
Como es habitual en el devenir de este humilde espacio, hoy me presento ante ustedes resuelto a desarrollar un asunto de la más cruda actualidad. En mi opinión, si uno no aborda los temas que dominan el centro de la escena en un momento dado, si no transita con habilidad los vericuetos de la coyuntura, todo aquello que tenga para decir o para contar acaba perdiendo entidad en la mente del vulgo. Y yo no puedo darme ese lujo.
A lo nuestro entonces.
Resulta que tengo una prima. Bueno, una sola no. En rigor de verdad tengo varias primas, pero la que me importa en esta ocasión es ella. No, tampoco es que las demás no me importen, no tergiverse mis dichos. Lo que quiero expresar –parece que sin demasiado éxito- es que no todas mis primas son relevantes a los fines de este artículo. Más aun, solo una lo es. Por eso comencé el párrafo diciendo que tengo una prima, aunque en rigor de verdad tengo varias. Pero si usted desea creer que tengo una sola, adelante, hágalo. Me viene como anillo al dedo. Porque no sé si le dije que solo una de ellas es relevante a los fines de este artículo. Sin embargo, lo que sí es de vital importancia para el normal desarrollo de estas líneas es que si decide asumir que tengo una sola prima, esa prima sea la que –en efecto- es relevante a los fines de este artículo, y no una de las tantas que no lo son. Aunque ahora que lo pienso, usted no conoce a mis primas. Tendría que ser un individuo condenadamente retorcido para inventarme una prima distinta de la que pretendo transformar, ni bien logre poner fin a esta modesta introducción, en la materia principal de mi análisis.
Medite muy bien lo que va a hacer. Confío en usted.
Ahora sí, a lo nuestro.
Resulta que tengo una prima. Dieciocho años tiene, ella. Y también tiene un novio. Un novio nuevo. El hombre, el imberbe –veinte años tiene-, es pintor. Pero no un pintor de brocha gorda. No. Es un artista. O eso pretende. Y por el simple hecho de serlo, o pretender serlo, es mirado con desconfianza por la plana mayor de su familia política. O sea, mi familia de sangre.
Qué injusticia.
Deseo dejar a salvo mi buen nombre y honor de cualquier cuestionamiento que pueda estar gestándose en la cabeza medieval de alguno de mis lectores. Yo lo miro con buenos ojos. El hombre, el imberbe –veinte años tiene-, es un artista. O pretende serlo. Y yo comparto esa pretensión, aunque en una rama más modesta del arte. Dicen los que saben que combinar palabras es más sencillo que combinar colores, aunque ninguna de estas dos actividades pueda compararse con el arte de combinar notas musicales.
En fin… son puntos de vista. La cuestión es que el imberbe cuenta con mi beneplácito. Debe ser por eso que busca refugio en mi compañía en cada reunión familiar.
- ¿Ya la pintaste desnuda?
- ¿A quién?
- A mi prima. Si no la pintaste desnuda, quiere decir que nunca la viste. O la viste y no la miraste. Y si la miraste y no la pintaste, quiere decir que no sos un artista. Pero sobre todo, que solo te interesa el sexo. Porque no creo que solo hayas mirado. Así que decime, ¿la pintaste o no la pintaste?
- …
- Sí o no.
- No.
- Pero sos un artista.
- Sí.
- Entonces tenés pensado pintarla.
- …
- Sí o no.
- Sí.
- Cuando eso pase, quiero que nunca en tu vida reveles la existencia de ese cuadro. A menos que ya lo hayas pintado y no me lo estés diciendo, cosa que me pondría muy pero muy contento, porque querría decir que entendiste mi punto. En serio… ¿ya lo pintaste?
- …
La cuestión –les decía- es que el imberbe cuenta con mi beneplácito. Lo que no termino de comprender es por qué ahora huye de mí en todas las reuniones familiares.
Tengan ustedes muy buenas noches.
PS: En breve reanudaré mis visitas por los espacios virtuales amigos y afines. Gracias por la paciencia.












