentó suicidarse poniéndola como excusa. Y será una noticia inexacta. Engañosa. Injustamente benévola con el sujeto en cuestión.

Nadie intentó suicidarse. Si ello hubiera ocurrido tendríamos cuatro o cinco baldosas quebradas, una mancha de color rojo, una terapia intensiva y una madre con el alma en un hilo.

Tendríamos, en pocas palabras, a un observador casual ensayando una descripción sentida, quizás con alguna que otra lágrima surcando la mejilla, buscando las palabras adecuadas para plasmar en un mismo texto una tragedia y un homenaje.

Y tendríamos cincuenta pesos menos.

Sí, ¿qué me mira?

Vacío de una tragedia para relatar era imposible que un sujeto como yo no hallara la manera de hacerse invitar a esa improvisada casa de apuestas.



Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 2 de junio de 2011

OSCURA CONFESION DE UN SOLDADITO

Síntesis del post: Historia oculta. Disculpas previas. Auditoría. Irrupción. Soborno. Subsidio estatal. Bomberos. Acuerdo. Fraude. Reflexión final.

Hoy llego a ustedes con una historia que he mantenido oculta por casi veinte años. Una historia verídica que ocurrió en mis tiernos diecinueve. Una historia que no me enorgullece en lo absoluto, y que, tal vez movido por el remordimiento, tal vez por la necesidad de recordar, expongo sin tapujos, con la mayor fidelidad de la que soy capaz. Es probable que me extienda un poco más allá de lo habitual, que en el camino aburra, sorprenda o indigne, pero pueden estar seguros de que daré lo mejor de mí para que puedan ustedes opinar sobre mi participación en el hecho con todos los elementos disponibles.

De antemano les pido disculpas por abusar de su preciado tiempo con tanto descaro.

A lo nuestro sin más, que los quiero bien fresquitos:

Corre el año 1993. Este humilde servidor lleva a cabo un minucioso trabajo de auditoría en un oscuro despacho de la Dirección Nacional de Defensa Civil…

¿Cómo dice?

Sí, una auditoría a los diecinueve años. Sepa que soy un individuo capaz, inteligente y emprendedor. Mi mamá siempre me lo dijo.

Bueno, está bien, no se me ponga tan puntilloso. Lo que en realidad está haciendo este obediente soldado, porque el año 93 lo consagró enteramente (aunque en contra de su voluntad) a la defensa de la Patria, a media luz y en el más absoluto de los silencios, es revisar a fondo los cajones del escritorio de su superior directo, que además es el jefe de personal de la mencionada dependencia estatal. Ahora dígame que esa acción -más allá de su execrable carácter- no es una forma de auditoría y me va a arrancar una sincera carcajada. Las cosas, estimado lector, estimada lectora, son como uno las presenta a los ojos del público.

Lo que busca este joven estudiante de segundo año de derecho, intrépido aunque temeroso, audaz a pesar de los riesgos, es la nómina de empleados que el fin de semana viajarán rumbo a la provincia de Salta para repartir el subsidio estatal a los bomberos voluntarios de dos localidades cercanas a la capital.

¿Y eso por qué?, se preguntará usted, que había imaginado al dinero como móvil principal de esta traicionera operación.

Pues no. Sepa que se equivoca. Este ingenuo adolescente de clase media podrá ser muchas cosas, pero no es un ladrón.

¿Y entonces?, proseguirá usted con su indagatoria, sin abandonar esa cara de ‘algo huele mal en Dinamarca’.

Entonces le cuento. No es cierto que el suscrito haya irrumpido en el despacho de su jefe con la intención de sustraer dinero u otros objetos de valor, pero sí lo es que se ha mostrado permeable al soborno del personal civil de la dependencia, hecho que no lo hace sentir orgulloso.

Vea, en este año 93 la DNDC cuenta con muy poco personal militar en sus filas. Tan solo el Director (un Coronel retirado), el Jefe de Personal (un Suboficial Mayor retirado), el cocinero (un Sargento Primero en actividad) y dos soldados (uno por la mañana y otro por la tarde) que no tienen obligación de vestir el uniforme reglamentario. El resto son todos civiles, o sea, empleados estatales.

Cada seis meses, el Jefe de Personal (mi superior directo) designa dos empleados para viajar al interior del país a entregar el subsidio a los distintos destacamentos de bomberos voluntarios. Eso significa la asignación de un viático que, inexplicablemente, asciende a las tres cuartas partes de un sueldo promedio, y por lo tanto, cuando se acerca la fecha del viaje, los empleados experimentan una incontenible ansiedad (frenesí sería una mejor definición) que los impulsa a realizar toda clase averiguaciones orientadas a conocer con antelación el nombre de los afortunados.

Ahora bien, el Jefe de Personal, aunque retirado, sigue siendo un militar de carrera, y ha transformado su oficina en una suerte de espacio sacrosanto al que solo sus soldaditos poseen acceso irrestricto. Se necesita una moral flexible, cierta frialdad sanguínea, obrar metódico, capacidad de improvisación, rapidez mental y el juego de llaves de los cajones para llevar a buen puerto una operación tan osada. Resulta obvio a los ojos de todos que el soldado de la mañana no cumple con ninguno de los requisitos enumerados, excepto la posesión del juego de llaves.

Sin embargo existe un último recurso. Un hombre que ya ha conducido con éxito otras operaciones de alto riesgo en la oficina del Director, el puesto de vigilancia de los gendarmes e incluso en la cocina celosamente vigilada por el Sargento Primero en actividad. Y es a él a quien esperan los empleados en este frío mediodía de agosto, dispuestos a torcer a como dé lugar esa férrea voluntad de hacer lo correcto que alguna que otra vez se ha mostrado inflexible.

Todo hombre tiene su precio, estimado lector, estimada lectora. Y este pragmático soldadito vespertino no es la excepción a la regla. Los ofrecimientos sinceros son acérrimos enemigos de las férreas voluntades de hacer lo correcto que alguna que otra vez se muestran inflexibles.

Hora del almuerzo, una mesa apartada en el comedor, dos representantes del personal civil de la dependencia, un soldado preso de un dilema y un acuerdo que se sella a escasos metros de un Sargento Primero que observa la escena con cierto recelo.

¿Cómo dice?

Ah, sí. Un cartón de Marlboro Box y una diligencia ficticia en alguna lejana localidad del conurbano bonaerense que le permita al romántico joven evadir sus obligaciones con el fin de pasar una tarde completa en el departamento de su flamante novia.

Y eso nos lleva de nuevo al comienzo de este artículo.

Corre el año 1993. Este humilde servidor lleva a cabo un minucioso trabajo de auditoría (basta, no insista, ya discutimos ese punto) en un oscuro despacho de la Dirección Nacional de Defensa Civil…

La operación es, en sí misma, un fraude monumental. Pero el pícaro soldadito, ingenuo adolescente, joven estudiante, audaz intruso, amante fogoso y hábil negociador, necesita en forma imperiosa que el personal civil de la dependencia vea con sus propios ojos que se juega la piel en pos del éxito de la operación. En rigor de verdad, la preciada lista le fue entregada en mano por el Jefe de Personal (su superior directo) una semana antes de sellar el acuerdo. De hecho fue él mismo quien la hizo firmar por el Director y posteriormente la entregó en el Ministerio de Defensa para su validación. Pero ha omitido ese detalle. En cierto modo ha mentido. Cuando no está acorralado es bastante bueno mintiendo. Pone cara de inocente y todo.

Cubre su cuerpo desnudo con una frazada, abraza a su novia, enciende un cigarrillo, reflexiona el soldadito vespertino. Las novias y los cigarrillos son placeres efímeros. También lo son los viáticos. Todas las partes involucradas en la operación obtuvieron esa clase de placeres. Todos salieron beneficiados. En el fondo fue un acuerdo justo, más allá de los pequeños detalles que le dieron forma.

Algún día confesará, eventualmente. Y que la historia se encargue de juzgarlo.

Tal parece que ese momento ha llegado.




Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 14 de abril de 2011

SAL A LA VIDA

Síntesis del post: Un amigo. Un problema. Un contrapunto. Una promotora. Un perfume. Un taxi. Sal a la vida.


Camino con un amigo. Por la calle Florida camino. Y mientras tanto le cuento un problema de trabajo. Uno de esos problemas que no se van con el fin de la jornada, que reaparecen por la noche y se cargan varias horas de sueño, que revelan nuevas aristas cada vez que se los repiensa. Un problema bien serio, qué tanto.

En la vida todo es cuestión de actitud, me dice mi amigo, y acto seguido suelta uno de esos discursos más orientados al apuntalamiento del ánimo que al aporte de una solución real y concreta. No me queda más remedio que escucharlo en silencio, aunque no me convenzan sus argumentos. En el fondo pienso que siempre se puede sacar algo positivo del punto de vista ajeno.

Es muy fácil hablar cuando uno no tiene que lidiar con el asunto, le respondo. Pero a él tampoco lo convencen mis argumentos. Mi amigo no es de los que se dan por vencidos con facilidad, lo conozco hace mucho tiempo, y sé que no se va a detener hasta que su opinión prevalezca. Por propio mérito o por cansancio, da lo mismo.

¿Entonces para poder aconsejar hay que tener un problema grave? Eso me pregunta. Sin duda un razonamiento falaz, ya que esas no fueron mis palabras exactas. Pero no tiene caso discutir, no sé si les dije que lo conozco hace mucho tiempo.

Una promotora ofrece un perfume para damas. Y se lo ofrece, claro está, a las damas que pasan. En la calle Florida eso es algo muy común, a nadie le llama la atención.

Mi amigo se detiene y se queda mirándola. La mira así, muy con los ojos fijos, y a mí se me antoja pensar que las razones están a la vista, en exposición. Casi podría decir que rebalsan. Tez aceitunada, pelo negro muy lacio y brillante, largo hasta la mitad de la espalda, ojos verdes, facciones perfectas para modelar y un físico diseñado para la alta competencia. Todo ello en el marco de un trajecito azul (sí, como el de la mamá del malogrado caniche) que bien podría hacerla pasar por azafata de alguna línea aérea internacional. Una auténtica gema la señorita, si a alguien le interesa mi humildísima opinión.

Pero el hombre no solo está admirando su belleza, más bien parece que tuviera algo en mente. No sé si les dije que lo conozco hace mucho tiempo.

Poneme acá en la mano, le dice finalmente con el brazo derecho extendido hacia ella. Poco le importa la aclaración de la señorita acerca del sexo destinatario de la fragancia, así que la orden es acatada casi sin titubeos.

Muy bien, ahora poneme acá, le dice abriendo los botones superiores de la camisa y enseñando el pecho. La sorpresa en el rostro de la morocha es elocuente, pero al cabo de unos segundos también obedece esta orden. Apunta el vaporizador y ejecuta con decente puntería.

Y ahora acá, le dice tirando del cinturón hacia afuera con ambos pulgares, creando un vacío de cinco centímetros entre el pantalón y la ropa interior. La muchacha amaga con una negativa que mi amigo sofoca con una simple sonrisa y un por favor, hecho por el cual obtiene –también en este caso- una completa sumisión.

Muchas gracias, le dice, y antes de que ella pueda responder la toma de la nuca y le planta furioso beso en la boca. Con lengua y todo, le juro. Uno de esos besos que duran interminables segundos e involucran contorsiones corporales de lo más extrañas y variadas. Un señor beso. Hecho y derecho. Con todas las de la ley.

Para mi sorpresa la falsa azafata ofrece poca o ninguna resistencia, y una vez terminado el acto tampoco defiende su honra a cachetazos. Ninguna reacción. Nada. Solo, tal vez, una tibia sonrisa mientras el desfachatado agresor y yo nos retiramos a paso lento. Por la calle Florida, no sé si les dije.

Ahora yo también tengo un problema grave, sentencia con los labios enchastrados de rojo. En media hora me encuentro con mi novia, y me va a descoser el cráneo a castañazos. Es probable que quiera dejarme, y eso que en quince días nos tenemos que casar.

Dicho eso repite que en la vida todo es cuestión de actitud, y atrás me suelta el mismo rollo de antes. Los problemas existen, son parte del mundo que nos rodea. Y de vez en cuando, si la cosa transcurre demasiado tranquila, es bueno inventarse alguno nuevo. Para no oxidarse ¿entendés? Hay que ponerle un poco de sal a la vida, tomar riesgos. Si uno le mete mucha actitud, cualquier problema tiene solución. No importa cuan grave sea. Te espero en quince días, chau.

Y se toma un taxi a la altura de la calle Sarmiento. Así, sin más. Con el mundo solucionado, una sonrisa de oreja a oreja y una morocha confusa y medio enamorada.

Me quedo mirando mientras el auto se aleja calle arriba. Por la calle Sarmiento, no sé si les dije. No estoy seguro del mensaje que quiso transmitir con esa puesta en escena. Lo que sí sé es que yo sigo con mi problema a cuestas, y no pienso besar en la boca a ningún inspector de la AFIP.

Que quede bien clarito que yo sí le echo sal a la vida. Sal sin sodio, pero le echo.


Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: Apenas pueda voy a reanudar mis patrullajes por los espacios virtuales amigos y afines. Sepan ustedes disculpar.