
Un caballero me saluda con efusión. Así, en plena calle Florida. En medio de los abrazos y las preguntas de rigor por el estado de salud de mis padres, mis hermanos y un perro que lleva fallecido casi doce años, por fin decide identificarse. Es un compañero del secundario. Un amigo perdido al que llamaremos Raúl, pero solo a los efectos de este artículo.
Raúl solía ser ese muchacho al que toda señorita hallaba atractivo. El que siempre se llevaba del boliche a la más linda con poco o ningún esfuerzo, mientras los demás debíamos batallar en contra de nuestra apariencia física y completa ausencia de imaginación en orden a conseguir una precaria charla que rara vez superaba los cuatro o cinco minutos. Su pelo rubio, sus ojos verdes, su altura, su elegancia y su extrema simpatía lo transformaban en la punta de lanza de un grupo que, salvo por sus reconocidas proezas, demostraba una ineficacia preocupante en materia amorosa. Por lo general era esa punta de flecha la que lograba penetrar a las víctimas (si se me permite la ingeniosa metáfora), mientras que el resto de la flecha era cortada de raíz y descartada para que los perros jugaran con ella. El resto de la flecha éramos nosotros, claro está.
Ese es el recuerdo que conservo de él. De esa época fantástica de nuestra vida.
Sin embargo, hoy en día Raúl está hecho pelota, hablemos sin eufemismos. De aquella dorada melena de antaño solo quedan unos pocos centenares de cabellos desteñidos, tímidamente aferrados a la nuca. Unos mofletes desproporcionados, redondos y sudorosos le entrecierran los ojos, convirtiendo el color verde de los mismos en un dato de menor relevancia. Y tiene panza. Una panza inmensa y gelatinosa que deforma las rayas celestes de su camisa y expulsa buena parte de ella por fuera del pantalón. Dicho sea de paso, ese detalle, unido a las costuras vencidas de los zapatos y la mancha de tuco en el saco deshilachado, atenta con un éxito clamoroso contra su histórica elegancia. Raúl es, en pocas palabras, una sombra de lo que alguna vez fue. Sin embargo, a juzgar por el trato que me dispensa, debo admitir que su simpatía está intacta.
Soy abogado, me dice. Tengo un estudio propio y me va bastante bien. ¿Viste el caso del avión que cayó en el pacífico? Bueno, lo agarré yo. Presionamos a la compañía aérea, al seguro y arreglamos por un montón de guita. Estoy forrado. Ahora laburo para no quedarme en casa.
Asiento con una sonrisa y le palmeo la espalda. No se me ocurre otra cosa.
Me casé con la tana. ¿Te acordás de la tana?
No me acuerdo pero le miento. Si no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Pongo cara de entendido y todo.
El asunto es que de un tiempo a la fecha no estamos muy bien, agrega. Después del segundo pibe dejó de laburar, y una mina eléctrica como ella no puede estar sin nada que hacer. ¿Te acordás lo eléctrica que era?
Era tremenda, le digo. Y sacudo la mano izquierda como para reforzar mi cara de entendido. Porque yo cuando miento y no estoy acorralado pongo cara de entendido y todo.
Además se dejó estar, negro. Se puso gorda, y en vez de anotarse en un gimnasio se pasa el día entero haciendo cursos pelotudos. La verdad es que no da para más. Me quiero divorciar, pero no me decido a hablarlo.
De todo lo que me acaba de decir solo escuché la palabra ‘negro’. No me gusta que me digan negro. Ni negrito. Y mucho menos que me rodeen la espalda con el brazo mientras me apodan impunemente.
Igual me parece que a ella le pasa lo mismo.
No se me ocurre por qué puede ser, si estás hecho un pibe. Esto lo pienso pero no lo digo, por supuesto.
Ahora, acá entre nosotros te cuento que en el estudio tomé una secretaria nueva. Sabrina se llama. No sabés lo que está la pendeja. Veintidós años tiene. Me pone como loco. De vez en cuando me la empomo. Ahí nomás eh, en la oficina. La fui enroscando, y como es medio tiernita casi no tuve que hacer nada para convencerla. No hay nada como un buen polvo en el laburo, negrito. Después de almorzar.
Asiento con una sonrisa y le palmeo la espalda. No se me ocurre otra cosa. Raúl… la punta de la flecha. Y el resto de nosotros a entretener a los perros.
Venite a tomar un cafecito a mi oficina, me dice. Está acá a media cuadra. De paso la conocés a Sabri.
No se me ocurre ninguna excusa y accedo sin más. Si estoy acorralado no soy muy bueno mintiendo. Tartamudeo, miro para abajo y digo cosas inconexas.
Nobleza obliga. Saludo a Sabrina de pasada mientras caminamos rumbo al despacho de Raúl, y debo admitir que supera con creces mis cálculos más optimistas. Está más buena que meter la cara adentro del dulce de leche, y parece decidida a demostrarlo a través de su actitud y su ropa.
Creo que la tengo bien enganchada, dice Raúl guiñándome un ojo. Me quiere. Para ella soy como un súper héroe. Por ahí, quién te dice, junto valor, me separo de la tana y me la llevo a vivir a Punta del Este. No sé si te dije, pero estoy por comprar una chacra por allá. No quiero laburar más.
Sí, sos Batman, Superman y toda la liga de la justicia. Está enamoradísima. Se le nota en la carita. Se ve que la pendeja es tiernita y no sabe lo que quiere. Nadie mejor que ella para cumplir tu sueño de tranquilidad sempiterna. Esto lo pienso pero no lo digo, por supuesto.
De pronto suena el teléfono y Raúl me pide, negrito de por medio, que lo aguarde un minuto afuera del despacho, que por desgracia es un asunto delicado y privado.
Me siento en el único sillón que hay en la sala de espera, a escasos dos metros del escritorio de Sabrina, que charla animadamente con un muchacho joven mientras le firma unos papeles. Flaco, pelo largo, muchos tatuajes y un casco de moto colgando del codo derecho. Es evidente que es el cadete de alguna empresa, alguien que trae algo para Raúl.
La charla se extiende por varios minutos. Las dos charlas. La de Sabrina con el cadete y la de Raúl y su asunto delicado y privado.
¿Entonces venís a la fiesta Sabri? El sábado a las once, no te olvides de traer algo para tomar. Cualquier cosa.
Aprovecho el saludo (efusivo por cierto) para retirarme detrás del joven. Entramos juntos al ascensor.
Chau Sabrina, decile a Raúl que nos estamos viendo por ahí. Si no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Pongo cara de entendido y todo.
Está linda la nena eh, le digo para amenizar el viaje hasta la planta baja.
Esta del sábado no me pasa, sentencia.
Ya lo creo, me digo a mí mismo.
¿Sabés una cosa? Hace veinte años Raúl era como vos. La punta de la flecha.
¿La punta de la flecha? ¿Quién es Raúl?
Dejá nene… no me hagas caso. Raúl es el que entretiene a los perros.
Ah, un paseador…
Más respeto pendejo. Si tenés suerte y sos constante, en seis meses, un año a más tardar, vas a conocer Punta del Este gracias a Raúl.
Esto último lo pienso pero no lo digo, por supuesto.
Tengan ustedes muy buenas noches.












