martes, 2 de abril de 2013
MEDIO COMO QUE SÍ
Síntesis del post: Me llama una amiga. Carajo. Urgencia. Un caballero. Rastros de lucidez. Cuatrocientos años. Plan A. Conclusiones.
Me llama una amiga y me dice que tiene un pequeño problema, que tengo que ir corriendo a su casa, así, sin vueltas ni preguntas. Que es una urgencia, carajo. Carajo no lo digo yo, lo dice ella. Yo rara vez digo carajo para agregar énfasis a mis palabras, y cuando lo hago, casi siempre es porque estoy reproduciendo una frase que escuché en boca de otra persona; en este caso, mi amiga, la que tiene una urgencia. Carajo.
Son las dos y media de la mañana. Por lo general, las urgencias que se presentan a una hora tan inconveniente poseen una carga de dramatismo mucho mayor que aquellas que eligen el turno vespertino. Y es que la noche —creo yo— provoca en el individuo urgido una sensación de desamparo nada sencilla de combatir, ya que la soledad y el silencio se adueñan de la escena hasta que los ruidos de la propia mente se devoran los escasos rastros de lucidez que podrían prestar algún auxilio.
Enciendo un cigarrillo y gano la calle mientras me pregunto, con una honestidad intelectual que pocas veces esgrimo al escrutar mis sentimientos más íntimos, si voy a estar a la altura de las circunstancias, cualesquiera que sean. Si hay algo que sé de sobra es que las convocatorias de esta naturaleza, digo, de naturaleza urgente, se rigen por parámetros mucho más relacionados a la amistad que a la idoneidad. Lo primero que se busca en una situación de apremio es algo de compañía, comprensión o complicidad. Lo de las soluciones lo podemos ir viendo sobre la marcha.
Apenas se abre la puerta, mi amiga me abraza y rompe en un llanto profundo y uniforme. En realidad no me abraza, sino que se me cuelga del cuello y me presiona la nuca con una fuerza impropia de sus cuarenta y ocho kilos. Lo del llanto profundo y uniforme es, sí, una descripción fiel.
Ingreso al departamento y cuando me dispongo a exigir que se me ponga en autos de la situación imperante tropiezo con un caballero hecho un ovillo sobre la alfombra del living.
—¿Qué pasó acá? —le pregunto a mi amiga, dado que el caballero en cuestión presenta claros síntomas de haber asumido un estado de inmovilidad definitiva.
—No sé, te lo juro por mi vieja. Estábamos que sí, que no, que va y que viene, y de pronto medio como que le dio un infarto —responde ella mientras se toma el cabello con sus manitos pequeñas y huesudas.
El caballero es calvo a excepción de la nuca, tiene las cejas tupidas, nariz aguileña (como doblada por el paso del tiempo) y una incipiente barba de color blanco, pero muy opaca. El vello no solo domina las cejas, sino que brota desprolijo desde lo más profundo de cada orificio del rostro, y su piel es grisácea e insoportablemente arrugada. Debe tener unos cuatrocientos cincuenta años.
—Medio como que sí —sentencio en cuclillas a pocos centímetros del sujeto —, y medio como que está un poco muertito.
Digo esto no con la voluntad de aportar mi cuota de pesimismo a un cuadro que ya de por sí es bastante lúgubre, sino basado en la frialdad de sus globos oculares y la extrañísima disposición de sus manos, que han asumido la misma forma que las garras de un águila que estuviera a punto de alcanzar a una liebre en alguna remota pradera americana.
Por supuesto que, como el caballero que soy, evito cualquier tipo de indagación acerca de las circunstancias que posibilitaron que un anciano de unos cuatrocientos cincuenta años pierda la vida en el departamento de una señorita de treinta y ocho, rubia, de proporciones alquímicas, rostro angelical y mirada malévola. A las dos de la mañana. Y con los pantalones a la altura de las rodillas.
—Hay que llamar a la policía —digo intentando transmitir algo de tranquilidad mientras me dispongo a tomar el teléfono.
Se interpone en mi camino y mueve la cabeza a los lados en claro gesto de negativa. Según parece el occiso es el señor Filomeni, empresario textil, miembro honorario de la liga de empresarios católicos, presidente del consejo de administración del consorcio y felizmente casado con la señora Carmela Martínez Agostegui de Filomeni, que en este preciso instante duerme plácidamente en su pomposa habitación matrimonial al otro lado del pasillo, a unos veinte o treinta metros de nuestra posición.
—¿Y qué podemos hacer? —pregunto ya con algún recelo.
—No sé… otra cosa, por eso te llamé, para que me digas.
A veces la gente, justamente a causa de aquellos rastros de lucidez de los que hablábamos al principio, que no acuden a prestar el auxilio cuando la urgencia todo lo nubla, necesita que alguien con más frialdad o decisión le devuelva su centro, a todas luces extraviado.
—Bueno, entonces habría que buscar la forma de hacerlo desaparecer —expongo mientras me acaricio la barba a la altura del mentón —. Lo terminamos de desnudar, lo metemos en la bañadera y lo descuartizamos. Tienen que ser pedazos bien chiquitos porque después va a haber que descartarlos en las alcantarillas, de a poco, en barrios bien alejados para desviar la atención. Yo te ayudo con la parte del serrucho, pero te adelanto que lo otro lo vas a tener que hacer vos sola. Mañana trabajo todo el día, y si esperamos mucho tiempo nos va a delatar el olor.
Ni bien acabo de detallar lo que bien podríamos denominar como ‘Plan A’, no obtengo ninguna clase de devolución por parte de mi amiga de treinta y ocho años, proporciones alquímicas, rostro angelical y mirada malévola. En lugar de ello, su actitud es más bien pétrea, muy similar a la del empresario católico y casado, pero con mucho menos fundamento. Al menos desde mi óptica.
—La otra es que le revisemos los bolsillos —reanudo —. Estoy seguro de que tiene las llaves de la casa. Entonces lo ponemos presentable, lo alzamos entre los dos, entramos sin hacer ruido, se lo tiramos a la vieja en algún sillón del living y nos volvemos. Si ella también tiene como cuatrocientos años no va a escuchar nada y la cosa va a quedar como que se murió ahí mientras miraba la tele.
Presa de la más absoluta estupefacción, mi amiga de treinta y ocho años, proporciones alquímicas, rostro angelical y mirada malévola ensaya una respuesta que se ahoga en un indescifrable tartamudeo. Le permito tomar aire, procesar las opciones cuyos pormenores operativos seguramente desfilan por su mente mientras me observa y camina de un lado a otro de la habitación tirándose del cabello con sus manos pequeñas y huesudas.
Enciendo un cigarrillo y la apuro con la mirada. El tiempo es oro en una situación tan delicada.
—No sé, no sé… creo que mejor deberíamos llamar a la policía y que sea lo que Dios quiera; después de todo nosotros no tuvimos nada que ver —concluye finalmente con semblante aterrorizado.
—Entonces supongo que ahora sí me vas a dejar llegar al teléfono —sugiero señalando el aparato.
—Hijo de puta —murmura con una sonrisa que a la vez es nervio y es alivio.
Explico brevemente la situación y cuelgo el auricular. Solo resta esperar.
—¿Y ahora qué hacemos? — pregunta desorientada mi amiga de treinta y ocho años, proporciones alquímicas, rostro angelical y mirada malévola.
—Qué sé yo… servite un par de whiskys, charlemos un poco en la cocina, de lo que vos quieras. Cualquier otra cosa sería una obscenidad. ¿Eso que está en esa fuente es una milanesa?
Tengan ustedes muy buenas noches.
martes, 13 de marzo de 2012
ABORDAJES

Me aborda un anciano. En la cola del pollo me aborda. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados. Por ejemplo, milanesas. Comunes o provenzal, aunque yo las prefiero provenzal, así que casi nunca elijo las otras. De cualquier modo no creo que a usted le interese demasiado este dato, así que a lo nuestro sin más, que yo tampoco lo quiero hurgando en mis costumbres gastronómicas.
Decía entonces que me aborda un anciano. Para charlar. Para pasar un rato sin tener que escuchar esas voces internas que en su caso, el de los ancianos digo, deben dar vueltas siempre alrededor del mismo tema, el asunto ese de la muerte, del fin de la vida y sus posibles implicancias. La inminencia de lo inminente, que a raíz de esa doble condición logrará —infiero— sumir cualquier otra idea en una opacidad irremediable. Supongo que es esa, y no otra, la razón que los impulsa a llevar a cabo esos abordajes tan frontales, tan veloces, tan ajenos al protocolo que debería regir entre dos completos desconocidos. La noción de que no hay tiempo que perder, la obediencia a ese mandato de transmisión que en el marco de esa misma urgencia sabotea el diálogo a la vez que promueve un monólogo cerrado e inatacable.
La charla —o la exposición— transcurre por los carriles habituales para esta clase de situaciones. Según entiendo, en otro tiempo, en otra época u otra era, las personas eran más amables, los vendedores más solícitos, los políticos más honestos, las mujeres más bellas, los niños más educados, los estudiantes más cultos, los muebles más duraderos, los veranos más frescos, las calles más seguras, las frutas más jugosas, los edificios más sólidos y los pollos más gordos.
Todo tiempo pasado fue mejor, expresa el saber popular; y sin embargo resulta imposible discernir si lidiamos aquí con una malsana nostalgia carente de fundamento, o con una triste y lapidaria verdad. Se me ocurre a mí, siempre en tren de imaginar, que bien podría existir una tercera variante superadora de esta suerte de antinomia. Quiero decir, a lo mejor la gente, a medida que envejece, comienza a percibir el mundo que nos rodea como realmente es, y no como lo idealiza en sus años de juventud. Es probable que las personas de hoy en día no sean igualmente amables que las de antaño, sino igualmente horrendas. Y los vendedores igualmente desabridos. Y los políticos igualmente corruptos. Y así con todos los ejemplos que antes me ocupé de enumerar. Entonces, a la luz de esta idea, el tiempo pasado no solo no habría sido mejor, sino que ni siquiera habría sido aceptable. Carecería de redención, al igual que el presente.
En fin… aparece una señorita. En la cola del pollo aparece. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados. Pero no me aborda, por desgracia. Ni para charlar ni para cualquier otra cosa. Más bien se queda así, parada, con toda su potencia expuesta, agrediendo los pocos ojos masculinos que pueblan la mencionada hilera. Es una señorita de esas que uno jamás imagina haciendo las compras hasta que las ve, y entonces les asigna —a regañadientes— el carácter terrenal que en realidad poseen. Es una señorita atemporal, capaz de poner fin al monólogo del anciano con una sola mirada. Con atributos suficientes para barrer de la mesa de discusión aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, o igualmente horrendo, e incluso vaciar de contenido a esa palabra. Me refiero a la palabra ‘horrendo’. Es, en síntesis, la refutación viva de todo lo dicho, pensado o reflexionado en la cola del pollo. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados.
El anciano balbucea incoherencias. Se nota que perdió el hilo de su discurso, imagino yo, un poco a causa de la señorita atemporal y otro poco por los achaques propios de la edad. Ni siquiera sus voces internas estarán dando vueltas alrededor del asunto ese de la muerte, del fin de la vida y sus posibles implicancias, de la inminencia de lo inminente ahora sumida —ella misma— en una opacidad irremediable.
La señorita evalúa la extensión de la hilera. Resulta bastante obvio que está analizando si quedarse a esperar o seguir su camino y regresar más tarde.
‘Disculpame, ¿ustedes están juntos?’, me pregunta de pronto.
Lo repentino de la indagación me deja mudo un par de segundos. Suficiente tiempo para que el anciano se recomponga y responda en mi nombre, asaltado, creo yo, por una suerte de frenesí amoroso o sexual bastante novedoso.
‘Sí, estamos juntos, y solo vamos a comprar un par de cositas’, contesta. Viejo bucanero. Cualquier cosa con tal de que se quede un rato más.
La señorita recuenta la hilera y decide esperar. En silencio, ya que el único asunto que tenía con nosotros desapareció ni bien satisfizo su duda. Sin embargo el viejo redobla la apuesta. Muchas veces, frente a semejante pedazo de mujer, lo que cuesta es articular la primera frase, pero una vez logrado ese objetivo el temor se evapora.
‘Mi nieto siente que usted es la criatura más bella que ha visto en su vida, pero no se anima a pedirle el teléfono, ¿no es cierto Juan?’
Una corriente helada me recorre la espalda. Según parece este corsario de la tercera edad, cuando no está acorralado, es bastante bueno mintiendo. Y no se le nota en la cara. Incluso le acertó a mi nombre. Porque yo me llamo Juan, no sé si lo dije alguna vez en este humilde rincón virtual. En fin, da lo mismo. Sin duda se trató de una pequeña epifanía producto de su frenesí sexual o amoroso.
La señorita sonríe, me observa de arriba abajo pero tarda en responder. Una boa constrictora me aprieta el pescuezo mientras los sucesos transcurren ajenos a mi voluntad.
‘Bueno, si no se anima no se anima, abuelo. Por ahora le podemos pedir que me cuide el lugar mientras voy a la carnicería, si usted lo deja, claro.’
Ni bien se retira las cosas regresan a la normalidad. Lentamente, pero regresan. La boa constrictora se desliza al suelo en busca de otra víctima, el vínculo sanguíneo se extingue y el frenesí del anciano se aplaca. En general no necesito la ayuda de nadie para quedar como un estúpido frente a una señorita, así que le lanzo una mirada inquisitoria. O más bien furiosa. Pero el anciano hace caso omiso y retoma su agrio monólogo orientado hacia la nostalgia de un tiempo remoto.
Según entiendo, en otro tiempo, en otra época u otra era, los jóvenes eran más despiertos, más lanzados y sabían jugar en equipo. No eran unos tartamudos inútiles que se ruborizan con la primera teta que ven (sic).
Finalmente llega su turno, compra un cuarto trasero sin piel, un arrollado y se marcha raudo, sin saludar a su nieto.
Permanezco un rato al costado del mostrador, con mi paquete de milanesas, oteando el horizonte por si aparece de nuevo la señorita atemporal. No sé qué pretendo. A lo mejor disculparme por no haber guardado su sitio. Quizás aclarar el malentendido, confesar que el anciano no era mi abuelo, que jamás en mi vida lo había visto. Tal vez declamar que no soy tan estúpido como me revelé, o dejar sentado que tengo una mujer y dos hijas. En realidad no lo sé.
¿Cómo dice? ¿Pedirle el teléfono?
No lo creo posible. Si algo tengo claro en esta vida, además de que los ancianos de hoy ya no vienen como los de antes, es que mi único condimento está bien oculto dentro de las milanesas que acabo de comprar.
Tengan ustedes muy buenas noches.
miércoles, 11 de enero de 2012
SECRETOS (OSCUROS) Y MENTIRAS (PIADOSAS)
‘¿Qué me pasó?’, me pregunta mi amigo con un hilo de voz mientras observa la madeja de cables que unen su brazo derecho a la máquina que le suministra las diferentes drogas destinadas a mantener la estabilidad de su organismo.
‘Tu mujer te cosió a puñaladas, Charly. ¿Te acordás de algo?’
‘Creo que no’, dice luego de pensar algunos segundos. Habla con el ceño fruncido, como si le costara ordenar los acontecimientos o desconfiara de su memoria.
‘Bueno, algo la puso furiosa. Ahora está detenida en la alcaldía de Tribunales. Ayer la llevaron al juzgado, pero se negó a declarar. ¿Tenés alguna idea de qué le pudo haber pasado?’
‘No, te juro. Nosotros estamos muy bien. Tenemos algunos problemas, pero nada que salga de lo normal.’ Parece muy convencido de lo que afirma, así que decido no insistir y dejarlo descansar un poco.
Un instante después se queda profundamente dormido, por lo tanto tomo el libro que traje y me pongo a leer. Todavía faltan un par de horas para que su madre y su hermana vengan a relevarme. Necesitaban descansar, distraer la mente luego de tantos días de hospital, tanta tensión; así que me ofrecí para cubrir el turno tarde. Me alegra poder darles una mano en estos momentos tan difíciles.
De pronto alguien golpea la puerta de la habitación. Son golpes suaves, delicados, podría incluso inferirse una nota de timidez.
‘Adelante’, digo, porque eso es lo que suele decirse para otorgar un permiso, y yo soy amigo de las convenciones, las fórmulas y las tradiciones.
Frente a mis ojos una señorita. Una señorita de esas que nublan el pensamiento, alborotan las ideas y provocan repeticiones involuntarias de sílabas. Tez morena, cabello castaño oscuro, ojos verdes escondidos por unas pestañas larguísimas y exageradamente curvadas, nariz pequeña pero sin rastros de haber sufrido bajo el filo del bisturí, labios carnosos y un lunar muy sugestivo entre la mejilla derecha y la parte superior del mentón. El calor agobiante nos regala un vestido corto, bien suelto, que revela unos generosos pechos y permite admirar un físico exuberante aunque exento del pecado de la desproporción.
‘¿Cómo está?’, me pregunta sin mostrar el mínimo interés por mi identidad, parentesco o propósito en la habitación.
‘Parece que mejor’, respondo. Porque eso es lo que parece, no porque pretenda consolarla con mentiras piadosas.
Finalmente emite dos o tres sollozos, me entrega una carta para Charly y se retira cabizbaja, obligándome a un súbito replanteo de mi voluntad de consolación.
Me sumerjo de nuevo en la lectura. Nada mejor que un buen libro para borrar de la mente los pensamientos impuros.
De pronto alguien golpea la puerta de la habitación. Son golpes decididos, sobrios, podría incluso inferirse una nota de impertinencia.
‘Adelante’, digo, porque eso es lo que suele decirse para otorgar un permiso, y yo soy amigo de las convenciones, las fórmulas y las tradiciones.’
Frente a mis ojos una señorita. Una señorita de esas que le arrancan a uno emociones inexploradas. Tez blanca, como de porcelana, cabellos rubios y lacios, largos hasta la mitad de la espalda, ojos celestes, nariz respingada (no diminuta), boca pequeña y labios finos y pálidos. El calor agobiante nos regala otro vestido, también amplio, floreado, generoso a la hora de revelar, aunque dentro de los límites de la elegancia.
‘¿Vos quién sos?’, me pregunta como desconfiando de mi propósito en la habitación, y al mismo tiempo interesándose por mi identidad o grado de parentesco con la víctima.
‘Un amigo, ¿y vos?’, repregunto con sorprendente lucidez para alguien que experimenta emociones inexploradas.
‘Otra amiga’, contesta ya sin mirarme. ‘¿Cómo está?’, agrega con genuina preocupación.
‘Parece que mejor’, respondo. Porque eso es lo que parece, no porque pretenda consolarla con mentiras piadosas.
Finalmente rompe en llanto, me entrega un paquete envuelto en papel de regalo y se retira presurosa, dejándome –—una vez más— solo con mis elucubraciones acerca de la consolación.
Me sumerjo de nuevo en la lectura, aunque ya sin el mismo nivel de concentración que alcancé justo antes de que irrumpiera la primera señorita.
De pronto alguien golpea la puerta de la habitación. Son golpes apagados, tristes, podría incluso inferirse una nota de desolación.
‘Adelante’, digo, porque eso es lo que suele decirse para otorgar un permiso, y yo soy amigo de las convenciones, las fórmulas y las tradiciones.
Frente a mis ojos una señorita. Una señorita de esas que bien podrían valer una decena de puñaladas en el lomo. Tez aceitunada, cabellos negros y lacios, ojos oscuros que denuncian la presencia de algún gen asiático en la familia, nariz ancha y algo achatada, boca pequeña y labios finos y rojos. Rojísimos. El calor agobiante nos regala un último vestido. Corto. Ceñido a un cuerpo de proporciones celestiales que es exhibido sin complejos.
‘¿Sos el hermano?’, me pregunta adivinando mi grado de parentesco, interesándose por mi identidad y al mismo tiempo asumiendo un propósito noble para mi presencia en la habitación.
‘Un amigo’, corrijo tratando de fijar la mirada en algún punto de su anatomía que no implique una transgresión a la moral y las buenas costumbres.
‘¿Cómo está?’, vuelve a preguntar sin atender a mi explicación.
‘Parece que mejor’, respondo. Porque eso es lo que parece, no porque pretenda consolarla con mentiras piadosas.
Finalmente una lágrima rueda por su mejilla izquierda, me entrega un ramo de flores (jazmines) y se retira murmurando un rezo, dejándome —maldita sea mi suerte— solo con mi tratado inacabado de consolaciones.
Ya no me sumerjo de nuevo en la lectura. No es muy difícil darse cuenta cuando no es el día para leer. En lugar de ello enciendo el televisor y busco una película que me ayude a matar las horas.
‘Sos un amor querido, no sabés cuánto te lo agradezco’, me dice la madre de Charly rodeándome las mejillas con sus manos regordetas luego de mi reporte. El hecho de que su hijo haya despertado unos minutos la tiene exultante.
‘¿Vino alguien mientras no estábamos?’, pregunta como al pasar.
Respondo negativamente. Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Y no se me nota en la cara.
A ver… indagado en profundidad debería admitir la ausencia de motivos para el embuste, pero bueno, no sé explicarlo, a veces hay que saber interpretar al olfato, anticipar los problemas que uno podría causar. Por otra parte no me consta que esas tres señoritas tengan alguna relación —aunque más no fuera remota— con los hechos acaecidos. O con la víctima. Mi amigo. Y la amistad, estimados, es enemiga de las sospechas, y si cuadrara, también de la verdad, de la justicia y de la memoria. Lo digo sin ponerme colorado, y firmo al pie. Aunque me lluevan los cascotes.
‘Pobrecito, cómo te habrás aburrido’, agrega la señora sin soltar mis mejillas. ‘¿Al menos enganchaste alguna película entretenida?’
‘Sí, por suerte sí: Los ángeles de Charlie’, respondo. Porque eso es lo que estuve viendo (ya lo creo que sí), no porque pretenda consolarla con mentiras piadosas.
Además, para mentira piadosa y consuelo ya están los jazmines que supuestamente compré para hacerles más placentera la estadía.
Es que yo estoy en todos los detalles.
Tengan ustedes muy buenas noches.
jueves, 29 de diciembre de 2011
UN APLAUSO PARA LORENZO

‘Y ahora, con ustedes… ¡Loreeeeeeennnzooooooo!’
El caballero alza los brazos al cielo y cierra los ojos para recibir el aplauso del público. Para sentirlo en su corazón y en sus entrañas. Para ser uno con ese aplauso que es la razón de ser de esta maravillosa puesta en escena.
Antes de meternos de lleno en el desarrollo de este artículo corresponde aclarar que Lorenzo no es una persona sino un león. Un enorme macho de siete años en perfecto estado de salud, con su tupida melena, su torso musculoso y sus colmillos blanquísimos. Un magnífico ejemplar que sin duda merece la ovación que acaba de recibir.
Otro punto que convendría aclarar es que Lorenzo no está con nosotros. Concedo que en medio de su emoción el caballero soltó ese elocuente ‘con ustedes’ que en principio dejó poco espacio para la duda, pero lo cierto es que técnicamente no lo está. Más bien está con él. Los dos solos dentro de una bonita jaula. Nosotros (al público me refiero) estamos del otro lado de esos barrotes de cinco centímetros de diámetro, seguros y expectantes. En fin… detalles menores que no hacen al fondo del asunto.
‘Señoras y señores, lo que están a punto de presenciar es una verdadera demostración de amor, confianza y respeto entre un hombre y un animal salvaje. Una proeza que nace de una relación preexistente que costó muchísimos años construir. Toda una vida. Conocí a Lorenzo en el cráter de Ngorongoro, Tanzania, cuando solo tenía unos días de nacido. Cazadores furtivos acababan de asesinar a su madre, y habrían hecho lo mismo con él si mi grupo y yo no los hubiésemos descubierto a tiempo.’
Hace una pausa teatral para acariciar la melena del felino y luego continúa.
‘A partir de ese momento fuimos inseparables. Lo alimenté con leche de cabra en una mamadera cuya tetina replicaba la forma, tamaño y textura del pecho de una leona. Le mostré las virtudes de la vida social. Le enseñé a cazar. Lo hice conciente de su fuerza. Y finalmente logré los permisos y lo traje conmigo a esta maravillosa tierra.’
Inventa una nueva pausa a la espera de un aplauso que se hace rogar unos segundos, aunque luego aparece.
‘Señoras y señores: ahora Lorenzo saltará justo por el centro de ese aro en llamas, se parará sobre sus patas traseras y saludará a la tribuna. Lo normal en estos casos. Pero eso no es todo. No señoras y señores. Luego luchará con este humilde servidor. Sí, con este alfeñique. Sin embargo, a pesar de su evidente superioridad física, no habrá que lamentar heridas de consideración.’
Un grupo de etíopes (¿o serán tanzanos?) armado con palos, que a todas luces es el soporte técnico del acto, escucha la explicación con poco o ningún interés. Están –ellos también –al otro lado de los barrotes, y actúan (o dejan de hacerlo) con la suficiencia de aquel que ha presenciado la escena un millón de veces.
‘Allí pueden ver un balde, señoras y señores. Un balde repleto de sangre de cebra. Sangre fresca y aún tibia que derramaré sobre mi cuerpo en las narices de Lorenzo. El instinto de su especie, milenios de evolución informada en los genes, entrará en franca contradicción con su historia particular. Pero en vez de luchar comeremos, señoras y señores. Comeremos codo a codo de esa carne fresca que mis ayudantes acaban de colocar en el rincón de la jaula. Como pares, porque soy su manada, su padre, su amigo y compañero de aventuras.’
Dicho esto entrega el micrófono a uno de los etíopes (¿o serán tanzanos?) y de inmediato da comienzo a su rutina.
Lorenzo realiza de mala gana todas las proezas prometidas por su padre. Arengado por el chasquido del látigo en el suelo de tierra, sí, pero cumple. E incluso saluda al público agitando la pata delantera derecha. Los aplausos son tibios, pero una vez más aparecen. La gente espera el gran número.
Finalmente el caballero hace una nueva pausa, explica otra vez los pormenores del acto, alza los brazos buscando la renovación del aplauso y sin más prolegómenos se echa el baldazo de sangre encima.
Bien, debo decir que Lorenzo observa a su padre con un dejo de curiosidad. Ladea la cabeza y se queda inmóvil, como hacen los perros cuando están realmente desorientados.
‘¡Ahora cenemos, amigo mío!’, grita el amigo y compañero de aventuras mientras señala la carne fresca que los etíopes (¿o serán tanzanos?) tuvieron la precaución de colocar en el rincón más alejado de la jaula.
Yo no soy un experto en comportamiento animal. Tampoco rescaté a ningún felino de las garras de los cazadores furtivos, ni lo alimenté con leche de cabra, ni diseñé una tetina especial al solo efecto, ni le enseñé a cazar ni lo hice conciente de su fuerza. Sin embargo creo entrever que Lorenzo se encuentra a punto de pegarle a aquella bendita contradicción entre el instinto milenario y la historia particular una brutal desmentida. No percibo en su rostro adusto, sus ojos fríos y sus músculos tensos el más mínimo atisbo de duda. Más bien lo veo, hablando en pocas y honestas palabras, inclinado al parricidio. Y así las cosas ya se va mascando la tragedia, diría un amigo de mi hermano al que aprovecho para mandar un caluroso saludo.
Ahora el caballero también lo nota y palidece. Vuelve a señalar la carne fresca y le habla a su hijo ya no con gritos sino con voz temblorosa. Muy despacio extrae del bolsillo un manojo de llaves, se acerca a la puerta de la jaula e inicia una búsqueda frenética que no arroja buen resultado.
Entonces todo se tuerce definitivamente. Lorenzo se le echa encima de un salto, lo sacude, lo tumba y busca la yugular con sus colmillos blanquísimos. Entretanto los etíopes (¿o serán tanzanos?) lo golpean con sus palos de madera desde el exterior de la jaula hasta que logran distraer su atención. Enfurecido, el bicho pega un zarpazo a través de los barrotes y hace blanco en uno de los agresores dejando al descubierto algunos órganos internos del abdomen que solo debieran ser vistos por un cirujano en el quirófano.
El caos es casi total. El público, sin embargo, permanece en silencio, talvez confundido por aquella advertencia de que habría lucha, aunque a la postre no habría que lamentar heridas de consideración. Los etíopes (¿o serán tanzanos?) se desentienden por completo de la suerte de su empleador y auxilian a su propio compañero aplicando, quizás, la fría e incuestionable lógica de que siempre merecerá la pena salvar al rescatista caído en cumplimiento del deber antes que al idiota que se echó el baldazo de sangre encima y quiso cenar en compañía de un león macho de 280 kilos. El idiota del baldazo se arrastra en dirección a la puerta con uno de sus brazos apenas unido al torso por algo parecido a un tendón (supongo que eso podría calificar como herida de consideración). Y Lorenzo se apresta a finalizar su cena individual, satisfecho con el repliegue momentáneo (¿o definitivo?) de los etíopes (¿o serán tanzanos?).
La siguiente media hora transcurre en completa calma, aun con el cuadro de situación bastante claro. Lorenzo separa la carne del hueso y las vísceras y devora con avidez los restos de su malogrado padre adoptivo. Ejerce sobre el público una morbosa fascinación que roza el oscuro arte del hipnotismo. Nadie se mueve de su asiento. Nadie grita. Nadie llora. Incluso pueden verse, de tanto en tanto, las luces parpadeantes, los flashes de las cámaras fotográficas que le arrancan algún rugido de protesta. Ya hace mucho tiempo que los etíopes (¿o serían tanzanos?) abandonaron la carpa con el herido acostado en una improvisada camilla armada con una túnica y un tablón. Ahora es solo el felino africano y su público adorador. El indecente romance. La perfecta síntesis. Y nadie más. Nada más.
Al cabo de un rato Lorenzo acaba el banquete y se echa pesadamente sobre uno de sus lados. Poco a poco el público comienza a despertar de su obscena pasividad. Se miran –nos miramos –extrañados, talvez algo culposos. Sin embargo, en semejante marco, sin un maestro de ceremonias que de por concluido el espectáculo, me siento obligado a decir algo. A suplir su forzada ausencia. Y hablo nomás, porque a mí cuando las papas queman, cuando el horno no está para bollos, se me dan muy bien las palabras:
‘Señoras y señores, un aplauso para Lorenzo.’
Esto lo digo alzando los brazos al cielo y cerrando los ojos para ser uno con el batir de las palmas. Y por supuesto, las gradas estallan en un cerrado aplauso que supera incluso al de la presentación.
Lorenzo levanta la cabeza pero permanece echado. Escucha el aplauso hasta que el mismo se extingue y entonces sacude la pata derecha. Es un saludo, aunque esta vez es espontáneo, sin el chasquido del látigo en el suelo de tierra.
Luego, exhausto, huérfano e hinchado de comida, se duerme profundamente.
Tengan ustedes un muy feliz año nuevo.
PS: Gracias por la paciencia que me han tenido a lo largo de este mes. Hoy concluye formalmente mi licencia por paternidad, así que por la tarde reanudaré las visitas a los espacios virtuales amigos y afines.
viernes, 11 de noviembre de 2011
QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA
Síntesis del post: Cuestión previa. Un amigo. Una confesión. O varias. Un sacerdote. Motivaciones. Nostalgias.
Cuestión previa: Ante todo pido disculpas por no haber logrado contestar en tiempo y forma los comentarios recibidos en el artículo anterior. Tuve mis motivos. No volverá a suceder. De paso aprovecho la oportunidad que se me brinda para anunciar la pronta reanudación de las visitas a los espacios virtuales amigos y afines.

‘El otro día fui a la iglesia y me confesé’. Eso me dice mi amigo, ateo en la teoría y en los hechos. Y habla una verdad, con esa cara de verdad solo perceptible para aquellos que lo conocen —lo conocemos— desde la época dorada en que solía escarbarse los mocos en el rincón más apartado de la salita azul, con el primer descuido de la señorita. La señorita Ana (sé su nombre porque yo me escarbaba los mocos en la misma salita, aunque en sitios más expuestos).
¿Cómo dice?
No, no afirmo que haya —hayamos— dejado de escarbarse —escarbarnos— los mocos. Pero ahora lo hace —hacemos—, pongamos por caso, mientras el semáforo prolonga en forma indefinida un colorado que invita a la práctica de esa noble actividad. Eso es lo más cerca que se puede llegar, con treinta y tantos años sobre el lomo, de la impunidad que se gozaba en aquella salita. Aquella salita azul.
A lo nuestro sin más, que para dar forma a este artículo necesito de todos los dedos.
‘Padre, he tenido pensamientos impuros que incluyeron varias señoritas de vida licenciosa y algún que otro animal doméstico. Y he pasado a la acción. No una sino varias veces. Varios sábados. Todos. Todos los sábados. Y una respetable cantidad de viernes. Casi todos. Los viernes. Y para ello he metido mano en el fondo de reserva de la familia. Mi familia. El dinero destinado a la educación de mis hijos.’
Con esa confesión arranca mi amigo, aunque solo obtiene de parte del cura una invitación. Una invitación a seguir vaciando su alma de pecado.
‘Estoy estafando a mi socio. No me pida una explicación acabada de la ingeniería de esa estafa. Lo importante es el dinero que desvío hacia mi cuenta bancaria. Mucho dinero. Tanto que me compré un departamento a estrenar en Puerto Madero 90210. Con buena vista, doble cochera, cuatro baños y una cocina que bien podría servir para asar un buey almizclero sin remover sus partes duras.’
Asiente el cura. Se aferra a su cruz y acerca un oído adiestrado a la ventanita que sirve de nexo entre su pureza y la barbarie.
‘He mentido. Les mentí a mis mujeres. A mis concubinas. A las dos. Estoy de novio con una piba de veinte y tengo pensado casarme dentro de seis meses. No con ella sino con la hermana, que es cinco años menor y mucho más osada en la cama. A lo mejor con las dos. No tenemos demasiado de qué hablar, por la diferencia generacional. Pero al fin y al cabo de eso se trata el matrimonio. De convivir con una completa extraña a la que se odia más de lo que se ama. O con dos.’
Guarda un tenso silencio el representante de Dios en la tierra. Pero no interrumpe el desahogo.
‘He matado a un hombre. Un vecino. Golpeó a mi puerta, le molestaba el volumen de la música. Entonces le disparé entre las cejas y lo enterré en el jardín. Ahora siento remordimiento. Quiero decir, ya había matado antes, aunque nunca con intención. No es lo mismo padre. Me refiero a atropellar a una persona y luego huir de la escena sin mirar atrás. Eso no es tan grave. Al no existir dolo el alma no se ensucia.’
Ni siquiera esa última falacia colma la paciencia del confesor, que parece dispuesto a escuchar todas las atrocidades del mundo. Sin embargo eso ha sido todo.
‘Y al final me absolvió de todos mis pecados’. Eso me dice mi amigo, ateo en la teoría y en los hechos. Lo reprendió severamente, es cierto. Lo instó a confesar sus homicidios en la fiscalía de turno, eso también. Expuso un acabado planteo moral rechazando la bigamia y lo advirtió sobre la figura del estupro en el código penal, pero luego habilitó el perdón divino respetando todos y cada uno de los ritos.
‘Pero todo es mentira. Vos no tenés hijos. Ni concubina ni concubinas. Ni socios. Ni mataste a nadie. No podría hablar con propiedad acerca de tus pensamientos impuros, pero estoy seguro de que no los llevaste a la práctica. Al menos no en la parte que respecta a los animales domésticos. Lo único más o menos cercano a la realidad es que estás de novio con una piba de veintiuno’. Eso le digo a mi amigo, yo, que no soy ateo ni en la teoría ni en los hechos. Y me quedo mirándolo, a la espera de una explicación satisfactoria.
‘Sí, ya sé, ya sé. Pero no me negarás que parece de dieciocho. Y además hay otra cosa que no es mentira. Con Pilar decidimos casarnos. El lunes pensamos irlo a ver. Al cura digo. Le vamos a pedir que presida la ceremonia. Es que si Dios ya me perdonó todos los pecados, no veo por qué razón no podría casarme en su casa.
Me quedo mirándolo de la misma forma que antes. Aún no tengo mi explicación satisfactoria. Conozco los hechos y las intenciones, pero me faltan los porqués.
‘No sé che. No hay un porqué. Quizás lo hice para reírme un poco. Para ver la cara que pone el lunes, cómo hace para mirarla a los ojos con mis secretos a cuestas. Como cuando me bajaba del colectivo y te dejaba saludos para tu novio, y todas las viejas retrógradas te estudiaban con odio. ¿Te acordás? No sé, era divertido… a veces me pongo un poco nostálgico, me dan muchas ganas de llorar.’
Nos despedimos y me retiro a mi hogar. A pie. Intento sacar alguna conclusión. Qué sé yo… cada cual combate sus penas como mejor sabe o puede. Cada uno con su librito. Sin embargo no puedo evitar pensar que, a la luz de los acontecimientos expuestos, mis nostalgias suelen ser bastante insulsas.
Tengan ustedes muy buenas noches.
martes, 23 de agosto de 2011
LOS SIMULADORES
Acompaño a un amigo que tiene que hacer una compra, aunque no es muy ducho en la materia. Quiero decir que no es experto en el rubro en el que piensa incursionar, no que no domine el milenario arte de adquirir bienes a cambio de dinero. Lo hago porque soy un buen amigo, pero más que nada, porque él es un buen amigo. Y como soy, es, somos buenos amigos, no pregunto absolutamente nada. No sé si vamos en busca de una caña de pescar, un juego de ollas y cacerolas o unas botas de alpinismo. Da lo mismo. La idea es estar ahí para lo que haga falta, tomar una cerveza bien helada, quizás un poco de conversación.
Caminamos por la calle Esmeralda. Una, dos, tres cuadras pasando Corrientes, hasta que de pronto nos detenemos frente a una vidriera atestada de fotos de orientales. No me refiero a los vecinos que viven al oriente del río Uruguay, que dicho sea de paso, serían irreconocibles a menos que tuvieran puesta la camiseta de su selección de fútbol. Aquí tomamos al mundo como punto de referencia, y hablamos de chinos, japoneses o coreanos. En síntesis, gente de ojos rasgados.
Resulta que estamos buscando un uniforme de karate, y para ello hemos venido al emporio de las artes marciales. Por eso hay tantas fotos de orientales pegando saltos y llevando a cabo las más variadas contorsiones. Debo admitir que el asunto me toma por sorpresa. Mi amigo (lo sé porque somos buenos amigos) jamás ha sido un fanático de la actividad física, y mucho menos si la misma trae aparejada alguna forma de violencia, o siquiera un contacto físico menor.
‘¿Así que ahora vas a hacer karate?’, pregunto como al pasar. Porque en realidad, si él es feliz haciendo karate es suficiente para mí. A lo sumo presenciaré alguno de los torneos en que lo muelan a golpes y lo arrastraré hasta la casa con genuina compasión y afecto.
‘En la puta vida se me ocurriría’, responde. Y esa frase también es suficiente para mí, que como soy, es, somos buenos amigos, no profundizo en la indagatoria.
Finalmente compramos un hermoso uniforme. Primera marca, excelente calidad, homologado para competiciones internacionales. Y también un cinturón. Negro. Desde mi punto de vista el conjunto es un poco caro para alguien que no piensa desarrollar la actividad, pero qué va, con solo ponerse esa magnífica pieza uno ya sería capaz de arrancarle la cabeza de una patada al más feroz de los oponentes.
Antes de emprender el regreso nos detenemos en otro negocio. Una última compra. El hombre, un artesano, realiza grabados en platería. Fabrica también imponentes copas y finas medallas. Allí adquirimos un enorme trofeo de bronce que, apoyado en el piso, nos llega hasta la cintura. Y tiene un muñequito. Una figura humana que lleva a cabo una de las variadas contorsiones que podían verse en la vidriera del emporio de las artes marciales. Está, quizás, pegando una elegante patada, apenas unido al extremo superior del trofeo por la punta del dedo gordo del pie derecho.
Al llegar a su casa pasamos primero por el supermercado chino que está en la esquina y compramos dos cervezas bien heladas. De litro. Invito yo, porque soy, es, somos buenos amigos. Y a mí gusta agasajar a los buenos amigos. Pago con un poco de desconfianza, casi cubriéndome el tabique nasal con el antebrazo, porque a lo largo de esta jornada he ido formando el convencimiento de que los chinos son sujetos peligrosísimos. Flaquitos, sí. Esmirriados. Pero capaces de las más variadas contorsiones.
Mi amigo vive en el sexto piso. Y sin embargo sube al ascensor y aprieta el número cinco.
‘Nos queda una tarea más’, me dice con los ojos muy fijos mientras se coloca el uniforme y se anuda el cinturón. Y esa sentencia es suficiente para mí, que como soy, es, somos buenos amigos, no reniego de las labores que se me imponen y pregunto poco y nada.
Nos quedamos sentados en la escalera. A medio camino entre el quinto y el sexto piso. Casi a oscuras. Tomando nuestras cervezas mientras aún siguen frías y conversando entre susurros. A la espera de un acontecimiento que yo, con el pico ocupado y el alma contenta, prefiero no anticipar. Comprendo, claro está, que debo susurrar en orden a no delatar mi, su, nuestra presencia, y eso es suficiente para mí.
De pronto una discusión. Una tremenda pelea. Gritos desgarradores descienden desde el sexto piso. Una voz masculina. Una voz femenina. Insultos y llantos.
Mi amigo se pone de pie con su elegante uniforme y su trofeo en la mano derecha. Y yo lo secundo. Resulta evidente que ha llegado nuestro momento. La justificación de esta mañana algo extraña, entretenida y absurda.
Es un solo piso. En rigor de verdad, medio. Pero utilizamos el ascensor. Desde el quinto piso, y directo al sexto.
‘¡¿Qué carajo está pasando acá?!’, grita mi amigo al tiempo que abre la puerta del ascensor.
El hombre acorrala a su vecina (la vecina de mi amigo) contra la puerta del departamento, y está enfurecido. Nos da la espalda.
‘A vos, pelotudo, te dije que la próxima vez que te metieras en lo que no te imp…’
Comienza la frase, sí, pero se corta en seco ni bien se vuelve hacia nosotros. Es un sujeto inmenso, y con pinta de ser muy pero muy malo. Malísimo.
‘¿La próxima vez qué?’, pregunta mi amigo con una sangre de pato que, en lo personal, me indigna bastante. Si este sujeto no logra reducir la adrenalina hasta el cero absoluto y pensar con la cabeza en vez de los puños, no nos salvan ni todos los chinos del supermercado juntos.
Mi amigo apoya el trofeo en el piso. No sé si les dije que nos llega hasta la cintura. Y se saca las zapatillas, el muy caradura. La primera con la punta de la otra, sin agacharse. Y la segunda, la otra, con la punta del pie descalzo. También sin agacharse. El objetivo de máxima, interpreto, sería matarlo con el olor a pata, pero el tipo, increíblemente, recula. Re-cu-la, señoras y señores. Busca una salida elegante, por supuesto, pero es obvio que no desea medir fuerzas contra un súper campeón de karate y su amigo gordo y grandote.
Y entonces, el amigo gordo y grandote se agranda más todavía, y lo invita a retirarse con una mentira descomunal. Cuando no está acorralado, no sé si les dije, es bastante bueno mintiendo. Pone cara de violento y todo.
Hace dos semanas que no veo a mi amigo. Pero mi tía, la que vino de visita desde Entre Ríos, sí que lo vio. Está parando en su casa. En su departamento. En el sexto piso. Él me había dicho que podía parar ahí, sin ningún problema. Para no andar gastando en hoteles. Que lo acompañara a hacer un par de compras, así arreglábamos los detalles de la estadía. Para que mi tía estuviera cómoda. Y mi tía sí que lo vio. Un par de veces lo vio. Pasó a buscar una muda de ropa. Limpia. Y después se llevó un par de discos de los Rolling Stones que ahora se escuchan todas las tardes en el balcón de la vecinita. La rubia. La del culito parado.
Es que mi tía es muy observadora. Pero un poco mal hablada.
Tengan ustedes muy buenas noches.
jueves, 18 de agosto de 2011
¡NO SI YO PUEDO EVITARLO!
El día de hoy nos toca trabajo de campo. Por desgracia hace frío, el cielo está cubierto de nubes y el servicio meteorológico afirma que es bastante probable que nos sorprenda alguna lluvia errante en medio del asunto; así que se me abrigan bien, buscan sus paraguas y nos encontramos aquí mismo en quince minutos.
Sí, ya sé, yo tampoco confío en los pronósticos del servicio meteorológico. Es lo más parecido que he visto a la Armada Brancaleone. Sin embargo prefiero ser precavido antes que verme en la penosa obligación de devolverlos a sus respectivas madres con cuarenta grados de temperatura y los mocos colgando. Basta de discusiones, por favor, que el tiempo apremia.
A lo nuestro sin más.
Nos convoca un experimento callejero. Un ejercicio orientado al combate de esa timidez patológica que padecemos desde que éramos así de pequeñitos. Por lo tanto afrontaremos el desafío con la seriedad que demandan esta clase de asuntos, tan sensibles y caros a nuestros intereses.
‘Espere un minuto, ¿a qué se refiere con la palabra desafío?’, preguntará usted, que vino convencido de que a lo sumo saldríamos a recolectar margaritas en algún parque municipal.
Hoy vamos a pasar un poco de vergüenza, caballero. Pero no se alarme, tenemos una vasta experiencia en la materia. No es la primera vez que lo hacemos, y si algo podemos certificar es que al final del día regresaremos a casa con la certeza de que si fuimos capaces de hacer lo que estamos por hacer, también podremos enfrentar las situaciones más sencillas de la vida cotidiana sin complejos o inhibiciones. Por ejemplo, no nos abandonará el valor a la hora de confrontar con una anciana que se nos adelante en la cola de la verdulería.
‘Oiga, yo enfrento las situaciones más sencillas de la vida cotidiana sin complejos o inhibiciones, y soy una máquina de insultar ancianas. ¿Por qué tengo que salir a pasar vergüenza?’, afirmará y preguntará usted en la misma oración, seguro de que nada productivo puede emerger de la gesta que se avecina.
Lo felicito. Yo no. Para lograr un desenvolvimiento social adecuado (o al menos aceptable) yo debo conservar estos pequeños mojones empíricos bien frescos en la mente. Mire, hagamos una cosa. Si quiere no venga. Al fin y al cabo yo voy a proceder según el cronograma que he diseñado con tanta meticulosidad. Con o sin usted sentado en la tribuna.
Le explico el ejercicio:
La idea es seleccionar a un completo desconocido en la vía pública y lograr pronunciar la siguiente frase en un marco más o menos verosímil:
‘¡NO SI YO PUEDO EVITARLO!’
Y si fuera posible, hacerlo sacando pecho, endureciendo pectorales, con los brazos en jarra, los puños cerrados sobre las caderas y una expresión sanmartiniana en el rostro.
Lo sé, para usted resulta una tarea más que simple, pero para mí implica lo mismo que escalar el monte Everest sin guías nepaleses ni tubos de oxígeno. Sepa comprender.
‘¡Mire a la vieja esa haciendo cagar al perro en la vereda!’, exclamará usted, que ya se ha entusiasmado con el experimento y además desea guardar lo antes posible en su retina mi momento más indecoroso.
No. La frase encaja, concedo eso. Pero con calzador. Estoy buscando un desafío mayor. Un instante crítico que demande a los gritos el remate del artículo.
Ahí está, mire. Justito. La señora desea cruzar la calle empujando el carrito de su bebé, pero la lluvia ha transformado el cordón de la vereda en un río caudaloso e indomable.
‘¡Pero qué barbaridad! Si trato de cruzar voy a terminar empapada!’, exclama la abnegada madre.
‘¡Vamos! ¿Qué espera?’, rugirá y preguntará usted en la misma oración, conciente de que ya no habrá una ocasión más propicia.
Ay Dios mío... bueno, en rigor de verdad a esto hemos venido.
¡No si yo puedo evitarlo!
Listo. ¿Ahora está conforme?
La madre observa la escena entre atónita y risueña. Interpone su físico entre el bebé y mi persona. Y demanda un plan con la mirada.
¿Cómo dice?
No, ni loco. De ningún modo pienso endurecer los pectorales. Y mucho menos asumir una expresión sanmartiniana sin tener decidido el curso de acción. Lo dije bien clarito. Si fuera posible. Y en este caso no lo es.
O sí, lo es. Pero ocurre que ya me encuentro en posesión del correspondiente mojón empírico que habilitará un desenvolvimiento social incuestionable en un futuro no muy lejano. Y además me puse los zapatos nuevos. No pensé que de veras iba a llover.
Ahora me retiro. Lo dejo en compañía de la señora (que continúa demandando un plan con la mirada) y su simpatiquísimo bebé. Descuento que luego de un instante de meditación, usted sabrá mejor que nadie cómo tender ese puente sobre el río.
Después de todo no estamos hablando del río Kwai, che. No entiendo por qué me insulta de esa forma.
Y todavía me queda soportar las quejas de su madre cuando lo vea llegar todo mojado y con esos mocos…
Tengan ustedes muy buenas noches.
martes, 26 de julio de 2011
PROMOCIÓN SUJETA A CAMBIOS
Tato Bores. Este sí que hablaba rapidito.Estamos escuchando la radio. En el auto. Nos gusta mucho escuchar la radio en el auto, por la mañana, de camino a la oficina. Y hoy estamos escuchando la radio. En el auto. Por la mañana. Aunque no estamos camino a la oficina. Hoy, lunes, no tenemos pensado ir a la oficina. Ni por la mañana, momento del día en que tenemos tomado otro compromiso, ni por la tarde, momento del día en que no tenemos tomado otro compromiso. Esto quiere decir que necesitamos una excusa, y podemos exhibir solo media. Media excusa. Pero no importa. Somos valientes, arrojados y mentirosos. Y cuando no estamos acorralados somos bastante buenos mintiendo. Ponemos cara de enfermos y todo.
‘Déjese de vueltas y diga de una vez a dónde diablos se dirige’, intimará usted, que a esta altura de los acontecimientos ya me conoce de sobra, y sabe que estos rodeos introductorios jamás conducen a ninguna parte.
‘Al aeropuerto de Ezeiza’, responderé yo. Y lo miraré fijo.
Esta vez los rodeos introductorios sí conducen a alguna parte. Para que lo sepa. Conducen al aeropuerto de Ezeiza. Y como le explicaba antes de que me transformara en el objeto de sus reclamos y frustraciones (sí, esta vez fue culpa suya), estamos escuchando la radio. En el auto. Por la mañana. De camino al aeropuerto de Ezeiza. No, no vamos a viajar a ningún lado. Vamos a recoger gente. Hoy nos toca servir como transporte.
A lo nuestro sin más, que no pienso continuar tolerando sus ridículas dilaciones.
Nos gusta escuchar la radio en el auto, programas de actualidad. Y mucho más si se trata del lunes inmediato posterior a un acto eleccionario. Nos resulta estimulante, enriquecedor y divertido. Todo a la vez. Tenemos candidatos que celebran resultados menos felices de lo imaginado, políticos que se adjudican victorias ajenas, movimientos que desconocen derrotas propias, personajes que agradecen como si hubieran ganado un premio, periodistas que confunden algo parcial con algo definitivo e intelectuales que realizan sesudas lecturas de la realidad y luego interpretan los fenómenos de un modo no muy distinto al que podría hacerlo Karina Jelinek.
Sin embargo en este momento escuchamos una entrevista al titular de una consultora que llevó a cabo una encuesta cuyos resultados han orillado entre lo cómico, lo triste y lo lamentable. El hombre, indignado por la injusticia de las críticas recibidas, transfiere la responsabilidad de la catástrofe a la inoportuna declaración de una importante figura política local, y atrás agrega que la mitad del electorado suele decidir su voto en el cuarto oscuro, hecho que a nosotros nos lleva a preguntarnos cuál sería entonces la utilidad de realizar una encuesta. No solo la suya, sino cualquier otra. En síntesis, defiende sus pronósticos a capa y espada, cuando sería mucho más prudente (esto también lo pensamos nosotros) bajar la persiana del negocio, comprar una combi, formar un grupo de rumba y salir de gira por el interior del país.
En fin… ahora le llega el turno a la tanda publicitaria, donde una afamada marca de vehículos automotores se refugia detrás de la potente voz de un locutor que nos relata –sucintamente- las enormes virtudes del producto y las increíbles facilidades de pago que nos aguardan si dejamos lo que sea que estemos haciendo y corremos a la concesionaria agitando sobre nuestra cabeza un fajo de billetes de cien dólares.
Y aquí viene lo interesante. Lo jugoso. La letra chica del contrato adecuada a los requerimientos del campo de la radiofonía. Maquillada y peinada para la ocasión. Nuestro simpático locutor toma aire, afina las cuerdas vocales y larga la siguiente minuta aclaratoria a una velocidad que asimilaría al mismísimo Tato Bores a un enfermo en recuperación de un ACV con el coágulo centrado sobre la zona del cerebro que controla la dicción:
PromociónválidadesdeelveintedejuliodedosmiloncealanochetardehastaelveintiunodejuliodedosmiloncealamañanitaennuestrasoficinasdeTierradelFuego.Sujetaacambiossinprevioaviso.Sujetaadisponibilidaddelvehículo.Ajustabledeacuerdoaparámetrosquenolevamosaexplicarporqueigualnoentenderíayrescindibleunilateralmentesiempreycuandoelquepretendarescindirnoseaustedsuabogadooalgúnmiembrodesufamilia.
Así, todo muy rapidito y sin anestesia. Y se ve que les da resultado, porque venden autos por miles.
Ahora, escuchando esta inefable aunque infalible táctica se nos ocurre pensar que la misma también podría ser útil a esta caterva de impresentables (políticos, candidatos, periodistas, intelectuales) que salen a decir por radio lo primero que les viene a la mente.
Qué sé yo… declaración sujeta a los intereses coyunturales del declarante. Adhesión condicionada al futuro triunfo del ente parasitado. Admisión de derrota limitada al plano local. Obra supeditada a que me reelijan. Triunfo extensible al plano nacional sin necesidad de nuevas consultas. Lectura e interpretación producidas bajo los efectos de los estupefacientes, válidas solo si Karina Jelinek las hace suyas y me deja hacerla mía. Encuesta certera solo si ningún político emite una declaración luego del cierre. Etcétera.
No sé muchachos, un poco de imaginación. Las herramientas están ahí para todos. Solo hay que echar mano y usarlas sin complejos o inhibiciones.
Y basta por hoy. Llegamos al aeropuerto, así que bajen del auto y vayan a averiguar el horario del vuelo mientras busco un lugar para estacionar.
Antes de retirarme les cuento que el próximo viernes tendremos un Potente Gen, porque acabo de caer en la cuenta de que la sección está un poquito abandonada.
AnunciosujetoaladisponibilidaddetiempolabuenavoluntadylasganasdeYoni.Sujetoasupresiónsinprevioaviso.Ajustabledeacuerdoaparámetrosquenoexplicaréporqueestoyenmipropiacasayhagoloquesemecanta.Elautorsereservaelderechodevetarlosvotosquenoconformensusexpectativastomarcomopositivoelsegurovotonegativodelseñorbugmanymanipularlosresultadosdeacuerdoasulealsaberyentender.
Tengan ustedes muy buenas noches.
martes, 14 de junio de 2011
JORGITO
‘Y no se trata solo de lo cariñoso que es con todos, que las maestras me lo dicen todo el tiempo, sino de la capacidad enorme que demuestra en el día a día. Es muy inteligente. Inteligentísimo. Es increíble lo mucho que entiende el mundo que lo rodea, la asimilación de cada detalle, la solvencia para ubicar el problema y resolverlo del modo más sencillo. Siempre de acuerdo a su edad, por supuesto; tampoco estoy diciendo que ya esté para largarse a la universidad’.
La señora es lo que se dice una madre orgullosa de su hijo, y no me parece mal que nos haya elegido a nosotros, ocasionales contertulios, para escuchar y celebrar la inmaculada foja de servicios del infante. Todo padre tiene el derecho y el deber de aburrir, aunque más no sea una vez en la vida, con una descripción minuciosa y –por qué no- exagerada de aquello que a fin de cuentas es el producto de sus genes y motivo principal de su orgullo y felicidad.
Jorgito es una lumbrera. Porque se llama Jorgito. O Jorge. Aunque le dicen Jorgito. No le miento señora, mi sentencia guarda una absoluta fidelidad a la descripción que se me brinda. Parece que el tipo es bastante genial, y uno, no me diga que no, tiende a posar los ojos en la genialidad. Y no me refiero a posar los ojos como lo haría con el escote de una señorita en condiciones de lucirlo. No. Hablamos aquí de una cualidad admirable, pero al mismo tiempo digna de envidia. Imagine por un instante que se le aproxima este mocoso de cuatro años, porque Jorgito tiene cuatro años, y le escupe en pleno rostro que ciento veintinueve por trece es mil seiscientos setenta y siete. Lo dejaría con la boca abierta, y es más que seguro que a los pocos segundos rompería en un furioso aplauso que acarrearía no pocas adhesiones.
‘Les cuento a ustedes porque estamos en confianza. A fin de año ya está pautada una reunión con las autoridades del colegio para hacerle una prueba a Jorgito. Vamos a ver si saltea el jardín de cinco y pasa directo a primer grado. Es que se aburre, pobrecito’.
Observo a Jorgito detenidamente. Tendido en un sillón el hombre aguarda el fin de la tertulia para regresar a la seguridad de su hogar. Y es que ya no son horas para estar despierto, incluso para un superdotado precoz. Lo maravilloso es que así, a simple vista, no parece demasiado genial. Se escarba la nariz como el más mediocre de sus compañeritos, festeja con avidez cada una de las torpezas de la pantera rosa y vuelca sobre la alfombra más chocolatada de la que ingiere. Mientras tanto lucha con denuedo para encastrar una serie de cuerpos geométricos (cubos, conos, prismas y diamantes) en un molde especialmente preparado al efecto. Con resultados regulares o malos. Sobre todo teniendo en cuenta el desenvolvimiento de la hija de tres años de otro matrimonio que adorna esta tertulia.
‘Lo que pasa es que está cansadito, mi ángel’.
Esto lo dice la madre orgullosa sin que uno haya expresado, siquiera en forma gestual, que Jorgito es un adoquín, y que la reunión de diciembre se encuentra más orientada a que se aburra otro año en jardín de cuatro en vez de transcurrir preso del más absoluto desconcierto el primer año de la escuela primaria.
‘Vení Jorgito, mi amor, contanos qué te pasa’.
‘E queya nomequié dad etutú’.
No es mucho lo que puede hacer su madre frente a la elocuencia de esta desmentida. Es que ella no me quiere dar el tutú. Tengo una sobrina de un año y siete meses que se expresa con más propiedad. Se impone un cambio de tema. Algo que ponga a buen resguardo la dignidad de un niño que jamás tuvo la más mínima intención de jugarla en esta tertulia.
‘Vení Jorgito, mi amor, contanos qué es Boca’.
Eso le pregunto yo, luego de arrebatarlo de los brazos de esa arpía.
‘¡Boca é puto!’
Eso grita Jorgito, satisfecho. Pero en su rostro percibo, soy muy bueno a la hora de percibir, un rictus burlón. Esa purísima acidez que solo se destila en el alambique de las mentes más retorcidas.
Me mira. Lo miro. Me desafía. Acepto convencido, y a la vez incrédulo.
Acerco mis labios a su oído derecho, el perfil opuesto a la ubicación de la madre.
‘Jorgito… ciento veintinueve por trece’.
‘Mil seiscientos setenta y siete’, susurra con un hilo de voz apenas audible, cuidando, el muy canalla, de no interferir con los pretextos y justificaciones de la dama que le dio vida.
Tengan ustedes muy buenas noches.
sábado, 21 de mayo de 2011
AHORA SÍ NOS TOCÓ EL OCHO

Resulta que en Estados Unidos hay un grupo de tipos, muy religiosos ellos, que ha arrojado sobre la mesa un escalofriante pronóstico. Si quiere yo se lo cuento, pero usted debe prometer que logrará mantener la calma, o al menos hará gala de una elegante continencia para no desmadrar al resto del rebaño.
¿Lo promete?
Bueno, está bien; si así no lo hiciere caerá sobre usted el rayo justiciero.
Según la información que manejo, estos muchachos proclaman a viva voz que hoy, sábado veintiuno de mayo de dos mil once, será el fin del mundo. O mejor dicho, el principio del fin del mundo.
Sí, ya sé, es horrible. Yo también estoy consternado, pero antes de comenzar a agarrarnos de las mechas o salir a cometer atrocidades en la vía pública, permítame pronunciar unas humildes palabras que si bien no cambiarán ese destino de tragedia que nos aguarda a la vuelta de la esquina, al menos servirán para moderarnos hasta que, efectivamente, ocurra algo que justifique esas conductas.
A lo nuestro sin más, que en vista de las circunstancias el tiempo es un bien escaso.
Lo único que deseo confesar es mi más profunda y genuina admiración hacia estos simpáticos religiosos. No descarto la posibilidad de que al final de la jornada acaben pasando por locos, claro está, pero reconozco que hay que tener lo necesario y en su sitio para arriesgar el prestigio y la credibilidad a favor de un hecho futuro, incierto y de una magnitud ajena a todos los parámetros conocidos.
Vea mi amigo… estos muchachos no han dicho que hoy va a estar nublado en Londres, que va a haber violencia en Medio Oriente o que el mar va a estar picado en Mar del Plata. No. Hablan del principio del fin. Ni más ni menos.
Póngase por un minuto en el lugar de ellos. Si usted abre el juego diciendo que hoy es el principio del fin del mundo, entonces tiene que ocurrir algo que avale su teoría con un mínimo de contundencia. Qué se yo… un terremoto que borre del mapa alguna ciudad europea, un tsunami con decenas de miles de muertos, que la luna explote en pedazos muy chiquititos o que la tierra deje de rotar sobre sí misma. En síntesis, un acontecimiento de una potencia probatoria incontestable. Entienda que después no me puede salir con que la caída de una avioneta en Tel Aviv con dos muertos y un herido grave es un indicio suficiente, porque nadie lo va a tomar en serio. Podrá ser el fin del mundo para dos personas, y el principio del fin para una tercera, pero va a chocar con alguna que otra dificultad cuando intente convencer a los seis mil millones restantes. No va. No le busque el pelo al huevo.
¿Entiende mi punto?
¿Cómo sigue esa gente a partir de las cero horas del día domingo?
Es cierto, le concedo eso. Vivimos en un mundo impredecible y violento, y siempre podrá pasar flotando alguna tragedia a la cual aferrarse. Pero aquí estamos hablando de un tamaño colosal. Tiene que ser algo que le arranque a usted frases tales como ‘ahora sí nos tocó el ocho’, ‘tuve sexo salvaje con mi tortuga’ o ‘me parece que se nos vino la noche’. Dicho sea de paso, esto último adquiriría ribetes muy literales si la tierra dejara de rotar sobre sí misma y usted quedara del lado que apuntara hacia los planetas exteriores.
Pero no nos desviemos (ya suficiente tenemos con lo de su tortuguita). Lo que yo deseo establecer es que las posibilidades de éxito de estos religiosos son como mínimo vagas. No son chantas, son fanáticos. Un chanta se refugiaría en una ambigüedad inatacable, y ellos no lo hicieron. De hecho, en este preciso instante se encuentran reunidos en alguna ciudad norteamericana, acampando frente a las cámaras de uno o dos canales sensacionalistas al estilo Crónica, a la espera de que sea usted y no ellos el que quede apuntando hacia los planetas exteriores.
En fin… era eso nomás. Quería dejar asentado (por lo que putas pudiera) que respeto mucho ese orgulloso transitar entre el fanatismo y la estupidez. Si es que el fanatismo y la estupidez fueran cosas distintas.
Solo me resta regar el paño con mis propios pronósticos para que, juntos, comparemos los resultados el día lunes, si el Cosmos tuviera la deferencia de otorgarnos esa posibilidad.
Aquí van:
Este sábado voy a almorzar milanesas con papas fritas y huevos fritos en casa de mi madre, porque los sábados yo almuerzo milanesas con papas fritas y huevos fritos en casa de mi madre. En compañía de mis hermanos. Y me tomo un vinito grande sin soda y sin hielo. Y postre. Y café, si dan.
Tengan ustedes un descocado fin de semana.
martes, 19 de abril de 2011
SUCINTAMENTE
El otro día tuve un pequeño entredicho con una señorita. De lo más amable ella, pero fue un entredicho al fin. Un entredicho virtual entre desconocidos que, por supuesto, jamás habían cruzado palabra, y probablemente jamás lo hagan de nuevo. Un ida y vuelta a través del correo electrónico que a la postre arrojó una suerte de distanciamiento –asumo- evitable si por las noches no fuera yo tan afecto a las bebidas espirituosas y a posar la yema de los dedos sobre esos cubos negros repletos de letras y signos de puntuación.
En fin… las cosas son como son, y no como uno desea que sean. Ni la dulzura de sus sentencias ni mi semblante neutro fueron capaces de contener el desborde que se difundió con cada golpe en la tecla ‘Intro’. Sin duda un hecho lamentable que ahora me dispongo a reparar con esta humilde y sincera admisión de responsabilidad. Así, sucintamente, como le gusta a esta amable señorita.
Soy malo. Una persona horrible, como me gusta decir a veces en este espacio. Invento historias que no son ciertas, celebro las pequeñas desgracias propias y ajenas, me burlo de los defectos físicos, prometo cosas que luego incumplo con malsano regocijo, discuto nimiedades con el único afán de molestar al prójimo, saco la basura antes de las ocho de la noche o después de las nueve, escupo en la vía pública, insulto durante los partidos de fútbol, elijo primero las mejores piezas del asado, nunca atiendo el teléfono, apago las luces cuando suena el timbre, me robo los jabones de los hoteles y a veces, incluso, leo Clarín.
Podría continuar enumerando mis defectos hasta la semana que viene, pero no voy a hacerlo. Hoy no. Hoy me prometí a mí mismo un límite de mil palabras. Contar mi asunto sin firuletes. Sin las fórmulas de las que soy tan amigo. Sin repeticiones. Así, sucintamente, como le gusta a esta amable señorita.
A lo nuestro entonces, que aún no hemos dicho nada y ya vamos a agotar la primera carilla en el word.
Me toca pedir disculpas y dar por terminado el incidente. No agregar más. No echar mano a los adornos. Quisiera describir el cuadro, la escena que me condujo a esa última y fatídica respuesta pasadas las dos de la mañana de un día como cualquier otro. Pero no puedo. Para ello tendría que aportar demasiadas precisiones, y no soy bueno a la hora de recortar detalles superfluos. Quiero decir, fallo en podar el árbol cuando lo veo completo. No encuentro la forma adecuada de cortarle el pelo al artículo.
Sí, sí, ya voy. Perdón. Sin firuletes, por supuesto. Así, sucintamente, como le gusta a esta amable señorita.
Le pido disculpas por esos inocentes dardos que, con muy mala fortuna, acertaron en el corazón de su sensibilidad. Usted no lo merecía.
Listo, ya está. Esto lo hice sin que usted me lo pidiera expresamente.
Procedo ahora con la aclaración pactada, no sin antes recordarle que sospecho, tengo la intuición, casi le diría que asumo que no hace ninguna falta. Maldita la gana que tengo yo de exponerla a usted aquí, de local, ante un pequeño foro que se constituye por propia voluntad, hecho que me lleva a fantasear con una inmerecida absolución. Usted tampoco merece eso, pero esta vez es su decisión.
Aclaración al foro: La mayoría de las historias que ven la luz en este humilde rincón de la blogósfera son inventadas, y bajo ningún concepto representan o reflejan los verdaderos sentimientos del autor, que en el fondo no es más que un alma pura y limpia, incapaz de desear el mal en sí mismo a ninguna persona, animal o mineral sobre la tierra. No sé si lo dije alguna vez, así que aprovecho la ocasión para hacerlo.
Sé que muchos de ustedes estaban escandalizados con varias de mis exposiciones, así que ahora que he develado un misterio que tenía a todos al borde del asiento, ahora que por fin he limpiado mi buen nombre y honor, doy por concluido mi asunto y me retiro.
Sí, ya sé, no lo hice así, sucintamente, como le gusta a esta amable señorita. De veras lamento no haber sido capaz de respetar esa promesa, ese límite autoimpuesto de las mil palabras.
Ahora ya lo saben; además de inventar historias que no son ciertas, prometo cosas que luego incumplo con malsano regocijo.
Y soy amigo de las fórmulas y las repeticiones. No sé si les dije.
Tengan ustedes muy buenas noches.
PS: Parafraseando a una buena amiga de la casa… ¡Harto me tienen!
jueves, 19 de agosto de 2010
PROHIBIDO PISAR EL CÉSPED

Jueves 19 de agosto, 7.45 horas, un noticiero cualquiera:
“Este señor es como Atila. Es el Atila del siglo XXI, en el cual después que pasaba por un lugar no se permitía más que creciera el pasto. Esto es lo mismo, donde pasa él no se permite que crezca la educación pública”.
La autoría de esta auténtica gema de la claridad conceptual, la analogía y la pureza idiomática a la hora de la construcción de oraciones no pertenece al número cuatro del Club Atlético Chacarita Juniors sino a la ex rectora del colegio Nacional Buenos Aires, Virginia González Gass.
La aguda acusación de la mencionada docente está dirigida al actual rector del colegio, cuyo apellido no recuerdo en este momento.
Una vez superado el primer impacto, identificada la idea principal y revisados los enlaces entre las distintas secciones de cada oración, procedo a ensayar una interpretación libre de la originalísima comparación que extrajo de la manga esta simpática profesional:
Resulta obvio a los ojos de cualquiera que el rey de los Hunos poseía una suerte de guardia pretoriana munida de tijeras y machetes para impedir el crecimiento del césped en todos los sitios donde a él se le ocurriera poner un pie.
Sin embargo, profundizando un poco en la leyenda original nos encontramos con el hecho de que la misma no se refiere a Atila sino a Othar, su caballo, del cual se decía que por donde pisaba no volvía a crecer la hierba. Esta buena nueva coloca a la comparación de la señora González Gass de cara a una serie de inconvenientes bastante severos, si es que su talento para la construcción de las frases no constituía ya un obstáculo suficiente.
A la luz de la reciente revelación debemos admitir que siendo el equino el autor de las pisadas mágicas, nos hemos quedado sin jinete, y en consecuencia, sin un objeto para nuestra comparación. O lo que es peor, sin una guardia pretoriana ducha en el arte de la jardinería para imponer al césped los efectos de la prohibición. Porque hablábamos de una prohibición, y no de un resultado producido por una condición –mágica o no- del sujeto.
Llegado este punto la situación adquiere ribetes de tragedia. Una tragedia mayúscula. No tenemos nada. Nada de nada.
Supongo que en tren de acudir en auxilio de la licenciada podemos forzar la siguiente conclusión, que si bien no es apta para recomponer el paralelo que quisimos trazar, al menos nos salva la ropa:
Aquel que desde la función docente pisotea la educación pública impidiendo su normal desarrollo es un caballo.
Pero claro, de este modo no surgiría patente la relación con el actual rector del colegio. Ni con el rey de los Hunos. Ni con Othar, su caballo. Sí, por supuesto, con un caballo cualquiera.
Y con ella, para qué engañarnos.
No me cabe la menor duda de que su exposición, unida a la ausencia de un responsable que se transformara en objeto definido de la comparación, arrastraría todas las miradas hacia su persona, obligándonos a forzar nuevas e ingeniosas interpretaciones.
Quién puede saber qué construcción sintáctica y/o gramatical elegiría para la ocasión. Después de todo es solo una simple docente, no tiene por qué armar las frases como el número cuatro del Club Atlético Chacarita Juniors.
Tengan ustedes un educativo fin de semana.
lunes, 10 de mayo de 2010
VICTORIAS DOMINGUERAS

Creo que más de una vez he mencionado en este espacio que vivo en una planta baja a la calle. Sin embargo en esta ocasión, la diferencia radica en que el dato es imprescindible para el desarrollo del artículo, así que vuelvo a mencionarlo sin temor a ser tildado de anciano desmemoriado.
Decía entonces que vivo en una planta baja a la calle, y el hecho, de más está señalarlo, posee algunas desventajas bastante notorias.
Bien, a lo nuestro entonces.
Es domingo, son las diecinueve horas y quince minutos y alguien me toca el timbre. No es un timbrazo sobrio, acotado en su duración o respetuoso del merecido descanso que suelen disfrutar cualquier domingo aquellos mortales que no se encuentran sometidos a un régimen de esclavitud laboral. Es más bien un sonido alargado e insistente, desprovisto de toda inhibición o vergüenza.
Pienso en la señora Bigud como primera opción. Debe haber olvidado sus llaves. Entonces me acerco hasta el portero eléctrico y pregunto, de muy mala gana, quién es el del dedo pesado.
Para mi sorpresa recibo la siguiente contestación:
“Disculpe señor, soy la vecina del tercero, me olvidé las llaves en la casa de mi mamá… ¿podría abrirme la puerta?”
Vale aclarar que para abrirle debo salir de mi departamento y acercarme –literalmente- hasta la puerta munido de la correspondiente llave, operación que no me seduce para nada, y que además no estoy dispuesto a realizar. Yo no soy el guardián de la garita.
“Disculpe señora, pero en este momento no puedo”, contesto con una fingida amabilidad.
Pero la muy artera pregunta por qué. No conforme con haberse quedado pegada al timbre por más de cinco segundos, pretende que justifique mi decisión sin tomar en cuenta que, a lo mejor, no sería decoroso que entrara en detalles.
“Porque en este preciso instante me encuentro fornicando salvajemente, hecho por el cual mi esbelta figura se pasea desprovista de ropas que la suavicen, y en una predisposición no muy fácil de disfrazar”.
Esto lo pienso pero no lo digo. Primero porque tengo mis pudores. Segundo porque no es cierto. Y tercero porque existe más de una señorita que, basada en la memoria de mis épocas de soltería, podría ironizar un largo rato sobre mi definición de salvajismo. Pongamos por caso, una media hora. Tranquilamente.
Pero sí es cierto me encuentro tendido en la cama en paños menores, viendo cómo cae derrotado –una vez más- el Club Atlético Boca Juniors. Por lo tanto me parece muy injusto que se requiera de mi persona semejante demostración de heroísmo, y encima se tenga la pretensión someter a análisis los motivos de mi negativa.
“Porque acabo de salir de la ducha”.
Esto sí lo digo, y acto seguido interrumpo la comunicación.
Es domingo, son las diecinueve horas y veinte minutos y alguien golpea mi ventana. La del comedor diario. La que da a la calle.
“Disculpe señor… ¿no me pasaría sus llaves para que pueda entrar sin molestarlo?”
Curiosa es la noción que esta simpática señora tiene acerca del momento en el cual una persona comienza a molestar a la otra.
Lo cierto es que no la tengo muy vista. Ni siquiera estoy seguro de que sea vecina mía, y me pone en un compromiso que no quiero asumir.
“No señora, perdóneme pero yo las llaves no se las doy a nadie”, sentencio sin siquiera abrir la persiana. Y otra vez interrumpo la comunicación.
Es domingo, son las diecinueve horas y veinticinco minutos y alguien me toca el timbre. No el de la puerta de calle, sino el de mi departamento. Pongo el ojo en la mirilla y distingo a la inefable señora del tercero.
Comprendo de inmediato que al haber logrado ya su objetivo principal, nada bonito puede surgir de nuestro tercer intercambio en menos de diez minutos. Así que me alejo de la puerta tratando de hacer el menor ruido posible y me refugio en mi dormitorio, donde el Club Atlético Boca Juniors se apresta a poner la frutilla del postre a un fin de semana –para mí- perfecto desde el punto de vista deportivo.
Cuando uno se encuentra en la tranquilidad del hogar, algunas personas son como las inundaciones. Uno nunca quiere que aparezcan, pero cuando lo hacen son absolutamente imposibles de detener. Poco a poco nos van cerrando el cerco, hasta que al final no queda un sitio en el cual refugiarse. Entonces ingresan, se quedan mucho más tiempo de lo deseado, y cuando se retiran no nos dejan absolutamente nada.
La señora insiste un rato. Un rato largo. Y se da por vencida justo en el instante en que el árbitro del partido sentencia la suerte de los muchachos de la ribera.
Dos victorias en un mismo segundo. Teniendo en cuenta que no siempre somos capaces de evitar que nos tape el agua, no es poco el mérito que me asiste.
Tengan ustedes muy buenas noches.
PS: Arderán en el infierno, sus nucas serán alcanzadas por el filo de la espada flamígera y sus ojos serán extirpados por cuervos de pico corvo. Ese destino aguarda por aquellos ingratos que hoy no concurran a MIB para dar testimonio de su devoción hacia este humilde servidor.
PS2: Quedan ustedes debidamente notificados.
viernes, 5 de febrero de 2010
DEL HEROISMO Y SUS DOLOROSAS DERIVACIONES
Cuestión previa: Esta es la historia de una acción heroica, no del héroe anónimo que la protagonizó. Y entonces me permito el lujo de relatar en primera persona solo para darme aires de gran caballero.
De este modo ponemos fin al receso que se ha extendido desde fines del año pasado, y anunciamos el comienzo (será el día martes, como es costumbre) de la temporada 2010 de este humilde espacio.
Estaba tan indefensa que me dio un poco de pena. Cercada en un rincón del bar por ese gigante enardecido por el alcohol, y abandonada cobardemente por sus amigas. El panorama no tenía buen color para ella, y mucho menos para mí.
Un impulso solidario me condujo al centro de escena, aunque lo hice maldiciendo mi sentido de la oportunidad. Sin mirar al grandote para no darle entrada en la conversación, le pregunté a ella si existía algún problema. La fortuna quiso que dijera que sí, pero que podía arreglar las cosas ella sola, razonando. Retrocedí cuatro o cinco pasos, desentendiéndome de la pelea, pero sin regresar a mi ubicación original. Él pareció molestarse un poco, pero solo habló con la mirada, y entonces mi breve intervención sirvió para calmar los ánimos de la discusión por un rato.
Daba cuenta yo de mi tercera jarra de cerveza cuando de nuevo comenzaron los forcejeos y los insultos, esta vez mucho más intensos que antes. Me acerqué y me interpuse entre los dos, ya sin preguntar si era o no bienvenido en la fiesta. Ella aprovechó la maniobra para escapar del rincón, y yo quedé colocado en su antigua posición, donde -les confieso- me sentí un tanto claustrofóbico.
El grandote hizo un amago de iniciar la persecución, pero entonces lo pensó mejor y eligió concentrar su atención en el papanatas que acababa de facilitar la huida de su presa. Aunque aún no me había agredido sentí una sofocación en el rostro, y miré alrededor con la esperanza de recoger algún estímulo que me ayudase a superar la repentina atrofia de mi valentía. Pero todos los presentes asumieron una inmovilidad pictórica, y la defendieron con fanatismo frente al talante acusador de mi protegida. Sin embargo, me pareció oír un vago murmullo en el ambiente. Una suerte de rezo colectivo.
Como esta es la historia de una acción heroica, y no del héroe que la llevó a cabo, me voy a limitar a decirles que los siguientes cinco minutos fueron los más largos de mi vida. Cuando el grandote por fin se aburrió de mis alaridos, ninguna de mis piezas anatómicas conservaba su forma original. Me dejé caer al suelo y desde allí asistí a la milagrosa resurrección de las funciones motrices del resto de la gente.
Mientras recibía las primeras curaciones tendido encima de la barra, una voz dulce y agradecida se abrió camino entre los zumbidos de mis oídos.
“No te hubieras molestado”, me dijo con inocencia.
Y eso todavía me duele.
Tengan ustedes un heroico fin de semana.
martes, 3 de marzo de 2009
GENTE QUE SE ANIMA A TODO
Síntesis del post: Nueva sección frustrada. Razones. Imágenes que de todos modos pedían ser compartidas. Lo que viene en MTLD.
Las siguientes fotografías han estado a punto de formar parte de una nueva sección de MTLD que iba a denominarse “Gente que se anima a todo”. Sin embargo, creo yo que por fortuna para todos los involucrados, ha primado la cordura. La verdad es que no iba a ser capaz de sostener el ritmo que la sección requería para funcionar, y entonces, más tarde o más temprano, iba a transformarse en otro proyecto abandonado. Eso sin mencionar que cuando salgo a la calle con mi cámara de fotos no soy precisamente un modelo de discreción, hecho por el cual es más que seguro que habría sido descubierto intentando retratar a alguna víctima. Y considerando mi mala suerte, esa víctima sería cinturón negro de karate o campeón intercontinental de sipalki.
No señor. “Gente que se anima a todo” jamás verá la luz, pero yo no puedo dejar de compartir con el pueblo todas y cada una de las dramáticas imágenes que capté mientras el optimismo aún me nublaba el juicio.
Con ustedes…
GENTE QUE SE ANIMA A TODO
Me siento bien conmigo mismo. No jodan:

Y eso que no me viste de cola papi:

Ahí tenés:

A este señor que viene le saqué con el celular, y no se reflejó como merecía. Tenía un peinado estilo "Puma Rodríguez", pero con mucho más volumen, y encima flequillo. Un capo.
¿Qué me miran? ¿Me manché la camisa?



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Lo que viene en MTLD. No necesariamente ya. No necesariamente en ese orden:
1- Yoni y Gunter Klose paseando por el Montevideo de 1930.
2- Yoni y Gunter Klose en el monumento a la carreta (a pasos del Estadio Centenario).
3- Encuentro fortuito con Darren López (mi contador).
4- Regreso al Palacio Salvo.
5- El licenciado Santipolio.
Tengan ustedes muy buenas tardes.
