Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.
lunes, 14 de abril de 2014
SALSA KIPLING
Síntesis del post: Paseo. Un restaurante. Una recomendación. El doctor Guaglianone. La señorita Amundsen. Ranas Kipling. Perfección. Viaje.
Bien, hoy los voy a llevar de paseo a un lugar elegante, así que les pido encarecidamente que repasen sus modales e intenten traerlos con ustedes, porque las últimas veces que permití que me acompañaran dejaron bastante que desear. Todos. Sin excepción. Las chicas se me recogen el pelo y se me visten de modo tal que no nos chiflen todos los colectiveros de Buenos Aires mientras caminamos, porque vamos a ir caminando, no sé si les dije. Y los varones, por favor, de traje y corbata, que esto no es una reunión organizada por el FMI.
Ahora a lo nuestro sin más, que he perdido muchísimo tiempo arreglándome para la ocasión y tengo miedo de que lleguemos tardísimo.
Nuestro objetivo del día es un restaurante. Sí, vamos a cenar, no sé qué esperaban. Sin embargo puedo adelantarles que no hablamos aquí de un restaurante cualquiera. Es un sitio especial, exclusivo, al que se llega únicamente por recomendación de un cliente habitual, y cuyas normas y requisitos para el acceso y posterior permanencia se imponen con la más absoluta rigidez desde hace casi un siglo y medio. Si alguno de ustedes ha leído el cuento ‘La especialidad de la casa’ de Stanley Ellin podrá formarse una idea bastante acabada de las características del establecimiento, y si ninguno lo hizo, les recomiendo que lo hagan cuanto antes. Todos. Sin excepción. Es más, ya mismo dejen de perder el tiempo conmigo y búsquenlo en Internet. No solo es una verdadera obra maestra del género, sino que además es relativamente corto.
Ahora, como los conozco bien y sé que la mayoría ha dejado para más tarde (o para más nunca) la honesta recomendación que acabo de realizar, les voy a explicar un poco de qué va el asunto. Hagan silencio porque no pienso andar repitiendo instrucciones una vez que entremos.
Este sitio queda en el sótano de un vetusto edificio de estilo francés ubicado en uno de los barrios bajos de la capital. Se accede a través de una robusta escalera de piedra que nace al pie de una fuente construida en el centro del jardín trasero del edificio, y que se interna en las entrañas mismas de la tierra describiendo la forma de un caracol. La puerta es de roble macizo y se encuentra custodiada por un inmenso portero de origen africano (yo creo que es nigeriano), siempre de impecable chaquet, cuya única función consiste en verificar que los apellidos de los postulantes estén inscriptos en la selecta lista del día. Nosotros venimos recomendados por el doctor Guaglianone, que un poco corto de efectivo ha insistido en pagar algún servicio oportunamente prestado con esta curiosa invitación.
Una vez dentro nos encontramos con un ambiente sobrio donde cada objeto, sea parte del mobiliario, la platería o la decoración, destila una sencillez indestructible bajo la luz de una decena de faroles que cuelgan de las paredes o el techo (la iluminación es por completo artificial), y que lo tiñen todo de un amarillo desganado, muy al tono con el silencio imperante.
En lo referido al tema que nos ocupa, que es la cena en sí misma, me veo en la penosa obligación de advertirles que todas las mesas son para dos personas. Quiero decir, un individuo no puede dejarse caer a cualquier hora con ocho amigos y pretender que le junten algunas tablas en uno de los laterales del recinto (que dicho sea de paso, es endiabladamente pequeño). De hecho ni siquiera se puede elegir el comensal con el que se compartirá la velada. En cambio cada mesa posee dos tarjetas con los apellidos de las personas que la ocuparán, y eso no admite el más mínimo cambio o la más mínima protesta. Y sepan que no se trata de emparejamientos que necesariamente tengan como norte el fomento del arte de la seducción. Si usted es un caballero, bien podría tocarle en suerte la señorita de sus sueños, por qué no, pero también un mexicano gordo de tupido bigote al que solo le interese conversar sobre la migración anual de la ballena franca.
Y ya que de normas hablamos, aprovecho la oportunidad que se me brinda para comentarles que tampoco podrán elegir la comida. Se sirve el plato del día, una botella de vino tinto de elaboración propia (sin etiqueta alguna) y agua mineral sin gas. Eso es todo. Ni siquiera les será dado el privilegio de condimentar el manjar, ya que cualquier variación en las proporciones alquímicas de sus ingredientes no haría más que arruinar el futuro deleite.
Ahora bien, se dice, se comenta, se repite con insistencia entre los poquísimos afortunados que han logrado alguna vez trasponer la gruesa puerta de Kipling’s (así se llama el misterioso reducto) que la excelsitud de cada plato se revela patente al primer contacto con el paladar, y que luego de ello la velada adquiere ribetes oníricos que varían en forma significativa según el elemento humano que puebla cada mesa.
En fin… hechas estas pequeñas salvedades, creo que la invitación del doctor Guaglianone merece la pena. Y además no veo otro modo de que vaya a pagarme mis servicios profesionales, así que mejor pájaro en mano que tortuga en camiseta.
El portero africano (yo creo que es nigeriano, no sé si lo dije) repite mi apellido mientras ojea su lista de invitados, luego esboza una amplia sonrisa que descubre sus dientes blanquísimos, empuja la pesada puerta de roble con el hombro y susurra hacia el interior: El señor Bigud, de parte del doctor Guaglianone.
Un maître empaquetado de Armani acude presuroso y con un sutil ademán me anima a seguirlo a través de un angosto corredor que conduce al salón principal. Me señala un rincón alejado donde la luz de los faroles es aun más tenue que en otras partes, una mesa redonda al pie de un autorretrato de Van Gogh. Una mesa que, maldita sea mi suerte, ya se encuentra ocupada. Parece que seré yo quien tenga que presentarse y saludar.
En efecto la tarjeta blanca que reposa sobre el mantel tiene mi apellido. Bigud. La señorita sentada al otro lado (porque me ha tocado en suerte una señorita) me sonríe. La señorita Amundsen, según leo.
A ver cómo digo esto sin que suene que he venido hasta aquí, tan lejos de mi hogar, a experimentar placeres distintos de los gastronómicos, a otra cosa que no sea colectar un pago que gané en forma honesta: La señorita Amundsen está para comerla así, sin condimentos, como se estila en este simpático bodegón. Sí, es condenadamente bonita, y aunque a duras penas he alcanzado a balbucear mi apellido evitando lo más que pude el contacto visual, parece encantada de tenerme como compañero de velada. Su cabello negro recogido, su piel aceitunada, la sutil redondez de sus curvas y el brillo acuoso de sus ojos verdes me recuerdan vagamente a una novia que jamás tuve. Necesito reconducir mis emociones ahora que aún no probé bocado (a la comida me refiero), pero estimo que debo tener la turbación grabada a fuego en el semblante.
La señorita Amundsen toma las riendas de la conversación y sepulta los rastros de mi torpeza bajo densas capas de genuina indulgencia, al tiempo que un solícito mozo (creo yo de origen asturiano) dispone la vajilla para recibir el manjar que nos convoca.
Son ranas. Digo, el plato del día. Ranas. Ranas fritas con una salsa cuyos ingredientes no se encuentra autorizado a revelar el solícito mozo asturiano. Sabrá disculpar, caballero, señorita, el paladar no sabe de nombres. Son ranas con salsa Kipling, y eso es todo lo que necesitan saber.
Llevo el tenedor a la boca y devoro ese primer trozo descrito con tantas loas por el doctor Guaglianone. Percibo una perfección jamás intuida. Expulsan lágrimas de emoción los ojos de la señorita Amundsen, entregada a la misma tarea. La razón trastabilla y se repliega siguiendo un itinerario difuso. Las sensaciones, en cambio, no acatan ley alguna. Le digo que la amo. De un modo estúpido, que es el modo más puro en que puede expresarse el amor. Uno ama de un modo estúpido, caótico y desordenado. Una expresión prolija lo rebaja, lo humilla en forma irremediable. La señorita Amundsen me corresponde dentro de sus propios parámetros. Dentro de su propio viaje, piadoso con mi torpeza, rebosante de lágrimas, sublime en su sinceridad.
Limpiamos el plato (los platos) en pocos instantes. Dos o tres minutos a lo sumo, lo que puede durar un amor genuino. Nos miramos embelesados. Ya no existe la torpeza, tampoco la indulgencia. Hemos recorrido una vida, una existencia juntos. Hemos creado hijos torpes y aceitunados. Hemos viajado por el mundo. Hemos tenido nuestros momentos. Nuestros instantes.
Higos rellenos de almendras. Almendras Kipling. Ese es el postre ofrecido por el mozo solícito de origen asturiano. El siguiente bocado y su previsible consecuencia ya no es asunto que desee compartir con ustedes. Bastante que los traje, caramba.
Saludamos al portero africano (para mí que es nigeriano, no sé si lo dije) y nos retiramos satisfechos, con la certeza absoluta de que hemos cobrado nuestros servicios mucho más caros de lo que merecíamos.
¿Cómo que no?
Bueno, caballero, tampoco se ponga así. Yo no tengo la culpa de que a usted le haya tocado el mexicano de bigote tupido. Vaya y quéjese con Kipling.
Tengan ustedes muy buenas noches.
domingo, 6 de abril de 2014
BALDOSAS FLOJAS
Síntesis del post: Gabriela. Punto final. Voluntad exploratoria. Frase inacabada. Tropiezo. Conversación. Moraleja.
Y un día Gabriela dijo basta, listo, que ya estaba, que ya había tenido suficiente de mí, de nosotros. De los dos. Que ya no iba a seguir conmigo. Me quería, me quería mucho, me quería bien, como se quiere a alguien que es algo más que un simple pasatiempo, estaba segura. Pero no se le movía el piso, y eso le resultaba insuperable. Se divertía mucho conmigo, ojo (ojo no lo dijo ella en ese momento sino yo ahora), le parecía un tipo inteligente, sencillo y de buen corazón. Y el sexo era excelente, no se podía quejar. Sin embargo necesitaba aire, explorar un poco el mundo que la rodeaba sin ataduras de ninguna especie. En pocas palabras, ser una persona libre. Y además estaba este pibe, no me podía mentir. No me quería mentir. Un estudiante de agronomía que había conocido en el cumpleaños de su prima y que, asumo yo (en realidad también lo asumí en ese momento), deseaba convertir en la materia principal de aquella exploración sin ataduras.
Le dije que estaba todo bien, que no se hiciera problema, que yo no me quería transformar en un estorbo para su floreciente voluntad exploratoria. Supongo que aquel día no hablé específicamente de esa clase de voluntad; si me conozco un poco y la memoria no me falla, debo haber colocado un punto luego de la palabra estorbo. En rigor de verdad es el tiempo el que me puso más cínico, más irónico, el que me ha otorgado el don de completar las frases con el veneno adecuado para la ocasión. Pero en esa época no lo tenía y dejé la idea inacabada, o acabada de un modo imperfecto. Después de todo éramos solo dos chicos de veinte años que habían salido por cuatro o cinco meses. Nada más. Yo también la quería bien, me gustaba. Era muy linda de cara, flaca y con buenas curvas. Y también tenía sus detalles, por qué no decirlo. Por ejemplo, rara vez usaba el mismo perfume, llamaba por teléfono solo lo necesario, no disfrutaba el arte de pelear sin motivo, me cocinaba algo rico todos los viernes y en la cama estaba siempre dispuesta a hacer todo lo que se me ocurriera sin protestar. Estimo que a esa edad no se puede pedir mucho más.
Lo que en su momento quizás me molestó un poco de esa ruptura fue el hecho de no haberla visto venir, de no haberla intuido. Jamás pensé que Gabriela fuera capaz de llegar a esos niveles de improvisación, de seguir un impulso en lugar de permanecer a resguardo de cualquier turbulencia. Creo que en el fondo la subestimé, y por eso terminé afuera sin notificación previa. Bien por ella.
Y ahora a lo nuestro sin más. Dejamos de lado el pasado para situarnos en el presente y procedemos al relato de un hecho corto y simple que nos servirá de base para una modesta conclusión. Quizás una moraleja.
Una señorita se desploma en plena calle a pocos metros de mi posición. Y se pega un buen golpe, un golpe de esos que le arrancan a uno estertóreas carcajadas que solo se detienen cuando comprende que pudo haber ocurrido un daño. Un daño serio.
Acudo presuroso a la zona del desastre y como puedo la ayudo a incorporarse. Hay en su rostro una mueca de profundo dolor, aprieta los párpados y las mandíbulas, arruga la nariz y se frota la cadera con la palma de la mano izquierda mientras suelta por lo bajo algunos insultos sin destinatario específico. Es Gabriela. La reconozco –nos reconocemos- ni bien abre los ojos para darme las gracias. Está idéntica. Me gusta pensar que yo también, pero sé que no es así; seguramente descifró la mirada o percibió alguno de esos gestos que el tiempo jamás alcanza a enterrar del todo.
Me dedica una tierna sonrisa mientras se acomoda la blusa y examina con horror el tremendo agujero que se le hizo en la media a la altura de la rodilla. Sin pensar le coloco una mano sobre el vientre y con la otra le subo el cierre de la pollera, que está ubicado justo entre medio de los glúteos y se ha bajado hasta la mitad del camino dejando a la vista del mundo más información de la recomendable. Procedo como lo haría cualquiera con una mujer que ya ha visto desnuda, con la misma soltura e impunidad. En otra situación solo habría apuntado un índice pudoroso hacia la zona para que ella misma corrigiera el desajuste.
Nos quedamos charlando un rato, ahí mismo, a medio metro de la baldosa floja que le provocó la caída. Hablamos de la vida, las cosas de rigor, nada especial. En su momento el estudiante de agronomía fue despachado con una celeridad similar a la empleada conmigo, hubo por allí algún que otro novio que tampoco le movió el piso, en mi caso alguna que otra novia, ahora los dos estamos en pareja, tenemos hijos (en mi caso hijas), vivimos relativamente cerca pero en mundos muy diferentes. Eso es, en más o en menos, todo lo que hay.
A lo largo de la conversación insinúa un par de veces algún atisbo de aquella voluntad exploratoria de antaño. Sugiere así, en forma solapada, que sería bonito, estimulante e inspirador tener la posibilidad de encontrarnos otro día en circunstancias menos incómodas para ella. Opto por asentir sin confirmar, y luego de algunos rodeos el fortuito encuentro se encamina al final.
Quedamos en vernos pronto, quizás para tomar un café o almorzar en algún boliche perdido del microcentro. Nos abrazamos con una efusión que, por lo menos en mi caso, no es impostada y nos despedimos jurando llevar a cabo aquel promisorio segundo encuentro que sin embargo jamás se producirá. Lo sé porque, primero, no soy fanático de los zapatos usados, y segundo, no intercambiamos ningún dato útil (por ejemplo los teléfonos) para localizarnos sin tener que depender de otra baldosa floja. En cualquier caso yo prefiero dejar esa clase de asuntos en manos del destino, el azar o la simple casualidad.
Y eso es todo lo que vine a contar esta noche.
¿Cómo dice?
Ah, sí, la moraleja. Qué sé yo… la vida está repleta de baldosas flojas, así que nunca es tarde para que se te mueva el piso.
Tengan ustedes muy buenas noches.
miércoles, 26 de marzo de 2014
IN NOMINE PATRIS
Síntesis del post: Padre Juan. Una señora regordeta. Desilusiones. Equívocos y tragedias. Una muerta. Procedimiento. Un patrullero. Peligrosa tendencia.

Llega justo a tiempo, Padre Juan. Eso me dice una señora regordeta mientras aprieta mi antebrazo con la misma fuerza que emplearía un trabajador portuario en sus labores un lunes por la mañana, luego de haber dormido doce horas y desayunado un cóctel de cereal, leche y huevos batidos.
Aquellos de ustedes que me conocen saben de sobra que no soy el Padre Juan, aun cuando hayan atestiguado en más de una ocasión esa peligrosa tendencia a asumir con resignación casi heroica la identidad que por error me sea atribuida. En rigor de verdad, no creo que tenga gracia alguna desilusionar a un completo desconocido, tal vez por eso procedo de esa forma en semejantes situaciones. Y es que las desilusiones, para ser completas y devastadoras, requieren el elemento del conocimiento mutuo. Cuando un extraño se forma sobre uno una idea que no se ajusta a la realidad, no pasa de ser un simple equívoco. En cambio, cuando alguien que cree conocernos recibe la noticia de que no somos lo que creía que éramos, sobreviene la tragedia. Bien, lo que yo entiendo es que se puede persistir en el equívoco sin grandes perjuicios para los involucrados, y que, de más está decirlo, no ocurre lo mismo con la tragedia.
En fin… no sé de qué estaba hablando. Ah, sí, que no soy el Padre Juan. Sí soy padre, esa es una a mi favor. Y sí, también me llamo Juan, no sé si lo dije alguna vez en este espacio. Pero no soy las dos cosas juntas. Las dos cosas juntas insinúan una elevación moral que yo jamás he alcanzado en ningún plano de mi vida.
Ahora a lo nuestro sin más, que como bien dijo la señora antes de dejar mi brazo inutilizado para el resto del día, el tiempo apremia. Estamos muy apurados, aun desconociendo por completo las causas.
Tenemos a esta señorita, muy bonita ella. Y también muy muerta. Bastante muerta. Quiero decir, todo lo muerta que puede estar una persona que no está viva. Debe tener unos treinta años (edad nada recomendable para abandonar el sano hábito de respirar), y se encuentra tendida boca arriba sobre la vereda con el cabello rubio revuelto y sus ojos verdes bien abiertos mirando al cielo. Quiero decir, todo lo que pueden mirar los ojos (sea al cielo o a cualquier otro sitio) de una persona que no está viva. Y hasta aquí ha llegado nuestra humilde descripción de esta señorita, ya que para ingresar en el terreno de sus atributos físicos habría que trasponer los límites de la moral y las buenas costumbres, cosa que no pienso hacer, ni hoy ni nunca, con una persona que está muerta. Quiero decir, todo lo muerta que puede estar una persona que no está viva.
Ahora bien, tomada debida nota de la situación imperante, se me ocurre que decir (tal como ha dicho esta señora regordeta que posee la misma fuerza física que un trabajador portuario recién desayunado) que he llegado justo a tiempo es hacer gala de un optimismo francamente admirable. ¿Justo a tiempo para qué? No soy muy ducho en el arte de la resucitación, y para ser del todo franco, en todos estos años solo aprendí las dos o tres oraciones clásicas del catolicismo, religión que supuestamente practico. Eso sin mencionar que para esta señora regordeta seguramente también la domino, la transmito e incluso quizás la enseño.
‘Vamos Padre Juan, proceda rápido que en cualquier momento va a llegar la policía y se la van a llevar a la morgue.’
Eso me dice la señora regordeta mientras vigila con la mirada la esquina más alejada por si de pronto aparece, asumo yo, algún inoportuno patrullero.
A la pelota. En general cuando alguien me pide que proceda yo procedo, pero en este caso siento como que me faltan los lineamientos básicos. Hay una ausencia de parámetros bastante desoladora. Ocurre que no sé si debo arrodillarme a un lado de la occisa para rezar una sentida oración (espero que en ese caso sea alguna de las dos o tres que me aprendí), llevar a cabo un ritual de exorcismo, ensayar un baile pagano o tomar un bisturí y extraer algún órgano para venderlo en el mercado negro.
‘In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti, Amén.’
Eso es lo que finalmente opto por decir, de rodillas a un lado de la occisa, con la palma de la mano izquierda apoyada en su frente helada y con la cara que reservo para cuando quiero que el asunto suene como que estoy administrando un sacramento. Sí, tengo una cara para esos casos, aunque admito que no me veo forzado a utilizarla muy a menudo.
‘¿Qué está haciendo Padre Juan?’
Eso pregunta la señora regordeta apiñando las yemas de los cinco dedos y agitando la mano de abajo hacia arriba con efusión.
Y es una buena pregunta. La verdad es que no tengo la más pálida idea. Supongo que hago lo que haría cualquier hombre de Dios en una situación como esta, pero me puedo equivocar.
De cualquier modo, justo cuando me apresto a ensayar una respuesta que seguramente no hará más que echar luz sobre mi condición de impostor, aparece en la esquina el temido patrullero. Temido por la señora regordeta, claro está, que aun cuando posee sobrados argumentos físicos para repeler cualquier intento de aprehensión decide abandonar la escena a paso veloz dejándome solo con un sinfín de interrogantes que ya no serán respondidos.
Un oficial entrado en años y en kilos desciende del vehículo no sin dificultad y echa una mirada despreocupada al cadáver que yace a sus pies.
‘¿Usted es el novio?’
Eso pregunta con sus ojos redondos y pequeños clavados en los pechos también redondos aunque no tan pequeños de la señorita.
No sé si les hablé alguna vez de esa peligrosa tendencia que me impulsa a asumir con resignación casi heroica la identidad que por error me sea atribuida. Si no lo hice, esta es una perfecta ocasión.
‘Sí.’
Eso respondo yo al tiempo que un profuso llanto comienza a brotar de mis ojos no tan redondos ni tan pequeños.
Y es que en el fondo entiendo que aun en el marco de una terrible tragedia, el asunto entre este simpático representante de la ley y yo no pasa de ser un simple equívoco, y siempre se puede persistir en el equívoco sin grandes perjuicios para los involucrados. No sé si lo dije alguna vez.
Además creo que el hecho de que la gente asuma que tengo algún tipo de relación con una señorita tan bonita me hace lucir bien. Por más que esté muerta. Quiero decir, todo lo muerta que puede estar una persona que no está viva.
Tengan ustedes muy buenas noches.
viernes, 31 de enero de 2014
FANÁTICO 43.276
Síntesis del post: Fanatismo. La divisa. Comunicación. El socio número 43.276. Sufrimiento. Comprensión.
Según entiendo, hoy en día se encuentra de moda el fanatismo. Hay que ser fanático de algo, de lo que sea, no importa demasiado el rubro que se elija. Puede ser un equipo de fútbol, un videojuego, una bebida alcohólica, una marca de ropa, un restaurante, una serie de televisión, un auto deportivo, una ciudad, un país o una corriente política. En el fondo da lo mismo, porque dadas como están las cosas, la atención de la gente no se centra en el objeto de ese fanatismo sino en el histriónico proceder del sujeto que lo practica. Eso es todo lo que importa.
Ahora a lo nuestro sin más, que hoy tenemos solo una simple reflexión adornada por una historia, y no a la inversa.
Lo que quise decir con esta breve introducción es que en los tiempos que nos toca vivir, donde los individuos se encuentran tan conectados y la comunicación del acto más trivial de la vida cotidiana resulta vital para mantener intacta la autoestima y por lo tanto debe ser subida en forma inmediata a cualquier plataforma virtual de uso masivo, la demostración de una condición determinada (en el caso que nos ocupa, la de fanático) es infinitamente más relevante que la condición en sí misma. En otras palabras, no solo basta con el fanatismo; además hay que actuar como un auténtico imbécil, si es posible frente a alguna cámara de televisión.
Y así es como tenemos a este flamante padre un 18 de diciembre con 43 grados a la sombra y 98% de humedad, con su hijo de cuatro días de vida en brazos saliendo de la sede central de, pongamos por caso, el Club Atlético San Lorenzo de Almagro, saltando frente a la cámara mientras agita un carnet y le explica a un deslucido cronista que por alguna misteriosa razón lo celebra y lo enaltece, que el niño ya es oficialmente el socio número 43.276 de la mencionada entidad deportiva.
En este punto deseo señalar un detalle que se me antoja bastante significativo: al socio número 43.276 del Club Atlético San Lorenzo de Almagro no se lo ve muy bien. De hecho, si hubiera que apelar a una franqueza sin mezquindades habría que decir que se lo ve mal. Hace escasos minutos, mientras su padre esperaba el turno para hacer su gracia frente a cámara, berreaba y pataleaba como una fiera embravecida. Sin embargo ahora ya no llora. En cambio ha optado por un tenso silencio que realza su dignidad. Presenta en el rostro (dicho sea de paso, bañado por cientos de minúsculas gotitas de sudor) una tonalidad morada del todo reñida con los parámetros de la normalidad. Los ojos se le entrecierran, y la fuerza empleada para mantenerlos abiertos arroja como resultado dos enormes globos blancos decorados con ínfimas medialunas de color marrón que aparecen y se ocultan debajo de los párpados superiores produciendo un efecto como de intermitencia francamente impactante. De la comisura derecha de sus labios se desliza un tenaz hilo de baba que a los pocos segundos cae arrastrado por su propio peso, regenerándose casi en el mismo acto. Y por último sus bracitos cuelgan inertes sobre el antebrazo de su enfervorizado padre, que lo aprieta contra su pecho mientras baila, salta y se toma los genitales (por supuesto con la otra mano, si no ya sería demasiado) entonando cantitos alusivos a la condición sexual de los simpatizantes del Club Atlético Huracán.
Definitivamente no lo veo bien al socio número 43.276 del Club Atlético San Lorenzo de Almagro. Sobre todas las cosas, no lo veo cómodo con su fanatismo, y lo que es mucho peor, no está a la altura de la demostración paterna. Por más que se lo arengue, el tipo no parece interesado en demostrarle al mundo que por la divisa es perfectamente capaz de matar a la madre, vender a la esposa en un mercado persa, faltar una semana al trabajo o viajar ochocientos kilómetros en un colectivo escolar modelo 77 sin aire acondicionado y con las ventanas clavadas.
No hay nada que hacer. El niño no comprende que para ser un verdadero fanático, el sacrificio personal y la correspondiente declamación pública son requisitos indispensables e ineludibles sin tomar en cuenta la edad que se tenga. El fanático de nuestros tiempos debe ser un poco histrión. Es obligatorio. No importa la suerte que corra en el campo de batalla la bandera deportiva o política que se defienda, sino la intensidad de esa defensa, la irracionalidad, la sobreactuación y el testimonio público. Sobre todo el testimonio público, sin el cual no existe ni puede existir satisfacción alguna.
Y esa comprensión que el socio número 43.276 del Club Atlético San Lorenzo de Almagro se resiste a manifestar como es debido es presupuesto necesario para otra más compleja que llegará con los años. Cuanto más evidentes sean los hechos y las responsabilidades, mayor será la oportunidad para demostrar el fanatismo, aun en desmedro de los intereses individuales. La declamación de incondicionalidad en las buenas, pero sobre todo en las malas. La culpa de la derrota es del árbitro que cobró el penal. La culpa de la crisis energética que me tuvo cuarenta días sin luz es solo de la compañía eléctrica, no del amado líder. Y así podríamos seguir todo el día.
La pasión del hincha, lo más sano que tiene el fútbol. Eso dice el deslucido cronista mirando a la cámara con una amplia sonrisa. Sin embargo a mí me preocupa más la pasión del socio número 43.276, la pasión en sentido jesucrístico, si es que tal palabra existe (ya me lo pregunté en algún artículo reciente, pero todavía no encontré una respuesta). Ese socio que todavía no es hincha a pesar de que se lo presente como tal, con su gorrito azul y rojo recién calzado que aun sin intención del progenitor ha venido a cumplir un propósito algo más elevado, aportando algo de sombra al morado intenso de sus mofletes. Ese fanático que todavía no es tal a pesar de que se lo exhiba como si la idea de sufrir por la divisa a las doce del mediodía, con 43 grados a la sombra y 98% de humedad en su cuarto día de vida hubiera sido idea suya.
Volvemos con ustedes en el estudio. Eso dice a sus compañeros el deslucido cronista mirando a la cámara con una mezcla de nerviosismo y desagrado. Es que el socio número 43.276 del Club Atlético San Lorenzo de Almagro acaba de vomitar profusamente sobre la manga derecha de su traje.
Entretanto el padre, ya de regreso a sus cabales, le dedica una mirada más relacionada con la compasión que con las disculpas, amparándose —asumo yo— en la noción de que tanto los bebés como los fanáticos son absolutamente inimputables.
Tengan ustedes muy buenas noches.
jueves, 14 de noviembre de 2013
EL EXTORSIONADOR
Síntesis del post: Una manzana. Teléfono móvil. Una filosofía de vida. La extorsión. El extorsionador. Dinero. Meditaciones ruteras. El agujero. La esposa del extorsionador. Desenlace.
Un kilo de peras, uno de mandarinas, dos kilos de naranjas para jugo, medio de kiwis y cuatro o cinco bananas. Eso estoy comprando en la frutería cuando suena mi teléfono móvil. La leyenda ‘número desconocido’ se adueña de la pantalla apenas lo extraigo del bolsillo del pantalón, y entonces decido no atender. En rigor de verdad yo rara vez atiendo el teléfono. Móvil o fijo. Es una costumbre que se parece muchísimo a una filosofía de vida.
— Tengo unas manzanas que están buenísimas —me dice el frutero guiñando el ojo derecho repetidas veces.
— No gracias, Gabriel, todavía tengo algunas —respondo sin prestar demasiada atención.
— Pero estas son irresistibles —insiste—. Llevate una, nene. Yo te prometo que le vas a echar mano antes de llegar a tu casa.
Tomo la pieza ofrecida sin más resistencia. Primero porque estoy apurado, segundo porque es gratuita y tercero porque me resulta simpático que este hombre tan afecto a las sonrisas y los guiños de ojos siempre me diga nene. Hecho ello pago la cuenta y me despido con profusos elogios hacia sus mercancías, por lejos las mejores de la cuadra.
Ni bien gano la calle suena de nuevo mi teléfono móvil, y la misma leyenda se instala desafiante en la pantalla. Sin embargo esta vez atiendo, un poco por esa malsana curiosidad inherente a la condición humana y otro poco porque la filosofía, sobre todo cuando se refiere a conductas de vida, no es más que una combinación de palabras bonitas que rara vez se respeta más allá de la enunciación pomposa en alguna mesa de café.
— ¿Vos sos Bigud? —indaga del otro lado una voz metálica.
— Yo soy Bigud —respondo de inmediato con una demoledora seguridad que, asumo, deriva del hecho de que realmente lo soy.
— Escuchame bien, Bigud —expone apenas obtiene la confirmación de mi identidad —, tenemos secuestrada a tu hermana, así que más vale que sigas nuestras instrucciones al pie de la letra si no querés que aparezca flotando en el riachuelo.
— Tranquilo, voy a hacer lo que vos quieras —digo para ganar algo de tiempo y recobrar la lucidez luego de semejante noticia.
— Perfecto, por ahora quiero que vayas al cajero más cercano y saques toda la guita que puedas con tus tarjetas de débito —ordena—. Con las tres eh, no te hagas el vivo.
Confesada su pretensión inicial la comunicación se corta en forma abrupta. Dispongo de poco tiempo, así que no sería inteligente involucrar a la policía o alarmar al resto de la familia. Por otra parte, soy de los que creen que las soluciones a los problemas se presentan con más rapidez cuando los individuos que intervienen en el proceso son menos.
En pocos minutos me hago de seis mil doscientos pesos y me siento en un banco de la plaza a fumar un cigarrillo y esperar las nuevas instrucciones. Mi teléfono móvil no tarda en sonar.
— Hola —digo yo fuerte y en voz alta, porque eso es lo que marcan las convenciones cuando uno no quiere o no puede respetar su costumbre de ignorar las llamadas entrantes.
— ¿Tenés el auto con vos, Bigud? —pregunta el extorsionador sin preocuparse por la ortodoxia en lo referido a la devolución del saludo.
— Sí.
— ¿Cuánto me conseguiste? —requiere como al pasar.
— Algo más de seis lucas —respondo ya con la firmeza inicial completamente ausente.
— Está bien, andá rápido al kilómetro noventa y dos de la ruta siete, estacioná en el banquina y esperá hasta que yo te llame.
De fondo se escuchan los gritos desesperados de una mujer que pide ayuda y un ruido como de vajilla que se estrella en el suelo. Debo admitir que esta situación ha logrado meterme el miedo en el cuerpo como no me ocurría hace muchísimo tiempo.
— Ya salgo para allá —le digo como para calmar las aguas.
La comunicación se interrumpe sin una respuesta, y entonces decido ponerme en camino. Quiero llegar a ese sitio antes del mediodía.
Intento refugiarme del sol impiadoso de la ruta bajo la sombra proyectada por los acoplados de los camiones, y mientras tanto medito. Medito sobre mis circunstancias, tan desfavorables e inciertas. Sobre la bondad y la maldad. Sobre la vida en general. Las cosas no siempre son como uno desea que sean, y a veces exigen de un modo caprichoso que uno las afronte en la más absoluta de las soledades.
Estaciono sobre la banquina en el kilómetro indicado a las once horas y cincuenta y nueve minutos. No importa si es para tomar un baño de espuma con tres modelos holandesas o para que me ahorquen en la plaza mayor, yo siempre llego temprano. Esto último también forma parte de mis meditaciones ruteras, tan vagas y triviales luego de un largo trecho al volante bajo un calor tunecino.
Justo cuando comienzo a impacientarme suena el teléfono móvil.
— Hola —digo ya sin recordar siquiera el hecho de que alguna vez tuve una filosofía de vida.
— Dentro de dos kilómetros vas a ver a un tipo que vende manzanas al borde de la ruta —me explica el violador serial de convenciones —, quiero que me compres una colorada, y que sea bien simétrica.
— Entendido.
— Después seguís cuatro kilómetros más y te metés por un camino de tierra que separa dos campos. Lo vas a reconocer porque es justo pasando un cartel con una propaganda del gobierno. Seguí ese camino hasta que llegues a una bifurcación, estacioná y esperá que te llame.
La comunicación vuelve a interrumpirse y de inmediato enciendo el auto. No voy a comprar ninguna manzana porque ya tengo una. Después de todo el frutero tenía razón en eso de que le iba a echar mano antes de llegar a mi casa.
Salgo a la ruta y reanudo mis meditaciones. Medito sobre el hecho de que me fascinan estas pequeñas casualidades de la vida, lo maravilloso de haber tenido la manzana de antemano sin proponérmelo. Medito sobre aquellas cosas que se atraviesan en la mente de las personas en los instantes de máxima tensión. Por ejemplo el hambre. Yo no me haría traer la comida por mi víctima, pero claro, ese soy yo. Y medito sobre otras cosas que se esfuman ni bien reconozco el camino de tierra que debo transitar.
La bifurcación aparece luego de manejar varios kilómetros con las ventanillas cerradas para evitar el polvo que levanta el coche a su paso. El aire acondicionado está a punto de formar escarcha en el techo. Estaciono y aguardo la inevitable llamada.
Suena el teléfono móvil.
— Hola.
— Bajá del auto, abrí la tranquera que está a tu derecha e internate en el monte a pie. En el centro hay un claro que tiene un solo árbol. Al lado del árbol hay un agujero de poco más de medio metro de diámetro. Tirate adentro.
La sorpresa me deja mudo por un par de segundos, y cuando pretendo ensayar una respuesta que es pregunta y protesta a la vez, la comunicación se interrumpe del modo habitual. Es decir, abruptamente.
El monte es extenso y tardo varios minutos en llegar al pie del referido árbol. En efecto, al lado hay un agujero cuya profundidad no puede mensurarse. Dudo un instante antes de cumplir la instrucción, pero a esta altura sé que el teléfono no volverá a sonar hasta que lo haga. Por lo tanto cierro los ojos y me lanzo sin incurrir en mis habituales meditaciones.
Durante varios segundos me deslizo como por un tobogán, hasta que finalmente las paredes del agujero desaparecen y caigo al agua desde una altura bastante considerable. Es agua dulce. Un pequeño lago cuyas orillas están a la vista, a unos cuarenta o cincuenta metros. Percibo la silueta de un hombre en la arena y comprendo que debo nadar hacia él. El reflejo del sol impide la obtención de mayores detalles.
La costa está más lejos de lo que supuse y me cuesta un buen esfuerzo alcanzarla. Como puedo me arrastro fuera del agua exhausto por el peso de mi ropa, y antes de alzar la cabeza una mano me toma del brazo y me ayuda a incorporarme. Ante mí se encuentra el hombre que me ha provocado tantos inconvenientes a lo largo del día. Tiene la piel curtida y una expresión sombría. Lleva el cabello largo, cejas hirsutas al igual que la barba y –creo yo lo más importante– está completamente desnudo, salvo por la hoja de parra que tapa sus partes más sensibles.
— Hola Bigud, yo soy el extorsionador —se presenta como si de un título honorífico se tratara.
— Hola —respondo yo sin salir de mi asombro.
— ¿Trajiste lo que te pedí? —indaga con suavidad.
— Se me mojó toda la plata —confieso con algo de pena.
— Está bien, la plata no me importa —revela mientras me hace con la mano un gesto para que lo siga —. Siempre y cuando tengas la manzana.
Caminamos en dirección a la hilera de árboles que se encuentra justo donde se diluye la arena de la pequeña playa, y apenas la transponemos se revela frente a nosotros un paisaje de ensueño. Y cuando digo ensueño, digo ensueño del bueno, del que no se ve todos los días. Ay señora… viera usted cuánta variedad de plantas y animales. El color azul de las aguas. La majestuosidad de las aves. El verdor de los pastos. La exuberancia de los árboles. La suavidad de la brisa. La tonalidad de los frutos. La gracia infinita de las cascadas. Las hortalizas y legumbres del huerto. No encuentro palabras adecuadas para describir lo que veo.
— Bienvenido al Edén, Bigud —me dice el extorsionador con la mirada posada en el horizonte —. El de arriba también da segundas oportunidades.
— ¿Este es el famoso huerto de Dios? —pregunto buscando la ratificación de lo que ya se me ha explicado.
— El mismo.
— ¿Vos sos Adán?
— Para servirle.
— ¿Aquello es un unicornio?
— Animal inútil si los hay. No se lo puede montar, no sirve para trabajar y encima es sucio como pocos.
Una vez llegados al huerto propiamente dicho, Adán busca reparo a la sombra de un frondoso olmo donde yace una mujer –muy bonita por cierto– que también está desnuda salvo por la hoja de parra oportunamente localizada.
— ¿Eva? —pregunto sin dejar de observarla.
— Isabel. Me casé de nuevo hace unos años.
Adán posa la planta del pie sobre la blanca cadera de su mujer y empuja con suavidad. O no con tanta suavidad.
— ¡Despertate morsa! —exclama algo impaciente.
— ¿Mmmmm… qué pasa? —ronronea ella manteniendo los ojos entornados.
— ¡Llegó el muchacho este!
Isabel se incorpora de un salto y me saluda con una elegante reverencia. Los cabellos rubios cubren delicadamente sus pechos. Todo el tiempo.
— Mostrame la manzana que trajiste —requiere Adán con la mano extendida en mi dirección.
— Primero decime para qué la querés —desafío al tiempo que retrocedo.
— Eso a vos no te importa —retruca —. O me la das o ejecutamos a tu hermana.
— Yo no tengo hermana.
— ¿Cómo? —balbucea él con toda la sorpresa del mundo esculpida en el rostro.
— Que no tengo hermana, idiota. Me presté a esta payasada porque la otra opción que tenía era ir a trabajar. Y a mí mucho no me gusta trabajar.
Ni bien comprende que se ha quedado sin armas se vuelve hacia su esposa, que lo observa con ojos culposos.
— ¿Te das cuenta de que sos una estúpida, no? —fustiga.
— Pero amor…
— ¡Pero amor un carajo! —interrumpe agitando el puño derecho — ¡La única puta cosa que tenías que hacer y la hacés mal! ¡El tipo no tiene hermana! ¡Vino porque se le cantaron las pelotas!
El frustrado extorsionador menea la cabeza, cierra los ojos y se toma el tabique nasal con el índice y el pulgar de la mano izquierda. El puño derecho continúa apretado.
— ¿Querés saber para qué la quiero? —me pregunta sin volverse.
— Sí.
— Ayer a la tarde me eché a dormir una siestita y la boluda que está ahí parada con cara de vaca que ve pasar el tren —esto lo dice cabeceando hacia la posición de Isabel, alzando las cejas y mordiéndose el labio inferior con las paletas —se comió otra manzana del árbol de la ciencia del bien y del mal. Tenía hambre, mi alma…
— Pero eso Dios ya lo tiene que saber, no lo van a poder engañar —insinúo.
— Hace milenios que Dios no viene por acá —explica mientras se rasca la barba —, pero la última vez ya me dejó claro que lo único que le preocupa en la vida es ese puñetero arbolito.
— ¿Y entonces a quién le tienen miedo?
— Al Arcángel Gabriel —confiesa con la voz a punto de quebrarse —Dios lo eligió como guardián de las puertas del Edén, y ya me tiene dicho que si me agarra en algo raro me saca de acá a patadas en el culo y me hace aparecer en Siria. ¿Está bueno Siria?
— Sí, buenísimo —le miento yo como para no agregar otro problema a la lista. Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Y no se me nota en la cara.
— Menos mal —suspira —. Mostrame la manzana, dale.
El primer hombre la examina con ojo minucioso. A simple vista se percibe la satisfacción en su rostro.
— Fantástico —susurra mientras gira la fruta entre sus dedos —, absolutamente increíble. El color, la textura, el tamaño… parece elegida a propósito. ¿La compraste donde te pedí?
— Sí —respondo yo con cara de póker. Cuando no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Y no se me nota en la cara. No sé si lo dije alguna vez.
De pronto se encuentra de un excelente humor. Entonces le arroja la manzana a Isabel y le dedica una tierna sonrisa.
— ¿Podrás acomodarla en el árbol sin que se note mucho que no es la original? —indaga sin dejar de sonreír — ¿o después de la siesta me encontraré con que colgaste una pera?
— Estúpido —acusa la mujer sin sentirse ofendida por la fina ironía de su marido. De hecho ella también sonríe.
Adán deja el asunto en manos de su mujer, asumo yo que por ser una tarea de corte netamente decorativo. La observa un rato mientras se aleja y finalmente me tiende la mano.
— Perdón por las molestias ocasionadas, Bigud —me dice con expresión sincera —. Si yo te decía la verdad de entrada no ibas a venir.
— Sin rencores —contesto yo, que estoy bastante satisfecho con la experiencia vivida —. ¿Cómo me voy de acá?
— Tenés que caminar hacia el Oriente por ese sendero. Cerca del final vas a ver a los Querubines, y un par de kilómetros después te vas a topar con una reja de color negro que tiene una puerta dorada. Detrás de esa puerta está tu auto estacionado en el camino de tierra.
— ¿Eso es todo?
— No. Mucho cuidado con el Arcángel Gabriel. Casi siempre está cuidando la puerta. Si lo ves, escondete y esperá hasta que se duerma. Si te descubre, vos a mí no me conocés.
— ¿Y cómo lo reconozco?
— No es muy difícil. Tiene un tic en el ojo derecho, lo guiña todo el tiempo. Parece que te estuviera haciendo una propuesta sexual.
De pronto alcanzo a comprender en forma cabal todo lo ocurrido a lo largo del día, y no puedo más que sonreír.
— No te preocupes, tengo la sensación de que no me va a descubrir —lo tranquilizo.
— Eso espero. Y pensándolo bien, es lo mejor que le puede pasar. Si se entera y me manda a Siria se queda sin laburo —razona.
— Por supuesto. Si yo fuera él, te habría facilitado todo para que repongas la manzana —complemento yo mientras comienzo a caminar por el sendero que me sacará para siempre del huerto de Dios —. Hoy en día está bien difícil conseguir un laburo decente.
Ambos reímos a carcajadas. Él conmigo. Yo de él.
Tengan ustedes muy buenas noches.
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Actividades clandestinas,
Historias que no son cuentos
jueves, 3 de octubre de 2013
SWAMI
Síntesis del post: Redireccionamiento.
Estimados: Por falta de tiempo e ideas para publicar en dos sitios al mismo tiempo, hemos decidido trasladar el artículo del día de la fecha a Men in Blog (MIB). Aquí el link para aquellos que posean la fuerza y la decisión para hacer un clic.
SWAMI
Muchas gracias.
Tengan ustedes muy buenas noches.
viernes, 6 de septiembre de 2013
COLOQUIO SOBRE LOS FANTASMAS Y ALGO DE TETAS
Síntesis del post: Fantasmas de verdad. Teoría. Gente grisecita. La sombra. Comprobaciones. Vasos agitados. Las tetas. Reflexiones sobre el alma.
Porque según lo que yo pude saber, los fantasmas de verdad no son entes incorpóreos que aparecen y desaparecen en la cocina, el dormitorio o algún pasillo oscuro según su propio capricho, sino que se encuentran al alcance de nuestra percepción en forma permanente. Están por todas partes, pero ocurre que hay que saber mirar. Y eso no es para cualquiera. Primero hay que entender que no existe en ellos la voluntad de comunicar nada, no hay asuntos familiares pendientes o intrincados sueños de venganza. Ni siquiera está la intención pura y simple de asustar al primero que pase delante. La cuestión es muchísimo más compleja, no sé si me explico.
Todo esto lo dice mi amigo con profunda convicción y un aire profesoral bastante reñido con el vaso de whisky que sostiene en su mano derecha. Mientras tanto yo lo escucho, compongo mi célebre rostro de prestar atención y lo refuerzo acariciándome la barbilla como suelen hacer los psiquiatras cuando quieren ocultar su monumental desinterés. Sin embargo debo aclarar que la mía no es una postura falaz, la teoría me resulta atrapante a muchos niveles y me genera un sinfín de interrogantes que pienso plantear ni bien se me permita introducir un bocadillo. Muy cierto es que ello puede deberse al hecho de que yo también sostengo un vaso de whisky en mi mano derecha, pero no me parece justo ni oportuno comenzar con esa clase de acusaciones en esta etapa tan prematura del relato. Seamos indulgentes y veamos hacia dónde nos lleva esta simpática charla, que interrumpir no es de gente educada y para desacreditar siempre sobra el tiempo.
Ahora a lo nuestro sin más, que hoy hemos elegido la modalidad del diálogo y —creo yo— la lectura se hará un poco más amena para todos esos vagos que suelen espiar la extensión del texto antes de abordarlo de mala gana.
— ¿Pero entonces los fantasmas son de carne y hueso, se pueden tocar? —indago apenas se produce el primer silencio.
— No, no —se defiende él—. Los fantasmas sí tienen esa esencia holográfica que se puede apreciar en cualquier película de terror. Lo que pasa es que no andan apareciendo y desapareciendo todo el tiempo.
— ¿Y cómo se los distingue?
— Hay varias maneras, pero lo fundamental es que son como más grisecitos que la gente común.
— Nosotros también somos gente grisecita —replico luego de beber otro sorbo de whisky—. Somos dos ignotos con familias convencionales, trabajos poco estimulantes y problemas triviales tomando unos tragos en un bar de mala muerte.
— Sí, sí, pero yo me refiero al color —corrige—. Tienen un aspecto terroso como el de aquellas botellas —agrega señalando unos licores colocados en hilera sobre una repisa espejada.
— ¿Y además del color, qué?
— Bueno, te puedo decir que por lo general pululan en lugares muy concurridos —dictamina mientras alza su vaso vacío, agitándolo para que la chica que nos atiende haga contacto visual y proceda en consecuencia—, pero la gente no repara en su presencia. Pasan desapercibidos, como un mueble, una mosca o una botella.
— ¿Eso es todo?
— Creo que sí. Ah, no… y además no tienen sombra, lógicamente.
En este punto lo miro con extrañeza. Lo que me desconcierta un poco es el orden que ha elegido en su exposición. Quiero decir, a mí lo de la sombra no me parece un detalle menor, algo para agregar al paso luego de hacer un esfuerzo de memoria. Aspecto terroso tenemos todos, según quién nos mire y cómo lo haga. También pululamos en sitios muy concurridos sin que nadie repare en nuestra presencia. O al menos nadie que nos importe. Pero la sombra es la sombra, viejo. Viene de fábrica. Es presupuesto necesario de la calidad de persona, caramba.
— Por ejemplo, ahora mismo tenemos un fantasma entre los presentes —prosigue misterioso al tiempo que ojea solapadamente los pechos de la señorita que llena los dos vasos—. Con los parámetros que te acabo de dar ya estás en condiciones de adivinar quién es.
— ¿Acá en el bar? —pregunto algo inquieto.
— Sí. Vamos a ver si aprendiste a mirar —desafía con una media sonrisa.
— La chica que nos atiende no es —sentencio como apertura de mi investigación—. Esas tetas no tienen aspecto terroso ni pasan desapercibidas, y además proyectan una buena sombra.
— No, no es —confirma alzando su vaso en una suerte de brindis imaginario—. Las tetas, no esas tetas sino las tetas en general, no tienen aptitud fantasmal.
— ¿Entonces una señorita con buenas tetas no puede morirse y volver como fantasma? —pregunto yo con algo de pena.
— Si son genuinas, no. Pero si tiene prótesis las pueden remover y mandarla de vuelta como una tabla —explica haciendo gala de una sabiduría bastante discutible.
Apuro mi whisky y comienzo un minucioso examen de la concurrencia. Una parejita joven que discute tomada de la mano, una señora con aspecto de estar buscando a su hija rebelde, tres chicas no demasiado agraciadas, un grupo de amigos abordando en la barra a una señorita cuyos atributos carecen de la más absoluta aptitud fantasmal, un calvo que bebe un chupito tras otro. No mucho más. Gente no muy grisecita en el sentido estricto de mi búsqueda.
— No hay caso, no lo veo —confieso desalentado.
— Hay que observar con calma —contesta él mientras reclama otra ronda agitando el vaso.
De pronto reparo en un caballero parado en el extremo más alejado de la barra. Debe tener unos sesenta o sesenta y cinco años. Es un mozo que otea cada rincón del establecimiento aguardando paciente que alguien lo llame a su mesa. Pero algo no encaja en la situación. Es un mozo de restaurante, vestido con un pantalón negro muy gastado y una camisa celeste de mangas cortas. Y tiene una bandeja redonda y plateada aferrada debajo de la axila.
Ahora bien, esto es un bar. Un bar nocturno. Y por lo que he notado en el largo rato que llevo sentado, para atender en este sitio hay que ser mujer, joven, bien bonita y con muy buenas tetas. Cero actitud y aptitud fantasmal.
— El mozo —susurro como queriendo evitar que me escuche.
— Sin duda —asiente él con una satisfacción casi paternal.
— ¿Vos decís que si me paro y me acerco no va a tener sombra? —indago dejando entrever que el de la sombra es el único detalle al que asigno un carácter confirmatorio.
— No tiene —asevera—. Pero si te vas a arrimar que sea sin que lo note.
— ¿Por qué?
— Porque se va a escapar para la cocina y ya no lo vamos a ver más. Y yo quiero estudiarlo un rato.
Comprendo el argumento pero aun así necesito una comprobación, por lo tanto me pongo de pie y me acerco dando algunos rodeos para despistar. Sin embargo cuando estoy todavía a unos cinco o seis metros de distancia se da media vuelta y se escabulle por una puerta que, supongo, conduce a la cocina.
— Te dije que se iba a escapar —me amonesta apenas regreso a mi asiento con el semblante abatido.
— Ya va a salir, vas a ver —me defiendo con la mirada fija en la puerta.
— No. Lo perdimos.
No le presto atención. En cambio reflexiono unos segundos acerca de esa posición de frontera que asume el alma cuando pierde el albergue del cuerpo y no acaba de fundirse en el éter. Ese estado al que asignamos una individualidad y dotamos de un nombre. Un fantasma, decimos con total naturalidad. Y no importa si luego nos enrolamos en la teoría de la aparición o pensamos que está allí todo el tiempo, por fuera de nuestra percepción.
Sin embargo el tema finalmente se agota y la velada se desvía hacia asuntos más mundanos. Las horas transcurren y la noche comienza a esfumarse entre vasos agitados y amenos contrapuntos.
— Me parece que no te creo —confieso en un rapto de sinceridad.
— ¿Qué cosa, Juan?
Mi amigo me dice Juan porque yo, en efecto, me llamo Juan. No sé si lo dije alguna vez.
— Lo del fantasma.
— Ah… eso. Allá vos.
La señorita sin aptitud fantasmal responde una vez más al llamado del vaso. Sirve de muy buen modo, aunque sugiere amablemente un punto final. Una botella y tanto le parece suficiente para una sola noche.
— ¿Te puedo hacer una pregunta? —le dice mi amigo con una mirada desinhibida.
— Por supuesto —concede ella.
— ¿Acá trabaja algún mozo hombre?
— No, somos todas chicas.
En el rostro se le dibuja la satisfacción del triunfo, pero no parece querer regodearse.
— ¿Y las tetas te vinieron de fábrica o las pagaste? —se despacha casi de inmediato.
Ella lo observa mientras enrosca la tapa de la botella. No está ofendida, lo hace sin dejar de sonreír. Sin embargo se percibe que evalúa la estructura de su respuesta.
— Ni lo uno ni lo otro —responde por fin—. Pero la pregunta estuvo de más. Hiciste dos.
Mi amigo sonríe con la vista perdida en el posavasos.
— Es fija que vuelve como una tabla — murmura una vez que ella se retira.
Me lo dice a mí, y sin embargo yo no le presto atención. En cambio reflexiono unos segundos acerca de esa posición de frontera que asumen las tetas cuando no son del todo propias ni del todo ajenas.
— Al fin y al cabo que vuelva como le de la gana. Pero que vuelva —sentencio luego de interminables minutos de meditación.
Y que el fantasma se quede en la cocina. Esto lo agrego ahora, mucho más lúcido y menos propenso a las actitudes y aptitudes fantasmales.
Tengan ustedes muy buenas noches.
miércoles, 21 de agosto de 2013
NO HAY POCIONES PARA EL AMOR
Síntesis del post: Heme aquí. Pedido de disculpas. Cascotes. Carla la abogada. Ordóñez el taxista. El cosmos. Las oportunidades. Final.
Heme aquí. Ante todo deseo pedir disculpas por estas insoportables dilaciones con las que vengo atormentando a nuestra ya maltrecha relación virtual. Perdón, no tengo excusas. O mejor dicho sí las tengo, ocurre que no quiero interponerlas. Prefiero soportar estoico los cascotes de la afición antes que abrir una instancia de debate sobre los hechos catastróficos que eventualmente decidiera presentar en esta mesa y que, casi con seguridad, serían el fundamento de una de esas colosales mentiras que solo invento en aquellas ocasiones en que —precisamente— no estoy de ánimo para soportar estoico los cascotes de la afición.
No. No pienso mentirles. Primero porque soy un hombre de bien, y segundo porque en este momento ya tengo cuatro o cinco mentiras en curso en otros planos de mi vida, y cuando supero la cuota aconsejada se me empiezan a traspapelar las excusas. Triste espectáculo sería que llegara yo a este humilde espacio luego de dos meses de silencio atroz y arrancara diciendo lo que tenía pensado decirle, pongamos por caso, a mi jefe. O viceversa. Bueno, la verdad es que tampoco tengo jefe, pero si lo tuviera supongo que no vería con buenos ojos que me despachara con que no pude cumplir las promesas que dejé por escrito porque no he hallado en la profundidad de mi espíritu la más mínima motivación. En el mismo sentido asumo que quedarían ustedes embargados por el más absoluto desconcierto si alegara que no me hice presente en este sitio porque me doblé el tobillo mientras bajaba del colectivo. Y ni entremos a considerar si además tuviera la pretensión de que se hicieran cargo del tratamiento médico por haber ocurrido el accidente de camino a mis labores literarias. El desconcierto devendría en indignación, estupor o incluso ira, y todos sabemos bien que de la indignación, el estupor y la ira a los cascotes existe un pequeñísimo paso.
En fin… el sentido de esta modesta introducción es, de más está decirlo, eximir a la afición de una colosal mentira, una excusa en falsa escuadra en cuanto al tiempo, la forma y el destinatario, un profundo desconcierto y un más que seguro ataque de ira, dejando así el camino libre para los cascotes puros y simples, que por cierto son los que me gusta recibir a mí. Porque acá las cosas, si van a hacerse, se harán como a mí me gusta. Después de todo soy el dueño de casa, qué tanto.
Ahora a lo nuestro sin más, que de pronto alguno se lo va a tomar en serio y me va a poner a dormir antes de que cuente la historia que vine a contar. Porque al fin y al cabo a eso vine, no sé si lo dije.
Bien.
Carla tiene veintisiete años y es muy linda. Eso es lo primero que se puede decir de ella, y para ser del todo franco, la mayoría de las veces también es lo único. No porque no posea otras cualidades, que no se malentienda. El caso es que su belleza es tan simple, tan descriptible, que uno sucumbe a la tentación de encerrarse en ese relato. Sin embargo en esta ocasión, nosotros, que estamos bien entrenados en el complejo arte de decir, tenemos la obligación emprender un esfuerzo superador, ya que es imprescindible a los fines de este artículo el logro de un panorama más acabado. A ello nos dedicaremos ahora, sin más prolegómenos.
Decía entonces que Carla es muy linda. Y lo decía así, de un modo tan desabrido, para evitar expresiones eufóricas reñidas con el tono formal y prolijo que pretendo imprimir al presente escrito. Pero lo cierto es que está buenísima. Más buena que mirar la tele en calzones. Solo. De noche. Con una botella de whisky y una bolsa gigante de papas fritas. Morocha, ojos verdes muy claros, rostro angelical y curvas endemoniadas. Todo en ella exhibe esa dualidad, la posesión y el ejercicio de la belleza como obsequio y peligro. Una gema de incalculable valor, al alcance de cualquier mortal.
Pero Carla no solo es linda. Además es inteligente. Abogada recibida en la UBA con un destacadísimo promedio, más de un posgrado en el exterior y flamante socia de un prestigioso estudio jurídico que le permite desarrollar todo su potencial y le regala algunas horas muertas para continuar avanzando en la carrera de psicología, pasión que se le despertó algo tarde en su vida, cuando ya lidiaba con demasiadas obligaciones y ejercía muy pocos derechos.
En lo personal es bastante reservada, aunque posee una nutrida agenda social. Vive sola en un departamento propio ubicado en alguno de los múltiples palermos que existen hoy en la ciudad de Buenos Aires. Durante la semana divide el tiempo libre entre sus amigas, algunos cursos que la entretienen y unos cuatro o cinco caballeros con los que se ve alternativamente, de acuerdo a su estado de ánimo y necesidades, y que —dicho sea de paso— también la entretienen. Casi todos los domingos almuerza con sus padres y hermanos en la casa que los primeros poseen en Villa Devoto (barrio en el que nació y se crió), para luego matar las últimas horas del día en el gimnasio.
Y creo que con esto es suficiente. Por el momento no necesitamos saber más de ella, salvo, quizás, que en este preciso instante se encuentra parada en la esquina de la calle Honduras y otra que no pienso revelar (sé de sobra que algunos de ustedes serían bien capaces de intentar un acercamiento) a la espera de que aparezca un taxi.
Ordóñez es santiagueño, aunque vino a la ciudad con sus padres siendo muy niño. Tiene cincuenta años pero parece de cincuenta y cinco, y podemos decir de él que es bien feo. Morocho, cabello entrecano y rostro regordete dominado por una gruesa nariz y un labio inferior inusualmente carnoso. Es morrudo, algo panzón, de baja estatura, brazos muy cortos y unas manos sufridas y callosas que delatan una existencia consagrada al sacrificio.
Hombre de pocas luces y escasa preparación trabajó buena parte de su vida en la construcción, hasta que algunos inconvenientes de salud lo obligaron a incursionar en rubros menos relacionados con el esfuerzo físico. Hoy por hoy es peón de taxi, actividad que le permite una subsistencia modesta pero digna.
Vive en Temperley, en un monoambiente que le dejó su madre al morir. Es viudo y tiene dos hijos que rara vez lo visitan. Como trabaja de sol a sol dedica poco tiempo para las amistades, pero frecuenta a una señora de la que nadie —ni siquiera este humilde servidor— puede aportar demasiadas precisiones.
Y creo que con esto es suficiente. Por el momento no necesitamos saber más de él, salvo, quizás, que en este preciso instante circula por la calle Honduras en busca de un último pasajero que equilibre las cuentas de la jornada.
Y en este punto llegamos a la escena —entre misteriosa y fantástica— que hemos venido a describir, por cierto muy brevemente.
Sin alzar la mirada, Carla susurra una dirección mientras revisa los mensajes recibidos en su teléfono móvil. Ordóñez recibe la instrucción en silencio. Germina en su mente la semilla de un recorrido.
De pronto la abogada acaba su revisión, regresa al universo de lo presente y percibe al taxista. Entonces sus ojos se petrifican, su respiración se torna entrecortada y su razón se extravía en peligrosos laberintos. Perversos y desconocidos mecanismos comienzan a operar en su mente y en su espíritu (si es que ambos fueran cosas distintas), colocándola de cara a un problema que trasciende la órbita de lo físico.
Tenemos ahora a esta estudiante de psicología inflamada por nuestro ex obrero de la construcción. Inflamada en cuerpo y alma, así que hablamos aquí de una inflamación compleja. De las que no se ven todos los días.
La dama deja vagar sus ojos por algunos segundos y luego inicia su ataque a la trinchera con una multiplicidad de gestos que, sin embargo, resultan ilegibles para el impensado galán. Ocurre que de vez en cuándo —muy de vez en cuando— un rayo de sol oportunista e intrépido se cuela por donde no debiera y rebalsa con su luz a uno o varios pares de ojos inhábiles para lidiar con la claridad. Y es que existe un territorio en el que la frontera entre lo poco probable y lo imposible se torna tan difusa que la percepción se abandona a sí misma hasta el punto, no ya de asumir aquella tenue probabilidad como algo inviable, sino de perder incluso esa capacidad de interpretar un hecho real y presente como cierto.
‘¡Correte cornudo!’
Gruñe Ordóñez un insulto arrabalero sintiéndose víctima de una encerrona. Existe con idénticos bríos en la mente de su embelesada pasajera, aunque en un plano —si se quiere— mucho más horizontal. Sin embargo ninguna señal, por evidente que fuera, bastará para que se percate de esa diminuta y transitoria ventanita que el universo acaba de abrir en su provecho. No, no lo hará. De hecho su comportamiento parece tozudamente orientado a cortar a mordiscones los delicados hilos del encanto. Insultos, ingesta de uñas y exploración de las fosas nasales entre otras tantas delicadezas. Un creativo repertorio para ahuyentar hasta el último rastro de cualquier apetito físico o espiritual, que por alguna misteriosa razón que no está en mi ánimo desmenuzar, no cumple con su inconsciente cometido. En lo absoluto.
‘Te dejo en la esquina piba, porque más adelante esta se hace contramano.’
Sentencia Ordóñez el final del recorrido. Rutinario. Impiadoso. Ignorante de que ha intrusado una mente prodigiosa, excitado un físico fulgurante y desairado un amor ofrecido por el cosmos en bandeja de plata. Y sin embargo tan ajeno a las culpas, tan inmune a cualquier índice justiciero que quisiera atribuir alguna clase de responsabilidad, por mínima que fuera.
Dicen las malas lenguas que las mejores oportunidades que nos regala la vida, ya sea por negligencia, impericia o desidia, acaban pasando desapercibidas. No me atrevería a refutar semejante máxima. Lo que sí quisiera agregar es que algunas veces —quizás la mayoría— el cosmos nos bendice con la posibilidad de ignorar también la inmensa tragedia que esa pérdida acarrea. Y eso no es poco.
Y creo que hasta aquí el relato de hoy. No tengo mayores comentarios ni sesudas reflexiones que agregar. No existe una moraleja. Era la pura y simple voluntad de contar una historia. Después de tanto tiempo.
Un caballero se desliza dentro del taxi justo antes de que Carla cierre la puerta. Le agradece con una media sonrisa.
– Qué criatura me sacó a pasear jefe, eh –comenta el caballero mientras la observa alejarse calle abajo –. Tremendo culo.
– Sí, una bestia impresionante –responde Ordóñez en un balbuceo casi poético –. Pero esas yeguas son siempre carne de empresarios y políticos.
El taxista escucha la indicación de su nuevo pasajero y gira en ‘U’ de forma repentina.
– ¡Mirá por el espejo infeliz! –le grita un conductor que casi lo embiste.
– ¡Agarrame la garcha! –replica el poeta.
Tengan ustedes muy buenas noches.
PS: Como verán he cumplido (tarde) con lo del artículo largo y tedioso. Pero por ahora no me voy nada. Es todo lo que tengo para decir sobre el particular. Quedan ustedes debidamente notificados.
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viernes, 28 de junio de 2013
POTENTE GEN
Síntesis del post: Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo muy de vez en cuando subo un Potente Gen.
Estimados:
Nos toca hoy, a escasas 72 horas de cumplir cinco años en el aire, analizar el que muy probablemente sea el último Potente Gen en la breve historia de este humilde espacio. Es cierto que vamos quedando pocos, y que dentro de esos pocos, más de la mitad no deben estar al tanto de las reglas de la sección, pero así están dadas las cartas y con ellas debemos jugar. Yo expongo las imágenes; los que se acuerden el procedimiento se dedicarán a juzgar, y los que no sepan de qué se trata se copiarán de algún compañero. Nada que no hayan hecho en su época de estudiantes.
A lo nuestro sin más.
Gen Phoenix

Joaquin. Hermano.

Rain. Hermana.

Ambos dos.
Entiendo que existe poco margen para la discusión, así que lejos de exigir con amenazas la aprobación que el exponente merece, pasaré a realizar un último anuncio que nada tiene que ver con el tema en cuestión.
Como dije al comienzo, el día lunes 1 de julio cumplimos cinco años en el aire (aunque esta última etapa haya sido, por decirlo de alguna forma, intermitente). En el transcurso de la semana —cuando no el mismo lunes— colgaré un artículo largo y tedioso que, casi con seguridad, será el último. O no. No sé. Pero en principio esa es la intención. De ese modo pararé de pensar que tengo que escribir algo cuando en rigor de verdad no ‘tengo que’ nada. Luego simplemente dejaremos todo librado a la reconocida volatilidad de mi estado de ánimo.
Quedan ustedes debidamente notificados.
Y ahora me voy contento, porque es viernes. Y los viernes yo almuerzo solo. Y como lo que se me antoja. Y me tomo un vinito chico con soda y hielo. Y postre. Y café, si dan.
Tengan ustedes un nostálgico fin de semana.
miércoles, 22 de mayo de 2013
MI ASESINO SERIAL
Síntesis del post: Una empanada. Norteña. Dilaciones. Un asesino serial. Hábitos y costumbres. Conclusiones.
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El hombre come una empanada. Lo digo así, sin prolegómenos, porque hoy no contamos con demasiado tiempo para descripciones. No sé, imaginen que el mediodía nos encuentra en un restaurante céntrico. O en un bar, mejor en un bar. Un bar de esos que tienen una barra repleta de gente taciturna que no puede darse el lujo de comer sentada, que no tiene tiempo que perder. Apremiada por las circunstancias. Igual que nosotros, no sé si lo dije. Justamente por eso es que, a pesar de que cada vez que les pido algo lo hacen mal, o directamente no lo hacen, los puse a imaginar en lugar de pintar la escena a mi propio gusto y placer.
Decía entonces que el hombre come una empanada. Una empanada de carne. Cortada a cuchillo. De esas que chorrean lava con cada mordisco, arrancando algún insulto perdido y obligando a cambiar de inmediato la mano que las sostiene. Debe ser —imagino— una empanada norteña. De Santiago del Estero, de Salta o de alguna de esas nobles provincias que se toman el asunto muy en serio. Casi como un arte.
¿Cómo dice?
No, no creo que sea una empanada sureña. Si bien asumo que en el sur se comen empanadas igual que en el resto del territorio nacional, tengo entendido que el modo de preparación no es algo que haga al orgullo o la autoestima de ninguna de sus provincias. Por otra parte tampoco creo que el tipo de relleno sea el mismo que en el norte.
No sé, qué quiere que le diga, no soy un experto. Pero imagino que debe salir mucho la empanada de cordero. Y más al sur, en la zona de lagos, la de trucha. Y en la parte norte de la isla Grande de Tierra del Fuego, la de Ona.
En fin… en cualquier caso ya lograron desviarme del tema principal de este humilde artículo. Como siempre. Si se hubieran quedado callados por una vez en la vida, en lugar de adentrarnos en este catálogo de comidas típicas que presenta poca o ninguna utilidad, yo podría haber pintado la escena con mucho más detalle. Pero bueno, ya malgastamos el tiempo. Tiempo que en rigor de verdad no tenemos, no sé si lo dije.
Ahora a lo nuestro sin más, que se enfrían las empanadas.
Tenemos a este hombre que come una empanada norteña (no sureña) en la barra de un bar repleto de gente taciturna que no puede darse el lujo de comer sentada. Y eso es todo lo que dijimos hasta ahora, aunque no por culpa mía.
El caso es que algo en el rostro de este hombre nos llama poderosamente la atención, y luego de observarlo durante largos minutos con estudiosa dedicación logramos comprender la esencia misma de nuestro pálpito. Es el rostro de un asesino serial. Mejor dicho, lo que imaginamos sería el rostro de un asesino serial. O lo que yo imagino, porque si bien les pedí específicamente que se dedicaran a esa actividad, lo único que han hecho ustedes hasta el momento es molestar. Por lo tanto a partir de este instante procedo a relatar en primera persona del singular. Es lo que se ganaron.
El de un asesino serial es un rostro afable y sin asperezas. Uno entre miles. Un rostro sin potencia, sencillo y desabrido al primer examen del ojo distraído. Y sin embargo, aun en ese marco, posee una nota de furia. Una furia indefinible que no hace nido en ningún elemento específico, en ninguna de sus facciones. No podemos hablar de unos ojos rabiosos o un semblante intimidatorio. La furia está ahí, aunque es imposible alzar un índice acusador. Su percepción es un salto al vacío, un acto de fe, un desborde intuitivo inconfesable.
Entonces ya tenemos a nuestro asesino serial. Mejor dicho, ya tengo a mi asesino serial. Debo confesar que siempre quise tener uno a mano, pero no con el afán de adentrarme en la turbulencia de su mente, sino para analizarlo en sus hábitos y costumbres más básicos, en su cotidianeidad. Es decir, no deseo conocer cómo elige este hombre a sus víctimas, ni las características físicas que estas deben presentar para transformarse —precisamente— en víctimas. No me interesa saber si mata una vez por semana o tres veces al año, y lo mismo da si lo hace con una itaca recortada, un cuchillo de supervivencia o unas medias can can. El núcleo de mi trabajo de campo del día de la fecha consiste en observar cómo devora una empanada de carne. Norteña, no sureña. Para ser más preciso, cómo se desenvuelve en su vida cotidiana cuando no está pensando en volarle la cabeza de un tiro a un pastor luterano, seccionar con su cuchillo la aorta de un contador retirado o asfixiar a una prostituta con sus medias can can. Y nada más.
Procedo a exponer mis conclusiones aquí y ahora:
No existe ninguna diferencia. Sí, así como lo oye. No existe ninguna diferencia entre el modo en que un asesino serial devora una empanada de carne norteña (no sureña) y el modo en que usted realizaría esa misma actividad. Sus cotidianeidades, al menos en lo referido a la manipulación y posterior ingesta de una empanada norteña (no sureña) poseen un asombroso parecido, lo que equivale a decir que existe una inquietante coincidencia en el modo de satisfacer por lo menos uno de sus instintos más primitivos.
Dicho de otro modo, usted es un individuo potencialmente peligroso. Eso en el mejor de los casos, porque también puede ser que esté leyendo esto con unas medias can can ocultas en el bolsillo interno de su abrigo. Nunca se sabe.
‘Sus conclusiones son puras patrañas’, podrá decir usted, que se ufana de haber estudiado en la universidad los distintos tipos de falacias del argumento.
Sin embargo no obtendrá de mí —al menos por el momento— retractación alguna.
‘Al fin y al cabo usted no hizo más que seleccionar a un pobre diablo cualquiera y transformarlo en un asesino serial basándose en una mera intuición. Y luego utilizó una empanada de carne norteña (no sureña) como vehículo para crear cientos o incluso miles de nuevos asesinos’.
Eso agregará usted frente a mi obstinado silencio.
Permítame una preguntita… ¿usted cree que esto está siendo leído por cientos o miles de personas? Concedo que puedo haberme excedido en el asuntito ese de tildarlo de asesino serial, pero admita que ando bien rumbeado en la búsqueda de algún severo desorden mental.
‘¿Y por casa cómo andamos?’ preguntará usted esgrimiendo una ironía de lo más precaria.
No sé, a mí me gustan las empanadas sureñas.
Y sí, leyó bien, más arriba hice referencia a las empanadas de Ona. Sepa que son tan comestibles como cualquier otro indiecito.
Tengan ustedes muy buenas noches.
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