Extraña sucesión de infortunios que, poco a poco, fueron minando mi voluntad hasta transformar aquel viejo anhelo de triunfo en esta pacífica convivencia con el fracaso.

lunes, 14 de marzo de 2011

LA PUNTA DE LA FLECHA

Síntesis del post: Un amigo. Pasado y presente. La punta de la flecha. Sabrina. Una chacra. El cadete. Un futuro posible.




Un caballero me saluda con efusión. Así, en plena calle Florida. En medio de los abrazos y las preguntas de rigor por el estado de salud de mis padres, mis hermanos y un perro que lleva fallecido casi doce años, por fin decide identificarse. Es un compañero del secundario. Un amigo perdido al que llamaremos Raúl, pero solo a los efectos de este artículo.

Raúl solía ser ese muchacho al que toda señorita hallaba atractivo. El que siempre se llevaba del boliche a la más linda con poco o ningún esfuerzo, mientras los demás debíamos batallar en contra de nuestra apariencia física y completa ausencia de imaginación en orden a conseguir una precaria charla que rara vez superaba los cuatro o cinco minutos. Su pelo rubio, sus ojos verdes, su altura, su elegancia y su extrema simpatía lo transformaban en la punta de lanza de un grupo que, salvo por sus reconocidas proezas, demostraba una ineficacia preocupante en materia amorosa. Por lo general era esa punta de flecha la que lograba penetrar a las víctimas (si se me permite la ingeniosa metáfora), mientras que el resto de la flecha era cortada de raíz y descartada para que los perros jugaran con ella. El resto de la flecha éramos nosotros, claro está.

Ese es el recuerdo que conservo de él. De esa época fantástica de nuestra vida.

Sin embargo, hoy en día Raúl está hecho pelota, hablemos sin eufemismos. De aquella dorada melena de antaño solo quedan unos pocos centenares de cabellos desteñidos, tímidamente aferrados a la nuca. Unos mofletes desproporcionados, redondos y sudorosos le entrecierran los ojos, convirtiendo el color verde de los mismos en un dato de menor relevancia. Y tiene panza. Una panza inmensa y gelatinosa que deforma las rayas celestes de su camisa y expulsa buena parte de ella por fuera del pantalón. Dicho sea de paso, ese detalle, unido a las costuras vencidas de los zapatos y la mancha de tuco en el saco deshilachado, atenta con un éxito clamoroso contra su histórica elegancia. Raúl es, en pocas palabras, una sombra de lo que alguna vez fue. Sin embargo, a juzgar por el trato que me dispensa, debo admitir que su simpatía está intacta.

Soy abogado, me dice. Tengo un estudio propio y me va bastante bien. ¿Viste el caso del avión que cayó en el pacífico? Bueno, lo agarré yo. Presionamos a la compañía aérea, al seguro y arreglamos por un montón de guita. Estoy forrado. Ahora laburo para no quedarme en casa.

Asiento con una sonrisa y le palmeo la espalda. No se me ocurre otra cosa.

Me casé con la tana. ¿Te acordás de la tana?

No me acuerdo pero le miento. Si no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Pongo cara de entendido y todo.

El asunto es que de un tiempo a la fecha no estamos muy bien, agrega. Después del segundo pibe dejó de laburar, y una mina eléctrica como ella no puede estar sin nada que hacer. ¿Te acordás lo eléctrica que era?

Era tremenda, le digo. Y sacudo la mano izquierda como para reforzar mi cara de entendido. Porque yo cuando miento y no estoy acorralado pongo cara de entendido y todo.

Además se dejó estar, negro. Se puso gorda, y en vez de anotarse en un gimnasio se pasa el día entero haciendo cursos pelotudos. La verdad es que no da para más. Me quiero divorciar, pero no me decido a hablarlo.

De todo lo que me acaba de decir solo escuché la palabra ‘negro’. No me gusta que me digan negro. Ni negrito. Y mucho menos que me rodeen la espalda con el brazo mientras me apodan impunemente.

Igual me parece que a ella le pasa lo mismo.

No se me ocurre por qué puede ser, si estás hecho un pibe. Esto lo pienso pero no lo digo, por supuesto.

Ahora, acá entre nosotros te cuento que en el estudio tomé una secretaria nueva. Sabrina se llama. No sabés lo que está la pendeja. Veintidós años tiene. Me pone como loco. De vez en cuando me la empomo. Ahí nomás eh, en la oficina. La fui enroscando, y como es medio tiernita casi no tuve que hacer nada para convencerla. No hay nada como un buen polvo en el laburo, negrito. Después de almorzar.

Asiento con una sonrisa y le palmeo la espalda. No se me ocurre otra cosa. Raúl… la punta de la flecha. Y el resto de nosotros a entretener a los perros.

Venite a tomar un cafecito a mi oficina, me dice. Está acá a media cuadra. De paso la conocés a Sabri.

No se me ocurre ninguna excusa y accedo sin más. Si estoy acorralado no soy muy bueno mintiendo. Tartamudeo, miro para abajo y digo cosas inconexas.

Nobleza obliga. Saludo a Sabrina de pasada mientras caminamos rumbo al despacho de Raúl, y debo admitir que supera con creces mis cálculos más optimistas. Está más buena que meter la cara adentro del dulce de leche, y parece decidida a demostrarlo a través de su actitud y su ropa.

Creo que la tengo bien enganchada, dice Raúl guiñándome un ojo. Me quiere. Para ella soy como un súper héroe. Por ahí, quién te dice, junto valor, me separo de la tana y me la llevo a vivir a Punta del Este. No sé si te dije, pero estoy por comprar una chacra por allá. No quiero laburar más.

Sí, sos Batman, Superman y toda la liga de la justicia. Está enamoradísima. Se le nota en la carita. Se ve que la pendeja es tiernita y no sabe lo que quiere. Nadie mejor que ella para cumplir tu sueño de tranquilidad sempiterna. Esto lo pienso pero no lo digo, por supuesto.

De pronto suena el teléfono y Raúl me pide, negrito de por medio, que lo aguarde un minuto afuera del despacho, que por desgracia es un asunto delicado y privado.

Me siento en el único sillón que hay en la sala de espera, a escasos dos metros del escritorio de Sabrina, que charla animadamente con un muchacho joven mientras le firma unos papeles. Flaco, pelo largo, muchos tatuajes y un casco de moto colgando del codo derecho. Es evidente que es el cadete de alguna empresa, alguien que trae algo para Raúl.

La charla se extiende por varios minutos. Las dos charlas. La de Sabrina con el cadete y la de Raúl y su asunto delicado y privado.

¿Entonces venís a la fiesta Sabri? El sábado a las once, no te olvides de traer algo para tomar. Cualquier cosa.

Aprovecho el saludo (efusivo por cierto) para retirarme detrás del joven. Entramos juntos al ascensor.

Chau Sabrina, decile a Raúl que nos estamos viendo por ahí. Si no estoy acorralado soy bastante bueno mintiendo. Pongo cara de entendido y todo.

Está linda la nena eh, le digo para amenizar el viaje hasta la planta baja.

Esta del sábado no me pasa, sentencia.

Ya lo creo, me digo a mí mismo.

¿Sabés una cosa? Hace veinte años Raúl era como vos. La punta de la flecha.

¿La punta de la flecha? ¿Quién es Raúl?

Dejá nene… no me hagas caso. Raúl es el que entretiene a los perros.

Ah, un paseador…

Más respeto pendejo. Si tenés suerte y sos constante, en seis meses, un año a más tardar, vas a conocer Punta del Este gracias a Raúl.

Esto último lo pienso pero no lo digo, por supuesto.



Tengan ustedes muy buenas noches.

miércoles, 9 de marzo de 2011

QUÉ SÉ YO... TODO EL MUNDO TIENE

Síntesis del post: Arenga.



Sea mi amigo en Feisbuc, ya que en el mundo real nunca lo seremos.

Le juro que jamás tendrá una noticia mía. Solo pretendo demostrar que puedo adaptarme.


Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: No, no pienso tutearlo.

viernes, 4 de marzo de 2011

POTENTE GEN 2011

Síntesis del post: Potente Gen, porque es viernes, y los viernes yo a veces subo un Potente Gen.

Podrán decirse muchas cosas de mí, lo sé. Y entre esas cosas que seguramente se dicen, ahí, camuflada por el medio, podrá decirse una más: Soy un tribunero nato.

Ninguno de ustedes podrá afirmar, sin que se le caiga la cara de vergüenza, que no sé leer las demandas del pueblo. Que no sé interpretar los gustos del vulgo. Que no soy veloz para sacar provecho de un éxito ni bien percibo que lo es. Estoy plenamente seguro de eso.

Y si alguno osara pensar que no he dado suficientes pruebas a lo largo de estos casi tres años, en este mismo instante le arrojo por la cabeza una nueva confirmación.

A lo nuestro entonces.


POTENTE GEN 2011

A modo de introducción deseo señalar que el PG ganador de este año surgirá de una única votación que se llevará a cabo en el mes de diciembre.

Y ahora, aclarado el sistema, abro la temporada con un exponente que pulverizará el ánimo belicoso de los disidentes consuetudinarios.

Gen Spears

Britney, hermana mayor.

Jamie Lynn, hermana menor.

Otra vez la mayor.

Otra vez la menor.

Las dos juntas, allá lejos y hace tiempo.

Tenemos el posteo en viernes, el lazo de sangre y el parecido físico sobrecogedor. Los requisitos están cumplidos, así que ahora es de ustedes el deber de materializar ese destino de aprobación unánime que ya se huele en el aire.

Los escucho.

Ah, perdón. Hablando de unanimidad… necesito, Señor Bugman, que pase por mi oficina la semana que viene sin falta para renovar el contrato de adhesión eterna al PG, que se encuentra vencido desde el día 31 de diciembre.

Dicho sea de paso, repasando el mencionado documento he caído en la cuenta de que usted no solo ha ignorado en forma sistemática el objeto principal del mismo (aprobación semanal obligatoria, automática y entusiasta), sino que también ha incumplido todas y cada una de las obligaciones accesorias. Según el punto cuatro, con la aprobación de cada nuevo exponente usted debía subir un video en su propio blog con una encendida celebración vestido de porrista. Y el punto siete le imponía el deber de promocionar la sección una vez por mes, más o menos con la misma desfachatez que ahora emplea para promover la utilización de aparatos de última tecnología y diversas redes sociales.

Soy un hombre pequeño. Supongo que a esta altura de los acontecimientos podremos olvidarnos de esas evidentes faltas y comenzar desde cero.

Lo espero.


Tengan ustedes un carnavalesco fin de semana.

martes, 1 de marzo de 2011

MI PAYASO

Síntesis del post: Un payaso. Mi payaso. Un voluntario. Dos caballeros y una señorita. El opuesto de un payaso. Reflexión final.



Me quedo mirando a un payaso. Estoy en el primer piso de un centro comercial, en un amplio salón dominado por el color blanco, con una gran variedad de juegos y espacio de sobra para que corran los niños.

Me quedo mirando a un payaso, decía. A un grupo de payasos, aunque a uno en especial. El número es sencillo, no demasiado imaginativo, pero los niños lo celebran con genuino entusiasmo. Una torta, un cachetazo, un tropezón, narices coloradas, pelos rizados y una diminuta bicicleta con su campanita. No hay faltantes ni sobrantes. Solo el material necesario para convocar una respetable cantidad de carcajadas infantiles. Está muy bien.

El payaso, mi payaso, pide un voluntario entre el público adulto. Es un buen payaso, tiene algo más que sus compañeros, algo que lo distingue y lo eleva, aunque yo no sepa explicar la razón. El caso es que, sumergido en esa idea, yo lo estaba observando con atención. Y entonces me mira, o me invita con la mirada. Discretamente, pero con energía.

Un voluntario es un individuo que produce un acto, pronuncia una frase o lleva a cabo una actividad más o menos prolongada, precisamente, en contra de su voluntad. Y entonces hace el ridículo. Esa es la definición personal que se trasluce en mis ojos durante los dos o tres segundos que dura el cruce de miradas; y el payaso, que es un buen payaso, que tiene algo más que sus compañeros, algo que lo distingue y lo eleva, se percata sin abandonar la discreción. Entonces su energía se concentra en otro adulto (uno de verdad) y el número prosigue sin mayores contratiempos.

Ahora estoy sentado en un banco a la salida del centro comercial. Estoy tomando una coca zero, y de pronto escucho una voz a mis espaldas:

–¿No te gustan los payasos? –indaga.

Enseguida reconozco a mi payaso.

–Me gustan –respondo –. Los que no me gustan son los voluntarios.

–Eso supuse.

Los dos permanecemos en silencio durante algunos minutos. Uno al lado del otro. Él fumando un cigarrillo, yo tomando mi coca zero.

En ese lapso pasan dos caballeros. Tendrán unos cuarenta y cinco años. Teléfonos móviles en mano, chombas de marca, bermudas de tela y calzado oneroso. Se cruzan con una señorita (muy bonita ella) y la abordan en grupo. Le cierran el paso, le dicen un par de estupideces y medio en broma medio en serio la invitan a pasear en un auto importado que, dicho sea de paso, es cierto que les pertenece. Una vez descartados por la dama le espetan alguna frase un poco más agresiva y se alejan palmeándose las espaldas, riendo a carcajadas, como los niños de hace rato.

–¿Sebés cuál es el opuesto de un payaso? –desafía mi payaso con la vista clavada en el horizonte.

–No tengo la más pálida idea –respondo yo, que no tengo la más pálida idea.

–Un pelotudo.

Aguardo la explicación en silencio, porque la idea me parece interesante.

–El payaso, el verdadero payaso, es un tipo triste. Y eso no es ningún cliché, no te engañes. Parece, pero no lo es. El payaso tiene su repertorio, pero lo reserva para el escenario. Después vuelve a su casa en colectivo, todavía con la cara pintada, algo desteñida por el sudor. Se toma dos o tres ginebras en un bar mientras piensa en alguna novia del pasado. O en una esposa que se fue de la casa una tarde, con una valija rota y tres pibes a cuestas, sin dejar siquiera una nota. O en alguna desgracia de esa calaña. Cuando se le acaba la plata que ganó en el escenario camina media hora por una calle de tierra hasta su casa. Abre una reja oxidada, atraviesa un jardín sin flores, se tira en un sillón apolillado y mira televisión hasta que se queda dormido. Y no se nota que es un payaso hasta la mañana del día siguiente. El payaso, el verdadero payaso, siempre es capaz de divertir al día siguiente. Es un tipo triste, sí, pero tiene el escenario. Esa es su redención.

–Interesante –respondo, porque es interesante.

–En cambio el pelotudo, el verdadero pelotudo, es un tipo alegre. Es jodón, gritón y bien predispuesto. Y también tiene su repertorio, aunque es incapaz de reservarlo para una ocasión especial. Es pelotudo a jornada completa, porque para poder ejercer con propiedad, tiene que serlo todo el tiempo y en todas partes. Si se cruza con una mina, la enfurece. Si se toma dos o tres ginebras, no piensa en nada; pelea o vomita. No hay un escenario para los pelotudos. Para que dejen de serlo aunque sea por un rato. Y para colmo su condición se les nota, se les nota de lejos. Por eso la tragedia de ser un pelotudo es que no hay redención posible, ¿entendés ahora?

–Entiendo, sí –contesto convencido.

–Ahora si me permitís, mirá lo enojada que quedó esa pobre piba. Necesita alguien que la consuele un poco, y como a vos no te gusta el papel de voluntario...

Dicho esto se levanta, se despide con un guiño casi imperceptible y avanza sobre la señorita con su pintura desteñida, sus pelos rizados y su nariz colorada. Al cabo de unos segundos la chica sonríe, taconea un poco y finalmente escribe algo en un papelito con su lápiz labial.

Supongo que esta pequeña charla me habrá enseñado algunas cosas que, con tiempo y ganas, me ocuparé de meditar. Por lo pronto creo que me veré obligado a reformular mi estúpida definición de lo que es un voluntario.




Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 24 de febrero de 2011

UN REFUGIO

Síntesis del post: Una playa. Un refugio. El viento. Dificultades. Un artículo de apertura. Un agradecimiento fallido.



Una playa semidesierta. Un día de sol pleno. Agua transparente. Calor moderado, bien lejos de aquellas sofocantes temperaturas de fines de diciembre y principios de enero. La pintura no podría ser más apropiada, si no fuera por un pequeño detalle: Es mi último día de vacaciones. Y tal vez, también, porque el viento arrecia. Pero fuera de eso, resulta difícil imaginar una situación más relajante.

Nuestro hombre irrumpe en escena valiéndose de un pequeño sendero que serpentea a través de los médanos. Es un muchacho joven, ronda los treinta y cinco años y no presenta ninguna característica física sobresaliente que merezca ser descripta. Sin embargo haremos hincapié en el hecho de que carga un bulto en la espalda, porque eso sí es de vital importancia para el desarrollo de estas líneas.

Se detiene a pocos metros de nuestra posición, y digo ‘nuestra’ porque en este momento disfruto de la amable compañía de la señora Bigud, que por esas casualidades de la vida también posee alguna relevancia en esta historia.

Vayamos a lo nuestro entonces, que hay mucho por decir aún.

Resulta ser que el bulto que carga nuestro héroe es una carpa de las que se utilizan para camping. Esas que una vez armadas adquieren una apariencia muy similar a la de un iglú. Son sencillas, prácticas y sólidas. Con dos varas flexibles, cuatro estacas y un pedazo de tela toma forma un refugio acogedor y espacioso, a prueba de las inclemencias del tiempo.

Sin embargo, vale aclarar que las inclemencias del tiempo suelen ser previas al armado de la carpa, y allí radica el problema que se avecina irremediablemente. No sé si les dije, y si no les dije se los digo ahora, que el viento arrecia.

Ni bien nuestro héroe comienza con el procedimiento según las instrucciones que de seguro ha leído en el living de su casa, percibo que vamos a ser testigos de un drama. Y digo ‘vamos’ porque, no sé si les dije, disfruto de la amable compañía de la señora Bigud, que a medida que los minutos vayan pasando también tendrá un pequeño papel en esta obra.

Hablemos con franqueza. La carpa se resiste a ser ensamblada, y encuentra en el viento un aliado heroico y fundamental. La tela se sacude con virulencia y produce ese sonido característico de las banderas que flamean en medio de una tempestad en altamar, las varas flexibles se traban en las guías y las estacas se ocultan maliciosamente debajo de la arena voladora cada vez que el incauto les da la espalda por más de diez segundos. Se viven momentos de tensión.

‘Che… ¿por qué no le preguntás si necesita ayuda?’

Eso me dice la señora Bigud, conmovida por el infortunio del ingeniero. Y yo, de más está decirlo, me niego rotundamente.

Ocurre que determinadas situaciones que no significan nada para el común de la gente, no pueden escapar a la pericia del ojo entrenado. Y yo hace rato que me he dado cuenta de que este muchacho está pidiendo a gritos el honor de transformarse en el artículo apertura de la temporada 2011 de MTLD. Diría que lo supe en el preciso instante en que apareció entre los médanos.

Si la señora Bigud fuera un ser menos sensible y más analítico se habría dado cuenta de que nuestro héroe, además del bulto en la espalda, lleva consigo una pequeña silla. Una especie de moisés playero. En algún sitio, detrás de los médanos, probablemente dentro de un auto familiar, hay una dama amamantando a un bebé. Y esa dama aguarda a que su hombre, su macho protector, su adonis sesudo provea el necesario refugio para la cría. No tiene salida. Está atrapado. No hay forma de que pueda evadir la tarea que le fue encomendada. Y Dios sabe que no seré yo quien nos prive del glorioso momento en que esa dama se pare en la cima de un médano, coloque la palma de la mano sobre la frente para evitar el reflejo del sol y observe ese montón de escombros flameantes que debería cumplir la función de proteger a su hijo del viento que, no sé si les dije, arrecia. Arrecia mucho más que hace un rato.

Mientras el hombre lucha contra la naturaleza, la señora Bigud se indigna. Me acusa de ser el cobarde de la playa, y cuando finalmente asume el hecho de que no voy a mover un dedo, se para y se arrima para ofrecer su ayuda.

Si la señora Bigud fuera un ser menos sensible y más analítico se habría dado cuenta de que nuestro héroe no puede aceptar la ayuda que se le ofrece. Y mucho menos viniendo de parte de una dama. Él es el hombre, el macho protector, el adonis sesudo. No puede permitirse el lujo de que la madre de su hijo aparezca y lo vea terminando el trabajo con la ayuda de una señorita. Eso es lo último que necesita en este momento crítico.

Entonces regresa a su silla un poco enojada. Tal vez incrédula. Pero se ríe. Quiere asumir una postura más moral, pero se le escapa la risa.

Finalmente el hombre acaba la tarea. Al menos esa es una forma –piadosa por cierto- de ver las cosas. Uno de los cuatro lados del iglú ha quedado de cara al viento y el refugio, si bien permanece erguido gracias a las estacas y a unas bolsitas de tela rellenadas con arena que tiene en cada vértice inferior, se contorsiona como una gimnasta rusa triple medallista olímpica.

Y entonces ocurre lo que tiene que ocurrir. Aparece la mujer, se para encima de un médano, se coloca la mano en la frente para evitar el reflejo del sol y queda petrificada por unos treinta o cuarenta y cinco segundos. Luego se acerca con su bebé en brazos y –aquí un detalle que yo no había previsto- su otro hijo de unos cuatro años revoloteándole alrededor.

Nuestro héroe comprende que el tiempo para los arreglos finales ha concluido, y en algún rincón de su corazón sabe que tuvo más del necesario. Ahora se dispone a presentar su obra aun cuando el viento, con un sentido irónico bastante inoportuno, arrecia. Arrecia como nunca antes.

Se produce un breve intercambio de opiniones. El malogrado ingeniero señala el refugio con un brazo mientras revuelve el otro en círculos para graficar –creo yo- al viento, como queriendo transferir la responsabilidad.

No hay caso. No hay forma de que esa mujer acepte introducir a la prole dentro de esa estructura que exuda inestabilidad por los cuatro costados. No sé cómo no lo ve. El viento sopla y la cara que lo sufre se aplasta contra el piso al tiempo que la otra se infla como una vela de windsurf. Todo al ritmo de ese ruidito tan simpático. Sí, ese que hacen las banderas que flamean en medio de una tempestad en altamar.

Es tiempo de asumir que el resultado de la empresa es una auténtica catástrofe. Sin embargo la dama parece aceptarlo de buen grado (asumo que su hogar deber estar inundado de estos pequeños logros manuales repletos de impericia y buena voluntad). Besa a su macho protector en la mejilla y se retira a la orilla a jugar con su hijo mayor, permitiendo que él se introduzca en el refugio con el bebé.

Y así permanecen un rato. Ella correteando por la orilla, y él con la tela del lado castigado adherida a la espalda como una calza en el traste de una modelo de veinte años, empecinado en probarle a alguien, a su señora o a la mía, la estabilidad de la construcción.

Y eso es todo. No hay mucho más para contar. El viento arrecia. Arrecia más que nunca. Y todos decidimos la retirada al mismo tiempo, aunque nuestro héroe permanece algunos minutos más para desensamblar el refugio, que dicho sea de paso, parece no requerir demasiada ayuda.

Mientras la señora Bigud y yo guardamos las sillas y los bolsos en el baúl del auto al otro lado del sendero que atraviesa los médanos, nuestro héroe hace una última aparición desde la playa. Es la imagen misma de la derrota. Ni siquiera se ha tomado el trabajo de devolver las piezas del refugio a su envase. En lugar de ello arrastra detrás las varas flexibles y la tela aún con las estacas anudadas a los extremos, con las bolsitas perdiendo la arena a cada paso.

Solo aparta la mirada del suelo para esbozar un tibio saludo, un agradecimiento quizás, a la señora Bigud. Alza las cejas y continúa su camino. Su auto se encuentra a unos veinte metros del nuestro, y su mujer ya aguarda dentro.

Lo observo alejarse con las estacas arrastrando, haciendo un ruidito como de campanitas. Allí se va el artículo apertura de la temporada 2011, redondito, en silencio, sin admitir siquiera el mínimo adorno de la verdad, porque lo ha dado todo de sí.

En rigor de verdad soy yo el que debería estar agradecido, aunque no me vienen las palabras. O sí, pero solo si las escribo. En fin… cada uno con sus propias inhabilidades.



Tengan ustedes muy buenas noches.

jueves, 27 de enero de 2011

UNA PERSONA CHIQUITA CON CARA MEDIO EXTRAÑA

Síntesis del post: Nuevo galardón. Agradecimiento. Un duende. Un mensaje. Discusión. Conclusión. Despedida hasta marzo.

Cuestión previa: Mr. Verbal Kint, que es un hombre ducho en cuestiones de pluma y tinta, ha tomado la inexplicable decisión de otorgarme un nuevo galardón. Sin embargo, yo no pienso cuestionar sus motivaciones. Simplemente agradezco la atención, insto a la concurrencia a que lo visite en su casa y me dispongo a exhibir el trofeo debajo de estas breves líneas.

Como es costumbre, me arrodillo con los puños apretados en el círculo central y repaso mentalmente la lista de mis enemigos para elegir alguien a quien enrostrárselo. Luego me apersono en su casa virtual, me apropio de la estatuilla y salgo corriendo a mi cueva antes de que se arrepienta, en la inteligencia de que un galardón exhibido implica, no solo una transacción terminada, sino también el derecho soberano a rechazar su devolución.





¡MUCHAS GRACIAS MR. VERBAL KINT!

Ahora a lo nuestro.

Anoche, justo cuando me iba a dormir se me apareció un duende. En rigor de verdad no sé si era un duende. Tenía la clásica cara de viejito maligno, ojos claros y tristes, dientes afilados, nariz aguileña, uñas largas y todos los demás estereotipos de cualquier duende que se precie. Pero le faltaban las orejas puntiagudas, y todos sabemos muy bien que sin orejas puntiagudas no hay duende. Así que supongo que más bien calificaba como ‘persona chiquita con cara medio extraña’.

Ahora bien, esta persona chiquita con cara medio extraña tenía la cara medio extraña pintada de azul y blanco. O mejor dicho, de azul con una raya blanca horizontal y otra vertical. Y tenía el pelo largo y revuelto. Y vestía con una pollerita escocesa muy varonil y una suerte de casaca gastada. Y portaba una espadita que mantenía bien en alto con su mano derecha. Y gruñía. Y montaba un caballito negro que no era un pony. Era un caballito chiquito, con forma de caballo grande, pero chiquito. Robusto, musculoso y de largas crines. Pero chiquito.

Y esta persona chiquita con cara medio extraña se paseaba de lado a lado de la habitación, montada sobre su caballito negro que no era un pony, con forma de caballo grande pero chiquito, con su pollerita y su casaca gastada, con su espadita en alto y con sus gruñidos.


CATACLAP CATAPLAC CATAPLAC CATAPLAC…

‘¡I am William Wallace!’, exclamó de repente.

Quedé estupefacto. Quería decir algo, pero las palabras se me atragantaban; así que tomé aire y me dispuse a ordenar mentalmente el aluvión de preguntas que se agolpaban en mi pecho. Sin embargo, cuando por fin estuve listo, esta persona chiquita con cara medio extraña me interrumpió.

‘¡They may take our lives, but they’ll never take our… FREEEEEEEEEED…

¡PUM!

Ahí nomás le revoleé un zapatazo que lo bajó del caballito negro que no era un pony, con forma de caballo grande pero chiquito. Es que pensé que con esos alaridos iba a despertar a la señora Bigud y a pequeña Yoni.

—¡La puta que te parió! —soltó en buen cristiano.

Me sentí un poco culpable, pero se me pasó rapidísimo.

—Esto es una casa de familia, no se puede andar pegando esos alaridos —le dije.

—Pero traigo un mensaje del mundo onírico —replicó.

—Ya me lo imaginaba —contesté mientras me sentaba en la cama.

Lo cierto es que yo no soy bueno para interpretar los mensajes del mundo onírico, y así se lo hice saber. La mitad de las veces no entiendo nada de lo que me quieren transmitir, y la otra mitad pienso que entiendo y obro con catastróficos resultados.

De más está decir que se puso de un pésimo humor, y para colmo uno de sus ojitos claros y tristes comenzó a inflamarse a causa del zapatazo. Me rogó, me suplicó, imploró que analizara el contenido del mensaje, pero no hubo caso. Ni mi vida corre peligro, ni siento la falta de libertad. Nada. Entonces le expliqué que en estos tiempos me acosan las visitas oníricas y que a todas las corro a patadas, pero no se asustó.

Discutimos por más de una hora, hasta que por fin se dio por vencido. Se retiró caminando por el pasillo con la cabeza gacha, con su carita medio extraña pintada de azul y blanco, con su ojito claro y triste en compota, arrastrando de la rienda a su caballito negro que no era un pony, con forma de caballo grande pero chiquito, con su pollerita y su casaca gastada, con su espadita apuntando al piso y haciendo un ruidito molesto con el filo en las baldosas, con sus pelos largos y con sus gruñidos.

Y eso es todo.

Últimamente vengo teniendo sueños de lo más extraños. Me despierto a medianoche y me pasan estas cosas. Debe ser porque estoy a dieta, aunque en ese caso debería soñar con comida. Qué sé yo… chanchos que hablan, vacas que vuelan, patos paracaidistas… no sé. Y sin embargo no hay rastros de nada comestible. Solo personajes irritantes y gritones.

En fin… es altamente probable que esté necesitando vacaciones.

Me voy. Nos leemos un día de estos.




Tengan ustedes un esplendoroso mes de febrero.

viernes, 21 de enero de 2011

MURAKAMI Y MONTEVIDEO

Síntesis del post: Viaje relámpago. Almuerzo en hotel. Tarde de lectura. Aeropuerto. Empleado amable y voluntarioso. Sospecha de locura. Reflexiones finales.



El día miércoles estuve en la ciudad de Montevideo. Volé a la mañana, bien tempranito, y volví a la noche, no tan tarde. Un viaje muy provechoso, sin duda. Por fortuna liquidé todos los asuntos antes del mediodía, a pesar de que había calculado que iban a abrumarme hasta el último minuto de mi estadía; por lo tanto me sobró mucho tiempo que, sin embargo, acabé desperdiciando con intachable eficacia.

En rigor de verdad, me acobardé con la lluvia y el viento. De otro modo habría salido a visitar algunos lugares que nunca dejo de lado cuando pongo un pie en esa ciudad. En lugar de ello almorcé en un restaurante situado en el último piso de un tradicional hotel que está frente a la plaza Independencia, y luego bajé al lobby, donde me senté a leer un libro. Un libro de Murakami. Debo admitir que cuando uno lee a ese japonés, todo parece más quieto. Y a mí me gusta que todo parezca más quieto. Aunque en realidad no lo esté.

Sobre las cuatro de la tarde tuve un rapto de lucidez y tomé un taxi en dirección al aeropuerto con la peregrina idea de abordar algún vuelo que saliera antes que el mío. Y allí es donde comienzan una serie de hechos extraños que a continuación procedo a relatar sucintamente:

Me dirigí a una suerte de ‘box’ ubicado en el extremo del aeropuerto y le transmití mi inquietud al empleado de Aerolíneas Argentinas. Era un muchacho bajito y regordete, y más allá de que no pudo hacer nada por mí, debo destacar que era muy amable y voluntarioso.


‘Ese es el único vuelo; por ahora estamos cerrados, pero en una hora y cuarto abrimos los mostradores y usted podrá realizar el check-in’, me dijo con una expresión de pena que se me antojó bastante genuina.

Entonces me acomodé en un asiento y me sumergí en mi libro de Murakami. Cuando uno lee a ese japonés, no sé si les dije, todo parece más quieto. Y a mí me gusta que todo parezca más quieto. Aunque en realidad no lo esté.

Una hora y cuarto más tarde, el mismo empleado bajito, regordete, amable y voluntarioso acercó una especie de tarima con rueditas hasta la cabecera del gusano ese del que tanto gustan los bancos y los aeropuertos, dentro del cual uno es obligado a pasear tres o cuatro veces en la misma dirección y en la opuesta, hasta que por fin alcanza el otro extremo, donde se ubican los mostradores o las cajas.

‘Pase a los mostradores con el boarding y la cédula en mano que ya hacemos el check-in’, me dijo con una sonrisa que se me antojó bastante genuina.

Acto seguido inicié el paseo por el gusano, y como era el primero de la fila me tomó cuatro segundos dos quintos llegar al otro extremo. Sin embargo fue en ese breve lapso cuando me percaté de que algo no me cerraba. La situación aparentaba una normalidad que en el fondo no tenía, aunque yo no lograra identificar el problema.

Los mostradores permanecieron desiertos hasta que el empleado bajito, regordete, amable y voluntarioso terminó de recibir a los primeros aventureros en la otra cabecera. Solo entonces se bajó de la tarima y emprendió un gracioso trotecito para iniciar con prontitud la siguiente etapa. Se acomodó en su asiento y alzó la mano con los ojos fijos en mi persona.


‘Muy bien, como usted ya realizó el chequingüéb tiene que dirigirse al segundo piso, donde lo vamos a llamar a embarcar por la puerta cinco’, me informó con una seguridad que se me antojó bastante genuina.

Y en ese instante se hizo la luz. Comprendí cabalmente el mensaje de mi cerebro y comencé a procesar los datos. Resulta que desde nuestro primer contacto en el ‘box’, este empleado bajito, regordete, amable y voluntarioso me venía hablando en plural, como si tuviera cientos de compañeros con los cuales dividir las tareas. Pero estaba solo. Más solo que un perro. En su entorno todo era quietud. Una quietud similar a la que se experimenta cuando uno lee un libro de Murakami, no sé si les dije.

Luego de hacer migraciones me senté a leer mi libro de Murakami muy cerca de la puerta de embarque. Sin embargo me aburrí rápido, y entonces decidí acercarme a los monitores para consultar el horario de salida.

El horror. El vuelo que debía partir a las 19.45 estaba anunciado para las 22.10, y encima por otra puerta. Hecho una tromba me apersoné en el mostrador de la puerta de embarque original y, para mi sorpresa, me encontré parado frente al empleado bajito, regordete, amable y voluntarioso que despejó mis dudas con rapidez y solvencia.


‘Los monitores están mal, el avión llegó en hora, y en diez minutos estamos llamando a embarcar’, me dijo con una naturalidad que se me antojó bastante genuina.

Con el mayor disimulo del que fui capaz, di un giro de 360 grados y retomé la posición inicial. Alrededor del muchacho, soledad y silencio. Fue entonces cuando comencé a temer por su salud mental.

Regresé a mi asiento, pero ya no volví a tomar el libro. En cambio me dediqué a observar al muchacho. Buscaba, creo yo, alguna pista determinante. Unas palabras perdidas con la cabeza vuelta hacia la izquierda y la mirada fija en el vacío. Una risita cómplice hacia ese amigo invisible más que probable. No sé. Algo.

Pero no hizo nada. Diez minutos más tarde, puntual como un Lord inglés, tomó el micrófono y llamó a embarcar.

‘Muy buenas noches, le deseamos un feliz regreso’, me dijo con una sinceridad que se me antojó bastante genuina.

‘Muchas gracias a los dos’, contesté yo en un último manotazo de ahogado para confirmar mi sospecha.

Entonces fue su turno de dar un giro de 360 grados y retomar la posición inicial. Pero no me detuvo ni me contestó más que con una sonrisa. Asumo que habrá juzgado inofensiva mi locura. Una suerte de pacto de reciprocidad, ya que en ese preciso instante yo también claudiqué, e hice lo mismo con la suya.

Y fin del episodio.

Una vez en mi asiento retomé el libro de Murakami. Cuando uno lee a ese japonés, todo parece más quieto, no sé si les dije. Y a mí me gusta que todo parezca más quieto. Aunque en realidad no lo esté.

Podría agregar, sí, que cuando uno lee a ese japonés, la realidad adquiere una forma nueva y distinta. Se distorsiona. Se embellece, por decirlo de una manera simple. Y lo mismo ocurre con la ciudad de Montevideo.

Supongo que podría ser una combinación de esos dos factores la que en verdad alteró mis facultades mentales durante la tarde del miércoles. Murakami y Montevideo. No un empleado bajito, regordete, amable y voluntarioso. Debo admitir como cierta la posibilidad de que sea yo el que esté loco y solo. Aunque en realidad no lo esté.



Tengan ustedes muy buenas noches.

PS: La semana que viene, el último artículo antes de las vacaciones. Entonces cerraremos este espacio hasta que decidamos regresar o se nos acabe la plata. Mientras tanto les deseamos un feliz mes de febrero.

viernes, 14 de enero de 2011

UN MAESTRO CHINO

Síntesis del post: Un maestro chino. Un sabio. Proezas. Discípulos. Ejercicio. Accidente. Reflexiones finales.



Un maestro chino. Un anciano. Ese es nuestro personaje de hoy. Es de esos tipos que meditan varias horas diarias para alcanzar el perfecto equilibrio entre el Yin y el Yang, único y auténtico fundamento de cada ser viviente. Comprende todos los secretos de la mente humana, y gracias a ello logra un completo control sobre su cuerpo; pero además transmite con inusitada generosidad esos conocimientos. Todos los días. Sin excepción. Y sus discípulos lo veneran como si de un dios se tratara.

Es, en síntesis, un hombre sabio. De los que no abundan en este mundo moderno tan complejo.

Sin embargo el asunto no se agota con esta simple descripción. Sepa usted que estamos frente a un hombre muy grande. Enorme.

Según el relato de algunos testigos presenciales, nuestro sabio es capaz de alcanzar el Nirvana con solo unas pocas horas de meditación. Puede inhibir la respiración y el ritmo cardíaco casi hasta el cero, e hibernar como un oso polar durante tres meses. Así, sin comida ni agua; viviendo de la grasa corporal.

También se lo ha visto levitar. Le juro. Con los ojos blancos, las patitas cruzadas y las yemas de los pulgares pegadas a las yemas de los meñiques. Un espectáculo que dejaría boquiabierto al escéptico más radical.

Y eso no es todo, espere. El hombre puede curar sus propias enfermedades con el poder de la mente. Ha superado un cáncer de páncreas, una gripe A y tres anginas coloradas. Sin secuelas. Y también se ha inyectado el virus del Ébola, al que sus poderosos anticuerpos dominaron sin inconvenientes, e incluso, en vez de matarlo, lo redujeron a la esclavitud.

Un individuo prodigioso, vea.

Pero basta de descripciones y vayamos a lo nuestro, que tengo miedo de que el artículo se haga demasiado extenso, y sé que ninguno de nosotros posee un control demasiado acabado de la mente y el cuerpo.

Nuestro maestro medita rodeado de sus discípulos. Una jubilada de Recoleta, un hombre de unos cincuenta años, calvo y panzón, una señora vestida como para hacer gimnasia rítmica, cuatro o cinco chicas, compañeras de facultad que no se animaron a tomar las lecciones solas, un alto ejecutivo de la firma Price Waterhouse y un nene de catorce años bastante entrado en carnes.

El anciano está haciendo el truco de los ojos blancos, con las patitas cruzadas y las yemas de los pulgares pegadas a las yemas de los meñiques. No está levitando, aunque, por supuesto, permanece en la más absoluta inmovilidad.

No así sus discípulos.

La jubilada abre un ojo y espía con timidez. El hombre calvo y panzón alza una nalga y se rasca impúdicamente. La gimnasta tose y se aclara la garganta. Las chicas cuchichean y sueltan risitas cómplices. El ejecutivo duerme a pata suelta con los brazos caídos a los lados y un hilo de baba colgando entre la comisura de los labios y la entrepierna. Y el nene se revuelve incómodo, como víctima de alguna urgencia.

Una escena por demás patética. En el límite de la irrespetuosidad.

‘Maestro… ¿me puedo levantar?’, se oye desde el fondo del salón.

El maestro guarda silencio. No se inmuta. Aun cuando la autoridad que impone su sola presencia demanda una expresa autorización para tan osada propuesta.

‘Maestro… quiero hacer caca’, repite la voz adolescente al borde de las lágrimas.

Sin embargo no hay una respuesta, y la meditación grupal sigue su curso. Imperturbable.

El primero en romper la armonía es el calvo panzón, que abandona el recinto a insulto pelado y sin aguardar ninguna autorización. Lo siguen las chicas, que han dejado de reírse y ahora se tapan las narices con pañuelos y toallas. Y por último la jubilada y la gimnasta, que se ayudan mutuamente como soldados heridos en plan de retirada.

El maestro permanece inmóvil, pero ha dejado de lado el truco de los ojos, que ahora se clavan inyectados en sangre sobre la humanidad del niño. Y éste llora con desconsuelo, de más está la aclaración.

El olor es insoportable aun para este anciano prodigioso, y al cabo de unos segundos ambos abandonan el salón. De prisa y en silencio.

Una escena tan patética como la que describíamos más arriba, aunque mucho más cargada de dramatismo y comicidad.

Qué es la vida, en el fondo, sino una infinita cadena de alternativas que orillan entre lo patético, lo cómico y lo dramático.


Y eso es todo lo que quería contarles. Esa anécdota. Esa escena. Nada más.

Talvez, sí, dejar una reflexión para la posteridad. Una reflexión basada en la experiencia empírica. En cosas que me ocurren o me han ocurrido en estos días. En estas últimas horas. No sé.

Ahí va.

‘Por mucho que uno medite, al final siempre puede terminar haciendo una cagada’.

Muchas gracias.

Ahora los dejo.


Mientras tanto el ejecutivo de Price Waterhouse duerme a pata suelta, con los brazos caídos a los lados y el mismo hilo de baba entre la comisura de los labios y la entrepierna.

Nos queda ese consuelo.

'Siempre hay un paparulo que no se da cuenta'.


Tengan ustedes muy buenas noches.

lunes, 10 de enero de 2011

UN ASESINO SERIAL Y UNA RUBIA TONTA

Síntesis del post: Un asesino serial. Una rubia. Un cruce. El destino. Explicación.



Tenemos a este asesino. Un asesino serial. Cincuentón, atractivo, más bien parco. Una frondosa cabellera que insinúa una tibia sublevación, y cuyo tono indefinido juega en perfecto equilibrio con el verde de sus ojos. Nariz aguileña, repleta de aristas que se combinan unas con otras para lograr una compleja armonía, una belleza singular. Labios finos y pálidos, apenas aptos para matizar sus dientes blanquísimos. Y el mentón oculto debajo de una barba entrecana, recortada con buen criterio y mejor gusto. En síntesis, un hombre exótico y deseable.

Pero nuestro adonis, como me ocupé de advertir al comienzo, es un asesino serial. Elige mujeres jóvenes, de buena presencia física y pocas luces a la hora de razonar. Preferentemente rubias. Eso es muy importante para él. Y las seduce, claro está. Adormece sus sentidos con armas tradicionales, aunque siempre efectivas. Palabras dulces, elogios calculados, delirios poéticos y sonrisas oportunas. Todo vale en el intento de convencerlas de que no hay nada que temer.

Y ellas acceden a una copa de vino, a un café de filtro o a mirar las estrellas en un coqueto balcón. Y se dejan conducir a la guarida del lobo; dóciles, mansas como cachorros.

Y eso es todo. Allí las mata. Siempre, por supuesto, del mismo modo. Primero las viola, luego las somete a indecibles tormentos y finalmente les arranca la cabellera siguiendo el procedimiento de las antiguas tribus que habitaban en Norteamérica. Incluso, según surge del expediente que duerme en algún oscuro juzgado de la ciudad, se masturba repetidamente sobre los cadáveres antes de deshacerse de ellos. Un asco de tipo, vea.

Tenemos, por otra parte, a esta señorita. Rubia, de más está decirlo. Claudia es el nombre que la adorna. Veintidós años, un rostro lindero con la perfección, un físico tallado por los ángeles y unas carencias intelectuales que en otro marco, en otro envase quiero decir, solo podrían acarrearle gravísimas consecuencias económicas y sociales.

Claudia es una tonta, vamos. Pero una tonta de proporciones descomunales. Es una de esas chicas que salen a comprar cigarrillos y se enamoran cuatro veces en la misma cuadra. Y generosa como es en la materia, y en todas las disciplinas anexas, suele acabar con las prendas desgarradas y el corazón roto.

Así las cosas, nuestros personajes se cruzan un día cualquiera en una calle cualquiera. Supongo, quiero creer, que no estoy diciendo nada que ustedes no hubieran imaginado ya. Y es que el destino prepara siempre el escenario más propicio para la producción de los hechos. Elige cuidadosamente las personas, el marco y la oportunidad; y luego se sienta a esperar.

Tenemos, entonces, un despiadado asesino serial y una rubia fatalmente tonta. Tenemos también un cruce de miradas. Y por último tenemos dos ideas tan aisladas como fugaces.

Y eso es todo lo que tenemos. Porque esas ideas, cualesquiera que fueran, no se materializan. Porque nuestros personajes no se dirigen la palabra. Simplemente continúan su camino y se alejan en direcciones opuestas.

‘¿Y entonces?’, preguntará usted con una mezcla de alivio e indignación.

‘Entonces nada, no ocurre absolutamente nada’, responderé yo con mi habitual franqueza de espíritu.

Pero si eso no es suficiente para usted, puedo ensayar una explicación más o menos razonable.

Supongo que el destino no siempre tiene suerte en esa espera de la que le hablaba hace un rato. La producción de un hecho no es una ciencia exacta, y a veces se queda con las manos vacías.

Yo, por ejemplo, sin ir más lejos, comencé a escribir estas líneas con la pretensión de lograr un artículo más orientado hacia lo cómico, pero en algún punto me desvié del camino.

Podríamos decir entonces que no reparé en mi rubia tonta. O, por qué no, que fui tan afortunado como para evadir a mi matador. Usted puede verme como desee, le concedo esa libertad. En cualquier caso será el destino el que salga perjudicado.

¿Cómo dice?

¡Oiga! No quiera tomarme por una rubia tonta eh. No se pase de vivo. Yo soy morocho, y sepa que este envase tan bonito viene acompañado de un cerebr…

Ay caballero… jijijij… pero qué cosas tan lindas me dice…


Tengan ustedes muy buenas noches.

martes, 4 de enero de 2011

LA PERSONA ADECUADA

Síntesis del post: Confesiones de año nuevo. Tratamientos de belleza. Opinión. Monstruos. La persona adecuada. Brindis.



La señora, envalentonada quizás por el clima festivo, por el alcohol, por esa sensación de seguridad que se agiganta cuando se es un simple elemento dentro de una multitud, por ese frenesí confesional que se apodera de algunas almas durante la segunda o tercera hora de cada nuevo año o por razones que escapan a mi comprensión, o mejor dicho, a mi voluntad de comprender, se entrega a una explicación minuciosa de los distintos tratamientos a los que recurrió con el fin de realzar su belleza.

Muchos son los procedimientos que se han llevado a cabo en ese rostro. En ese físico en general. Cirugías convencionales. Avanzadas técnicas que solo se encuentran al alcance de los bolsillos más abultados. Productos con nombres extraños, difíciles o imposibles de pronunciar en la lengua de Cervantes. Prolongados tratamientos a base de fluidos corporales de bestias salvajes en peligro de extinción. Siliconas de última generación, con una vida útil de 2500 años y resistencia a temperaturas extremas. Tanza para pesca capaz de soportar la fuerza de dos tiburones blancos australianos sin cortarse, aplicada metódicamente entre la espina dorsal y el músculo de los glúteos, todo con el fin de mantenerlos erguidos y turgentes. Y algunas otras maravillas que en este momento escapan a mi memoria.

En fin… artillería pesada para combatir el paso del tiempo. Nada que no se haya visto antes.

Sin embargo la señora, sea esto tenido en cuenta por los opinólogos de turno, está feliz con su apariencia. Sí señor. Cómo no. Y sus amigas celebran los resultados mientras importan en las agendas de sus teléfonos móviles los datos de los profesionales responsables de semejantes proezas.

Desde mi humilde punto de vista la señora es un monstruo. Decididamente. Pero uno de esos monstruos que no rompen el espejo por la mañana. Y eso es lo único que en realidad importa.

La fiesta del nuevo año sigue su curso, y yo busco una mesa tranquila. Alejada de los reflectores. Una que tenga un vino en el centro. Algo de comida. Nada más.

A mi lado un viejito con cara de buena persona. Pelado, cejas abundantes, barba de tres días, ojos entrecerrados, dientes amarillos y espaciados, manos titubeantes y velludas en las falanges. Eso es todo lo que puedo decir de él.

Me sirvo un vaso de vino y le ofrezco con un leve gesto, así, sin cruzar palabra. Él me regresa un ademán afirmativo.

Noto que mira. Mira, estoy seguro, hacia la mesa de la señora monstruosa. A ella en particular. Y lo hace con aversión, dejando traslucir un sentimiento que solo puede haber germinado a través de los años. Con la convivencia. Con las tostadas de la mañana. Con las películas de Clark Gable. Quiero decir, hace mucho pero mucho tiempo.

Le sonrío, no sé con qué fin. Él me devuelve una mueca agria. Una sonrisa. Su sonrisa. La mejor que tiene en estos primeros minutos del año.

Levanto mi copa y brindamos. Me gusta pensar que ambos estamos, en este instante, en compañía de la persona adecuada.


Feliz 2011, le digo.

No quiero vivir más, me dice.

Y brindamos de nuevo; cada uno, creo yo, con la esperanza, la íntima pretensión de ahuyentar sus propios monstruos, sean ellos internos o externos.


Tengan ustedes muy buenas noches.