Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.
jueves, 24 de mayo de 2012
EL HOMBRE IMPERCEPTIBLE
Síntesis del post: Una historia para contar. El hombre imperceptible. Descripción. Olvidos. Lectura. Directiva perentoria. Una historia para contar. Cansancio.
Hoy llego a ustedes con una historia para contar. Pero antes de que alguien apunte —no sin razón— que cuando llego, sin mencionar el hecho de que llego cada vez menos, lo hago en las condiciones que acabo de describir, me apuraré a decir que este relato posee una particularidad que lo diferencia de todos los demás.
‘¿Y cuál es esa particularidad?’ preguntará el caballero al que dejé con las ganas de apuntar algo.
Déjeme continuar, caramba, que después algunos se quejan de que me alargo en los prolegómenos.
Hoy vengo a contarles, pero también a contarme. Esa es la particularidad de la que hablaba recién. En esta ocasión soy un destinatario más del relato, y lo leeré con la misma avidez que cualquier otro lector, un poco por querer enterarme de qué va el asunto (le juro que no lo sé, o que en pocos instantes ya no lo sabré), y otro poco porque este autor escribe exactamente como a mí me gusta.
Ahora a lo nuestro sin más, que tengo la sensación de que alguien se queja de mis prolegómenos. Pero con una razón valedera, no como ustedes, tan propensos al apuro por el apuro mismo.
Estoy en un bar situado en Parque Patricios. Un hombre que no reconozco y que sin embargo comparte la mesa conmigo asegura que acaba de pagarme $300 para que detalle por escrito los pormenores de nuestra entrevista. Reviso mi billetera y confirmo que es cierto, o por lo menos que he salido con más dinero del que pensaba.
El hombre me solicita que haga una descripción física. No dentro de un rato. No mañana. Ahora. En tiempo presente. O ya no podré hacerla jamás.
No puedo explicar el porqué, pero tiene razón. No me cabe la menor duda. Hay algo extraño en su rostro, en su humanidad en general. Hallar las palabras adecuadas para retratarlo resulta un asunto demasiado complejo. Todo en él presenta una curiosa disposición al olvido.
Resulta imposible decir si tiene veinte años o cincuenta. No es muy alto ni muy bajo, ni muy gordo ni muy flaco. No es negro, mestizo ni caucásico. No puede afirmarse que tenga demasiado cabello —es castaño—, pero tampoco que sea calvo. La opacidad de sus ojos ensucia el color, lo torna vago, impreciso hasta el límite de lo tolerable. La nariz, intrascendente, demanda más de una mirada para admitir su existencia y poder describir, tiempo que no poseo en las actuales circunstancias. Finalmente se infiere la vulgaridad de una boca y la síntesis de un mentón. Y eso es todo lo que puedo incluir en esta breve exposición.
'Mi problema —dice una voz que podría ser la de mi hermano, mi suegra o mi contador— es que me deslizo fuera de la mente de las personas con una rapidez esplendorosa. No hay cerebro capaz de aprehender mi entidad, no hay memoria que aprecie la continuidad de mi ser sin volver a foja cero en cuestión de minutos, no hay charla que me permita una pausa para ir al baño.'
‘¿Y usted quién es, por qué me interrumpe mientras escribo?’ le pregunto a un caballero que no reconozco y que sin embargo comparte mi mesa.
El hombre responde que no tiene caso revelar su nombre, pero me pide que anote la pregunta que acabo de hacerle y a continuación relea el texto que tengo frente a mis ojos.
‘Usted es el hombre imperceptible’ afirmo con estupor al acabar la lectura.
El hombre imperceptible sonríe. O tal vez llora. En cualquier caso sus expresiones son tan indescifrables como sus rasgos.
‘El hombre imperceptible, cómo no. Me gusta eso. No me equivoqué con usted. No me arrepiento de haberlo elegido entre tantos otros. Es la primera persona que ha logrado sintetizar mi condición dotándome al mismo tiempo de algo parecido a un nombre.’
El mozo interrumpe la charla y pregunta qué se va a servir ese caballero que no reconozco y que sin embargo comparte mi mesa. Un café con leche y un tostado mixto, responde él mientras me indica que relea el texto que tengo frente a mis ojos.
‘El hombre imperceptible’ murmullo al concluir, intentando disfrazar mi confusión con una torpe sonrisa.
‘Imagine, pues, lo que es mi vida. Ser invisible sin serlo. Pasear eternamente entre desconocidos, repitiendo presentaciones, entablando relaciones circunstanciales, abandonando conquistas en mitad de la noche, justificando inexplicables presencias, anhelando las intimidades más básicas.’
Una bella señorita aborda a un caballero que no reconozco, y que sin embargo comparte mi mesa. Le sonríe, se presta a un breve intercambio de susurros, de labios y oídos, y al cabo de unos minutos escribe una combinación de números en una servilleta. El hombre la despide con ojos amorosos y me indica que relea el texto que tengo frente a mis ojos.
‘El hombre imperceptible’ me digo a mí mismo invadido por una infinita compasión.
‘¿Le gusta la dama? Es mi esposa. Vino conmigo hace menos de dos horas, pero no lo recuerda. Casi siempre nos conocemos de esta manera. Siente por mí esa atracción irrefrenable que usted acaba de atestiguar. Le provoco un impulso, una pulsión que no se modifica en ningún contexto. Nos casamos hace quince años en Las Vegas, y lo curioso es que desde que salimos de mi departamento hacia el aeropuerto hasta que dimos el sí en aquella pequeña capilla en medio del desierto nos conocimos catorce veces. En el taxi, en la cola de migraciones, en el avión, en el casino, en un ascensor, en una esquina, etc.’
De pronto comprendo su tragedia. No puedo hacer demasiado por él. Nadie puede. Siento un impulso, la semilla de un intento que se me escapa. Tomo una servilleta y garabateo algo que pretendo utilizar en algún momento. Algo que ya no significa nada. Algo que no recuerdo.
El mozo interrumpe la charla y pregunta qué se va a servir ese caballero que no reconozco y que sin embargo comparte mi mesa. Nada, responde él con marcada tristeza. Yo ya me iba. Mientras se levanta me indica que relea el texto que tengo frente a mis ojos.
‘Lo único que yo pretendo es dejar alguna constancia de mi paso por este mundo. Una pequeña redención que considero justa. Confío en que usted sabrá presentarme de un modo creíble’ me dice ya caminando en dirección a la puerta.
‘El hombre imperceptible’ repito en medio de la lectura, pero ya me encuentro solo.
Alzo la mano y pido la cuenta. Mientras aguardo juego con una servilleta y descubro que tiene algo escrito. Reconozco mi letra. Es un mensaje que no recuerdo haber escrito. Contiene una directiva. Una directiva perentoria que debo acatar sin cuestionamientos ni dilaciones. Lleva mi firma al pie, y una pequeña marca que solo estampo en los asuntos de vital importancia.
Suelto un billete de cien pesos sobre la mesa y corro a la calle en busca de mi objetivo. Escruto a la gente. Un señor mayor con aspecto de militar retirado, una anciana, un joven de ojos saltones, dos estudiantes, un policía. Nadie que encaje dentro de los curiosos parámetros que me describí.
En la esquina un caballero que podría ser un abogado, un albañil o mi corredor de bolsa se apresta a cruzar la calle de la mano de una bella señorita. Cuando la mente se te ponga en blanco, me digo a mí mismo en la nota.
‘¡Hombre imperceptible!’ le grito a la distancia. Porque es lo que debo hacer. En eso consiste el primer paso de mi directiva perentoria.
El hombre se vuelve y me observa con genuina sorpresa. Petrificado.
Me acerco a paso lento a ese caballero que no reconozco y que sin embargo es el objeto indiscutido de la maniobra que me obligué a ejecutar.
Cuando llego hasta su posición lo abrazo sin mediar palabra. Lo abrazo con el mayor sentimiento del que es capaz un tipo frío como yo. Porque es lo que debo hacer. En eso consiste el segundo paso de mi directiva perentoria.
‘Yo te conozco’ le digo al oído antes de liberarlo. Porque es lo que debo hacer. En eso consiste el paso final de mi directiva perentoria.
El hombre imperceptible sonríe. O tal vez llora. En cualquier caso sus emociones son tan naturales como las de cualquier otra persona.
‘Muchas gracias’ me dice mientras se aleja de la mano de esa bella señorita que ocupaba una mesa cercana a la mía en el bar.
Un caballero que no reconozco y que sin embargo observo con mucha concentración me saluda desde la esquina, al otro lado de la calle. Alzo la mano por educación, no tiene ningún sentido hacerle notar su equívoco.
Ahora a lo nuestro sin más, que hoy llego a ustedes con una historia para contar, y por alguna razón que se me escapa ya me siento cansadísimo.
Tengan ustedes muy buenas noches.
jueves, 10 de mayo de 2012
LOS ACTOS DE LOS HOMBRES
Síntesis del post: Los actos. Fundamentos y justificaciones. Desayuno. Señorita inoportuna. Caso práctico. Silencios.
Cuestión previa: A partir de hoy, y debido a los múltiples reclamos recibidos a lo largo de estos años, haremos una serie de ensayos con letra blanca. Si la repercusión es buena, quedará. Si no, no.
Los actos de los hombres se explican por sí mismos, me dijo mi amigo mientras repasaba su barba entrecana con el dedo pulgar. Cuando se torna necesario fundamentar, cuando se incurre en el complejo arte de la justificación, aparece la deshonestidad intelectual en altísimas dosis. Ya desde el instante en que comienzan a describir un hecho, un acto, y aun con la mejor de las intenciones, las palabras traicionan una buena porción de la verdad. ¿Qué se puede esperar entonces cuando son utilizadas para exponer sus motivaciones?
La señorita —inoportuna desde el comienzo de la velada— interrumpe la reflexión con su sonrisa cansada y su bandeja color plata. Café negro y tostadas para él, café con leche y tres medialunas para mí. Dos pequeños vasos con un jugo artificial (asumo que de naranja), una jarra de agua, manteca, mermelada y tres masitas secas que deben tener una semana yendo y viniendo sin mayores distinciones entre la clientela asidua o circunstancial.
Uno —prosigue con los ojos entrecerrados a causa del humo del café— no anda por la vida ensayando una explicación para cada cosa que hace. Si tiene hambre come, si tiene sed bebe, si le gustan esos zapatos los compra, si aquella piba le parece bonita (alza las cejas y mira en dirección a la señorita en conflicto con el sentido de la oportunidad) le propone una revolcada. Y así con todo. O con casi todo. Porque algunas veces la gente pretende que uno exponga los pormenores más íntimos de los mecanismos que lo gobiernan, y eso como condición necesaria para que el acto en cuestión le cierre. Quiero decir, para que resulte aceptable de acuerdo a sus propios parámetros y concepciones.
La señorita, muy bonita ella (no sé si lo dije) aunque un tanto inoportuna (estoy seguro de haberlo dicho), interrumpe la reflexión, esta vez amparada en el protocolo. Sí, está todo bien. No, no queremos nada más. Sí, cualquier cosa te chiflamos. No, el aire acondicionado no nos molesta.
Fundamentar —retoma con la mirada aún perdida en las nalgas de la señorita en retirada— es una forma elegante de mentir. La justificación es un patético intento por suavizar la verdadera naturaleza del acto. Esa deshonestidad intelectual de la que te hablaba hace dos interrupciones. Te amo demasiado. Tanto que no te quiero ver sufrir. Estos ravioles están buenísimos, pero vengo de almorzar en la casa de mi tía. No, no, trae el otro álbum, solo cerré los ojos treinta segundos para descansar.
La señorita, que se revela un poco más bonita con cada nueva intervención, interrumpe por el hecho mismo de interrumpir. Sí, una medialuna más, pero de manteca. No, café todavía tengo. Gracias.
Un acto habla a través de sus consecuencias. El porqué es ni más ni menos que el estado de cosas que se deriva de su producción. Las palabras lo deforman, o en el mejor de los casos lo adornan, pero siempre modificando su esencia. Con ellas se intenta profanar su naturaleza salvaje, dotarlo de un sentido que no siempre está allí para ser expuesto.
La señorita ya no interrumpe, se hace extrañar mientras dialoga con el joven a cargo de la caja registradora. Mantiene la bandeja apretada entre las rodillas y los codos sobre el mostrador, ajena a todo lo que ocurre a sus espaldas. En el fondo es mejor así.
Ensayo una mueca que intenta reflejar mi completa adhesión a sus dichos, aun sabiendo que este pequeño alegato filosófico no agota ni por asomo el desarrollo. Sin embargo permanezco en silencio. Un silencio que invita a la presentación del caso práctico, si es que existiera la necesidad, si es que yo tuviera asunto en algún punto de la trama.
Tengo un pequeño problema doméstico… ¿puedo dormir en tu sofá por unos días? Es hasta que me organice.
Asiento con la cabeza mientras devoro el último trozo de la última medialuna; pero no rompo el silencio. Un silencio que ya no invita, sino que concede. Un silencio infundado, ausente de justificaciones. Un silencio honesto.
En la pantalla del televisor transcurre un compilado de goles de Lionel Messi que todos, empleados y clientes, observamos con sincera admiración. Una anciana aprovecha para hacer defecar a su perro en plena vereda y huye sin limpiar. La señorita nos regala una última interrupción.
Pago la cuenta sin atender la tibia oposición de mi amigo. Y también me hago cargo de la propina, porque esas nalgas merecen un reconocimiento que deseo asegurar.
Suena la alarma de un auto. A lo lejos. Muy a lo lejos.
Tengan ustedes muy buenas noches.
Etiquetas:
Filosofía,
Historias que no son cuentos,
Justificaciones,
Reflexiones
martes, 1 de mayo de 2012
FRONTERAS MATEMÁTICAS
Síntesis del post: Hecho verídico. Sábado helado y lluvioso. Caminata. Panadería. Dos con cincuenta. Enigmas matemáticos. Conclusión final.
El hecho que procederé a relatar a continuación, ni bien acabe de explicar que el hecho que procederé a relatar a continuación es absolutamente verídico, es absolutamente verídico. Ocurrió en la mañana del sábado. Ese sábado helado y lluvioso que abrió la puerta de este larguísimo fin de semana regalado por la Divina Providencia.
Decía entonces que salí a caminar. O no, en realidad aún no decía. Pensaba en decir, aquí, donde suelo decir la mayoría de las cosas a las que asigno alguna relevancia, cuando me fuera posible. Pensaba en decir mientras hacía, mientras caminaba, mientras fabricaba mis excusas para decir, mientras paría mi presupuesto necesario, mi justificativo último.
Decía entonces que salí a caminar. Y esta vez sí decía, porque uno, cuando dice, dice lo que ya se ha dicho a sí mismo, lo que ha pensado en decir aun cuando no supiera el cómo, el cuándo o el por qué. Uno evoca aquello que ha poblado sus horas muertas con una modesta cuota de fidelidad, ya que ese pensamiento, ese pensar en decir, produce una transformación que deforma, tergiversa o incluso omite la verdad de los hechos. Y eso es lo maravilloso del dicho. Su enorme ventaja y su esencia.
Bien, a lo nuestro sin más, que de tanto pensar en decir aún no hemos dicho nada.
Decía entonces que salí a caminar. O no. Cuando uno sale a caminar, quiero decir, cuando pone como norte la acción pura y simple de caminar, sale sin rumbo fijo. A la buena de Dios. A la que te criaste, diría mi abuelita. Y yo sí que tenía un rumbo fijo. Yo iba a la panadería. A comprar facturas. El sábado por la mañana, no sé si lo dije.
Decía entonces que salí a la panadería. Y ahora digo que salí en compañía de mi pequeñísima Yoni, cuyos madrugones —al igual que los míos— la hacen víctima —al igual que a mí— del repudio unánime de las otras mujeres de la familia. Del resto de la familia, vamos, hablemos claro. Y también digo que llegué a destino sin experimentar mayores contratiempos en el camino, lo cual no está exento de mérito. Y no digo nada más.
A partir de este momento procederé a relatar en tiempo presente, porque pienso, justo es decirlo, que ese tiempo enriquece más que cualquier otro los relatos. O mejor dicho, mis relatos, que a los efectos prácticos son los únicos que importan en este humilde rincón virtual.
Ingreso a la panadería y me atiende mi señorita preferida. A ver, no piense mal, esta señorita no es de las que usted imagina, esas que presentan atributos sobrecogedores (la elección de la palabra no es azarosa) y son amadas secretamente por buena parte de la clientela. No. Soy muy estricto en estos asuntos. Soy de los que opinan que un peluquero no puede ser calvo, un cirujano no puede usar anteojos y una empleada de panadería no puede ser escuálida. Esta señorita es más bien regordeta, hecho que habla a las claras de la calidad del producto ofrecido al público.
Decía entonces que me atiende mi señorita preferida. Y le pido media docena de facturas por las que habré de de desembolsar catorce pesos exactos. Sin embargo a último momento, tentado por la fiesta visual desplegada sobre el mostrador, me arrepiento y agrego una medialuna de grasa.
Se produce aquí el primer desencuentro. Mi señorita preferida toma la calculadora y multiplica por siete el precio de la unidad, hecho que me produce una profunda conmoción, no por la operación en sí, que es correctísima, sino por el empleo de la mencionada maquinita para obtener el resultado.
‘Son diecisiete con cincuenta’, me dice con esos hoyuelos que se le forman en los mofletes cada vez que sonríe.
De inmediato noto que algo no anda bien y me niego en forma rotunda a realizar semejante desembolso, borrándole la sonrisa de un plumazo y sumiéndola en un tenso desconcierto.
Me mira. La miro. Frunce el ceño. Alzo las cejas. Y finalmente expongo mi argumento sin rodeos.
‘Si la media docena se cobra catorce pesos quiere decir que la medialuna que acabo de agregar vale tres con cincuenta. Si esto es así no me la llevo.’
Me mira. La miro. Frunce el ceño. Alzo las cejas. Y finalmente indago.
‘¿A cuánto está la unidad?’
‘A dos con cincuenta’, responde.
Me mira. La miro. Frunce el ceño. Alzo las cejas. Y se agrega aquí una circunstancia que no logra sino profundizar aun más mi conmoción inicial. Mi señorita preferida toma de nuevo la máquina y digita una operación de máxima complejidad: 14 + 2,5
‘Dieciséis con cincuenta’ corrige satisfecha, sin prestar atención a mi semblante desencajado.
Sin embargo luego decide, casi como un juego, o tal vez una corroboración, multiplicar de nuevo el precio de la unidad por siete. En la calculadora, por supuesto.
Al observar el resultado que arroja la bendita máquina cae víctima del más feroz abatimiento. Diecisiete con cincuenta. Otra vez ese maldito número echando por tierra todo su desarrollo. Otra vez esa diferencia devorando los cimientos de nuestros cálculos previos.
De más está decir que a esta altura de los acontecimientos yo, que no soy ninguna lumbrera pero reconozco que la frontera de la matemática convencional, allí donde el sistema comienza a presentar los enigmas que ocupan a los más prestigiosos técnicos está mucho más allá de las dos primeras decenas, ya he identificado la causa del conflicto, aunque haciendo gala de la bellaquería más despreciable haya decidido callar.
¿Cómo dice?
Ay ay ay… ¿no ve que usted también es un adoquín? La unidad vale 2,50 en tanto y en cuanto uno lleve menos de media docena, o más, pero menos de doce (siempre teniendo en cuenta que hasta la sexta los catorce pesos son inamovibles). Si no vale 2,33. Por eso le conviene llevar seis y no cinco. O doce y no once. Ese es el oscuro artilugio de las panaderías que subsisten con lo justo.
En fin… sigamos con lo nuestro.
Una segunda señorita concurre al rescate. Los hechos se precipitan. Mi señorita preferida repite la última operación en tres oportunidades. Siempre, por supuesto, con el mismo oprobioso resultado. Diecisiete con cincuenta. Y es aquí donde surge la más fantástica de las conclusiones. Esa conclusión que yo no imaginaba ni en la más delirante de mis conjeturas.
‘¿Ves? La calculadora anda mal, hay que comprar otra’ sentencia ella mientras la rescatista —lo juro sobre el libro que se me indique— convalida revoleando los ojos, como si estuviera harta de la rebelión de las máquinas.
‘Son dieciséis con cincuenta’ me dicen a coro, una con esos hoyuelos que se le forman en los mofletes cada vez que sonríe, y la otra con una sonrisa lisa, sin hoyuelos.
Mi pequeñísima Yoni sonríe por mí. A ella también se le forman hoyuelos.
En cuanto a mi sonrisa y mis hoyuelos, admito que existen, aunque solo internamente. Siete facturas por dieciséis con cincuenta. Y el artículo viene gratis.
Más no puedo pedir.
Tengan ustedes muy buenas noches.
El hecho que procederé a relatar a continuación, ni bien acabe de explicar que el hecho que procederé a relatar a continuación es absolutamente verídico, es absolutamente verídico. Ocurrió en la mañana del sábado. Ese sábado helado y lluvioso que abrió la puerta de este larguísimo fin de semana regalado por la Divina Providencia.
Decía entonces que salí a caminar. O no, en realidad aún no decía. Pensaba en decir, aquí, donde suelo decir la mayoría de las cosas a las que asigno alguna relevancia, cuando me fuera posible. Pensaba en decir mientras hacía, mientras caminaba, mientras fabricaba mis excusas para decir, mientras paría mi presupuesto necesario, mi justificativo último.
Decía entonces que salí a caminar. Y esta vez sí decía, porque uno, cuando dice, dice lo que ya se ha dicho a sí mismo, lo que ha pensado en decir aun cuando no supiera el cómo, el cuándo o el por qué. Uno evoca aquello que ha poblado sus horas muertas con una modesta cuota de fidelidad, ya que ese pensamiento, ese pensar en decir, produce una transformación que deforma, tergiversa o incluso omite la verdad de los hechos. Y eso es lo maravilloso del dicho. Su enorme ventaja y su esencia.
Bien, a lo nuestro sin más, que de tanto pensar en decir aún no hemos dicho nada.
Decía entonces que salí a caminar. O no. Cuando uno sale a caminar, quiero decir, cuando pone como norte la acción pura y simple de caminar, sale sin rumbo fijo. A la buena de Dios. A la que te criaste, diría mi abuelita. Y yo sí que tenía un rumbo fijo. Yo iba a la panadería. A comprar facturas. El sábado por la mañana, no sé si lo dije.
Decía entonces que salí a la panadería. Y ahora digo que salí en compañía de mi pequeñísima Yoni, cuyos madrugones —al igual que los míos— la hacen víctima —al igual que a mí— del repudio unánime de las otras mujeres de la familia. Del resto de la familia, vamos, hablemos claro. Y también digo que llegué a destino sin experimentar mayores contratiempos en el camino, lo cual no está exento de mérito. Y no digo nada más.
A partir de este momento procederé a relatar en tiempo presente, porque pienso, justo es decirlo, que ese tiempo enriquece más que cualquier otro los relatos. O mejor dicho, mis relatos, que a los efectos prácticos son los únicos que importan en este humilde rincón virtual.
Ingreso a la panadería y me atiende mi señorita preferida. A ver, no piense mal, esta señorita no es de las que usted imagina, esas que presentan atributos sobrecogedores (la elección de la palabra no es azarosa) y son amadas secretamente por buena parte de la clientela. No. Soy muy estricto en estos asuntos. Soy de los que opinan que un peluquero no puede ser calvo, un cirujano no puede usar anteojos y una empleada de panadería no puede ser escuálida. Esta señorita es más bien regordeta, hecho que habla a las claras de la calidad del producto ofrecido al público.
Decía entonces que me atiende mi señorita preferida. Y le pido media docena de facturas por las que habré de de desembolsar catorce pesos exactos. Sin embargo a último momento, tentado por la fiesta visual desplegada sobre el mostrador, me arrepiento y agrego una medialuna de grasa.
Se produce aquí el primer desencuentro. Mi señorita preferida toma la calculadora y multiplica por siete el precio de la unidad, hecho que me produce una profunda conmoción, no por la operación en sí, que es correctísima, sino por el empleo de la mencionada maquinita para obtener el resultado.
‘Son diecisiete con cincuenta’, me dice con esos hoyuelos que se le forman en los mofletes cada vez que sonríe.
De inmediato noto que algo no anda bien y me niego en forma rotunda a realizar semejante desembolso, borrándole la sonrisa de un plumazo y sumiéndola en un tenso desconcierto.
Me mira. La miro. Frunce el ceño. Alzo las cejas. Y finalmente expongo mi argumento sin rodeos.
‘Si la media docena se cobra catorce pesos quiere decir que la medialuna que acabo de agregar vale tres con cincuenta. Si esto es así no me la llevo.’
Me mira. La miro. Frunce el ceño. Alzo las cejas. Y finalmente indago.
‘¿A cuánto está la unidad?’
‘A dos con cincuenta’, responde.
Me mira. La miro. Frunce el ceño. Alzo las cejas. Y se agrega aquí una circunstancia que no logra sino profundizar aun más mi conmoción inicial. Mi señorita preferida toma de nuevo la máquina y digita una operación de máxima complejidad: 14 + 2,5
‘Dieciséis con cincuenta’ corrige satisfecha, sin prestar atención a mi semblante desencajado.
Sin embargo luego decide, casi como un juego, o tal vez una corroboración, multiplicar de nuevo el precio de la unidad por siete. En la calculadora, por supuesto.
Al observar el resultado que arroja la bendita máquina cae víctima del más feroz abatimiento. Diecisiete con cincuenta. Otra vez ese maldito número echando por tierra todo su desarrollo. Otra vez esa diferencia devorando los cimientos de nuestros cálculos previos.
De más está decir que a esta altura de los acontecimientos yo, que no soy ninguna lumbrera pero reconozco que la frontera de la matemática convencional, allí donde el sistema comienza a presentar los enigmas que ocupan a los más prestigiosos técnicos está mucho más allá de las dos primeras decenas, ya he identificado la causa del conflicto, aunque haciendo gala de la bellaquería más despreciable haya decidido callar.
¿Cómo dice?
Ay ay ay… ¿no ve que usted también es un adoquín? La unidad vale 2,50 en tanto y en cuanto uno lleve menos de media docena, o más, pero menos de doce (siempre teniendo en cuenta que hasta la sexta los catorce pesos son inamovibles). Si no vale 2,33. Por eso le conviene llevar seis y no cinco. O doce y no once. Ese es el oscuro artilugio de las panaderías que subsisten con lo justo.
En fin… sigamos con lo nuestro.
Una segunda señorita concurre al rescate. Los hechos se precipitan. Mi señorita preferida repite la última operación en tres oportunidades. Siempre, por supuesto, con el mismo oprobioso resultado. Diecisiete con cincuenta. Y es aquí donde surge la más fantástica de las conclusiones. Esa conclusión que yo no imaginaba ni en la más delirante de mis conjeturas.
‘¿Ves? La calculadora anda mal, hay que comprar otra’ sentencia ella mientras la rescatista —lo juro sobre el libro que se me indique— convalida revoleando los ojos, como si estuviera harta de la rebelión de las máquinas.
‘Son dieciséis con cincuenta’ me dicen a coro, una con esos hoyuelos que se le forman en los mofletes cada vez que sonríe, y la otra con una sonrisa lisa, sin hoyuelos.
Mi pequeñísima Yoni sonríe por mí. A ella también se le forman hoyuelos.
En cuanto a mi sonrisa y mis hoyuelos, admito que existen, aunque solo internamente. Siete facturas por dieciséis con cincuenta. Y el artículo viene gratis.
Más no puedo pedir.
Tengan ustedes muy buenas noches.
miércoles, 11 de abril de 2012
YO ESCRIBO
Síntesis del post: Artículo completo según el compromiso asumido oportunamente.
Toda persona, física o jurídica, todo ente, toda agrupación, todo emprendimiento o empresa posee siempre una actividad que la define. Es decir, una actividad que contribuye de un modo decisivo a delinear el ser esencial, esa singularidad tan necesaria para no fundirse en un mundo de homogeneidad.
Jesús te ama. Perón cumple. Evita dignifica. Néstor vive. Clarín miente. Rodríguez la reta. La corrupción mata. Carlos Sacán garantiza. Todos pueden —podemos— ser resumidos a través de una actividad. Con justicia o sin ella, ese es otro tema.
Pues bien, yo escribo. Esa es la actividad que me define de cara al mundo que me rodea. Combino palabras en orden a la representación de una idea. O a veces solo las combino así, sin otro objetivo más que la estética pura, que en sí misma también puede atraer al lector si está bien trabajada. Sin embargo esas palabras, mis palabras, son siempre simples. No importa si persigo la representación de una idea igualmente simple, una idea compleja o un desarrollo estético e insustancial. El asunto pasa por evitarle al público la molestia de tener que recurrir a los subtítulos, pero sin resignar los modestos recursos que uno posee.
En fin… a lo nuestro sin más.
El otro día estaba yo escribiendo en un bar. Combinando palabras a desgano. Disfrazando la nada con algunas fórmulas que de tanto repetir ya utilizo de memoria. Y de pronto se me acercó una señorita.
‘Se te fueron las letras, escritor. Lo noto en tu carita triste, en tu mirada perdida, en tus dedos pintados de duda. Se te fueron las letras, escritor. De otro modo me habrías descrito mientras me acercaba. Habrías hablado de mis ojos verdes sin apelar a las esmeraldas. Habrías dibujado mis curvas con finos trazos. Habrías revelado tu inflamación sin ninguna cita vulgar. Se te fueron las letras, escritor.’
Todo eso me dijo. Y ni siquiera se presentó.
‘¿Quién eres?’ pregunté yo con aire teatral, empleando —como puede verse— un castellano más puro que el habitual.
‘Eso no es importante. Se te fueron las letras, escritor. Lo noto en tus estudiados ritos, en tu súbita perplejidad. De otro modo me habrías dado un nombre. Habrías inventado mis lunares a tu gusto. Habrías decorado esta escena con los muebles adecuados. Se te fueron las letras, escritor. De otro modo habrías intuido un desenlace. Te habrías enamorado. Me habrías enamorado.’
‘El amor —respondí con sequedad— no es más que un rebenque insidioso en la grupa de la curiosidad, una costumbre con pretensiones, una pulsión ultrajada por la poesía.’
En ningún momento ella intentó disimular su sorpresa, aunque impuso un pequeño silencio —asumo— para recomponer el discurso.
‘¿Cómo podrías conmover con un texto sin creer en el amor, escritor?’ preguntó al fin.
‘Ocurre que yo creo en el amor, mujer. Solo le puse un marco. Hice una descripción, y el hecho de que a usted no la satisfaga no la convierte en negación. ¿Cómo podría conmover con un texto si no soy capaz de hacerme entender, aun en la simpleza de mis palabras?’
En este punto acusó el golpe y decidió un contraataque, tal vez espoleada por mi desmesura.
‘Es que tus letras de hoy son ásperas, escritor. Y forman palabras duras. ¿Es que no te gusto? ¿Es que soy tanto menos que las otras señoritas que pululan en tus relatos? ¿Es que acaso no merezco —yo también— un halago, una caricia o un suspiro?’
Arrancar esa queja, ese lamento tan sincero, no me hizo sentir orgulloso. No me pareció justo ni prudente insistir en el desaire.
‘Quizás me traicionó el mal humor, mujer. Le ofrezco una sincera disculpa. No estoy acostumbrado a interactuar con las señoritas de mis relatos. Más bien las observo en silencio, las deseo secretamente. Usted trajo a la mesa una verdad incontrastable, y yo no la supe manejar. Se me fueron las letras, es cierto. Y convivo con la incómoda sospecha de que ya no tengo más nada que decir, que mi obra está completa.’
‘Tu obra, escritor, todavía no comenzó.’
Dijo esto apoyando su mano blanquísima sobre la mía. Y de pronto fue consuelo y fue revelación. Fue mujer y fue musa. Fue inspiración y fue letra.
‘Ahora, escritor, dado que el amor en los términos que yo lo concibo es imposible entre nosotros, quiero que me inventes un novio. Uno que me ame a mi manera. Ya te di todo lo que podía darte, y quiero que me dejes ir.’
Entonces comprendí que le debía eso y mucho más. Coloqué la palma de mi mano libre debajo de su mentón y acaricié su mejilla con el pulgar, rozando delicadamente un pequeño lunar ubicado a milímetros de la nariz, perdiéndome un rato dentro de esos ojos que por capricho jamás describí.
En ese instante apareció un caballero. Un inmenso caballero que, tomándome de las solapas, reveló su vínculo con la señorita y me explicó la inconveniencia de mi inocente gesto.
Acorralado por la situación y molesto por los insultos ensayé una defensa. Discutimos, forcejeamos, proferimos horrendas amenazas. Finalmente conecté un puño. Y luego un segundo. Y un tercero. Y siguieron más. Todos certeros. Todos en pleno rostro. Hasta que huyó. Observé inmóvil su desenfrenada carrera, su juramento de venganza y su sangrado profuso. Luego regresé a mi asiento.
‘¿Te das cuenta, escritor? Ya me inventaste un lunar a tu gusto y un novio sin futuro. Ahora solo falta que me des un nombre.’
‘Esmeralda, tu nombre es Esmeralda’ bauticé con ironía.
‘Te volvieron las letras, escritor. Lo noto en tus ojitos picantes, en tu urgencia serena, en tus celos de enamorado. Sí que te volvieron las letras, escritor. Y ahora toca que escribas.’
Dicho esto alzó su mano (blanquísima, no sé si lo dije), pidió un café con leche y volvió la mirada hacia la ventana, dejándose contemplar.
Mientras tanto yo escribo.
Tengan ustedes muy buenas noches.
PS: En breve reanudaré mis visitas por los espacios virtuales amigos y afines.
Toda persona, física o jurídica, todo ente, toda agrupación, todo emprendimiento o empresa posee siempre una actividad que la define. Es decir, una actividad que contribuye de un modo decisivo a delinear el ser esencial, esa singularidad tan necesaria para no fundirse en un mundo de homogeneidad.
Jesús te ama. Perón cumple. Evita dignifica. Néstor vive. Clarín miente. Rodríguez la reta. La corrupción mata. Carlos Sacán garantiza. Todos pueden —podemos— ser resumidos a través de una actividad. Con justicia o sin ella, ese es otro tema.
Pues bien, yo escribo. Esa es la actividad que me define de cara al mundo que me rodea. Combino palabras en orden a la representación de una idea. O a veces solo las combino así, sin otro objetivo más que la estética pura, que en sí misma también puede atraer al lector si está bien trabajada. Sin embargo esas palabras, mis palabras, son siempre simples. No importa si persigo la representación de una idea igualmente simple, una idea compleja o un desarrollo estético e insustancial. El asunto pasa por evitarle al público la molestia de tener que recurrir a los subtítulos, pero sin resignar los modestos recursos que uno posee.
En fin… a lo nuestro sin más.
El otro día estaba yo escribiendo en un bar. Combinando palabras a desgano. Disfrazando la nada con algunas fórmulas que de tanto repetir ya utilizo de memoria. Y de pronto se me acercó una señorita.
‘Se te fueron las letras, escritor. Lo noto en tu carita triste, en tu mirada perdida, en tus dedos pintados de duda. Se te fueron las letras, escritor. De otro modo me habrías descrito mientras me acercaba. Habrías hablado de mis ojos verdes sin apelar a las esmeraldas. Habrías dibujado mis curvas con finos trazos. Habrías revelado tu inflamación sin ninguna cita vulgar. Se te fueron las letras, escritor.’
Todo eso me dijo. Y ni siquiera se presentó.
‘¿Quién eres?’ pregunté yo con aire teatral, empleando —como puede verse— un castellano más puro que el habitual.
‘Eso no es importante. Se te fueron las letras, escritor. Lo noto en tus estudiados ritos, en tu súbita perplejidad. De otro modo me habrías dado un nombre. Habrías inventado mis lunares a tu gusto. Habrías decorado esta escena con los muebles adecuados. Se te fueron las letras, escritor. De otro modo habrías intuido un desenlace. Te habrías enamorado. Me habrías enamorado.’
‘El amor —respondí con sequedad— no es más que un rebenque insidioso en la grupa de la curiosidad, una costumbre con pretensiones, una pulsión ultrajada por la poesía.’
En ningún momento ella intentó disimular su sorpresa, aunque impuso un pequeño silencio —asumo— para recomponer el discurso.
‘¿Cómo podrías conmover con un texto sin creer en el amor, escritor?’ preguntó al fin.
‘Ocurre que yo creo en el amor, mujer. Solo le puse un marco. Hice una descripción, y el hecho de que a usted no la satisfaga no la convierte en negación. ¿Cómo podría conmover con un texto si no soy capaz de hacerme entender, aun en la simpleza de mis palabras?’
En este punto acusó el golpe y decidió un contraataque, tal vez espoleada por mi desmesura.
‘Es que tus letras de hoy son ásperas, escritor. Y forman palabras duras. ¿Es que no te gusto? ¿Es que soy tanto menos que las otras señoritas que pululan en tus relatos? ¿Es que acaso no merezco —yo también— un halago, una caricia o un suspiro?’
Arrancar esa queja, ese lamento tan sincero, no me hizo sentir orgulloso. No me pareció justo ni prudente insistir en el desaire.
‘Quizás me traicionó el mal humor, mujer. Le ofrezco una sincera disculpa. No estoy acostumbrado a interactuar con las señoritas de mis relatos. Más bien las observo en silencio, las deseo secretamente. Usted trajo a la mesa una verdad incontrastable, y yo no la supe manejar. Se me fueron las letras, es cierto. Y convivo con la incómoda sospecha de que ya no tengo más nada que decir, que mi obra está completa.’
‘Tu obra, escritor, todavía no comenzó.’
Dijo esto apoyando su mano blanquísima sobre la mía. Y de pronto fue consuelo y fue revelación. Fue mujer y fue musa. Fue inspiración y fue letra.
‘Ahora, escritor, dado que el amor en los términos que yo lo concibo es imposible entre nosotros, quiero que me inventes un novio. Uno que me ame a mi manera. Ya te di todo lo que podía darte, y quiero que me dejes ir.’
Entonces comprendí que le debía eso y mucho más. Coloqué la palma de mi mano libre debajo de su mentón y acaricié su mejilla con el pulgar, rozando delicadamente un pequeño lunar ubicado a milímetros de la nariz, perdiéndome un rato dentro de esos ojos que por capricho jamás describí.
En ese instante apareció un caballero. Un inmenso caballero que, tomándome de las solapas, reveló su vínculo con la señorita y me explicó la inconveniencia de mi inocente gesto.
Acorralado por la situación y molesto por los insultos ensayé una defensa. Discutimos, forcejeamos, proferimos horrendas amenazas. Finalmente conecté un puño. Y luego un segundo. Y un tercero. Y siguieron más. Todos certeros. Todos en pleno rostro. Hasta que huyó. Observé inmóvil su desenfrenada carrera, su juramento de venganza y su sangrado profuso. Luego regresé a mi asiento.
‘¿Te das cuenta, escritor? Ya me inventaste un lunar a tu gusto y un novio sin futuro. Ahora solo falta que me des un nombre.’
‘Esmeralda, tu nombre es Esmeralda’ bauticé con ironía.
‘Te volvieron las letras, escritor. Lo noto en tus ojitos picantes, en tu urgencia serena, en tus celos de enamorado. Sí que te volvieron las letras, escritor. Y ahora toca que escribas.’
Dicho esto alzó su mano (blanquísima, no sé si lo dije), pidió un café con leche y volvió la mirada hacia la ventana, dejándose contemplar.
Mientras tanto yo escribo.
Tengan ustedes muy buenas noches.
PS: En breve reanudaré mis visitas por los espacios virtuales amigos y afines.
viernes, 30 de marzo de 2012
ELIGE TU PROPIA AVENTURA
Síntesis del post: Elige tu propia aventura. Dos artículos incompletos. Una elección. Una promesa.
Cuestión previa: Estoy intentando responder los últimos comentarios sobre el PG, pero el señor Blogger no me lo permite. De cualquier modo el mismo ha sido aprobado con mayoría suficiente, aunque no abrumadora.
Hoy llego a ustedes con una propuesta. Un pequeño ejercicio que les proporcionará algo de entretenimiento y al mismo tiempo ayudará a mantener activo este humilde rincón virtual.
Bien, el asunto es bastante sencillo. En estos días escribí dos artículos. O mejor dicho, dos introducciones que no he sabido (podido o querido) resolver y ningún artículo. Una de estas introducciones verá la luz al final del túnel en el corto plazo, la otra será descartada sin remedio. La idea, por supuesto, es que sean ustedes los que tomen esa difícil decisión. Solo tienen que expresar su voto en el comentario. Yo prometo terminar lo que empecé.
Muchas gracias.
Ahora a lo nuestro sin más.
Introducción 1:
POR AHORA SIN TÍTULO
Hoy, estimados —sepan que de vez en cuando esto ocurre—, nos toca ponernos serios. Llego a ustedes con tanto para decir que no sé por dónde comenzar. O sí, sé. Quiero comenzar con una confesión: no tengo tanto para decir. En rigor de verdad no tengo nada. Nada de nada. Y no me resulta demasiado claro si esta particular circunstancia amerita que nos pongamos serios, que soltemos una batería de carcajadas melodramáticas o que saquemos de algún bolsillo una baraja española y armemos un partido de truco. Ojo, yo al truco soy casi imbatible. Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Y no se me nota en la cara.
Decía entonces que nos toca ponernos serios, pero lo hice solo para captar la atención de los incautos. En esta penosa ocasión me han caído en las manos un cuatro, un cinco y un seis. Todos de distinto palo. Así que no queda más que apelar al viejo y conocido arte de la improvisación. Aparentar que uno trae a la mesa un asunto de la mayor importancia en orden a lograr un tenso silencio, esa coyuntura necesaria para sumar renglones y acabar construyendo un artículo más cercano a la estafa que a la obra de arte.
Envido.
No, perdón. Me entusiasmé.
A lo nuestro sin más, eso quería decir.
Una vez, al filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido, inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia, cabeceando, casi dormido, oyose de súbito un leve golpe, como si suavemente tocaran, tocaran a la puerta de mi cuarto. ‘Es —dije musitando— un visitante tocando quedo a la puerta de mi cuarto. Eso es todo, y nada más.’
Sin embargo estaba equivocado.
Introducción 2:
YO ESCRIBO
Toda persona, física o jurídica, todo ente, toda agrupación, todo emprendimiento o empresa posee siempre una actividad que la define. Es decir, una actividad que contribuye de un modo decisivo a delinear el ser esencial, esa singularidad tan necesaria para no fundirse en un mundo de homogeneidad.
Jesús te ama. Perón cumple. Evita dignifica. Néstor vive. Clarín miente. Rodríguez la reta. La corrupción mata. Carlos Sacán garantiza. Todos pueden —podemos— ser resumidos a través de una actividad. Con justicia o sin ella, ese es otro tema.
Pues bien, yo escribo. Esa es la actividad que me define de cara al mundo que me rodea. Combino palabras en orden a la representación de una idea. O a veces solo las combino así, sin otro objetivo más que la estética pura, que en sí misma también puede atraer al lector si está bien trabajada. Sin embargo esas palabras, mis palabras, son siempre simples. No importa si persigo la representación de una idea igualmente simple, una idea compleja o un desarrollo estético e insustancial. El asunto pasa por evitarle al público la molestia de tener que recurrir a los subtítulos, pero sin resignar los modestos recursos que uno posee.
En fin… a lo nuestro sin más.
El otro día estaba yo escribiendo en un bar. Combinando palabras a desgano. Disfrazando la nada con algunas fórmulas que de tanto repetir ya utilizo de memoria. Y de pronto se me acercó una señorita.
‘Se te fueron las letras, escritor. Lo noto en tu carita triste, en tu mirada perdida, en tus dedos pintados de duda. Se te fueron las letras, escritor. De otro modo me habrías descrito mientras me acercaba. Habrías hablado de mis ojos verdes sin apelar a las esmeraldas. Habrías dibujado mis curvas con finos trazos. Habrías revelado tu inflamación sin ninguna cita vulgar. Se te fueron las letras, escritor.’
Todo eso me dijo.
Hasta aquí el fruto de mi trabajo. Los escucho.
Y ahora me voy contento, porque es viernes. Y los viernes yo almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.
Tengan ustedes un extensísimo fin de semana.
Cuestión previa: Estoy intentando responder los últimos comentarios sobre el PG, pero el señor Blogger no me lo permite. De cualquier modo el mismo ha sido aprobado con mayoría suficiente, aunque no abrumadora.
Hoy llego a ustedes con una propuesta. Un pequeño ejercicio que les proporcionará algo de entretenimiento y al mismo tiempo ayudará a mantener activo este humilde rincón virtual.
Bien, el asunto es bastante sencillo. En estos días escribí dos artículos. O mejor dicho, dos introducciones que no he sabido (podido o querido) resolver y ningún artículo. Una de estas introducciones verá la luz al final del túnel en el corto plazo, la otra será descartada sin remedio. La idea, por supuesto, es que sean ustedes los que tomen esa difícil decisión. Solo tienen que expresar su voto en el comentario. Yo prometo terminar lo que empecé.
Muchas gracias.
Ahora a lo nuestro sin más.
Introducción 1:
POR AHORA SIN TÍTULO
Hoy, estimados —sepan que de vez en cuando esto ocurre—, nos toca ponernos serios. Llego a ustedes con tanto para decir que no sé por dónde comenzar. O sí, sé. Quiero comenzar con una confesión: no tengo tanto para decir. En rigor de verdad no tengo nada. Nada de nada. Y no me resulta demasiado claro si esta particular circunstancia amerita que nos pongamos serios, que soltemos una batería de carcajadas melodramáticas o que saquemos de algún bolsillo una baraja española y armemos un partido de truco. Ojo, yo al truco soy casi imbatible. Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Y no se me nota en la cara.
Decía entonces que nos toca ponernos serios, pero lo hice solo para captar la atención de los incautos. En esta penosa ocasión me han caído en las manos un cuatro, un cinco y un seis. Todos de distinto palo. Así que no queda más que apelar al viejo y conocido arte de la improvisación. Aparentar que uno trae a la mesa un asunto de la mayor importancia en orden a lograr un tenso silencio, esa coyuntura necesaria para sumar renglones y acabar construyendo un artículo más cercano a la estafa que a la obra de arte.
Envido.
No, perdón. Me entusiasmé.
A lo nuestro sin más, eso quería decir.
Una vez, al filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido, inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia, cabeceando, casi dormido, oyose de súbito un leve golpe, como si suavemente tocaran, tocaran a la puerta de mi cuarto. ‘Es —dije musitando— un visitante tocando quedo a la puerta de mi cuarto. Eso es todo, y nada más.’
Sin embargo estaba equivocado.
Introducción 2:
YO ESCRIBO
Toda persona, física o jurídica, todo ente, toda agrupación, todo emprendimiento o empresa posee siempre una actividad que la define. Es decir, una actividad que contribuye de un modo decisivo a delinear el ser esencial, esa singularidad tan necesaria para no fundirse en un mundo de homogeneidad.
Jesús te ama. Perón cumple. Evita dignifica. Néstor vive. Clarín miente. Rodríguez la reta. La corrupción mata. Carlos Sacán garantiza. Todos pueden —podemos— ser resumidos a través de una actividad. Con justicia o sin ella, ese es otro tema.
Pues bien, yo escribo. Esa es la actividad que me define de cara al mundo que me rodea. Combino palabras en orden a la representación de una idea. O a veces solo las combino así, sin otro objetivo más que la estética pura, que en sí misma también puede atraer al lector si está bien trabajada. Sin embargo esas palabras, mis palabras, son siempre simples. No importa si persigo la representación de una idea igualmente simple, una idea compleja o un desarrollo estético e insustancial. El asunto pasa por evitarle al público la molestia de tener que recurrir a los subtítulos, pero sin resignar los modestos recursos que uno posee.
En fin… a lo nuestro sin más.
El otro día estaba yo escribiendo en un bar. Combinando palabras a desgano. Disfrazando la nada con algunas fórmulas que de tanto repetir ya utilizo de memoria. Y de pronto se me acercó una señorita.
‘Se te fueron las letras, escritor. Lo noto en tu carita triste, en tu mirada perdida, en tus dedos pintados de duda. Se te fueron las letras, escritor. De otro modo me habrías descrito mientras me acercaba. Habrías hablado de mis ojos verdes sin apelar a las esmeraldas. Habrías dibujado mis curvas con finos trazos. Habrías revelado tu inflamación sin ninguna cita vulgar. Se te fueron las letras, escritor.’
Todo eso me dijo.
Hasta aquí el fruto de mi trabajo. Los escucho.
Y ahora me voy contento, porque es viernes. Y los viernes yo almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.
Tengan ustedes un extensísimo fin de semana.
Etiquetas:
Encuestas,
Historias que no son cuentos,
Narrador
viernes, 23 de marzo de 2012
POTENTE GEN 2012 Y GALARDÓN
Síntesis del post: Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo a veces subo un Potente Gen. Cuestión previa. Galardón y cuestionario final.
Cuestión previa: Eleanor Rigby (cuyo blog los insto a visitar), nublado el juicio por el alcohol, las drogas o la ingesta de alimentos en mal estado, me ha otorgado un galardón que acepto gustoso y agradezco con efusión. El mismo incluye un simpático cuestionario que me ocuparé de responder al final del presente artículo, para que puedan ustedes fijar su atención (bastante dispersa por cierto), no en mis usos y costumbres, que no son nada del otro mundo, sino en la apertura de la temporada 2012 de Potente Gen, sección estrella de este humilde rincón virtual.
‘Pero si aún no hemos elegido al campeón de la temporada 2011’, exclamará usted, que no es amigo de embarcarse en nuevas aventuras sin haber cerrado las viejas.
‘Es cierto, estoy en deuda, pero uno de estos viernes me pondré al día’, responderé yo. Y le echaré una mirada furibunda.
Y ahora a lo nuestro sin más:

¡MUCHAS GRACIAS ELEANOR RIGBY!
POTENTE GEN 2012
Procederé a inaugurar la presente temporada con un exponente que pide a gritos la polémica. Una pareja de hermanos daneses, futbolistas ellos.
Confío en el ojo entrenado de mis incondicionales para superar esta difícil prueba. Al mismo tiempo repudio de antemano a mis históricos detractores e insto a sumarse a mis filas a los abstencionistas consuetudinarios. Será necesario el esfuerzo de todos.
Gen Laudrup
Brian, hermano menor (izq). Michael, hermano mayor (der).
Michael adelante, Brian de fondo.Lo sé, son pocas fotos, pero creo que está muy bien para arrancar el año.
Los escucho.
Pueden tomarse algunos minutos para emitir su veredicto, no hay ningún apuro. Mientras tanto yo responderé el cuestionario que vino junto con el galardón.
Hábitos extraños:
No tengo hábitos extraños. Todos ellos me resultan de lo más familiares. Tal vez, quizás, podría ser, una manía digo, eso de poner en el vaso un número par de hielos. De esas tengo media centena, aunque no pienso enumerar.
Test:
Serie más reciente a la que te has enganchado: The Big Bang Theory.
Un capricho cumplido: Desayunar asado del día anterior con nesquik. Una porquería.
Un objeto de deseo: Muchos. No sé, una Ferrari por ejemplo.
Un sabor: Vino Rioja.
Una fruta: Banana.
Un lugar para visitar: España. Toda.
Una ciudad: Montevideo.
Un lugar para enamorarse: Ninguno.
Una isla: La aeroisla.
Un plan para un domingo de otoño: Comer bien y tomar bien. Como todos los demás días de todas las demás estaciones.
Una cadena de TV: Ninguna.
Lo mejor de la TV: Supongo que los deportes.
La última canción que se instaló en tu cabeza: No lo recuerdo.
Una actriz: China Zorrilla.
Un actor: Ricardo Darín.
Una revista: No sé. Condorito.
Un sueño: Llegar con vida a la próxima media hora.
Último vicio: El whisky. Siempre el whisky.
Mi postre favorito: Sambayón con nueces.
Lo que me molesta: El ruido. La tertulia innecesaria.
Mayor fobia: Las cucarachas.
Actitud de todos los días: La de siempre. Soy pesimista, un poco por instinto y otro poco por elección.
Color favorito: Negro.
Animal favorito: Tigre de Tasmania.
Número favorito: 5
Perfume que estoy usando: Yoni.
Día de la semana favorito: Supongo que viernes.
Mi pasión: Escribir.
Aquí llega el momento en que debo pasar el galardón a otros, pero no lo haré. Y tampoco daré explicaciones.
Ahora me voy contento, porque es viernes. Y los viernes yo almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.
Tengan ustedes un otoñal fin de semana.
Etiquetas:
Agradecimientos,
Galardones,
Potente Gen,
Regresos
martes, 13 de marzo de 2012
ABORDAJES
Síntesis del post: La cola del pollo. Un abordaje. Un anciano. Tiempos pasados. Reflexiones. Una señorita. Refutaciones. Un vínculo sanguíneo. Condimentos.

Me aborda un anciano. En la cola del pollo me aborda. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados. Por ejemplo, milanesas. Comunes o provenzal, aunque yo las prefiero provenzal, así que casi nunca elijo las otras. De cualquier modo no creo que a usted le interese demasiado este dato, así que a lo nuestro sin más, que yo tampoco lo quiero hurgando en mis costumbres gastronómicas.
Decía entonces que me aborda un anciano. Para charlar. Para pasar un rato sin tener que escuchar esas voces internas que en su caso, el de los ancianos digo, deben dar vueltas siempre alrededor del mismo tema, el asunto ese de la muerte, del fin de la vida y sus posibles implicancias. La inminencia de lo inminente, que a raíz de esa doble condición logrará —infiero— sumir cualquier otra idea en una opacidad irremediable. Supongo que es esa, y no otra, la razón que los impulsa a llevar a cabo esos abordajes tan frontales, tan veloces, tan ajenos al protocolo que debería regir entre dos completos desconocidos. La noción de que no hay tiempo que perder, la obediencia a ese mandato de transmisión que en el marco de esa misma urgencia sabotea el diálogo a la vez que promueve un monólogo cerrado e inatacable.
La charla —o la exposición— transcurre por los carriles habituales para esta clase de situaciones. Según entiendo, en otro tiempo, en otra época u otra era, las personas eran más amables, los vendedores más solícitos, los políticos más honestos, las mujeres más bellas, los niños más educados, los estudiantes más cultos, los muebles más duraderos, los veranos más frescos, las calles más seguras, las frutas más jugosas, los edificios más sólidos y los pollos más gordos.
Todo tiempo pasado fue mejor, expresa el saber popular; y sin embargo resulta imposible discernir si lidiamos aquí con una malsana nostalgia carente de fundamento, o con una triste y lapidaria verdad. Se me ocurre a mí, siempre en tren de imaginar, que bien podría existir una tercera variante superadora de esta suerte de antinomia. Quiero decir, a lo mejor la gente, a medida que envejece, comienza a percibir el mundo que nos rodea como realmente es, y no como lo idealiza en sus años de juventud. Es probable que las personas de hoy en día no sean igualmente amables que las de antaño, sino igualmente horrendas. Y los vendedores igualmente desabridos. Y los políticos igualmente corruptos. Y así con todos los ejemplos que antes me ocupé de enumerar. Entonces, a la luz de esta idea, el tiempo pasado no solo no habría sido mejor, sino que ni siquiera habría sido aceptable. Carecería de redención, al igual que el presente.
En fin… aparece una señorita. En la cola del pollo aparece. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados. Pero no me aborda, por desgracia. Ni para charlar ni para cualquier otra cosa. Más bien se queda así, parada, con toda su potencia expuesta, agrediendo los pocos ojos masculinos que pueblan la mencionada hilera. Es una señorita de esas que uno jamás imagina haciendo las compras hasta que las ve, y entonces les asigna —a regañadientes— el carácter terrenal que en realidad poseen. Es una señorita atemporal, capaz de poner fin al monólogo del anciano con una sola mirada. Con atributos suficientes para barrer de la mesa de discusión aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, o igualmente horrendo, e incluso vaciar de contenido a esa palabra. Me refiero a la palabra ‘horrendo’. Es, en síntesis, la refutación viva de todo lo dicho, pensado o reflexionado en la cola del pollo. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados.
El anciano balbucea incoherencias. Se nota que perdió el hilo de su discurso, imagino yo, un poco a causa de la señorita atemporal y otro poco por los achaques propios de la edad. Ni siquiera sus voces internas estarán dando vueltas alrededor del asunto ese de la muerte, del fin de la vida y sus posibles implicancias, de la inminencia de lo inminente ahora sumida —ella misma— en una opacidad irremediable.
La señorita evalúa la extensión de la hilera. Resulta bastante obvio que está analizando si quedarse a esperar o seguir su camino y regresar más tarde.
‘Disculpame, ¿ustedes están juntos?’, me pregunta de pronto.
Lo repentino de la indagación me deja mudo un par de segundos. Suficiente tiempo para que el anciano se recomponga y responda en mi nombre, asaltado, creo yo, por una suerte de frenesí amoroso o sexual bastante novedoso.
‘Sí, estamos juntos, y solo vamos a comprar un par de cositas’, contesta. Viejo bucanero. Cualquier cosa con tal de que se quede un rato más.
La señorita recuenta la hilera y decide esperar. En silencio, ya que el único asunto que tenía con nosotros desapareció ni bien satisfizo su duda. Sin embargo el viejo redobla la apuesta. Muchas veces, frente a semejante pedazo de mujer, lo que cuesta es articular la primera frase, pero una vez logrado ese objetivo el temor se evapora.
‘Mi nieto siente que usted es la criatura más bella que ha visto en su vida, pero no se anima a pedirle el teléfono, ¿no es cierto Juan?’
Una corriente helada me recorre la espalda. Según parece este corsario de la tercera edad, cuando no está acorralado, es bastante bueno mintiendo. Y no se le nota en la cara. Incluso le acertó a mi nombre. Porque yo me llamo Juan, no sé si lo dije alguna vez en este humilde rincón virtual. En fin, da lo mismo. Sin duda se trató de una pequeña epifanía producto de su frenesí sexual o amoroso.
La señorita sonríe, me observa de arriba abajo pero tarda en responder. Una boa constrictora me aprieta el pescuezo mientras los sucesos transcurren ajenos a mi voluntad.
‘Bueno, si no se anima no se anima, abuelo. Por ahora le podemos pedir que me cuide el lugar mientras voy a la carnicería, si usted lo deja, claro.’
Ni bien se retira las cosas regresan a la normalidad. Lentamente, pero regresan. La boa constrictora se desliza al suelo en busca de otra víctima, el vínculo sanguíneo se extingue y el frenesí del anciano se aplaca. En general no necesito la ayuda de nadie para quedar como un estúpido frente a una señorita, así que le lanzo una mirada inquisitoria. O más bien furiosa. Pero el anciano hace caso omiso y retoma su agrio monólogo orientado hacia la nostalgia de un tiempo remoto.
Según entiendo, en otro tiempo, en otra época u otra era, los jóvenes eran más despiertos, más lanzados y sabían jugar en equipo. No eran unos tartamudos inútiles que se ruborizan con la primera teta que ven (sic).
Finalmente llega su turno, compra un cuarto trasero sin piel, un arrollado y se marcha raudo, sin saludar a su nieto.
Permanezco un rato al costado del mostrador, con mi paquete de milanesas, oteando el horizonte por si aparece de nuevo la señorita atemporal. No sé qué pretendo. A lo mejor disculparme por no haber guardado su sitio. Quizás aclarar el malentendido, confesar que el anciano no era mi abuelo, que jamás en mi vida lo había visto. Tal vez declamar que no soy tan estúpido como me revelé, o dejar sentado que tengo una mujer y dos hijas. En realidad no lo sé.
¿Cómo dice? ¿Pedirle el teléfono?
No lo creo posible. Si algo tengo claro en esta vida, además de que los ancianos de hoy ya no vienen como los de antes, es que mi único condimento está bien oculto dentro de las milanesas que acabo de comprar.
Tengan ustedes muy buenas noches.

Me aborda un anciano. En la cola del pollo me aborda. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados. Por ejemplo, milanesas. Comunes o provenzal, aunque yo las prefiero provenzal, así que casi nunca elijo las otras. De cualquier modo no creo que a usted le interese demasiado este dato, así que a lo nuestro sin más, que yo tampoco lo quiero hurgando en mis costumbres gastronómicas.
Decía entonces que me aborda un anciano. Para charlar. Para pasar un rato sin tener que escuchar esas voces internas que en su caso, el de los ancianos digo, deben dar vueltas siempre alrededor del mismo tema, el asunto ese de la muerte, del fin de la vida y sus posibles implicancias. La inminencia de lo inminente, que a raíz de esa doble condición logrará —infiero— sumir cualquier otra idea en una opacidad irremediable. Supongo que es esa, y no otra, la razón que los impulsa a llevar a cabo esos abordajes tan frontales, tan veloces, tan ajenos al protocolo que debería regir entre dos completos desconocidos. La noción de que no hay tiempo que perder, la obediencia a ese mandato de transmisión que en el marco de esa misma urgencia sabotea el diálogo a la vez que promueve un monólogo cerrado e inatacable.
La charla —o la exposición— transcurre por los carriles habituales para esta clase de situaciones. Según entiendo, en otro tiempo, en otra época u otra era, las personas eran más amables, los vendedores más solícitos, los políticos más honestos, las mujeres más bellas, los niños más educados, los estudiantes más cultos, los muebles más duraderos, los veranos más frescos, las calles más seguras, las frutas más jugosas, los edificios más sólidos y los pollos más gordos.
Todo tiempo pasado fue mejor, expresa el saber popular; y sin embargo resulta imposible discernir si lidiamos aquí con una malsana nostalgia carente de fundamento, o con una triste y lapidaria verdad. Se me ocurre a mí, siempre en tren de imaginar, que bien podría existir una tercera variante superadora de esta suerte de antinomia. Quiero decir, a lo mejor la gente, a medida que envejece, comienza a percibir el mundo que nos rodea como realmente es, y no como lo idealiza en sus años de juventud. Es probable que las personas de hoy en día no sean igualmente amables que las de antaño, sino igualmente horrendas. Y los vendedores igualmente desabridos. Y los políticos igualmente corruptos. Y así con todos los ejemplos que antes me ocupé de enumerar. Entonces, a la luz de esta idea, el tiempo pasado no solo no habría sido mejor, sino que ni siquiera habría sido aceptable. Carecería de redención, al igual que el presente.
En fin… aparece una señorita. En la cola del pollo aparece. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados. Pero no me aborda, por desgracia. Ni para charlar ni para cualquier otra cosa. Más bien se queda así, parada, con toda su potencia expuesta, agrediendo los pocos ojos masculinos que pueblan la mencionada hilera. Es una señorita de esas que uno jamás imagina haciendo las compras hasta que las ve, y entonces les asigna —a regañadientes— el carácter terrenal que en realidad poseen. Es una señorita atemporal, capaz de poner fin al monólogo del anciano con una sola mirada. Con atributos suficientes para barrer de la mesa de discusión aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, o igualmente horrendo, e incluso vaciar de contenido a esa palabra. Me refiero a la palabra ‘horrendo’. Es, en síntesis, la refutación viva de todo lo dicho, pensado o reflexionado en la cola del pollo. Quiero decir, en la cola del local donde suelo comprar el pollo, y todos los productos relacionados.
El anciano balbucea incoherencias. Se nota que perdió el hilo de su discurso, imagino yo, un poco a causa de la señorita atemporal y otro poco por los achaques propios de la edad. Ni siquiera sus voces internas estarán dando vueltas alrededor del asunto ese de la muerte, del fin de la vida y sus posibles implicancias, de la inminencia de lo inminente ahora sumida —ella misma— en una opacidad irremediable.
La señorita evalúa la extensión de la hilera. Resulta bastante obvio que está analizando si quedarse a esperar o seguir su camino y regresar más tarde.
‘Disculpame, ¿ustedes están juntos?’, me pregunta de pronto.
Lo repentino de la indagación me deja mudo un par de segundos. Suficiente tiempo para que el anciano se recomponga y responda en mi nombre, asaltado, creo yo, por una suerte de frenesí amoroso o sexual bastante novedoso.
‘Sí, estamos juntos, y solo vamos a comprar un par de cositas’, contesta. Viejo bucanero. Cualquier cosa con tal de que se quede un rato más.
La señorita recuenta la hilera y decide esperar. En silencio, ya que el único asunto que tenía con nosotros desapareció ni bien satisfizo su duda. Sin embargo el viejo redobla la apuesta. Muchas veces, frente a semejante pedazo de mujer, lo que cuesta es articular la primera frase, pero una vez logrado ese objetivo el temor se evapora.
‘Mi nieto siente que usted es la criatura más bella que ha visto en su vida, pero no se anima a pedirle el teléfono, ¿no es cierto Juan?’
Una corriente helada me recorre la espalda. Según parece este corsario de la tercera edad, cuando no está acorralado, es bastante bueno mintiendo. Y no se le nota en la cara. Incluso le acertó a mi nombre. Porque yo me llamo Juan, no sé si lo dije alguna vez en este humilde rincón virtual. En fin, da lo mismo. Sin duda se trató de una pequeña epifanía producto de su frenesí sexual o amoroso.
La señorita sonríe, me observa de arriba abajo pero tarda en responder. Una boa constrictora me aprieta el pescuezo mientras los sucesos transcurren ajenos a mi voluntad.
‘Bueno, si no se anima no se anima, abuelo. Por ahora le podemos pedir que me cuide el lugar mientras voy a la carnicería, si usted lo deja, claro.’
Ni bien se retira las cosas regresan a la normalidad. Lentamente, pero regresan. La boa constrictora se desliza al suelo en busca de otra víctima, el vínculo sanguíneo se extingue y el frenesí del anciano se aplaca. En general no necesito la ayuda de nadie para quedar como un estúpido frente a una señorita, así que le lanzo una mirada inquisitoria. O más bien furiosa. Pero el anciano hace caso omiso y retoma su agrio monólogo orientado hacia la nostalgia de un tiempo remoto.
Según entiendo, en otro tiempo, en otra época u otra era, los jóvenes eran más despiertos, más lanzados y sabían jugar en equipo. No eran unos tartamudos inútiles que se ruborizan con la primera teta que ven (sic).
Finalmente llega su turno, compra un cuarto trasero sin piel, un arrollado y se marcha raudo, sin saludar a su nieto.
Permanezco un rato al costado del mostrador, con mi paquete de milanesas, oteando el horizonte por si aparece de nuevo la señorita atemporal. No sé qué pretendo. A lo mejor disculparme por no haber guardado su sitio. Quizás aclarar el malentendido, confesar que el anciano no era mi abuelo, que jamás en mi vida lo había visto. Tal vez declamar que no soy tan estúpido como me revelé, o dejar sentado que tengo una mujer y dos hijas. En realidad no lo sé.
¿Cómo dice? ¿Pedirle el teléfono?
No lo creo posible. Si algo tengo claro en esta vida, además de que los ancianos de hoy ya no vienen como los de antes, es que mi único condimento está bien oculto dentro de las milanesas que acabo de comprar.
Tengan ustedes muy buenas noches.
jueves, 1 de marzo de 2012
ARTÍCULOS EN EL RECUERDO
Cuestión previa: El presente artículo salió publicado en este humilde rincón virtual el martes 25 de noviembre de 2008. Por razones que no vale la pena enumerar, en estos días no he podido subir nada nuevo ni visitar los blogs amigos y afines. Y como ya pasó mucho tiempo desde el último artículo, he decidido traer uno viejo (y bien corto) para que no se me tome por desaparecido. Pido disculpas y paciencia hasta que las circunstancias me permitan retomar el ritmo.
IMPOSTORES
Síntesis del post: Pequeña reflexión acerca de algunas tendencias modernas, generada a partir de una charla obligada y circunstancial que ayer mantuve con una especie de artista y un hombre de negocios (aunque no sé por qué en el desarrollo no los menciono), y de la lectura de un artículo en un blog (por desgracia no recuerdo cuál).
La Apoteosis del dólar. Salvador Dalí.
El mundo de hoy en día está repleto de impostores. Patéticos farsantes que pululan exhibiendo una locura prefabricada. Una locura de laboratorio. Homo Sapiens promedio que simulan en cada frase una genialidad espontánea, cuando su mente solo contiene fórmulas ensayadas para deslumbrar a los incautos y los inocentes.
Existen demasiados individuos convencidos de que la Providencia Divina los ha gratificado con alguno de esos dones que reserva para los elegidos, y tanto se lo repiten a sí mismos que luego resulta muy difícil arrebatarlos de su tontera. Y así es como salen a la calle, convencidos de que son personas interesantísimas, decididos a encandilar a la concurrencia con esa frase célebre que ya traen pensada desde su casa, con ese cuadro magnífico que han pintado luego de fumarse un troncho del tamaño de una banana, con ese negocio millonario cuyo nicho los empresarios más lúcidos no han ocupado porque solo son estúpidos que amasaron fortunas inmensas de pura casualidad.
Resulta obvio a los ojos de cualquiera que para ser un auténtico genio hay que estar también un poco loco, tener carisma y saber evadirse con facilidad de los rigores del protocolo. Ahora bien, yo no soy precisamente una lumbrera, pero por alguna razón que en este instante no tengo tiempo de desentrañar soy capaz de comprender que eso no es todo lo que hace falta. De hecho, ni siquiera es demasiado importante. Si pretendemos definir a Dalí comenzando por el mostachín incurrimos en un error de proporciones titánicas; y si, no conformes con esa atrocidad, tratamos de pintar La apoteosis del dólar luego de enrularnos el bigote, el ridículo va a ser inolvidable.
La originalidad, la genialidad, el atractivo, el aura, el carisma e incluso la estupidez son cualidades que no pueden impostarse. Al menos no por mucho tiempo. Lo maravilloso de esos seres que son distintos del resto de los mortales es que sobresalen sin esfuerzo, que en esa condición no interviene la voluntad.
Sin embargo, lo más importante de todo es que son muy pocos. Es esta realidad, y no otra, la que nos alienta a la delación de los impostores.
¿Y por qué me despaché con este rollo?
No sé, por nada en especial. Ayer tuve un día extraño: Por esas cosas que tiene la vida interactué circunstancialmente con dos de estos originales impostados, y a la noche leí en un blog –no recuerdo cuál- una suerte de reflexión que me puso a pensar en estos asuntos.
En fin… hay que ver cuánta gente se está beneficiando con la definición moderna de lo que es un artista, cuánta gente consume toda su energía en ese ridículo deseo de parecer extraña y cuántos negocios estúpidos andan dando vueltas por la ciudad.
Ahora si me lo permiten voy, me enrulo el mostacho y regreso siendo aun más interesante de lo que soy.
Tengan ustedes muy buenas noches.
IMPOSTORES
Síntesis del post: Pequeña reflexión acerca de algunas tendencias modernas, generada a partir de una charla obligada y circunstancial que ayer mantuve con una especie de artista y un hombre de negocios (aunque no sé por qué en el desarrollo no los menciono), y de la lectura de un artículo en un blog (por desgracia no recuerdo cuál).
El mundo de hoy en día está repleto de impostores. Patéticos farsantes que pululan exhibiendo una locura prefabricada. Una locura de laboratorio. Homo Sapiens promedio que simulan en cada frase una genialidad espontánea, cuando su mente solo contiene fórmulas ensayadas para deslumbrar a los incautos y los inocentes.
Existen demasiados individuos convencidos de que la Providencia Divina los ha gratificado con alguno de esos dones que reserva para los elegidos, y tanto se lo repiten a sí mismos que luego resulta muy difícil arrebatarlos de su tontera. Y así es como salen a la calle, convencidos de que son personas interesantísimas, decididos a encandilar a la concurrencia con esa frase célebre que ya traen pensada desde su casa, con ese cuadro magnífico que han pintado luego de fumarse un troncho del tamaño de una banana, con ese negocio millonario cuyo nicho los empresarios más lúcidos no han ocupado porque solo son estúpidos que amasaron fortunas inmensas de pura casualidad.
Resulta obvio a los ojos de cualquiera que para ser un auténtico genio hay que estar también un poco loco, tener carisma y saber evadirse con facilidad de los rigores del protocolo. Ahora bien, yo no soy precisamente una lumbrera, pero por alguna razón que en este instante no tengo tiempo de desentrañar soy capaz de comprender que eso no es todo lo que hace falta. De hecho, ni siquiera es demasiado importante. Si pretendemos definir a Dalí comenzando por el mostachín incurrimos en un error de proporciones titánicas; y si, no conformes con esa atrocidad, tratamos de pintar La apoteosis del dólar luego de enrularnos el bigote, el ridículo va a ser inolvidable.
La originalidad, la genialidad, el atractivo, el aura, el carisma e incluso la estupidez son cualidades que no pueden impostarse. Al menos no por mucho tiempo. Lo maravilloso de esos seres que son distintos del resto de los mortales es que sobresalen sin esfuerzo, que en esa condición no interviene la voluntad.
Sin embargo, lo más importante de todo es que son muy pocos. Es esta realidad, y no otra, la que nos alienta a la delación de los impostores.
¿Y por qué me despaché con este rollo?
No sé, por nada en especial. Ayer tuve un día extraño: Por esas cosas que tiene la vida interactué circunstancialmente con dos de estos originales impostados, y a la noche leí en un blog –no recuerdo cuál- una suerte de reflexión que me puso a pensar en estos asuntos.
En fin… hay que ver cuánta gente se está beneficiando con la definición moderna de lo que es un artista, cuánta gente consume toda su energía en ese ridículo deseo de parecer extraña y cuántos negocios estúpidos andan dando vueltas por la ciudad.
Ahora si me lo permiten voy, me enrulo el mostacho y regreso siendo aun más interesante de lo que soy.
Tengan ustedes muy buenas noches.
viernes, 10 de febrero de 2012
SANADOR
Síntesis del post: Una salida. Un amigo. Una cerveza. Una vida en derrumbe. Un jefe. Sabrina. Un nigeriano. Un búlgaro. O húngaro. O polaco. Un cuadro. La fórmula de la felicidad.

El mes pasado salí con un amigo. Fuimos a un bar, no era una salida especial, no buscábamos diversión. Resulta que su vida, la vida de mi amigo, se derrumba irremediablemente, así que la idea era apuntalarle un poco el ánimo, ayudarlo a superar el mal momento, o al menos transitarlo con entereza.
Nos tomamos una cerveza. O quince, no podría precisar, y tampoco es lo más importante. Con los amigos el tiempo suele volar, y la situación no estaba para reparar en detalles superfluos.
‘Usted el lunes no venga, Mancuso. A partir del lunes ya no lo voy a necesitar, así que siga sin venir los días subsiguientes. Ella es Sabrina. Sabrina va a ser su reemplazo. Sabrina se va a ocupar de todo lo que usted se ocupaba hasta ahora. Ya firmó el contrato.’
Todo eso le dijo su jefe, con los ojos clavados en los imponentes pechos de Sabrina. Parece ser que Sabrina está más buena que mirar el chavo en calzones comiendo zucaritas. Me lo dijo mi amigo, con una objetividad conmovedora teniendo en cuenta la relación causa-efecto entre Sabrina y su flamante condición de desocupado.
Con los ahorros que le quedaron compró un regalo para su mujer. Un cuadro pintado por un búlgaro. O húngaro. O polaco. En fin, un autor de Europa del este con apellido rebuscado que a ella le fascina y a él no tanto. Una obra extraña. Repleta de simbolismos, según le informaron en la galería.
Quería sorprenderla, así que apareció por su casa en mitad de la tarde. Abrió la puerta de la habitación y lo primero que vio fueron las nalgas apretadas de un enorme sujeto de origen africano impulsando embestidas feroces que cosechaban sentidos gemidos. Desde los hombros, y desparramadas sobre los omóplatos lustrosos por el sudor colgaban las blanquísimas pantorrillas de su mujer. Una escena no exenta de dramatismo que no ameritó ni siquiera un ensayo de justificación por parte de los involucrados.
El enorme sujeto de origen africano resultó llamarse Ngutu Okereke, un estudiante nigeriano de treinta años que compartía —y comparte— un curso acelerado de inglés con la dama de las pantorrillas colgantes. Parece ser que Ngutu porta entre sus piernas un monstruoso equipo diseñado para llevar a cabo con éxito las más osadas perforaciones. Una magnífica herramienta que torna ridículo cualquier atisbo de comparación o intento de competencia. Me lo dijo mi amigo, con una objetividad conmovedora teniendo en cuenta la relación causa-efecto entre el mencionado aparato reproductor y su flamante condición de separado de hecho.
Luego del desafortunado episodio intentó vender el cuadro, conseguir algo de dinero para pagar aunque más no fuera los dos primeros meses del alquiler. Porque se mudó, no sé si lo dije antes. Pero resulta que el ojo de su mujer para el arte no es tan preciso como a la hora de elegir potenciales herramientas de perforación. Parece ser que el cuadro es una basura, una porquería carente de profundidad y muy pobre en la combinación de colores. Solo un idiota pagaría algo por adquirirlo. Me lo dijo mi amigo, con una objetividad conmovedora teniendo en cuenta la relación causa-efecto entre la mencionada pintura y su flamante condición de indigente.
Y también le ocurrieron algunas catástrofes más que no pienso enumerar, ya que con las arriba expuestas entiendo que el derrumbe de su vida quedó suficientemente ilustrado.
Hoy vuelvo a salir con mi amigo, y vamos al mismo bar. Quiero saber cómo anda, si resolvió alguna de las situaciones que tanto lo amargaban el mes pasado.
‘Hice al pie de la letra todo lo que me dijiste que hiciera. No salteé ningún paso, y todo se enderezó por completo. Te debo la vida.’ Todo eso me dice. Con una expresión de genuino agradecimiento. Sin embargo yo no sé qué contestar. La verdad es que no tengo la más pálida idea de lo que le dije que hiciera. Ni una pista. Supongo que después de todo no fue una. Fueron quince. De otro modo me acordaría.
Parece ser que le di la mismísima fórmula de la felicidad. A lo mejor le sugerí algún ritual pagano. O alguna astucia o maquinación destinada a vengar su nombre frente a todos los ofensores. O una receta de cocina. Comer es muy bueno. Comer también cura. En fin… no sé lo que hice, y me da vergüenza preguntar. Me siento bien con mi papel de héroe, no quiero dejar de serlo.
El caso es que luego de nuestro último encuentro siguió mis instrucciones y vio la luz al final del túnel. Lo tomaron de nuevo en la empresa. Despidieron a su jefe y le ofrecieron el puesto vacante. Tres veces su antiguo sueldo, oficina propia, secretaria privada y chofer. Su ex mujer rompió con el nigeriano e imploró su perdón de rodillas. Pero claro, él no la perdonó. Las nalgas apretadas de Ngutu impulsando las embestidas aún se encuentran grabadas a fuego en su memoria. Y además está saliendo con Sabrina, que ahora es su secretaria privada y está más buena que mirar el chavo en calzones comiendo zucaritas.
Ah, y se murió el búlgaro. O húngaro. O polaco. Un ataque al corazón mientras dormía. Y de pronto todo el mundo aprecia su arte. Es aclamado en todos los foros y sus obras son el máximo anhelo de las más prestigiosas galerías. Entonces por fin pudo vender el bendito cuadro. Una subasta en Nueva York. Novecientos mil dólares limpios, descontados los impuestos. Volvió al país recién ayer. Con ticket de primera clase. Y su chofer fue a buscarlo al aeropuerto, por supuesto. Ngutu Okereke se llama, su chofer.
Así que ya sabe… sí, a usted le hablo, la historia de mi amigo ya terminó. No hay nada más que agregar. Si lo agobian los problemas, si su mundo tal y como lo conocía ha dejado de existir, si el insomnio se ha transformado en un compañero inseparable y desea retornar a la senda del triunfo, no dude un instante en pedirme ayuda.
Según parece conozco y transmito de buena gana la fórmula de la felicidad, aunque no lo recuerde al día siguiente. Soy un sanador nato. Solo tiene que invitarme a tomar una cerveza.
O quince, no podría precisar.
Tengan ustedes muy buenas noches.

El mes pasado salí con un amigo. Fuimos a un bar, no era una salida especial, no buscábamos diversión. Resulta que su vida, la vida de mi amigo, se derrumba irremediablemente, así que la idea era apuntalarle un poco el ánimo, ayudarlo a superar el mal momento, o al menos transitarlo con entereza.
Nos tomamos una cerveza. O quince, no podría precisar, y tampoco es lo más importante. Con los amigos el tiempo suele volar, y la situación no estaba para reparar en detalles superfluos.
‘Usted el lunes no venga, Mancuso. A partir del lunes ya no lo voy a necesitar, así que siga sin venir los días subsiguientes. Ella es Sabrina. Sabrina va a ser su reemplazo. Sabrina se va a ocupar de todo lo que usted se ocupaba hasta ahora. Ya firmó el contrato.’
Todo eso le dijo su jefe, con los ojos clavados en los imponentes pechos de Sabrina. Parece ser que Sabrina está más buena que mirar el chavo en calzones comiendo zucaritas. Me lo dijo mi amigo, con una objetividad conmovedora teniendo en cuenta la relación causa-efecto entre Sabrina y su flamante condición de desocupado.
Con los ahorros que le quedaron compró un regalo para su mujer. Un cuadro pintado por un búlgaro. O húngaro. O polaco. En fin, un autor de Europa del este con apellido rebuscado que a ella le fascina y a él no tanto. Una obra extraña. Repleta de simbolismos, según le informaron en la galería.
Quería sorprenderla, así que apareció por su casa en mitad de la tarde. Abrió la puerta de la habitación y lo primero que vio fueron las nalgas apretadas de un enorme sujeto de origen africano impulsando embestidas feroces que cosechaban sentidos gemidos. Desde los hombros, y desparramadas sobre los omóplatos lustrosos por el sudor colgaban las blanquísimas pantorrillas de su mujer. Una escena no exenta de dramatismo que no ameritó ni siquiera un ensayo de justificación por parte de los involucrados.
El enorme sujeto de origen africano resultó llamarse Ngutu Okereke, un estudiante nigeriano de treinta años que compartía —y comparte— un curso acelerado de inglés con la dama de las pantorrillas colgantes. Parece ser que Ngutu porta entre sus piernas un monstruoso equipo diseñado para llevar a cabo con éxito las más osadas perforaciones. Una magnífica herramienta que torna ridículo cualquier atisbo de comparación o intento de competencia. Me lo dijo mi amigo, con una objetividad conmovedora teniendo en cuenta la relación causa-efecto entre el mencionado aparato reproductor y su flamante condición de separado de hecho.
Luego del desafortunado episodio intentó vender el cuadro, conseguir algo de dinero para pagar aunque más no fuera los dos primeros meses del alquiler. Porque se mudó, no sé si lo dije antes. Pero resulta que el ojo de su mujer para el arte no es tan preciso como a la hora de elegir potenciales herramientas de perforación. Parece ser que el cuadro es una basura, una porquería carente de profundidad y muy pobre en la combinación de colores. Solo un idiota pagaría algo por adquirirlo. Me lo dijo mi amigo, con una objetividad conmovedora teniendo en cuenta la relación causa-efecto entre la mencionada pintura y su flamante condición de indigente.
Y también le ocurrieron algunas catástrofes más que no pienso enumerar, ya que con las arriba expuestas entiendo que el derrumbe de su vida quedó suficientemente ilustrado.
Hoy vuelvo a salir con mi amigo, y vamos al mismo bar. Quiero saber cómo anda, si resolvió alguna de las situaciones que tanto lo amargaban el mes pasado.
‘Hice al pie de la letra todo lo que me dijiste que hiciera. No salteé ningún paso, y todo se enderezó por completo. Te debo la vida.’ Todo eso me dice. Con una expresión de genuino agradecimiento. Sin embargo yo no sé qué contestar. La verdad es que no tengo la más pálida idea de lo que le dije que hiciera. Ni una pista. Supongo que después de todo no fue una. Fueron quince. De otro modo me acordaría.
Parece ser que le di la mismísima fórmula de la felicidad. A lo mejor le sugerí algún ritual pagano. O alguna astucia o maquinación destinada a vengar su nombre frente a todos los ofensores. O una receta de cocina. Comer es muy bueno. Comer también cura. En fin… no sé lo que hice, y me da vergüenza preguntar. Me siento bien con mi papel de héroe, no quiero dejar de serlo.
El caso es que luego de nuestro último encuentro siguió mis instrucciones y vio la luz al final del túnel. Lo tomaron de nuevo en la empresa. Despidieron a su jefe y le ofrecieron el puesto vacante. Tres veces su antiguo sueldo, oficina propia, secretaria privada y chofer. Su ex mujer rompió con el nigeriano e imploró su perdón de rodillas. Pero claro, él no la perdonó. Las nalgas apretadas de Ngutu impulsando las embestidas aún se encuentran grabadas a fuego en su memoria. Y además está saliendo con Sabrina, que ahora es su secretaria privada y está más buena que mirar el chavo en calzones comiendo zucaritas.
Ah, y se murió el búlgaro. O húngaro. O polaco. Un ataque al corazón mientras dormía. Y de pronto todo el mundo aprecia su arte. Es aclamado en todos los foros y sus obras son el máximo anhelo de las más prestigiosas galerías. Entonces por fin pudo vender el bendito cuadro. Una subasta en Nueva York. Novecientos mil dólares limpios, descontados los impuestos. Volvió al país recién ayer. Con ticket de primera clase. Y su chofer fue a buscarlo al aeropuerto, por supuesto. Ngutu Okereke se llama, su chofer.
Así que ya sabe… sí, a usted le hablo, la historia de mi amigo ya terminó. No hay nada más que agregar. Si lo agobian los problemas, si su mundo tal y como lo conocía ha dejado de existir, si el insomnio se ha transformado en un compañero inseparable y desea retornar a la senda del triunfo, no dude un instante en pedirme ayuda.
Según parece conozco y transmito de buena gana la fórmula de la felicidad, aunque no lo recuerde al día siguiente. Soy un sanador nato. Solo tiene que invitarme a tomar una cerveza.
O quince, no podría precisar.
Tengan ustedes muy buenas noches.
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Arte,
Historias de vida,
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Solidaridad
jueves, 2 de febrero de 2012
ODIO A ESTE CALVO
Síntesis del post: Un calvo. Una caja de seguridad. Un anciano. Una escalera con rueditas. Varios ascensos. Varios descensos. Un bolso negro. Conclusión final.

Tenemos a este calvo. Un calvo ignominioso que tiene a cargo el sector ‘cajas de seguridad’ en la casa central de un conocido banco. Y cuando digo a cargo no me refiero a las tareas administrativas que requieren alguna mínima capacitación, sino al más puro y simple trabajo de campo. Es decir, abre y cierra la caja cuando uno ingresa al sector en donde están —precisamente— las cajas. Una suerte de portero, vamos; pero con todas las mañas del gremio, para desgracia de la concurrencia.
Odio a este calvo. Lo odio secretamente, aunque con bastante intensidad. Odio esos anteojitos redondos que agrandan sus ojos y acentúan su mirada perversa. Odio su nariz respingada. Odio su bigote tupido. Odio esos pocos pelos finos y débiles que dibujan un sendero que nace en la patilla, bordea la parte superior de cada oreja y desciende hasta la base de la nuca. Odio, en síntesis, casi todos sus rasgos físicos, y sin embargo, lo que más escozor me produce es ese aspecto de haber sido siempre lo que es. De no tener un pasado. Vea, en general desconfío de aquellos individuos que no puedo imaginar como niños. Rostros que sepultan con duras aristas, agrias facciones o simplemente con el semblante, cualquier rastro de tiempos más alegres.
Bien, este calvo es un claro ejemplo, y encima refrenda mi desconfianza a través de sus acciones. Por más que uno lo salude amablemente solo devuelve una mueca ilegible. Jamás recuerda el camino a la caja, a pesar de tener que abrirla más de una vez a la semana. Las administrativas que ingresan los datos en la computadora y otorgan el pase al sector recuerdan incluso el número de la caja sin tener que preguntar, pero con él es como si fuera siempre el primer contacto. Recibe el papel, mira con extrañeza y aguarda a que uno lo guíe.
Sin embargo lo más irritante es lo que hace luego de colocar la llave. Mi caja (como tantas otras) se encuentra a unos dos metros y medio de altura, y para alcanzarla es necesario arrimar una escalera con rueditas y barandas, idéntica a esas que se utilizan para abordar un avión, pero más pequeña. El tipo lo hace, sube y abre, pero no baja el contenido porque las normas del banco le impiden tocarlo. A él solo, ya que cuando falta o se enferma, las otras empleadas no parecen estar al tanto de esta simpática política.
En fin, llego al banco, logro el pase y me dirijo a sus dominios. Saludo, recibo una mueca ilegible, entrego el papel, recibo una mirada extrañada y me pongo al frente de la expedición. Con nosotros ingresa también un anciano bastante decrépito que tiene su caja a pocos pasos de la mía, y al que le cedo el turno. El calvo arrastra la escalera, sube, abre, baja y lo invita a procurarse el contenido por sus propios medios. Ante la sorpresa del viejo y mi cara de odio ya no tan secreto pero igualmente intenso se escuda tras la bendita norma que solo a él se le aplica. Y alza las manos con las palmas bien extendidas, como un defensor central que acabara de pegar una patada para tarjeta roja.
El anciano se rinde rápido e inicia el ascenso. Primero un pie y luego el otro, siempre utilizando el mismo para acceder al siguiente escalón, y todo lentísimo, acorde con sus limitaciones físicas, que no son pocas. Finalmente hace cumbre, suelta la baranda y casi flameando toma un sobre lacrado de la caja. Al ser la escalera sumamente angosta no le permite girar, así que desciende marcha atrás a un ritmo considerablemente más lento, pero logra llegar a tierra firme sano y salvo.
El calvo celebra el éxito de la empresa y lo palmea en la espalda, pero el anciano se retira farfullando. Creo haber oído algún que otro insulto en italiano, bien merecido por cierto.
Otra vez el procedimiento de rigor. Arrastra la escalera, sube, abre, baja y me invita a procurarme el contenido por mis propios medios.
‘No puedo, me acaban de sacar un riñón y tengo prohibido cualquier esfuerzo físico’ apunto con mi mejor tono de enfermo en recuperación. Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Y no se me nota en la cara.
El calvo desconfía, interpone la norma, pero ante mi demanda por la presencia de alguna autoridad capaz de zanjar la cuestión opta por hacer una excepción y sube a buscar el bolsito de color negro que le solicito. Sin embargo, apenas se encumbra y lo saca, tomo la escalera y me lo llevo a pasear por los pasillos del recinto a una velocidad considerable (casi corriendo diría), sacudiendo las barandas para sumar algo de incertidumbre a su equilibrio ya de por sí precario.
‘¡¿Qué hace?!’ me grita indignado mientras se aferra de donde puede para no caer al piso. Pero no obtiene respuesta. En lugar de ello acelero, y en cada curva le pongo la escalera en dos ruedas (las dos que quedan del lado externo) para exigirlo al máximo en su rol.
Al cabo de un rato devuelvo el vehículo a la posición original y permito el descenso del incrédulo pasajero.
‘¡¿Qué le pasa, está loco?!’ ruge tomándome de las solapas.
‘¿Qué? ¿no te divertiste?’ pregunto con su misma mirada extrañada. ‘Perdoname, es que te tenía que imaginar como un nene. Quería divertirte, regalarte un pasado. Era eso o cagarte a trompadas.’
Entonces me suelta, me entrega el bolso y se aleja pensativo, con una expresión indefinible en el rostro.
Me meto en un box, arreglo mis cosas y regreso para devolver el bolso a la caja, aunque esta vez me encuentro con una pequeña variación en el procedimiento. El calvo arrastra la escalera, me arrebata el bolso, sube y abre.
‘Ahora estoy por meter el bolso’ dice desde la cumbre con la mano izquierda extendida hacia la caja, pero sin terminar de soltarlo. Y yo lo observo con una mirada —esta vez sí— genuinamente extrañada.
‘Ya casi, eh. Ya casi.’ Y se queda así, petrificado esperando no sé qué cosa. O sí, sé, lo que ocurre es que no doy crédito a lo que veo.
Ay ay ay… las cosas que uno tiene que hacer para vencer al odio.
Tomo la escalera y emprendo una carrera frenética por el pasillo mientras ese maldito calvo infantil abre los brazos en cruz como en la película Titanic. Asumo, para sentir el vientito en su tupido bigote.
Admito que pude haberme equivocado en la evaluación previa, no hace falta que me lo diga usted.
Qué sé yo, en cualquier caso siempre podremos afirmar que hay gente que nunca crece. Pero a mí esos no me producen ninguna desconfianza. Todo lo contrario.
Tengan ustedes muy buenas noches.

Tenemos a este calvo. Un calvo ignominioso que tiene a cargo el sector ‘cajas de seguridad’ en la casa central de un conocido banco. Y cuando digo a cargo no me refiero a las tareas administrativas que requieren alguna mínima capacitación, sino al más puro y simple trabajo de campo. Es decir, abre y cierra la caja cuando uno ingresa al sector en donde están —precisamente— las cajas. Una suerte de portero, vamos; pero con todas las mañas del gremio, para desgracia de la concurrencia.
Odio a este calvo. Lo odio secretamente, aunque con bastante intensidad. Odio esos anteojitos redondos que agrandan sus ojos y acentúan su mirada perversa. Odio su nariz respingada. Odio su bigote tupido. Odio esos pocos pelos finos y débiles que dibujan un sendero que nace en la patilla, bordea la parte superior de cada oreja y desciende hasta la base de la nuca. Odio, en síntesis, casi todos sus rasgos físicos, y sin embargo, lo que más escozor me produce es ese aspecto de haber sido siempre lo que es. De no tener un pasado. Vea, en general desconfío de aquellos individuos que no puedo imaginar como niños. Rostros que sepultan con duras aristas, agrias facciones o simplemente con el semblante, cualquier rastro de tiempos más alegres.
Bien, este calvo es un claro ejemplo, y encima refrenda mi desconfianza a través de sus acciones. Por más que uno lo salude amablemente solo devuelve una mueca ilegible. Jamás recuerda el camino a la caja, a pesar de tener que abrirla más de una vez a la semana. Las administrativas que ingresan los datos en la computadora y otorgan el pase al sector recuerdan incluso el número de la caja sin tener que preguntar, pero con él es como si fuera siempre el primer contacto. Recibe el papel, mira con extrañeza y aguarda a que uno lo guíe.
Sin embargo lo más irritante es lo que hace luego de colocar la llave. Mi caja (como tantas otras) se encuentra a unos dos metros y medio de altura, y para alcanzarla es necesario arrimar una escalera con rueditas y barandas, idéntica a esas que se utilizan para abordar un avión, pero más pequeña. El tipo lo hace, sube y abre, pero no baja el contenido porque las normas del banco le impiden tocarlo. A él solo, ya que cuando falta o se enferma, las otras empleadas no parecen estar al tanto de esta simpática política.
En fin, llego al banco, logro el pase y me dirijo a sus dominios. Saludo, recibo una mueca ilegible, entrego el papel, recibo una mirada extrañada y me pongo al frente de la expedición. Con nosotros ingresa también un anciano bastante decrépito que tiene su caja a pocos pasos de la mía, y al que le cedo el turno. El calvo arrastra la escalera, sube, abre, baja y lo invita a procurarse el contenido por sus propios medios. Ante la sorpresa del viejo y mi cara de odio ya no tan secreto pero igualmente intenso se escuda tras la bendita norma que solo a él se le aplica. Y alza las manos con las palmas bien extendidas, como un defensor central que acabara de pegar una patada para tarjeta roja.
El anciano se rinde rápido e inicia el ascenso. Primero un pie y luego el otro, siempre utilizando el mismo para acceder al siguiente escalón, y todo lentísimo, acorde con sus limitaciones físicas, que no son pocas. Finalmente hace cumbre, suelta la baranda y casi flameando toma un sobre lacrado de la caja. Al ser la escalera sumamente angosta no le permite girar, así que desciende marcha atrás a un ritmo considerablemente más lento, pero logra llegar a tierra firme sano y salvo.
El calvo celebra el éxito de la empresa y lo palmea en la espalda, pero el anciano se retira farfullando. Creo haber oído algún que otro insulto en italiano, bien merecido por cierto.
Otra vez el procedimiento de rigor. Arrastra la escalera, sube, abre, baja y me invita a procurarme el contenido por mis propios medios.
‘No puedo, me acaban de sacar un riñón y tengo prohibido cualquier esfuerzo físico’ apunto con mi mejor tono de enfermo en recuperación. Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Y no se me nota en la cara.
El calvo desconfía, interpone la norma, pero ante mi demanda por la presencia de alguna autoridad capaz de zanjar la cuestión opta por hacer una excepción y sube a buscar el bolsito de color negro que le solicito. Sin embargo, apenas se encumbra y lo saca, tomo la escalera y me lo llevo a pasear por los pasillos del recinto a una velocidad considerable (casi corriendo diría), sacudiendo las barandas para sumar algo de incertidumbre a su equilibrio ya de por sí precario.
‘¡¿Qué hace?!’ me grita indignado mientras se aferra de donde puede para no caer al piso. Pero no obtiene respuesta. En lugar de ello acelero, y en cada curva le pongo la escalera en dos ruedas (las dos que quedan del lado externo) para exigirlo al máximo en su rol.
Al cabo de un rato devuelvo el vehículo a la posición original y permito el descenso del incrédulo pasajero.
‘¡¿Qué le pasa, está loco?!’ ruge tomándome de las solapas.
‘¿Qué? ¿no te divertiste?’ pregunto con su misma mirada extrañada. ‘Perdoname, es que te tenía que imaginar como un nene. Quería divertirte, regalarte un pasado. Era eso o cagarte a trompadas.’
Entonces me suelta, me entrega el bolso y se aleja pensativo, con una expresión indefinible en el rostro.
Me meto en un box, arreglo mis cosas y regreso para devolver el bolso a la caja, aunque esta vez me encuentro con una pequeña variación en el procedimiento. El calvo arrastra la escalera, me arrebata el bolso, sube y abre.
‘Ahora estoy por meter el bolso’ dice desde la cumbre con la mano izquierda extendida hacia la caja, pero sin terminar de soltarlo. Y yo lo observo con una mirada —esta vez sí— genuinamente extrañada.
‘Ya casi, eh. Ya casi.’ Y se queda así, petrificado esperando no sé qué cosa. O sí, sé, lo que ocurre es que no doy crédito a lo que veo.
Ay ay ay… las cosas que uno tiene que hacer para vencer al odio.
Tomo la escalera y emprendo una carrera frenética por el pasillo mientras ese maldito calvo infantil abre los brazos en cruz como en la película Titanic. Asumo, para sentir el vientito en su tupido bigote.
Admito que pude haberme equivocado en la evaluación previa, no hace falta que me lo diga usted.
Qué sé yo, en cualquier caso siempre podremos afirmar que hay gente que nunca crece. Pero a mí esos no me producen ninguna desconfianza. Todo lo contrario.
Tengan ustedes muy buenas noches.
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